1 mes después

— Ya estoy harto de esto. ¡Renuncio!

— Yuuji, no puedes renunciar a un embarazo…¿o sí?

No me contradigas.

Itadori claramente no se hallaba en sus mejores momentos.

Cerró los ojos recostado en el futón del living, las piernas cruzadas sobre dos almohadones, una manta enrollada bajo su cintura; Samuru se encontraba sentado literalmente sobre la mesa frente a él, observándolo. Traía en las manos una jarra repleta de jugo de naranja, el nuevo capricho que Itadori había desarrollado en las últimas 48 horas; "capricho", como le había dicho Satoru cuando el Omega había comenzado a joder con aquello a las 4 de la madrugada, sediento y al borde del colapso como si el agua fría de la nevera no fuese para nada suficiente.

"Antojo", le había llamado Megumi; "estupideces de Omega" le había dicho Sukuna. De una u otra forma y fuese lo que fuera, Itadori de verdad no podía manejarlo. Cansado de sufrir la urgencia fisiológica de consumir tal o cual alimento o bebida como si su vida dependiera de ello, también tenía que lidiar con la paciencia fingida de Satoru; fingida, porque gracias a aquello y a sus múltiples quejas casi constantes, había encontrado un nuevo divertimento para burlarse de su estado en forma indirecta.

Porque Itadori lo conocía demasiado bien como para no detectar la satisfacción que le provocaba su sufrimiento...lo cual había derivado en una pelea a gritos en la que sólo Itadori había participado, siendo Satoru el receptor de todos sus males pero sin responder absolutamente nada, sin seguirle la pelea.

Lo cual lo había puesto de peor humor.

Ahora, recostado en aquel futón con los tobillos hinchados y un dolor de cintura que no tenía sentido con tan sólo cinco meses de embarazo, se hallaba ofuscado, enojado, furioso con Satoru y con el mundo entero. Samuru incluso había descendido el volumen del televisor para no contrariarlo, y el hecho de saber que el chico se sentía nervioso con sus cambios de humor explosivos sólo lo hacía molestar aún más.

¿Es que aquello sólo iba a ir empeorando conforme el embarazo siguiese su curso? No iba a llegar con vida a los nueves meses. En realidad, iba a ser Satoru la víctima fatal de sus arranques anímicos si seguía con aquella actitud pasiva y condescendiente.

Casi desde el momento en el que Satoru había sido liberado del sello de la Prisión Confinadora, algo parecía haber cambiado...o haberse roto en su cerebro o en su equilibrio hormonal. Para Itadori y al contrario que con el resto de los seres vivos, el Alfa siempre había sido bastante complaciente y amoroso con él, por no mencionar la posesividad con la que a veces se había comportado; sin embargo, el Gokumonkyo o su embarazo habían marcado un antes y un después en sus conductas. Satoru había desarrollado, al parecer de Itadori, dos personalidades diferentes.

No, tres, eran tres.

La primera era aquella que exhibía con el resto de los mortales y con la cual Itadori lo había conocido y a la que más estaba acostumbrado; la otra, era la que solía demostrarles a Samuru y a él, puertas adentro. El cambio era ligeramente sutil, pero sus niveles de paciencia y atención solían ser bastante más altos.

Y la tercera era la nueva, a la cual Itadori había denominado "la tarada". Luego de la primera vez que había sido testigo de ella, había tardado varios días en distinguir el patrón que la caracterizaba y en qué circunstancias surgía; Itadori comprendió al fin que era su voz enojada o el desprendimiento intenso de sus hormonas lo que provocaba que Satoru perdiera el control de su propio carácter, volviéndose más dócil y adoptando una actitud mucho más pasiva e indulgente con él, y sólo con él. Ahí el cambio era rotundo porque Itadori no estaba acostumbrado a verlo en aquel estado atontado por él.

Se lo había comentado a Megumi porque había llegado a un punto en el que Itadori realmente se había preocupado por la salud mental de Satoru, creyendo que el Gokumonkyo sí le había dejado alguna secuela irreversible; el Omega le había explicado con cierto fastidio que aquello no se debía al sello sino a su embarazo. Le había comentado que las hormonas cambiaban y se expresaban en forma diferente y que probablemente Itadori las liberaba en los momentos de mayor tensión emocional y que por eso había conectado su comportamiento agresivo con el pasivo de Satoru. Luego, con un poco más de bochorno, Megumi había tenido que aclararle que aquello era perfectamente normal, sobre todo porque Itadori ya estaba sobrepasando la mitad de su gestación; le había advertido con anterioridad acerca de los propios cambios emocionales y físicos que Itadori iba a sufrir y éste no le había prestado atención en su momento, confiado en que su cuerpo iba a poder soportar aquello sin queja alguna.

Cómo se arrepentía de no haberle hecho caso a Megumi en aquel momento…

Su mente paranoica finalmente se había terminado de quedar tranquila sólo cuando Megumi le había contado que Sukuna se había puesto tan o más idiota que Satoru en el último mes de su gestación e imaginar eso para Itadori había sido prácticamente imposible, visto y considerando la bestia asesina con la que había compartido el cuerpo y con la que Megumi...Dios, qué aguante.

Y Megumi le había hecho exactamente el mismo comentario, pero sobre Satoru.

Itadori resopló, al borde del llanto. Si se movía un milímetro para acá o un centímetro para allá, la vejiga le pedía a gritos desagotar en segundos, el dolor punzante en la parte más baja de su vientre ya bastante abultado. Chasqueó la lengua, preparándose mentalmente para levantarse del cómodo futón y moverse hasta el baño, aquello no podía ser cierto…

— Estoy harto.

— Ya lo dijiste.

— ¿Dónde está tu padre? .— Samuru pareció pensarlo durante algunos segundos.

Creo que en la cocina. Desde aquí oigo cómo se está peleando por teléfono con alguien.

— ¿Es que acaso no puede detener eso al menos un momento? Por Dios, si iba a ser así mejor no hubiese hecho nada.

Para empeorar su fastidio, Samuru estalló en carcajadas al oírlo; Itadori resopló, haciendo el esfuerzo e incorporándose en el futón, sentándose con más sufrimiento mental que físico.

— ¿De qué te ríes?

— Eres increíble, Yuuji. Lo siento, ya paro.— Samuru resopló cuando la risa se le escapó sin que pudiese evitarlo ante la mirada resentida de Itadori.— Es que...cuando papá salía para tener sus reuniones o pelearse con más gente, te quejabas de que no estaba nunca. Ahora que ha reducido su salida al mundo exterior sólo por ti, te quejas de que se pelea con las personas desde aquí dentro.

Dios.

Fue el turno de Itadori de resoplar, molesto y frustrado. Samuru tenía razón, claro que la tenía. Itadori sabía que él tampoco se la había hecho fácil a Satoru, exigiéndole cada vez mayor atención, más tiempo y compañía; sin embargo, tampoco podía ponerse a explicarle a Samuru por qué la actitud de Satoru aún así le fastidiaba...porque iba a quedar como un niño, infantil y obstinado.

Pero es que en todo ese mes, Satoru parecía tener más tiempo para el resto de las personas que para Itadori...al final, salvando las distancias del alivio que sentía al saber que el Alfa estaba libre de aquel sello y que se encontraba bien, parecía como si no estuviese con él la mayor parte del tiempo, tal y como si siguiese confinado.

Por el resto, todo había vuelto a la normalidad...bueno, a la nueva normalidad después de comprobar con sus propios ojos que Satoru se había quedado corto cuando le había dicho que se le había pasado la mano; no sólo se habían visto afectados edificios y casas particulares más que nada en el centro de Tokyo, sino también las redes eléctricas, de telefonía y gas en la mayor parte de los distritos producto de las explosiones subsecuentes al destrozo inicial; la ciudad y el resto de los municipios aledaños se hallaban actualmente inmersos en un caos que no terminaban de comprender del todo mientras la contienda aún continuaba, sólo que ya no era solo Satoru quien participaba.

Como todo era un caos y nadie entendía nada, Satoru había afirmado con total convicción que era ese el mejor momento para actuar y terminar de sacar la basura, como él le llamaba; así, Itadori había aceptado pasivamente que al principio saliese a quién sabía dónde a la mañana para volver prácticamente exhausto casi de madrugada hasta que Itadori no pudo manejar más su propio genio y literalmente le había exigido que dejara de sobreesforzarse así, considerando que Satoru siempre había sido de la idea de que no debía hacerlo todo él solo.

Así, y utilizando su nuevo súper poder, Itadori había conseguido ganar la batalla, pero no la guerra. Como todos los problemas parecían centrarse en Satoru, todo recaía en él; las salidas al final, en algunos casos, sí habían tenido que ser obligatorias...pero no así la entrada de otras personas a la casa. Satoru se había puesto firme y obtuso en ese sentido pese a los reclamos de Itadori y por qué no, de Samuru. El Alfa le había prohibido incluso a Yuta el acceso a la vivienda hacía poco más de una semana cuando, luego de una crisis de ira que había sufrido por percibir el aroma de otro Alfa en lo que él consideraba "una casa por donde ya había circulado demasiada gente en su ausencia", había sido Itadori mismo quien le había solicitado a Yuta que restringiera sus visitas hasta nuevo aviso sino querían tener otra masacre en breve.

Al final, la conclusión era que los dos estaban insoportables el uno con el otro por diferentes motivos. Aún así, convivían en una calma que Itadori sabía anunciaba alguna especie de tormenta cercana, específicamente un huracán visto y considerando que él mismo se percataba de su poca tolerancia a las mismas situaciones cotidianas que antes soportaba sin problemas.

— Voy al baño.

— ¿Vas a volver aquí? Sino me voy a jugar, ese nivel no va a pasarse solo.

— No...probablemente me recueste un ratito. Ve tranquilo.

— Bien.

Con poco esfuerzo pero si mucho fastidio, Itadori se dirigió al baño mientras cruzaba casualmente por la cocina; en efecto, Satoru se encontraba con no uno, sino dos celulares en las manos. Con uno discutía casi a los gritos y con el otro escribía al mismo tiempo, la computadora portátil encendida sobre la mesada. ¿Cómo era posible que pudiese prestar tanta atención a tres cosas diferentes sin perderse? El Alfa estaba tan concentrado en sus cosas que ni siquiera notó la presencia de Itadori; sólo se había detenido escasos segundos para comprobar que todo estuviese en orden y finalmente, siguió su camino hacia el cuarto de baño de su habitación, el único lugar donde actualmente se sentía en paz consigo mismo.

Una vez su vejiga recibió el alivio que necesitaba, Itadori volvió a tener la tan molesta pelea con el espejo del baño. Siempre que podía intentaba esquivar su imagen reflejada en cualquier superficie porque para el Omega no era lo mismo sentir a su hija pateándole los órganos y acariciar el bulto que cada vez crecía más, que ver lo redondo que estaba poniéndose su cuerpo conforme las semanas pasaban una tras otra. Itadori siempre había tenido muy buena masa muscular pese a que no entrenaba ni hacía demasiado ejercicio; ahora, en cambio, se encontraba más inactivo que nunca y aquello le había pasado factura a su imagen corporal.

Viéndose en el espejo, suspiró mientras se inspeccionaba desde algún otro ángulo que no hubiese explorado antes en busca de algo nuevo que pudiese deprimirlo un poco más; además del crecimiento de su abdomen, Itadori había notado otros cambios sutiles, algunos más escandalosos que otros.

Pequeñas estrías habían surgido en la parte inferior de su vientre cuando la niña parecía haber crecido abruptamente en las últimas semanas. Por suerte, Ieiri había podido revisarlo apropiadamente luego de toda la conmoción y además de confirmarle el sexo del bebé le había advertido sobre dichos cambios y cómo prevenir algunos de ellos. Al ver en su reflejo un par de líneas rosadas que antes no habían estado allí, Itadori rebuscó en el mueble del baño en busca de la crema que Ieiri le había recomendado para evitar que aquellas marcas terminaran por volverse permanentes.

Otro de aquellos cambios no tan sutiles se había suscitado en lo que ya no eran sus pectorales, sino…¿pechos? Habían perdido un poco de la firmeza que solían tener sus músculos y al contrario, si Itadori osaba palpar aquella parte de su anatomía la sentía más...mullida, eso sin contar el cambio en la coloración de sus pezones, los cuales se habían vuelto un poco más oscuros.

Había tardado casi dos semanas en asimilar que literalmente le estaban creciendo tetas y unas dos semanas más en animarse a consultarle a Megumi si aquello, de hecho, era normal. Increíblemente, Megumi se había puesto casi tan reacio como él a platicar sobre el tema, ambos un tanto avergonzados y sintiéndose idiotas en el proceso. A fin de cuentas aquello sí era normal y sí, efectivamente iba a empeorar.

No iba a ser tan tonto como para no reconocer que todos aquellos cambios eran naturales e iban a darse cada vez con mayor frecuencia a medida que su embarazo llegara a término. Sin embargo, una cosa era saberlo y otra aceptarlo.

Y tal vez era aquella la causa por la que Satoru ya no lo buscaba tanto como antes.

No, otra vez aquello no.

Pese a la relativa calma en la que estaban viviendo, Itadori tenía tiempo para que su cerebro se llenara de pensamientos intrusivos y de ideas fatalistas. Como ahora se sentía más susceptible a cualquier cambio y sus estados de ánimo viraban violentamente desde la alegría hasta el llanto desconsolado por una serie de televisión pasando por la ira más irracional, Itadori estaba propenso a evaluar un poco más su entorno; él mismo se sabía un poco distraído - quizás muy distraído - pero en esas últimas semanas le había prestado atención a detalles tan absurdos que, misteriosamente, se habían transformado en algo de suma relevancia.

Como por ejemplo, que de un tiempo a esa parte Satoru ya no lo abrazaba en la cama y esquivaba el contacto físico directo. Por supuesto, Itadori no se había atrevido a generar ningún planteo porque su propia mente batallaba con aquella idea estúpida salida de su propia paranoia.

Sin embargo, era cierto que Satoru lo tocaba menos que antes, eso sí era un hecho real. Antes de ser sellado y durante la primera semana luego de ser liberado, Satoru se la había pasado prácticamente sobre él, rondándolo en todo momento al punto de asfixiarlo, besos y abrazos de por medio y en abundancia. Ahora, Itadori estaba seguro de que podría contar con los dedos de una sola mano la cantidad de caricias que el Alfa le daba por día, demasiado entretenido en sus cuestiones. Sabía que todo aquello era relevante, claro que lo entendía...pero tampoco podía evitar sentirse desplazado y excluído.

Malditas hormonas, maldito embarazo. Malditos fueran los Alfas.

Probablemente Satoru no se sentía particularmente atraído ahora que su cuerpo se había vuelto más pesado y más redondo...y seguramente luego del parto todo volvería a la normalidad.

Aquel pensamiento lo ponía más ansioso porque aún le faltaban cuatro meses más.

No, definitivamente ninguno de los dos iba a terminar bien luego de todo aquel proceso. Si es que sobrevivían.

Tan ensimismado estaba en sus pensamientos nefastos que fue recién en el momento de salir del cuarto de baño que había notado la presencia de Satoru en la habitación. Antes de detectarlo allí, el Alfa había estado acomodando algunas prendas en el placard; al verlo, arqueó las cejas y le sonrió, dejando de prestarle atención a los pocos segundos para seguir con lo suyo.

Itadori suspiró sonoramente ante su falta de interés y se sentó en la cama, viendo por primera vez el reloj desde hacía horas.

Las 11:30 PM…¿en qué momento se había hecho tan tarde?

— ¿Todo bien? .— la pregunta descolocó un poco a Itadori, sobresaltándolo.

— Ah...sí, todo bien.

— ¿Seguro?

— Sí, estoy seguro de lo que te estoy diciendo.

Otra vez. Satoru dejó lo que estaba haciendo al oír el tono agresivo e intolerante con el que Itadori le había contestado, la paciencia perdiéndose lejos de su mente. El Omega resopló mientras se despeinaba, cansado de aquellos estallidos.

— ¿Quieres que me vaya? Aún no pensaba acostarme.

¿Era posible que con una frase terminara de hacer explotar el poco control que Itadori había estado manteniendo? La respuesta era claramente afirmativa.

— ¿Yo quiero que te vayas o eres tú el que quiere irse? Son cosas diferentes.

— Yuuji, sólo fue una pregunta. ¿Me quedo o me voy? Tú decides.

— Las dos cosas.

Apenas había dicho aquello de manera impulsiva se había dado cuenta que era imposible que Satoru permaneciera en el cuarto y se fuera al mismo tiempo, las comisuras de los labios ajenos curvándose lentamente hacia arriba. Itadoru intuyó que estaba procurando no reírse de él, pero incluso hasta a él mismo aquello le había parecido gracioso.

— Quédate.

— Bueno. Me quedo.

Itadori percibió el silencio que siguió a continuación como un tanto incómodo mientras Satoru elegía alguna que otra prenda del placard. A él no parecía molestarle el silencio entre ellos, por lo que Itadori lo dejó estar.

— ¿Samuru ya se acostó?

— No lo sé...no tenía noción de la hora así que...voy a ver.

Al final, había sido Itadori mismo quien había huído del cuarto antes de que Satoru tuviese oportunidad de reclamar o preguntar cualquier cosa. Se dirigió rápidamente a la habitación de Samuru para comprobar que efectivamente, el niño se había acomodado para dormir pero no había soltado los jueguitos, el televisor gigante de la habitación soltando destellos y ruidos demasiado fuertes.

— No te desveles con eso, eh.

— Es pasar de nivel, Yuuji. Puedo tardar 5 minutos o 5 horas.

No puede ser. Mañana vas a estar hecho un zombie, sabes que a tu padre no le gusta.

— Qué me importa lo que le guste a él.— Samuru rodó los ojos ante la expresión severa de Itadori.— ¿Qué? Si no está nunca, y cuando está ni le interesa.

— No digas eso, sí le interesa.

Itadori se sentía entre la espada y la pared. Compartía de cierta manera el sentimiento de Samuru porque era el mismo que él sufría viéndolo tan atareado con todo lo que conllevaba su supuesto plan magistral. Aún así, sin embargo, no podía ponerse a darle la razón a un mocoso cuando él era quien tenía que comportarse como el adulto responsable y serio de los tres.

— Sólo ha estado muy ocupado.

— Se parece a cuando vivía con la tía...bueno, no. Estás tú.— Samuru desvió la mirada de la pantalla una fracción de segundo y le sonrió a Itadori, disculpándose.— Cuando te canses de mi, puedo ir con ella o con Yuta, sólo dímelo.

— Samuru, ¿qué dices?

Ahora sí se había preocupado por las palabras del chico. Itadori chasqueó la lengua e ingresó del todo al cuarto, sentándose en la cama al lado de Samuru. Al ver sus intenciones pausó el juego, encarándolo. Sin saber muy bien qué decir, Itadori acarició su cabeza y peinó sus cabellos.

Recordar a Mei Mei lo hizo sentir un poco culpable. Al final, ella había sido quien le había revelado la información que había estado esperando cuando Satoru había sido sellado y no conocía el cómo ni quién e Itadori le había terminado ocultando toda la problemática que habían atravesado con el Gokumonkyo. La culpa luego se le pasó un poco cuando había oído el alivio en la voz de la mujer durante su primer pelea con Satoru, vía telefónica.

— ¿Por qué piensas que voy a cansarme de ti? Uno no se cansa de un hijo.

Había sido un poco impulsivo al decir aquello y lo había soltado con cierta inseguridad, pero Itadori no se arrepentía de expresar sus sentimientos. Samuru lo observó detenidamente como si le hubiese salido un tercer ojo en la frente, luego parpadeó y lentamente fue desplazándose hacia un costado hasta chocar suavemente contra el torso de Itadori, quien no dudó en envolverlo entre sus brazos.

— No soy tu hijo, Yuuji.— murmuró bajito al punto que Itadori tuvo que esforzarse por entenderlo.

— No te parí, pero eso da igual. Te amo como si lo fueras de verdad.

— Yo también te amo...como si fueras mi papá de verdad.

Samuru lo abrazó con fuerza pese a que su vientre obstaculizaba un poco el proceso; aún así, Itadori lo acercó más contra su pecho y besó su cabeza, conmovido por la inseguridad que expresaba Samuru con sus propias emociones.

Iba a tener que hablar de aquello con Satoru. Si bien desde un principio había notado que Samuru era bastante independiente y ya se había acostumbrado al ritmo de vida un tanto agitado que llevaba su padre, aquello tampoco era una excusa para que se desligara de atender a las necesidades emocionales de Samuru. Itadori conocía el orgullo que tenían ambos y sabía que ni Samuru iba a buscar a Satoru, ni Satoru iba a ponerse sensiblero con su hijo.

Suspirando, se quedó abrazado un rato más intentando relajarse con el aroma del niño. Luego de un rato de tener la mente en blanco lo había logrado. Se sentía más aliviado y el cansancio comenzaba a hacerse notar.

Cuando Samuru bostezó entre sus brazos supo que era la marca de partida.

— A dormir. Al nivel puedes pasarlo mañana.

Por una vez, no voy a discutir.— ambos rieron ante aquello porque Samuru siempre encontraba alguna excusa para contradecir las órdenes de Itadori.— Buenas noches, Yuuji.

— Buenas noches.

Con un beso, Itadori se despidió de Samuru una vez que se cercioró había apagado el televisor. Al cerrar la puerta, suspiró satisfecho con la situación y se dirigió a su propio cuarto, listo para dormir 20 horas seguidas.

...O eso es lo que pretendía antes de atravesar la puerta y notar que algo estaba mal, terriblemente mal allí dentro.

— Satoru, ¿qué has hecho?

El jadeo seguido del timbre más elevado de su voz alertaron a Satoru, quien seguía revolviendo en el placard. Primero, sus ojos se posaron sobre él y luego sobre la cama, parpadeando un par de veces.

— Estoy acomodando un poco. No sé por qué había ropa mía mezclada con la tuya, así que...Yuuji, ¿qué te pasa?

Ahora era el turno de Satoru de agudizar su voz; Itadori había intentado soportarlo, pero al ver el estropicio que Satoru había hecho sobre la cama no pudo contener la crisis de ansiedad que ascendía rápidamente por su pecho hacia su cuello. Sobre las frazadas, estaban pulcramente dobladas todas las prendas que Itadori había movido voluntariamente desde la parte del placard que le pertenecía a Satoru hacia la suya, porque él mismo había elegido aquella ropa para intentar aplacar el impulso sin fundamentos que le pedía a gritos que lo hiciera, que tuviese a su alcance pertenencias de Satoru con su aroma impregnado en ellas.

Satoru había arruinado el equilibrio que él había establecido en la habitación y aquello, por supuesto, derivó en un estallido de llanto que no había podido contener a tiempo y que había puesto de los pelos a Satoru; el Alfa lo sostenía por los hombros, desesperado porque Itadori tampoco podía hablar ni decirle exactamente qué era lo que sucedía.

Al cabo de lo que pareció una eternidad - mientras Satoru se había resignado a que hablara y había comenzado a revisarlo en busca de alguna dolencia física - Itadori logró inhalar profundamente y calmarse; le llevó un par de minutos más controlar la marea emocional que lo había atacado de repente.

— ¿Te sientes mejor?

—Sí, un poco.— Itadori se había logrado sentar en el borde de la cama, Satoru arrodillado frente a él aún con expresión cautelosa.

— ¿Se puede saber qué pasó? ¿Tuviste una contracción?

Mientras se limpiaba los restos de lágrimas con el dorso de la mano, Itadori notó el temor en la voz del otro, sus manos apoyadas en sus muslos. Negó con la cabeza y, mientras iba recuperando la calma pese a que la ansiedad todavía estaba allí, se sintió un tanto estúpido por su estallido emocional.

— ¿Entonces?

— No importa, déjalo así.

— ¿Cómo que no importa? Yuuji, casi me da un ataque, no sabía qué hacer, yo…

— No tendrías que haber tocado esa ropa, eso es lo que no tendrías que haber hecho.

— ¿Qué?

Satoru se quedó momentáneamente sin habla, pasmado. Itadori comenzaba a recuperar parcialmente la ira que lo había embargado antes y, pese a que estaba intentando controlarla lo más que podía porque sabía que aquello era irracional, no estaba pudiendo frenarla del todo.

— Espera, ¿tú pusiste mi ropa ahí?

— Sí.

— ¿Por qué?

¿Es que acaso quería que llorara otra vez? ¿Cómo iba a preguntarle eso, si ya tenía que conocer la respuesta? Pero no, ahora que lo pensaba, Satoru seguramente no había experimentado ninguno de aquellos síntomas tan molestos mientras había estado embarazado de Samuru sencillamente porque era un Alfa.

— Yuuji, ¿qué carajo pasa? Hey, no llores.— Satoru hizo el amago de limpiar las lágrimas que habían caído indefectiblemente con sus dedos, pero Itadori apartó el rostro.

No me toques. Esto es tu culpa.

De nuevo aquel tono prepotente e intolerante.

Itadori pensó que con aquello, Satoru iba a saber captar la indirecta y por más que la hubiese cagado, iba a dejarlo en paz, a él y a su ira injustificada. Sin embargo, por el contrario, estaba obteniendo una respuesta completamente opuesta. Satoru se acercó todavía más a él, acomodándose entre sus piernas y volviendo a intentar acariciar su rostro; enfurecido por la provocación, Itadori no sólo se alejó hacia atrás sino que también golpeó su mano, apartándola.

— Te he dicho que no me toques, ¿acaso no entiendes?

— Pero yo quiero tocarte, Yuuji.

— Pues yo no quiero que lo hagas. Déjame. ¡Qué haces!

Definitivamente Satoru lo estaba provocando para mal. Lo que había sido un acercamiento sutil ahora se había transformado en una invasión directa a su reducido espacio personal, el torso de Satoru presionando el suyo, sus brazos rodeándolo. ¿Acaso estaba loco, no entendía…?

Cuando Satoru logró hundir la nariz en su cuello pese a los empujones que Itadori le estaba dando, el Omega captó con sutileza la erección creciente en la entrepierna ajena, descolocándolo.

¿Acaso...acaso su maltrato lo estaba excitando?

— Apártate, Satoru. No voy a repetirlo. Quita la mano, maldita sea.

Para esas alturas, parte de la ira se había disipado de su mente reemplazada por la confusión y por qué no, la curiosidad por la reacción de Satoru. El Alfa había intentado introducir una mano por debajo de su camiseta pero Itadori había logrado detenerlo a tiempo, apartándolo bruscamente. Lejos de alejarse, Satoru se adosó un poco más a él, la lengua húmeda y caliente recorriendo todo su cuello despertando un escalofrío placentero en Itadori. Sus fosas nasales se saturaron del aroma de Satoru en segundos, su olor invadiendo toda la habitación.

— Deja de soltar ese olor tan molesto, me asfixias.— trató de sonar enojado pero lo cierto es que sólo estaba tanteando la situación, distendiéndose en realidad con el aroma potente del otro.

— No puedo evitarlo, Yuuji. Es lo que me provocas.— su voz había salido casi en un gemido lastimero, suplicante. Lejos de parecer molesto o exasperado, Satoru parecía cada vez más enardecido.

— Entonces eres un inútil, si ni eso puedes hacer bien.

— Lo sé, Yuuji...yo...merezco un castigo, por favor, puedes golpearme si así lo deseas.

¿Qué? Estás loco.

Bueno. Itadori tendría que haberlo sabido visto y considerando los antecedentes: Satoru era sadomasoquista. Ya lo había supuesto pero la revelación directa lo golpeó de lleno como una cachetada, impactándolo. Itadori había notado con anterioridad que Satoru a veces parecía disfrutar en los momentos en los que él se ponía medio violento con él, pero no al punto de llevarlo al ámbito sexual. Nunca le había sugerido algo relacionado y, en ese momento, lo conectó de inmediato con lo afectado que Satoru había estado aquellas semanas por sus cambios hormonales.

"La tarada" estaba más presente que nunca allí con ellos.

— No voy a ensuciarme golpeándote. Ni lo sueñes.— agregó envalentonado por su impactante teoría agregándole una pizca de desprecio a su discurso.

— Entonces, déjame resarcirme.

Satoru ya estaba prácticamente sobre él, el torso de Itadori casi recostado sobre la cama. Cuando Itadori notó ese pequeño detalle se apartó del todo, desplazándose hacia atrás sobre el colchón mientras Satoru arqueaba las cejas y un jadeo angustiante escapaba de su garganta.

— ¿Adónde vas?

— Te dije que no quiero que me toques. Ese va a ser tu castigo.

Lo había dicho en un tono más tranquilo porque no estaba seguro de si Satoru había captado la indirecta de que en realidad ya no estaba molesto. Ambos parecieron medirse con la mirada durante escasos segundos que a Itadori le parecieron una eternidad, los ojos más claros que el cielo mismo observándolo con tal intensidad que el Omega creyó lo estaba acechando. Pronto, la ansiedad fue más fuerte que la mesura y Satoru terminó por subirse a la cama y gatear hasta él. Cuando lo tuvo entre sus piernas e Itadori percibió el movimiento de sus manos aflojando el elástico de los pantalones deportivos que llevaba puestos fingió indiferencia, dejándolo hacer.

A los pocos segundos, Satoru ya se cernía sobre su cuerpo casi en forma amenazante por su gran tamaño, las piernas de Itadori separadas haciéndole lugar. Cuando el rostro de Satoru se acercó al suyo, Itadori detuvo el movimiento posando una mano sobre su pecho, empujando; si había algo de lo que se sentía orgulloso era de su fuerza bruta, e Itadori tenía bastante. Notó el esfuerzo que el Alfa implementó para vencer el obstáculo, sin éxito.

— Te dije que no.

— Entonces, ¿Qué podría hacer?

— No lo sé, ya te he dicho que…

Su tono despectivo flaqueó notoriamente cuando un escalofrío recorrió su cuerpo, las manos de Satoru levantando su camiseta lentamente; cuando Itadori entendió sus intenciones ya era demasiado tarde. Avergonzado y desesperado por procurar cubrirse, incluso había pateado al Alfa para que se apartara, inútilmente. Itadori jadeó cuando en el forcejeo, las manos de largos dedos acariciaron los costados de su torso hasta llegar a lo que ya eran dos senos bastante bien formados. Pese a que la pena lo embargaba, Satoru era suave, sus dedos presionando delicadamente aquella parte de su anatomía que si bien no estaba tan sensible le provocaba un poco de incomodidad.

Aún cuando Satoru no lo había estado buscando durante aquellas semanas parecía haberse percatado del crecimiento de sus pechos, ¿cómo era posible que a esas alturas Itadori aún pudiese creer que algo como eso podría escapársele? Suspiró, intentando relajarse con la especie de masaje que el otro le estaba dando mientras sentía su respiración caliente cerca de su cuello; al final, lo que tanto temía terminó sucediendo justo en el momento de mayor debilidad. Satoru había terminado de levantar su camiseta, descubriendo completamente su torso y obligando sutilmente a Itadori a elevar los brazos para retirar aquella prenda que ya resultaba molesta; el problema radicaba en que aquello lo había dejado expuesto completamente.

De nuevo, el forcejeo. Itadori no podía terminar de acostumbrarse del todo a los cambios de su cuerpo, menos a no sentir pudor cuando Satoru clavaba la mirada directamente sobre ellos. Intentó cubrirse con los brazos y empujarlo al mismo tiempo; ahora sí, el Alfa buscó sus labios de manera delicada, el beso lento y tranquilo acariciando sus labios.

Como Itadori estaba tan nervioso se lo había permitido y, al final, como siempre, terminó suspirando distendido cuando el aroma intoxicante de Satoru lo cubrió todo. Sin que el beso se detuviera, percibió las manos del otro apartando sus brazos de su torso, dejándolo hacer. Cerró los ojos cuando los labios abandonaron su boca y viajaron por su barbilla, por su cuello, la lengua saboreando su piel como si se tratase de algún dulce sumamente apetitoso.

Finalmente, la boca llegó a aquella parte de su cuerpo; Itadori gimió sorprendido cuando la lengua húmeda y caliente rozó su pezón izquierdo, la sensibilidad a flor de piel haciéndolo sonrojar. El movimiento se repitió una, y otra, y otra vez, hasta que fue el mismo Itadori quien arqueó el torso hacia la boca de Satoru buscando mayor contacto. Las manos del Alfa seguían aprisionando sus antebrazos probablemente porque intuía que, cuando sus labios rodearan aquella zona tan predispuesta de su cuerpo a ser atendida y succionaran suavemente, Itadori iba a resistirse. Lo cierto fue que la pena que sintió en ese momento se disolvió rápidamente en su mente, la sensación placentera sustituyéndola en el acto.

Si bien su cuerpo se sentía a gusto con aquello, su mente aún estaba ansiosa, el fuerte calor en el rostro confirmándole la vergüenza que sentía. Luego de unos segundos y al ver que Itadori no lo había pateado ni golpeado, Satoru soltó sus brazos y se abrazó a su torso sin soltar su pecho. Al final, Itadori acarició su espalda suavemente, una mano yendo hacia la cabeza del otro y enredando los dedos entre sus cabellos blancos, apenas jalando.

La succión se volvió más fuerte, más necesitada. Instintivamente, Itadori gimió a gusto y presionó la cabeza del otro sobre su pecho, oyéndolo suspirar. Mientras tanto, una de las manos de Satoru viajó por su vientre hacia su pelvis, los dedos introduciéndose por el dobladillo de su ropa interior para descubrir lo bien que se estaba sintiendo Itadori. Separó todavía más los muslos cuando la mano acarició su erección con una cadencia que competía con la de sus labios, comenzando a volverlo loco; se removió debajo de Satoru buscando mayor contacto pero no lo logró. Bufó, frustrado al darse cuenta que el Alfa se la estaba devolviendo.

— Satoru…

— ¿Mmh?

— No tan despacio...por favor…— añadió en un suspiro placentero cuando los dedos rodearon su miembro en una caricia suave, lenta, obligándolo a impulsar las caderas hacia arriba.

¿Ahora me suplicas?

Itadori jadeó cuando la mano apresó su erección con mayor firmeza, el movimiento de vaivén volviéndose más rápido. La voz de Satoru se había vuelto más grave, más ansiosa. De nuevo, el Omega soltó un quejido satisfecho cuando la boca de Satoru volvió a la acción, ahora atacando su otro pezón en forma más urgente, la succión más fuerte, sus labios más hambrientos. Con algo de esfuerzo y en una posición que Itadori no comprendía del todo bien porque en ese momento el cerebro le estaba fallando más que nunca, Satoru logró introducir la otra mano en su ropa interior, esquivando su erección y yendo directo hacia el espacio entre sus muslos, ya húmedo para él.

Los dedos resbalaron sobre su piel, jugando con la necesidad que en esos momentos Itadori no podía controlar. Apenas rozaban su entrada con la yema de los dedos sin penetrarlo pese a los intentos que Itadori hacía para que eso sucediera. Sus gemidos a ese punto eran mitad placer, mitad frustración; rasguñó la espalda de Satoru, primero despacio y luego enterrando las uñas cortas en un movimiento ascendente y...el otro no cedía.

— Satoru, de verdad…

— ¿Qué quieres ahora? ¿Eh?

Itadori mordió su labio inferior al oír el tono agresivo de Satoru, las cosas invirtiéndose totalmente. Lo siguiente que sintió fueron los dientes del Alfa cerrándose sobre su pezón maltratado en forma suave pero firme; la sensación electrizante de aquella presión y el tironeo de sus dientes sumado a las manos en su entrepierna lo hicieron soltar un lloriqueo ansioso mientras percibía con un poco de bochorno como de su interior surgía con mayor abundancia ese líquido caliente y resbaladizo.

— Vamos, dímelo y quizás preste atención.

— Y-Yo...quiero que...ah…

Un gemido hondo y bastante fuerte escapó de sus labios cuando dos dedos se introdujeron en su interior intempestivamente; sin esperar a que Itadori se acostumbrara a la sensación, comenzaron a entrar y salir, abriéndose y palpando su interior en forma veloz, ansiosa.

— A-Así, más...más rápido…

— ¿Esto quieres? ¿Quieres que te folle, preñado como estás? Debería darte vergüenza ser tan sucio.

— Sí, por favor, hazlo...no me importa…

— Qué indecente eres.

Mientras Satoru introducía un tercer dedo en su interior, su otra mano abandonó su erección y se dedicó a jalar de los cabellos de Itadori, obligándolo a exponer el cuello para él. Los labios, la lengua y los dientes del Alfa atacaron la piel de su cuello besando, lamiendo, mordisqueando; luego, la urgencia pareció atacarlo también a él. Retiró bruscamente los dedos de su interior y se arrodilló frente a Itadori; terminando de desvestirse ante la mirada turbia del Omega. Después, jaló rudamente de su ropa interior deslizándola por sus muslos, por sus piernas; cuando Itadori se encontró al fin completamente desnudo frente a Satoru, separó las piernas haciéndole lugar sin saber realmente cómo se iba a acomodar. El mayor resolvió el problema más rápido de lo que él logró siquiera pensarlo; estirándose, tomó una de las almohadas y con un agilidad extraordinaria, levantó a Itadori y la colocó debajo de su cintura, su pelvis y piernas sobreelevadas. Así, la cuestión se volvía mucho menos engorrosa y más cómoda para ambos.

Itadori realmente disfrutó de la sensación de plenitud cuando Satoru lo penetró lenta, concienzudamente. Mientras el Alfa aguardaba a que el otro se acostumbrara y su cuerpo se dilatara para él, Itadori se sintió un poco frustrado por la posición en sí, sin poder abrazarlo. Pronto, la necesidad se apoderó de ambos; Satoru fue cuidadoso mientras las penetraciones se volvían más rápidas hasta que se convirtieron en embestidas vigorosas, su pelvis y muslos chocando contra el trasero de Itadori. Éste se aferró a las sábanas intentando no gemir demasiado alto a esas horas de la noche; cuando los movimientos del otro se volvieron más enérgicos, optó por levantar los brazos y sostenerse del dosel de la cama, su espalda friccionándose sobre el colchón.

— Dime, te entretuviste dejándote follar por cualquiera mientras yo no estaba, ¿no es así?

El tono molesto e indignado se vio un poco opacado por la respiración agitada de Satoru; Itadori ni siquiera podía sentir indignación en esos momentos, sabiendo que estaba jugando. Por alguna razón aquella situación de maltrato fingido - que ya se había suscitado con anterioridad - parecía encender a Satoru de una forma casi inexplicable para Itadori porque habían sido contadas las ocasiones en las que se había puesto en ese papel tan dominante y abusivo. Aún así y ya sin importarle demasiado su propio pudor, Itadori tenía que admitirse a sí mismo que también disfrutaba de aquel jueguito compartido.

— Claro que no...nadie...nadie me ha tocado siquiera…

— Qué mentiroso eres, no te sale.— una embestida particularmente certera hizo jadear a Itadori, aferrándose con más fuerza del cabezal.— Vamos, dilo sin pena. ¿Quién fue? O mejor dicho…¿cuántos fueron?

Nadie...no hubo nadie, sólo te quiero a ti…

— ¿Te tocaste mientras yo no estaba?

Itadori arqueó el torso y dejó salir los gemidos mezclados con jadeos ahogados que había estado intentando contener cuando a las penetraciones se le había sumado la mano atendiendo su erección necesitada. Lo cierto era que en un par de ocasiones, pensando en la pregunta que le había hecho Satoru en un momento así, se había sentido particularmente caliente y, echándole la culpa de todo a las hormonas alborotadas, se había masturbado pensando en él. Con cierta pena porque aquello era real, sintió sus mejillas aún más sonrojadas mientras fijaba la mirada a un costado.

— S-Sí…

— ¿Cuántas veces, muchas?

— Satoru…

— Dímelo, ahora.

— Sí...bastantes veces, sí…

— ¿Pensabas en mí, o tal vez en otro?

Satoru jadeó cuando el ritmo de sus embestidas los afectaron a ambos. Itadori movió las caderas sin mucha coordinación cautivo del placer que ya estaba estallando en su bajo vientre; el orgasmo lo sorprendió tan fuerte y prolongado como el gemido que soltó, alto y ruidoso. Pese a que su entrada se contraía fuertemente alrededor del miembro ajeno, Satoru siguió embistiéndolo con la misma fuerza y velocidad, haciéndolo jadear por la sensibilidad aumentada de aquella zona.

— Responde…

— Sólo...sólo puedo pensar en ti, Satoru…

Aquello fue dicho entre suspiros lastimeros, la respiración entrecortada y la voz afiebrada. Al cabo de unos segundos, Satoru acabó en su interior en embestidas un tanto descoordinadas, sus quejidos hondos y placenteros convirtiéndose en el sonido más erótico que Itadori había oído en bastante tiempo.

Hacía bastante que Itadori no se sentía así de relajado. Inspiró profundamente y soltó el aire despacio mientras Satoru abandonaba su interior, quitaba la almohada y se echaba literalmente boca abajo a su lado haciendo temblar toda la cama, soltando un resoplido mezclado con aquella risa que Itadori conocía demasiado bien. Adormilado, ladeó el rostro hacia su lado de la cama; con los ojos entrecerrados, Itadori admiró la expresión en el rostro de Satoru. Boca abajo, había volteado el rostro en su dirección, sus cabellos revueltos en todas direcciones, el semblante más relajado que le había visto en semanas. El Alfa le sonreía apenas elevando la comisura de sus labios, sus ojos también entrecerrados, aquel brillo tan característico conmoviéndolo.

— ¿Estás bien?

— Claro.

La voz grave sonó rasposa, cadente. Itadori asintió suavemente con la cabeza, ahora sí cansado. Satoru hizo un esfuerzo sobrehumano incorporándose en sus codos acercándose a su rostro; Itadori sonrió cuando las puntas de sus cabellos le hicieron cosquillas en la piel, sus labios encontrándose en un beso corto. Sin apartarse demasiado, Satoru recargó el mentón en su mano, su mirada fija en él.

— ¿Qué tengo?

— Nada. Sólo te estoy mirando, ¿acaso ni eso puedo hacer ahora?

— ¿Qué dices? Claro que puedes hacerlo.— a pesar de sus palabras, Itadori se sintió un poco cohibido con la mirada del otro sobre él. Levantó una mano y apartó los cabellos blancos del rostro ajeno, despejándolo un poco.— ¿Por qué dices "ni eso"? Como si te hubiese prohibido algo.

Al decir aquello, las cejas de Satoru se arquearon y su rostro adquirió una expresión de asombro que confundió a Itadori; luego, de nuevo, las comisuras de sus labios se arquearon y sin poder evitarlo, estalló en carcajadas.

— ¡De qué te ríes!

— Yuuji, eres increíble.— sin dejar de reír a Satoru le estaba costando comunicarse mientras Itadori se sonrojaba, avergonzado aún no sabía por qué.— Fuiste tú quien casi me echa de la cama la última vez que intenté abrazarte. Literalmente me prohibiste acercarme como si estuviera rabioso.

— ¿Qué? Eso no es cierto.

La fuerza y convicción de sus palabras flaqueó cuando la inseguridad de su propia amnesia atacó a Itadori. Entrecerró los ojos, dudando; bueno...tal vez aquello era cierto. Recordaba haber apartado a Satoru en un par de ocasiones cuando sus propias debilidades lo habían atacado de lleno, pero tampoco para que…

— Sí, sí es cierto. Me tienes apartado y excluido, tú y el mocoso ese.

¿Yo? Ah bueno, no puedo creer que seas tan hipócrita.— Satoru soltó una risotada e Itadori sintió que no sólo se estaba burlando de él sino que además no lo estaba tomando en serio en aquello.— Eres tú quien no está en todo el día y cuando estás, te la pasas pegado a los teléfonos. Que no te sorprenda si un día te das cuenta que Samuru y yo nos fuimos a la mierda...aunque con la atención que nos prestas, te vas a dar cuenta a la semana.

¡Dios, Yuuji! ¡No me había percatado que estabas tan resentido, lo siento!

— ¿Resentido…? Aléjate, ahora sí. Apártate de mí.

— No quiero.

Pese a estar enojado y forcejear con Satoru - quien se había aferrado a él como a un chaleco salvavidas - Itadori no pudo evitar contagiarse de la risa incontrolable del otro. Al final, terminaron los dos exhaustos de reírse, aunque a Itadori no se le iba el fastidio del todo.

— Te detesto.

— Mentira, me amas. Lo siento.— agregó Satoru ahora con un poco más de seriedad.— Con todo lo que hay que arreglar, te juro que el tiempo se me pasa volando y cuando me doy cuenta ya se ha pasado todo el día. Si pudiera confiar más en los demás, estaría más…

— Ya lo sé.— Itadori lo detuvo detectando ahora sí el acento arrepentido real en el otro.— Ya sé que lo que haces es muy importante...y no lo digo tanto por mí, sino más por Samuru. Lo estás dejando mucho de lado, Satoru.

— Lo sé. Carajo. Igual y de todas maneras me odia, por mucho que intente acercarme no va a dejarme.

— Es tu hijo, cómo va a odiarte.

Satoru rodó sobre la cama quedando ahora boca arriba. Pasaron algunos segundos de silencio en los que ninguno de los dos agregó nada hasta que Itadori volteó hacia él. Resopló entrecerrando los ojos, molesto al ver que Satoru lo observaba de nuevo sonriendo con aquel brillo de picardía en los ojos que nunca anunciaba nada bueno.

— Y ahora qué hice.

— Tú nada...es increíble como las cosas suceden a tu alrededor y tú ni cuenta te das, Yuuji.

— Cállate. Tú miras demasiado a tu alrededor, eso es lo que pasa.— Satoru resopló, suspirando luego.

— Samuru está celoso, Yuuji. Quizás me excedí al decir que me odia, pero no soy su padre favorito ahora mismo.

— ¿Celoso de qué?¿De ti o de mi?

— De mi.— la risa duró un poco menos porque Itadori golpeó el costado de Satoru mientras volteaba el cuerpo entero hacia él, haciéndolo jadear.— Yuuji, casi me perforas un pulmón.

— ¿Por qué está celoso de ti? Si yo sigo estando con él todo el tiempo, incluso creo que más que antes.

— Eso es porque él te está manipulando para que lo hagas. Está celoso porque yo me volví un poquitito más territorial contigo en estos días, pero bueno, tampoco te diste cuenta porque tú lo permites y es eso lo que le jode.

— Manipúlense entre ustedes, déjenme a mí en paz, quieren.

Itadori se sintió un poco mareado con aquella explicación mientras el otro reía de nuevo; por supuesto, no había notado ningún cambio a su alrededor pero si Satoru decía que era poco, significaba que había sido mucho. Bufó, acomodándose más contra el costado del Alfa cuando su cuerpo comenzó a enfriarse un poquito; Satoru se encargó de cubrirlos a ambos y de apagar la luz, quedando en penumbras.

— ¿Vas a estar más con él?.— preguntó Itadori ya prácticamente dormido antes de desmayarse por el cansancio, laxo, relajado y abrazado a Satoru.

— Ajá.

— Me voy a ir sino lo haces. Sino puedes con un hijo, qué puedo esperar que logres con dos.

— Qué cruel eres, Yuuji.

— Hablo en serio.

Luego, el silencio. Si Satoru no aceptaba por las buenas producto del orgullo iba a terminar haciéndolo por las malas, porque Itadori en esa cuestión no iba a ceder. Mucha manipulación por aquí y por allá, pero el lazo sanguíneo era entre ellos dos. No iba a permitir que bajo su techo hubiese ese tipo de conductas ridículas basadas en los celos, no señor.

— Está bien, mañana hablaré con él.

— Bien.

Bueno...tal vez, un problema resuelto.

E Itadori sabía que había un par más todavía por solucionar.