Para Megumi ni siquiera era necesario voltear para saber que Sukuna lo estaba observando, y no era sólo eso. Aquella bestia gigantesca estaba estudiando cada uno de sus movimientos repetitivos sobre aquella mesada, movimientos que se volvían cada vez más bruscos conforme la tensión en el ambiente se incrementaba a pasos agigantados y su propia paciencia se iba al subsuelo de su conciencia.

Ninguno de los dos decía nada en el silencio de aquella recámara sólo interrumpido por el gorjeo ocasional de alguno de los dos niños; se hallaban en una cuna grande, espaciosa y bien acomodada a un lado de Megumi, a unos metros. En realidad, la cuna estaba más cerca de Sukuna que de él pero aún así, no le quitaba el ojo de encima ni siquiera cuando estaba de espaldas, apenas ladeando el rostro cuando algún sonido extraño proveniente de aquel sector llamaba su atención.

— Megumi.— su nombre fue dicho en medio de un suspiro agotado, Megumi lo sabía. Pese a haber oído su nombre, el aludido no volteó ni dio señales de haberlo oído, inmerso en su tarea de acomodar una y otra vez las mismas chucherías.— Te estoy hablando, no me obligues a…

— ¿Qué necesitas? Estoy ocupado, como verás.

Aquello había sonado más agresivo de lo que él mismo había planeado y lo supo cuando la atmósfera de aquel lugar se volvió todavía más pesada, los ojos clavados en su espalda al punto de traspasarlo con la mirada.

Hacía ya varias semanas que estaban en una situación similar y Megumi no había tenido tiempo ni fuerzas para remediarla; luego del "parto" forzoso que había tenido y de que se hubiese recuperado de los dolores posteriores, Megumi había experimentado una especie de bajón anímico que no se lo deseaba ni a su peor enemigo. Se irritaba fácilmente por cualquier tontería, había invertido su ciclo de sueño al punto en el que no podía pegar un ojo durante la noche y hasta había perdido el apetito y, lejos de ser progresivo, aquella mierda se había dado días después del nacimiento de los mellizos, tal y como si una calamidad fuese reemplazada por otra.

O sumada, porque a todos sus síntomas tenía que agregarle el atender a dos niños completamente demandantes y posesivos como el padre. Por suerte y antes de que su cerebro y cuerpo colapsara, Sukuna se las había ingeniado solo para darle una mano; increíblemente, había dejado un poco de lado su brutalidad innata y había logrado atender a los niños de forma suave y con una paciencia que Megumi jamás pensó que podía llegar a tener. Así, al menos se vio un poco aliviado de algunas tareas que podía obviar, no de otras que le eran obligatorias, como alimentarlos.

El problema había surgido cuando los síntomas no se iban. Y no sólo eso, empeoraban al agregarse otros. A las pocas semanas desde que aquello había comenzado el desgano se había apoderado de Megumi de tal manera que apenas y sentía interés por algo más que no fuesen los niños; incluso cuando Sukuna le había comentado a grandes rasgos lo que había hablado con Itadori y se había sentido preocupado por él, no había alcanzado el mismo nivel de empatía y preocupación que solía experimentar para con sus amigos, alterándolo todavía más. Había hecho el esfuerzo por los niños, por Itadori, incluso por Sukuna que al parecer no necesitaba ningún tipo de apoyo emocional...pero era difícil, muy difícil.

A eso, le había tenido que sumar la peor parte. Al estar en una especie de confinamiento impuesto por Sukuna y del cual Megumi solía quejarse pero del que no quería salir, la convivencia constante había sido incluso obligatoria para los dos. Megumi lo había sabido desde que había despertado y no había tenido ningún problema en ese momento cuando aún había estado embarazado; después, sin embargo, el panorama en su mente había cambiado radicalmente producto del malestar físico y mental que había estado atravesando.

Megumi esquivaba a Sukuna y por supuesto, éste se había percatado de ello.

Al principio, Sukuna lo había dejado estar probablemente porque lo había relacionado con su recuperación. Megumi tampoco era obtuso ni rechazaba las caricias más suaves; cuando Sukuna lo envolvía con sus brazos se dejaba atrapar igual que en las ocasiones en las que buscaba sus labios. Con los dos niños presentes reclamando atención casi constante, tampoco había habido mucha oportunidad de pasar a algo más simple y llanamente porque Megumi además de deprimido, estaba agotado.

Sin embargo, todo tenía un límite y Sukuna ya lo había sobrepasado ampliamente, Megumi lo sabía. Había intentado varios acercamientos un poco más íntimos sobre todo cuando habían coincidido en la cama y Megumi los había rechazado a todos de la forma más sutil y menos grosera que había encontrado; se había dicho mil veces que tampoco era su obligación mantener relaciones sexuales sino lo deseaba sólo para complacer a Sukuna, pero allí era justamente donde radicaba el problema: era Sukuna, un hechicero milenario que acababa de dejar de ser una maldición de categoría especial. ¿Cuánto tiempo más iba a demostrar semejante consideración con él antes de explotar…?

Lo que lo hacía sentirse todavía más inservible, porque no sólo se sentía solitario e inútil allí dentro donde sea que estuvieran sino que además ni siquiera podía estar físicamente con la persona que él mismo había elegido. Su energía maldita al menos se había recuperado bastante luego del parto y ya había logrado invocar a un par de sus sombras, lo único que le había dado un poco de expectativa y emoción a todo aquello.

Megumi realmente quería salir de aquella situación en donde se sentía estancado, quería volver a ser la persona que había sido antes, deseaba recuperar su seguridad y compostura, pero...sólo no podía.

— ¿Qué te está pasando?

La voz grave lo sacó de sus pensamientos. Mientras Megumi divagaba perdido en su propia mente, Sukuna se había aproximado a él, su sombra proyectándose sobre el Omega. Aún así, no volteó. Cada día que pasaba y que él mismo marcaba una distancia con Sukuna se volvía a su vez más inseguro de sí mismo con él, tal y como si Sukuna lo estuviese juzgando de alguna manera que a Megumi se le estaba escapando.

Soltó el aire que estaba reteniendo, nervioso, al sentir las manos amplias sobre sus hombros deslizándose suavemente por sus brazos sobre la yukata clara que traía puesta. Su cuerpo se tensó casi imperceptiblemente con el contacto; no le desagradaba e incluso debería haberlo relajado, pero el tono de voz que Sukuna había empleado antes le reafirmaba que estaba listo para intentarlo de nuevo. Efectivamente, sus manos volvieron a sus hombros y acariciaron su espalda desde arriba hacia sus caderas, varias veces. Megumi intentó relajar más la mente que el cuerpo recordándose a sí mismo que él también deseaba aquello. Pese a la ambivalencia que estaba sufriendo, la necesidad de sentirse deseado por el otro era más fuerte que su rechazo, tal y como si ansiara que Sukuna le demostrara a base de esfuerzo personal que lo quería a él y ninguna otra persona más.

Las manos viajaron desde su espalda hacia sus caderas, hacia la cara anterior de sus muslos. Megumi dejó lo que estaba haciendo en el momento en el que percibió la respiración caliente sobre su nuca, detrás de su oído, la lengua húmeda y suave recorriendo apenas su piel. Un escalofrío lo recorrió por completo casi como si aquella fuese su primera vez con Sukuna; sabía, conocía lo imponente de su cuerpo y la ansiedad que le generaba todo lo que representaba, una ansiedad que rápidamente se transformaba en anticipación y expectativa.

Nervioso, permitió que Sukuna viajara un poco más por su cuerpo, sus dedos levantando la tela de su vestimenta hasta descubrir sus piernas por completo; una de aquellas manos enormes acarició la parte posterior de su muslo hacia arriba, tan suave que sintió cosquillas cuando los dedos apenas rozaron su trasero, el cuerpo más grande presionándose contra el suyo.

— ¿Ya no te gusto?.— susurró aquella voz ronca contra su oído mientras otra de sus manos lo sostenía de la cintura, atrayéndolo contra sus caderas.

— Qué...qué dices…

Megumi no volteó ante la provocación, menos cuando la cantidad de manos superaron lo que él mismo podía soportar con estoicismo; mientras un brazo lo sostenía y otra mano seguía acariciando sus piernas, otras dos se tomaron la tarea de adelantarse y deshacer el nudo de su prenda, aflojándola y levantándola un poco más por encima de sus caderas. Megumi gimió cuando aquella mano hasta esos momentos suave presionó sus glúteos con brusquedad, otra mano rozando ahora la erección que no podía ocultar aunque quisiera, estando sin ropa interior.

— Yo creo que sí te gusto.— una risilla arrogante sacó a Megumi de sus casillas, intentando golpearlo sin éxito. La risa aumentó su intensidad, burlándose de él.— Tú sí me gustas, y mucho.

Repentinamente, su pierna derecha fue elevada sobre el mesón separada completamente de la otra, sintiéndose completamente expuesto de un momento al otro. Inspiró profundamente cuando percibió aquel calor, aquella humedad tan conocida recorriendo la cara posterior de su muslo izquierdo, ascendiendo sin descanso hasta su trasero, lamiendo e introduciéndose sin permiso entre sus glúteos. Aquella enorme lengua hurgó sin permiso alguno mientras Megumi intentaba descender la pierna, una lucha muda contra las manos de Sukuna que lo tenían fuertemente agarrado. Otro gemido escapó de sus labios cuando finalmente la lengua venció la resistencia que él había estado dando hasta ese momento, la dilatación repentina haciéndole temblar las rodillas.

Cuando dejó de resistirse, la lengua ingresó más profundamente, más veloz. Se sostuvo de la mesada con ambas manos cuando la sensación placentera le aflojó del todo el cuerpo; extrañaba aquella sensación, aquel calor ascendente que ya sabía en qué derivaría.

— Tus hijos...están ahí…— lo que había intentado sonar como un reproche había parecido en realidad una súplica, los suspiros y gemidos imposibles de contener.

— ¿Y? Duermen. Además.— la lengua fue más adentro casi embistiéndolo y Megumi tuvo que cubrir su boca con una mano para no soltar un quejido que despertara a los niños.— Yo también tengo derecho a estar contigo.

— Estás aquí conmigo…

— Yo sí, pero tú no.

Una de las manos de Sukuna se deslizó por su costado y acarició su torso, los dedos rozando y aferrándose a uno de sus pechos; instintivamente, Megumi intentó apartar la mano todo lo que pudo, sin éxito.

— ¿Te da pena? A mi me encanta.

Mientras era profanado por aquella enorme lengua, los labios de Sukuna atendieron la piel de su cuello, su otra lengua causando estragos en aquella zona tan sensible mientras aquella mano masajeaba suavemente aquel sector de su anatomía que a Megumi le generaba cierta incomodidad; aún así, la sensación le agradaba porque Sukuna no era brusco y rudo en sus caricias, todo lo contrario. Poco a poco, fue relajándose y permitiéndole tocar allí con mayor libertad cuando se dio cuenta que Sukuna tenía razón: se sentía inseguro con su cuerpo, con él. Había temido que al descubrir abiertamente los cambios que su cuerpo había sufrido producto del embarazo sería el otro quien lo rechazaría y eso lo habría deprimido mucho más.

— Tu cuerpo ha cambiado un poco, pero eso sólo lo hace más atractivo.— la mano separó la yukata y se desplazó hacia su otro seno, palpando suavemente.— Quiero verte.

Al oír aquello, Megumi supo que su reacción iba a ser más lenta que la acción de Sukuna. Como si pesara menos que una pluma, su cuerpo fue volteado sin esfuerzos, sus piernas obligadas a rodear la cintura ajena para no caer al suelo, la lengua continuando su trabajo. De frente la situación era otra cosa; el cuerpo ancho e imponente se cernió sobre el suyo mientras Megumi intentaba retirarse hacia atrás, sin éxito.

Las manos descubrieron del todo su torso apartando los lados de la yukata y, pese a que Sukuna ya lo había visto desnudo antes en aquella condición, no podía evitar ponerse nervioso por el contexto sexual de la ocasión. Sukuna acercó su torso e inclinó la cabeza, agachándose; Megumi estuvo a punto de apartarlo cuando comprendió su objetivo pero, a último momento, lo dejó hacer en una mezcla de curiosidad y vergüenza. Primero fue la lengua apenas humedeciendo el contorno de su pecho, luego fueron sus labios; lentamente, la boca se aproximó a su pezón y la respiración caliente lo estimuló lo suficiente como para que el primer contacto de aquella lengua húmeda sobre él le provocase un respingo y un jadeo. Sukuna fue suave, atento, nada de rudeza en aquella caricia que rápidamente se transformó en una succión acompasada despertando gemidos satisfechos en Megumi.

Sus propias manos lo traicionaron al enredar sus dedos entre los cabellos de Sukuna, acariciando su cabeza y atrayéndolo un poco más. La respuesta fue una especie de ronroneo grave que retumbó en el amplio pecho ajeno y se transmitió al cuerpo de Megumi, ahora relajado y dócil a sus brazos. Aquella succión se fue volviendo cada vez más rítmica, más firme junto con las atenciones de aquella otra gran lengua que nunca había dejado de penetrarlo; pronto, la situación se invirtió y era Megumi quien exigía más intensidad.

El torso de Sukuna ya separaba lo suficiente a sus dos piernas por lo que, cuando percibió la invasión de sus dedos en su interior no pudo más que curvar el torso e intentar mover las caderas contra aquella nueva penetración. Sukuna aprovechó el movimiento para soltar uno de sus pechos y atender el otro con mayor rudeza, la succión húmeda y sonora alterando todavía más a Megumi.

— Ya entiendo por qué esos dos viven prendidos a ti.

Megumi vio con un poco de bochorno como Sukuna lamía un rastro blanquecino que surgía del pezón que acababa de maltratar. No quería reconocerlo, pero la idea alocada de estar amamantando también al padre de sus niños le excitaba a un punto que no creía posible.

— Eres delicioso, todo tú.

El aludido sonrió ante sus palabras cuando el rostro de Sukuna estuvo frente al suyo, los dos pares de ojos carmesí observándolo con un sentimiento cálido, tranquilo, impropio de él. Cuando sus frentes estuvieron juntas y Megumi se aferró a su cuello para no perder estabilidad, creyó percibir que Sukuna iba a decir algo, sus labios levemente separados mientras no despegaba su mirada de la suya. Por un momento, Megumi perdió la respiración al notar el ambiente cargado de otro tipo de sentimiento que no estaba muy acostumbrado a experimentar en presencia de Sukuna, menos en esos momentos.

Sin embargo, no dijo nada. No agregó más nada a sus palabras y de un momento al otro, lo penetró bruscamente ganándose un grito por parte de Megumi, más impelido por la sorpresa que por una verdadera molestia. Había extrañado aquella sensación única de plenitud, de sentirse lleno por completo. Excitado como estaba y luego de un período bastante prolongado sin ningún tipo de actividad sexual, Megumi tardó un poco más en acostumbrarse a su gran tamaño, pero finalmente lo hizo. Cuando fue él mismo quien movió las caderas indicándole a Sukuna que ya estaba listo y las penetraciones se volvieron más profundas, más rápidas, se percató de que era la primera vez que ambos estaban juntos fuera de su refugio onírico. Nunca habían tenido sexo con el nuevo cuerpo que Sukuna había obtenido y aquel descubrimiento sólo logró encenderlo más.

Por supuesto, su cuerpo desacostumbrado no soportó mucho tiempo los embates de Sukuna y colapsó en un orgasmo fuerte, devastador. Por su parte, Sukuna jugó con su cuerpo un poco más, saciándose de él; Megumi se recompuso una, dos, tres veces para seguirle el ritmo pero luego del cuarto orgasmo sentía las piernas entumecidas, el cuerpo agotado completamente. Supo el momento exacto en el que Sukuna acabó por última vez en su interior, el fluido sobrante resbalando entre sus muslos sin poder contenerlo; pese a que sus cuerpos se enfriaban rápidamente, ninguno se separó del otro en un largo período de tiempo, permaneciendo abrazados y unidos en todo sentido.

Al cabo de un rato en el que Megumi ya se había entredormido entre sus brazos, un leve sollozo lo espabiló. Ambos rieron cuando el llanto se intensificó un poco; con desgano tuvieron que separarse. Al tomar contacto con el aire frío nuevamente, Megumi se sintió cohibido de nuevo ante la mirada escrutadora del otro y volvió a cubrirse por completo. Se acercó a la gran cuna y con alivio notó que sólo uno de los dos niños se había despertado. Con manos hábiles lo revisó y llegó a la conclusión de que lo único que le pasaba era lo más importante, tenía hambre.

Con un resoplido al sentir la mirada de Sukuna clavada en él, tomó al niño y se acomodó para alimentarlo.

— Yo que tú probaría del otro lado. A ese le saqué bastante.— Megumi entrecerró los ojos y su rostro se tornó rojo cuando comprendió las palabras del otro.

— Es...qué desagradable. Es lo que comen tus hijos.

— Bueno, estaba delicioso, no me culpes.

Por el bien común, Megumi decidió dejar de discutir y hacerle caso. Luego de varios minutos los ánimos se habían calmado un poco y el Omega se atrevió a divagar en voz alta.

— ¿Qué vamos a hacer?

— ¿Con qué?

— Nosotros. Ellos.— Megumi los abarcó a ellos y a los niños con un movimiento de su brazo libre, mirando directamente a Sukuna frente a él.— No quiero vivir eternamente oculto.

— No lo harás. Considera esto como unas pequeñas vacaciones del mundo.

— ¿Cuánto van a durar?

En ese momento, Sukuna dudó, no porque no supiera la respuesta sino porque parecía no saber cómo expresárselo sin herir susceptibilidades.

— Cuando comenzamos a planear la creación de este cuerpo, no fue sólo para que el mocoso no tuviese un colapso mental.— el inicio de la frase sorprendió a Megumi porque Sukuna no solía hablar de aquello, ni siquiera durante los sueños que mantenían en aquella época.— Gojo no es estúpido...y estaba harto.

— ¿Gojo-sensei?¿Harto de qué?

— De todo, básicamente. No lo culpo, cuando la hechicería se mancha y los que se creen con la verdad absoluta empiezan a joder, te dan deseos de mandar todo a la mierda. Yo lo hice en su momento y bueno, ya ves como terminé. Eso no implica que me haya arrepentido, para nada.

— ¿Gojo-sensei quería hacer...lo mismo?

— Más o menos, pero no podía hacerlo solo. Igualmente yo no era el único "aliado" que había encontrado. Lo supe cuando nombró a Kamo y a un par de personajes más.

La revelación impactó a Megumi mientras abrazaba a su hijo pequeño entre sus brazos, ya plácidamente dormido otra vez. Así que...detrás de aquella fachada de despreocupación total, Gojo había planeado asesinarlos a todos...lo que significaba que lo que había ocurrido aquella noche del incidente, independientemente del resultado final, había sido planeado.

— Así que me necesitaba fuera del cuerpo del mocoso, sino no iba a tener sentido. A mi también me convenía exterminar a todos esos viejos.

— ¿Itadori lo sabía?

— ¿Que Gojo planeaba eso? Claro que no. ¿Acaso piensas que lo habría permitido así nada más?

Dios…¿cuántas cosas ocultó ese tipo?.— Sukuna rió ante su pregunta, pero el sonido no tenía diversión alguna.

— Cada quien maneja sus motivos.

— Entonces, ¿que Kamo lo haya sellado fue un error?

— No fue un error, fue una traición. Ya oíste al mocoso. Ese tipo tiene una lucha interna con el usuario original del cuerpo y vete a saber qué carajo pasó ahí. De una u otra manera, no me conviene mostrarme abiertamente sin la presencia de Gojo porque...mal que mal, tengo que reconocer que es el hechicero más fuerte de ésta época. Sin su apoyo voy a estar un poco complicado.

— ¿A quién le temes, si ya están todos muertos? Sólo queda Kamo.

La pregunta no pareció ofender a Sukuna, pero sí se tomó su tiempo para responderla.

— No le temo a nadie. Temo por ti. Y ellos.

— ¿Por...por qué?

— Porque esto no es una broma. El cambio que proponía Gojo iba más allá de asesinar a esos tipos. Hay que reestructurar toda la sociedad y sobre todo el mundillo mágico, básicamente. Yo puedo oponerme y destruir a cualquiera que se entrometa en mis planes, pero no voy a ser lo suficientemente imbécil como para no reconocer que puede pasarme lo mismo que a Gojo. Ya lo viví una vez y estaba sólo. Ahora están tú y nuestros hijos. No puedo correr el riesgo de dejarlos solos, menos aún si alguien se entera que son míos.

— No quiero ocultarlo. No tengo nada que ocultar ni de lo cual sentirme avergonzado.— Sukuna le sonrió y ahora sí, la gracia le llegó a los ojos.

— Es que justamente no quiero que lo ocultes. Quiero que te sientas seguro de poder decirlo y yo quedarme con la tranquilidad de que no sucederá nada. Aunque bueno, me va a costar soltar un poco al principio.

— No soy débil.

— Eres muy fuerte, Megumi. Pero las personas son capaces de recurrir a los peores recursos con tal de hacer daño. Lo digo por experiencia, y porque yo mismo lo he hecho.

Megumi resopló al oírlo. Claro, por algo tenía la fama que poseía. Acomodó al niño en la cuna y se cercioró que el otro estuviese profundamente dormido antes de suspirar y encarar de nuevo a Sukuna.

— ¿Vas a ir?

El aludido tardó en contestar a su pregunta sin contexto.

— Si es necesario, sí. Ya te expliqué que para mi es vital que Gojo salga del Gokumonkyo.

— Si vas…

— Sí, vendrás conmigo.— Megumi arqueó las cejas al oírlo, sorprendido.— Ya sé que estás harto de estar aquí.

— No es por ti.

— Lo sé, aunque también tienes deseos de ver al mocoso y todos sus secuaces. Un cambio de aire les hará bien.

Si Megumi hubiese sabido que tener sexo con Sukuna lo iba a ablandar al punto de ceder en aquellas cosas y de revelar esos datos que Megumi desconocía...no, no lo habría hecho antes, tampoco era tan manipulador como él. Pero Sukuna tenía razón, un cambio de aire iba a hacerles bien, sobre todo a él. Le generaba expectativa renovada saber que podría aunque sea ver a Itadori y a Yuta, podría...ellos podrían conocer a sus hijos sin juzgarlo, que era en sí el mayor temor que tenía Megumi ante aquello.