Capítulo XXXV
Toda la tarde y noche sin novedades, sólo la llegada de los Rocco, los tres de hecho; Anthony, Fredich, Benedetti, William y alguien que no conocía y que traía a Mo y la manada de Lacio. Fred hizo eso por mí, no quería hablar con nadie, me limitaba a observar y dormir en la biblioteca, no probé bocado por más de doce horas, no entendía nada, sólo debía esperar. Me quedé dormido sin remedio y a las cuatro de la mañana mi estómago gruñía de hambre, así que me despertó y levantándome salí de la biblioteca, debía de comer algo porque si no lo hacía no me dejaría dormir de nueva cuenta. De camino a la cocina escuché hablar a alguien, estaban hablando en ruso, me acerqué hasta donde pude, dándome cuenta que Candy le cantaba a alguien y que lloraba por algo cuando de pronto.
Terry, es impropio estar escuchando...aunque ésta vez no sepas qué dice - me informa Benedetti de pronto, mis sentidos deben de estar adormilados, no lo escuché acercarse a mí.
¡Benedetti, me asustaste! ¿Sucede algo? - le pregunté ansioso.
Sí, de hecho quería hablar contigo, vamos a la cocina, déjame prepararte de comer, según Paula sólo desayunaste, pero ayer... - me soltó y riñó, como si quisiera que lo hiciera.
Gracias... ¿a quién le canta? - sabía que él quería distraerme, no tenía ánimos de confrontarla y menos a él, así que lo dejé estar.
Es una vieja canción de cuna, le canta a Ni y promete irlo a ver en cuanto pueda, que no será pronto... - me dice imaginando que así será.
Terry... - me llama Fred, no lo había escuchado, pensaba que estaría durmiendo.
Sí Fred, ¿qué haces despierto a éstas horas? - cuestionó al verlo con un short, una playera y recién levantado.
Toda la casa tiene radios de ruido, se oyen aquellos de alta frecuencia, la señora Candice estaba conversando, luego cantó y salió de esa habitación, se oyó un estruendo y después nada... - me explicó con pelos y señales. Aún no recibía toda la información y alguien se me estaba adelantando.
¡Benedetti, espera...! - lo llamé observando como mi amigo salió disparado a la sala y de ahí al ventanal, con una especie de atizador rompió la perilla de la puerta y al salir la dejó abierta.
Nada de espera, Fred mi maletín, aprisa, debemos buscarla, anda a levantar a todos, en la playa, en... Terry tienes algún ¿acantilado cercano? ¿Un rompiente? O ¿Un faro? - ordenó y preguntó atropelladamente sin entenderlo muy bien.
¡No, nada de eso! El rompiente lo mandé a quitar cuando llegó y puse unos sacos de arena en su lugar - expliqué ansioso, también observé lo que ella había hecho.
Bien - respondió pensativo.
¿Qué pasa? ¿Qué sucede? ¡Son las cuatro de la mañana! - preguntó el abuelo Rocco cuando llegaron hasta nosotros.
Cuatro treinta - aclaró Rocco, padre.
Bien, ¡todos vístanse! ¡Necesitamos buscar a Candice, salió y no sabemos dónde está! - exclamó Benedetti aunque a decir verdad lo gritó.
Podría estar en cualquier lado... - mi madre expresó alzando la voz.
Mamá revisa toda la casa, Fred reparte los radios, nos comunicamos en línea 1 - le pedí saliendo detrás de Benedetti que no se esperaría hasta que se decidieran por algún lado de en donde buscar.
¡Sí, hay que actuar rápido! - gritó Marcello.
Salimos de la casa y William se dirigió al poniente, Benedetti al occidente, mi madre en la casa, los Rocco al norte y yo a las playas, habían pasado treinta minutos sin rastro de ella, caminaba apresurado, casi corriendo como loco, eso era, me había enloquecido hasta que muy cerca del límite con algo parecido a una boya se encontraba una silueta, desnuda, adentrándose más hacia el mar, cuando de pronto, dejé de verla, ¿se habría hundido?
¡Ya la encontré, está cerca de una especie de boya en el mar! - dándole vuelta al botón del radio en línea 1, presioné los botones de comunicación, avisando donde estaba.
¡Sácala! - gritó William.
¡Sácala! - gritó el abuelo Rocco
¡Sácala, estúpido! - gritó Marcello.
¡Sácala Terry! ¡Candy... no sabe nadar! - respondió Benedetti.
Eso fue suficiente, ¿cómo una mujer de su edad no sabía nadar? ¡Era inconcebible! ¡Aventé el celular, los zapatos, el radio y me metí al mar para ir hasta dónde ella se había hundido! Eran por lo menos algunos metros, mientras nadaba me pregunté ¿cómo había llegado hasta allá? Todo estaba a oscuras y ella por ningún lado. A lo lejos, todos se reunían, Benedetti se sacaba la ropa y Marcello también, de un momento a otro se me ocurrió que nos tocaba buscarla debajo de la boya, debería de andar por ahí, me zambullí y comencé a nadar hacia el fondo cuando de pronto vi como otras dos personas lo hacían, sin duda Benedetti y Marcello también lo hacían, buscamos hasta que vi una sombra y llamándolos emergimos.
¿La encontraron? ¡Allá hay algo, vamos! - les señalé, apenas y la luna nos ayudaba iluminando un halo.
Volvimos a sumergimos, los tres nos dirigimos hacia la sombra, era una bufanda y más abajo Candice sin vida, nadamos hacia ella; Marcello la agarró y la subió hacia la superficie lo más rápido posible, cuando emergimos no respiraba, la tomé, sin fijarme en su desnudez la tendimos entre mis brazos y los de Marcello que le preocupaba el color azul claro que su piel estaba tomando.
¿Qué hacemos? - pregunté cuando Marcello la sacó.
Terry, tómala entre tú y Marcello para que le dé respiración boca a boca, necesitamos resucitarla... - explicó Benedetti colocándose al lado de ella mientras la cargábamos en horizontal.
Bien, mil, dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil, respira bonita, respira - Benedetti tomó su boca, la abrió y después de contar los cinco mil le dio una bocanada de aire para ayudarla a respirar, su tórax se expandía con cada respiración y después le daba masaje cardiopulmonar.
Así pasaron seis veces, hasta que en la séptima tosió y yo la tomé, arrastrándola, la llevé hasta la orilla, mi madre había recogido mis cosas y cuando pasé por donde ella estaba, me extendió el teléfono, en ese momento di gracias a mi madre que me conocía tan bien; hablé con Fred y cuando llegué a la casa ya me esperaba con varios de mis encargos. Pero ella apenas articulaba palabras, quizás la falta de aire le daba permiso a su cerebro, divagaba, detrás de mí venía Marcello y Benedetti que al parecer estaban muy preocupados. Cuando llegué a casa, Paula salió con cobertores térmicos, órdenes sin duda de Benedetti con los cuales dejé que la arropara. Paula me guió a su habitación y ella castañeaba los dientes, después de nosotros entró Benedetti, revisándola y alzando el cobertor para observar cómo se encontraba, alguna herida probablemente era lo que estuviese buscando, después le tomó la temperatura y Paula trajo una cobija térmica, Marcello la levantó y luego la dejó sobre ella enredándola, yo sólo me encontraba allí, observándola, observando como todos ayudaban mientras me había quedado inmóvil.
Al parecer todos sabían qué hacer menos yo, mi madre creo que nunca me había visto en ese estado, no era un hombre que se quedara sin hacer nada, pero Benedetti se daba prisa, por algo en especial, cuando William llegó ya estaban dándole respiración asistida, el color aún no regresaba del todo, de pronto llegaron la servidumbre con piedras calientes en éste calor, fue extraño y a la vez razonable y antes de que todas éstas piedras aparecieran, Benedetti comenzó a darle masaje cardiaco.
Paula el resucitador, conecta el electrocardiógrafo - le solicitó a ella.
Voy, Marcello conéctalo, atrás del buró está el conector - ella le pidió a Marcello que lo hiciera cuando volvió con el aparato mientras ella le ponía los marcadores.
Sí, está encendido - respondió él, encendiéndolo y ajustándolo.
Marcello colócale la bomba, oprímelo hasta que él le coloque el respirador y después las paletas - Paula le ordenó a Marcello sobre la bomba manual para que le diera oxígeno.
Sí... - él aceptó atento a lo que le pedían.
¿Lista para el respirador? - avisó Benedetti tomó un laringoscopio, unas pinzas de Magill y una guía 7-7-5, se subió a la cama, abrió su boca, hizo a un lado la lengua amoratada y metió la guía. Insertada la guía, Paula sécala, así no puedo ponerle las paletas, su pulso es muy bajo aún, sufrirá un paro si no nos apresuramos - reaccionó al ver que el electrocardiógrafo apenas y tenía pulso.
Voy, en un momento, listo - respondió ella, colocándole los parches para el electrochoque.
Espera, ponle una ampolleta de atropina - pide Benedetti volviéndole a dar masaje cardio respiratorio.
Lista, una ampolleta de atropina - informó Paula.
Vamos Candice, resiste - todos se alejaron menos Marcello, Benedetti y Paula que seguían con el oxígeno, el masaje y los medicamentos.
Sigue igual, asistólica - avisa Paula.
Carga a doscientos voltios - una vez y nada, un silencio sepulcral.
Carga a doscientos cincuenta - dos veces, seguía con el oxígeno mecánico.
Carga a trescientos - otra vez y nada seguía una línea recta continua.
Carga... - se quedó paralizado cuando Paula lo detuvo. Ponle una ampolleta de adrenalina - pidió él, había que echar a andar al corazón.
Voy, permiso, ya está una ampolleta - Paula no la tenía a la mano e hizo que todos nosotros nos alejáramos de la cama cuando pasó atropellándonos.
Carga... - ordenó Benedetti.
No, le puedes dar más cargas, le fundirás el corazón, espera - advirtió ella.
Hora de muerte... - declaró él con mucho dolor, una lágrima se encontraba asomándose por su ojo.
¡Candy... se había dado por vencida! ¡Candy, no podía darse por vencida! ¡No podía y no lo permitiría! Todos se encontraban en un silencio sepulcral, pasaron unos segundos que sentí como si fueran años, de pronto se escuchó un pitido muy fuerte y luego otro, había vuelto, todos dejamos suelto un suspiro, habían contenido el aire en sus pulmones, al igual que yo, mi madre rompió en llanto y se dejó abrazar por el abuelo Rocco, Anthony se sentó en el piso, Marcello se limpió una lágrima dispersa; Paula sonrió, Rocco padre tomó sus manos y las oprimió para después recargar su frente en ellas; Fred se agarró del pórtico de la puerta y las mucamas tomaron las piedras para ponerlas donde Benedetti les indicaba y yo, yo le juré en esos segundos apenas centésimas que si ella sobrevivía todos los días le agradecería a mi Dios y a su Dios por tenerla en mi vida, que no me la quitara, que no podía vivir sin ella y que no quería vivir sin ella.
Bien, Eleonor, puedes traer un camisón, toallas faciales, un cepillo y una toalla - pidió Benedetti mientras conseguía limpiarse las lágrimas.
Aquí está señora Eleonor, me he tomado la libertad de prepararlo todo - Fred les pasó los artículos, ya se estaba volviendo experto en atenderla.
Gracias Fred, pueden los demás salir, vamos a mudar todo esto y necesitamos espacio - nos pidió Paula.
No me moveré de aquí - advertí mirando a ambos.
Como siempre y desde ahora en adelante nadie podía quitarme de ningún lugar en el que ella estuviera y eso lo sabían, en contra de cualquiera que se atreviera a dañarla hasta con el pensamiento, sufriría mi furia. Todos habían salido, menos Benedetti y Paula, que seguían con el cambio de ella, de la cama y por último las indicaciones; los demás fueron a sus habitaciones a descansar lo que restaba de la mañana, otros se ducharon y quizás se lamentaron por haber vuelto a pasar por éste trance o por ser la primera vez que lo hacían, si alguien pensaba que la miraba en su desnudez, no sólo me limité a sentarme en la mesita que servía de desayunador a un lado del gran ventanal, arrimé la silla y me senté allí, observando en dónde seguramente saldría el sol, tan sólo una hora después, si habían pasado tres horas y yo ni cuenta me había dado, sin más como todos quizás pude conciliar el sueño y éste me derribó quizás veinte minutos después, me quedé profundamente dormido, con la piernas estiradas y los brazos enredados sobre mi pecho.
Benedetti, a él le preocupaba ella, a Paula también, pero la experiencia suscitada, nos había cansado de más, fue entonces que ambos quedaron exhaustos y durmieron. Ya muy entrada la mañana, como a medio día, el ventanal de su habitación se encontraba abierto, Candy tenía remangada la pijama y corría detrás de Mo y toda la camada que vivía con ella en Lacio, obviamente que la vi después porque mi día anterior había sido escandalosamente absurdo, creía estar soñando, quizás porque ella me había cubierto con su frazada y el calor me tenía a punto de cocinarme.
Terminé despertando cuando escuché un grito, de ella, me levnté observando que no estaba en la cama, me asomé al cuarto de baño y al pasar por donde se encontraba, Benedetti lo desperté alertándolo, ambos y él casi cayéndose entre la arena, observamos como Mo y la camada de Lacio junto con ella, corrían detrás de un cansado Fredich, hacían volteretas, bueno más o menos esa era la idea, ella no había tenido tiempo de cambiarse, pero lo intentaba, el camisón se encontraba húmedo hasta arriba de la cintura, Mo y la camada se encontraba completamente mojada; al igual que Fredich.
Vaya ahora sabemos ¿que ha estado haciendo? - susurró Benedetti detrás de mí.
¿Está riéndose? - cuestioné por lo extraño de su voz.
Al parecer... vaya creo que debo de cambiar el tanque para otro lado... - respondió Benedetti sonriendo.
¿Cuál tanque? - quise saber, esperaba que no me dijera algo que me haría enfadar.
¡Han estado oliendo gas helio, están locos de remate! - soltó como si nada.
¿Helio? - pregunté maldiciendo para mis adentros.
Sí, ese gas que si lo hueles te pone eufórico y te da esa voz... - explicó Benedetti.
¡Parece que se divierten! - exclamó Paula.
Sí Paula, Fredich siempre saca lo mejor de ella, lástima que no la tendremos mucho tiempo en ese estado - informó lastimero.
¡Benedetti...! - reprendió Paula al galeno.
Sí Paula, Fredich morirá pronto... lo sé y ella se morirá de amor por él, pero tiene que sobrevivir, debe de hacerlo. Los demás debemos de importar también, no sólo él - afirmó volteándose poco a poco.
Esa noticia me dio una sensación de congoja, Fredich muerto. Cuando nos vieron que casi todos estábamos ahí se comenzaron a reír y no paraban.
¿Se están burlando de nosotros? - preguntó Benedetti poniéndose de serio a juguetón.
No, es el efecto del gas, seguramente nos ven chistosos - reitera Paula.
Fred ¿qué pasa? - cuestiono cuando veo a Fred parado en el quicio de la puerta.
Está preparado el almuerzo, Terry - informa Fred y espera las siguientes órdenes.
Avísale a todos que bajen a comer y de paso que las mucamas ayuden a Candy a vestirse, que coma y luego la vengo a ver - solicita Fred, sonriendo.
Sí señor - Fred obedeció y se fue a hacer lo que le había ordenado.
Gracias. Vayamos a comer - invité a los demás, viendo cuando pasaba Benedetti y Paula.
Fred, déjala que se le pase el efecto y haz lo que Candy quiera - susurré cuando me encontré a Fred en el pasillo.
Sí señor - aceptó y siguio su camino.
Vamos Eleonor, Paula - tompe del brazo a mi madre que nos encontramos en el pasillo hacia el comedor y esperaba a Paula con mi otro brazo abierto.
Sí, voy... - responde un poco dudosa de retirarse de ahí. Finalmente lo hizo y tomó mi otro brazo nos fuimos de ahí.
Todos nos encontramos en el comedor, nadie hablaba y nos limitamos a andar entre nuestros pensamientos, después William comenzó con un tema cualquiera y los demás nos permitimos compartir con él. Cuando de pronto, entraron Candice de vestido ceñido veraniego, tomada de la mano de Fredich, justo en la hora del postre.
Buenas tardes... - saludó Candy haciendo que más de uno alzara la vista.
Buenas noches dirás, pequeña - la saludó el abuelo Rocco.
Lo siento abuelo Rocco, me quedé dormida. Quiero pedirles disculpas a todos por ello, lamento haberles despertado ayer - refirió ella sintiéndose culpable.
Pero pareces estar mejor hoy, lamento que Mo y los niños no estén para saludarlos, pero creo que se encuentran indispuestos - respondió sabiendo que si estaban indispuestos fue por ella.
¡Mojados, dirás! - aseguró Fredich.
Bueno es que se tropezaron con las olas... - soltó de nueva cuenta.
Querida, deberías saber que ellos nadan mejor que tú - afirmó William.
Sí claro, yo sé que no sé nadar, pero ¡lo he intentado! - juró ella.
Demasiado...tiempo diría yo - se burló Marcello.
¿Quieres comer? - ofreció Anthony.
No, sólo un poco de fruta, no tengo mucha hambre - respondió ella.
De acuerdo, ahorita te traigo fruta - Eleonor se levantó y salió del comedor para traer lo que ella había pedido.
Eleonor trae mucha como si fuera para un regimiento, también granola, miel o yogurt, lo que tengas, verás por qué te lo digo - Anthony le hacía burla como siempre.
Bien, en un momento - Eleonor se fue saliendo de allí.
¿Te sientes mejor? - pregunté enfadado.
Sí gracias, me siento bien. A veces me pregunto cómo es que Mo y los niños pueden quitarme la depresión - refirió ella meditando.
¿Sabías que estabas deprimida? - quise saber.
Sí, claro que lo sé. Sé cuando lo estoy... mi primera depresión, no se creo que a los 23 años, cuando Niel me violó, creo - Candy contó de primera fuente.
No hablemos de esas cosas, mejor ¿por qué no nos cuentas otras? - pregunté sabiendo que era hora de una buena pelea.
Bien, haremos de cuenta que ese tema está prohibido para el gran señor Grandchester. ¡Seamos superficiales! - me respondió apropósito.
Candice... - varios la llamaron para detener lo que todos veían.
¡Bien, me portaré bien! - respondió ella chasqueando la lengua.
¿Qué problema traes conmigo? - pregunté encarándola con ojos burlones.
Ninguno, debo ser recatada con mis comentarios y portarme bien... -refirió retándome.
No, dime ¿qué quieres reprocharme? - volví a cuestionarla.
Nada, debemos ser distractores, no distraernos - volvió a inicitarme, si quería pelea, la tendría.
¡Maldita sea! ¡Que me lo digas! - me levanté y di un fuerte golpe en la mesa haciendo que los platos hicieran ruido sobre ella.
Terry... - William me llamó.
No, nada de Terry, quieres hablar de Niel, pues lo haremos, ¿qué quieres Candice? Primero tengo la mala suerte de conocerte, te veo con Rocco, te haces amante de Anthony, intenta violarte Niel, ellos no te protegen, me desaíras, te digo que te amo, te operan, luego te diviertes, luego intentas suicidarte, luego te salvo, te sacó del mar a las cuatro de la mañana, te mueres y resucitas, ¿qué carajos quieres de mí? - preguntó enfadado, si esto es lo que ella quería, vaya, sí que lo está obteniendo, nos luciríamos para que ella entrara en razón.
Todos salgamos, esto es asunto de ellos dos... - increpó William comenzando a retirarse.
¡No, de aquí nadie sale! ¡Todos se quedan! ¡Todos debemos confrontarla con su realidad! ¿Cuánto más pretenden seguir en esa actitud? ¿Qué te hizo Niel? ¿Te violó? ¿Qué pensabas que deberías decir? ¿Qué sí? ¿Deberías sentirte mejor, ocultarte, que nadie te ayudara? ¿Qué pretendías con perderte por tres años? ¡Estudiaste y fuiste otra! ¿Te sirvió de algo? ¿Te sentiste mejor? Dile William, dile ¿cómo te hizo sentir cuando te enteraste que había huido? ¡Díselo! - le pedí a William, ella no entendía que cada una de sus tontas decisiones le afectaba más que a ella.
¡Yooo... me sentí desolado! - respondió William aceptándolo.
Ves, una persona que te amaba y le hiciste daño! - exclamé irónicamente y por supuesto, apropósito.
¡Basta Terry, que le hace daño! - pidió Marcello hijo.
¡Ningún daño! Está sobreprotección no es buena para ella. Dinos que hizo Albert para merecerte que los demás no lo hemos logrado, ahí tienes a Benedetti que te halaga y no te diste cuenta que ha vivido enamorado por años de ti, ¡no sé que le diste! ¿Te ha dado algo? Bien, que más, los Rocco, sí esa es una buena idea, ¿qué hiciste por ellos? Trabajas con Marcello por tus grandes historias, el padre es una incógnita y el abuelo no tenemos ideas - seguí presionando.
¡Basta...! - pidió ella.
No, apenas estoy comenzando. Dinos que ha hecho por ti o tú por ella, ¡Marcello! - le pedí información a sabiendas que no tendrían fundamento para responderme ningún cuestionamiento.
Me salvó la vida en Guanajuato... - respondió el abuelo Rocco.
¡Abuelo Rocco, no diga más! - ella se opuso a que siguiera.
¿Qué cosa? - todos expresaron su pregunta.
Sí, Candice se encontraba de visita en Guanajuato, la ciudad era hermosa de noche y yo era un turista más en esa ciudad, Candice se encontraba cerca de donde lo estaba yo, era una noche de callejoneada y andábamos en grupo de visita. Sin esperármelo de camino al hotel, unos tipos me asaltaron con navaja en mano, ella ni tarde ni perezosa comenzó a retarlos defendiéndome, para luego ser herida en el brazo, más era mi susto por la copiosa herida que por lo que me pudieran quitar, Candice sacó un arma, le colocó el silenciador y disparó a los asaltantes, a uno le hirió la pierna, a otro el brazo y al otro le rozó la cabeza, salieron malheridos y ella sin pena guardó en su gabardina el arma y se acercó a mí, levantándome y acompañándome a un hospital, llamando a mi hijo y nieto, se esperó hasta que ellos llegaran y de allí no la volví a ver hasta que la encontré en Francia - contó el abuelo Rocco.
¿En qué estabas pensando, tonta? - la reprendí y seguía sin entender nada.
En esas épocas era un poco temeraria... - me aseguró.
Cuando llegaron ellos dos, les platicó cómo estaban las cosas y yo me encargué de ocultar que ella había usado, un arma, me dio sus datos y desapareció, nosotros no supimos de ella hasta que salió en los periódicos que se casaba con Albert. De ahí la naturaleza de nuestra amistad - respondió Rocco padre.
Y ¿el arma? - quise saber.
La dejó oculta en el hospital, los jardines para ser exactos y luego volvió por ella - refirió el abuelo Rocco.
¿Pueden dejarnos solos...? - solicité a los demás. Y ellos aceptaron, así que comenzaron a caminar hacia sus habitaciones.
¡Me voy a mi habitación! - respondió ella, enfada conmigo.
¡No, tú te quedas! ¡Es más, estaremos en la biblioteca, vamos! - tenía que hablar con ella, así que me fui de ahí asiéndola del brazo y encaminándola para la biblioteca.
¡No quiero, déjame en paz! - ella se revolvió y aún así no logró que la dejara libre.
¿No quieres privacidad? ¡Pues la tendrás! - reiteré dándole un empujoncito a uno de los sillones de la biblioteca.
Terry... - William quiso detenerlo.
¡Dije fuera todos, querían irse pues háganlo! - y sin más, los eché.
¡No necesitas ser grosero, Terry! - William me reprendió, pero mi objetivo se sobaba la muñeca, así que tenía que volver con ella.
Pues ella no saldrá de aquí hasta que se disculpe con todos y de eso me encargaré - le aseguré a todos cerrando la puerta y dirigiéndome hacia ella que se encontraba con la vista al piso, perdida entre sus recuerdos.
¿Me puedo quedar? - de pronto una cabeza se vio entre la puerta.
No, Fredich, no puedes - tenía que estar a solas con ella, debía de estarlo.
Puede desmayarse... - me aseguró.
Puedes esperar afuera... - le solicité.
¡De acuerdo, lo haré! - respondió a regañadientes.
Te llamaré si algo sucede... - le aseguré haciendo que se retirara.
Bien, esperen, tenemos que esperar aquí - informó Fredich, haciendo que una vez más nos quedáramos solos en la biblioteca.
Pero... - Eleonor no entendía por completo.
Quiere hablar con ella y ella ha decidido abrirse con él, pero el radio que tengo es de onda corta, si nos retiramos dejará de oírse - aseguró él de nueva cuenta.
¡Eso fue a propósito! - exclamó Benedetti.
Sí, lo hablamos en la mañana cuando nos dimos unos toques de helio - respondió Fredich.
¡Vaya, ustedes dos son unos...traviesos! - William quiso embromar con Fredich.
¡Te estoy esperando! - le exigí que me contara.
Para ¿qué cosa? - preguntó ella sin mirarme.
¿Qué tienes que decir? - la presioné, aún no había aprendido que así, no conseguiría nada.
¡Yo nada, el que vocifera aqui no soy yo! - me alzó la voz enfurecida.
Candice... - me calmé, llamándola.
No tengo nada que decirte... - respondió bajando la guardia.
¡Rayos Candice, sé valiente...! Comienza con el principio - susurró Fredich.
¿Ella te oye...? - preguntaron William y Eleonor al mismo tiempo, Fredich lo aceptó.
Anda... comienza - Fredich la estaba presionando.
Te doy tres... una - comencé de nueva cuenta.
Hace... - ella comenzó a hablar, pero se detenía.
Dos, de aqui no te moverás y yo ya desayuné - aseguré.
Cuando... - volvió a comenzar.
¡Sé valiente...! - Fredich le hablaba por el vidrio como si pudiera escucharle.
Tres... - finalicé.
Cuando era niña... - sus comienzos no sabían por dónde comenzar.
¿Qué hizo que te enamoraras de Albert? - cambié de opinión, tenía que obligarla a hablar.
¿Para qué quieres saber? - cuestionó ella.
¡Díselo! - Fredich volvió a susurrar.
Albert tuvo paciencia de santo, cuando Niel me violó y me vi en el espejo, evité ver cómo tenía el cuerpo aunque en el parte médico decía que me había desfigurado tanto del rostro como de la piel de mi cuerpo. William lloró al verme como su sobrino me había dejado, con el ojo que aún tenía medio abierto, lo observaba todo; William se quedó la mayoría del tiempo a mi cuidado, su hermano juró por Dios atrapar a quién me había hecho eso, pero no, no lo hizo por ser Niel, él... él me prometió que haría lo que fuera por mantenerlo alejado de mí, pero tampoco me cumplió, me pidió perdón, pero era su hijo y no podía meterlo a la cárcel al ser el único varón de su familia.
Ese día me fui de la cabaña en la Toscana y nadie supo de mí hasta que Albert dio conmigo en el campo, me encontraba recluida en Lacio, nadie sabía en dónde me encontraba, me puse en contacto con Fredich y él llevó mi caso extraoficialmente. Albert lo único que hizo fue ser una persona normal, sencilla a pesar de su noble cuna y me amó, así como soy yo, loca, tonta, arriesgada, me gustaba ponerme en peligro, excéntrica, común...humana - vaya mi novia se estaba sincerando.
Albert ¿no te protegía? - cuestioné.
Albert lo intentaba, pero yo había vivido mucho en esos años, la vida me enseñó que podía ser mejor cuando estaba sola. Cuando conocí al abuelo Rocco, me sentí muy querida, sin preguntas, sin reprobaciones, sin culpabilidad, me fui amoldando a su modo de ver y sentir la vida. Todo fue así, sencillo, sin problemas ni ataduras. Cuando conocí a su hijo y nieto, sentí que ayudé a alguien como Pau lo hizo conmigo, no me conocía y me ayudó, de manera desmedida, sin cobrarme nada, como lo haría una verdadera amiga. No, Albert dejó de protegerme, de que pasara lo que pasara seguiría adelante, sin protecciones sólo con protocolos, protección en acción, perdón - siguió soltando información, muy sincera de hecho.
¿Te amaba? - pregunté tomándole la mano y sobando las líneas que le dejé en las muñecas.
Él lo decía, yo debía creerlo - respondió elocuente.
¿Tú no le amabas? - debía de saberlo.
Mi vida amorosa no existió nunca, creo que sabes que me es difícil sentirlo y soy muy desconfiada de los hombres como es natural, al menos en mí, además está la lujuria, vaya... necesitaba que alguien me perteneciera y al contrario, que yo le perteneciera a alguien. Quizás si fue amor... - sonrió atenta.
Y ¿Andrea? - indagué más.
Andrea... la aborté, cuando tenía seis meses, Niel me aventó a la baranda del pasillo sur y rodé por las escaleras, la perdí, se parecía tanto a Albert - siguió contándome.
¿Alguien más lo sabe? - pregunté.
Por supuesto que no, además yo sé que su padre no haría nada, a la familia se le perdona todo, al menos él a su hijo se lo perdonó - Candice, mi Candice sonrió ante una adversidad.
¡Eso es lo que cree! - respondió William yéndose de ahí sin que alguno de los presentes pudiera detenerlo.
¡Papá, espera! - Anthony fue detrás de él.
¿Eres mi novia? - pregunté.
Sí, creo que sí, ya lo habíamos hablado - soltó ella, sabiendo que de un momento a otro sabría algo que no iba a gustarme para nada.
Continuará...
