Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahasi, me reservó los derechos de creación literaria.
IV
Revelaciones
En lo que nuestro protagonista termina su jornada escolar, pasa al sanitario y se dirige a la biblioteca para encontrarse con sus amigos; nosotros hablemos de Kagome Higurashi, y sobre que la hacía tan especial ante los ojos masculinos y uno que otro femenino.
Empecemos por decir que en realidad sí era una verdadera belleza, a sus dieciséis años, la adolescencia fue exageradamente buena con ella. Si bien, no era muy alta, su cuerpo estaba perfectamente bien proporcionado. Era poseedora de unas largas y torneadas piernas, de cuerpo esbelto, pero con curvas delineadas y firmes, sus cabellos negros y ondulados naturalmente de las puntas enmarcaban un rostro de facciones suaves y delicadas. Tenía la piel blanca y tersa, de boca pequeña y labios carnosos. Sin embargo, lo que más llamaba la atención eran sus ojos: grandes, castaños y coronados con unas tupidas pestañas negras. Todo en ella era fresco y natural, como si su cuerpo poseyera una primavera interminable. De carácter amable, tendía a ser bondadosa con todo el mundo. No obstante, era fuerte y decidida. No dudaba en defender lo que pensaba o lo que creía correcto, tampoco era de las típicas chicas que se quedaban calladas cuando algo no le parecía.
Esa combinación de dulzura y pasión, en conjunto con su atractivo físico, era lo que tenía de cabeza a más de la mitad de los chicos de su colegio y muriendo de envidia a buena parte de la comunidad femenina.
Era también una excelente estudiante, siempre posicionada entre los primeros lugares del ranking de los treinta mejores estudiantes de la institución. Adoraba el vóleibol y la natación, pero decidió seguir el camino de su hermana mayor, por lo que era capitana del club de arquería
.Verla tirar era todo un espectáculo, su personalidad cambiaba radicalmente. Se mantenía con el cuerpo recto, dándole una elegancia nata, tomaba la flecha del carcaj con tal sobriedad que daba la sensación de estar en un momento ritual. Cuando tensaba el arco y posicionaba la flecha, era cuando podías ver verdaderamente el temple de su espíritu, su semblante sonriente cambiaba por uno neutro lleno de calma y seguridad que la hacía lucir mucho más hermosa de lo que ya era. En el momento de lanzar la flecha sus ojos seguían la ruta hasta que se clavaba en el centro de la diana y era cuando brillaban intensamente, llenos de satisfacción y orgullo, solo entonces se permitía esbozar una pequeña sonrisa que iluminaba su rostro. Los vítores que acompañaban cada uno de sus blancos atinados tenían la virtud de sonrojarle primorosamente las mejillas, que, en conjunto con el resto de su corporalidad, le proporcionaba una apariencia de una sacerdotisa de antaño, sofisticada, preciosa y virginal.
Aunque tal vez ese porte de miko lo traía por herencia familiar. Vivía justo en el templo sintoísta de la ciudad. Para acceder a su casa había que subir una gran escalinata de piedra, cruzar el majestuoso tori, pasar el templo y justo a lado, se encontraba la amplia casa de dos pisos. Con ella habitaban su abuelo, su madre y su hermano menor Souta, su hermana mayor no vivía con ellos ya que se rumoreaba se había fugado con un novio al terminar la preparatoria.
Su abuelo era el encargado del templo, un oficio heredado por generaciones. El padre de Kagome, hubiera sido el heredero del cargo si no hubiese muerto en aquel aparatoso accidente automovilístico que acaparó los tabloides hace siete años atrás. El anciano Higurashi se dio entonces, a la tarea de instruir a sus nietos, con la esperanza de que alguno mantuviera el legado de la familia. Todas las noches, después de la cena, solía contarles historias, tanto a ella como a sus hermanos, sobre perlas encantadas, poderes espirituales, árboles sagrados, pozos que trascendían el tiempo, peleas de demonios y semi demonios; que ella solía escuchar con respeto, pero que le parecían tan fantasiosas que no podía tomarlas en serio, aunque eso no quiere decir que no las atesorara. Como la niña lista que era, sabía que esas historias formaban parte de su herencia inmaterial familiar y que algún día, ella se las trasmitiría a sus hijos para presérvalas.
Su madre era en extremo amorosa y comprensiva, trataba de mantenerse al margen de las decisiones de sus hijos, consciente de que les había criado bien y que ganaba más si les permitía cometer sus propios errores que si les daba una educación rígida. Su hermano Souta, era un niño tímido de ocho años, que la admiraba y la quería en demasía.
Ante lo mencionado podemos concluir que Kagome Higurashi tenía todo lo necesario para sentirse y ser inmensamente feliz. Y lo era, de verdad lo era, empero, había ocasiones en las que sentía que vivía una monotonía por lo demás superficial.
Primeramente, porque, su círculo de amistades eran personas que se preocupaban la mayor parte del tiempo por mantener en orden tanto su apariencia como el statu quo y segundo, todo el mundo parecía desvivirse por ella. Bastaba con que exclamará durante el almuerzo que se le antojaba una manzana para que en un dos por tres tuviera hasta cinco pares de manos extendiéndole lo solicitado. En un principio fue divertido y halagador, porque sean sinceros, ¿a quién no le gusta que le traten como de la realeza? Pero aquello se volvió tan constante que le avergonzaba. Así que optaba por guardarse sus deseos por temor a que medio mundo se lo quitara de la boca para dárselo a ella. Ya que a pesar de que podía tener el mundo entero a sus pies con sólo pedirlo, Kagome no era ese tipo de muchacha que se aprovechará de otros o se sintiera superior que otros.
Aunque en esos momentos, sentada en una de las bancas de la cafetería del colegio y ajena a toda la charla superflua que se estaba llevando; su mente, la estaba conduciendo a un lugar ampliamente reconocido por ella, un sitio donde había un par de ojos dorados, una evocación que no había conseguido olvidar desde que los contempló hace apenas unas horas.
- ¿Tú que piensas Kagome?
- Mamm- respondió saliendo de la ensoñación.
- ¿En dónde estás amiga? — preguntó Yuca en tono molesto. Había dado toda una extensa explicación sobre el gran dilema que le provocaba el decidir entre asistir a una importante cena familiar o al concierto del grupo de moda, que sólo se presentaría una fecha en la ciudad.
- Es verdad Kagome- añadió Eri-has estado distraída desde que regresaste del sanitario antes de que empezará el receso de mediodía, ¿te sucedió algo? —cuestionó con inusitado interés que rayaba en el morbo.
Kagome negó con la cabeza, por un extraño motivo no sentía la confianza necesaria para contarles la historia sobre unos ojos dorados que le habían robado el corazón hace tanto tiempo y mucho menos, que una mirada similar la había encontrado ahora. Tampoco quería confiarles, que, por quien sabe que causa, no podía sacarse aquella evocación de la cabeza.
- Estoy preocupada por el trabajo en parejas de la profesora Midoriko- dijo al fin, con una seguridad que le sorprendió - ya ven que equivale el ochenta por ciento de la calificación.
- ¡Es verdad!, casi lo olvido - exclamó Ayumi mientras se daba un ligero golpe con su palma derecha en la frente.
- A mí, lo que me preocupa es que las parejas son al azar- se quejó Yuca - ¡Imagínense que me toque con Bushida! ¡Eso sería suicidio social!
Todas con excepción de Kagome comenzaron a reír.
Si, esa chica Bushida no era otra más que nuestra querida Sango, quien tenía la ¿fortuna, desfortuna? De tomar clases con ellas. No era ningún secreto ni para Sango ni para nadie, que sus compañeras la tachaban de machorra y poco femenina.
- No es gracioso lo que dices Yuca- el ceño de Kagome se encontraba fruncido y la miraba con reprobación.
La aludida se mordió el labio inferior con actitud incómoda.
- ¡Vamos Kagome!, ni que fuera para tanto- minimizó Eri.
La joven Higurashi soltó un suspiro resignado, no entendía porque todo el mundo estaba en contra de lo diferente, esa chica Sango no le hacía mal a nadie, ¿porque tenían que criticarle entonces?
- Bueno, bueno- pronunció Ayumi, intentando aligerar el momento - no hay que ser tan duras con Yuca, después de todo, ella está enamorada de uno de los amigos de Bushida, es normal que le tenga un poco de celos.
Ante aquella declaración Yuca giró la cabeza en dirección a Ayumi y la fulmino con la mirada, en lo que Kagome parpadeo sorprendida ante la revelación.
- ¿Cuál amigo? — preguntó Eri con una sonrisa maliciosa.
- Se llama Miroku- reconoció Yuca sonrojada a más no poder y evidentemente molesta al haber sido ventilado su preciado secreto- Es normal que no lo conozcan porque no forma parte de la fila de pretendientes de Kagome- su voz sonó ácida al pronunciar esto último.
Kagome se abstuvo de realizar algún comentario, apretó los labios y sus puños por debajo de la mesa con fuerza, tratando de contener lo incómodo que le resultó la manera en que pronunció aquel juicio su amiga. Para las otras dos chicas que se encontraban con ellas, aquella desavenencia les pasó desapercibida.
- Miroku, Miroku- decía Eri dando dos golpecitos en su barbilla- ¿Es el chico del salón B?
— ¡Sí! Es compañero de Hoyo- confirmó Ayumi.
- Ah ya... - el rostro de la jovencita se tornó severo- Te recomiendo que no te conviene involucrarte con él Yuca- apuntó seriamente Eri - No es buen prospecto para ti amiga. Ese chico tiene fama de ser un mujeriego y un pervertido.
- ¿Por qué dices eso Eri? ¿Acaso sabes algo? — preguntó escandalizada Yuca.
- Pues... - comenzó bajando la voz e inclinó un poco su cuerpo sobre la mesa, invitando a sus amigas a realizar la misma acción para poder contar la confidencia - Nakamura Akina, que va en ese salón, me contó que ese tipo comenzó a cortejarla, todo iba bien hasta que comenzó a manosearle el trasero.
Todas las chicas se llevaron las manos a la boca para ahogar un grito de sorpresa.
- Pero eso no es todo- continuó Eri- Akina descubrió que ella no fue a la única del grupo a quien se le acercó con esas intenciones- miró fijamente a su amiga- Como verás no es recomendable que intentes algo con ese hombre- elevó una ceja y su voz tomó un tono de sentencia- arruinarías por completo tu reputación y no querrás que eso suceda, ¿o sí, Yuca?
La adolescente trago duro, por supuesto que no quería eso, eso significaría que ya no podría juntarse con ellas y ningún otro chico la tomaría enserio.
- No deberías decirle esas cosas a Yuca, Eri- desaprobó Kagome - puede tratarse de habladurías, no es bueno que se tome a la ligera algo tan delicado como eso.
- Kagome tiene razón- concordó Ayumi- me parece extraño que ninguna lo haya reportado con el tutor del grupo.
- Yo solo repito lo que me contó Akira- se encogió de hombros- pero como amiga mi deber es protegerlas de relaciones destructivas.
Tanto Yuca como Ayumi asintieron con un gesto de cabeza, convencidas de las buenas intenciones de su amiga, sin embargo, Kagome se mostró seria y pensativa, no entendía porque siempre Eri trataba de controlar cada uno de los pasos que daban, como si se sintiera con el derecho de decidir por ellas.
Cada vez le quedaba más claro, que había confidencias que era mejor guardarse para ella misma.
Mientras Kagome sobrellevaba la plática con sus amigas, InuYasha se dirigía a la biblioteca para reunirse con sus amigos.
Aún lamentaba aquel vergonzoso momento que protagonizó con la mujer de sus sueños y seguía sin comprender el rumbo que Miroku quería llevar al tratar de desentrañar el rumor que les contará Sango durante el almuerzo.
Lo que de verdad echaba de menos, es que por andar jugando a ser Sherlock Holmes, se perdería de su momento favorito del día. Que era cuando coincidía afuera de la escuela con Kagome. Ambos vivían por el mismo rumbo, el primer tramo de camino, ella iba acompañada por sus amigas, pero en cuanto llegaban a la avenida, se despedían y la hermosa azabache iniciaba el camino sola a casa. Él iba detrás de ella a una distancia prudente, tan lejos y tan cerca a la vez, que en más de una ocasión le pareció escuchar como le latía el pulso en las venas. Muchas veces intentó acercarse para hacerle la plática con cualquier pretexto absurdo, pero nunca se atrevió, la timidez entrelazada con la inseguridad le impidieron cualquier acercamiento. La desazón se le alojaba en el pecho cuando la veía iniciar el ascenso de la escalinata al templo sin siquiera volver la mirada ni por equivocación. Él se detenía entonces, únicamente con el propósito de verificar que cruzaba sana y salva el tori que conducía a la explanada del templo y por ende a su casa. Sólo entonces, reanudaba su marcha.
Su mirada se clavó en el enorme reloj digital que se encontraba encima de la entrada de la biblioteca, suspiró, para ese momento su dulce tormento ya estaría por llegar a su casa, tan solo esperaba que llegará con bien.
Entró al recinto y recorrió el lugar con la mirada, encontró a Miroku y Sango sentados en una mesa casi al final del pasillo, camino hasta ellos y los halló enfrascados en la revisión de algunos libros delgados de pastas gruesas en las que se leían con letras doradas las fechas de diferentes generaciones.
- ¿Alguna novedad? —preguntó en voz alta, sobresaltando a sus amigos y ganándose una mirada reprobatoria por parte de la bibliotecaria, quien parecía tener oído de radar.
InuYasha se encogió de hombros y se llevó uno de sus dedos a sus labios al sentir la penetrante mirada de la anciana mujer, en un claro de gesto de "está bien, me calló"
- Hemos revisado estos- Sango señaló un par de anuarios desacomodados al otro lado de la mesa-Pero nada, esperemos que en éste tengamos más suerte.
El joven Taisho se colocó a lado de Miroku y observó por encima del hombro, quien repasaba las páginas con cuidado, buscando, lo mismo hacia Sango y pronto se vio así mismo realizando la misma acción de sus amigos.
Eran demasiadas personas jóvenes, que, como ellos, habían formado parte de las filas de la institución, algunos sonrientes, otros serios y unos más reflejaban tristeza, InuYasha no pudo evitar preguntarse cómo lo verían en el futuro otras generaciones, si es que, como ellos, se enfrascaban en una búsqueda sobre el pasado.
En eso cavilaba, cuando Miroku profirió un sonido gutural de triunfo, sus ojos dorados entonces se clavaron en la imagen que su amigo señalaba con el dedo. Ahí estaba la imagen que estaban buscando y a pie de fotografía se podía leer con letras oscuras el nombre: Higurashi Kikyo.
Los tres jóvenes contemplaron la fotografía con asombro, la chica era hermosa, de cabello largo y lacio, sus facciones eran muy parecidas a las de su compañera Kagome, que no dejaba duda alguna sobre su parentesco, sus ojos castaño oscuro, reflejaban decisión y astucia, una discreta sonrisa adornaba su boca, proporcionándole una apariencia sobria y elegante, lo que acentuaba su belleza.
- ¡Wow! — soltó con asombro Sango - la encontramos.
- ¡Fiu! Es una belleza - pronunció con embeleso Miroku.
- Es verdad - musitó asombrado InuYasha con un discreto sonrojo en las mejillas - me cuesta creer que se haya enredado con un pandillero.
- Eso es lo que vamos a desentrañar amigo mío, a mí también me parece increíble que una mujer como ella se haya involucrado con un tipo de poca monta.
- Tienen razón - concordó su amiga-Miren, aquí dice que fue capitana del club de arquería, miembro del consejo estudiantil y primer lugar en aprovechamiento escolar.
- A ver, busquemos rostros o nombres conocidos - apuntó Miroku.
Los tres adolescentes revisaron con atención las páginas siguientes, teniendo cuidado de realizar un pequeño doblez en la página donde hallaron la fotografía de Kikyo para no perderla.
- Miren - indicó Sango, señalando con su dedo índice el retrato de un joven de piel bronceada, profundos ojos azules y el cabello negro sujeto en una trenza baja- Matsuda Bankotsu. ¿Creen que tenga parentesco con Koga?
— Tal vez, pero eso lo hace que sea descartable- apuntó Miroku.
- ¿Por?
- ¡Keh! Yo a ese imbécil no pienso preguntarle nada - InuYasha se cruzó de brazos con gesto molesto.
- Eso... - dijo indicando la actitud de Taisho- contesta tu pregunta, querida Sango.
Prosiguieron entonces repasando páginas en busca de algún otro nombre que fuera más probable y accesible. Estaban por rendirse cuando revisaron la última página y lo que encontraron los dejó helados. La atención de Miroku y Sango pasó de la fotografía al rostro de su amigo de ojos dorados, quien no daba crédito a lo que veía.
Ahí, se encontraba la fotografía de su hermano mayor, con su rostro estoico y aquella mirada fría,
distante que le conocía tan bien.
De todas las personas que existían en el mundo, Sesshumaru Taisho había cursado el colegio con Kikyo Higurashi.
N/A: ¡Hola! Espero que se encuentren muy bien. Lo prometido es deuda y he aquí que público un capítulo más el día de hoy para compensar que no podré hacerlo el día de mañana. Espero hayan disfrutado este capítulo. Creo que dejó algunas interrogantes por resolver jeje. Agradezco enormemente a quienes le han dado seguir a esta historia. Créanme que la escribo con mucho cariño. Sin más por el momento, espero que tengan una excelente semana. ¡Cuídense mucho!¡Hasta el próximo martes!
