— ¿Dónde irán?
— Probablemente utilicemos la expansión territorial de Sukuna, oye, Fushiguro…
Itadori se hallaba recostado en la gran cama que alguna vez había compartido con Satoru; Megumi se hallaba unos metros más allá, la puerta entreabierta y la cabeza asomada por el hueco de la misma mientras mantenía una conversación con Yuta, en el corredor. La cantidad de energía maldita que se había liberado de la Prisión Confinadora era tal que Itadori ya había sentido los efectos negativos de la misma en carne propia.
Hacía unos minutos atrás había perdido estabilidad y casi había caído de bruces en medio del living de no haber sido porque Yuta había reaccionado a tiempo, lo había atajado de golpearse y vergonzosamente, lo había alzado en sus brazos para llevarlo hasta su cama sin preguntar ni permitir réplica alguna. Con la mente obnubilada aún por el mareo y el cuerpo pesado y sin posibilidad alguna de levantarse - sabiendo en qué terminaría aquello - Itadori se percató de que en todos aquellos meses de celoso resguardo, Yuta era el primer Alfa en ingresar a aquel cuarto sellado a cal y canto para aquellos que no fuesen Samuru o él mismo.
Su aroma fresco igualmente apenas se sentía dentro del dormitorio aún cuando Itadori inhaló profundamente y eso era algo que debía recordar para agradecérselo más tarde; a diferencia del resto, Yuta nunca había intentado convertir aquella casa en su territorio personal pese a que prácticamente vivía allí, más en aquellas últimas semanas. Sus feromonas apenas se sentían en el living o la cocina y nunca habían experimentado una situación en la que el muchacho hubiese desencadenado semejante reacción para asfixiar a Itadori...siendo el mismo Omega quien se lo había hecho al otro en los momentos de nerviosismo que no había podido controlar. Incluso Samuru se había sentido cómodo con la presencia de Yuta por allí...aunque no así con la de Sukuna. Igual no era de extrañarse; Itadori casi había olvidado aquel olor fuerte, penetrante y tóxico que desprendía aquella bestia y que Megumi parecía soportar con estoicismo, cómo rayos…
Itadori suspiró, concentrándose en el ejercicio de respiración que Megumi le había explicado hacía unos minutos. Cerró los ojos y se concentró en estudiar su propio cuerpo en busca de alguna dolencia, afortunadamente sin encontrarla. Su mano izquierda se posó sobre su vientre, primero por encima de la camiseta y luego introduciéndose debajo de ella. Un sentimiento similar a la nostalgia y a la frustración pasó por su mente al perfilar con la palma de la mano la redondez que ya se notaba, sutil pero firme. Había sospechado casi desde un principio de su embarazo y lo había confirmado poco tiempo después, pero sentir los cambios físicos de su cuerpo había sido llevar la experiencia a otro nivel. Apesadumbrado, se había percatado de que Satoru había estado perdiéndose aquella parte de su gestación, ni siquiera sabía que esperaba un hijo suyo...sin embargo, ahora con la posibilidad tan cercana de que Sukuna al fin pudiese liberarlo….
Quería incorporarse al menos para oír lo que sea que estaban murmurando Megumi y Yuta en la puerta del cuarto a un volumen tan bajo que apenas y percibía sus voces; estaba claro que estaban intentando ocultarle algo, pero ya no tenía sentido tenían que…
— ¿Qué? Pero…¿estás completamente seguro?
— Si, maldita sea. Demasiado seguro, desgraciadamente. Debemos mantenernos aquí, yo...no puedo arriesgarme tampoco…
Itadoru frunció el ceño al oír el tono preocupado de Yuta. ¿Qué sucedía, a qué no podía arriesgarse? De repente, el gorjeo suave de uno de los niños de Megumi llamó su atención, a su lado. Ladeó el rostro en dirección a los dos bultos sobre las frazadas; sonriendo, estiró la otra mano hacia las mantas que se movían y buscó la pequeña mano entremedio de todas las prendas con las que Megumi lo había cubierto. Al sentir el contacto de su piel, la pequeña manito suave y tersa tomó su dedo índice, sus dedos regordetes aprisionándolo con fuerza inusual. Itadori acarició los pequeños dedos con la yema del pulgar, relajándose al tocarlo. Ambos niños se parecían fatalmente a Sukuna pero, aún así, al ser bebés de apenas unos cuatro meses poseían ese manto de inocencia y al ser tan pequeños, no representaban amenaza alguna, todo lo contrario al padre. Aún así y pese a que hacía relativamente poco que Itadori los conocía, ya había reconocido un carácter bastante fuerte en ambos. Demandantes y posesivos con Megumi, Itadori incluso los había visto intentando golpearse entre ellos cuando el Omega no les prestaba atención enfocado en otra cosa...o quizás había sido su imaginación.
Sí, debía de ser eso.
Era imposible que dos niños que no tenían ni medio año cumplido ya demostrasen aquellas conductas tan...tan parecidas al padre.
De imprevisto, Itadori percibió algo en su propio cuerpo. Asustado, jadeó y se incorporó en los codos soltando la mano del hijo de Megumi; con el movimiento y el sonido de alerta había alarmado a los otros dos en la puerta, Yuta casi derribando a Megumi en el proceso para entrar.
— ¿Qué pasó?
— No lo sé, sentí algo raro.
— ¿Qué es raro? .— Yuta dio un rodeo para esquivar a Megumi y llegar hasta la cama, sentándose apenas en el borde del colchón al lado de Itadori.— ¿Te sientes mal?
— Sentí que...Dios, ahí sucedió de nuevo. Creo que me voy a morir.
Las expresiones en los rostros de los otros dos fueron suficientes para hacerle entender a Itadori que se había sobrepasado un poco con aquello, pero...no sabía definir la sensación extraña que había experimentado ya dos veces. Por un lado, le generaba una especie de vértigo en las piernas cada vez que percibía una especie de tirón en su vientre y por otro lado, creía que su vejiga estaba a punto de explotar a cada segundo, situación que no se había dado en los minutos previos a…
— ¿Dónde sientes lo raro, Yuuji? .— el murmullo suave de Yuta sacó a Itadori de sus pensamientos.
— Ah, en el vientre. Pero no es fuerte, es algo...muy profundo, sí.
— Con permiso.
Itadori inhaló profundamente cuando la mano de Yuta se introdujo debajo de su camiseta, la palma de su mano un tanto fría en contacto con su piel. La mano presionó su vientre en forma suave pero firme y, al cabo de unos segundos, aquella sensación extraña se volvió a repetir, haciéndolo jadear nuevamente.
— Yuta-san, ¿qué es?
— ¿De verdad es la primera vez que lo sientes?
— S-Sí, ¿qué es?.— Yuta le sonrió y negó con la cabeza, quitando la mano.
— Es tu bebé. Sólo se está moviendo, Yuuji.
— ¿Qué?¿De verdad?
— Ajá.
— ¿Cómo es posible que no distingas eso? La energía maldita ya se te afectó el cerebro o qué.
— Oye, es la primera vez que paso por esto, no me culpes.
Increíblemente aquella situación logró relajar el ambiente parcialmente; Itadori distendió todo su cuerpo y un nuevo sentimiento, cálido y muy alejado de las emociones negativas que había vivido aquel día se instaló en su pecho; casi con timidez, posó su mano sobre su vientre abultado esperando que volviera a sucederse aquel milagro. Ahora no sólo tenía pruebas de que estaba creciendo al aumentar el tamaño de su abdomen, sino que además el bebé se movía. Parecía ridículo que aquello le pareciera algo tan extraño y fascinante, pero así era.
Yuta posó la mano en su antebrazo, presionó suavemente y se incorporó de la cama con paso tranquilo; cuando los ojos de Itadori se desviaron del Alfa a Megumi, vio en su rostro la inseguridad y el nerviosismo que Yuta ocultaba muy bien en sus facciones, en su lenguaje corporal. Al pasar a su lado, Yuta repitió el mismo movimiento con el Omega sólo que a él sí lo arrastró hasta la puerta, ambos saliendo y cerrando suavemente.
Itadori parpadeó un par de veces, inspiró profundamente y soltó el aire despacio, pausadamente. Cerró los ojos y aguardó. Su primera intención había sido indagar a Yuta, cuestionarle qué era lo que estaban intentando ocultarle probablemente para que no se pusiera todavía más nervioso, pero lo descartó en cuanto el Alfa había presionado su antebrazo, la calidez de su mano transmitiéndole la confianza que necesitaba pese a que la incertidumbre acechaba constantemente sus buenos pensamientos. Los minutos pasaron y por suerte, la energía maldita pareció ir disminuyendo conforme el tiempo transcurría, las extremidades de Itadori sintiéndose más livianas, menos agarrotadas...el cansancio volviendo pesados sus párpados, su conciencia perdiendo la batalla…
— Yuuji.
El murmullo lo había despertado, más aún así no lograba separar los párpados. Creía que alguien lo había llamado, pero no había comprendido la palabra ni tampoco al dueño de su voz. Movió los ojos por debajo de los párpados cerrados y no captó ninguna luz; se removió sobre la superficie mullida y a medida que su cerebro iba despertándose, comprobó que aún se encontraba recostado en la gran cama casi en la misma posición en la que creía se había quedado dormido. Inhaló el aire a su alrededor aún entredormido percibiendo su propia fragancia y la de Yuta entremezclándose en el aire. Soltó el aire rápidamente, sintiéndose más cómodo. Había sido Yuta quien le había hablado; luego, sintió la mano cálida, el apretón suave sobre su hombro izquierdo...y de repente, tuvo que fruncir el ceño y levantar su antebrazo para protegerse de la luz cuando Yuta había encendido el velador de la mesita de noche, la incandescencia traspasando la piel de sus párpados, encandilándolo.
— ¿Qué…?¿Qué pasó?
— Shh, tranquilo.
Itadori jadeó cuando los recuerdos asaltaron su mente uno tras otro, apilándose y golpeándose entre ellos como los vagones de un tren descarrilado; de repente, se percató de que se había quedado dormido en la peor de la situaciones producto del cansancio y quiso incorporarse, más Yuta no se lo permitió, sus manos firmes sobre sus hombros deteniéndolo. Con los ojos entrecerrados, Itadori tardó unos segundos más en enfocar el rostro del muchacho sentado a su lado sobre la cama. Su expresión no estaba contrariada, pero no sonreía, su ceño levemente fruncido.
— Te quedaste dormido hace unas horas, necesitabas descansar.
— ¿Cuánto...cuánto tiempo dormí? Ya es de noche.— al mirar la ventana al otro lado del cuarto, Itadori comprobó sus propias palabras, la luz solar ausente entre las cortinas.
— ...Bastante. Megumi quiso despertarte antes, pero no lo vi necesario. Samuru aún duerme. No te preocupes, ya lo comprobé yo, se encuentra bien.
Yuta había agregado aquello cuando Itadori había hecho un segundo intento por incorporarse. Al final resopló, resignado y un poco más aliviado por sus palabras. Sus oídos intentaron captar algún otro sonido dentro de la casa sin éxito.
— ¿Megumi?
— Se fue hace unos momentos con los niños. Sukuna...bueno, se los llevó.
— Yuta...qué sucedió.
El aludido lo observó detenidamente y por un momento, Itadori tuvo la impresión de que no lo estaba mirando a él sino que estaba realmente perdido en sus propios pensamientos; al cabo de unos segundos de tenso silencio fue el turno de Yuta para suspirar, desviando la mirada. Sus manos abandonaron sus hombros y se posaron sobre su propio regazo mientras retorcía sus dedos entre sí.
— Para...para decirte lo que sucedió, creo que primero tengo que explicarte un par de cuestiones que...que creo no conoces, Yuuji.
Itadori no agregó nada a sus palabras, incorporándose lentamente y sentándose con la espalda apoyada en la almohada. Yuta estudiaba sus movimientos por el rabillo del ojo y no parecía tener ánimos de continuar.
— Creo que...creo que debo empezar desde el principio. Hace más de un año, Satoru se comunicó conmigo cuando yo aún me encontraba estudiando en Marruecos…
Yuta comenzó a hablar. Habló, habló y habló sin descanso ante los atentos oídos de Itadori. Mientras el relato avanzaba y algunas cuestiones que Itadori ya conocía por terceros se entremezclaba con otras que había desconocido totalmente, al Omega le dio la impresión de que Yuta había estado guardándose todo aquello en contra de su voluntad, sintiéndose un poco más liberado ahora que le traspasaba también la responsabilidad a Itadori de conocer la verdad.
Así que...bueno.
Si Itadori se dijese incluso a sí mismo que no sospechaba gran parte de lo que Yuta le había contado iba a mentirse descaradamente. Incluso en el momento en el que Satoru le había solicitado hablar a solas con Sukuna antes de que todo aquello comenzara, había sospechado que el Alfa quería evitar que Itadori oyera o se enterara de algunas cosas quizás un tanto más delicadas. En ese momento, Itadori le había restado importancia porque sencillamente no había desconfiado de Satoru. En ningún momento se le había pasado por la cabeza la idea de que el mayor atentara contra él o afectara a su entorno más íntimo por lo que lo había dejado hacer.
Así que no podía decir que al enterarse de que en realidad lo que había sucedido hacía unos meses en Tokyo había sido algo planeado a excepción de la aparición intempestiva de Sukuna sin previo aviso...no, no le sorprendía. Le sorprendía sí la aparición con vida de Suguru, el cambio drástico de lo que Yuta llamaba el plan original...pero en el fondo, en lo más profundo de su mente, Itadori se había estado negando todo el tiempo a rasgar la superficie de lo que sabía eran las verdaderas intenciones de Satoru en todo aquella extraña elucubración.
Aún así, no quería desesperarse porque la ansiedad y algo similar a la decepción comenzaron a arremolinarse en sus pensamientos; en ningún momento se le pasó por la mente pensar que su relación con el Alfa era algo ficticio, una circunstancia que al otro le había convenido porque tranquilamente luego de que Itadori y Sukuna lograran separarse podría haberlo ignorado, tal y como había hecho con su hijo en algún momento...pero qué carajo estaba pensando…
— Yuuji, respira, por favor. Lo siento, no debería haber dicho todo eso.—las manos de Yuta se sintieron cálidas sobre sus muñecas cuando el Alfa intentó retirar las manos que cubrían su rostro, un resoplido escapando entre sus dedos.—¿Te encuentras bien?
— Estoy...estoy bien. Y no te arrepientas, yo...tarde o temprano iba a saberlo.
— Yo…—ahora era el turno de Yuta de resoplar una vez que se cercioró Itadori se encontraba más o menos estable.— No te estoy contando todo esto porque debía hacerlo, sino porque...bueno, la situación...ha surgido algo nuevo.
— ¿Qué…?¿Qué sucedió ahora?
Yuta continuó el relato y la cosa claramente se ponía peor. De no haber sido porque hacía prácticamente semanas que estaban encerrados allí adentro casi sin contacto con el mundo exterior, Itadori habría corrido una suerte espantosa y sin saberlo. ¿Orden de captura?¿Incluso sobre Megumi? Incluso Yuta acababa de confirmarle que además de sus cabezas, la de Satoru también parecía tener un precio. Lo habían expulsado de la sociedad de hechicería y se consideraba un crimen capital liberarlo del Gokumonkyo, además de que ya habían expuesto la aparición con vida de Suguru...todo eso…
— Respira.
— ¿Qué se supone que vamos a hacer ahora?¿Qué voy a hacer con Samuru?
Itadori sentía el pánico ascender rápidamente desde su pecho hasta su garganta, impidiéndole la respiración. Aquello que habían temido en un principio y se había postergado estaba sucediendo ahora. Quería despertarse de aquella pesadilla, ¿cómo era posible que todo hubiese empeorado de aquella manera en tan poco tiempo mientras él dormía? De repente, en medio de su frenesí mental, Itadori lo recordó súbitamente.
— ¿Dónde está Sukuna?¿Qué hizo con el Gokumonkyo?¿Qué…?
— Yuuji, déjame terminar, por favor.
En ese punto Yuta parecía tan o más exasperado que Itadori; al ver la ansiedad creciente en el rostro ajeno Itadori decidió guardar silencio y dejarlo terminar, aún con la respiración agitada y el corazón en la garganta con el ataque de pánico a punto de estallar.
— Es...ah...no sé exactamente qué sucedió. Hasta donde yo sabía, Sukuna era aliado de Gojo, pero...bueno, mira. Logró romper el sello, ¿ok? Gojo está libre de la Prisión Confinadora.
— ¿...Eh?
— Lo que oyes, es libre.
Ahora, a todas sus dolencias físicas se le sumaba un extraño pitido en los oídos; Yuta le dijo algo que no alcanzó a entender y lo siguiente que supo fue que estaba recostado otra vez sobre la cama, el mareo volviendo con toda su fuerza.
Satoru estaba libre. Aquello que había estado esperando durante tanto tiempo, con lo que había soñado y por lo que había trabajado y aguantado todas esas semanas, esos meses...
Sin embargo…
— Está...está libre, pero…¿qué sucedió?
— Cuando el Gokumonkyo terminó de romperse y el sello se disolvió...lo primero que hizo Gojo fue enfrentarse a Sukuna.
— ¿Qué?
— No lo sé. Sólo te transmito lo que me dijo Yuki a mi. Ni siquiera hubo forma de acercarse, es...es un desastre. Todo.
— ¿A qué te refieres?
Yuta se tomó su tiempo para contestar mientras Itadori volvía a incorporarse. Parecía estar buscando las palabras adecuadas y no las hallaba, poniendo más ansioso a Itadori.
— Dilo. No puede ser peor que todo lo que me has dicho.
— Oh si, es peor.— Yuta torció el gesto de su rostro al darse cuenta que había sido demasiado sincero con sus palabras.— Mira...ah...parece como si...como si Gojo hubiese perdido el control de sí mismo. Su enfrentamiento con Sukuna devastó parte del centro de Tokyo, aún no se conoce el número real de fallecidos. Y...ah...bueno, vamos a decir que creo que las órdenes de captura van a quedar sin efecto porque no está quedando nadie para impartirlas.
Itadori lo observó intentando comprender lo que acababa de decirle.
— ¿Me estás diciendo que Satoru los mató a todos?
— Está en eso, sí. Yuuji...mira. Es...es cuestión de tiempo para que venga hacia aquí, una vez que se tranquilice, y...la verdad, no quiero ser parte de su ola de exterminio.
— ¿Por qué lo serías? Quiero decir, Satoru no te haría daño, no a ti.
— No estoy muy seguro.
Un incómodo silencio se estableció entre ellos cuando Itadori se percató de que Satoru realmente se había transformado en una amenaza y Yuta lo veía como tal. Como no lo había visto, le costaba mucho creer que la persona que él conocía y a la que tanto amaba hubiese perdido los estribos de aquella manera, pero...algo en su fuero interno…
— Rika y yo podemos llevarnos a Samuru, al menos hasta que todo se calme.
— ¿Crees que es tan peligroso?
— ¿Vamos a correr el riesgo? Mira...a ti no te hará daño, apestas a él. Apenas llegue aquí lo notará, así que…
— ¿Realmente crees que dañaría a su propio hijo?
Itadori había soltado aquello en un tono de incredulidad que rozaba lo ridículo, casi riendo en el proceso. Sin embargo, el ceño de Yuta se contrajo aún más en una expresión de preocupación que asustó a Itadori.
— Es...es difícil saber cómo va a reaccionar, Yuuji. Yo tampoco creo que lo lastime, pero...mira. Gojo va a volver a lo que considera su lugar seguro contigo y va a encontrarse con un montón de efluvios que no son el suyo, incluido el mío. Va a ponerse de los nervios otra vez, y la verdad no quiero tener que arrepentirme por no actuar a tiempo frente a un Alfa dominado por las hormonas.
El Omega pensó en sus palabras. Era la primera vez que sus pensamientos tenían que invertirse y que la situación giraba en torno a prevenir cualquier desastre que Satoru pudiese causar en su propia casa, con su propia familia. Itadori estaba convencido, o al menos la parte más sentimental de su mente, que Satoru no había perdido el control y que todos sus actos tenían una explicación, incluso su ataque hacia Sukuna, él no…
Él no se había transformado en el enemigo. No podía ser cierto.
Y de un momento a otro, Itadori se descubrió a sí mismo asintiendo a las palabras de Yuta.
— Está bien. Llévatelo.
— Bien.
De nuevo, Itadori sintió aquella presión suave sobre su antebrazo, el peso de Yuta abandonando la cama.
Cuando el muchacho salió por la puerta y lo escuchó murmurando a lo lejos, Itadori tuvo que dejar de fingir que era fuerte y que todo lo que el Alfa le había contado hacía unos minutos no le había afectado. Su visión se tornó borrosa y nuevamente cubrió su rostro con ambas manos, las lágrimas cayendo por sus mejillas. Intentó respirar, tranquilizarse pensando que no todo estaba perdido, que podía hablar con Satoru y que seguramente podían llegar a alguna especie de acuerdo sin tener que recurrir a la matanza que tenía planeada y que estaba cumpliendo a rajatabla. La medida de Yuta de retirar a Samuru de la casa le parecía extrema, pero la duda ya estaba sembrada allí.
La puerta del cuarto se abrió lentamente e Itadori supo que se trataba de Samuru antes de verlo, su aroma suave fluyendo hacia su nariz. Cuando el niño se animó a asomarse al cuarto, Itadori ya había secado los rastros húmedos en sus mejillas y había extendido los brazos hacia él; al verlo, Samuru no dudó demasiado en correr hacia él y abrazarlo, casi desatando el llanto otra vez en ambos. Itadori lo presionó contra su pecho, su nariz hundiéndose en su cabello y embriagándose del aroma que ya adoraba y consideraba suyo. Besó y acomodó sus cabellos mientras ambos intentaban calmarse o al menos, mientras Itadori procuraba prepararse para lo que sabía era una separación temporal.
— Yuuji...volveremos a vernos, ¿verdad?.— Itadori rió ante la expresión seria y temerosa de Samuru.
— Claro que si, sólo vas a irte un rato con Yuta.
— ¿Seguro?
— Sí.
— No me estás mintiendo, ¿verdad? Algo pasó, lo sé.
— No te estoy mintiendo. Y sí, pasaron algunas cosas, pero prefiero contártelas cuando yo mismo esté seguro de ellas, ¿si? Eso no es mentir.
— No...supongo que no.
— Samuru.
Ambos voltearon hacia Yuta. Parecía nervioso, era la primera vez que Itadori lo veía en ese estado incapaz de ocultar. Por supuesto, Itadori se contagió en segundos de la ansiedad que el otro expulsaba por cada poro de su piel, el aroma fresco tornándose un poco asfixiante en aquel cuarto cerrado. Samuru pareció interpretar la tensión del ambiente y soltó a Itadori, incorporándose de la cama. Finalmente resopló, sonriéndole.
— Nos vemos después, entonces.
— Así es.
Itadori soltó la mano de Samuru cuando Yuta extendió la suya, ya incapaz de poder controlarse. Al Omega no se le escapó la expresión compungida en el rostro de Samuru antes de que volteara hacia el Alfa y la sensación asfixiante aumentó, ahora como una presión sobre su pecho.
— Ve y dile a Rika que ya estamos listos.
— Claro.
Apenas el niño salió por la puerta, Yuta la entrecerró, la ansiedad en su mirada.
— Viene para acá, Yuuji. Suerte.
Bueno...ahora sí, en el próximo...xD
Fui más rápido que Gege, admítanlo (?)
Nos leemos!
