Capítulo XXXI
Al otro día, un auto me sacó de la mansión tratando de no ser sospechoso, definitivamente si estaba muy paranoico hasta el punto de haberme sacado en un camión de entrega de leche era demasiado, pero al llegar al aeropuerto medio congelado y subirme al avión, fue mejor que pasarme las horas en un congelador a menos 18°C. Éste había sido el viaje más largo de toda mi vida, cuando llegué a Roma, lo primero que hice fue darme una ducha rápida, cambiarme y salir casi volando de la mansión hacia la oficina de los Rocco. Caminé un buen tramo, debido a un embotellamiento, con libro en mano y entré a Rocco' Entreprises hasta ese momento había descubierto otra faceta o unas cuantas de la actitud retraída de Candice.
Entré a la hora acordada a la oficina de Marcello, la asistente me miró como si fuera a los mismos Rocco a quienes viera.
Señor Grandchester, el señor Marcello Rocco lo está esperando en su oficina - me informó levantándose y dirigiéndose a mí.
Gracias, la sigo - le indiqué caminando detrás de ella mientras admiraba el entorno, en sí la decoración de las oficinas.
Al parecer Candice tenia razón, cuando no te conocen causas pánico, sonreía ante ese recuerdo y justo en ese momento la asistente de Marcello se me quedaba viendo.
Pase usted señor Grandchester, le está esperando - me dijo abriéndome un pasillo que daba a la extensa oficina de Marcello.
Gracias. Buenas tardes Marcello - saludé hosco, la verdad es que nada sabía de qué hacía él a ciencia cierta.
Bienvenido Terry, pasa y toma asiento ahí - Marcello se acercó hasta mí y me indicó dónde quería que me sentara.
Me sentiría más cómodo en el sillón - referí sin más.
Hay una explicación del por qué te quiero ahí, siéntate - me invitó de nueva cuenta. Veo que has leído el contenido del libro aunque para serte sincero pensaba que ibas a venir en una semana... por lo menos - comenzó a reírse, parándose frente a mí.
Leo muy rápido... - le aseguré, aunque realmente me había saltado algunas hojas.
Eso veo, creo que tienes muchas preguntas - refirió expectante.
¿Es en serio lo que describe ella aquí? - le pregunté solo para rectificar lo que Fredich me había contado tan solo un día antes.
Cada palabra. ¿Te asombra? Seguro te has de preguntar lo que le ha pasado en su vida. Pero me temo que no puedo decirte nada que no sepas ya - aseguró él dirigiéndose a su escritorio.
No puedo creerlo, es que no se ve así - refuté, quería convencerme de que ella era como siempre o como yo creía que era.
Creo que ya te ha dicho que es buena actriz. Esa, tan sólo es una parte de ella - me respondió sin cautela.
¿En serio? - cuestioné, ambos hombres decían lo mismo que William.
Por supuesto, pero no conoces otra parte. Éste, éste, éste, éste y éste son los libros que hemos publicado de ella - me enseñó en pequeños contenedores detrás de su sillón favorito, iluminados. Son libros de pasta dura y brillante, de un color ausente de luz.
¿Libros? - cuestioné.
Novelas de hecho - aclaró yendo hacia el ventanal que tenia del otro lado. Las mejores ventas en cuatro años, ha sido increíble poder saborearlas cada vez que las leemos. ¿No tenías ni idea? ¡Qué extraño, las tiene en su sala! ¿Acaso no las has visto? - me preguntó a sabiendas que seguramente me fijé en las ausencias y no en las existencias, mi madre sí que lo hizo.
Ahí, delante mío se encontraban gruesos libros de unas cuatrocientas hojas aproximadamente, las carátulas eran negras con diferentes grabados dependiendo del título de la novela. No tenía ni idea de lo que me hablaba, ¿estaba asombrado? ¡Sí bastante!
Veo que no, bueno te he de decir que como las imprimimos en edición especial solo faltó decirte algo, son de pasta dura y cada una tiene la inicial de cada título, creo que te sorprenderá lo que dice. Observa… - me dijo, para luego colocar el año de edición y entonces caí en cuenta: Terry. ¡Impresionante no! Alguna vez te has preguntado ¿por qué una mujer que no te conocía en su vida, escribió media docena de libros en los que también escribía tu nombre? - en ese momento recordé cuando ella entró a la biblioteca de Lacio, el Castor se llamaba Terry.
No sabía que decir, esto era una gran sorpresa para mí.
Supongo que no y la verdad es que yo tampoco, pero es muy halagador que alguien sea así, alguien que piense y escriba esto no es de este planeta - me aseguró él viendo que era emocionante y que yo seguía asustado.
¿Cómo consideras que es? - preguntó con mucho cautela.
Terca… - respondí sin más.
Lo es - afirmó de la misma forma.
Perdone señor, pero ha llegado el libro que esperaba - su asistente entró después de haber tocado suavemente.
Gracias Sara, puedes dejar la edición delante del señor Grandchester, por favor - Marcello le indicó a su asistente y ella hizo lo que se le indicaba.
Por supuesto, aquí tiene, permiso - al colocarlo en mis manos, la asistente se despidió y salió de allí.
Mis ojos se llenaron de incredulidad, ahí en mis manos se encontraba una caja dorada como una especie de un libro antiguo, la abrí y en la portada se encontraba un libro muy pesado, no sabía lo que ocurría. Decidí tomarlo.
Es…es de ella - le pregunté a Marcello.
Sí, al parecer fue su primer libro... - me dijo él, sintiendo que era lo mejor para él.
¿Novela? - cuestioné curioso
No, cuentos para niños, ¡impresionante no! Al parecer tuvo mucho tiempo para escribir, ¿cómo es que ella se sentía en sus tiernos años de adolescencia? Lo más extraño es que el personaje principal es un castor llamado…Terry - me informó.
¿Qué has dicho? - pregunté, pensaba que había oído mal.
El primer capítulo refiere en realidad cómo es que escribió todo ese libro - me señaló y contó un poco del Castor.
Tenía catorce, era fácil adivinarlo - rectificó él.
Error, veintiséis. Refiere que fue por un sueño y lo de los libros también, en uno de ellos te describe a la perfección, pareciera como si te conociera - respondió sonriente.
La red es muy extensa... - respondí.
Error, éste libro puede decirte lo contrario… pero más bien el personaje es hispano y además en su niñez ni siquiera estaba en pañales las redes y menos en México - me recordó.
Me eché en la silla, Marcello sonreía o se burlaba de la cara que yo tenía en esos momentos.
Pensarás que te odia, en realidad nos odia a nosotros por ser lo que somos y eso no la hará cambiar de idea. Mi abuelo la estima mucho, sus días son mejores si ella se la pasa en casa dos días, pero ella es tan independiente que también la extraña demasiado. Papá ya se acostumbró a ella, le hace gracia que al parecer tan relajada sea tan terca. Bert era un gran hombre con ella, por eso se dio por vencido y le aprendió mucho, cuando Ferrel falleció un año antes de que él lo hiciera, ella estaba inconsolable, ni un abrazo amoroso de su esposo la reconfortaba, temía perderla de esa manera, así que la llevó hasta una casa veraniega en Florencia, por supuesto que se dejó arrastrar hasta allá sin objeciones - me contó sin verme al rostro.
Una noche, Bert llevaba horas buscándola cuando de pronto el guardabosque le avisó que se encontraba en el acantilado, en bata de dormir y llorando. Cuando él llegó hasta ella, quedó destrozado, ella se agarraba la cabeza, al parecer el no dormir ni alimentarse bien le había hecho trizas el sistema nervioso y la migraña se hizo presa de ella, Bert otro poco y no la alcanza, se desmayó de un momento a otro y... otro poco y cae al precipicio, recobró el conocimiento días después en un hospital. Esa semana Bert había perdido peso, se había vuelto loco de la espera y constantemente pedía a gritos que despertase, tuvieron que sedarlo a él también, fueron días terribles para la cordura de Bert.
Candice se comportaba errática después de eso, su humor decaía y se ponía eufórica en tan sólo unos segundos; muchos de nosotros pensábamos que había perdido el gusto por la vida, pero en realidad estaba sufriendo por alguna otra cosa. Así que intentó volver a escribir, hacía mucho que ni siquiera lo intentaba, así es como un día después de mucho tararear una canción comenzó a escribir a Terry, el castor malhumorado.
¡Pero esto no puede ser un cuento! - lo hojee al observar que 400 páginas no podía ser un cuento.
De hecho son una colección de ellos, veintiséis en realidad - refirió Marcello, sin que yo le captara al cien por ciento.
¿Tantos? - cuestioné.
Sí, la opinión de una escritora aficionada dice que si ella la conociera diría que ahí se ve reflejada su vida. Pienso lo mismo - me comentó y quise saber que decía ahí.
¿De qué habla? - pregunté mientras abría el libro.
Terry, es Candice y su tema principal es el malhumor por el cual Terry siempre está enojado, una puerta a su vida de aquel entonces - soltó emocionado.
Eso es muy informativo, creo que debo de leerlo - respondí asintiendo y levantándome para irme de allí. ¿Puedo llevármelo?
Por supuesto, es tuyo, mi copia llega mañana y espero que sepas que ese libro no ha salido a la venta y que si lo publicas antes, tendríamos un enfrentamiento en las cortes - me informó con obviedad.
Este libro no saldrá por mí sino por tu editorial, sólo lo quiero para comprenderla. Hasta pronto y gracias Marcello - me despedí estirando mi mano en son de saludo.
De nada y espero que tu lectura sea como la mía - respondió él.
Salí por la puerta, me dirigí hasta donde se encontraba la asistente de Marcello y después de despedirme con una mano bajé por el ascensor con el pesado libros entre las manos, detuve un taxi y quise regresar a casa, a refugiarme en mi biblioteca por un rato, con la chimenea encendida escuchando el crepitar de la madera mientras se encontraba encendida. Con una taza entre mis manos, de humeante té o una frazada que cobijara mis piernas, sólo quería sentirme bienvenido en una ausente mansión, si ella estuviese por aquí sentiría que los vellos de mi espalda son muy calientes, muy confortables y por lo mismo la sentiría a ella, saludable, discutiendo por cualquier tontería, quizás queriendome y negandome un poco, como acostumbra, pero ella no está aquí, mi madre y mi nana tampoco lo están; las mujeres de mi vida no estaban allí, pero como reaccionar ante ello.
Esa noche, era una muy fría, en realidad sin querer estar ahí, pero también creía firmemente que mi lugar se encontraba en otro lado muy lejos de Roma. Tomé el regalo que Marcello me había dado para ella y decidí abrirlo una vez más, le acaricié la portada y el lomo, era tan dorado y azul, que me sentí muy bien, sentí que ella se encontraba ahí delante de mí, sentada sobre la alfombra en una fría noche de invierno, con pañuelos sobre ella, recargada en un sillón y muchas hojas a los lado, escribiendo y devorándose la memoria, sintiendo como es que todos las personas de su vida se habían alejado de ella.
Abrí el libro, encontrando una hoja en blanco para después pasar a la otra página y encontrar una dedicatoria a su trabajo, ¿se lo había dedicado a alguien? Quizás a Bert o a Ferrel o a Ni, ¿quién era tan importante en ese momento para ella? No lo entendía, saqué el libro de la cubierta y me senté con la frazada en mis piernas y comencé a leer...
Hubo un día en mi vida en que pensé que Dios me había abandonado y así fue cuando escuché el crujir de mi corazón que se marchitaba muy deprisa; dejé de sentir, dejé de encontrarle el gusto a la vida; ese día supe que había encontrado la mejor manera de curar mi alma, de curarme a mí misma y de curar el pasado, un pasado que no se olvida y que prefiero guardar en algún lugar donde no me hiera, donde no lo hiera, donde mi amor sea sólo para mí misma y no para dañar a otros. Hoy que he encontrado todo para ser yo misma, hoy es que he comenzado a describir a una persona que no me conoce, hoy he comenzado con un hermoso día, una linda mañana de primavera y un lindo personaje, él es un Castor...acompáñeme a descubrir quién es Terry el Castor Malhumorado...
Apenas pude leer todo esto, me quedé pasmado, sin darme tiempo a pensar, bajé rápidamente a la cocina, tomé las llaves de su departamento que se encontraba en Roma y fui hasta allá. En el largo camino en taxi encontré algunas hojas, al parecer de Marcello, había escrito unas cuantas líneas, quizás algo que había pasado con ella. Tan pronto como me bajé del taxi, abrí la puerta del departamento y entré.
Caminé por el pasillo y en la sala encontré seis atriles, que la última vez ni cuenta me di de que existían, me dirigí a ellos y comencé a hojearlos, después de mucho pensarlo concluí que debía de llevármelos de allí y hacerla feliz cuando despertara por completo, por lo que busque una mochila y los metí en ella, muy cuidadosamente para que no se dañaran las hojas sueltas, al terminar me lo llevé de ahí. Salí de su departamento y llamé a Fred.
Fred - lo llamé a su celular.
Terry, ¿sucede algo? - me cuestionó Fred preocupado.
No, sólo quería saber de Candy, ¿ya despertó? - le cuestioné sin notar el por qué cambió de tono.
¡Ah...! No sé si deba decírtelo... - respondió soltando un suspiro.
Fred - lo obligué con algún sentido.
Bien, cayó en coma... - me soltó rápidamente.
¿Cómo? ¡Voy para allá! - resolví antes de colgar, caminé muy rápido.
No espere, dice Benedetti que es muy normal... - alcanzó a detenerme a tiempo o eso pensaba él.
¿Normal? ¿Cómo puede ser normal? - cuestioné enfadado.
Fred, ¿es Terry? - le preguntó Benedetti por momentos.
Sí, está desesperado por lo de la señora Candice... - mencionó Fred.
Te dije que no dijeras nada, ¡pásamelo! - le ordenó a Fred y Benedetti sabía que él no me ocultaría nada.
Terry, es muy normal que eso suceda, sólo queda esperar, ¿qué te dijo Marcello? - me preguntó después de asegurarme que eso no era algo de lo que me tenía que preocupar.
¿Cómo sabes que fui a ver a Marcello? - si quería distraerme lo había conseguido.
Un pajaritito me lo dijo, ya sabes uno se entera... - respondió sonriéndome cínicamente, como que lo conocía.
Luego te platico, obviamente. ¿Cuánto estará así?
Un tiempo, no se sabe, pero tampoco te apures, todavía tienes muchas cosas que hacer en Roma, te sugiero que vayas a la bóveda, quizás quieras ver la nueva mariposa que se colgó hace como una hora... - me informó adustamente.
¿Una nueva? Esa ¿cuándo la hizo? - le cuestioné como si quisiera saberlo.
Cuando estuvo con An...hace un tiempo, es muy interesante, pregúntale a Néstor, él puede decirte ¿de quién es? - lo odiaba cuando me dejaba intrigado.
Ella no las vende y lo sabes... me aseguró.
Te impresionará saber que no la vende, esos son los colores preferidos de Candy - refiere Benedetti.
En serio, ¿qué tiene de diferente? - le pregunté asombrado por la información.
Más bien se la regalaron - soltó el médico entusiasmado.
¿Quién? - cuestioné harto de que le diera vueltas al asunto.
¡Ve a la bóveda y te enterarás! Deja de preguntarme... - contestó tajante.
Bien, iré entonces, me avisas de algún cambio - le pedí con amabilidad y hastío.
Por supuesto, aquí todo está bien... - aseguró.
Bien, los veo luego, ¿me pasas a Fred? - le pregunté para cuestionarle acerca de su investigación.
Sí, hasta pronto - se despidió Benedetti y le entregó el celular a Fred quién se decidió a alejarlo de la audición de Benedetti.
Fred, ¿qué has sabido de Niel? - le pregunté paciente.
Nada señor, como si se lo hubiera tragado el mundo, hemos comenzado a buscar en los jara hospitales, quizás alguien le haya curado de sus heridas - refirió Fred, esperando que lo dejara ahí.
Bueno, cuando sepan algo me avisan, hasta pronto Fred - me despedí de él sabiendo que nada pasaría.
Hasta luego señor... - se despidió de él.
De su departamento a la bóveda eran más o menos cuarenta minutos, muy lejos debido a la gran cantidad de parques que limitaban el paso a los vehículos, al llegar a la bóveda y bajarme del taxi, entré observando el techo, todas se encontraban allí e incluido Néstor que arreglaba alguna luces.
A ver, un poco más a la izquierda, si así, cierren las puertas, no debe haber nada de luz. Si así, enciéndanlas ahora - Néstor dio la orden entusiasmado.
¡Hermoso! ¡Muy hermoso! - expresaron los ayudantes de las luces.
¡Es espectacular! - admití y es que era muy cierto.
Señor Grandchester, ¿qué hace usted por aquí? - me preguntó Néstor cuando escuchó mi voz.
Sólo pasaba por aquí... - respondí ante la escrutadora mirada de aquel hombre.
¿Le gusta? - me cuestionó como si a alguien no pudiera gustarle.
Es oscura pero hermosa, ¿cuando la hizo? - quise saber, digo Benedetti ya me lo había dicho, pero quería comprobarlo.
Hace poco menos de dos meses, es un cristal muy conocido, una especie de ópalo pulido, sólo se encuentra en España - me contó Néstor.
Es muy hermoso... - admití con recelo, me cuestionaba como era que ella conseguía ese tipo de material sin viajar.
No lo traspasa la luz, pero con determinados haces se reflejan los brillos de la superficie, es enigmático ¿no le parece? - me explicó y al mismo tiempo cuestionó Néstor, no entendía por qué Benedetti me mandó hacia acá, eso era...extraño.
Pensé que alguien se la había regalado - susurré de pronto, queriendo saber lo que me ocurría a mí para no quitarle la vista de encima.
Noooo, no, es de ella, estaba en una fase de ideas artísticas cósmicas creo, al ópalo le confieren muchas cuestiones de adivinación, sabe. Cuando la acabó, el señor Fredich vino a verla y se quedó aquí mismo admirándola, a la luz del sol reflejaba algunos destellos de colores - de colores, otra vez los colores, recordaba que con Cristell fue del mismo modo, destellos de colores, ¿qué quería decir eso?
Fredich ¿estuvo aquí? - cuestioné al notar su nombre en la casi confesión de Néstor.
Sí señor, estuvo aquí y la señora viajó, ¿no cree que coincidieron? - preguntó cautelosamente el hombre que se encontraba a mi lado.
Bien, es hora de irme... buen día Néstor - creo que eso me daría que pensar al cabo de un rato, así que me despedí tan rápido como pude.
Buen día señor Grandchester - me deseó y comenzó a caminar hacia la mariposa, levantando la mano y acariciándola a lo lejos.
De algo sí estoy seguro, pude ver que Fredich y ella compartían un secreto y no tan sólo el cómo reconocer ciertas actitudes de ella, si no también otro, aparte de Ni, ¿sería otro hombre que estaría con ella? De la bóveda me dirigí en taxi al aeropuerto y apenas entré a mi avión, dejé la mochila con sus libros sobre un asiento cuando de pronto observé con el rabillo del ojo que alguien pasaba de la habitación al baño, con cautela me dirigí hacia allá y decidí entrar como si nada, como si nunca me hubiese dado cuenta de que alguien más que yo, mi sobrecargo y mi piloto de confianza estuvieran dentro de un avión privado. Me vi en el espejo, conversé conmigo mismo frente a frente, es decir con mi reflejo y saqué del cajón dos cosas, la máquina de electrochoques y un cepillo, afortunadamente el cepillo y el mango de la máquina se disfrazaban a la perfección, por lo que no tuve que agarrar una toalla de servicio para esconderla; detrás de la puerta del baño se encontraba una parte escondida, eficaz para cuando quería esconderme de los demás, si eras listo podrías presentarte en uno de los asientos delanteros, sino sería como una buhardilla más y ahí en unos momentos se encontraba un hombre agazapado, salí a la habitación y al abrir la puerta intencionalmente activé los altoparlantes exteriores y un sensor de peligro -código rojo- en la torre de control y fue ahí, que estaba regresando al baño cuando decidió atacarme.
¡Código rojo, código rojo! - exclamé a mi izquierda.
¡Es inútil, no te oirán! - espetó él sardónico.
Señor, el avión privado del señor Grandchester ha activado su sensor de peligro - informaron en la torre de control.
Bien, quiero a dos brigadas de policía, que vayan para allá y activen el código rojo - informó el capitán a cargo.
Sí señor, ¡aquí código rojo en el hangar de Terrence Grandchester! ¡Protocolo rojo! ¡Protocolo rojo! - se avisó por los radios de los comandos de control.
Si piensas que no me oirán, espero que te lleves una desilusión - referí observando el cañón del arma que tenía frente a mí.
¡Alto, arriba las manos! - en unos minutos más estábamos rodeados de policías y haciendo una mueca de burla y sonrisa.
Aléjense o lo mato - aquel hombre se hizo a un lado, pero aún me apuntaba y aún más cerca.
¡Por Dios, si piensas que saldrás vivo te equivocas! - le amenacé efusivamente.
Cállese señor Grandchester - sin importarle donde estaban los demás.
¡Suéltelo y nada le pasara! - gritó un oficial haciéndose a un lado, observando cómo es que estaban asegurando el tiro de un francotirador.
No soy tan iluso como usted piensa - refirió aquel hombre haciéndose a un lado.
Oficial, quiere revisar la cabina, quizás encuentre heridos a mi capitán de vuelo y a mi sobrecargo - le pido a uno de los oficiales.
Si señor - responde el oficial, retirándose de ahí.
¿Cómo sabes lo que hice? - cuestioné para tomar tiempo, no era sólo un francotirador aunque me tomo por sorpresa, si alguien no apuntaba al hombre, le darían al avión y eso podrían acarrearme un problema de descomprensión.
Pues porque mercenarios como tú, no saben hacer las cosas bien, creo que Niel me subestima demasiado... - le contesté caminando hacia un estante por arriba de mi cabeza.
Sí se ve, por eso ahora estás aquí a punto de morir... - sin darse cuenta había admitido que Niel era su jefe.
¿En serio? Yo que tú vería el punto rojo que está entre tu garganta y tú corazón, realmente estaría preocupado - acerté a sentarme en ese momento.
¿Cuál? ¿Cuál? - comenzó a verse cuando saqué la máquina de electrochoques y le apunte en el estómago dándole enseguida una descarga.
¡Ninguno idiota! - fue ahí donde descargué mi máquina de electrochoques.
¡Definitivamente señor Grandchester, es usted una cajita de sorpresas! - soltaron los oficiales.
Es un protocolo de salvación, tome quizás la necesite cuando despierte, ¿cómo estás John? - le pregunté a mi piloto observando que traía el cuello de la camisa manchada de sangre y soltando al mismo tiempo la máquina de electrochoques al otro oficial.
Bien señor, sólo tengo una conmoción, iré por mi suplente para despegar - respondió al tocarse la nuca y darse cuenta de que tenía un escandaloso golpe, después de que me sugirió ir por el otro piloto, se dirigió al baño y tomó una toalla de servicio colocándoselo en la nuca, se dirigió a las escaleras y bajó de inmediato, acompañado de un oficial para después de ser avisado al otro piloto, se dirigía al servicio médico del aeropuerto.
Bien, te espero - solté esperando que se apresurara, pensando en que si ellos me tenían vigilado y sabían que estaba aquí, ella no estaría a salvo, algo podría ocurrir. ¿Lucile? - cuestioné por mi sobrecargo.
Aún desmayada, pero no ha sido ultrajada ni mucho menos, pronto despertará - respondió un oficial.
¡Hola Fred! - saludé a mi hombre de confianza apenas toqué el redial de mi celular.
Terry, ¿pasa algo? - me cuestionó Fred preocupado por mi llamada.
Me atacaron en el avión, todo está bien, máxima seguridad... - le informé, sabiendo que Cosomo tendría que actuar tarde o temprano.
Sí señor, daré la alarma... tenga buen viaje - me deseó aún más preocupado.
Fred... prepárela, me la llevaré a la isla - le solicité, así lo quisieran o no, no podría dejarla tan expuesta.
Enseguida señor, ¿aún en contra del doctor? - me preguntó afanosamente.
Llévate lo necesario y a quién quiera encargarse de ella - respondí colgando.
Era la hora, era el momento de que me hiciera responsable de la mujer que amaba, aún en contra de sus designios y los de cualquiera, ella a su tiempo me agradecería o me odiaría y eso lo sabía, pero tenía que arriesgarme o sentía muy en el fondo de mi corazón que la podía perder y eso era más de lo que quisiera soportar...
Continuará...
