Satoru experimentó una punzada de culpa al ocultarle semejante cuestión de importancia a Yuuji, pero considerando los antecedentes y sabiendo que sus contracciones podían ser debidas al estrés que estaba experimentando aquel último período de tiempo, prefería evitar una catástrofe.
Ya se lo había dicho Shoko...la niña aún no estaba lista para nacer, y Satoru sabía que si le contaba lo que había ocurrido Yuuji iba a entrar en pánico, a colapsar y probablemente a parir allí mismo.
Chasqueó la lengua, furioso al encontrarse una especie de campo de protección frente a él. Podía romperlo, claro que sí...pero iba a dar la alarma inmediata de su presencia allí.
Mientras intentaba controlar los nervios y la ira que crecían en su interior momento a momento, Satoru se preguntó cómo, cuándo y por qué había pasado aquello.
Se sintió frustrado y enojado pero al mismo tiempo, muy preocupado y culpable con aquella situación.
Mientras retrocedía varios pasos de lo que Satoru sabía se trataba de un área innata ya conocida, el desprecio a sí mismo no hacía más que aumentar. ¿Por qué no había oído a Yuuji, por qué no le había hecho caso a su empatía o al menos, por qué no le había dado la importancia que el otro sí le daba a aquel tema? ¿Por qué Yuuji parecía haberlo visto venir y él no?
¿Por qué aquello se le había escapado de las manos, por qué no había sabido escuchar a su propio hijo?¿Acaso era tan egoísta que había antepuesto sus propios intereses personales sin darse cuenta realmente de lo que pasaba a su alrededor?
Si había algo que Satoru aborrecía con todas sus fuerzas era no poder controlar o predecir las situaciones, y eso se vio reflejado en la potencia del hechizo que había utilizado para abrir un agujero inmenso en la pared del área innata frente a él; incluso el suelo había temblado bajo sus pies, pero poco le importó que alguien por los alrededores notase el estropicio.
Ingresando sin parsimonias ni miramientos al territorio enemigo, Satoru tuvo la firme convicción de lo que iba a hacer a continuación.
¿Quién se pensaba que era Kamo, un estúpido más a quien podía sobornar secuestrando a su hijo?
Le hubiese encantado pensar aquello, pero la realidad era mucho peor que sus pensamientos. Cuando Mei Mei lo había llamado y por primera vez Satoru la había oído preocupada, supo que algo estaba jodidamente mal, hecho que confirmó cuando la mujer le había dicho con angustia que no podía localizar a Samuru, ni en su casa ni en la de Satoru. Sin levantar la alarma, Satoru había vuelto velozmente a su propia casa sólo para percibir con gran fastidio y preocupación la basura residual de Kamo allí dentro, o mejor dicho, la de Suguru.
No había habido lucha alguna. Satoru ni siquiera percibía el intento de una batalla, por lo que supo que Samuru no había puesto resistencia alguna.
¿Cómo era posible que Kamo lo hubiese sabido? No era un secreto que Satoru tenía un hijo, pero ¿realmente aquel sujeto detestable se había enterado que el niño era también hijo de Suguru? ¿Con qué propósito lo había ido a buscar? Más aún, los nervios se le crisparon aún más al darse cuenta de que había vigilado todos sus movimientos durante bastante tiempo...incluso probablemente había seguido a Samuru cuando había visitado a Mei Mei…
Podría haberlo hecho antes, pero había esperado hasta ese momento. ¿Por qué?
¿Por qué, por qué, por qué…?
La respuesta era clara para Satoru, lo que le comprimió el pecho en una sensación de angustia y culpabilidad.
Samuru probablemente ya lo había conocido. Satoru se había cuidado de vigilarlo en los momentos en los que no se encontraba en la casa, pero tenía que admitir que había habido lagunas, lapsos de tiempo que no había controlado por estar más pendiente de Yuuji. Si Kamo había hecho aparición, seguramente había sido allí, cuando más débil había estado el niño. Samuru se lo había guardado, se los había ocultado; ni siquiera se lo había confesado a Yuuji, con quien más confianza tenía.
¿Tan herido se había sentido Samuru para desconfiar incluso de ellos? ¿Es que acaso no había entendido la cantidad de veces que le habían explicado que aquel sujeto no era su padre? Seguramente, Kamo le había endulzado el oído con palabras cariñosas y había sabido tocar alguna fibra sensible en Samuru gracias a los recuerdos que aún conservaba de Suguru.
¿Con qué propósito? Seguramente aquel, llevárselo sin que el mocoso diera resistencia alguna o que el mismo Samuru se fuera con él por voluntad propia, tal vez con el objetivo de extorsionarlo de alguna manera.
Cuando lograra sacarlo de allí y ponerlo a salvo, iban a tener una charla bastante seria sobre aquello.
Aquel lugar extraño y un tanto oscuro lleno de energía maldita no le sonaba familiar por su aspecto, sino por el aroma y la sensación conocida de haber estado allí antes. No conforme con robar su cuerpo, Kamo no tenía reparo alguno en utilizar también los poderes de una persona muerta, maldito fuera…
Siguió el rastro de su energía maldita al tiempo que la determinación de acabar con él adquiría más fuerza que nunca en su mente. Más que nada por Yuuji, había decidido hacer la vista gorda y no entrometerse en la vida de Kamo sabiendo que eventualmente abandonaría el cuerpo y usurparía a otro, la misma historia de siempre a lo largo de los años. Había dado por sentado que si él no lo atacaba, Kamo tampoco iba a meterse con él, ambos con los objetivos en común bastante cumplidos a esas alturas.
¿Realmente había pensado que Satoru iba a adoptar una actitud pasiva frente al secuestro de su hijo?¿No se había puesto a pensar, por un segundo, que iba a hacerlo pedazos con tal de proteger a Samuru?
Claramente no.
Cuando Satoru percibió el aroma de Samuru, los nervios se le crisparon hasta lo imposible, la incertidumbre a flor de piel. Por los vestigios del residuo que había dejado Kamo en la casa, podía afirmar que no hacía demasiado tiempo que se habían marchado...por lo que no había tenido tiempo de hacerle daño a Samuru…¿no?
El sólo hecho de que aquel hijo de puta le hubiese puesto las manos encima a su hijo logró que Satoru se quitara la venda bruscamente, despeinándose y arrugándola en su puño cerrado. El único consuelo que tenía era que Samuru había aprendido bien de sus tutores, de Yuta y también de Sukuna. Por lo que le habían comentado, había sido él quien había roto el sello del Gokumonkyo por lo que Satoru podía confiar en que, llegado el caso, Samuru iba a poder defenderse al menos hasta que él llegara.
— Has venido.
Satoru torció el gesto cuando la voz de Suguru lo recibió en la nada misma. Al encontrarse dentro de su dominio no podía ubicarlo fácilmente en el espacio; aún así, adoptó una postura más relajada, deteniendo su caminata.
— Y cómo no. Lo que has hecho es invasión de la propiedad privada. Ah, y secuestro.
— Oh no, no te confundas.
En ese momento, una sombra se proyectó delante suyo, a unos metros. Satoru aún no podía dejar de sentir un mal sabor, el desagrado de ver el cuerpo de Suguru dejándose ver finalmente sabiendo que era otra persona quien lo estaba ocupando. Todo era tan similar a la vez en la que Suguru le había dicho adiós por última vez, el recuerdo golpeando su mente como si fuese un juego provocado por aquel sujeto. Aquel tipo que no era Suguru le sonreía igual que si lo fuera, la expresión tranquila y despreocupada.
— Samuru me dejó entrar y quiso venir conmigo. Yo no invadí ni secuestré a nadie.
— Lo engañaste, con eso es suficiente.
— ¿Con qué? No es mentira que éste cuerpo pertenece a su padre. ¿Sabes? .— prosiguió cuando Satoru iba a interrumpirlo.— Cuando los recuerdos de éste muchacho comenzaron a tomar más forma y fuerza, descubrí ese pequeño detalle oculto, sepultado en su mente. Suguru tenía la duda sembrada respecto a si habías tenido o no al niño, pero nunca pudo confirmarlo.
Al oír aquello, Satoru sintió las piernas enclenques, su propio secreto revelado. Él había tomado la resolución de ocultar la existencia de Samuru a Suguru porque, de hecho, tampoco iba a permitir que lo conociera. ¡Era el enemigo, maldita sea! Suguru no sólo lo había dejado y le había dado la espalda en el momento de mayor vulnerabilidad en su vida, sino que se había pasado al bando contrario y su captura con o sin vida tenía un precio. ¿En qué cabeza cabía que iba a permitirle siquiera acercarse al niño?
Sin embargo, Suguru había sabido antes de marcharse que Satoru estaba esperando un hijo suyo...y aún así, le había importado un carajo.
¿Qué derecho tenía incluso de saber que Samuru había nacido y él no lo había abortado? Ninguno. La decisión seguía firme en su mente, no se arrepentía de ella...pero aún así, le generaba un poco de culpa habérselo ocultado a Samuru, a quien le había dicho en un ataque de despecho que Suguru en realidad nunca había querido conocerlo.
¿Acaso aquel hijo de puta se lo había dicho?
— Murió sin saber si había sido padre o no, ¿no fue muy cruel de tu parte, Satoru?
— Claro. Voy a llorar ahora mismo pensando en el sufrimiento de un muerto.— Suguru rió y Satoru apretó la mandíbula, ansioso.— Vamos a terminar con esto, ¿si? Y antes de que lo intentes, no me interesa. No quiero saber por qué te llevaste al niño ni qué es lo que quieres de mi. Devuélvemelo, Kamo. Te perdoné que te hubiese vuelto en mi contra, pero mi hijo es otra cosa muy diferente.
— Qué conmovedor, ¿ahora te preocupa? Porque presiento que no le has prestado mucha atención éste último tiempo. ¡Imagínate, para querer venirse conmigo en vez de quedarse contigo!
— Basta.
Satoru sabía bien que se arriesgaba a destruir el área innata de Suguru y con ello hacerle daño a Samuru. Intuía, por el aroma cada vez más fuerte, que el niño estaba por ahí, pero desconocía si se encontraba dentro del dominio o no. Con aquello en mente, se arriesgó y atacó. De nuevo, el temblor de la explosión retumbó hasta en el techo ficticio de aquel lugar un tanto oscuro; no tuvo tiempo de evaluar las consecuencias porque debía enfocarse de lleno en Kamo. El maldito era centenario y tenía experiencia y habilidad. Había esquivado su ataque y se lo había devuelto en forma de maldiciones, otra vez utilizando el poder que alguna vez había poseído Suguru.
Y eso le daba cierta ventaja a Satoru, porque conocía las técnicas del enemigo mejor que el mismo Kamo.
El duelo siguió varios minutos más mientras Satoru dividía su atención entre Kamo y la búsqueda de Samuru en algún recoveco mágico del área innata. Quizás había sido eso, o tal vez se había confiado porque Kamo parecía no utilizar ninguna otra técnica que le fuese propia, no lo sabía decir muy bien. El primer golpe le dio de lleno en el hombro izquierdo, derribándolo; aún así, Satoru se percató de que el daño no había sido grave porque aunque con cierta dificultad, podía mover el brazo.
El ataque que no había esquivado a tiempo y había atravesado sus defensas no hicieron más que ponerlo iracundo. No podía manejar el infinito en aquellas circunstancias porque tenía la esperanza de que Samuru pudiese detectarlo aunque hubiese hechizos de por medio...si quitaba su propio camuflaje, aunque fuese sólo un corto período de tiempo, tal vez...
¿Quién mierda se creía ese tipo para herirlo a él?¿Realmente se creía con ese derecho?
De repente, sucedieron varias cosas a la vez y su mente enajenada por el odio tardó en comprenderlas; la presencia de Kamo se opacó otra vez haciéndole más difícil distinguirlo en el nuevo camuflaje que había creado y aquello ya no tenía nada que ver con los poderes de Suguru.
Y casi al mismo tiempo, percibió la presencia de Samuru detrás suyo, haciéndolo voltear instintivamente, buscándolo. El silencio de aquel sitio hizo que le zumbaran los oídos, también producto de los nervios. Sus seis ojos no alcanzaban a ver algo material, pero sabía que su hijo estaba allí.
Dio uno, dos, tres pasos inseguros hacia delante, tanteando el terreno. Frente a él sólo había espacio abierto y vacío. ¿Acaso Samuru estaba en una especie de otro plano, o directamente fuera de aquella área innata de mierda? Parpadeó, frustrado consigo mismo. Aquello podría haberse resuelto tan rápido si Samuru no corriese peligro...podría hacer pedazos a Kamo en un abrir y cerrar de ojos, pero el niño…
— Samuru, ¿me oyes?
Su voz hizo eco en la inmensidad que de pronto se volvió asfixiante, la pregunta rebotando en las paredes inexistentes de ese lugar vasto y al parecer interminable. No obtuvo respuesta ni tampoco algún cambio delante suyo. Sin embargo, la presencia estaba allí, Satoru no estaba equivocado.
Muy pocas veces se equivocaba y aquella no era una de ellas.
Y fue su propia distracción la que hizo que cometiera un error. Uno de muy pocos. Satoru no cometía errores casi nunca pero, cuando lo hacía, solían ser de gran calibre, como en esa ocasión. Percibió un golpe seco en la parte baja de su espalda, después el dolor...luego la sangre cálida humedeciendo su ropa. Satoru cerró los ojos intentando tranquilizarse, sin éxito. Con una mano, palpó la zona dolorida sólo para descubrir la palma llena de sangre, la mente en blanco.
Podía aguantar un poco más. Creía que no había alcanzado a golpear ningún punto vital porque esos órganos sí los estaba protegiendo, pero ¿cuánto tiempo más iba a darle la hemorragia? Si aquella herida era lo suficientemente profunda…¿de nuevo se había confiado?
— ¡Samuru!
— No importa cuánto lo llames, no puede traspasar mi barrera.
Satoru volteó y otro golpe le dio de lleno en el hombro derecho, tan o más agresivo que el impacto de su espalda. De nuevo, el envión logró tumbarlo. Sentado en el suelo, observó a Kamo frente a él mientras notaba la sangre fluyendo más deprisa, su corazón latiendo desbocado producto de la ira.
— Si fuese capaz de realizar una expansión de dominio completa lo haría, pero no es el caso. Una pena, la verdad.
Kamo levantó la mano hacia él; en ese instante, todos los pensamientos intrusivos, el miedo por Samuru y la ira hacia Kamo se disolvieron o se fueron lejos, muy lejos, su mente en blanco completamente, sus ojos abiertos de par en par sin parpadear fijos en la figura de Suguru. Otra vez aquella situación. Ya lo había vivido, pero era un tanto diferente. Cuando Toji había logrado herirlo tanto que se había terminado desmayando, Satoru no tenía realmente nada que perder. Ahora, sí que había cuestiones valiosas que debía proteger.
Si Samuru no estaba allí, si en efecto los separaba una barrera creada por Kamo lo suficientemente fuerte como para que sólo una expansión de dominio similar a la suya pudiese romperla…
...no debería haber problemas si él expandía su territorio allí dentro, aunque le consumiera el resto de energía maldita que lo mantenía con vida.
La resolución era tan clara, la entrega a la muerte tan fácil con tal de salvar a su hijo, que Satoru se sorprendió de la paz que aquel pensamiento le provocaba. Pensó que la muerte era algo que nunca lo rozaría, ni siquiera de cerca. Demasiado fuerte para ser derrotado, Satoru se había confiado en que no tenía ninguna debilidad, y así era.
Físicamente era inquebrantable, su poder mágico indiscutible. Sin embargo, mentalmente sí era débil. No. No era débil. El amor que sentía por su hijo y por Yuuji no era una debilidad, era una fortaleza.
Y el amor de ellos lo hacían el más fuerte de todos.
Con eso en mente, levantó la mano mientras cruzaba sus dedos, sus labios separándose antes de que Kamo pudiese realizar su intento de golpe final. Si...si algo le sucedía, si en efecto su cuerpo no podía soportar aquel desagote de energía...bueno, confiaba en que Yuuji era más fuerte que él, se repondría. Samuru también lo haría.
Ambos saldrían adelante, incluso su hija lo haría.
Y en ese segundo eterno donde todos aquellos pensamientos cruzaron por su mente, la tranquilidad de una resolución de la cual jamás se arrepentiría y la energía maldita condensándose mientras sus labios se curvaban para decir las palabras que salvarían a su hijo y probablemente lo matarían a él...justo en ese segundo, de su boca sólo surgió un jadeo ahogado, sorprendido, pasmado.
La mano de Suguru repentinamente había cambiado de dirección justo en el mismo momento en el que la energía maldita se había condensado en su palma, el ataque final listo para ser hecho.
Y se había desviado contra sí mismo, hacia su torso. Satoru supo lo que iba a suceder incluso antes de que la energía del hechizo impactara contra el pecho de Kamo; producto del asombro, su propia energía maldita se había disipado sabiendo que aquella batalla iba a terminar sin que él interviniera en ello, el destello del conjuro golpeando primero la ropa, luego la carne. Como si fuese en cámara lenta Satoru vio, luego oyó. Suguru soltó una especie de quejido ahogado cuando su propio ataque había atravesado su pecho libremente, una tos sin fuerza expulsando sangre de su boca mientras el cuerpo caía de rodillas, la mano hacia un costado.
Y el área innata comenzó a disolverse lentamente cuando su creador comenzó a perder la vida, sin poder mantenerla en pie mucho tiempo más.
Fue ahí cuando Satoru reaccionó, volviendo a respirar. No supo en realidad si habían pasado sólo un segundo o varios, sus seis ojos fijos en la figura delante suyo, apenas a un par de metros.
Su mentón tembló débilmente al percatarse de que, quizás...sí había cometido otro error garrafal.
Hasta el mismo instante en el que Kamo había extendido la mano hacia él, sólo había podido percibir su presencia sin ningún tipo de dudas; ahora, con el cuerpo de rodillas y la sangre fluyendo en abundancia por el agujero que se había hecho a sí mismo en el torso, ya no había rastro alguno de la energía maldita propia de Noritoshi Kamo, tal y como si se hubiese esfumado antes de que…
Sus seis ojos veían a Getou Suguru. En cuerpo y también en alma.
— No...no pude hacerlo a tiempo...lo siento, Satoru…
El aludido jadeó y como pudo, gateó hacia su ubicación delante suyo. Ni siquiera había podido incorporarse y el sólo moverse casi le había terminado de destruir el hombro derecho, la sangre fluyendo de las dos heridas. Suguru apenas había alcanzado a decir aquellas palabras antes de seguir tosiendo sangre, la respiración más dificultosa que nunca.
Aún así, el maldito hijo de puta se las había ingeniado para enfocar su mirada en Satoru apenas éste había logrado llegar frente a él, las manos temblorosas y débiles en sus hombros haciéndolos tambalear a los dos.
Y le había sonreído. Otra vez, no.
— Tú no estabas vivo, te moriste en aquella ocasión...Kamo ocupó un cuerpo vacío, ¡no me jodas ahora, Suguru!
El otro se limitó a sonreírle más ampliamente mientras intentaba levantar la mano, sin éxito. Procuró hacerlo una vez más y con mucho esfuerzo, pudo apoyar su palma en la espalda de Satoru, por encima de su herida. Satoru lo vio, la vida apagándose en su mirada, el cuerpo rindiéndose ante la herida física.
— Quién sabe...estuve muerto...bastante...tiempo...son...son sólo recuerdos…
A Satoru le costaba comprender lo que decía; sus propias heridas y la sangre que estaba perdiendo le impedían pensar con claridad, por lo que se aproximó un poco más a Suguru y apoyó la frente en su hombro, también un poco agitado. ¿Habían sido sólo recuerdos?
No.
Los recuerdos no habrían tenido semejante última voluntad como para destruir su propio cuerpo y suicidarse.
— No eres...sólo eso, Suguru.
— Aún así ya...no hubiese sido posible...tú lo dijiste, ya...no habrías podido hacer nada, el cuerpo ya estaba programado para morir de todas formas si Kamo lo abandonaba, Satoru. No te culpes.
Suguru había hecho un esfuerzo descomunal para decir aquello sin interrumpirse por su propia tos. Luego, la sangre brotó nuevamente de sus labios y la respiración se volvió más irregular, pero también más espaciada. Satoru lo sabía, aquel había sido el último esfuerzo.
— ¿Pudiste conocer a Samuru al menos?.— como la respuesta tardó en llegar, Satoru ya había imaginado lo peor. Sin embargo, Suguru carraspeó de repente haciéndole saber que aún vivía.
— Sí, por suerte, sí. Es...es perfecto.
— Sí, sí lo es, maldita sea.
— No llores.
— No estoy llorando.
De hecho, sí estaba llorando y cualquiera que estuviese cerca podría notarlo sin verle la cara, los espasmos de sus hombros y el sollozo ridículo que había surgido cuando había intentado negar lo evidente.
— El chico, Itadori...es...es una buena persona, no como yo. Cuídalo, ¿si?
— Claro que lo es, no voy a cometer el mismo error dos veces.— Suguru tembló en una especie de risa seca y el silencio se instaló entre ellos mientras el área innata terminaba de desaparecer.— Suguru...no te guardo rencor, ya no. Muérete en paz.
— Mmh.
No agregó nada más. Incluso Satoru creyó que no había alcanzado a oírlo, el suelo alrededor de ellos lleno de sangre de ambos.
Al cabo de unos segundos Satoru volvió a jadear, cerrando los ojos cuando la mano en su espalda se deslizó hacia un costado, cayendo. Si bien el cuerpo no cayó, sintió como se había inclinado sutilmente hacia delante, la cabeza de Suguru apoyándose despacio sobre su hombro izquierdo.
— ¿...Papá?
Fue la voz de su hijo la que probablemente lo sacó del pozo en el que su mente se había sumergido repentinamente. Como pudo y con bastante esfuerzo, volteó intentando no dejar caer el cuerpo ya sin vida de Suguru. Samuru estaba de pie a unos metros detrás suyo, la expresión más temerosa que Satoru había visto en toda su vida. No podía culparlo tampoco, la escena que tenía delante de sus ojos era terrorífica. Samuru no era tonto; seguramente ya se había percatado de que Suguru estaba muerto y él herido como la mierda.
— ¿Estás bien?
— S-Sí, yo sí…— Satoru vio como la mirada de Samuru pasaba de Suguru a él, de él a sus heridas.— Pero tú…
— Son rasguños, no pasa nada.
— ¿Cómo…?
Samuru ya había aguantado demasiado, pensó Satoru. Vio primero indignación, luego preocupación cuando su fortaleza lo había abandonado y las lágrimas habían comenzado a fluir mientras intentaba limpiárselas como podía. Samuru lloró de pie en su sitio y luego, paso a paso, se fue acercando a ellos.
— ¿Cómo puedes decir que no es nada?.— el llanto se volvía cada vez más descontrolado mientras Satoru intentaba enfocar su mirada en él, aliviado de saberlo sano y salvo. Un leve mareo se instaló en su cabeza, fastidiándolo.— Es mi culpa, todo esto es mi culpa, si yo no hubiese...yo te acusé a ti de ocultarme las cosas, y mira lo que hice yo…
— La culpa es mía, yo no te escuché.
Con la delicadeza que aún podía sostener, dejó el cuerpo de Suguru sobre el suelo, tendido. Luego volteó aún de rodillas en el piso y extendió el brazo izquierdo hacia Samuru, el único que aún podía levantar. El chico no dudó y, aún llorando, se abalanzó sobre él, abrazándolo y casi derribándolo en el proceso.
Ah, qué bien se sentía su aroma y qué reconfortante se sentía su abrazo aunque lo estuviese ahorcando y presionando la herida que aún seguía sangrando. Lo escuchó llorar y decir algo más, pero no lo comprendió del todo bien; el fastidio que había sentido en un principio por la actitud de Samuru había sido completamente eclipsado por el alivio de tenerlo en sus brazos.
— ...y nunca pensé que no era él, al final tenías razón y yo no te escuché porque pensé que sólo estabas enojado con él y…¿papá?¿me oyes?
— Algo.
— Tú no estás bien, ¿qué…? ¡Papá!
Satoru lo oyó jadear en cuanto Samuru se alejó de su cuerpo. Carajo, probablemente había visto toda esa sangre ahí. Le sorprendía no oír nada más, ¿es que acaso no había gente allí o qué?
¿Samuru había dejado de hablar? No, estaba seguro que no, era él quien no lo estaba oyendo. Sus heridas tampoco podían haberse cerrado, sin embargo ya no sentía ese dolor irrisorio en su hombro y en su espalda.
Ni siquiera estaba de rodillas, ¿en qué momento se había acostado? Aquello ni siquiera era el suelo duro y frío que había imaginado, era mullido y cálido.
¿Qué…? ¿Se había desmayado, era eso? Mierda, iba a tener despertarse y levantarse, Samuru no iba a poder sólo con su cuerpo hecho mierda y el de Suguru...también hecho mierda allí, para colmo muerto...no deseaba que su hijo tuviese que hacerse cargo de algo así…
— ¿Satoru?
Frunció el ceño, confundido. La voz había sonado tan lejana que incluso hasta le había costado reconocerla, pero sí que lo había hecho. Era la voz de Yuuji, estaba seguro. Pero, ¿dónde? Ahora era plenamente conciente de que se había desmayado; no podía ver nada probablemente porque todos sus ojos se habían cerrado, lo cual lo había desorientado...sí, era eso. Sus seis ojos habían permanecido cerrados y era por eso que había perdido noción del tiempo y el espacio.
Su consciencia fue despertando poco a poco y con ella, sus ojos interiores. Ahora sí podía saber que se encontraba en una cama, pero no era su cama. No conocía aquel lugar…¿o sí? Yuuji estaba a su lado o mejor dicho, casi sobre él. Tragó saliva cuando sintió la garganta seca e inhaló profundamente, relajándose de nuevo con el aroma dulzón de Yuuji, aquel que lo había embriagado en un principio…¿había vuelto a cambiar?¿Era eso posible, incluso en pleno embarazo?
Shoko estaba más allá, pero no en el mismo cuarto. Yuta también...y Samuru. Parecían relajados, todos ellos.
Cuando sus cuatro ojos interiores terminaron por abrirse y captar los detalles a su alrededor, Satoru decidió que iba a tener que hacer el esfuerzo por abrir los físicos. De no haber sido porque literalmente Yuuji estaba sobre él, la luz del techo lo habría encandilado cuando se había animado a separar los párpados, sólo un poco. Yuuji jadeó y lo primero que Satoru distinguió en su rostro fueron sus lágrimas corriendo por sus mejillas.
¿Es que iba a hacer llorar a todo el mundo o qué?
— ¿Por qué...por qué lloras, Yuuji?.— tuvo que carraspear para aclarar su voz, casi como si no la hubiese utilizado en bastante tiempo.
— ¿Cómo que por qué?¿Hablas en serio? ¡Dios, estuviste casi dos meses dormido y todavía me preguntas!
¡¿...Dos meses?!
— Bueno, eso no lo sabía. Me acabo de despertar, ¿cómo querías que supiera que había pasado tanto…?
"Tiempo". Yuuji apoyó la frente en su pecho y siguió llorando sin consuelo. Afligido por su sufrimiento, Satoru levantó el brazo derecho. Bien, aún estaba allí y se movía. Acarició la espalda de Yuuji como pudo intentando procesar lo que le había dicho. Dos meses. Jamás había estado tanto tiempo inconsciente...probablemente se había desmayado cuando había encontrado a Samuru por la pérdida de sangre, y el chico los había llamado...o bueno, eso creía.
— ¿Cómo llegué aquí?
— ¿Eh? ¿Cómo "cómo llegaste"?.— Yuuji resopló y se limpió las lágrimas, un poco más repuesto sin levantarse de su torso.— Bueno, Samuru llamó a Yuta, y Yuta llamó a Nanami. No, no me mires así...Satoru, no puede ser.
— ¿Cómo que Nanami?
— Después de tanto sin sentir tu aroma, me estás asfixiando, de verdad.
— Yuuji...bueno, voy a dejarlo pasar.
— Claro que vas a hacerlo. Voy a desmayarte yo de nuevo si te pones estúpido otra vez con eso.
Yuuji bufó, fastidiado mientras Satoru sonreía plenamente consciente de que se había ablandado ante el tono amenazante y enojado del Omega...Aún así... ¡¿Iba a tener que agradecerle a Nanami?! No, ni de broma. Que lo considerara un arreglo por no matarlo en su momento, porque incluso sí le había hecho la transferencia bancaria por los destrozos de su casa.
— ¿Y qué pasó luego?
— Bueno...déjame recordar...Ieiri-san te atendió y dijo que no te ibas a morir, pero que necesitabas reposo porque tus heridas eran bastante graves, ¿cómo rayos Kamo logró lastimarte así?
— Detalles. Yuuji…
— Dime.
— ¿Cómo está tu embarazo?
— Ah. Bueno, eso...
El sonido extraño que Yuuji había emitido alarmó a Satoru. Su mano descendió instintivamente de la espalda hacia el vientre de Yuuji, sintiendo como le bajaba la presión al no tocar nada abultado, su abdomen plano de nuevo. Sus ojos se desviaron asustados hacia Yuuji, que le sonreía.
— Nació hace unas semanas. Fue…¡Satoru, ni se te ocurra desmayarte de nuevo, es una orden!
— Dame un respiro, por favor.
De hecho, casi se había desmayado de nuevo si no hubiese sido por el grito que Yuuji había dado. Por supuesto, había alertado a medio mundo de que había despertado y el portazo de la habitación no se hizo esperar, divirtiéndolo pero fastidiándolo un poco por no obtener más tiempo a solas con Yuuji.
— ¡Papá! Yuuji, ¡¿por qué no nos avisaste?!
— ¡Recién se despertó, qué quieres que...Samuru, no!
Tarde. Samuru se había lanzado sobre Satoru y, pese a que habían pasado ya dos meses según Yuuji, el impacto de su cuerpo dolió como la mierda, quitándole el aire. Aún así, sólo sonrió y abrazó a su hijo. Yuta se hallaba detrás a una distancia prudencial junto a Shoko, ambos sonriendo.
Tardó varios segundos en percatarse de que Yuta traía algo más en brazos, una especie de canasta que...joder.
Aunque hubiese metros de por medio, Satoru inhaló profundamente intentando percibir algún aroma, el que fuera. Sabía que era imposible, pero aún así se decepcionó al no captar nada nuevo. Luego de que logró acomodarse en la cama cuando Yuuji y Samuru terminaron de pelearse, el Omega pareció ponerse repentinamente nervioso cuando Yuta también había caído en la ansiedad al pasarle aquella canasta extraña que sabía contenía a su hija dentro.
— Yuuji, tráela, no es una ceremonia.
— Bueno, ¡para mi sí es importante!
Yuuji estaba rojo. Cuando finalmente depositó la canasta en la cama y sacó a la niña, Satoru no pudo enfocar la mirada en otra cosa más que no fuese ella. Ningún sentido, de hecho. Sino hubiese sido porque todos sus ojos observaban lo minúscula que era envuelta en una manta, habría pensado de nuevo aviso que había vuelto a perder la conciencia porque sabía que Samuru le estaba hablando, el tironeo en su brazo derecho confirmándoselo.
Instintivamente extendió los brazos hacia Yuuji sin importarle que el suero que colgaba a un lado de la cama se tambaleara peligrosamente al jalar de la vía en su brazo; Yuuji se acercó y al fin depositó a la niña en sus brazos con sumo cuidado, casi como si se tratara de una bomba a punto de detonar.
Y Satoru comprendió por qué en el mismo instante en el que la vio al desplazar un poco la manta blanca en la que se encontraba envuelta. Era perfecta, no había otra palabra para describirla. Estaba dormida, pero a juzgar por el cabello blanco que se le disparaba en todas direcciones y la piel rosada casi translúcida Satoru ya podía intuir que tenía sus ojos.
Atontado como si jamás hubiese visto un recién nacido, acercó el rostro hacia ella y la olfateó débilmente; aún no olía a nada especial, pero podía detectar el aroma característico de los bebés mezclado con alguna colonia que Yuuji seguramente le había puesto. En ese momento, la niña se removió intranquila entre sus brazos, desperezándose.
No, no iba a llorar de nuevo...y sí, la vista ya se le había puesto un tanto nublada cuando la bebé había bostezado y finalmente abrió sus ojos. Había mirado hacia todos lados hasta que lo había detectado, su mirada idéntica a la suya haciendo contacto por primera vez.
Era perfecta, pero no porque se parecía a él, sino porque era hija de Yuuji.
— ¿Cómo se llama?.— preguntó intentando disimular la voz un tanto congestionada.
— Bueno...como estabas dormido, tuve que elegir entre los nombres que te había dicho así que...se llama Yusa, sí.
Yuuji había dicho aquello con cierta inseguridad en la voz, sobre todo cuando Satoru había desviado por primera vez la mirada de su hija a Yuuji, a su lado. Parpadeó un par de veces y sonrió, volviendo a observar al bulto removiéndose entre sus brazos, en apariencia feliz.
— Es perfecto, Yuuji. Se parece a ti.
— Satoru...es igualita a ti.— el aludido no pudo evitar reír ante el comentario ganándose un bufido fastidiado.— ¿Y ahora qué?Recuerda que puedo ver un poquito más allá. Es idéntica a ti, y eso la hace perfecta.
El Omega simplemente parpadeó y lo observó con una expresión que le dio a entender a Satoru que no había entendido nada. Aún así, terminó sonriendo y acercándose a él, apoyándose en su costado. Satoru lo sostuvo y atrajo con el brazo izquierdo mientras sostenía a su hija en su brazo derecho, Samuru también a su lado.
Bueno...las cosas al fin parecían estar en orden, ¿no?
Fin
Bueno, qué decir...¡Muchísimas gracias por todo el apoyo en estos 40 capítulos!
Ahora les subo un extra cortito posterior al final
Nos leemos!
Chiru Less
