Capítulo XV
Café Donatto
No había encontrado nada, fue una noche perdida, la cena fue toda una novedad para mí, mis dudas seguían siendo eso, el haber admitido que la amaba por primera vez no fue con desanimo, nunca me había interesado una persona como lo había hecho ella, es más, nunca había estado enamorado ni en mi loca juventud. Las semanas pasaron y no supe nada de ella, era primavera, mi oficina daba una excelente vista a la Plaza Navona, personas iban y venían sin césar, en el horizonte un viejo sol estaba por ocultarse, había decidido salir a caminar un rato por ahí, sin la compañía de Fred. Bajé rápidamente hacia la salida del edificio que ocupaba el Emporio Grandchester, tomando el ascensor y cuando se abrió, me encontré con Lucca, que me saludó extrañado con un asentamiento de cabeza por la visible ausencia del portafolio, el saco de mi traje y la evidente evasión que le hice a Fred. Sin pensarlo dos veces caminé por la calle hacia la zona de restaurantes.
Hacía unos cuantos meses, tenía la idea de que no todo en la vida eran el trabajo y las responsabilidades, ni mucho menos viéndome en la necesidad de hacer a un lado mi propia vida, la cual no había avanzado a ninguna parte en por los menos otros 15 años. Hasta que llegó el amor incomprensible por ella... un agudo dolor de cabeza la mayoría de las veces.
La familia y el Emporio Grandchester, avanzaba como estaba previsto y no dejaría de hacerlo por una tarde libre, mientras caminaba, pensaba en mi caótica historia desde que era adolescente, dado que de los cinco hijos que forman mi familia, era el único que, a mis 32 años, seguía soltero, lo cual antes no me incomodaba dado que llevaba una vida disoluta, era mujeriego y un adicto al trabajo. Mis hermanos llevaron una vida llena de opulencia y mujeres antes de que sucumbieran al matrimonio, mientras que mis preocupaciones fueron más que disfrutar de esas concesiones propias de los empresarios italianos. Por lo que creía imperdonable para una familia pasar por el trance de la ausencia parental y que con el pasar de los años, se hacía más fuerte la idea de que ya no tenía ni el tiempo ni el carácter para sobrellevar los problemas domésticos al cien por ciento.
Mis hermanos Archie, Stear, Biagio y Fedele se casaron entre los veintiocho y treinta años, con chicas de familias italianas sobresalientes tanto en educación como intelecto, todas ellas profesionistas y variaban entre administradoras y ejecutivas de finanzas en su patrimonio familiar, por lo cual ya me habían llenado la casa de sobrinos como para no desear a los míos propios. Pero algo sin duda me había marcado en los últimos años, en primera porque me disgustaba de sobremanera la superficialidad de mis amistades y en segunda quería probar otros aires. Hacia tan solo unos años que comencé a viajar más de lo que lo haría en toda mi vida, conocí gran parte de Europa, algunos países latinoamericanos con las mujeres más bellas que mis ojos jamás vieron, pero sólo eran eso, belleza y encanto superficial. Regresé a Italia con otro conocimiento, las mujeres vanas había millones, pero de todas ellas, ninguna era para mí.
Por otro lado, estaba Susana Marlowe, mi amante en turno, llevábamos tres años juntos, solíamos ante todos ser una interrogante de que si éramos la pareja ideal o sólo un affair, nuestra compatibilidad sólo era física y sexual, al pasar de los años, sobretodo del primero, me acostumbré a llevar la relación por si no había nadie más por el momento. A Susana le hacía su día de compras, en restaurantes lujosos y todo lo que el dinero pudiera comprar; mientras por mi parte, cada día anhelaba una vida tranquila, una esposa que fuera espontánea y que no tuviera que ordenarle como era típico de las familias italianas y sobre todo niños que corrieran por doquier en mi mansión sin ser mis sobrinos los que hicieran eso. Lo cual suele ser contradictorio a lo que fue mi crianza, ya que desde niño había sido acostumbrado a que todo lo que ordenaba, se debía cumplir al pie de la letra, soy arrogante y soberbio, frío en los negocios y tierno en la familia, finalmente soy italiano y de alguna otra manera, así me criaron.
Marie Abadelli, mi nana, se quedó a mi lado al momento de independizarme del hogar maternal, ella es mi ama de llaves en la Mansión Grandchester y, Fred Toscani, ha sido mi fiel e inseparable chofer e investigador de casos menores y empresas de negocio. Mi grupo de amigos se cuentan como las gotas que en realidad resbalan por mi ventana, ya que resultan ser pocos y muy entrañables, todos somos una sociedad de negociadores que estudiamos demasiado y trabajamos mucho más, desde muy temprana edad.
El Emporio Grandchester es ahora, un vasto consorcio que se encarga de comprar, fusionar o adquirir empresas pequeñas para venderlas con mejores dividendos. Por lo que en mi futuro me vislumbro como un típico magnate italiano, atractivo, joven, con grandes expectativas para las mujeres, traducido hoy en día como: dinero y poder.
Volviendo de mis recuerdos, me percaté de la hora, tenía una junta importante en diez minutos a lo mucho, pero sentí la necesidad de salir de allí, quería dejar de pensar en negocios, transacciones, finanzas y administración errónea; despejar la mente, quizás tomaría algo y observaría el panorama un poco, en realidad consideraba que cualquier lugar sería bueno para mí en éstos momentos, debido a que mi familia últimamente interrumpía mi tranquilidad y los negocios antes divertidos ahora eran un total aburrimiento y por supuesto estaba ella, que sin quererlo admitir me tenia abandonado por varias semanas sin saber de ella. Por unas horas, quería pensar en otra cosa que no fueran obligaciones con todo el mundo, sólo quería tener tiempo para conmigo mismo.
El aroma del café llenó mis sentidos inmediatamente, sintiendo la brisa veraniega en el rostro y tentándome a introducirme a algunos de los pubs, los miré detenidamente, analizándolos, pero por alguna razón que desconozco, no se me antojaba beber a las cinco de la tarde; así que continué mi camino, descubrí al poco tiempo que había una calle conectada a una pequeña glorieta que hacía a su vez, un paso para las bicicletas de los proveedores de esa zona restaurantera, anduve el camino y sin saber por qué, me encontré con un pequeño café al frente de una antigua casa estilo georgiano, rodeado de mesas con sillones al aire libre, cuando lo común era encontrar sillas de forja en color negro; se veía acogedor así que decidí entrar. Me senté del lado derecho de una diminuta puerta blanca tipo parcela que hacia parte de la decoración exterior y que dividía a los clientes del continuo pasar de los proveedores. Era ideal ese momento para disfrutar del paisaje, descubriendo que en realidad sí lo era; la vista parecía fenomenal desde ese rincón, se inspiraba una extraña tranquilidad que no existía en mi vida actual.
Admirando el paisaje, noté del otro lado de las mesas, una belleza arquitectónica italiana indescriptible; Italia era conocida como la cuna renacentista, los edificios que saltaban a mi vista eran blancos, decorados con marquesina en color verde, los árboles estaban colocados estratégicamente para crear una ilusión óptica de caminar entre continuas sombras, al fondo un gran parque con sillas de piedra. Observé el otro lado, se encontraba desértico, quizás las personas llegaban más tarde y era por eso que no se encontraba nadie ahí. Después lo único que pudieron captar mis ojos fue un cuerpo agazapado en uno de los sillones, del otro lado, al parecer un chico se encontraba abstraído en la lectura, sonriendo y aparentemente divertido. Si quería encontrar algo que pudiera apreciar de verdad, tendría que observar como el chico trataba de levantarse minutos después sin éxito alguno, quedando medio cuerpo doblado y tratando de levantarse por completo. Soltó un suspiro pidiendo ayuda al mesero que al parecer era de su absoluta confianza.
¡Sanzio, Sanzio ayúdame! – el chico pidió ayuda a un mesero, llamándolo por su nombre y alargando el único brazo que le quedaba libre.
¿Qué pasa? ¿La ayudo? – cuestionó Sanzio observándola cómo intentaba levantarse.
¡Ay Sanzio, creo que necesitarás ayuda! ¡Se me han dormido hasta las piernas, creo que deberías ayudarme con ellas primero! – sugirió el chico, sonriendo y suspirando al notar cómo se coloreaban sus mejillas por un intenso rubor.
El mesero se sonrió hasta la ridiculez y como pudo metió las manos debajo de los muslos de su cliente, lo cual hizo que mi mente trabajara a mil por hora, causándome asco y repulsión, no podía observar un minuto más esa pobre fotografía, así que decidí ponerme de pie, pero cuando lo hice, Sanzio pudo por fin sacar las piernas del chico y el que había pensado que era un hombre, era en realidad una mujer, la falda la tenía enroscada quién sabe en dónde y Sanzio acabó ayudándola a levantarse por completo. Haciéndome que tomase asiento nuevamente, quería saber cómo era ella, de un segundo a otro contuve el aliento, esperando que se diera la vuelta.
¿Está usted bien? – preguntó el mesero, liberando aire y conteniendo una sonrisa.
Completamente, sólo tengo dormidas las piernas, se me pasará pronto – aseguró la rubia, imitando los movimientos del calentamiento de un corredor.
Bueno, entonces regreso a mis labores – le avisó el mesero soltando una sonrisa y adentrándose al café.
Gracias Sanzio, has sido muy amable, toma para la cuenta y espero que mañana te pueda dar la propina – le agradeció Candice al mesero antes de que éste se adentrara a sus labores.
No se preocupe, la espero mañana señorita – se despidió de ella con un gesto amable.
¡Hasta luego! – ella hizo lo mismo, mandándole un pequeño beso al aire.
¡Ciao signorina! – contestó el mesero divertido.
Cuando el hombre de mediana edad le despedía, no pudo evitar observar mi presencia al darse la vuelta, así que acudió a mí, ofreciéndome la carta.
Buenas tardes, ¿le puedo ofrecer algo? – el mesero me preguntó atento.
Un café estará bien – le solicité de cortésmente.
Enseguida se lo traigo – el mesero obedeció y comenzó a caminar para adentrarse al café.
Perdone… - le interrumpí para que no se retirase aún.
Sí – contestó Sanzio y regresó ante mí.
¿Qué lengua estaban hablando? – pregunté extrañado.
Español señor…enseguida mando a un mesero con el pedido – Sanzio me aseguró, mostrando una sonrisa y retirándose de ahí.
Gracias – agradecí impresionado por aquella escueta plática, realmente estaba acostumbrado a datos precisos.
Mientras Sanzio desaparecía por entre las mesas, vi como la señorita que observaba anteriormente recuperaba su movilidad, primero extendió cada una de las piernas, se quitó la gorra que traía sobre su cabello, se lo soltó ya que lo llevaba agarrado con una pinza, el cual era increíblemente largo y recolectó todas las hojas que estaban dispersas sobre la mesa, tomó el bolígrafo que tenía entre las manos y lo colocó entre la oreja y su cabello; después se colocó una gabardina y al último tomó el iPad y el block de notas, junto a un bolso que parecía haber dejado en otro sillón, a continuación estiró los brazos y dio un gran suspiro, para salir de allí rápidamente sin darse cuenta de que se le había caído una hoja.
Su caminar era lento pero seguro, traté de enfocar la mirada en otra situación, pero no pude, no dejaba de mirarla y no sabía por qué se me hacia tan conocida, ni los pajarillos que revoloteaban en uno de los árboles fueron suficientes para distraerme, inevitablemente la vi perderse en ese callejón y parecería que le acompañaba a su lado, no tenía ningún dejo de querer provocar a nadie, sólo caminaba, sumamente pensativa y alejada quizás de una realidad poco provechosa. ¡Quién por aquí, estaría dispuesta de perderse en la ciudad a tomar café y leer por horas! Quien más si no Candice, ella amaría ese ameno pasatiempo. Mi mente no podía sospechar quizás que debería tener un trabajo o simplemente no tenerlo y ser un ave de paso en este país. Lo que más me intrigaba, era que su lengua materna era obviamente el español como ella, que era entendible con mi natal italiano.
Aquí tiene señor, ¿alguna otra cosa? – informó Emmanuel al llevarme una taza humeante de ese café, cuando en realidad no había tomado una taza de éste en toda mi vida.
Creo que a la señorita que se fue, se le ha caído algo cerca de su mesa – aseguré, dándome cuenta de que la vista de aquel chico se dirigía hacia el papel que se encontraba en el lugar que le había indicado.
Muy posible, es muy distraída. Lo recogeré en un momento, ¿desea otra cosa? – preguntó el mesero y lo único que quería era leer lo que hasta ese momento ella había escrito.
No gracias…perdone, pudiera traer esa hoja por favor, me ha causado curiosidad que es lo que la señorita escribía con tanto ahínco – le comenté siendo ahora él, el sorprendido.
Enseguida señor… - el chico solicitó mi nombre.
Grandchester, Terrence Grandchester – respondí solícitamente, dándole mi apellido.
El mesero obedeció y rápidamente trajo la tan ansiada hoja.
Tome, Sanzio debe saber más de ella, la señorita viene casi cada tarde a leer aquí – me informó el desgarbado mesero.
¿Podría llamarle? Por favor – pedí ansioso.
Le avisaré, pero puede que tarde unos minutos, está al tanto del almacén ésta tarde – me explicó el mesero que más tarde me informarían que se llamaba Emmanuel.
Tengo todo el tiempo, puedo esperar – le dije mientras tomaba mi primer sorbo de café.
Siendo así, me retiro – Emmanuel se despidió y se retiró rápidamente.
Gracias – agradecí por ese gran favor.
Atormentado por alguna extraña sensación, observé cada garabato que había en la hoja sin entender absolutamente nada, ni mi doctorado en finanzas pudo haberme preparado para lo que descubrí más abajo, con una temblorosa caligrafía se hallaba una par de palabras: escrito por: C.A. ¿Dónde es que había visto esa letra? C.A. Candice Andley, no el destino me estaba jugando una broma, tétrica y a la vez asombrosa. Me preguntaba qué significaba, seguramente Sanzio debería saber quién era ella, tomé la taza humeante y sorbí un poco más del líquido obscuro que se encontraba dentro de ésta, entendiendo que lo que más quería saber era qué significaban esos garabatos, eran planos y posibles lugares de localización, mi pregunta era lo que tenían escrito. Tan confuso me encontraba que no me di cuenta de la presencia de Sanzio.
Buenas tardes, señor Grandchester – me saludó Sanzio, algo sonriente.
Buenas tardes… Sanzio – le sonreí ante ese saludo.
Veo que ha escuchado mi nombre, ¿puedo servirle en algo? – cuestionó mientras levantaba la vista hacia el frente.
Por supuesto, puede sentarse cinco minutos – le pedí ya que me resultaba incómodo preguntarle algo así precisamente a él.
Sí claro, ¿desea saber algo señor? ¡Oh mire! ¡Ha levantado las notas de la señorita que se encontraba de aquel lado! – me comentó Sanzio entre asustado y sorprendido.
Sí, perdone, es que me causó curiosidad, la veía tan concentrada – inventé lo primero que se me vino a la mente.
Es usual, la señorita siempre es así – sin querer me informó de ello.
Sabe ¿cómo se llama? – le pregunté como si fuese alguien que ya conocía demasiado bien.
Ahora que lo dice, esa sería una buena pregunta – resolvió comentar Sanzio al observar ese pequeño descuido.
¿Habla usted español? – seguí preguntándole como si el interrogatorio no hubiese sido suficiente escueto hasta el momento.
Sí, realmente no es tan difícil. Además la señorita habla francés y ahí sí que me metió en apuros la primera vez – me informó sonriendo como si nada.
Puede decirme, ¿qué es lo que escribió aquí? ¿Qué son estos dibujos? – le cuestioné mostrándole la hoja de papel que se encontraba en mis manos.
Ah…espere parece ser que ha perdido una pieza importante y que no tardará ni cinco minutos en volver por aquí – Sanzio la tomó y mencionó algo sobre que ella volvería por ese pequeño pedazo de papel.
¿Cómo ha dicho? – quise sin duda alguna saber más de ello.
Lo que tiene en sus manos es el primer escenario de su obra, quién lo fuese a pensar no es cierto, tan grande y tan distraída – comentó Sanzio sonriéndose.
¿Es actriz… de teatro? – esa idea me hizo darme cuenta que un Grandchester no podría estar con una persona así y aunque me causase cierta repulsión deseaba que Sanzio rectificara esa idea.
No, en realidad, es escritora. Pero no es por eso que ella anda por aquí – rectificó Sanzio y sin duda no sabía a qué se refería realmente.
¡Sanzio, Sanzio… Sanzio! – se alzó la voz de ella que venía corriendo por el callejón.
¡Lo sabía! Me permite, enseguida vuelvo – dijo Sanzio tomando la hoja de papel y levantándose hasta su encuentro.
Sanzio soy una tonta, perdí una nota, no puede ser posible, es la primera y la pierdo, regresé sobre mis pasos y no la encontré de casualidad ¿no está por aquí? – cuestionó demasiado alarmada y al borde del llanto.
¡Señorita…aquí está! Debería ser más cuidadosa – Sanzio la retó y ella soltó una lágrima sin poder evitarlo.
Gracias, gracias, se lo agradezco, es un bosquejo, creo fehacientemente que soy mala para dibujar, gracias Sanzio no sabes cómo te lo agradezco – la señorita abrazó fraternalmente a Sanzio haciendo que el hombre se sonrojase.
De nada señorita, por cierto puede agradecérmelo dándome su nombre – solicitó Sanzio sonriente.
Candice Andley, mucho gusto – ella le ofreció la mano en son de saludo y le beso la mano derecha, comenzando a retirarse.
Mucho gusto, señorita Candice – Sanzio le reiteró el saludo, despidiéndose con una mano en el aire.
No podía creer lo que había visto, ella le había agradecido a Sanzio el haber localizado su nota con un beso en las manos como se hacía con los sacerdotes, ¿qué era lo que estaría pensando? No era una acción que una chica de buena familia italiana pudiese hacer. ¡No lo podía creer! Pero ¿por qué estaba diciendo eso? Nunca he pensado que las clases sociales como Susana les llama, fueran importantes, mi nana Marie es muy especial para mí y ella ha sido parte de mi familia desde que era pequeña y no pertenecía a una buena familia.
De un momento a otro se encontraba tan ansiosa y preocupada, la vi a lo lejos y parecía querer llegar a algún sitio, no sabía a dónde exactamente, me impresionó la reacción de agradecimiento de ella para con Sanzio, las chicas que me rodeaban, nunca aprobarían esa actitud, pero ella era quizás… distinta, lo había hecho sin desagrado alguno a pesar de estar muy mortificada. Terminé mi café y pagué la cuenta, le agradecí a Sanzio haberme atendido y le hice una sola pregunta, que siendo sinceros no sé de dónde salió, pero quería saber sin lugar a dudas la hora a la que ella llegaba ahí…casi siempre.
Me levanté y caminé pensativo de vuelta a mi oficina, una vez ahí visualicé la limusina que se encontraba estacionada al frente de Emporio Grandchester, Fred se adelantó a abrirme la portezuela.
Señor – me saludó al mismo tiempo que cerraba ya la puerta.
Fred, a casa – le ordené a mi corpulento chofer, sentándome en el asiento.
Por supuesto, señor – respondió Fred cerrando la puerta y dando la vuelta para entrar al puesto de piloto.
Fred arrancó la limusina dirigiéndonos a la mansión, la cual estaba completamente encendida y yo profundamente abatido de tener que soportar a mis sobrinos, no es que no me gustaran los niños, pero más me disgustaba no tener los míos propios; era alucinante quizás para mis hermanos estar dentro del matrimonio, sin embargo, pensaba cuán feliz estaría dentro del mismo. Sentí como se detenía la limusina y Fred abría la portezuela.
Buenas noches, señor – me dijo Fred como cada noche al despedirse de mí.
Buenas noches Fred, hasta mañana – respondí a un muy sorprendido Fred.
H…hasta mañana, señor – Fred sólo atinó a contestar.
Le sonreí y entré rápidamente a la casa, sin duda lo dejé muy asombrado por mi despedida, nunca había pensado lo que era sentirse agradecido por lo que Fred había hecho por mí todos estos años y la verdad, se sentía demasiado bien. Me fui directo a la sala y efectivamente, mis sobrinos se encontraban jugando con un tren que recién había adquirido para ellos, traído desde Bruselas. Mis hermanos y cuñadas estaban al pendiente de los pequeños, pero platicando entre ellas de los últimos chismes de la alta sociedad italiana; mi nana Marie se encontraba atendiéndolos. La escena era encantadora como diría Fátima cuando aún era un jovenzuelo.
¡Buenas noches familia! – saludé a mis impresionados hermanos, cuñadas y sobrinos, su reacción fue un grito unificado.
¡Tío…! - gritaron los chiquillos distrayéndose del correr del tren que tenían ante sus ojos.
Terry, ¿qué haces aquí tan temprano? – preguntaron mis hermanos.
Ah claro, a mí también me agrada verlos. Me escapé de la última junta – alcé el hombro derecho como si nada más pasara.
¡Qué bueno, tío! ¿Juegas con nosotros? – preguntó Andreas inquieto por regresar al juego con el tren.
¡Hola Terry! ¿Cómo es eso de que te escapaste de la última junta? ¡Era importante! ¿Lo sabías? – cuestionó Archie.
Estaba aburrido, por un día no pasa nada. Ahora si me permiten tengo algo que hacer en la biblioteca, están en su casa. Marie ¿puedes venir un momento por favor? – llamé a mi nana y los dejé en la sala sin nada más que decir.
Sí, niño Terry – Marie me siguió hasta la biblioteca.
Cuando llegué a la puerta de la biblioteca, esperé unos segundos hasta que Marie estuviese a mi lado, le sonreí, abrí la puerta para que entrase primero, la seguí y la cerré con seguro.
Marie ¿por qué están ellos aquí? – le pregunté dejándome caer sobre un sillón.
Los niños se enteraron de alguna forma del tren que adquirió en Bruselas y entraron en estampida para conocerlo – explicó mi nana un tanto divertida.
Ya veo y… ¿mis hermanos y cuñadas? - cuestioné interpretando su risa controversial. No, ¿me quieres mucho Marie? – la miré con tristeza.
Sí – me sonrió en un instante que me pareció una eternidad. ¿Aún no la encuentras? - me cuestionó como si supiera de dónde había salido esa oración. Extrañaba tanto a Candice.
¿Qué tanto? – pregunté como un niño pequeño.
Demasiado… - Marie me tocó el brazo y recogió un mechón de cabello que tenía sobre el rostro.
¡Acércate…! ¿Puedes abrazarme? – pedí ansiosamente.
Niño Terry, ¿qué pasa? ¿Sucede algo? – me preguntó ansiosa por saber lo que me ocurría.
No Marie o quizás sí, en realidad es confuso – di un suspiro y me levanté de la silla, dando la vuelta y volviéndome a sentar.
¿Por qué mi niño? ¿Es algo por lo que deba preocuparme? – sonrió y al mismo tiempo me abrazó con ternura.
No, sólo quería que me dieras un abrazo, sabes nunca te he agradecido por tus cuidados – referí aparentando una sonrisa.
Lo hice con mucho gusto, lástima que aún vive su madre y ella me ganó en cuidados – respondió Marie entre broma y seriedad.
¿Me das tu mano? – le solté una petición.
¡Claro! – Marie se acercó a mí, dándome su ya trabajada mano.
Te agradezco tanto que me cuidaras, estoy como estoy, sólo por ti, no sabré como pagártelo – acerqué su mano a mi rostro, acunándome la mejilla.
Niño, ¿pasa algo? Esto me está preocupando – me preguntó sin más.
No, sólo es un acto de devoción que espero que oculte mi estado de ánimo – sonreí y al mismo tiempo le di a entender que no quería ver a nadie.
¿Dormirá temprano? – cuestionó abiertamente, situación que solo ella se atrevería a preguntarme directamente.
Sí, muchas gracias – sonreí más para mí mismo, mientras salía de la biblioteca recostándome suavemente sobre el sillón reclinable.
Me sorprendí al percatarme de que hablaba dentro de mis recuerdos en pasado, sólo sabía que ya no sentía pasión y lujuria por Susana aunque también me preguntaba si alguna vez había sentido amor, tanto que hasta la cena se me hacía aburrida, lo que menos quería era tener que fingir que la visita de mis hermanos, cuñadas e hijos me encantaba cuando no era así. Mi mente se inundaba de extraños recuerdos de la posibilidad que tuve hacia tan solo unos momentos, la chica del café era nada más y nada menos que ella, era Candice, no podía creerlo, el destino insistía en juntarnos, sería acaso que ella no se daba cuenta.
Me había dejado atónito, no se comparaba con Susana ni un céntimo, mi novia era bella, alta, delgada, con deliciosas curvas y rubia. Pero Sanzio le había comentado minutos después de pagar la cuenta que a ella no le importaba ser precisamente una modelo, algo que la caracterizaba eran sus ojos y su sonrisa; al menos eso era en parte cierto, la vez que la vi por primera vez iba con un lindo vestido de lazos para después encontrármela con ropa de hombre, eran cambios muy de 360° y siempre había sido así según lo contado por el propio Anthony a mi madre, así que por qué me quebraba la cabeza, en eso quizás nunca la comprendería hasta el paso de muchos años. Eso sí, siempre tenía una sonrisa radiante para todos.
Extrañamente cuando salí de la biblioteca, era ya medianoche, me dirigí a mi habitación, me desnudé y metí entre las cobijas, quedándome profundamente dormido. Desperté muy temprano como era mi costumbre, me duché y terminé con mi arreglo media hora antes de lo normal, bajé a la estancia y observé que el bolso de mi madre se encontraba en el mueble del recibidor, sin lugar a dudas, iba a recibir una reprimenda por lo de anoche.
¡Terry! – me saludó mi madre, efusivamente.
¡Eleonor! ¡Buen día! ¡Qué honorable visita! – respondí con gozo.
Estoy preocupada, ¿qué te pasó ayer? – cuestionó mi rubia madre.
¡Ah, es eso! ¿Por qué la pregunta? – pregunté sin más.
No cenaste con nosotros – trató de explicar mi madre.
Estaba cansado... además creo que encontré el refugio de Candice – le informé a una expectante Eleonor.
¿Qué has dicho? – preguntó de pronto ella.
Si, así es, la encontré cerca de la oficina – sonreí ante esa información. Madre, es hora de que me vaya al trabajo, tengo un día muy ocupado – me levanté del comedor, le di un beso en la sien y me fui de allí.
¿No desayunarás? – cuestionó mi madre, notablemente preocupada.
No tengo mucho apetito y no le digas nada a Marie, por favor – un favor es lo que más necesitaba en esos momentos.
Ten cuidado, por mí no sabrá nada – mi madre sonrió apaciblemente.
¡Adiós mamá, te cuidas! – me despedí finalmente de ella con una mano levantada en el aire.
Igualmente Terry…si no te conociera te diría que fue mera casualidad el que la hayas encontrado, esto será... diferente – susurró Eleonor sonriendo como no lo había hecho hacía mucho tiempo.
Diferente ¿de quién Eleonor? – preguntó Marie a su patrona.
De todas las mujeres que han desfilado por esta casa – Eleonor tomó de los hombros a Marie y la invitó a caminar con ella.
¿En serio? – Marie quiso saber.
Puedo apostarlo, Marie vayamos a desayunar – Eleonor la invitó a sentarse en la encimera de la cocina.
Pero me cuentas ¿qué has descubierto? – solicitó Marie al no enterarse de
Aún no querida Marie, aún no – resolvió decir Eleonor haciendo que Fátima se sintiera derrotada antes de sentir que en realidad lo estaba.
¡Aguafiestas! – espetó Marie al observar que no iba a obtener más información de su patrona.
Salí de casa sorprendido por lo que le había dicho a mi madre, en realidad era para mí algo sorpresivo que Candice estuviera tan cerca de mí todo el tiempo, qué era lo que me estaba pasando; me subí al auto abriendo y cerrando la portezuela de la limusina, acción que le resultó extraña a Fred, quién confundido dudó en si ir a la puerta o regresar al asiento del piloto.
¡Buenos días, Fred! – saludé efusivamente.
¡Buenos días, señor! – Fred me devolvió el saludo.
¡Llámame Terry, Fred! – le solicité amablemente.
No puedo hacerlo, señor – Fred intentó poner algún pretexto.
¡Te acostumbrarás! A la oficina Fred, por favor – solicité y después de dejar de oprimir el botón de micrófono comencé a tararear una tonada inventada.
¡Sí…! Terry... – Fred atinó a responder muy escuetamente.
¡Sé que lo harás! – me sonreí ante mi travesura y observé a la calle.
La mirada inescrutable de Fred me dijo de alguna forma que observaba no entendía lo que pasaba y no es que pasara algo, sólo pensé mucho en lo que Candice hizo con Sanzio y quise averiguar que se sentía y para mi sorpresa, era muy agradable. Al llegar a Emporio Grandchester, toda cantidad de servilismo se topaba con mi buen humor, tanto que comencé por algo extraño, nunca había desayunado en mi oficina, pero dado que cuando me levanté era muy temprano, no lo hice, así que llamé a mi secretaria.
Nympha ¿podrías venir un momento? – le solicité a mi secretaria por el intercomunicador.
Sí señor, enseguida. ¿Se le ofrece algo? – preguntó Nympha extrañada.
Sí Nympha, quiero que me traigas el desayuno: un omelet de verduras, jugo, mantequilla, tostadas, miel, té y algo de fruta; pero que sea para dos – solicité rápidamente.
¿Espera a alguien? – me cuestionó ansiosa.
No, sólo esperaba que quisieras desayunar conmigo, ¡detesto desayunar siempre solo! – me quejé amargamente.
Gracias señor, pero… ¿qué dirían sus hermanos? – Nympha cuestionó alguna ridiculez.
¿Tendrían que decir algo? – cuestioné tajante, haciendo que Nympha se sonrojase.
Pues no lo sé señor, ¡dígamelo usted! – mi pobre secretaria tenía el rostro de haber sido ejecutada anteriormente.
No seas tontita Nympha, sólo hablaremos como buenos amigos, anda ve por los desayunos - le solicité al mismo tiempo que ella se sonrojaba aún más por el apelativo que había usado.
Si señor – aceptó y se encaminó a lo que le encargué Nympha.
Pasa Nympha – sonreí hasta que me puse a pensar en realidad lo que ella estaría pensando.
No podía creerme que mi secretaria haya aceptado muy espantada mi ofrecimiento de compartir mi desayuno con ella, me acerqué a la puerta y la abrí rápidamente, ya que se oían murmullos en toda el área y Nympha aún no salía de su asombro, quería saber ¿qué dirían los demás acerca de eso? Sin importarme demasiado les sonreí a todos y cerré nuevamente la puerta. Antes era un jefe que entendía muchas cosas de sus empleados y Nympha a pesar de sus problemas nunca había faltado al suyo, era puntual y servicial, ¿por qué no ofrecerle un delicioso desayuno hablando de temas triviales? Eso la haría relajarse y a mí también.
De pronto oí un toque en la puerta, entró mi hermano Archie, furioso.
¿Qué te pasa? Toda la oficina se ha dado cuenta de los filtreos con Nympha, es que acaso ¿te gusta? – cuestionó irónico Archie.
¡Buenos días, Archie! – lo saludé cortésmente.
¡Te estoy preguntando! – exclamó casi en un grito ahogado y furioso.
Te recuerdo que Nympha tiene dos años de casada y cuatro de trabajar para mí, últimamente ha estado preocupada por la salud de su madre y creo que un descanso no le caería mal, sólo es eso – aclaré para evitar futuros cotilleos.
¿Has terminado con Candice? – Archie tuvo a mal preguntarme.
¡No voy hablar contigo de eso! – respondí alzando un poco la voz.
Somos hermanos, Susana me llamó diciendo que ayer Marie le dijo que estabas indispuesto, ¿qué significa eso? – volvió al ataque, pero de mí nada saldría.
¡He dicho que no hablaré contigo de eso! – respondí nuevamente en un tono más alto que mi anterior cuestionamiento.
Es por mi madre, ¿verdad? – Archie quiso insistir nuevamente.
No sé de lo que me hablas, quiero degustar mi desayuno y te prohíbo andar divulgando cosas que no sabes, ¡buenos días…, Archie! – lo despedí de mi presencia, estaba harto de que todos me dijeran lo que tenía qué hacer.
¡Increíble…! ¡Nunca me habías tratado así! ¿Qué te pasó ayer? Mi madre se rehúsa a contestar el teléfono, Susana se suelta llorando y me echas de tu oficina; ¡increíble! – espetó Archie furioso… ¿conmigo?
He dicho buenos días. Pasa Nympha, siéntate. Dime que lo que me vas a contar me puede alegrar el día – saludé a Nympha observando como mi hermano salía abruptamente de mi oficina.
Sí señor, su desayuno ya mismo lo traen – me informó plácidamente.
Gracias, Nympha – agradecí el momento en que hube contratado a mi secretaria.
Ese fue el desayuno más alegre de toda mi vida, me enteré por Nympha que su marido había conseguido un par de entrevistas en una editorial hacia una semana y que lo habían hecho editor; su madre por el contrario estaba sumamente enferma y casi no podía verla; su rostro ya no era el mismo, debido a que entre el hospital y su trabajo estaba sumamente cansada. Le sugerí que buscara una auxiliar para que su trabajo disminuyera considerablemente y pudiese salir temprano todos los días. Mi profesor de español me daría clases todos los días en la hora del almuerzo y decidí que de ahora en adelante saldría a las 5:30 de la oficina para verla, sólo a ella.
Continuará...
