Capitulo X
Después de haber hablado con Christos Cosomo, algo si me había quedado claro, Anthony seguía siendo una maldita piedra en mi zapato. Sería que alguna vez podría descansar, pues eso lo averiguaría después. Al otro día, adolorido, salí de la cama y me fui a bañar, quedándome bastante tiempo en la regadera, aunque más me apetecía uno de tina. Salí de la ducha, me vestí y ya arreglado me dirigí a la habitación de Candice.
Madre - saludé a mi madre cuando pasaba por el corredor hacia la habitación de Candice.
¿Dónde estoy? - preguntó Candice extraña al no reconocer el lugar.
En la Mansión Grandchester, mi niña - respondió Marie sonriente.
¿Quién es usted? - preguntó al no reconocer a su Irina en ella.
¡Ah hola! ¡Ya despertaste! - exclamé al entrar a su habitación y ver cómo se encontraba.
¿Qué hago aquí, Terry? - preguntó ella enfadada y apenas pudiéndose incorporar.
Yo tampoco estoy conforme, Benedetti te encargó con mi madre - respondí herido por su comportamiento.
¡Ah! - ella se dejó caer entre las almohadas.
¡Estoy en la cocina! - respondió ella desde allí, cuando entró a la habitación Candice vio hacia mí.
Mamá, te presento a Candice White - referí haciendo las presentaciones, tomando desprevenida a Candice, lo último que quería hacer era discutir con ella.
Mucho gusto, señora - la saludó cortésmente.
Eleonor, llámame así - solicitó mi madre, sonriente.
Eleonor, ha sido muy amable al tenerme aquí - agradeció ella amablemente a mi madre, pero me preguntaba por qué lo era con ella y no conmigo.
No hay por qué, mira te presentamos a la nana de Terry, Marie - dijo mi madre.
¡Cómo la virgen, qué lindo nombre! ¿Aún tienes una nana? ¡Increíble! ¿No estás muy grande para tener nana? - exclamó sorprendida mirándome muy raro.
Jajajajaja - mi madre y Marie se soltaron a la carcajada.
¡Eso no es gracioso! - expresé amenazante, pero ellas no dejaban de reírse.
¡Gracias niña, tú también eres linda! - expresó Marie, limpiándose las lágrimas ocasionadas por la risa tan repentina.
¡No diga eso! - rebatió lo que nos sorprendió a todos, ella pasó de un instante a otro a la molestia.
¿Por qué no? Si lo eres - refirió Marie intentando que volviese al otro estado de ánimo.
Bueno, no abrumes a nuestra invitada Marie - le dijo mi madre, sonriéndole y saliendo de allí jalando a Terry.
Sí señora - Marie accedió pensando cómo es que ella cambiaba de estados de ánimo.
¿Le hiciste algo, Terry? - me preguntó mi madre...¿molesta?
Por supuesto que no madre, ¿por qué piensas eso? - pregunté indignado.
Pensé que le habías hecho algo, cambia rápido de estado de ánimo, ¿no te parece? - me preguntó haciéndome enojar, como si eso fuera últimamente posible.
Sí, cuando platiqué con ella me di cuenta de eso, ¿crees que le haya pasado algo? - me preguntó sacándome de mi soliloquio. Lo averiguaremos algún día... - respondió irónicamente.
Lo sé mamá, sólo que no estoy muy preparado para esto - dije sin pensarlo.
Estás acostumbrado a que todo el mundo haga lo que quieres, pero creo que con ella tendrás que tener mucha paciencia, eso si la quieres dentro de tu vida, buen día, hijo - mi madre me dejó impactado, alguien más que pensaba que me había enamorado, eso era imposible, curioso tal vez.
Se quedó dormida - me comentó Marie cuando me la encontré en el pasillo.
Son los sedantes, Benedetti me dijo que los eliminará en un mes por su metabolismo - respondí tomándome el cabello con las manos.
¡Ah bueno! ¿Quieres algo de desayunar? - cuestionó mi madre.
No tengo apetito aún, me espero al almuerzo - respondí como terminando con el interrogatorio.
¿Vas a ir a la oficina? - preguntó mi madre.
No, dormiré un rato, ¿me despiertas nana? - le pregunté a ella, admitiendo que eso era lo que menos haría.
Por supuesto, niño Terry - me sonrió retirándose a sus quehaceres.
¿Estoy muy grande para tenerte, nana? - le preguntó cuando la detuvo antes de irse.
¿Qué pregunta es esa? - inquirió Marie molesta y poniéndose en jarras.
Lo siento, me voy - pedí disculpas siendo jalado por ella y dándome un golpe en la cabeza. Mi nana había sido más que la mujer que me cuidaba y no debía de estar avergonzado de ello.
¡Qué ocurrencias de Terry, mira que hacerle caso a esa chica! - murmuró Marie, molesta.
Pasaron las horas y el almuerzo también, Candice despertó, pero cayó en la inconsciencia una vez más. Fátima y mi madre recogían la cocina mientras iba a ver si ella estaba dormida aún. Me detuve en la puerta de su habitación y comencé a escuchar cómo reía, lo cual se me hacía extraño ya que se suponía que dormía y no tenía teléfono.
¡Niña no seas traviesa, Mo camina y deja de hacer payasadas! - decía ella riéndose.
Terry abrió la puerta, evidentemente estaba dormida, pero soñaba que se reía.
¿Sucede algo? - me preguntó Marie.
Está soñando que se ríe. ¿Puedes creerlo nana? - le pregunté a ella.
Lo he visto, pero en niños, parece que se lo ha pasado de maravilla - sonrió ella viéndome que no entendía.
¡Alto ahí patas! ¡Dame eso, dámelo, abre la trompa, jajajaja te gané! - exclamó.
¿Qué dice? - me preguntó mi nana.
No tengo ni idea, pero lo he grabado, creo que Claude podría ayudarme a saber lo que dice - recordé en ese momento que uno de mis colaboradores sabia español. De pronto me quedé mirando a mi nana, parecía que siempre sabía lo que pensaba.
Sí niño Terry, yo la cuido - me aseguró Marie.
Me quedaré un poco aquí, sigue con tus quehaceres nana - pero cambié de opinión y dejé que ella se alejara.
Están tocando, iré a ver quién es - me dijo sin más.
Buenas tardes, ¿el señor Terrence Grandchester? - cuestionaron desde la puerta.
¿Quién lo busca? - preguntó Marie.
Christos Cosomo, servidor - respondió el musculoso y oscuro hombre, extendiéndole una tarjeta.
Hazlo pasar a la biblioteca Marie, llama a Fred - le solicité dirigiendo mi última mirada hacia la habitación de ella.
Gracias... Marie - respondió el señor Cosomo.
De nada señor Cosomo, si mi niño, ahorita te lo mando - respondió a la par que cerraba la puerta y lo encaminaba a la biblioteca.
Señor Grandchester, tanto tiempo sin verlo. ¿Puede decirme el nombre de su mujer? - preguntó el señor Cosomo.
Siéntese. Candice Andley... - corté un poco la información.
¡Candice Andley, está de broma! - exclamó el señor Cosomo, pensándoselo mejor cuando recibió una mirada reprobatoria.
No... - respondí negativamente, sin dejar de mirarlo.
Espere, espere, Candice Andley está más protegida que el papa y sobre todo a últimas fechas - me aseguró sorprendiéndome.
¡Sólo tiene diez guardaespaldas, debe de tener más! - afirmé la información que obtuve de Anthony.
Eso es lo que usted cree, ¿conoce a Anthony Andley su cuñado? - me preguntó a sabiendas de lo que le contestaría.
Sí, desgraciadamente - admití que lo conocía así como sabia de sus intenciones.
Pues le informo que son los de Anthony, los de Ferrel y los de William. ¿Se puede tener más guardaespaldas? - me preguntó irónico.
¿Cuántos ha dicho? - pregunté sin saber por qué lo había dicho.
Como treinta o cuarenta elementos - refirió ahora si tomando asiento.
Ellos están allá afuera, yo debo cuidarla aquí adentro - respondí como haciéndole ver que necesitaba de él aquí en la periferia de mi casa.
Más cuidado, claro con lo que sucedió en San Pettersburgo es obvio que estén así, Niel Leagan atentó contra la vida de la niña de los Andley, no sé si usted supo que además de noquearla y arrancarle la ropa casi, casi la vuelve a violar. Pobre hombre ese Dimitri, mire que morir por ella, debió quererla mucho - el señor Cosomo no se dio cuenta de su indiscreción y opto por quedarse callado cuando grité como energúmeno.
¡Basta! Pensé que le había quedado claro que es mi mujer de la que habla - espeté furioso.
Lo siento, me ido de la lengua - se disculpó esperando que le diera mis condiciones.
Lo he visto, necesito que se armen con lo último en tecnología, aquí en Italia al parecer no hay problema, pero Candice no es la típica dama italiana de sociedad - le aseguré sin saber que tanto mi mente y la verdad se acercaban a ello.
Lo hemos visto, no se preocupe, haré todo lo posible porque no le suceda nada - aseguró el musculoso hombre.
Eso espero, Fred, el señor Cosomo te pedirá lo que necesite, que te informe del plan y me lo platicas más adelante - le solicité a Fred.
Si señor - aceptó Fred y se dispuso a llevar a Cosomo a su oficina y la que serian sus habitaciones, ya que de buena fuente sabia que iban a ser más de diez guardias los que la vigilarían.
Mi niño, Benedetti está con Candice... - entró Marie a la biblioteca a avisarme, sabiendo eso me despedí del señor Cosomo y me retire.
Voy nana, Fred - lo llamé para que atendiera todas las diligencias de su seguridad.
Haré todo en este momento señor, señor Cosomo ¿me sigue? - le pidió Fred, enseñándole algo más que la oficina, pero por supuesto eso solo lo sabía.
¡Hola, Benedetti! - saludé a Mickael medio contento y sí, bastante preocupado.
¡Hola! Perdona la hora, pero tenía que venir a verla - me dijo Benedetti.
No, está bien, pasa - le di acceso al médico.
¿Cómo ha estado? - me preguntó al observarme unas discretas ojeras aunque a ciencia cierta pensaba que me preguntaba por ella.
Duerme mucho ¿es normal? - le pregunté sin tomar en cuenta.
Sí, de hecho es por los calmantes, ¿algo más? - me preguntó.
¡Se ha reído mucho! - expresé más para mí mismo. En sueños... - recalqué.
Eso Terry... lo siento, es que sueña que se ríe, es extraño, ¿no te lo parece? - volteo hacia mí, sabiendo que así era.
Es eso, pero ¿qué dice? Creo que lo dice en español - le digo entregándole mi celular con la grabadora abierta.
Espera déjame ver, si parece que Mo ha venido a verla otra vez - refiere Benedetti sonriendo.
¿Qué quieres decir con eso? - pregunté sin entenderlo.
En México, se cree que si una persona o una mascota entrañable fallece, su espíritu se despide de sus familiares o dueños en sus sueños, lo malo es que parece que también cuando está enferma ella la visita. De los familiares es diferente, cuando alguien está por fallecer la visita en sus sueños semanas antes - me explica Benedetti.
¿Es en serio eso? - quise saber, ya que se me hacía imposible.
¡Oh sí! En ocasiones y no te sorprenda, que Candice te diga que huele como a Mo, es normal para ella, así que no te espantes, su espíritu está con ella - recapitula como si se tratase de cualquier cosa.
¿Tengo que tener miedo? - pregunté dudoso.
No, es sólo un espíritu Terry, pero… - se interrumpió al verme el rostro contrito.
Pero ¿qué? - pregunté alegre.
Tenemos que hablar cuando tenga una pesadilla, espero que no se presenten cuando esté a tu cuidado - refiere Benedetti rascándose la sien.
¡Quieres decir que tiene pesadillas! - exclame más que preguntar.
A veces, cuando los recuerdos son demasiados, bueno parece que está tranquila, me retiro - me informó Benedetti
Por supuesto, eres su médico - solté irónicamente.
Gracias, pasa buena tarde - me deseo y subiéndose a su auto se fue.
Gracias a ti... por todo - respondí sinceramente, pero muy dentro de mi sabia que esa actitud cortante se debía a nuestro último desacuerdo.
Volví a la habitación de Candice, pero no la encontré ahí. Entonces dirigí mi vista al pasillo y ella venía caminando despacio, al parecer había ido al sanitario.
¡Hola! - me saludó con la mano levantada mientras dejaba la muleta recargada sobre su cuerpo.
¿Tienes hambre? - cuestioné preocupado.
Demasiada, parece que he dormido todo el día. ¿Queda lejos el comedor? - quiso saber.
¿Si quieres te lo traigo aquí? - me ofrecí cuando en mi vida lo había hecho y menos con ninguna mujer que no fuese mi madre.
Pero no quiero molestarte, puedo caminar... - pareció hacer una broma, pero sin mucho éxito ya que se tambaleó.
No es molestia, anda acuéstate que iré por tu comida - la animé sin agarrarla del brazo, quería que pareciera que ella podía ser tan independiente como quisiera.
¿Seguro? - me preguntó con la guardia baja.
Por supuesto - sonreí.
Gracias - asintiendo se fue brincando en un solo pie.
Pensaba sacar su comida, pero al parecer Marie la había dejado tapada con un lienzo, la tomé y llevé al horno, para después llevar la bandeja a la habitación de Candice. Cuando llegue ella se encontraba al parecer medio acuclillada en el piso y digo medio porque una pierna si la tenía así y la otra extendida, se veía tan adolorida pero al mismo tiempo tan flexible.
¡No hagas eso! - la reprendí, al ver que le costaba trabajo levantarse, así que optó por echarse hacia atrás, juntar las piernas y rodarse para tomarse de la colcha y levantaste.
¿Por qué? - preguntó ella sorprendida por lo trabajoso de su levantamiento.
¡La mucama lo hará! - le aclaré tomándola de la cintura para ayudarle a subir a la cama.
No se me caerán las manos, además es mejor así, la dejo como a mí me gusta - rebatió medio enojada.
Anda, a comer - la animé, no quería discutir.
Gracias, ¡qué rico! Te puedo decir una cosa y no te enojas - me miró de soslayo, sin apartar la mirada de su plato.
Depende de lo que me digas - argumenté sin más.
Eres muy mandón, ¿es característica familiar? - me soltó de buenas a primeras, tomándomelo como si me hubiese criticado el corte de cabello o que me hacia manicure y me ponían cremas en el rostro cada semana.
Supongo que así es, soy italiano - respondí orgulloso de mi estirpe.
En México existen los matriarcados... - recalcó mientras olía la sopa, oler la sopa, pues ni que le hubiera echado veneno.
Mi mamá manda a toda la familia, yo lo hago en mi casa - respondí tajante, dándole a entender que no había nada en esa sopa.
¡Y conmigo! Creo que habla mal de ti, ya que no me conoces, que intentes gobernarme... - rebatió la idea de su independencia dado su apego a las muletas, a los cabestrillos y por supuesto al cuidado de alguien más.
¿En serio hago todo eso? - pregunté con ironía, ella no estaba alli porque no le quedaba de otra, si no porque a mí me convenía.
Sí, pero eres italiano, en mi familia no hubieses sobrevivido... - me soltó burlonamente.
Y eso, ¿por qué? - la verdad quería saberlo, los mexicanos eran machistas al igual que los italianos.
Porque los hombres de mi familia, sólo gobiernan en sus vidas, pero cuando se casan…pierden la voluntad - me aseguró fielmente.
Jajajaja perdona, es una falta de respeto. Aquí no es así - respondí altivo y claro que no o era, pero eso, se lo dejaría ver con el tiempo.
Y no esperes a que me quede callada cuando nunca lo he hecho y menos que a todo te diga que sí, siempre te daré mi parecer, lo siento soy latina - se justificó animadamente.
Me lo imagino - conque esas teníamos, siempre se hacia lo que yo decía y cuando se decía, porque era mi casa, mi dinero y mis gustos, ella...ella aprendería que no debería desafiarme.
¡Qué rico está esto! ¡Marie ama a tu familia! - exclamó sacándome de mis pensamientos y cuando probo el primer bocado no para hasta que tomo el último.
¿Por qué lo dices? - quise saber que era lo que pasaba por su cabeza.
Cocina delicioso - respondió y alabó, solo mirando al plato.
Se lo diré, estará encantada con esa idea - responde efusivo, Marie estaría colgada de las ramas del cerezo que se encontraba en Lacio.
Me lo imagino. Sabes ¿en dónde quedó mi celular? - cuando tomó de un trago su vaso con agua.
Supongo que en la bolsa que Benedetti me dio, espera iré por ella - la dejé ahí mientras me conducía al vestidor y sacaba la bolsa que me dio Benedetti.
Por supuesto, no creo que pueda caminar tan rápido - contestó irónica.
No sabía qué pensar, pero ella le parecía todo un reto para su humor dominante y estaba más que claro que cuando se debía hacer una cosa, así era y no había tiempo para remordimientos; ella se había atrevido a aclararme que no era igual y eso me sorprendió un tanto, aunque también me había indignado, nadie en mi familia había tomado ese papel de confrontación conmigo y eso me disgustaba.
Tomé la bolsa que Benedetti me dio y se la llevé, era increíble, aún no había comido mucho, se preguntó cómo era eso posible.
¿Aún no acabas? - le pregunté cuando regrese.
Desgraciadamente para ti, le hago el amor a la comida - me soltó sin cuidado.
… - pensativo sin saber que decir.
No me mires así, me gusta disfrutarla, conocer cada sabor y el conjunto de sabores que integran el platillo. Deberías disfrutar a Marie, le ha quedado estupendo - volvió a recalcar.
Lo recordaré. Aquí está tu bolso - extendí la mano con el bolso y ella lo tomó.
Veamos, cielos ya no tiene pila, todo está en mi casa - se sonrío asi misma, pensando que eso no podría ser posible.
Si quieres verlo, ten el mío. Sólo le tienes que cambiar el chip - le informe, en realidad el mío era todo un avance de la tecnología, pero sí, si me refería a eso.
¡Quítaselo tú! No me gusta entrometerme en tus cosas - afirmó mas para sí.
Toma – le quité el chip y se lo di rodando los ojos desde un principio.
Gracias - lo tomó ella cuando tenía su chip en la mano, colocándoselo cuidadosamente. ¡Tantos! Me lo imaginaba. Son demasiados, necesito mi computadora - ella comenzó a salir de la cama y yo sin entender a que se refería.
¿Sucede algo? - le pregunté sin entender.
Tengo miles de cosas qué hacer, ¿puedes creerlo? ¡Cinco mil correos en una semana! - exclamó aún sin poder creerlo.
¿Quién ha dicho que tienes que trabajar? - le pregunté tratando de calmarla.
Debo trabajar, eso no desaparecerá por arte de magia – espetó furiosa y ridículamente ofensiva.
No te preocupes de eso, seguramente mañana ya no tendrás nada, me disculpas creo que ha sonado el teléfono - le dije sin saber que más hacer, pero eso sí, Robert iba a tener que solucionarlo.
Esperaba realmente que no hubiese prestado atención al inexistente ruido como el repicar del teléfono, me dirigí a la biblioteca y hablé con Robert.
¡Robert! - le llmé enojado.
Terry, ¿pasó algo? - me preguntó con tan solo escuchar su nombre, por supuesto qie pasaba algo.
Sí, ¿cómo demonios esperas que Candice se restablezca? Si nadie se ocupa de su trabajo - le reclamé.
¿Cómo dices? - preguntó sin entender a que me refería.
Accedió a su correo empresarial y tiene cinco mil correos de sus clientes, sé que para eso la contrataste, pero sabías que es obsesiva del trabajo - exclamé sin darle tiempo a nada.
Lo sé, ¿cómo accedió a su red? - preguntó Robert entusiasmado con la idea.
Tontamente me pidió su celular y se ha convertido en una obsesa del trabajo, me ha pedido su laptop - referí alterado.
¿Quieres que vaya? - me preguntó rápidamente.
Pues tienes que hacer algo, no sé nada de administración y no puedo cubrir su necesidad obsesiva por el trabajo ¿o sí? - le cuestione irónico.
¡No te enfades! - me advirtió él.
¡Tienes que hacer algo! - le pedí, no, más bien le exigí.
Está bien, está bien. Llego en una hora - me dijo y colgó.
Eso espero - decidí quedarme en la biblioteca, pero a los pocos minutos solo me paseaba por su habitación dándome cuenta de que ella seguía metida en la red por mi celular.
Pasada la hora, Robert había hecho un par de llamadas, le ordenó al administrador de su red que eliminara todos los correos de la bandeja de entrada del correo personal de Candice y que cuando ella regresara debería encontrar menos, alguien tenía que cubrirla en su trabajo para que no se acumulara. Cuando Robert llegó, tomó aire y tocó el timbre. Se encontró ante la mirada más furibunda que poseía.
Terry, ¿dónde está? - me preguntó sin verme.
Cerca de la cocina, la instalamos en un lugar en la planta baja - le indiqué rápidamente.
¿Me permites? - pidió Robert, adelantándose.
Sí, estaré por aquí - respondí exasperado.
¡Hola! - saludó Robert a Candice.
Robert, ¿qué haces aquí tan tarde? - le preguntó cuando ella se sorprendió de verlo ahí.
Vine a visitarte. Hemos estado ocupados con tu sustituta, es buena, pero necesita entrenamiento, saldremos adelante - resolvió contarle un viejo cuento, asustándola.
¿Qué has dicho? - quiso saber ella escéptica.
La hemos contratado recién, hoy para ser exactos, pero será eventual - de alguna manera la tranquilizó.
Puedo hacerme cargo de lo administrativo - resolvió ella.
No creo que eso sea buena idea, necesitas recuperarte, después ella te pondrá al tanto y quizás puedas tener una asistente - Robert tuvo que sonar aceptable.
No me dejarás sin trabajo ¿verdad? - quiso saber ella.
Por supuesto que no, así que nada de trabajo, ¿entendido? - le cuestionó su jefe.
¿Por qué haces esto? ¿Ha sido Terry quien te lo ha pedido? - quería indagar si ese cambio tan repentino provenía por una sugerencia mía.
No, fue Benedetti, me ha atosigado con lo mismo toda la semana, tengo que irme - se despidió él con un beso en la mejilla.
Gracias por la visita, buenas noches y saludos a la familia - deseo ella, soltando el celular en la cama y recostándose sobre las almohadas.
Gracias, se los daré. Buenas noches. Dime, ¿qué te pasa Terry? - quiso saber cuándo se lo encontró en la sala.
¿Con qué? - pregunté al no entender.
¡Te has enamorado, Terry! - lo abrazó por ese descubrimiento. Ya era hora, sé que muchos te lo hemos advertido y lo entiendo, pero ella es...¡estupenda! - volvió a felicitarlo por la elección.
¡No! - renegué de ese sentimiento, pero sabía que no lo decía de verdad y él lo sabía.
Y te creo, ten cuidado - se despidió dándome unas palmadas en el hombro.
¿Por qué lo dices? - quise preguntar, pero en realidad debí haberme quedado callado.
No es italiana, piensa por sí misma, es inteligente, es latina y es... mujer - le enumeró los pros.
¿Qué quieres decir con eso? - insistí en que me explicara de ser necesario hasta con manzanas, porque en realidad no le entendía.
Nosotros decimos quiero que la rana brinque y la rana brincará, pero si tú dices quiero que la rana brinque, ella te dirá: ¿qué tan alto? Como he dicho ten cuidado - le deseó comenzando a caminar.
¡Qué clase de consejo es ese! - espeté sin creerlo.
Uno que te servirá para que cuando te conteste algo que te fastidie, no tengas ganas de estrangularla, a Kolios le pasaba... - le explicó afirmando que su suegro supo cómo entenderla, al menos en el trabajo.
¡Tan terrible! - me agarré los cabellos halándomelos.
Sí, prométeme que no me dejarás sin empleada - me pidió en broma.
¿No estás hablando en serio? - le pregunté.
Es en serio, ¿quién más sabe de esto? - me cuestionó riéndose en mi cara.
Mi madre, Marie…tú, Benedetti, Rocco, Anthony, Kolios, William... creo que ya son muchos - me burlé.
Terry, debes meditarlo demasiado bien - me recomendó.
He tratado, pero algo me atrae a ella - referí al verme pensando en que si, en realidad, si me había enamorado.
No es de tu tipo - me dijo.
Lo sé, pero las de mi tipo se sienten vacías - respondí con la verdad.
Bueno seguiremos hablando después, tengo que irme, medítalo y si no te convences, adelante - me dio el visto bueno, claro como si necesitara uno.
Gracias. ¿Acabaste? - pregunte mientras entraba a su habitación.
Sí, gracias. Ahora a esperar que me dé sueño que lo dudo que sea pronto. Puedes irte a acostar - me pidió teniendo en cuenta que primero debía de dejar de pensar en trabajo.
¿Segura? - cuestioné.
Por supuesto, ten, gracias - me devolvió el celular ya armado.
De nada - respondí y comencé a caminar con destino a mi cama.
Continuará...
