Con las...actividades que había realizado con Satoru aquella misma noche — que habían sido por cierto, varias veces — y considerando que eran casi las cuatro de la mañana, Itadori había creído que con el cansancio físico y mental que cargaba se iba a quedar dormido en el acto apenas su cabeza tocara la almohada, más no había sido así. Se había acomodado junto a Satoru y éste sí se había desmayado a los pocos minutos de acostarse; Itadori ya le conocía el ritmo respiratorio y las expresiones faciales que hacía cuando realmente estaba dormido y viéndolo tan relajado y laxo a su lado, podía asegurar que no iba a despertarse en horas y horas.

Pero él no.

Los ojos le ardían pese a que mantenía los párpados cerrados en la penumbra del cuarto, los brazos y piernas le pesaban y todo su cuerpo estaba listo para quedarse en la misma posición sobre el colchón durante varios días seguidos...pero su mente no dejaba de trabajar, de atormentarlo y de espabilarlo.

Con delicadeza, volvió a estirar el brazo hacia la mesita de noche. Se cercioró de que Satoru no notara el movimiento y encendió la pantalla tratando de que la luz no le diera en la cara.

Las 4:16 AM.

¿Dónde mierda se había metido ese mocoso?

Luego de la última llamada en donde le había amenazado con que no dormiría allí esa noche, Itadori se replanteó si realmente no había sido sólo una advertencia para que dejara de atosigarlo; ahora, visto y considerando lo entrada que estaba ya en la madrugada...hacía casi dos años que no dormía en casa de Mei Mei y no creía que aquella fuese la primera noche en tanto tiempo, por lo que…¿en dónde y con quién estaba a esas horas?

Bloqueando la pantalla del teléfono de nuevo, suspiró y pasó su mano libre por el rostro, más agotado que antes. No iba a considerar la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo, eso ya estaba descartado; confiaba en la fuerza física y en los poderes de Samuru pero sobre todo en su buen juicio e instinto. Si llegaba a encontrarse en una situación que considerara peligrosa, sabría cómo actuar inmediatamente...por algo se aprendía de los errores.

Entonces, no quedaba otra que pensar que estaba en una situación más...íntima.

Increíblemente, Itadori jamás pensó que con 25 años ya se estuviese preocupando por ese tipo de cuestiones. Sin embargo, claramente era una posibilidad al recordar todo lo que había crecido Samuru en esos cuatro años. Maldito sea, por poco y tenía la altura de Satoru, ¿en qué momento había crecido tanto?

¿Y por qué le generaba angustia considerar la chance más que potencial de que tuviese pareja? Itadori no podía ser hipócrita con el chico; él había empezado a...bueno, a "salir" con Satoru a la misma edad que Samuru tenía ahora por lo que el pretexto de "estás demasiado chico para esto" estaba completamente descartado.

4: 25 AM.

Con movimientos suaves y medidos, Itadori apartó el brazo de Satoru rezando porque no se despertara. Esos últimos días el Alfa había estado más ocupado y harto que de costumbre con el temita de su "nuevo orden". Itadori no podía culparlo por todo lo que había sucedido, pero había sido más que evidente que iba a tener que ser él quien se hiciese cargo del mundillo de la hechicería en Japón, había sido un hecho incluso hasta para Itadori.

Pero que lo supiese no significaba que en el fondo realmente lo aceptase. Al principio lo había visto con buenos ojos aunque con algo de reticencia por temor a algún otro incidente pero luego, cuando el tiempo comenzó a transcurrir, Yusa empezó a crecer e Itadori volvió a embarazarse, fue evidente la falta que hacía Satoru en la casa. La niña había comenzado a caminar e incluso a dejar de usar pañales en momentos en los que Satoru no había estado presente, con Seiji casi lo mismo.

Si se hubiese perdido la primera vez que ambos habían intentado decir "papá" a Itadori le hubiese dado algo en ese mismo instante.

No se había sentido solo realmente; el Omega estaba acostumbrado a estar solo desde que tenía memoria. Con su abuelo enfermo la mayor parte del tiempo y sus padres ausentes, había desarrollado varios mecanismos de defensa para contrarrestar los sentimientos negativos que podía acarrearle la soledad. Sin embargo, poco había tenido que usarlos en esa situación porque entre Samuru, Yusa y Seiji…

Bueno, había sido imposible no solamente sentirse en soledad sino que también tener un momento en paz para sí mismo.

Lo que Itadori había experimentado en aquella época — y aún lo hacía, de vez en cuando — había sido algo más parecido a una falta de apoyo emocional. Satoru no lo había abandonado, pero a veces le había dado la impresión de que ciertas cosas que para Itadori eran importantes, para el Alfa no lo eran ni por asomo.

Pero se había hecho a la idea que con el nuevo orden, las cosas iban a ser así hasta que se acomodaran del todo, hecho que nunca ocurrió.

Por esa misma razón, Itadori no quería cargar con otro hijo más si de casualidad podía hacerse cargo de los que ya tenía.

Volvió a suspirar, sentado en la cama. Comenzaba a dolerle la cabeza y la contractura del cuello amenazaba con empeorar la situación. Se quedó quieto un par de minutos más hasta que comprobó que Satoru seguía igual de dormido y finalmente se levantó, yendo a la cocina.

Caminó por el corredor de las habitaciones en silencio y en medio de la oscuridad intentando no chocarse ningún mueble ni pisar ningún juguete desperdigado; luego bajó las escaleras y de nuevo recorrió otro trayecto en silencio, encendiendo finalmente la luz de la cocina.

Habían tenido que mudarse para el nacimiento de Seiji porque si bien la casa de Satoru había sido espaciosa, no lo era tanto para criar dos niños pequeños ni para que cinco personas se sintieran cómodas en sus propios ambientes; hacía tres años que vivían allí pero Itadori aún no terminaba de acostumbrarse a lo gigantesco del terreno que había comprado Satoru luego de que le hubiese planteado su inquietud. Había exagerado un poco, o lo había hecho adrede con la idea de futuros hijos sin ninguna nueva mudanza.

4:35 AM.

En el silencio casi ensordecedor de la cocina, para Itadori no fuese nada difícil distinguir el sonido de las llaves pese a que el tintineo había sido suave; Itadori respiró. Inspiró, exhaló varias veces mientras se dirigía descalzo hacia la puerta de entrada procurando controlar su propio humor.

Samuru entró despacio y a Itadori le dio la impresión de que manejaba el sigilo de un ladrón; al notar la silueta de Itadori cruzado de brazos a unos metros de la puerta, Samuru rodó los ojos pero tuvo cuidado de no hacer ruido al cerrar.

—¿Qué haces levantado?.— susurró el mocoso que ya tenía la voz demasiado grave como para que incluso el murmullo no resonara en aquel sector de la casa.

— Mejor dicho, dónde has estado tú. Son las cuatro y media de la madrugada, Samuru.

Itadori lo observó en silencio; le pareció que su tono no había sido agresivo, pero la pregunta había dejado mudo al otro. Luego de unos segundos, Samuru suspiró y guardó las llaves en el bolsillo de los pantalones bajo la mirada más preocupada que enojada de Itadori.

— Mira, no te estoy controlando. Sólo quiero saber que estás bien.

— No me estoy drogando, si es lo que te preocupa.— fue el turno de Itadori de rodar los ojos mientras Samuru sonreía.— No ando en malos pasos, Yuuji.

— Lo sé, yo no...mierda, no lo dije por eso. Ya sé que no estás drogando...pero, ¿has estado fumando? Hueles a cigarrillo.

— Ah...bueno, sí, un poquito.

El Omega entrecerró los ojos y se aproximó a Samuru; la diferencia de tamaños ahora sí era notoria entre ellos. Samuru no sólo lo pasaba por varios centímetros de altura, sino que se había vuelto más fornido, los hombros más anchos, el torso más amplio. Ninguno de los tres lo había dicho nunca abiertamente, pero el parecido que tenía a Suguru era...espeluznante, incluso en la voz. Era prácticamente el mismo tono tranquilo y pacífico de su padre.

Samuru rió por lo bajo cuando Itadori lo tomó de las solapas de su chaqueta y olisqueó; el aroma era tenue pero estaba allí.

— Si estás fumando es porque alguien más a tu alrededor lo está haciendo. Mei Mei es borracha y Ui Ui no tiene ese tipo de vicios, así que...

— Bueno, Yuuji. Ya. En realidad quieres saber con quién estuve. No quieres saber qué estuve haciendo...no, no lo preguntes.

Itadori abrió, cerró y abrió la boca de nuevo. Como estaba mortalmente cansado, las neuronas tardaron en conectar las ideas con las palabras de Samuru pero cuando lo hizo, el rubor se le subió hasta la cabeza. Como comenzó a gesticular sin pronunciar ningún sonido, Samuru frunció el ceño.

Entre el pensamiento y la pronunciación de todo lo que quería decirle a Samuru en un sólo instante...iba a darle una embolia en cualquier momento.

— Yuuji…¿te sientes bien?

— Ah..y-yo...Dios, no puede ser. Dame un momento.

— Todo lo que necesites. No te rompas, sino papá me matará.

— Mira, yo...no puedo creer que ya hayas crecido tanto como para que yo...no puedo, maldita sea…

— Bueno, bueno. Tranquilízate, ya sé lo que quieres decirme.

Samuru tomó por los hombros a Itadori y lo guió hacia la cocina al final del corredor, donde la luz aún estaba encendida. Caminaron en silencio mientras Itadori intentaba procesar lo que estaba sucediendo...aunque en realidad sólo ocurriese en su cabeza.

— Estás pensando que yo tengo la edad que tenías cuando nos conocimos y que por eso mismo no puedes reclamarme nada, pero al mismo tiempo quieres hacerlo porque igual crees que soy demasiado chico para éstas cosas. ¿No?

— Sí, sí...eso...eso.

— Yuuji...oh por Dios, no me hagas esto.

— ¿Hacerte qué?

Cuando pronunció esas palabras que intentaban sonar con indignación a Itadori se le quebró la voz; en algún momento que no distinguió mientras Samuru hablaba calmadamente, su cerebro había colapsado y sus ojos se habían empañado rápidamente, el llanto incontenible.

— Dime por favor que no estás preñado de nuevo.— el tono un tanto agresivo de Samuru sorprendió a Itadori pero lo ayudó a distraerse de su propia caída mental.

— ¿Eh? No, por favor. No, no lo estoy.

— ¿Seguro?

— Claro, estoy tomando las pastillas. ¿Por qué lo dices?

— Lo...lo siento, lamento haberte hablado en ese tono.— Samuru suspiró y su semblante se relajó notoriamente.— Es que...no sé, te pusiste a llorar de la nada, pensé que...que bueno, que papá había logrado convencerte. De nuevo.

— Oh...bueno, no sé por qué me puse a llorar, supongo que porque no...bueno, da igual. Y no, tu padre no me convenció de nada, y si así lo fuera tampoco es tu problema.

Otro silencio se instaló entre ellos pero para Itadori no era incómodo. Parecía que los dos estaban procesando las palabras del otro y tal vez por la hora les estaba costando un poco más que de costumbre.

— Yuuji...escucha. Sí, estoy saliendo con alguien.— el jadeo quedó atravesado en la garganta de Itadori cuando Samuru susurró aquello tan bajo que apenas le había entendido.— Pero no puedo decirte quién es.

— ¿Por qué no?¿Qué tiene de malo?

— Papá. No quiero que él se entere.— Agregó Samuru cuando Itadori frunció el ceño, confundido.

— No entiendo. ¿Piensas que tu padre no va a estar de acuerdo?

— Bueno...yo no, la otra persona sí.

— Samuru…

— Dime.

— ¿Lo conozco?

— Sí.

Itadori se aproximó más a Samuru con expresión compungida, nervioso.

— Dime por Dios que no es ningún miembro del clan Zenin o de esos que le hacen la contra a tu padre.

¡Pero no! Soy adolescente, no estúpido, Yuuji.— el aludido resopló, más aliviado.

— ¿Entonces? Aunque sea dímelo a mí. No se lo diré a tu padre, pero eventualmente se lo vas a tener que decir.

— Ya sé. No...no vas a enojarte conmigo, ¿verdad?

— Claro que no. Suelta.

— Bueno…

Por primera vez en mucho, mucho tiempo, Itadori notó como las mejillas de Samuru se coloreaban sutilmente; sus ojos brillaban y el Omega conocía bien ese brillito. Sin poder evitarlo, sonrió cuando terminó de caer en cuenta con un poco de pesar que Samuru ya no era más aquel niño que lo abrazaba por la cintura o que quería pasar más tiempo con él haciendo lo que fuese que Itadori hiciese sólo para tener su compañía.

— No llores.

— No iba a llorar.— Itadori parpadeó furiosamente cuando en efecto, las lágrimas se habían asomado de nuevo. Así que eso había sido...se había puesto a llorar porque el niño ya había crecido.

— Estás llorando, Yuuji.

— ¡Que no!

— ¿Qué sucede?

Ambos jadearon y dieron un respingo asustado cuando la voz grave y algo ronca de Satoru los sorprendió en medio de la cocina, apoyados en la mesada.

Cuando Itadori ladeó el rostro hacia el Alfa...intuyó, no...supo que se avecinaba una pelea sólo con verle el semblante a Satoru. Chasqueó la lengua y caminó hacia él, apenas tocándole el brazo; Satoru parpadeó y desvió el rostro contrariado desde Samuru hacia él, sus rasgos relajándose parcialmente cuando Itadori se adosó a su costado, el brazo de Satoru pasando por encima de sus hombros y atrayéndolo un poco más.

— ¿Dónde estuviste? Mira la hora a la que vuelves, Samuru...no te estarás drogando, ¿no?

— ¿Tú también? Yuuji ya me lo preguntó y no, no me estoy drogando.

— Pero estás fumando, siento el olor...espera.

Satoru entrecerró los ojos e Itadori percibió el caos. Estaba olfateando el aire y, por la expresión consternada y asustada de Samuru, Itadori supo que en el aroma de la nicotina Satoru había distinguido otro olor que a Itadori se le había escapado completamente.

— Conozco ese olor.

En ese momento, Itadori lo vio claro. Desconocía un poco cómo era el tema entre Alfas de una misma familia, pero si era igual que con los extraños...cuando Satoru dio un paso al frente y Samuru frunció el ceño, sus feromonas intentando cubrir incluso las de su padre...Itadori supo que iba a haber un enfrentamiento de algún tipo, el que fuera.

— Satoru, espera. Sólo estaba con unos amigos, no es para tanto.— el Alfa se detuvo y ladeó el rostro hacia Itadori, más no la mirada. Sus ojos entrecerrados con sospecha seguían fijos en Samuru, a un par de metros.

— Podrías haber avisado que estabas con unos amigos. ¿Qué amigos, si se puede saber?

— ¿Qué, ahora vas a controlarme hasta eso? ¿No te alcanza con controlar todo lo que hace Yuuji?

— Samuru, basta.

Si ese tipo de discusión se pareciese a la que ambos tenían cuando Samuru aún tenía 12, 13 años, Itadori no se hubiese sentido tan nervioso estando entre los dos dentro de aquella cocina infestada por las feromonas de ambos; algo en el instinto de Itadori le gritaba a viva voz que tenía que detener de raíz cada posible enfrentamiento entre Satoru y Samuru porque creía que su relación iba a romperse de un momento para otro y que no iba a haber solución.

Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, Itadori temía que Satoru estuviese viendo a Samuru en ese tipo de situaciones no como un hijo sino como una amenaza dentro de la casa...y el hecho de que Samuru lo desafiara en cada oportunidad que se le presentaba no hacía sino empeorar su presentimiento.

— Es así, ¿o vas a decirme que puedes moverte con libertad fuera de ésta casa sin que él sepa dónde estás, con quién y qué estás haciendo?

— Es por su seguridad.— la voz de Satoru tenía un tinte de advertencia que puso peor a Itadori. Presionó su brazo con la intención de que desviara la atención hacia él, sin conseguirlo.— No tienes pareja ni hijos, no lo entenderías.

— Papá.

Itadori respiró cuando percibió cierta calma en el tono de Samuru. Incluso Satoru relajó los músculos hasta ese momento tenso, quizás dándose cuenta de que estaba por golpear a su propio hijo.

— Entiendo que te asuste pensar que les pueda pasar algo, sobre todo a los niños...pero es asfixiante. Te lo estoy diciendo yo que lo veo desde afuera, no parece como si lo estuvieras cuidando, da la impresión de que lo controlas. Te quiero, papá...pero eres insoportable. Realmente lo eres.

Cuando Samuru soltó aquello último en tono cansado, Itadori temió incluso por su vida. ¿Era necesario que…?

Sorpresivamente y en contra de lo que hubiese esperado, Satoru comenzó a sonreír. Las comisuras de sus labios fueron curvándose hacia arriba hasta que finalmente soltó una carcajada, su semblante más claro y menos agresivo.

— Mira quién habla, tú eres peor que yo. Si yo soy insoportable, tú eres un manipulador. Incluso peor que tu padre, que se las sabía todas.

La frase fue dicha con cierta gracia, pero eran muy contadas las ocasiones en las que Satoru comparaba a Samuru con Suguru...y casi siempre era para mal. De nuevo, contrario a lo que Itadori hubiese esperado, Samuru no parecía molesto sino más bien ansioso. Le era bastante difícil sonsacarle algo acerca de Suguru porque Satoru se había vuelto a cerrar con ese tema y el hecho de que hubiese soltado aquello…

— Me parece que el manipulador eres tú.

— Si lo fuera…— Satoru se detuvo abruptamente, cerrando la boca. De nuevo, la tensión se sintió en el aire, en el silencio de sus palabras no pronunciadas.— Olvídalo. Ve a dormir, ya mañana pelearemos como corresponde.

Samuru frunció el ceño, luego parpadeó y aclaró su semblante. Por suerte para Itadori, parecía estar de acuerdo con su padre y terminó dándole la razón después de echarle un vistazo al Omega, quien asintió con la cabeza. El muchacho salió de la cocina golpeando el hombro de su padre en el proceso, haciendo reír a Satoru.

— Mocoso de mierda, le voy a romper la cabeza. Amigos...Yuuji, está bien que esté medio dormido, pero no soy idiota.

— ¿Qué ibas a decir? Te detuviste. Recién.

Itadori desvió la conversación hacia terrenos menos peligrosos con la esperanza de que Satoru también lo hiciera; lo vio fruncir el ceño y luego suspirar, apoyándose en la mesada donde antes había estado Samuru.

— Que si yo fuese tan manipulador como él cree, no habría dejado que Suguru se fuera tan fácil. Pero eso ya pasó hace mucho tiempo, no venía al caso.

— Él...él se hubiese ido igual, Satoru...no tienes que sentir culpa por eso.

— No la siento. Tienes razón, se fue porque quiso y no creo que se haya arrepentido. Hijo de puta.

— Lo siento.

— ¿Por qué te disculpas? No tiene caso, Yuuji. Nada es tu culpa y el rencor que sentía por Suguru ya no está. Pasado, pisado.

Se notaba.

— Deja respirar un poco a Samuru. Ya está grande, deja que...que bueno, que haga lo que quiera. Siempre fue muy maduro para su edad, Satoru. No es necesario que…

— Entonces, si es tan maduro…¿por qué me oculta cosas? Me las oculta a mí, no a ti.

— Yo no sé nada.

— Pero iba a decírtelo. No, no los estaba oyendo.— agregó cuando Itadori entrecerró los ojos con suspicacia.— Pero siempre fue evidente que te tiene mucha más confianza a ti que a mí.

— ¿Y por qué será?

— ¿A qué te refieres?

Itadori inhaló profundamente y luego suspiró mientras intentaba elegir las palabras sin herir el orgullo del Alfa.

— No te enfades, pero los Alfa son...un poco limitados. Todos ustedes siempre se están tratando de forma agresiva y como si todo fuese una amenaza. Recién parecía que ibas a golpearte con tu propio hijo, Satoru.

— ¿De...De verdad se ve así?

— No, no se ve. Es así. Y es horrible quedar en medio sin saber qué hacer. Estoy harto de estos enfrentamientos, Satoru. Si Samuru te desafía, tú reaccionas el doble de mal y viceversa. Es...agotador.

— Lo siento, Yuuji. No sabía que era tan intenso. O bueno, yo no lo veo así. No voy a golpear a mi propio hijo, no te preocupes.

— Me alegra saberlo.

— Entonces…¿estás diciendo que Samuru me teme?¿Es por eso que no me habla?

El Omega parpadeó un par de veces al oír la inseguridad en la voz de Satoru. Era raro, no...rarísimo que el Alfa no supiera algo o al menos no lo intuyera. ¿Por qué Itadori veía aquello tan claramente y Satoru no?

— Y...un poco, sí. Debe...no sé, quizás tenga miedo que reacciones mal. Si es algo delicado y la otra persona se toma las cosas negativamente...tal vez prefiera evitar ese posible contratiempo. No lo sé, Satoru. Tampoco sé en qué anda.

— Bueno...voy a intentar controlarme un poco, pero no te prometo nada porque sinceramente no me doy cuenta que ataco a mi propio hijo, Yuuji.

— Por eso te digo que son un poquito limitados. Samuru hace lo mismo, así que...bueno, sólo inténtalo, ¿sí?

Itadori sonrió cuando Satoru estiró un brazo en su dirección; tomando su mano, el Alfa lo atrajo entre sus brazos y ahora el aroma del café lo relajó mientras rodeaba su cintura con sus brazos, presionándose contra el pecho ajeno mientras el abrazo se volvía más apremiante por parte de ambos.

— Yuuji…

— ¿Sí?

— ¿Tú sientes que yo te controlo?

Bueno…

— No puede ser.

El Omega rió entre sus brazos al oír el torno consternado de Satoru.

— A veces sí, pero no me molesta. Te pones demasiado ansioso, en ocasiones pienso que te va a dar un ataque si no vuelvo pronto.

— Es que me va a dar un ataque, eso es real. Y sí, me pone muy ansioso no tenerte cerca o saber que no estás aquí en la casa. Bueno, eso sonó espantoso.

— No te va a dar ningún ataque, Satoru.

— No tientes a la suerte, ya estoy viejo.

Itadori resopló y empujó suavemente a Satoru cuando comenzó a reír. Como siempre, se estaba burlando de él.

— Y voy a averiguar de quién es ese olor que traía Samuru. Lo conozco, sé que lo he percibido antes pero...maldita sea, si tú no tienes olfato yo me olvido de las personas.

— Satoru, ya deja el tema, no…

En ese momento, el celular que Itadori había dejado sobre la mesada comenzó a vibrar furiosamente, sobresaltándolos a ambos. Cuando Itadori lo tomó, lo primero que vio fue la hora.

Las 5:03 AM.

Lo segundo, que la persona que marcaba era Megumi.

Y tuvo un mal presentimiento apenas presionó para atender la llamada.

— ¿Megumi?

¿Te...te desperté?

Cuando la mirada de Itadori se cruzó con la de Satoru vio la alarma que sentía reflejada en el rostro ajeno. La voz de Megumi sonaba congestionada y un tanto dificultosa, tal y como si hubiese estado llorando.

— No, estaba despierto, ¿estás bien, qué sucede?

Yo...ah...tengo un problema, Yuuji. No sé...no sé qué hacer.

Itadori entró en crisis cuando la voz del otro se quebró del todo al otro lado de la línea. Satoru se aproximó y con señas le dio a entender que quería el celular, pero Itadori negó con la cabeza y le pidió que aguardase, todo con señas mientras oía a Megumi intentar recomponerse del otro lado.

— Primero que nada, sea lo que sea, no estás sólo. Todo tiene solución, Megumi. Ahora, despacio, cuéntame qué ocurrió.