— Satoru, ya basta. Por Dios, no puede ser.

— ¿Qué cosa? Yuuji, creo que aún no has comprendido el orden natural de las cosas en esta casa.

Itadori soltó un resoplido mezclado con una risa de incredulidad mientras negaba con la cabeza, exasperado y divertido a partes iguales porque Satoru realmente estaba molesto por aquello.

¿Cuántos años tenía, cinco?

No. Estaba manejando la misma edad mental que sus hijos, claramente.

Al soltar aquello, ni el mismo Satoru había podido evitar reírse cuando Itadori lo había hecho aunque estuviese fingiendo una indignación que en realidad, muy en el fondo estaba experimentando.

— A ver, ¿cuál sería ese "orden natural"? Porque se ve que todavía no me he enterado.

— Pues es muy fácil, te lo voy a explicar.

Ya era bastante tarde e Itadori sentía los párpados pesados, el cuerpo cansado; aún así, mientras cepillaba sus dientes delante de la bacha del baño veía a Satoru a través del espejo, apoyado en el marco de la puerta sólo con la ropa interior puesta, los cabellos más desordenados que nunca y la venda colgando de su cuello.

Pero lo que más gracia le causaba a Itadori era la expresión de incrédula irritación de su rostro.

— Yo.— soltó Satoru despacio formando la O con los labios y señalándose a sí mismo.— Llegué primero. Espera, no te rías que no terminé.

Itadori escupió en la bacha mientras contagiaba su risa a Satoru sin poder mantener la seriedad de su oración.

— Ellos.— señaló hacia afuera de la habitación, hacia la puerta cerrada.— Llegaron después y de casualidad. ¡Espera, no me interrumpas!

— ¡Cómo que tus hijos llegaron de casualidad! Claro, aparecieron de la nada.— pese a que la frase le fastidió, Itadori no pudo evitar seguir riéndose por el desplante que estaba haciendo el mayor.

— Bueno, de la nada misma, no.

Itadori vio a Satoru sonriendo y arqueando las cejas y ambos estallaron en carcajadas. Negando otra vez con la cabeza, Itadori se limpió con la toalla e intentó salir del baño empujando a Satoru, más no lo consiguió; el otro apresó su cintura con ambos brazos y pese a que Itadori forcejeaba no lo soltaba.

— Oye, déjame, ya entendí tu punto.

— No, no lo has entendido porque aún tienes el ceño fruncido. Estás enojado conmigo.

— No estoy enojado, es que…

Itadori dejó de luchar y resopló, incrédulo.

No podía ser cierto que un hombre adulto estuviese celoso de sus propios hijos.

Pero, en efecto, así era la situación actual.

Hacía cuatro años, ya casi cinco que Yusa había nacido en situaciones un tanto catastróficas cuando Satoru aún seguía inconsciente después del último incidente con Suguru. Tiempo después y demasiado rápido para lo que Itadori hubiese deseado, quedó embarazado de nuevo al año y luego de nueve meses de una gestación más tranquila, había llegado Seiji.

Y allí había caído la primera crisis de pareja que Itadori había tenido. La primera de varias.

No se arrepentía ni siquiera en aquel momento de haberse puesto firme con Satoru y haberle explicado con toda la paciencia que podía tener con un Alfa vinculado que iba a volver a tomar los supresores porque no quería otro hijo en el cortísimo plazo, lo cual significaba en el inmediato. Por supuesto, Satoru había aceptado pacíficamente en un principio pero Itadori lo conocía demasiado bien como para saber que, en cualquier momento, la cuestión iba a explotar por otro lado.

Y lo había hecho un par de meses después, cuando el Alfa comenzó a expresar unos celos que ya rozaban lo patológico con sus propios hijos, incluido Samuru. Bueno, con Samuru había sido incluso peor porque no era hijo biológico de Itadori y...mientras más tiempo pasaba, más agresivo y confrontativo se había vuelto el mocoso.

Peleas, gritos, silencios. Más peleas y gritos.

Cuando las discusiones que Itadori mantenía con Satoru y éste con Samuru habían llegado al punto de perturbar el sueño de los niños, el Omega los había amenazado a los dos.

O se calmaban...o bueno, no le había dado el corazón para decirles que se iba a ir con los niños porque no iba a hacerlo y tampoco podía soportar la expresión de amargura que los dos le habían hecho en ese momento.

Por suerte, las cosas se habían calmado un poco. Al cabo de un año, Samuru había comenzado a salir más de la casa y eso había nivelado un poco el nivel hormonal de aquel lugar...aunque Itadori tenía ciertas sospechas de qué era lo que realmente hacía o con quién se juntaba en los largos ratos que desaparecía pese a que Satoru le había dicho hasta el cansancio que iba a casa de Mei Mei o en su defecto salía con el hermano de ésta, Ui Ui.

Algo raro allí había, pero Itadori no tenía ganas ni fuerzas para empezar a escarbar en algo que probablemente le iba a joder.

Sin embargo, si bien Satoru había frenado un poco su instinto de posesividad seguía estando allí en los pequeños detalles incluso compitiendo en forma indirecta con los niños como si fuera un hijo más.

¿Cómo era posible que tuviese que explicarle a un hombre de 34 años que no podía pelear ni competir con dos niños d años, respectivamente? La idea parecía irrisoria pero era real, Itadori lo vivía a diario.

Y aquella no había sido la excepción.

Samuru había salido antes de la cena; había dado explicaciones vagas que Itadori no alcanzó a comprender y que Satoru aparentemente ni siquiera quiso escuchar. Samuru ya tenía 17 años y como siempre había sido bastante centrado y coherente, ninguno de los dos se había preocupado demasiado cuando le había asegurado a Itadori que volvería para la medianoche.

Y con un hijo menos, el Alfa se había tomado la libertad de relajarse pensando que iba a ser pan comido lidiar con los niños más pequeños...que en realidad eran quienes más tiempo y presencia le demandaban a Itadori.

Era la una de la madrugada y Samuru no había vuelto, los niños estaban más despiertos que nunca brincando sobre la cama que compartía con Satoru y éste con un humor de los mil demonios por ambas cosas.

Media hora después, Samuru había contestado a los llamados de Itadori y se había llevado una buena reprimenda que el muchacho le había rebotado asegurándole que no tenía que ser el vocero de su padre. Posteriormente le había colgado y ahora el que estaba de mal humor había sido Itadori, sobre todo porque Samuru lo había amenazado con que esa noche no iba a volver, visto y considerando los gritos que se escuchaban de fondo.

¿Con quién carajo estaba? Porque ya no se creía el cuento de que estaba con Mei Mei o Ui Ui. Aún así, tenía que darle la razón. Si Yusa gritaba, Seiji gritaba el doble; sino se estaban gritando entre sí, estaban robándose peluches y muñecos varios y escondiéndolos por toda la casa, el cuarto de Itadori y Satoru incluido.

Y sino estaban durmiendo ni haciendo ninguna maldad, estaban sobre Itadori o en su defecto sobre Satoru cuando éste no les ladraba cuando perdía la paciencia. En realidad aquello era agotador para cualquiera, sobre todo porque los tres hijos de Satoru tenían su personalidad.

Si Itadori llegaba a tener un cuarto, se iba a exiliar del planeta.

Satoru había soportado media hora, cuarenta y cinco minutos de reloj bien contados el griterío de sus hijos sobre la cama y para Itadori había sido realmente un logro; como él ya estaba acostumbrado a que los niños a esa hora se volvieran locos ya ni siquiera los escuchaba armando lío, pero Satoru era otra cuestión. Justo a esa hora era cuando más irascible se volvía con los niños y más denso con él.

Por eso, no le resultó extraño que casi a la hora de que comenzara el descontrol en el cuarto Satoru terminara acostando a los chicos casi a la fuerza en el cuarto que les correspondía, cerrando con llave la puerta de su propia habitación.

Y de nuevo, la discusión de siempre. Itadori quería su momento de paz pero no a costa de expulsar a los niños de aquella manera, y como Satoru no le veía nada de malo hacerlo y para colmo fingía ser la víctima sin atención, ambos se enojaban y terminaban discutiendo.

Aunque Itadori sabía que era un caso perdido y se resignaba a explicarle por milésima vez una cuestión tan obvia. A Satoru lo dominaban las hormonas o la estupidez, pero aquello no le entraba en la cabeza.

— Satoru…

— ¿Mmh?

El Alfa había hundido la nariz en su cuello y entre su respiración caliente, la presión de sus brazos y la lengua que ya comenzaba a dejar un rastro húmedo sobre su piel, Itadori ya no podía procesar bien las cosas. Relajándose al percibir de lleno el aroma del café envolviéndolo, buscó los labios ajenos casi con necesidad; el efecto era casi instantáneo: antes de que Itadori pudiese darse cuenta de su posición ya se encontraba sobre la cama, Satoru entre sus piernas...y como ambos apenas llevaban ya sólo la ropa interior…

— Esos supresores que estás tomando son una porquería.— Satoru farfulló aquello con la respiración un tanto agitada mientras hurgaba con sus dedos entre los glúteos de Itadori, relajado y ansioso a partes iguales.

— ¿P-Por qué lo dices?

— No sólo te suprimen el celo, te están suprimiendo todo.

— ¿Eh?

Los labios volvieron a sellar los suyos en un beso ansioso y necesitado; Itadori abrazó a Satoru con brazos y piernas, ambos desnudos sobre el acolchado. El Omega gimió un tanto molesto cuando uno de los dedos se introdujo en su interior, moviéndose en círculos.

— ¿Ves? Eso antes no te molestó nunca. Casi no tienes lubricación este último tiempo.

— No..no lo había notado…

Cuando al primer dedo se le unió un segundo y la dilatación se acentuó, Itadori gimió y suspiró contra la piel de Satoru; notó el cambio en su lenguaje corporal de inmediato, los músculos relajándose y el movimiento en su interior aumentando. Itadori sabía que Satoru tenía razón; como hacía bastante tiempo que estaba tomando los supresores, éstos habían comenzado a alterar alguna que otra cuestión física como aquella. Sin embargo, había decidido a no prestarle demasiada atención sobre todo porque sabía perfectamente de qué lado venían las quejas de Satoru y no estaba dispuesto a ceder.

— ¿Así?.— la voz grave susurrada contra su oído combinada con un tercer dedo lograron que Itadori separase más las piernas y sus caderas comenzaran a moverse solas buscando aumentar el ritmo y la profundidad.— Ahora sí estás húmedo…

— ¿Mucho?

— Como a mí me gusta.

Si había algo a lo que Itadori no podía ni quería acostumbrarse era al reflejo brillante de los ojos de Satoru cuando estaban en ese tipo de situaciones íntimas; no es que fuese diferente del brillo que veía en otras oportunidades, pero en esas ocasiones para Itadori su mirada era más luminosa y afectuosa, más intensa. Se sabía dueño de esa mirada porque sólo aparecía por y para él y para Itadori aquello era un tesoro que le encantaba resguardar y del cual no se cansaba de vislumbrar, una y otra vez. Percibió el calor aumentando rápidamente en su cuerpo y en su rostro cuando Satoru lo penetró lentamente, tan despacio que sus miradas tuvieron tiempo de conectarse francamente la una con la otra.

Sin embargo, sabía que aquella paciencia iba a durar poco, sobre todo por la ansiedad que Satoru llevaba encima en las últimas horas; había esperado, anhelado aquel momento de soledad e intimidad con Itadori y ahora que lo había conseguido, iba a tomarlo todo. Incluso cuando las embestidas se volvieron más enérgicas e Itadori clavó sus uñas en la espalda de Satoru con el fin de aferrarse a algo, aún seguía ruborizándose con las obscenidades que el Alfa le decía al oído mientras lo penetraba con mayor vigor.

— Yuuji…¿me vas a dejar hacerte otro niño pronto?.— Itadori gimió demasiado alto cuando una embestida particularmente certera lo hizo arquear la espalda y exigir con el cuerpo lo que su voz en esos momento no podía.— ¿Eso fue un sí? Sí, ¿verdad?

— ¡N-No!.— de nuevo, Satoru se ensañó con aquel punto en su interior mientras Itadori intentaba no gemir demasiado fuerte, sintiendo los glúteos y muslos húmedos y resbaladizos.— Aún...aún no…

— Pero yo oí que sí.

Satoru tomó los brazos de Itadori y entrelazó sus dedos a los suyos por encima de su cabeza, sobre el colchón; el Omega se aferró a sus manos y apretó con fuerza cuando volvió a arquear el torso, sus piernas separadas por completo mientras Satoru lo penetraba sin piedad alguna. Sin poder evitarlo, terminó prácticamente gritando su nombre y lloriqueando en el proceso mientras el orgasmo lo golpeaba y atontaba completamente, sintiendo como Satoru presionaba su cuello con los dientes apretando su piel.

Mientras suspiraba e intentaba controlar su cuerpo flácido y tembloroso por el orgasmo, sintió como Satoru acababa en su interior llenándolo por completo.

Amaba esa sensación, tampoco quería acostumbrarse nunca a ella.

— ¿Entonces?

— ¿Entonces, qué?

Pese a la posición desventajosa sobre la cama, Itadori ya se estaba quedando dormido cuando Satoru le susurró aquella pregunta en el oído, descolocándolo. Entre el cansancio y las caricias del Alfa sobre su piel, Itadori ya no podía conectar dos ideas.

— ¿Cuándo vamos a tener otro hijo?

— Satoru, no aguantas ni a los que ya tienes y quieres otro.— Satoru rió por lo bajo y su risa retumbó contra el torso de Itadori, el otro aún sobre él.— ¿Qué?

— Pero es que te ves muy lindo cuando estás embarazado, Yuuji.

— Embarazate tú, a ver si es tan...mierda.

Itadori chasqueó la lengua y se unió a la risa de Satoru cuando se dio cuenta que en efecto eso ya había sucedido con Samuru.

— Bueno, ¡eso! ¡Es un no, Satoru!

— ¡Ves que prefieres a los niños antes que a mí! No quieres darme el gusto, eres malo conmigo.

Dios mío, otra vez no. Satoru…

Mientras Itadori suspiraba y acomodaba los cabellos de Satoru, se preguntó realmente si el Alfa se lo hacía adrede o si su indignación era real y estaba luchando contra molinos de viento.

¿Qué tan difícil era lidiar con una pareja estable, sobre todo si la otra parte era así de caprichosa e inmadura?


Sus pensamientos se habían ido lejos, muy lejos cuando la voz ajena lo distrajo.

— ¿Sabías que todos nosotros somos polvo de estrellas?

Yuta ladeó sutilmente el rostro al oír la voz a sus espaldas después de varios minutos de silencio sólo para que la otra persona supiese que lo estaba oyendo; de pie apoyado en el marco de la ventana abierta justo había estado observando el firmamento lleno de estrellas brillantes, unas más grandes que las otras. La luna ya no se encontraba en la parte superior del cielo nocturno, lo que indicaba cuán tarde era.

Sin responder, llevó la colilla del cigarrillo a sus labios, la punta incandescente brillando en la casi penumbra del cuarto que estaba ocupando. Había desarrollado aquel vicio muy probablemente después de que todo comenzara.

Sí, de que aquello comenzara.

— En realidad, vendríamos a ser como el desecho de estrellas que murieron y cayeron sobre la tierra.

— ¿Y si somos parte de la misma estrella que murió?

El muchacho a sus espaldas rió. Yuta sonrió apenas al sonido; era una de las pocas cosas que lo relajaban últimamente a pesar de que justamente aquella persona era la que más problemas le estaba causando en los últimos meses.

— Eso nos haría todavía más unidos, ¿no te parece?

— ¿Todavía más?

— Ajá.

— Vaya.

Ahora la risa era casi una carcajada y Yuta se unió, nervioso pero también divertido por sus propias palabras; apagó el cigarrillo en el cenicero y cerró la ventana, estirándose. Luego, caminó hacia la cama a sus espaldas donde el muchacho de cabello largo y oscuro lo observaba con aquel brillo especial en los ojos mezcla de anticipación, expectativa y ansiedad, recostado sobre las sábanas con las piernas cruzadas, las manos entrelazadas sobre el vientre. ¿Acaso jamás había experimentado la vergüenza, la inseguridad? No, probablemente no. Sus rasgos eran jóvenes y delicados, pero firmes y seguros. Yuta ya no veía el rastro de dudas o pena que había visualizado en sus facciones años atrás, pero eso era seguramente porque había crecido. Y mucho.

Más no sabía si había alcanzado a madurar aún.

Sentándose en la cama, se percató de que por mucho que hubiese abierto la maldita ventana el humo del cigarrillo igualmente había entrado parcialmente al dormitorio; chasqueó la lengua cuando sus fosas nasales detectaron el aroma penetrante de la nicotina en el aire.

— Otra vez vas a volver con olor a cigarrillo. Yuuji va a pensar que estás fumando.

— Yuuji sabe que eres tú el que fuma.

Los ojos cansados de Yuta se quedaron fijos en un punto muerto del suelo. Una mano suave y cálida se posó en su hombro izquierdo y descendió por su brazo acariciando la piel desnuda, sus vellos erizándose a medida que las puntas de sus dedos recorrían cada centímetro hacia su codo para luego volver a subir y recorrer la porción de su espalda a su alcance. Inhaló profundamente y soltó el aire en un resoplido un tanto ruidoso.

Yuta estaba frustrado a varios niveles, pero el problema era con él mismo, no con los demás.

¡Quién le hubiese dicho que en el momento en el que Rika dejara de generar problemas en sus intentos de relaciones amorosas...todo iba a ser tan desastroso!

Volvió a suspirar, llevándose ambas manos al rostro y frotándose con fuerza la cara, también despeinándose en el proceso.

— ¿Está todo bien? Te noto preocupado.

— Lo mismo de siempre. Nada nuevo.— un breve silencio se estableció entre ellos mientras Yuta notaba la tensión creciendo en el ambiente del cuarto. El sonido del ventilador de techo se volvía cada vez más molesto y más agudo conforme ninguno de los dos hablaba.

— ¿Quieres que me vaya?

Cuando el otro hizo el amago de levantarse, al fin logró voltear hacia él y detenerlo con un brazo.

— No, no quiero que te vayas.

— Pero tampoco quieres que me quede, ¿no es así?

— Claro que sí, ¿por qué dices eso?

Otra vez ese silencio pesado. Yuta no lo soportaba porque le daba la impresión de que sus pensamientos más ansiosos y nefastos salían a flote cuando sucedía, su cerebro parecía gritar sus ideas a los cuatro vientos.

Sobre todo porque le daba la impresión de que el otro podía leerle la mente, allí recostado cómodamente con la mirada clavada en él sin decir una sola palabra.

— Es por él, ¿no?

Yuta frunció el ceño confundido cuando no había mencionado ningún nombre; el muchacho asumió que su sospecha era acertada y bufó, apartando la mano de Yuta de su brazo.

— ¿Aún le temes? No puedo creerlo, a estas alturas...

Fue el turno de Yuta de bufar y chasquear la lengua, rodando los ojos.

— Creo que estás un poco desfasado de la realidad porque tú no estás directamente involucrado. No le temo, le tengo terror.

— ¿Qué? Pero…— el muchacho rió incrédulo ante sus palabras, despeinándose ahora sí un tanto nervioso.— ¡Pero si él te quiere! Sino fuese así, créeme que ya te habría hecho desaparecer. Es lo que hace con todo aquel que le cae mal.

— No digas eso.

— Es la verdad, no lo defiendas. Tú mismos acabas de decir que le tienes terror. Yuuji también le teme, aunque no lo dice porque no quiere preocupar a nadie.

En esa ocasión, fue Yuta quien decidió guardar silencio porque en realidad desconocía esa parte de la historia.

Ya habían pasado cuatro años desde aquel incidente nefasto con Kamo y las cosas seguían igual o peores que antes. Sí, se había restablecido cierta paz tanto en el mundo de los hechiceros como en el mundo de los humanos comunes sin que éstos terminaran de entender en realidad qué es lo que había ocurrido aquella noche en la que media ciudad se había derrumbado; sí, Yuta podía afirmar que ahora poseía ciertos privilegios y una libertad que había ansiado durante bastante tiempo, siempre temiéndole a la guillotina en su cuello culpa de los acontecimientos que lo habían involucrado en un principio en aquel mundillo miserable…

...pero ya no había vejestorios haciéndole la contra a él, ni a Yuuji ni a ningún hechicero en apuros y sin posibilidades de defensa. Aparentemente, tampoco habían quedado grandes enemigos salvo los cabecillas de los clanes que aún seguían oponiéndose a los nuevos mandatos, pero más allá de aquello…

Yuta tenía otro tipo de problemas que lo envolvían directamente de una forma en la que le hubiese gustado terminar siendo uno de los enemigos antes que ocupar la posición dificultosa en la que él mismo se había hundido hasta la coronilla.

— No creo que Yuuji le tema, Samuru. Es el padre de sus hijos.

— ¿Y? Eso lo hace peor. Está más insoportable que nunca, piensa que Yuuji y sus hijos son su propiedad, no su pareja.

Yuta lo soltó de manera un tanto insegura porque no conocía bien la situación actual. Hacía meses que no visitaba aquella casa porque...bueno, la situación sí había cambiado un poco. Lo que Samuru decía era cierto; progresivamente, Gojo había adquirido la mala costumbre de aislar a Yuuji y a sus hijos de todo aquel que él no considerara de confianza, y eso había concluido en ciertas situaciones de tensión que Yuta había preferido evitar comunicándose con Yuuji a través de otros medios.

Si Gojo no lo consideraba una amenaza para Yuuji lo iba a hacer con Samuru; era increíble, pero luego de que Yuta hubiese dado un paso hacia el precipicio y hubiese iniciado aquel intento de relación amorosa con el muchacho - que ni siquiera aún era mayor de edad, maldita sea - hubiese esperado, como mínimo, algún tipo de advertencia por parte de Gojo. Nunca habían blanqueado su relación con él, pero para Yuta era imposible creer que el otro aún no se hubiese enterado.

Nada se le escapaba, mucho menos si tenía que ver con su familia.

¿Por qué Yuta estaba demorando tanto en hablar con Gojo acerca de Samuru? Porque en el fondo tenía miedo de perder su relación fraternal con el mayor, porque temía que lo alejara de Samuru, porque le espantaba pensar que el otro pudiese considerarlo un enemigo producto de los celos que sabía sufría en forma exagerada con todos los miembros de su familia.

Sin embargo, si ya lo sabía...mientras más tiempo dejase pasar, peor iba a ser la cosa.

— Tu padre es un poco celoso, y es normal. Es Alfa y está vinculado.

— Tú no ves lo que yo veo todos los días.— Samuru detuvo su relato, inseguro de continuar o no. Cuando Yuta frunció el ceño pareció tomar coraje nuevamente.— Yuuji ya ni siquiera le discute, se resignó a hacerle caso porque...bueno, eso.

— Samuru.

— Dime.

— No me digas que tu padre está maltratando a Yuuji.

— Si te refieres a si lo está golpeando, no lo creo. Pero...bueno, hay muchos tipos de maltrato.

— No puedo creerlo. Tu padre se vuelve idiota cuando Yuuji está cerca, no puede…

— Y también infernalmente posesivo y agresivo. Me voy a ir pronto de esa casa, creo que ya me ve como una amenaza a mi también.

— Bueno, creo que estás llevando las cosas demasiado lejos.

— Sí, tienes razón...ni siquiera va a permitir que me vaya.

Yuta rodó los ojos y resopló mientras Samuru reía divertido por sus propias palabras; estirándose, Yuta terminó recostándose sobre el otro. Ladeó el cuello hacia arriba para estudiar una vez más las facciones del otro mientras los brazos del muchacho lo rodeaban con ternura; Samuru ya lo había pasado por varios centímetros y el parecido que había tenido alguna vez con Geto se había afianzado todavía más. Estiró la mano para apartar el flequillo de su rostro y al ver la sonrisa dibujándose en el rostro de Samuru, supo que no se estaba equivocando.

Se había enamorado del hijo de su mentor y ahora iba a tener que afrontar las consecuencias.