Capítulo XXIV

¡No sé qué hacer con esto! - exclamó Candice confundida, soltándose de su agarre y caminando hacia otro lado.

¿Creo que te ha gustado? - comenta Terry sonriendo de su travesura.

Sí… mucho, deberíamos de comer no te parece - ella decidió dejarlo de lado y comenzó a alejarse.

Pues si me sigues abrazando, no querré comer - reclamó Terry y al mismo tiempo burlándose..

Tengo hambre – me soltó, me encantaba cuando cambiaba de tema.

Vamos a comer entonces - le di el pase, sintiendo que por fin había dado un paso exitoso.

Niño Terry, la comida está lista - afortunadamente Marie llegó a avisar que la comida ya estaba lista.

En un momento vamos, ¿lista? - le pregunté observándola detenidamente y besándola sin poder contenerme.

Sí, vamos. Terry... - atinó a decir y protestar.

Voy, voy, ya mira no te estoy besando - la solté y alcé las manos en son de que la dejaba libre.

Cuando Terry y Candice llegaron al comedor, Eleonor le ofreció el asiento.

Candice, querida, siéntate aquí - ofreció la madre de Terry, indicándole el lugar que debería de tomar.

Gracias Eleonor, ¿cómo ha estado? - le preguntó atinadamente.

Bien, pero desde que te fuiste me he sentido un poco solitaria - confesó la rubia mayor.

Lo siento tanto Eleonor, es que mis deberes me llaman - respondió ella, siendo en parte la verdad.

Me esperan y les sirvo - informó Marie, retirándose a la cocina.

Sí, nana aquí te esperaremos - asentí disculpándolo.

Después de la comida, todos se levantaron y la dirigí hacia el bar, donde se sentó en uno de los bancos y yo hice lo mismo.

¡Mm que rico! ¡Creo que aquí engordaré…! - admitió ella, sacándome una gran sonrisa.

¿En qué piensas? - pregunté curioso.

¿Te gusto así…? - ella contraatacó.

Por supuesto que me gustas así... - respondo juntando nuestros bancos, quedando justo al lado.

¡Me encantas…! Quiero decir, siempre he tenido debilidad por los cuerpos bien formados, ¿extraño no? - tanto la aseveración como la pregunta me habían tomado desprevenido.

Me lo imagino..., quizás para ti - respondí porque al final lo había aceptado pero con cierto enfado.

¡Creo que te has enfadado! - exclamó ella y al mismo tiempo Marie puso frente a nosotros el postre y un café.

Comamos. En realidad eran… ¿escandalosos? - le pregunté viendo como observaba meticulosamente su postre.

¡Terry! - me llamó la atención.

Solo tengo curiosidad... - le dije.

Pues creo que no deberías hacer esas preguntas y deberías olvidar esa conversación... - me recomendó.

Lo dudo... si lo soy - admití.

Jajaja Terry, no sigas con eso - me reprendió y volvió a su postre, habían pasado algunos minutos y sonrió.

Que aunque depende... - solté de repente.

¿De qué? - preguntó ella.

De ti, sé que eres apasionada y perceptiva - le dije, sacándola de balance.

¡Oh, buena información! ¿Podríamos cambiar de tema? - solicitó ella.

Claro, acerca de los demás adjetivos, ¿aún lo crees? - pregunté recordando todo lo que me había reclamado.

Sí, las personas rara vez cambian... - respondió tomando el primer bocado.

¡Y si hacemos... una apuesta! - le propuse.

¿Apostar? ¿Qué podrías apostar que no tuvieras ya…? Bueno no yo, por supuesto - respondió.

Una cita... - pensé rápido.

¿Una cita…? - cuestionó extrañada.

Sí, si gano yo, obtendré una cita y tú eliminarás mis defectos - le propuse.

¿Estás hablando en serio? ¡No podrás! - respondió ella asombrada.

¡Oh sí, si lo haré! Piénsalo, harás todo lo posible porque elimine esa manía y me darás una cita, una por cada defecto, comencemos con los primeros y los más graves: mandamás, carácter explosivo, disciplinado y lo de sumisa... te haré cambiar de opinión - tenía que arriesgar lo que más me importaba.

Espera, no es la sumisa que piensas - rebatió.

¿Acaso hay otra? - le pregunté dado que sólo conocía una.

Sí, en México cuando hablas de sumisa no lo refieres al sexo - intentó explicarme.

¿Entonces? - cuestioné impresionado.

Bueno a eso le faltó otra palabra, sumisa y abnegada. Es una forma de decir que tu marido es tu dueño y debes seguirle hasta el fin del mundo si le apetece... - recapituló.

¿Segura? - insistí.

Por supuesto... - asintió.

Quiero que el que lo piense seas tú - me aseguró.

Aguantaré, por ti lo que sea, quiero estar contigo a pesar de ti misma - respondí acordando que ella podría hacerme mucho más cosas que al mismo Rocco e incluso a Anthony, debía demostrarle que quería luchar contra quien sea.

Con eso Candice se dispuso a comer hasta que no había ningún bocado, luego se sirvió más postre… mucho, como si quisiera calmar esa ansiedad, la que sentía en la sangre.

¿Qué pasa? - pregunté.

Nada, estoy incómoda - confesó.

¿Por qué? - le pregunté ya que ni siquiera el medio pastel que levaba en el plato era de lo más normal en ella.

Siento tu electricidad sexual, irradias demasiado calor, me pones nerviosa - se separó de mí un poco.

Comienzo a creer que Anthony tenía mucha razón, ¡eres ardiente! - me entusiasmé con la idea.

No, tú lo has dicho perceptiva, muy perceptiva, demasiado para mi gusto - volvió a admitir, ésta nueva etapa de Candy me estaba volviendo loco, nunca había sido así, al menos conmigo.

En serio, ¿quieres comer algo más? ¿Qué? - cuestioné al verla observarme para luego bajar la mirada.

No es comida…lo siento - me respondió y se disculpó.

¿Me quieres besar…de nuevo? - cuestioné tratando de adivinar qué es lo que tenía en la mente en ese momento.

¡No! - se enojó.

¿No? - pregunté.

No, quiero hacerte el amor - esa confesión había salido de alguna parte.

¿Perdón…? - lo sé, era imposible, quizás había escuchado mal.

Quiero hacerte… - la besé sin pedirle permiso, era cierto, pero no era la forma en la que la quería entre mis brazos.

El amor, creo haber oído bien, será buena idea, te prometo una sesión de besos pero no haremos el amor, aún… - advertí sin poder creérmelo.

¡Llévame a la cama! - me exigió cuando separe mis labios.

Por supuesto, hazte la dormida, pasaremos inadvertidos por si nos encontramos a Marie o a Paolo - le explique y cuando la alcé fingió dormir sobre mi pecho.

De acuerdo, ¡miedoso! - respondió y se burló al mismo tiempo.

Simple seguridad... - acepté en parte.

Candice me había tentado después de la comida, la llevé a mi habitación. Abrí la puerta y la deposite en medio de la cama, mirándome mientras me dirigía a la puerta y le ponía el botón de seguridad, me sonrió y vio cada parte de mi cuerpo con detenimiento, lo que me hizo temblar de deseo. Me invitó a sentarme con la mirada y no pude evitarlo, la cargué para sentarla sobre mis piernas, la besé como si fuese lo único que quería de ella; primero besos pequeños y calmados, después apresurados y apasionados.

Pensé que en algún momento, más adelante sucumbiríamos, sólo que a ella le auguraban una satisfacción lenta y calmada, mientras que a mí, era todo lo contrario, cada vez la deseaba más y más, caí en cuenta que la pasión ardiente que emanaba de ella era innata, ¿de dónde surgía? Me preguntaba, no sabía de dónde y sin darme cuenta me tenía entre sus brazos, recostada sobre mi cuerpo, besándome con desenfreno, con hambre, con sed; una sed infranqueable, una sed que absorbía mis sentidos, una sed de que su cuerpo me perteneciera. Candice se estaba entregando, libremente como era ella, quería que sintiera esa energía que contagiaba mi piel, mis manos, mi lengua, mis dientes. Tenía que admitirlo, la deseaba como el primer día que la vi, con todo mi corazón, con todas mis ganas quería sentirla, quería hundirme en ella, disfrutarla, beberla, saciarme primitivamente sin recato, sin remordimiento, sin pensarlo tanto. Pero debía detenerla porque perdería la cordura de un momento a otro, si seguía por ese camino, perdería más allá de la cordura, una vez dentro de ella, no habría marcha atrás, la desearía a cada minuto en cada segundo de su lento día y no podría tenerla, tenía que saber qué haría, pero ahora no era el momento, cómo hacer que la pasión se calmase sin tener que rechazarla.

No, no, no, un rechazo no era buena idea, no sabía si podía reaccionar mal a un rechazo, pero tampoco quería tomarla ahí mismo, no en ese momento, no así.

Candice... - la frené despegandome de sus labios lentamente.

Mmm - respondio ella con los labios rojos y enchidos por el desenfrendado vaiven de nuestros besos.

Debemos parar... - le informé, apretandola contra mi cuerpo.

¿Por qué? - preguntó ella sin dejar de besarme.

No estamos pensando con la mente fría... - respondí.

No estoy fría, de hecho estoy muy caliente - me aseguró.

Lo sé, pero…¿te has detenido a pensar lo que sucedería si hacemos el amor hoy…? - le pregunté, no tenía razón para hacerlo en ese momento o al parecer ella no aceptaría un no por respuesta. No me mires así, ven… te deseo a cada momento y tú no eres así, eres libre y yo te prohibiría trabajar, sólo vivirías para mí. Pero al mismo tiempo te morirías, tú necesitas tu independencia… - comencé a decirle cuando tomé su rostro entre mis manos.

¿Me deseas tremendamente? - cuestionó ella con burla.

Sí…ríete si quieres - aligeré ese pensamiento de rechazo en su cabeza.

Lo siento, es que no escucho eso muy a menudo - se disculpó y rayos quien no quería estar haciéndole el amor como un loco desesperado en éstos momentos, si ya sé quién era el idiota, yo mismo.

Pues realmente se que lo escuchaste muchas veces en tres años... - le informé abiertamente.

Ni tanto, Bert no era muy cariñoso - informó igualándome.

Sabes, tus niñas tienen las mismas mañas, se acuestan sobre tu ropa - le saque hábilmente.

¿No tendremos que hablar de esto en la mañana? - me preguntó ella.

No si tu no quieres - respondí, sabiendo que lo que menos queria ella, era sentirse incomoda.

Bien, me voy, aun tengo cosas que hacer - Candice se levanto, miro al espejo y se arreglo la ropa y el cabello, abrio la puerta y salió.

Tengo que regresar a la oficina - también lo dije, mi trabajo se había retrasado mucho.

Te veo otro día, llámame - me dijo ella cuando llegó a la sala y tomo su bolso.

Candice... - la llamé, tomándola de la mano y abrazándola por el talle.

Dime - respondió cuando se encontraba entre mis brazos.

Y ¿Anthony? - pregunté directamente.

¿Qué hay con él? - me devolvió la pregunta.

Espero que hables con él o lo hago yo... - le sugerí.

Pues... yo hablaré con él - con reticencia ella demostró que iba en serio conmigo.

¿Dormirán juntos? - le pregunté mientras tomaba con mis labios el suyo.

No creo, estará ocupado estos días... - me informó.

Después... - insistí, lo que menos quería es que me tuviera a mi cortejándola y ella durmiera con el güerillo aquel.

¡Mejor dime que no quieres que él me haga el amor, Terry! - expresó con hastío.

No quiero... ¿tú quisieras que yo durmiese y le hiciera el amor a otra persona, si te estoy cortejando? - decirle que ese hombre lo tenía hasta la coronilla, vaya era poco decir, pero decidí que así comenzaríamos una pelea que por venganza pudiera decidir exactamente lo contrario a lo que le está sugiriendo.

¡Hablaré con él! ¡Contento! - exclamó haciendo sonreír, internamente.

Me doy por satisfecho, ¿te llevo a la bóveda? - le pregunté volviendo a besar para después sugerirle.

Sí, gracias - respondió y nos encaminamos a la salida de la mansión, tomándola de la mano para luego jalarla y colocar mi brazo alrededor de su cintura, pegándola a mí.

Minutos antes me consumía el deseo y a ella parecía no hacerle daño. Me resistí a sentir el aroma de su piel a cambio de una impactante sesión de besos en la limusina, con el vidrio obscuro entre nosotros y Fred.

Cuando regresé a la oficina, el sonido del teléfono me saco de mis pensamientos. La llamada era de Marcello Rocco.

Bueno - contesté con desgano.

¡Hola Terrence, he regresado...! - declaró Marcello y colgó.

Y cuando eso ocurrió mi secretaria entró...

Señor - me llamo mi secretaria apenas entrando a mi oficina.

Dime Nympha - respondí con alegría, digo ella no tenia la culpa de que Marcello hubiera aparecido en ese momento.

¿Quien ira mañana a la reunión con los Rocco y Andley? Señor - me preguntó mi secretaria, ya que no recordaba lo que eso significaba.

Por supuesto que iré, Nympha, prepáralo todo por favor - le solicité atento, tomando asiento, abriéndome el saco y prendiendo la computadora.

Por supuesto, señor. Se lo tendré listo antes de irme - respondió Nympha, saliendo rápidamente de allí, sin hacer algún ruido.

Gracias Nympha. De ti me ocuparé cuando regrese - le dije a la foto que tenia de la fiesta, Nympha me las había dado hacia unos días y yo en ese momento estaba tirando las fotos de Marcello Rocco al bote de la basura.

Continuará...