Capítulo XXXVII
Cuando volví a ver a Candy, lo hice atrayéndola con éste jardín, nuestra Candy no era como lo es ahora, su rebeldía a los cánones sociales era muy notoria así que yo sólo le di una ocupación que al parecer le agradó demasiado - comenzó a contar el abuelo Rocco. Desgraciadamente cuando terminó éste solar, sólo dejó esas letras ahí y la perdimos por un largo año hasta que nos encontramos con que Andley la estaba acosando...digo pretendiendo, de una manera muy turbia y dudosa - terminó por decirlo.
Candy, dime ¿qué quiere decir el señor Rocco? - exigí saberlo, no quería admitir lo que Marcello me había dicho tan sólo un mes atrás de la extraña relación con su abuelo.
Creo que debemos contarle a Terry, abuelo Rocco - respondió Candy soltando un suspiro y dando la vuelta para tocar el perímetro de cada letra.
Pero mi niña, esto siempre te lastima mucho - expresó el abuelo Rocco.
Después de todo, no fue tan malo, ahí conocí a Ni - respondió Candy con media sonrisa.
¡Quieren hablar de una buena vez! - exclamé ya que al parecer Marcello y yo estábamos pintados.
Después de haberla perdido de vista, la encontramos donde menos nos lo imaginábamos, en Cartagena y fue muy instructivo, nunca habíamos visto a Albert tan caótico, en serio que con nuestra presencia el hombre estaba celoso - informó el abuelo Rocco.
Y posesivo... - completó ella.
Demente dirás abuelo, mira que querer abusar de Candy - soltó Marcello sin medir palabras.
¡Marcello cierra la boca! - lo reprendió Candy cuando ya era demasiado tarde.
¡Tonto...! - le gritó su abuelo dándole un golpe en la cabeza.
¿Qué quieres decir con abusar de ella? ¿Candy? - le insistí inmediatamente.
¡Nada! - contestó ella.
¿Cómo que nada? - exigí que me lo explicara.
¡Todo fue un mal entendido! ¡No pasó a mayores! - me aseguró ella, pero algo no me quedaba claro.
Fue el hombre de tu vida y me dices ¡que no paso nada! - le reclamé agarrándola del brazo y halándola fuertemente.
¡Todo fue un mal entendido! Albert estaba celoso de él y yo... yo sólo quería vengarme de Niel con Albert, sólo quería que sintiera lo que yo en ese momento, así que lo menosprecié, lo hice sentir celos, coraje, miedo, me burlé de su persona, de su virilidad, le hice creer que... - se detuvo cuando el abuelo Rocco interrumpió.
No mi niña no lo digas... - pidió el abuelo.
Le hice creer que el abuelo Rocco y yo... ¡que nos entendíamos! Y eso... por supuesto lo enloqueció como era de esperarse, lo puse tan fúrico que se puso violento y después de esa noche, me sentí poderosa, invencible y muy sedienta de venganza, así que lo humillé por un mes más hasta que me pidió perdón - comenzó a caminar de un lado al otro.
¡Hasta que lo sentiste en el piso! - refirió Marcello sonriendo.
Hasta que lo vi en el piso, implorando mi perdón, pero sólo que no había tenido en cuenta que al mismo tiempo de sentirme exitosa, en su humillación me estaba lastimando a mí, fui tan tonta y vacía que con el tiempo me di cuenta... - volvió a interrumpirla el abuelo Rocco.
De que te enamoraste de él... - informaron los tres Rocco cuando su padre entró a el solar.
De que me enamoré de él... - responde al mismo tiempo.
¡Eso piensas hacerme a mí! - cuestioné indignado.
¿Qué cosa? - preguntó ella, al parecer no me entendía.
¡Humillarme! ¡Dímelo! - exigí saberlo.
¿Acaso eres Albert? - preguntó rápidamente.
¡Por supuesto que no! - lo negué, yo aún seguía vivo.
Entonces no debes preocuparte, al menos sí quitarte lo controlador, que te servirá de mucho - respondió como si nada.
¿Otro gen controlador? - preguntó el abuelo Rocco.
Oh sí abuelo Rocco y no se espante por lo que le voy a decir, éste jovencito está celoso hasta de la jauría - Candy se estaba divirtiendo a mis costillas.
¡No es cierto! - cuestionaron los tres Rocco, a sabiendas de que ella decía toda la verdad, una nueva faceta que por supuesto no le conocía.
Vamos señor Rocco, díganos ¿cuál es la fórmula para conquistar su corazón? - pregunté de una buena forma.
¿Fórmula has dicho? No hay ninguna fórmula en sí, ni antes, ni después, ni ahora - aceptó el abuelo Rocco.
¿Cómo fue que Andley la conquistó? - volví al ataque.
No puedo decir nada, antes era más complicado; Candy después del ataque no sabía que quería y es en serio, no sabía cómo actuar, ni que decir... - el abuelo Rocco se interrumpió.
¡El daño fue irreversible, dígalo! - grita Candy sacando a todos de la plática.
¡Cariño...! - el abuelo Rocco quiso corregir lo que decía.
¡Es la verdad! Mi daño siempre ha sido irreversible, antes era todo amor ahora no lo siento, antes pensaba en sexo de una forma normal y ahora lo pienso tanto que cuando me atrevo ganas no tengo, antes era una persona más jovial y ahora, ahora parezco anciana... lo siento - se disculpó con él ya que no entendía lo que le pasaba.
¡Estas enojada! - exclamó Marcello.
Sí, lo estoy. Estoy enojada porque en todos estos años nadie ha podido alejarme de mis recuerdos, ni mi suegro, ni Francesco, ni Fredich, ni usted, ni tú, ni yo, menos yo, ¿cuánto tiempo pasará hasta que me vuelva a atacar? - les preguntó a todos, haciendo que Marcello se acercara y le dirigiera el rostro hacia él.
¡Candy! ¡Candy, presta atención! ¡Candy por favor! - la llamó haciendo que enfocara su atención en él.
¿Cuándo me libraré de él? ¡Déjame, suéltame! - comenzó a manotear.
¡Candy, Candy tranquilízate! ¡Marcello rápido, el tranquilizante! - pidió tratando de sostenerle las manos.
¡No, no es necesario! - intenté decir sin entenderlo completamente.
¡Si la amas, ayúdanos, está eufórica! - informó ella
¿Y si mejor llamamos a Benedetti? - cuestioné sin apremiarlo.
¡No lo soportará! ¡Se pondrá incontrolable! - refirieron más de uno.
Papá ¿qué le pasó? - preguntaron sin entenderlo.
¡No lo sé! ¡Candy, Candy! ¿Tomaste algo? - preguntó el abuelo Rocco.
¡Que les importa! - se levantó y salió sin rumbo del solar.
¡Candice! - gritamos y salimos detrás de ella. Benedetti ¿qué haces aquí? - cuestioné.
¡Te odio, Niel! - exclamó de entre tanto ruido.
¡Se está confundiendo! - gritó Benedetti.
¡Déjenme, déjenme...! - volvió a gritar.
¡Candy, espera! - la llamamos.
¡Candy! Tenemos que ir por ella - la llamé al último y exclamé algo ininteligible.
¡Candy, Candy! - gritaban los Rocco.
¡No podemos... rayos! - gritó Marcello cuando la perdió de vista.
¡Tenemos que encontrarla! - exigió Benedetti preocupado.
¡Anda a buscarla, no saldrás de ese lugar tan rápido! - aseguró Marcello Rocco padre.
Entonces ¿qué haremos? - les pregunté.
Esperar a que deje de moverse y por lo mismo esperar lo mejor - refirió Benedetti señalando el gps. Marcello, trae el maletín de primeros auxilios - le ordenó el médico.
¿Herida, dónde? - pregunté alarmado.
¡No lo sabemos! Pero es importante que nos comuniquemos por radio - explicó Benedetti enseñándonos y dándonos nuestros radios.
Bien... aceptamos y lo guardamos.
¡Aquí esta! ¡Sólo hay algo que tengo que decir! - refirió Marcello entregándole el maletín a Benedetti.
¡Ay no! - respondió el médico cuando vio el paquete que Marcello tenía entre sus manos.
¡Maldita sea! - expresaron los Rocco tomándose la cabeza
¿Qué sucede? - pregunté, cuándo iba a entender algo.
Esto es lo que sucede, nadie sabía nada, ni tu Benedetti - el abuelo Rocco le reprendió.
No, de hecho no sabía que las estaba tomando... - el galeno trató de disculparse por algo que él no había recetado.
¿Qué sucede? - pregunto y pregunto, pero no me dicen nada.
¡Candice está drogada, por eso esta así! - afirma mi mejor amigo.
Y ¿es bueno? - intento saberlo.
¡No, claro que no es bueno! - afirman haciéndome sentir más nervioso.
¿Por qué Benedetti? ¡Dínoslo! - intento saberlo de nueva cuenta.
¡No puedo decírselos! - nos informa Benedetti.
¡Habla de una buena vez! - le insisten los demás
Porque Candy no está bien... - comienza a soltar algo, deteniéndose.
¡Por supuesto que no! - me niego a escuchar lo que los demás dicen.
¡Aqui alguien miente! - dice el abuelo Rocco.
¡Está bien de salud, vi sus datos! - Marcello recuerda.
¡Benedetti tienes que decírnoslo! - insistimos, ellos y yo, le insistimos para que nos suelte información.
¡Candy cree que está embarazada! - responde ante nuestras presiones.
... - nadie de nosotros sabía qué decir.
Sabía que no iban a decir nada, pero hablen por favor - solicitó Benedetti.
¿Es de Anthony? - cuestioné no sé de dónde.
¡No lo sé, solo dije que lo cree! - refutó Benedetti.
Y ¿se drogó para eso? ¡Acaso está loca! - reprendí a mi tonta novia.
¡No puede ser de Anthony, fue hace años! - referí el acontecimiento.
¡Técnicamente fue hace años! ¡Pero no, de hecho el bebé es tuyo, Terry! - gritó Benedetti en son de reclamo.
¿Cómo? - quise preguntar algo más, pero me fue imposible.
¿Qué quieres decir con eso, Terry? - me preguntó Benedetti. ¡Que sí! El bebé de Susana, ¡es tuyo! - afirmó el galeno.
¡Eso no es cierto! - le reclamé.
¡Niel...! - gritó Candice, levantándose y retrayendo las piernas sobre la cama que la soportaba.
¡Candy, Candy, estabas soñando! - la remueve el abuelo Rocco, preocupado.
¿Qué me pasó? - preguntó ella llorando a raudales.
Tuviste un ataque de euforia, ¿te has tomado los medicamentos? - preguntó Benedetti tratando de que hablara.
Sí, un poco tarde pero sí, ¡fue horrible! - respondió llorando, tomándose los pocos cabellos que tenía.
¿Qué soñabas? - preguntó nuevamente el galeno.
Que Susana tenía un bebé tuyo y que Niel lo tenía conmigo, ¡fue horrible! - respondió señalándome y metiendo la cabeza entre las rodillas.
¡Calma, calma, no pasó nada! - afirma el abuelo Rocco.
¡Terry ven! ¡Siéntate aqui, por favor! ¡Sosténla y hazla que se tranquilice! ¡Démosle privacidad! - apura a que todos salgan de ahí.
Terry, ¿por qué duele tanto? - preguntó mi rubia novia soltando una lágrima y con dolor.
Tranquila nada pasa ya, estás conmigo - afirmé que ahora si no haría nada.
¿Cuándo seré feliz? - me preguntó con más lágrimas en los ojos.
Cuando olvides todo lo que te hace daño - contesté muy sincero y maldición, esas lágrimas ardían como la hiel.
¿Cómo puedo hacerlo si lo tengo vivo en la memoria? - volvió a preguntarme.
Serás feliz cuando dejes de traerlo al presente, solo así - referí de buena forma.
Terry - me llamó.
Dime - le contesté.
¡Bésame... por favor! - me pidió con una ternura que conmovió hasta la fibra más sensible.
Pero... no estás en condiciones para intimar conmigo ¿recuerdas?
Solo te pido un beso, no tener sexo contigo
Shhh no es sexo conmigo, es hacerte el amor... lo único que podría hacer contigo es el amor, no sexo. Lo único que haría contigo es darte amor, besarte y acariciarte para que dejes de pensar en tu pasado porque lo único que me interesa es el hoy, es nuestro presente y nuestro futuro... - le aseguré tratando de encontrar la mejor respuesta y hasta yo mismo me sorprendí de lo poético que sonó.
¡Maldición Terry, que me beses! - me ordenó.
¡Esa boquita! - respondí antes de tomar esos labios carnosamente rosas, besos que me sabían a gloria.
Me gustan tus besos - afirmó Candy después de mucho tiempo.
¿Más que los de Anthony? - quise saber entre besos.
Más que los de él - respondió sonriendo por el cuestionamiento.
¿Más que los de Marcello? - insistí.
¡No hay comparación... Terry... duerme conmigo! - me pidió.
Candy... - me quise rehusar.
Sólo vamos a dormir... - prometió con la mano derecha levantada para luego bajarla y subir la izquierda.
¿No vas a cenar? - pregunté después de terminar con pequeños besos.
¡No tengo hambre, sólo estoy cansada! - me respondió acostándose nuevamente.
Bien, me esperaré a que te duermas y voy a cenar hasta que vuelva a tus brazos para dormir - le advertí.
Bien, comes por mí - se despidió y volvió a cerrar los ojos.
Al menos más abundante - le aseguré.
Candy se recostó y me limité a observarla, tan bonita que se veía y minutos más tarde dormía plácidamente, su compás era vibrante por lo que decidí llevarme el radio portátil y salí de su habitación donde me esperaba Henriette, la chica morenita se presentó ante mí y me dijo que ella cuidaba en ocasiones a mi novia cuando se quedaba así que estuve de acuerdo y tiempo más tarde quise volver, encontrándola enredada entre las cobijas. me quité la ropa y me coloqué la pijama, una que por supuesto había sido dejada ahí por alguien. Cuando medio desenredé a Candy me di cuenta de que sólo tenía una blusita de tirantes y su ropa interior por lo que yo quería sentirla, muy cerca de mí y me limité a quitarme la pijama quedándome en bóxer. Después me metí con ella y se amoldó a mi cuerpo como lo que era, como mi alma gemela.
Nuestras piernas se enredaron adecuadamente, quise por primera vez hacer el amor con ella, la deseaba en silencio y en éstos momentos no sabía si lo quería hacer, de pronto cerré los ojos y aspiré su aroma.
Cuando volví a abrirlos, ahí estaba ella, mirándome a los ojos y eso me sorprendió, analizaba cada centímetro de mi piel, quería tocar mi rostro y mi cuello, después mi pecho y ella sólo me miraba. Esa mirada que nunca le había visto, esa mirada que tanto había deseado que sucediera, esa pasión que quizás Albert había disfrutado.
¿Qué me ves? - pregunté extrañado.
Te analizo, sólo quiero recordarte en cada sueño, en cada recuerdo, en cada minuto y a cada hora - respondió cuando con el meñique pasaba su dedo en el perfil.
¡Sabes que te amo! - exclamó ella.
Lo sé, también te amo, Terry. ¿No te has puesto la pijama? - me reclamó.
Tú tampoco te la pusiste - ahora fue mi turno.
¡Ésta es mi pijama! - aclaré estirando el resorte del bóxer.
¡Ésta es la mía! - respondió ella con obviedad.
¡Qué pijama tan mas sexy! - le chulee la dichosa pijama.
¿En serio te gusta? - me preguntó con emoción.
Sí, Candy quería que le hiciera el amor, vaya lo estaba consiguiendo y es que esos labios carnosos no podía soportarlos, así que irremediablemente comenzó a besarme la barbilla y después perdí el control, comencé a hacer lo mismo hasta que llegué a un punto sin retorno y sólo así me dijo que...
Estoy en días seguros - me comunicó perdiendo el encanto de la entrega, me detuve haciéndole saber que se callase lo más pronto posible.
Candy... - la llamé molesto.
¡Pensé que querías saberlo...! - respondió con cinismo.
Si te embarazo no debes de perder cuidado, ¡responderé! - aseguré certeramente.
¡Vaya Señor Grandchester! Eso debe hacerme sentir... ¿segura? - preguntó alejándose.
Por supuesto - respondí haciéndome hacia atrás.
¡Duérmase señor Grandchester, que eso le hará sentirse mejor! - deseó dándose la vuelta y dándome la espalda.
Pero... - quise interrumpir.
¡A dormir! - gritó sin darse la vuelta.
Bien - respondí tomando la misma actitud.
Bien - y eso fue lo último que dijo.
¡Vaya! Lo que pensé que sería hacerle el amor fue todo un fracaso, las peleas era lo que siempre me fastidiaban más aunque éste fuese sólo un desacuerdo. Se limitó a darse la vuelta y dormirse. Estaba frustrado y no porque no hayamos tenido intimidad sino porque a alguien no se le había ocurrido que nos dejaran un manual para entenderla. Me pasé un par de horas así hasta que me quedé profundamente dormido.
Ya en la mañana Candice se levantó, se colocó el traje de baño y salió con una bata encima para después dirigirse al helipuerto y salió rumbo a una de las pruebas. Mientras yo seguía durmiendo un rato más, me desperté por ahí del medio día, miré hacia su lugar y no estaba, solo su pijama hecha bolas en su lugar y junto a ella una muda nueva de alguien, me levante, aseé y después salí a encontrar gente, pero no había nadie ni de la servidumbre hasta que vi que cerca de la alberca estaban muchas personas por lo que decidí encaminarme hacia allá.
¡Hola Grandchester! - saludó él.
¡Qué hay! Alguien sabe ¿dónde anda Candice? - pregunté rápidamente cuando vi que solo nos encontrábamos hombres ahí.
¡Exactamente...no! Pero debe de andar por allá. ¡Ah por cierto! Te presento a Jones, él es el otro socio de Candice en tu aventura de ayer...él se encarga de la seguridad - presentó Marcello dirigiéndose a Alfred.
Mucho gusto, Terrence Grandchester - extendí la mano.
Igualmente, Alfred Jones - él hizo lo mismo.
Señor - se acercó otro hombre.
¿Qué sucede Troy? - preguntó Alfred.
La señora sigue dormida, quiere que se le sirva el desayuno o va a usted a desayunar con ella - cuestionó a su patrón.
Sírvele el desayuno, en un momento voy - ordenó y volteó el rostro hacia la piscina.
Sí señor, permiso - se despidió Alfred.
Terry - segundos después llegó Fred.
Fred, ¿qué haces aquí? - le cuestioné un poco extrañado por su presencia allí.
La señora me pidió unas mudas para usted, pensé que las necesitaba y aquí estoy - refirió él.
¡Gracias Fred, ropa limpia! - exclamé yendo hacia la maleta y abriéndola, quizás después de todo no estaba tan molesta.
¿Cuándo llegaste Benedetti? - pregunté al verlo detrás de Fred.
Hoy en la mañana, siempre que hacen pruebas tengo que estar aquí - responde como si nada.
¡Ah, no lo sabía! - admití.
La señora Grandchester, es siempre tan ¿intrépida? ¿Dije algo mal? - cuestiona cuando observa como Marcello y Benedetti se sorprenden y Fred y Terry se quedan absortos en sus pensamientos.
Sí, que la señora Grandchester no existe - responde Marcello en son de burla.
¡Aún no, pero algún día...! - aseguré antes de que comenzaran a decir tonterías.
¿No es tu esposa? - preguntó Alfred sin salir de su error.
¡Por supuesto que no! - respondió Marcello retándome.
Sigue siendo la viuda de Albert Andley - responde ahora Benedetti.
De pronto en mis pies siento una patitas...
Mmmmm mmmm
¿Mo? ¿Qué haces aquí? - pregunto levantándola.
Es normal que esté aquí si Lacio está a 30 km - refiere Marcello.
Si ella está aquí eso quiere decir que... - me interrumpo.
En efecto, si Mo estaba ahí, la jauría también lo estaría y no sólo los perros, también unas piernas largas y fortachonas que pasaron corriendo deteniéndose en el filo de la alberca.
¡No puede ser! ¡Odio a ese chico! - reiteró con los dientes apretados.
Veo que ya conociste a Paolo... - sonríe Marcello burlándose.
¿Quién es? - preguntó Alfred.
El que le cuida los perros a la señora Candice, jajajaja ¡qué cara Grandchester! - Marcello se traía algo conmigo, estaba muy claro.
Ese es el chico atlético que vi ayer - aseguró Alfred.
En cuanto pueda me desharé de él - aseguré.
¡En tus sueños, Terry! ¡Soñar no cuesta nada! - respondió Marcello y Benedetti se unio a él riéndose.
¡Vaya van a nadar! ¡Ojalá se ahoguen! - deseé, pero pensándolo bien tendríamos que sacar a sus perros, si se ahogan juraba que no me lo perdonaría. ¿Y tú señora? - le preguntó a Alfred.
Agotada por el viaje...creo yo - responde dudoso y sonríe de último.
¿No han desayunado? - cuestiona Benedetti.
No, siempre la espero a ella - responde señalando el lugar donde su esposa seguramente duerme.
¿Ya desayunó? - le pregunté a Benedetti.
Sí, un litro de adrenalina - aseguró él.
De café dirás... - corrigió Marcello ganándose una mirada desaprobatoria.
También, señor Jones, ¿qué opina de que su esposa se pusiera en peligro con algún deporte? - pregunta curioso Benedetti
A ella no se le dan los deportes, más que correr si acaso - responde Alfred.
¿Y si la viera con un diminuto traje de baño? - volvió a preguntar.
Le daría un traje de bucear... - resolvió Alfred.
¿Y si cayera del cielo a la alberca? - volvió a preguntar.
La encerraría en su habitación como castigo por haberme dado un susto de muerte, ¿por qué? - resolvió cuestionar ahora a Benedetti.
¿Y tú Terry? - Benedetti no hizo caso y volvió a cuestionar.
Creo que las dos primeras ya las he pasado y no le importó, la última, ¡vaya! Me iba a escuchar y tendríamos una pelea pública muy complicada... - aseguré determinante.
Bien, pues espero que se preparen, porque ese helicóptero que viene ahí trae colgando a Candice - Benedetti miró a ambos hombres y señaló su objetivo.
¿Qué cosa? - pregunté sin poder creérmelo.
¡Lo que oyes, vamos! - nos apresuró.
¡Splash! - se oyó de repente llamando nuestra atención.
¿Qué? ¡Estaba loca! Sin más se zambulló en el agua, con un traje de dos piezas; a esa altura de la alberca tenía como 20 metros de profundidad y ella llegó rozando el piso, momentos después salió y saludó a toda la jauría, sobra decir que Benedetti estaba muy contento de verla, el señor Jones desencajó el rostro por lo transparente del traje de baño.
¡Estás demente lo sabías! - me acerqué a la orilla de la alberca y comencé a gritarle, no pensaba en su seguridad para variar.
¡Ah sí, buenos días Terry! ¿Cómo estás? - Candy muy sonriente me saludó y pasó de largo.
¡Bien gracias, pero estoy hablando contigo! - se apresuró
Lo sé, pero debo de cambiarme éste vendaje, hola ¿cómo has estado? - me ignoró y extendió su brazo para que Benedetti le cambiara el vendaje.
Muy bien, ¿qué tal el vuelo? - preguntó Benedetti.
Candice, ¿hazme caso? Pero ¿qué te pasó? - pregunté cuando le vi unos cortes en el brazo.
¿Ya dejaste de gritar? - me preguntó.
No estoy gritando... - aseguré, pero rayos, sí que lo estaba.
¿Qué quieres? - me preguntó de mala manera siendo jalada por Benedetti.
Esos no son los buenos modales que espero de mi novia - le reclamo para hacerle ver que debe de cambiar de actitud.
Pues qué bueno porque no tengo tiempo para buenos modales, por otro lado, Paolo puedes ayudarme a ponerme el traje, por favor - ella decide ignorarme. Le pide al chico que la ayude con el traje que trae en las manos.
Sí Candice, espero que ahora si entres - el chico le hace burla.
Bajé dos centímetros, espero que ya así - refiere ella viendo que con eso es más que suficiente.
Señora... - ya le iba a decir cuando de pronto me interrumpió.
¡Diablos Terry! ¿Qué quieres? ¡Yo no te pedí que vinieras! ¡Tú quieres controlarlo todo! ¡Estoy trabajando! ¡Si no te gusta, Fred puede llevarte al coche y te vas con todo y equipaje hecho!. Vamos Paolo, ¿me cargas? - el pide al chico después de retarme en público.
Por supuesto, arriba - el chico se agacha y se la lleva en la espalda con el traje puesto.
Gracias; adiós Terry, señor Jones vaya a la cabina de seguridad, Marcelo está esperándolo - le informó dándome cuenta de que Marcello ya no estaba allí.
Bien, gracias, eso estuvo... - Alfred quiso dar una opinión neutral.
¿Lo acompaño, Terry? - Fred se ofrece y carga la maleta con mi ropa.
No; menos me iré, ¿a dónde va? - le pregunté a Benedetti.
A su prueba de fuego...literal - respondió él cerrando su maletín.
¿Pruebas con fuego? ¿En serio? - no quería saberlo, no quería saberlo, pero Benedetti decidió asentir.
Sí, es por la prueba a la que vengo - afirmó Alfred.
Señor, el señor Carnati llegó - le informa Troy a Alfred.
Que pase al centro, allá vamos - le ordena a su guardaespaldas y él se va de ahí.
Bien caballeros, vamos a conocer al señor Carnati - invitó Alfred motivándonos a cambiarnos de lugar.
¡Buenos días! - saluda el señor Carnati.
Buenos días, le presento al señor Jones, Grandchester y Benedetti, el médico de la señora Andley - refiere Troy.
Bien, veamos las pruebas anteriores para que conozcan la peligrosidad de la prueba - pidió Alfred.
Bien - aseveró Carnati.
¡Vaya que es intrépida la señora! - susurró de nueva cuenta.
Sí, lo es - lo acepté.
Y muy linda, ¡lástima que estando tan buena, se esté guardando! - comenta con cinismo y morbosidad.
¡Ejem! - interrumpió Benedetti haciéndole notar que fue un comentario fuera de lugar.
Perdón, creo que hablé en voz alta, pero a ese forro de mujer, vaya tendrían sexo hasta desfallecerla... - susurró con ardor.
Terry - se oyó el llamado de mi guardaespaldas.
Fred, ¿qué sucede? - volteé el rostro.
La señora le manda esto - atinó a responder cuando oyó el último comentario.
¿Qué es eso? - pregunté cundo vi que su mano se extendía y sobresalía un pedazo de papel.
¿Una nota, Terrence? - cuestiona Alfred.
Vaya, si piensa que con esto estaré contento... que lo olvide! - aseguro no dándole importancia.
¿Qué dice? - pregunta Benedetti quitándoselo a Alfred de las manos.
Jajajajaj Terry, es un beso - responde Benedetti sacándome a mí también una sonrisa.
¿De qué me perdí? - cuestiona Carnati para saber qué fue lo que dijo.
De que el señor Grandchester tiene sexo con la señora Candice - respondió Alfred, él si sabía que era lo que estaba haciendo Carnati.
¡Ejem! - Benedetti sabía que eso no era cierto.
¡Hasta eso, aún no! - respondo.
¡Noooo! - exclaman todos sin poder creérselo.
No, eso no es importante por el momento. Además somos novios y nos estamos conociendo... - informo a los demás que me ven con curiosidad y se burlan de mí.
¿En serio? ¡Yo pensé! - cuestionó Benedetti.
Creo que todos lo piensan, una señora viuda no debería ponerse tantos moños como diría ella... Pero no estamos interesados en el sexo por ahora, ya se dará en su momento - explico cuando observo que Marcello entra.
¡Qué desperdicio! ¡Perdón! - vuelve a interrumpir Carnati.
Lo sé, no estaba acostumbrado a ello, pero su vida no ha sido fácil y lo único que quiero es que ella esté lo más tranquila posible, si ahora la obligó a intimar, se estresaría, no la quiero enferma, la prefiero así, desafiante que en un hospital - explico más a fondo.
¿Quién pensaría que la señora Andley no fuera de flores y chocolates? - susurró Alfred recordando que él tampoco lo fue.
Ah no, eso le encanta, después le enseñamos eso de las flores y los chocolates, prefiere los perros - afirmo a sabiendas que la jauría eran su adoración muy a pesar de ellos Mo y Glo eran lo más importante para ella.
Señor - Troy llegó con un nuevo informe.
Sí Troy - cuestionó Alfred.
La señora está preguntando por usted - refiere su guardaespaldas.
Sírvele el desayuno, estaré ocupado por unas cuantas horas, espero - menciona despidiéndolo.
Señor Carnati, vamos a la zona de prueba - ofrece Benedetti y ambos hombres salen de ahí.
Vamos... - él lo sigue y se despide con una mano en el aire.
Pues para que la señora sea italiana es extraña... - refiere Alfred cuando hubo salido.
No es italiana, es mexicana - informo, sí la que iba a ser mi esposa y madre de mis hijos era mexicana, ¿en qué estaría pensando? ¿Cuánto tiempo tuvieron de novios tu esposa y tú? cuestiono, quizás alguien diría algo más que me sirviera.
No lo tuvimos... nuestra relación siempre fue un poco más distinta de todas las demás - explica sin decir nada en concreto.
Ah y fue ¿bueno? - indagué.
En realidad mi modo de vida nunca fue disoluto - aclaró.
El mío sí y no, mi compañía no la manejo sólo yo. El conocer a Candice vaya fue siempre lidiar con todos sus hombres y con los celos de sus extravagancias... Sobre todo con un maldito hombre que le destrozó la vida desde muy joven - informé sin profundizar tanto en el tema Niel Leagan.
¿Un novio? - increpó Alfred observando celos en mi rostro.
Eso quisiera, pero no... - no eran celos sino odio.
¡Hola! ¿Hay alguien ahí? - de pronto la voz de mi novia nos interrumpe.
Mi amor estoy aquí, ¿qué pasa? - pregunto preocupado.
¿Estás solo? - me pregunta como si no quisiera que los demás la escuchasen.
Sí, todos están en sus puestos, ¿sucede algo? - le pregunto.
Sí, me perdonas, es que me sacas de quicio, no debí hablarte así enfrente de todos... - ¡Candice White Andley pidiendo una disculpa, eso era extremo!
¡Lo pensaré! - quería hacerla sufrir un poco para que se fuera acostumbrando.
Bien, ¿cuándo se te quitara lo controlador? - cuestiona sobre ese gen del que tanto hago alarde.
Supongo que nunca, debo velar por tu seguridad... - respondo chasqueando la lengua.
Debes contratar a un siquiatra, ves peligro en todos lados, éste lugar es como las tumbas, nadie puede entrar - me informa y eso lo veremos.
No necesito un psiquiatra sino que dejes de exponerte al peligro - suelto observando el intercomunicador.
El peligro está en cualquier lado, aún si estás en tu casa recluido como ostra, ¡vive la vida! - exclama haciéndome sonreír y viendo que su punto es atinado.
Lo pensaré, ya te lo he dicho... ¿Por qué está Paolo aquí? - le pregunto a sabiendas de que lo que me contestará no me gustará para nada.
Porque es el único que me puede meter éste odioso traje, es el único con fuerza suficiente - responde como si nada.
Y ¿siempre tiene que vestir así? - le reclamo.
Sí siempre, los espacios del traje lo ocupan todo, necesitamos que sea de ropa lo más ligero posible... Sus músculos dificultan el movimiento... Además le gusta esa ropa tiene un cuerpo bien formado que a las chicas les encanta... - explicó ella haciéndome participe de su elogio.
Como a ti... - sugerí molesto.
Sí también soy chica, pero no para él...tiene 24 años, es muy muy joven para mí; además mi novio es un magnate italiano, celoso, posesivo y controlador, justo lo que una chica de mi edad desea en la vida - me responde haciendo reír a Alfred.
¿Te estás burlando? - cuestiono.
Sí, un poco - lo acepta.
¿A mis costillas? - juego un poco con ella.
Por supuesto, ¿creías que lo de que seas celoso, posesivo y controlador no merecía una pequeña broma? ¡Vaya! Por cierto, te compré algo, quizás ya haya llegado a casa de tu mamá en estos momentos, salúdala de mi parte cuando te llame, ¿de acuerdo? -solicita.
Espera, ¿qué dices? - increpo ante la noticia.
Me voy tengo que prepararme - se despide para no discutir conmigo.
Tú no debes de comprarme nada, yo soy el hombre aquí, soy el que debe de gastar dinero en ti - le reclamo.
Ah me faltó decir que no es para ti el regalo, es para tu madre... Y esto es fruto de mi trabajo hombre de la casa, recuerda que si tú piensas que eres un magnate, yo soy la que te gano... - y con esa frase se despidió o yo pensaba que lo había hecho.
¡Restregarme que eres archimillonaria, perfecto! - comento enojado.
Bendita palabra, bueno me voy - ahora sí se despide y se desconecta dejándome con un improperio en la punta de la lengua.
Mmm - tengo que resistir y de pronto.
Terry - una dulce voz me llama.
¿Qué quieres? - y yo le contesto de mala manera.
Te amo... - con la voz más dulce me confiesa algo que nunca le he oído decir de esa manera al menos y de paso desarmándome. Anhelando más momentos de éstos.
... Yo también - respondo dándome por vencido, haciendo que esas palabras calmen mis ímpetus de pelea y que por ello la ame aún más.
¡Sí la amas, se nota! - me dice Alfred soltando una risotada. ¡Vamos hombre, no lo tomes tan apecho! - me sugiere Alfred dándome una palmada en la espalda.
Desde el día en que la conocí... - le confieso a Alfred.
¿Pues qué le hizo ese hombre? El que me contaste... - Alfred hizo esa pregunta y yo no recapacitaba como para no responderla.
La violó... -solté sin reparo.
Continuará...
