— No, no puedo.

— ¿Cómo que no puedes?

Cuando Itadori se dio cuenta que tenía ambas manos en jarra sobre las caderas y que parecía una de esas mujeres de los programas de televisión, carraspeó y disimuló un poco, cruzando los brazos. No, aquello se veía peor, maldita sea.

Bueno, en realidad daba igual porque Satoru no estaba observándolo, al menos no directamente.

El silencio que siguió a su pregunta fue como mínimo, revelador. Y violento, porque Satoru había dado un paso atrás, había retrocedido de su posición a su lado y había extendido ambas manos frente a su torso en señal de defensa, haciendo que Itadori entrecerrara los ojos en una clara demostración de confusión, desconfianza y advertencia explícitas.

— No, Yuuji. Ya ves, no puedo.

Vamos de nuevo.

Aquello sí había sonado bastante agresivo. Itadori había hablado con la mandíbula apretada, la boca casi cerrada; estaba seguro de que la locura también se le reflejaba en la mirada porque la expresión de Satoru se apagaba cada vez más, incluso cuando no podía verle los ojos por aquella maldita venda.

— Primero que nada, quítate esa cosa de la cara. Quizás no te está dejando ver bien.

Itadori bajó el nivel de violencia de su voz cuando se percató de que había sonado bastante sarcástico producto del fastidio, y había terminado pareciendo un idiota aún sabiendo que Satoru veía perfectamente aunque tuviese un muro delante de la cara. Aún así, sin embargo, seguramente detectó el tono belicoso con el que se estaba manejando Itadori y decidió, por lo pronto, hacerle caso sin discutir.

Si Itadori tenía que definir a Satoru en esos momentos, de pie delante suyo con los cabellos desordenados, la mirada baja y el puño cerrado en la venda...sí, podía decir perfectamente que no tenía un hijo sino dos, porque parecía un niño descubierto en una travesura.

— Bien. Ahora, mírame a mí.

Itadori se adelantó un paso delante de la mesa, la manta sobre ella y la bebé descansando allí, recostada y feliz de recibir a Itadori. Luego de varias morisquetas y caricias, finalmente se puso serio cuando sintió las manos del otro sobre sus hombros, su altura entera cerniéndose sobre Itadori.

Y así, con una parsimonia y lentitud que sorprendió al mismo Itadori, volvió a explicar cómo carajo se abría el pañal, se colocaba detrás de la niña, y se cerraba por delante sin quitar el seguro del pegamento, abriéndolo otra vez.

— Y eso es todo. Ahora tú.— Itadori ladeó el rostro hacia un costado cuando percibió el roce en su mejilla. Un beso suave recibió a sus labios al voltear un poco más, dejándose abrazar.

— Yuuji, ¿es realmente necesario que lo haga?

— Sí. Si yo estoy ocupado o no estoy, tienes que hacerlo tú.— intentó no sonar agresivo de nuevo porque el tono de inseguridad tan impropio en el otro lo conmovió.— Es tu hija.

— Lo sé, pero…

— ¿A qué le temes?

Satoru inhaló profundamente e Itadori creyó llegar a ver una lista interminable de temores en su cerebro mientras el otro se tomaba su tiempo para contestar. Al cabo de unos segundos resopló, aún abrazado a él.

— Veamos...colocárselo mal, que la niña se me caiga de la mesa o peor, de los brazos. No limpiarla tan bien como tú y que después le pase lo de la otra vez, que llore y no sepa si es por eso o…

— Ya, ya. Entendí.

Itadori giró y sostuvo su rostro, el torso de Satoru inclinándose hacia él. Acomodó los cabellos de su frente y se tomó su tiempo mientras acariciaba su rostro, Satoru recibiendo sus atenciones en silencio y paz.

— Lo de la otra vez fue un accidente, a mí también me pasó al principio. Uno aprende de sus errores...pero sino te animas conmigo aquí, ¿cómo vas a hacerlo solo?

— No es lo mismo, Yuuji.

Satoru abrazó más firmemente a Itadori escondiendo el rostro en el hueco de su cuello apenas besando su piel. Con paciencia renovada y con un ojo en la niña, Itadori acarició la espalda amplia del otro recordando el escándalo que había hecho un par de meses atrás cuando se había olvidado de cambiar el pañal de la niña y se le había irritado toda la piel; por lo blanca que era su piel la cuestión había resaltado todavía más y Satoru ya había pensado lo peor.

Sólo había sido un descuido, pero era suficiente para que el mayor no quisiera saber más nada con una tarea que Itadori ya hacía en forma mecánica. Lo mismo con el biberón; si bien aquello había sido menos traumático porque Satoru había aprendido bien a mezclar la fórmula y no pasarse con el agua caliente, era algo que solía relegarle a Itadori simplemente porque hacía apenas un par de semanas que había incluido aquello en la vida de su hija, aún amamantándola bastante seguido.

Sin embargo, una cosa era que Satoru tuviese inseguridades que necesitaban ser atendidas, y otra que se negara a ello. Ya estaba grande para hacer berrinches e Itadori no iba a poder soportar tener dos niños en la casa cuando en realidad era el padre de su hija.

— ¿Vas a probar?

— Claro.

Itadori suspiró, aliviado. Se separó suavemente de Satoru y luego de varios besos de apoyo moral, le cedió el lugar frente a la mesa.

— Sino te acuerdas de algo, hazlo como te parezca, tampoco es una ciencia.

— Bien.

Mientras Satoru tomaba las toallitas y el pañal como si de una sustancia radioactiva se tratasen, Itadori retrocedió uno, dos pasos para que el otro no pudiese ver la expresión de su rostro; cruzó los brazos, luego los dejó colgando y finalmente tapó su boca con la palma de su mano para evitar que la risa se le escapara al ver la delicadeza y el cuidado con el que Satoru movía a la niña. Bueno...lo hacía bastante bien. Lento, pero bien. Los problemas técnicos habían surgido cuando la mocosa había decidido comenzar a chillar y patalear, contenta por las caricias involuntarias que Satoru le daba al luchar contra el pañal.

— ¿Aprobé?

— Claro que sí, lo hiciste muy bien.— Itadori abrazó a Satoru por detrás, besando su espalda a través de la prenda.—¿Viste que no se cayó ni lo has colocado mal?

— Porque estabas tú.

— No, porque tú tuviste cuidado. No es necesario que tengas tanto miedo, pero eso se te va a ir pasando con la práctica.

— No creo. Mírala, es tan...pequeña.

— Yo creo que sí.

Para Itadori resultaba increíble como las cosas se habían invertido con la llegada de su hija. Estaba acostumbrado a que fuese Satoru el que siempre terminaba explicándole todo con una seguridad y pericia que a veces sorprendía por de más a Itadori, pero nada lo hubiese preparado emocionalmente para que, de repente, Satoru fuese un completo ignorante en el arte de cuidar a un bebé, temeroso, inseguro y necesitando de la asistencia casi constante de Itadori.

Percibió el movimiento de los brazos ajenos y supo que Satoru había cargado a su hija cuando finalmente volteó, despacio. En efecto, en brazos de su padre, la niña parecía realmente pequeña pese a que ya estaba por cumplir los 6 meses. Itadori acercó una mano para acomodar los cabellos largos disparados en todas direcciones mientras la niña se reía y aferraba de la camiseta de Satoru.

— Creo que no le gusta?

— ¿Qué cosa?

— Que la alce.

— ¿Cómo no va a gustarle, si vive en mis brazos?.— Itadori chasqueó la lengua restándole importancia a su comentario pero...era real, no un pensamiento paranoico. La niña estaba fastidiada en brazos de su padre y de repente Itadori vio el llanto avecinarse.— A ver, pásamela un momento.

— Te lo dije. No me quiere.

Ay no. Otra vez aquello no.

— Satoru, basta con eso. Última vez que te lo digo.

Fue cortante al decir aquello mientras se dirigía al sofá sin prestar atención a la reacción de Satoru a sus palabras; no era la primera vez que el mayor salía con aquella paranoia que Itadori no sabía de dónde carajos había inventado. Ya habían sido varias veces en las que Satoru le había planteado aquello cuando la niña se ponía especialmente molesta e intratable y, pese a que Itadori le había querido hacer ver que se debía a otras cuestiones ajenas a él y que no tenía nada que ver con un rechazo directo hacia su padre...sí, seguía jodiendo con lo mismo.

A los pocos segundos de sentarse, la niña comenzó a llorar. El lloriqueo era característico para Itadori, sabía que, como siempre, no tenía nada que ver con su padre. Simplemente tenía hambre.

— ¿Sabes por qué llora?

La pregunta fue dicha de manera suave, contenida, y pese a que quiso evitarlo, Itadori no pudo dejar pasar el dejo de advertencia. Satoru se aproximó a los pocos segundos e Itadori ya estaba por perder toda la paciencia si llegaba a demorar un segundo más.

Si su bebé en realidad se tratara de diez maldiciones de categoría especial juntas en el mismo lugar atacándolo al mismo tiempo, Itadori estaba convencido de que Satoru no hubiese dudado tanto.

— ¿Tiene hambre?.— preguntó un tanto indeciso. Itadori volvió a suspirar. Al menos, quizás, reconocía el llanto.

— Así es. Fíjate que cuando llora y parece que se está quejando, es porque tiene hambre. Si el llanto es demasiado fuerte es porque le duele algo, generalmente el vientre. Y si sólo se queja y está molesta, es porque hay que cambiarle el pañal. Así se comunica tu hija.

— Entendido.

Aquello ya se lo había dicho un mínimo de 20 veces, pero Satoru parecía una especie de estudiante inseguro de lo que él mismo había estudiado, repasando una y otra vez algo que de por sí ya sabía. Itadori se acomodó mejor en el sofá mientras Satoru se sentaba en el apoyabrazos, observándolos.

— Pronto voy a tener que dejar de hacer esto. Ya duele un poco.— susurró mientras la niña se aferraba con fuerza a su pecho, succionando.

— Están por salirle los dientes, ¿no?

— Sí. No sé si es eso o que, pero aprieta con demasiada fuerza.

Al cabo de un ratito, la molestia pasó. De unas semanas a esa parte las cosas funcionaban así; los primeros dos o tres minutos Itadori tenía que rezar para que la bebé no le arrancara un trozo de piel hasta que parecía tranquilizarse y succionaba con más tranquilidad. Él también tenía sus propias inseguridades y aún se preguntaba si ya no estaba produciendo suficiente leche por la incorporación del biberón.

Se recostó más tranquilo y relajado sintiendo los dedos de Satoru en su cabeza. Adormilado, cerró los ojos mientras alimentaba a su hija y sentía las caricias de su pareja, distendiéndose.

De repente se despertó, sobresaltado.

Seguía en el sofá, pero ya no tenía a la niña en brazos ni Satoru estaba a su lado. Al levantarse, de su cuerpo cayó una manta liviana que había estado cubriéndolo. Confundido, la alzó y fue recorriendo la casa hasta el corredor que llevaba a los dormitorios.

Quedándose estático en la puerta del cuarto que compartía con Satoru, intentando incluso no respirar para que éste no notara su presencia.

Sonriendo, se dedicó a observar como Satoru y la niña jugaban alegremente sobre la cama. Allí no parecía tener ningún tipo de inseguridad mientras reía junto con su hija, pero Itadori estaba tan enternecido por la escena que prefirió no indignarse por ello.

Era sólo cuestión de tiempo de que Satoru se acostumbrara a dejar de ser un niño más y se acostumbrara a ser realmente el padre en aquella casa.