Capítulo VII
Lacio
No recordaba lo más importante, ella ya había perdido a un bebé nonato, era muy probable que se llevara ese secreto a la tumba aunque muchas veces quisiera que lo dijera a cualquier persona que quisiera. Entonces mi mente comenzó a armar las ideas, que tenía que ver los Rocco en toda esta historia.
Sabes, si Marcello y Candice, son ¿pareja? - tenía que saber la verdad a cualquier precio.
No tengo ni la menor idea - respondió él haciendo hincapié en que esa era la realidad.
¿Por qué me contestas así? - quise saber, pensando en que tenía algo más que no quiso decirme.
Fue sólo un comentario, nadie ni sus padres saben si Marcello y Candice se entienden, tú sabes, de esa manera… - refirió él, pensando sólo eso.
¿Nadie? - insistí.
Absolutamente nadie, pero bueno espero que tengas mejor suerte que yo, ¡averiguándolo! - Benedetti se estaba mofando.
¡Pues esto, se lo haré pagar a Rocco, por supuesto - exclamé ya que no sólo tenía que quitar de mi camino a Anthony, sino también a Rocco y eso si que estaría complicado.
Suerte con eso. Te he de confesar algo, oí que iba a colgar otra mariposa hoy en la tarde… - comenzó Mickael a contarme.
¡En serio, quizás vaya a verle! - lo dije en serio como una posibilidad.
Habían pasado quizás dos horas desde que Benedetti se había ido, salí con rumbo a la bóveda y le pregunté a Néstor sobre el paradero de Candice.
¡Hola Néstor! - saludé ceremoniosamente.
¡Hola señor! ¿Qué hace usted por aquí? - me preguntó sorprendido.
¡Veo que ya no tienen rosas en el piso! - me sorprendí al no ver ninguna.
No, la señorita las regaló a los visitantes, creo que eran demasiadas - Néstor sonrió.
Sí eso veo. Quería saber si la señorita se encuentra aquí - le cuestioné al hombre.
Sí, está aquí, pero creo que no podrá recibirlo - me asegura él.
Pero debo verla, ¿la puede llamar? - preguntó al ver que su mirada la dirige mucho hacia el techo de la bóveda.
No, le he dicho que no puedo hacerlo... - me lo vuelve a repetir, negándose.
¿Dónde está? - le exigí que me lo dijera.
Como guste, déjeme ver, ah sí, ahí, observe - me sugiere señalándome un lugar definido.
Mis ojos no lo podían creer, Candice se encontraba en una especie de armazón, dirigiendo su nueva mariposa al extremo derecho, las ráfagas de aire que desprendían las hélices de un helicóptero le daban en el rostro, sin ninguna protección y debajo de una grúa. Era impresionante, llevaba puesto un overol y un casco, sabía que resultaba ser una locura, pero a ella parecía no importarle.
¿Qué hace ahí? ¡No sabe que eso puede ser peligroso! - increpo tratando de pensar que eso no debería de preocuparme...tanto.
No se preocupe, creo que ella lo sabe. Además don Marcello también está allá, él la ayuda siempre a colgar una nueva mariposa. ¡Oh ya veo, que hay otro señor que la busca! Puede decirle lo mismo por favor, tengo que mandar unas sogas para allá, gracias - me avisa haciendo que vuelva la vista hacia atrás observando quien había llegado y de pronto, se aparece.
De nada. ¡No es posible! ¿Qué hace Nikopolidis aquí? - replico sin ganas de saberlo.
¡Buenas tardes, Terry! - pregunta el griego sonriendo.
¡Buenas tardes, Lisandro! ¿Qué te trae por aquí? - preguntó sin dejar de mirarlo.
Sabes lo que vengo a buscar, ¿dónde está ella? - me responde retándome.
En el cielo… - suelto.
Es en serio Terry, seguramente el vigilante me sabrá dar una respuesta más seria - responde, comenzando a caminar hacia el despacho de Néstor.
Unos gritos se alzaron de pronto, la figura de Candice cayendo al precipicio fue un fuerte golpe para todos los que ahí se encontraban, tanto Lisandro y yo corrimos a auxiliarla, pero de pronto nos dimos cuenta que nunca llegó al piso. No podíamos creer la suerte de ella, sólo había quedado a unos centímetros de lo que hubiese sido una muerte segura.
¡Cuidado, Candice! – gritó Marcello, cuando una da las grúas la soltó.
¡Aaayyy! - gritó ella.
¡Candice! - lo único que pude hacer fue gritar.
¡Vamos Terry! - Lisandro me jala para que ayude, ya que me había quedado petrificado.
Todo pasó en unos segundos.
¡Oh mi Dios, oh mi Dios! – susurró ella, cubriéndose el rostro con ambas manos.
Candice, ¿estás bien? – habló Marcello, preocupado y comenzando a descender al dar la orden de que la bajasen con cuidado.
¿Qué diablos crees que haces? ¿Acaso estás loca? – espeté completamente furioso al llegar a ella. ¡Eres una inconsciente, siempre tienes que exponerte al peligro! – la reprendí otra vez.
¡Candice, respóndeme! ¿Me quieren dejar pasar? – solicitó Marcello profusamente enojado por la conmoción.
¿Qué te sucede, Rocco? ¿Cómo puedes siquiera aceptar que ella realice un trabajo así? – le reclamé a Marcello obteniendo de él una mirada de reproche.
Ustedes no tienen derecho a decir nada, mi novia necesita de mis cuidados. ¡Hola, Benedetti! Puedes venir a la bóveda, gracias. Néstor trae la camilla, la llevaremos a la enfermería – ordenó al velador y ahí es que me di cuenta de que Benneddetti estaría conmigo y con ella, siempre.
¿Qué sucede? – le cuestioné.
¡Nada que deba importarles! – espetó con cinismo obstaculizando la visibilidad.
Pues de aquí no te vas a mover hasta que nos digas ¿qué sucede? – insistí categóricamente.
Quieren dejar los cuentos para después, necesito ponerla en la camilla, así que si ambos me dan permiso – Marcello me empujó con rabia.
¡No, no lo haremos, no ves que es propensa a los accidentes! – le grité con mucha molestia.
¡He dicho que fuera! Néstor ¡ayúdame! – le ordenó al vigilante que se acercara con un ademan.
¡Me duele! – rompió el silencio quejándose como si se tratara de una nimiedad, su rostro era tan blanco como el de una hoja de papel.
¡Lo sé mi amor! Debemos ponerte en la camilla, lo sabes – le dijo Marcello tomándole el rostro mientras Néstor localizaba la herida.
¡Me duele mucho! – ella recalcó.
¡Néstor trae un cuello ortopédico, aprisa! – ordenó rápidamente.
¿Qué es lo que estás haciendo? – quise saber.
Procedimientos en protocolo 1 – me respondió.
Candice fue puesta por Néstor y Marcello en una camilla y la llevaron a la enfermería, pero en cuanto llegó Benedetti todos y más yo, no quise moverme de ahí hasta saber que sucedía en realidad.
¿Qué pasa? Mariposita ¿qué tienes? – cuestionó Benedetti muy cariñoso, Marcello ni se incomodaba.
Me duele mucho…el pie – le respondió pasando saliva.
Veamos, esperen, unas tijeras. ¡Ay madre de Dios, esto está horrible! – murmuró él cuando vio la herida de su pie.
¿Qué pasa? – pregunté a Benedetti.
Se laceró el pie, debemos ir al hospital – sugirió Benedetti, preocupado y ansioso.
La llevaremos en helicóptero – sugerí.
No, en la limusina es más rápido – sugirió Marcello.
¡Tú no la vas a sacar de aquí! – interviné reacio a que él se hiciera cargo de ella.
¡Pues tú menos, respétala! – se defendió Marcello. ¡No me tienes que decir nada Grandchester, tú eres el que no debe estar aquí! – atinó un duro golpe, pensaría quizás que tenía un duro cargo.
¡Basta, ustedes dos se callan! Marcello no está pintado y está entrenado para que haga lo que tiene que hacer! ¡Así que haz tu trabajo Benedetti y llévame a ese maldito hospital! – intervino Candice, blanca como el papel, pero dando órdenes.
Todos nos miraban, había perdido la calma que me caracterizaba, mi padre hubiese dicho: "un Matteotti nunca pierde los estribos". Era una pena ver cuán fácil lo había hecho, ese hombre estaba encantado con ella ¿y yo? Yo también lo estaba y además ¡enamorado! Benedetti nos vio y se despidió, Marcello cargó a Candice hasta el auto y ella entre el susto y el coraje cambió de color. Sin embargo y a pesar de las protestas, le indiqué rápidamente a Fred que siguiera el auto de Marcello, pero al alcanzarlos en un cruce, me di cuenta de que Nikopolidis también nos seguía. Llegamos al hospital en tiempo récord, todos bajamos corriendo mientras nuestros choferes estacionaban los autos, al entrar a la sala de emergencias con la sola mirada de Rocco nos mantuvimos al margen, Candice parecía tomarlo con tranquilidad, había llorado por el shock de la caída, pero ya no lo hacía más, no estaba enojada, no aparentaba ninguna actitud negativa, ¿qué diablos era lo que le pasaba? Cualquier otra mujer hubiera llorado a mares, sin embargo, recordé que ella no era como cualquiera de ellas. La colocaron en una camilla y sólo emitió un quejido cuando su pie rozó el uniforme, la sábana de la camilla y un beso de Marcello por arriba del tobillo.
Vas a estar bien, ¡sé valiente! – recomendó mirándola hacia arriba.
No te preocupes, seguramente tendré dopado el pie para cuando me curen las laceraciones – pudo apenas simular una sonrisa.
Preciso hablar contigo en este momento... – me adelante hacia él mientras veíamos como se despedía desde la camilla.
¿No puedes decírmelo, aquí? – se atrevió a contestarme cínicamente y rodando los ojos.
No, haré un escándalo si es preciso para lo que quiero preguntarte – resolví actuar.
Está bien, afuera – me indicó con el pulgar.
En un momento voy. ¿Cómo es que puedes estar tan tranquila? ¡De mi cuenta corre atarte a ésta cama y no pararte ni para ir al baño! ¡Cuida ese lenguaje! - la amenacé, estaba furioso con ella.
¡Tú no me das órdenes! – me respondió groseramente.
Pues las daré, en cuanto a tu seguridad, eres una tonta, podrías haberte matado, dime que no te importa nadie y deja de hacer tonterías – le reclamé.
Lo sé, siempre lo digo yo. Soy muy tonta y torpe y tú eres el ser más perfecto de la tierra, tus errores son nimiedades – se atrevió a rezongarme.
¡Candice! – me sorprendí ante esa acción.
¡Ya vete, no quiero verte más! – me respondió y eso quizás me llamó la atención un poco, nuevamente la estaba tratando como si fuese una niña.
¡Estás advertida! – le recalqué.
¡Estúpido! – me gritó y sonrió.
¿Qué dijiste? - me regresé cuando la oí decir eso.
Nada – volteó el rostro.
Sí, dijiste una grosería – le recalqué.
No dije nada, ¿ya te vas? - me insistió.
Lo arreglaremos después – le advertí molesto saliendo de ahí, tenía que hablar con Marcello.
Era la primera vez que Candice me decía una grosería, ¿qué estaría pasando por su cabeza en esos momentos? Decidí averiguarlo más tarde. Encontré a Marcello en la entrada del hospital junto a Nikopolidis. Marcello tenía una cara de preocupación que difícilmente supuse que me diría la verdad.
¡Tú dirás! – arremedó mi orden de hacía unos momentos.
Sabes ¿cómo sucedió el accidente de Candice? – cuestioné mirándolo de soslayo.
La grúa que sostenía sus pies sobre la mariposa se rompió y el cable la sostuvo en picada, cómo pudiste darte cuenta – soltó sin preámbulos.
En ¿qué estabas pensando? Ella no puede hacer ese tipo de trabajo, es de hombres o es que acaso no tienes dinero para pagar a una compañía para que las instale - le informé de ello.
Tú sabes que los artistas son celosos con sus obras. No me hubiera dejado que la colocara, así que ¿por qué impedírselo? - cuestionó sabiendo en parte que era cierto.
¿Por qué? ¡Dios mío, Marcello! ¡Pudo haberse matado! Y luego ¿qué? - creo que estaba más asustado yo que él.
¡Un funeral con mariachis! – respondió con media sonrisa.
No le veo la gracia – espeté enojado.
Ella así lo ha predicho. Pero bueno, sólo fue un susto, al menos para mí - soltó con ironía.
Todos estábamos histéricos, por cierto, ¿por qué ella no? - le cuestioné porque no entendía.
Sencillo, porque maneja contingencias, pero aunque no lo notaras, estaba muerta de miedo. La presencia de la muerte en su vida no es nueva - refirió sin poder creer lo que estaba sucediendo.
¿Qué quieres decir? - quise saber.
¡Déjalo estar, ella no es de tu incumbencia! - me pidió retirándose de ahí.
¿Y de la tuya sí? - le pregunté dándole la respuesta correcta.
Por supuesto, de la mía sí, es mi…prometida - se apuró a aclarármelo.
¡No es cierto! ¡No puede ser así! ¡Mi investigador no me dijo eso! - quien sabe por qué dije eso, cómo podría ser posibe que estuviera por casarse con Marcello, si hasta hace unos dias Anthony y ella se habían acostado. Alguien aquí estaba diciendo mentiras y de eso me encargaría.
Nadie lo sabe, nos casaremos en mayo, así que por respeto a mí, se leal para conmigo y ¡deja en paz a mi mujer! - me advirtió sonriendo con... ¿burla?
¿Qué quisiste decir con eso de tu mujer? - le pregunté tocandole el hombro para detenerlo.
Creo que no debo de explicártelo ¿o sí? - se dio la vuelta y comenzó a reirse.
¡Convénceme de que no es necesario que me lo expliques! - le insistí empujandolo.
¡Oh Terry! ¡Estás enamorado hasta el tuétano! - se burló de mis sentimientos.
¿De qué te ríes? - le cuestioné sorprendido.
Uno más al que ha flechado. ¿Por qué ha sido esta vez? Por su amor al arte, por su intrepidez, por su ¿qué? - me cuestionó hábilmente.
Me enamoré de ella con tan solo verla. ¿Celoso? - ahora era mi turno de que él se intrigara.
¡Oh cielos! Lo que a mí me tomó dos años, la amé desde que estaba con Bert y no pude convencerla de que la podía hacer feliz. Hasta ahora... - se interrumpió, pensando en qué decir.
¿No puedes hablar en serio? - no, otro obstáculo para mí, no podría estarme sucediendo esto.
¡Oh, sí que lo sé! ¡Ha sido mía! - se regordeó por el hecho.
¡Mientes! - le grité.
Pero ¿por qué dices eso? De cualquier modo, sabes que no es virgen - me recalcó vilmente ese hecho.
¿Crees que eso me importa? - le cuestioné sin poder creérmelo, Marcello Rocco aparte de ser mi enemigo era un cretino.
¡Alto! – intervino entre los dos el griego.
¡Nikopolidis, no te metas! – advirtió Marcello un tanto divertido.
¡Está mintiendo, sólo son amigos! - afirmó él.
¿Qué has dicho? - le pregunté ya que algo pasaba ahí y él cómo lo sabía.
Mi cuñada es prima de Anthony, hermano de Bert, él me dijo que ellos son sólo amigos.
Eso es ¿verdad? ¿He hecho una pregunta? - fue ahí que lo quería golpear, por decir tantas tonterías; así que lo tomé de las solapas del traje.
No me intimidarás, no soy como una de nuestras mujeres, pero puedes pensar lo que quieras - se soltó de mi agarre y también me soltó una descortesía.
Te hice una pregunta y me la vas a contestar - le advertí golpeándolo en la cara.
Estamos en un sitio público, es un hospital, no pueden pelearse aquí - el griego nos separo y aparto de la entrada del hospital.
No lo estoy haciendo, ¿es tu mujer o no? Dímelo o te llevaré a otro lado para averiguarlo - increpé sobre él, obligándolo a que me contestara.
¡No…no lo soy! ¿Estamos de acuerdo? - me cuestionó haciéndose hacia atrás.
Entonces ¿por qué lo andas divulgando? - cuestioné enfadado.
Por qué quiero... - me soltó cínicamente.
¡Imbécil! - fue ahora que le di un rodillazo en el estomago y al sentirlo, él se dobló en el piso por el dolor.
¡Terry, déjalo! - el griego me detuvo antes de que le propinara lo que se merecía.
Tenía que detenerme, mi padre debía de estarse revolcando en la tumba, pero no podía parar, estaba profundamente irritado y entonces me di cuenta que mi otro rival se quedaba mirándome.
Sabes… solo me tiene intrigado, no la quiero para mí - advirtió él, sonriendo con amabilidad.
Vamos, sabremos ¿cómo está? - le sugerí y ambos nos reimos por lo acontecido.
Vamos - aceptó Lisandro.
Nos alejamos de ahí mientras Marcello se acomodaba el traje y se limpiaba el rostro con un pañuelo. Entré nuevamente al hospital, dirigiéndome a la sala de espera, a los pocos minutos Benedetti se presentó ante mí, me comentó que estaba sumamente nerviosa, su Mariposa necesitaba descansar, pero renuente a estar en un hospital, se la llevaría al departamento que compartía con Anthony, lo cual no me hacía ninguna gracia, pero me causaba curiosidad el que ella estuviera sedada y por conocer su departamento al fin.
Marcello, puedes llevártela. No quiere estar aquí - le informó Benedetti.
Ya sabes que no es personal, no le gustan los hospitales. Me dices ¿dónde está? - le preguntó al médico cuando regresó de los jardines del hospital donde lo dejé quejándose del dolor.
Por supuesto, de aquel lado - Mickael señaló una cama al fondo.
Más te vale que no te pases de la raya y la quiero en mi limusina, por comodidad - antes de que se dirigiera para allá, lo detuve para informarle lo que debería de hacer.
¡Ella lo decidirá! - me respondió como si no le importara lo que yo quería.
¡No, escúchame bien, tú se lo pedirás! - le sugerí.
¡Ya te dije que no! - e contestó.
Serás amable y obediente. Se lo pedirás o si no el abuelo Rocco se enterará de un pequeño accidente mercantil en Chelsea - lo amenacé.
Pero ¿cómo…? ¡Me sueltas! - me dijo cuando hubo entendido que él tenía que ocuparse del asunto de Chelsea antes de que su abuelo se enterara.
Había ganado una batalla, pero no la guerra. Ese había sido un pequeño triunfo, todavía me faltaba algo más. Que Marcello hubiese aceptado tan rápido, era porque realmente estaba nervioso por el negocio de Chelsea del que tenía conocimiento de hacer todo lo posible por sacarlo a la luz, si él no me obedecía.
¡Hola! ¿Cómo estás? - le preguntó a Candice.
Mi pie está dopado, ¿nos vamos a casa? ¡No quiero estar aquí! - le pidió con un intento de sonrisa.
Sí, pero creo que debemos de pedirle a Terry que nos preste su limusina, Benedetti no quiere que dobles la pierna - le sugirió tratando de explicárselo.
¿No hay de otra? - le preguntó mirándome furibunda y hastiada.
No, pero si quieres puedo venir por ti a medianoche, ¿tú dices? Digo si es que quieres que te lleve en limusina - le sonrió con impecable dureza.
¡Puedo soportarlo perfectamente! - se dejó llevar por las buenas, porque por las malas significaría esperarse un par de horas en esa camilla. Aunque al dejarlo tan ambiguo no sé si se refería a mí o al hecho de estar en un hospital.
Candice se había colocado en frente de mí dentro de la limusina, no decía nada y vi que colocaba su pierna a otro lado, el roce de las gasas y la venda era un sufrimiento ahora que pasaba el efecto de los medicamentos. Quería tomarle la pierna y colocarla en el aire, para después tranquilizarla, pero sólo con la mirada ausente y sus leves reducciones pude saber que sólo trataba de concentrarse para mantener el dolor lejos, sin logar conseguirlo hasta que soltó una lágrima de uno de sus ojos. Por fin, había roto aquella coraza de no pasa nada de su mente y comenzó a llorar, profusamente a cada minuto que pasaba, volviéndose un llanto lastimero, la observé por el filo del periódico que sostenía en ese momento, al cual no le había prestado el menor interés desde que la pusieron en ese asiento.
De pronto, se colocó las manos en la cara, se limpió las lágrimas, pero aún así no pudo contenerlas, bajé mi periódico, pero no me acercaba, sin pensar lo que sucedería a continuación, trató de colocarse hacia arriba pegándose en el tobillo, lo cual le había dolido como el demonio, se agarró el pie y lloró sin consuelo. Me acerqué a ella, rápidamente, levanté su pierna y después la alcé para colocarla en mi regazo, llorando y quejándose del dolor.
Eres testaruda ¿lo sabías? - le cuestioné cuando estuve cerca.
Me duele... - respondió llorando más audiblemente.
¡Te lo tienes merecido! ¡Quién te manda a colgarte de los andamios! - le hice un comentario maquiavélico.
Tengo historial médico con Benedetti: una pierna rota, la espalda lastimada, el dedo luxado… es una larga lista - me comentó silbando ante la longitud de accidentes.
De mi cuenta corre que no lo volverás hacer, si tu novio no te cuida, yo no dejaré que las toques siquiera - le advertí y es que estaba empecinado en que me obedeciera.
Pero ese es mi trabajo y esto es sólo un favor. Recuerda que no te estoy pidiendo ayuda - me respondió.
Ah no, entonces ¿por qué haces esto? - le pregunté dejando caer su pie y cuando iba a pegar contra la ventana lo detuve, la cara que me puso era de odio y me reí.
Fue sólo un accidente, eso suele suceder cuando una confía en los hombres... - me soltó y cerró los ojos.
Afortunadamente el alto total de la limusina llegó cuando iba a refutarle por su estúpida respuesta. Miré hacia los hombres que estaban esperando en la entrada de departamentos, salí de la limusina cuando observaba como Candice se colgaba del cuello de Marcello. Apenas lo podía creer, el departamento que ella tenía, podría costar una pequeña fortuna, era un conjunto de departamentos muy lujosos, lo mejor de Lacio. Con mayor razón quería saber de su localización, decidí apuntar cuanto dato se me daba sin pedirlo. Cuando entramos a la localidad de Lacio, no me lo pude creer, mi familia poseía el chalet desde hacia bastantes años y nunca me lo podría haber imaginado. El portero nos atendió amablemente, subimos por el elevador y por fin admiré el lujoso pent house de Candice. La decoración era absolutamente femenina, entonces ¿qué era lo que sucedía aquí? ¿Por qué decían que vivían juntos? No entendía nada, quería saber ¿qué pasaba allí? Realmente.
Entramos por un corredor, a la izquierda se encontraba la sala, la adornaban unas mariposas en el alto techo de ésta, la luz configuraba prismas a través de cada una, dándole un toque de luces que todo diseñador de interiores quisiera poseer. Marcello se dirigió a la habitación, dentro de mí comenzaron a crecer los celos porque Anthony disfrutaba de su compañía y de… no, no, no, tenía que parar con esos pensamientos, sólo me harían un daño descomunal, Marcello ya había dicho que no compartían nada y sólo me quedaría a esperar y ver con mis propios ojos que todo el departamento estaba adecuado para una persona con tendencias a accidentarse, pero en perfecto estilo victoriano.
Me preguntaba quizás, quién en pleno siglo XXI y siendo tan joven, quisiera vivir en un sitio así, pero la pregunta fue totalmente necia, por supuesto que sabía que ella era una persona de estilo Neoclásico, lo cual me hizo darme cuenta de que probablemente su habitación sería una cama de cedro de cuatro postes y dosel. Al entrar la verdad sobre esa idea se hizo latente, sólo que no era cedro sino caoba en color cereza. Estaba absolutamente impresionado, todo era lleno de decoraciones estilo siglo XVIII, definitivamente Candice tenía un excelente gusto para vivir en un rincón de Roma. A mi madre le caería estupendamente bien, pensé por unos momentos.
Cuando la hubo colocado sobre la cama, le dio el medicamento que Benedetti le recetó y después de que Candice pusiera mil objeciones para no tomarlas, se durmió. Marcello se fue cuando le hubo dado un beso en los labios y pasó cerca de mí, mirándome no muy contento.
Tengo que ir a Chelsea, pero cuando vuelva no podrás acercarte a ella, así que te recomiendo que aproveches mi ausencia, sí puedes. ¡Que lo disfrutes! - sabía que esa fuera quizás la última vez que Marcello interferiría en nuestra vida.
Qué habrá querido decir, me pregunté cuando dio un portazo y desapareció del departamento. Minutos más tarde, me encontraba observando el atardecer a través del cambio de tonalidad en las mariposas cuando de pronto, un joven atlético de aproximadamente veinticinco años entró y tomó un manojo de correas y después de pasar por la cocina donde tomó una bolsa y un recogedor, salió de ahí. Al parecer no me había visto.
Sonó el teléfono y al no estar nadie en el departamento, decidí que contestara la máquina.
- Hola mi amor, ¿cómo es posible que ese hombre te tenga trabajando tanto y hasta ésta hora? Bueno de eso hablaremos después, te aviso que estos días te voy a extrañar, tengo que resolver unas cosas de Nino en Rusia y mi padre quiere verme para unos asuntos de la empresa, pero quiero que sepas que te amo mucho y que estaré contando los días para verte. Sé que no te gusta que te deje mil besitos en la contestadora, pero te extrañaré mucho... quizás cuando vuelva me puedas agradecer por traerte buenas noticias. Me despido preciosa, el jet está por salir y sabes que no debemos estar en el celular cuando lo haga, te amo y me encantó tu sorpresa, espero que se repita a mi regreso. Hasta pronto, Preciosa.
No debería quedarme escuchando que alguien deja un mensaje tan cursi y declarador en la maquina contestadora para la mujer que amas, pero me limité a meditarlo. Ya por la tarde noche, llamé a mi madre y a Marie avisándoles que estaría en un viaje de negocios y que no me esperaran; después le pedí a Fred que estuviese al pendiente de mi llamado, pero que no lo necesitaría más, lo envié de regreso a casa a que descansara. Apagué mi teléfono y me dispuse a dormir, pero no sabía a dónde, dado que las puertas estaban cerradas, así que me quedé en la estancia y después de unos minutos me quedé profundamente dormido.
Continuará...
