Capítulo XL

¡Candyyyyyyy! – gritaron más de uno.

¡Candy! – Fred que ahora quitó lo de señora Andley sólo se limitó a llamarla por su nombre antes de que ella se desmayase, uno por la impresión de lo que sucedió y otra por la herida que de su abdomen ahora ya, salía un poco de sangre.

Lleven a Candy a mi habitación, Fred ¡cuídala! – me había acercado a ella torpemente y en lo que ordenaba a Fred que se encargase de Candy, miraba como Niel había sido impactado en el hombro por mi novia.

¡Me hirió, me hirió! ¡Deténganla! ¡La meteré a la cárcel por intento de asesinato! – profirió la sucia boca de Niel.

¡Tendrás mucha suerte, no tienes testigos! – advertí con sorna al ver que todos los demás se alejaban.

¡Ustedes deben de apoyarme! – ordenó como si eso lo fuese a salvar de la cárcel.

Una de cal por las que van de arena, ¡nadie de nosotros mentirá por ti! – advirtió Anthony.

¡Son mi familia! – espetó con descaro.

Yo no… - respondí esas frías palabras.

Yo tampoco… - susurró Anthony.

Yo estoy en Roma – declaró William.

Yo de pesca – refirió Marcello.

Yo estoy muerto – Albert le sonrió con burla.

Yo descansando en San Petersburgo – comentó Benedetti.

¡Mi padre me apoyará! – soltó al ver que nadie le ayudaba.

¡No, no lo haré Niel! ¡Debes de cargar con las consecuencias de tus actos! – respondió una voz lejana, haciendo que de un momento a otro los demás volvieran.

Padre… - Niel se limitó a nombrar a su padre.

Antes te protegí Niel, pero que te hayas atrevido a matar a mi hermano, eso… ¡Eso no te lo perdonaré nunca! – respondió el padre de Niel ofuscado.

¿De qué hablas padre? ¿A quién diablos he matado? ¡No sé a que te refieres! - Niel ahora sí que no entendía ni media palabra.

¡Oh sí, claro que lo mataste! Sabes ¿por qué Ferrel no te dejó ninguna fortuna a ti? Porque hiciste algarabía de tus andanzas en México, tu propia boca hizo que mi hermano le dejara la herencia a esa muchacha y te comento una cosa más, Candy es ahora la legítima propietaria de la herencia de Fredich – soltó el padre de Niel.

¿Que cosa? ¡Heredera… otra vez! ¿Ese imbécil volvió a dejarle dinero? – se preguntó así mismo, soltando el cuerpo y cayendo duramente en el piso.

Candy es… ¡vaya! – soltó Benedetti sin dar crédito a lo que escuchaba.

¡Ahora si Terry, que te has fijado en un buen prospecto! – intentó asestarme con ese comentario, pero qué le iba a hacer caso a él.

A diferencia de ti Niel, yo no espero que nadie me herede nada por la sencilla razón que desde los 17 años mantengo los negocios familiares, cosa que por lo que he oído, tú no has hecho porque en vez de trabajar para tu familia, te encargaste de violar y mancillar a mi prometida – le grité herido.

Tu…. ¿prometida? ¿Desde cuándo? ¡Es mía, no puedes desposarla! Albert di algo… - le pidió sabía que en algún lugar él aún estaba enamorado.

¿Por qué debo decir algo? ¡A mí, ya no me ama! – respondió Albert retirando la mirada de su primo.

¡Me desangro, Benedetti cúrame! – gritó cuando al moverse el dolor por la bala incrustada en su hombro le era insoportable.

¡No estoy aquí, recuerdas! – refirió él sonriéndose.

Va contra tu juramento – Niel tuvo el cinismo de recordárselo.

Aquí el único juramento que seguiré es el de ella, a ella le juré que iba a cuidar de todo ser humano viviente y tú no lo eres, ¡eres un maldito animal! ¡Una escoria que no merece la pena vivir! – Benedetti volvió a él con pasos certeros y arrodillándose le advirtió.

Pero… - él quiso decir algo cuando fue interrumpido por un llamado que nos obligó a voltear a todos hacia la casa.

¡Candice, regresa! – pidió mi madre, a lo lejos.

¿Qué pasa? – preguntamos con sincronía.

Candice recobró el cuerpo de Ferrel y no quiere soltarlo – me informó Fred.

Lo siento, pero debo ir a verla – me disculpé haciendo que detrás de mí caminara Benedetti.

Adelante, nosotros nos quedaremos por aquí – refirieron William y los demás asintieron.

Candy, mi amor… - corrí lo más que pude a la habitación donde Fred había colocado a Fredich. Acercándome a donde ellos se encontraban, le hablé, eso es lo único que haría que soltase al hombre que comenzaba a ponerse frío.

¡Se fue Terry, se fue! – gritó Candy.

Lo sé mi vida, pero ahora estás conmigo – la tomé de los brazos alzándola y ella se resistía.

¿Aún me quieres? – me preguntó sacándome de balance, ahora es que parecía pequeña e indefensa.

Sí mi amor, ¿por qué no habría de hacerlo? – cuestioné extrañado, sin saber que ahora no era la mujer de la que estaba enamorado.

Porque soy una mala persona… - respondió extrañándome ese comportamiento.

No eres una mala persona Candy, sólo que pensabas que él debería de pagar por lo que hizo… - le expliqué mirándola a los ojos, esos ojos que ahora parecían tan diferentes, se hacían tan lejanos.

¡Ya pagó por lo que hizo! – respondió y es ahí que mi di cuenta, recordé en ese momento lo que Fredich alguna vez me contó, que ella sería autodestructiva cuando él muriera.

¡Candy, ven conmigo! Dejemos que los muchachos se encarguen del cuerpo de Fredich – le pedí a ella, sacándola de esa habitación, haciendo que Fred entrara para que hiciese lo correspondiente y comenzamos a caminar cuando se detuvo.

¡Pero se va a quedar solo! – espetó con recelo.

¡No, mira, ellos estarán acompañándolos! – mi madre que también se encontraba ahí, entró al entender que eso es lo que quería hacer creer a Candy.

¡Pero si lo dejo, no podré llorarle! – Candy cada vez más caía en aquella persona que no quería conocer.

Yo te ayudaré a llorarle, ven conmigo, siempre seré tu soporte – sabía de alguna manera que no quería que ella se perdiera, así que le di palabras de aliento.

Terry… - Benedetti me llamó.

Dime – respondí ante su llamado.

Trata a Candy como si fuera una niña pequeña, aún no sale del shock… - susurró con vehemencia.

¿Quieres que te cargue? – le ofrecí a mi consternada novia.

¿Me abrazas? – de pronto pidió un abrazo, eso no me parecía extraño.

Sí mi amor, te abrazo… ven aquí, siempre estaré contigo – le dije cuando con una de mis manos le acariciaba la espalda.

Yo también Terry, siempre estaré contigo – ella al recargarse en mi pecho, me sonrió y pronuncié esas palabras, sintiendo que se estaba despidiendo.

Llora mi amor, llora todo lo que necesites – dije, alejados en ese pasillo, el amor de mi vida se despedía de mí y sentía además que no podría detenerla.

¿Por qué me duele tanto? – me preguntó.

Porque le amabas – me limité a contestarle.

¿Dónde está Niel? – preguntó de repente.

Lo tiene tu suegro… - respondí calmadamente mientras algunas lágrimas salían de mis ojos.

¡Le va hacer daño! – Candy intentó zafarse de mi abrazo, pero yo la necesitaba en esos momentos a ella y no a los demás.

¡No, todos están ahí! – mencioné.

¡Hola! – de pronto mi madre apareció.

¡Hola Eleonor! ¿Qué haces aquí? – le pregunté, ¡nadie sabía que quería estar a solas con ella!

Vine a saludarte, ¿ya comiste? – respondió como si mi presencia fuera de aire y como si ella quisiera en verdad comer cuando al final del pasillo no estuviese Fredich.

No, no tengo hambre… - contestó soltando más lágrimas.

¡Lástima! Mary te preparó una sopa de verduras y un caldo que al parecer me voy a comer yo – espetó mi madre, comenzando a caminar a la cocina.

Caldo y sopa de verduras, yo quiero, ¿me convidas? – le preguntó mi novia a mi madre soltándose de mis brazos, sentí como si mil vientos helados entraran por mi pecho.

Por supuesto, te llevaré un poco a tu habitación – resolvió mi madre, al ver mi rostro de angustia.

Sí – ella lo aceptó volviendo a mis brazos, debía de pasar todo el tiempo que quisiera en sus brazos porque algún día de esos ya no los tendría más.

Terry, puedes llevarla a tu habitación, en un momento subo – me pidió mi madre y yo como un robot obedecí, tomándola de la cintura la encaminé hacia mi habitación.

Sí madre – me limité a responderle.

¿Qué tan grave es su condición? – mi madre vio pasar a Benedetti y pidiéndole que se detuviera le preguntó.

Preocupante, evolucionará con los días, hay que prepararnos y esperemos que su hijo aguante, espere a ver lo peor de la autodestrucción… - le aseguró el medico a mi madre.

¿Tan grave es? – cuestionó de nueva cuenta.

Sí, debemos de tomar precauciones, las armas bajo resguardo… -comenzó a dar unas pequeñas advertencias.

Le informaré a Cosomo… - ella prefirió no comentar nada, ahora era que entendía mi reacción de angustia, mi madre sabia lo mismo que yo, que pronto no la tendríamos más allí.

Bien – Benedetti no intuía que ella no se quedaría más entre nosotros, él tenía la esperanza de que fuese como con la muerte de Albert. Eleonor… - la llamó deteniéndola una vez más.

Dime – respondió a su llamado.

Será mejor que usted charle con Terry, tendremos que prepararlo para lo que viene… - pidió Benedetti.

Sí, haré lo mejor posible – respondió mi madre.

Gracias – Benedetti había tomado todas las precauciones anteriores, pero sería de esta manera que ella se conduciría.

¡Mamá! – me estaba impacientando y ella que no se aparecía con la comida.

Voy por el caldo hijo – mi madre corrió a la cocina y en cuanto lo calentó, lo subió rápidamente.

Se quedó dormida…. Quiero unos guardias en la puerta y otros en su ventanal por favor – le ordené a Fred por teléfono cuando veía llegar a mi madre.

Deberías de dormir – mi madre me sugirió, saliendo de mi habitación y encaminándonos hacia donde se suponía estaban los demás.

No puedo hasta no saber ¿qué pasará con Niel? – referí inquieto. William hablaba con su hermano y todos los demás opinaban mientras Cosomo le vendaba el brazo a Niel.

Todo fue tranquilidad, la noche había caído ya y una tormenta amenazaba con azotar la isla esa noche, no todos podíamos dormir con aquel viento que circulaba a nuestro alrededor. Cuando de pronto, tres figuras extrañas a nosotros aparecieron, se dirigían hacia un helicóptero, corrí hasta ese lugar, al parecer llevaban algo, cargándolo.

¿Candy, qué diablos haces? – pregunté cuando logré identificar de quienes se trataban.

¡Date, prisa Benedetti! – ella le urgió a Benedetti, cuando le apuntaba con una pistola a la cabeza.

Espera, el hombre pesa demasiado, ¡ayúdame Paula! – de pronto la tercera persona le ayudó a Benedetti, era la amiga de Candy, Paula.

¡No me apresures! – advirtió ella sin preocupaciones.

¡Atrás, no quiero que nadie me siga! – advirtió Candy cuando todos reaccionamos y comenzamos a seguirla. Cosomo arrestó a Niel y lo encadenó a un árbol.

¿A dónde vas? – cuestionó Anthony.

¡Nunca van a encontrarme! – ella, esa persona que se encontraba ahí no era Candy, era otra, su alma ya no era buena.

Pero Candy, ¿qué haces? ¡Ven conmigo! – solicitó Albert, al ver que no hacía nada por detenerla.

¡No se supone que estás muerto! Pues ve a tu tumba y ¡desaparece! – le advirtió reclamándole.

¡Candy, tuve que hacerlo…! - comenzó a explicar Albert compungido por esa declaración.

Pues ahora lo puedes hacer libremente, no me debes nada y yo tampoco – volvió al ataque.

Te quiero aún… - advirtió el rubio bajando el rostro.

¡Pues qué mal para ti, yo no! – gritó ella sorprendiendo a más de uno.

¿Cómo puedes decirme eso? – le recriminó su ex esposo.

Y ¿qué querías? ¡Lloré por ti! ¡Por tu muerte! ¡Por mi hija! Tan sólo un día, tú sólo te apareces y quieres estar conmigo para ¡protegerme! ¡No digas tonterías! ¡No puedes hacerlo! ¡Tú mismo te lo buscaste, ahora sí que tendrás que soportarlo! – respondió Candy.

¡Listo! Pero no vas a poder sola… – advirtió Benedetti, él la cuidaría.

¡Sí lo haré, podré, atrás, todos! Gracias por la ayuda… - Benedetti y Paula bajaron del helicóptero y se retiraron.

¿A dónde vas? – quiso saber el rubio.

¡Déjame en paz Albert! ¡Tú ya estás muerto! ¡Así lo quisiste! ¡Quédate así! – advirtió ella.

¡Estoy vivo! – exclamó él.

Mi corazón ya no te reconoce, estás muerto para mí, ¿lo entiendes? – ella en ese momento se quebró y fue en ese momento cuando le apuntaba a él.

¡No te creo! ¿Desde cuándo? – Albert quería convencerla de que no huyera.

Desde que me dejaste sola, como todos ustedes me dejaron sola cuando Niel abusó de mí y nadie hizo nada – les reclamó a más de uno.

¡Yo fui el que te ayudé! – Albert reclamó aquello que él había hecho por ella.

¡Déjame ir, eso será lo mejor! – Candy pareció entenderlo, pero sólo por unos segundos admitió que sí, que él fue el único que la ayudó.

¿A dónde vas? – preguntó Anthony.

No importa, esta vez ya nada importa… - soltó ella como si eso fuese cierto.

¡Candy…! - la llamé cuando oí esa respuesta, ella no debía darse por vencida.

¡Terry…! – me respondió acercándose a mí con el arma en la mano.

¡Candy, no te vayas! – le pedí haciendo que los demás nos miraran.

¡Terry, perdóname por favor…! - comenzó a decirme aquello que esperaba no escuchar jamás.

¡No Candy, no me dejes, te amo! – comencé a llorar, no podía dejar que se fuera de mi vida, no iba a permitirlo, tenía que luchar contra ella, si eso fuese necesario.

Y yo a ti, lo nuestro no puede ser por el momento… – me dijo ella atenta. Entiendo si decides continuar con tu vida – esto no me lo esperaba, ella se estaba dando por vencida, a ella se le quebró la voz y una lágrima había escapado de sus ojos, al decirlo acarició mi rostro con sus dedos, esos que esperaba sentir todos los días de mi vida.

¡Te esperaré, Candy! ¡Tómate el tiempo que necesites! ¡No te buscaré! ¡No te controlaré! ¡No sabrás nada de mí! Pero, me tienes que prometer solo una cosa – dije de repente, sabía que, si esperé dos años por ella, unos meses más los toleraría.

¿Qué cosa? – respondió ella extrañada por mi declaración.

Que de vez en cuando vas a comunicarte conmigo, ¿lo harás? – la hice prometerlo, la tomé de la barbilla para que me lo prometiera.

Sí, lo haré, te amo Terry y sí – me respondió afirmativamente.

Sí, ¿qué? – quise saber sin entenderlo.

Aceptó ser tu esposa…. – declaró ella viéndome los labios, de pronto ella me besó, era un beso que no me esperaba, pero no fue un beso de adiós, sino de espérame, espera por mí que volveré a tus brazos.

Gracias, espera – cuando terminó el beso, la llamé.

¡Tengo que irme! – me apuró.

Bien, sólo cuídate mucho, ¿de acuerdo? – le recomendé con mucho miedo.

Sí, hasta pronto, ve a nuestra habitación cuando me haya ido – me recomendó dándome un pequeño beso en los labios.

¡Hasta pronto, mi amor! – Candy se despidió finalmente, el helicóptero comenzó a rotar las aspas, ella se subió y colocándose los audífonos, se elevó hasta que ya no lo vimos más.

¿Qué haces Terry? ¡Debiste retenerla! – me reprendió William.

No lo creo, debe estar sola por un tiempo… – respondí limitándome a lo que ya sabía.

¡Se matará! – advirtió Anthony.

No lo creo… - respondí cuando corrí hacia mi habitación, tenía que encontrar lo que dejó allí.

Cuando llegué hasta allí, sobre mi almohada encontré una ropita de bebé en tonos verde esmeralda como sus ojos y junto a esta una carta, una carta que tenía su aroma y sus lágrimas, una carta que ansiaba leerla, pero fue ahí de que entre la ropita que ella me había dejado se asomaba algo bordado, alcé la chambrita y encontré un nombre: André. Recitaban, ¡no podía creerlo! Ella si aceptaba que él existiría.

Me quedé asombrado por tan bella noticia, la casa se oía sola sin ella, no había más discusiones, ni más risas, ni más peroratas, sólo se encontraba el silencio y el calor a más de 40°C. William y su hermano decidieron llevar a Niel a Rusia para meterlo a la cárcel, mi madre regresó a Roma junto con William, Anthony, Benedetti, Paula y los Rocco; Fred me ayudó a desmantelar mi oficina en la isla. Todos debíamos seguir donde nos habíamos quedado, antes de que ella apareciera. Mi madre la extrañaba mucho y muchas veces se daba sus vueltas a su apartamento y yo, me limitaba a visitar a la jauría, no es que ya me gustaran los perros, pero Mo cada vez que me veía corría a mis pies y por ende los demás perros también, aunque no fuese el único que los visitaba desde que Albert había desaparecido de la isla, en algunas ocasiones también los visitaba y nadaba con ellos, eso al menos me contaba Paolo.

Así pasaron tres meses, mi empresa se encontraba realizando las operaciones del contrato tripartita que había comenzado al mes de haberse ido ella, tenía que hacer algo con mi tiempo, antes lo había dado todo por el bienestar familiar y ahora tenía que dividir mi tiempo en varias cosas a la vez. La empresa, mi madre y Mary, mis constantes visitas a Lacio y por supuesto mi visita al médico cada semana, en efecto, Candy me había dejado una carta que no pude abrir porque mi psicólogo me lo ordenó, sí, le había tomado la palabra a mi novia y ahora con cada cita lo veía de distinta manera, todo era tan distinto, me había tranquilizado mucho con respecto a la seguridad de ella.

Llegué a casa por fin después de discutir con Rocco los bemoles de nuestra relación con respecto a todo lo demás del contrato, decidí dirigirme a la biblioteca cuando de pronto sonó mi celular, no reconocía el número, pero contesté por una corazonada.

¡Hola! – me saludó una voz que alegró mi corazón, era ella, el amor de mi vida.

¡Hola! ¿Cómo estás? – comenté emocionado.

Bien y ¿tú? – preguntó candorosamente.

Bien también - respondí con emoción.

Sólo estoy… – respondió como siempre.

Llamaron de Suiza… - comenté como platicándoselo.

Lo suponía, no te preocupes, conmigo él estará bien – me aseguró.

¡Te extraño! – exclamé normalmente.

¡Yo también! ¿La leíste? – me preguntó muy emocionada.

No puedo leerla… - respondí con cautela.

¿Por qué? – cuestionó extrañada.

Porque el psicólogo dice que primero debo de controlar mis obsesiones para después leerla y que eso no me provoque los deseos de asesinarte… - contesté en broma.

¡Lindo consejo! – exclamó ella.

¿Verdad? ¡He evolucionado! – admití.

Terry… – de pronto me llamó rápidamente.

Dime – contesté recargándome en el asiento reclinable que se encontraba en la biblioteca.

¿Aún me amas? – cuestionó esperanzada.

¡Con todo mi corazón, Candice! – respondí convenciéndose de que así era

Pídele a Benedetti que te realice estudios para casamiento y concepción – me soltó de repente.

Le preguntaré… - le prometí, definitivamente ella quería tener un hijo conmigo, mi pequeño André.

Sí, me tengo que ir, por cierto, ve las noticias de la noche esta semana – me sugirió.

¿Algo de qué preocuparme? – pregunté exaltado.

¡No, sólo culturízate un poco…! - solicitó ella haciendo que mi alma medio descansara.

Bien… ¡No sé qué decirte! – lo acepté.

¡Yo sí, te amo Terry! – me aseguró regordeándome.

Gracias – respondí con emoción y cortó.

Para que ella se volviera a comunicar conmigo, pasó mucho tiempo, así que me fui a dormir con una sonrisa en el rostro y sí, me dediqué a ver las noticias de esa semana y en un jueves que había citado a Benedetti en mi casa, nos dedicamos a ver la televisión cuando de pronto apareció la "Chica de las mil aventuras" y nos quisimos enterar, sí lo acepto, somos bien chismosos. Delante de nosotros una reportera comenzó a relatar…

"Buenas tardes, la señorita que se encuentra a mis espaldas ha sido captada a últimas fechas en compañía de un niño pequeño de unos diez años y ustedes se preguntarán, que tiene de extraordinario eso, les invito a ver una cápsula con todas las actividades temerarias que esta señorita ha realizado al cabo de siete días…"

Algo nos llamó la atención en eso, después de unos segundos nos dimos cuenta del por qué, ella era la única señorita loca que conocíamos, no se enfrentaba con ladrones y mucho menos con actividades alocadas, era nada menos que los deportes extremos que no le conocíamos, alpinismo en Groenlandia, natación en maratón en Francia, correr determinadas distancias en España, carreras de motocicleta en Estados Unidos, montando vacas en México, los rápidos en Estados Unidos, el salto en bungee en Londres, salto caída libre en Escocia y otras singulares actividades. Todo era para verla cumplir una especie de reto autoimpuesto, la entereza que había conseguido hasta el momento se salió por la ventana, me sacó más de una palabrota por cada una de ellas, Benedetti que antes se encontraba tranquilo ahora estaba comiéndose las uñas. No podíamos creerlo, en estos momentos se encontraba esperando una ola, montada en una tabla de surf y comenzando a moverse para luego desaparecer en el túnel que ésta formaba, nada menos que en Hawai.

Me estaba dando un infarto cuando todos, incluyéndonos entre el público, veíamos como desaparecía, nadie sabía que había sido de ella… después de unos cuantos segundos, salió de entre el final del túnel y la espuma que rebotaba entre unas rocas. Todos los reporteros se acercaron cuando llegó a la playa auxiliada por los cuerpos de rescate que la revisaban a conciencia, preguntándole cosas hasta que se detuvo delante de la reportera y…

Buenas tardes señorita, ¿nos podría dar una entrevista? – preguntó la reportera acaparándola.

Por supuesto, linda – Benedetti estaba asombrando, ella decir "linda", nos la habían cambiado.

Gracias, ¿nos podría decir su nombre? Y ¿de dónde nos visita? – cuestionó la reportera.

Por supuesto, mi nombre es Candice Tollentino y soy mexicana– pronunció ella haciendo que Benedetti prestase más atención.

Señorita Tollentino, después de seis días de intensas actividades y siendo este el séptimo, nos podría contar ¿qué es lo que hace? – preguntó la reportera.

Claro, hace seis años, un amigo y yo hicimos una lista de actividades que haríamos antes de que él falleciera, pero lamentablemente alguien lo asesinó hace tres meses y delante de su tumba, le prometí que iba a hacerlo sola en siete días – respondió ella viendo como cambiaba su sonrisa por una discreta mueca de lamento.

Lamento su pérdida. Es decir que ¿todo esto fue una prueba o algo así? – quiso suponer la reportera.

Sí – respondió afirmativamente.

Señorita, lo que el público quiere saber ¿tiene novio? – volvió a preguntar.

Por supuesto, mi novio se ha de encontrar colgado de una lámpara en estos momentos – respondió ella sonriendo.

¿Nos lo puede presentar? – la reportera inquirió, buscándolo entre los asistentes.

Lo siento, no, no puedo porque él se encuentra en Roma trabajando – responde ella, sabiendo que sus ojos eran libres de verme al rostro, si me tuviera en esos momentos enfrente de ella.

¡Ah, es italiano! – inquirió la reportera de nueva cuenta.

Sí, quisiera decirle algo o mandarle algunas palabras – preguntaba la reportera.

Sí gracias, Terry, estoy bien y déjate de jalarte los cabellos, ¡estoy completita! – refirió ella dándose una vuelta a lo que la cámara la siguió para denotar que sus formas aún estaban donde me gustaban.

¿Algo más? – la reportera se había entusiasmado tanto que le ofreció más tiempo.

Señor Terrence Grandchester ¿me haría el honor de casarse conmigo? – pidió ella a la pantalla, dejándome sin palabras.

Bueno, gracias señorita Tollentino, esta ha sido una gran noticia, señor Grandchester donde quiera que usted se encuentre, le deseamos toda la felicidad del mundo y espero que acepte a esta intrépida señorita. Mi nombre es Leslie Simpson, regresamos al estudio… - ahí la transmisión cambió. Dejando todo en silencio.

Terry – me llamó Benedetti.

…. – por supuesto que no salía aún de mi asombro.

¿Oíste eso? – al parecer él tampoco lo estaba creyendo.

¿Lo hiciste también? - quise saber.

¿Te pidió matrimonio? – me preguntó para reiterar que habíamos escuchado lo mismo.

Así parece, bueno, si mamá lo escuché todo, estoy con Benedetti luego te hablo – le pedí que en otro momento daría mi parecer, ahora debía digerir y decidí cortar la comunicación.

¡No lo puedo creer! ¿Candice se atrevió a decir eso? – expresó Benedetti sacándome de ese trance.

Yo tampoco… - resolví contestar sonriendo de sobremanera.

Espera, espera… dijo Candice Tollentino, está borrando todo lo demás, te está pidiendo con la Candice a los 23 años cuando era virgen y feliz, digo no es que importe si era virgen, por supuesto… - Benedetti pensaba que había hablado de más e intentó corregirlo.

¿De verdad? – ahora era yo quien no lo creía.

¡Felicitaciones Terry! ¡Deberías estar muy contento, eso era lo que querías! – me felicitó muchísimo, sin resentimiento.

Pero y ¿tú? – me detuve a preguntarle por sus sentimientos.

Flammy y yo, bueno… ¡somos felices! – él aceptó que ese amor ahí se quedaría, oculto.

Bien – con esa noticia, ambos nos abrazamos en son de felicidad y después lo invité a cenar para celebrar.

Mi madre estaba tan feliz que comenzó a preparar lo que me tocaba a mí para la boda, cuando le di la noticia de que, por supuesto la aceptaba como mi esposa, aunque ella no lo supiera de momento, saltó de alegría, al igual que Mary y cada uno de mis empleados también lo habían hecho, mis amigos me felicitaron en la oficina, mis hermanos no lo podían creer y por supuesto un sonriente Fred, me dijo que nos habíamos tardado. Lo que si sabía era que ambos teníamos unos cuantos segundos de saber que al pedírmelo y yo habérselo pedido antes de que se marchara habíamos aceptado en ese justo momento. Pasaron otras dos semanas y de un momento a otro, entró un mensaje sin nombre…

¡Hola! – decía el mensaje y sabía que era de ella.

He leído tu carta… - le respondí de igual manera.

…. 10:45 – dictaba ese mensaje.

Bien, te espero… Aunque falta medio día… - respondí y después de ese mensaje otro ya no entró.

Eran exactamente las 10:45 de la noche y recién había llegado a casa, después de cenar algo rápidamente, me llevé un café que inundó la biblioteca, recordándome a ella, cuando de pronto…

¡Hola, Terry! – me saludó con un beso al teléfono.

Sabes, no me esperaba esto… - declaré un poco triste.

Y ¿qué piensas? – ella quiso saberlo.

Te entiendo, sé que tu vida ha sido difícil y que te aborreces a ti misma casi todos los días – respondí para ver qué me decía.

¡Eso no lo escribí! ¿Seguro que tienes la carta correcta? – me preguntó preocupada.

¡Estoy bromeando! – solté riéndome, tenía que vengarme de ella por el papelón que hizo en Hawai.

¡Terry! – exclamó reprendiéndome.

¡Aún puedes reírte, mi amor! – me reí un poco más y me obligué a callarme. Sabes, mis negocios… los he retomado – refiero un poco más calmado.

Y ¿que tal van? – me preguntó un poco más sonriente.

Bien, aún nadie se ha quejado – respondo divertido.

Eso es bueno saberlo… - me confiesa, haciéndola reír.

¡Me haces tanta falta! – admito seriamente.

¿Cómo saliste en tus exámenes? – me pregunta curiosa.

Bien, sólo una ligera anemia – respondo como si nada.

Y los ¿reproductivos? – indagó más.

No me dijiste que tenía que ir al urólogo – la reprendí, sí, no fue cómodo, pero eran necesarios.

Lo siento, ¿todo bien? – quiso saber los resultados.

Por cierto, me dio una tonelada de medicamentos por si las dudas, ahora dime ¿para qué son? – le cuestioné, ya sabía a dónde iba la plática cuando me levanté para dirigirme al ventanal de la biblioteca y descansar mi espalda unos minutos.

Dime, ¿viste los noticiarios? – me preguntó muy cautelosamente.

¡Yo y todo el mundo, señora! ¡Casi me da un infarto! – admití.

Eso es bueno… - se rio ella por la cara que debía estar haciendo.

¡No, podría morir! – solté de repente y sin pensarlo.

¡Terry! – ella exclamó dolida.

¡No mi amor, no llores, no lo decía en serio! Estaba jugando… - declaré ante esas lágrimas que ella sacó.

¡Yo también…! - me contestó segundos después divertida y unos brazos rodeaban mi pecho posicionándose después detrás de mí. Lo juro, esa fue una de la más linda de mis sorpresas.

¡Candy…! ¿Qué haces aquí? – le pregunté tomándole la mano y dándome la vuelta.

¡Vine a verte, te extrañaba mucho! – respondió ella jalándome del cuello de la camisa plantándome un beso.

¿Qué haces aquí? – volví a preguntarle entre besos.

¡Hazme el amor Terry…! - me pidió ansiosamente comenzando a profundizar el beso, era tan ardiente.

Pero ¡aún no estamos casados! – refuté, pero sin dejar de besarla, era verdad que la extrañaba muchísimo.

No importa… - refirió ella sonriente y me siguió besando comenzando a meter las manos debajo de mi camisa.

Sí importa, me importa a mí, además aún no termino mi tratamiento – referí deteniéndole las manos.

¿Cuál tratamiento? – me preguntó deteniéndose.

Cuando a nivel mundial me pediste que me casara contigo, ese día me enfermé de amor por ti –le confesé sin más.

¡Terry! – ella se abalanzó hacia mis brazos.

¿Qué te hizo cambiar de idea? ¿Por qué no te autodestruiste? – le pregunté de nueva cuenta.

Porque André habló conmigo, en mis sueños… – me respondió dándome besitos.

¿Debo estar preocupado? – pregunté sabiendo que eso no era muy lógico, mi novia hablando con su futuro hijo, no era una noticia que darle a nadie.

¡No, es normal, te acostumbrarás! – respondió ella dándome un beso que me quitó el aliento.

¡Ah bueno…! – eso más bien lo pensé. Y ¿qué tal tu aventura en el surf? – pregunté cuando apenas pude respirar.

¡Entretenida! Pero mejor dime, ¿no te sobre exaltaste? – me cuestionó.

¡Mejor pregúntame otra cosa! – cuando quité sus manos y me dirigí hacia la licorera para servirme un whiskey.

¿No te sobre exaltaste? – volvió a preguntarme siguiéndome.

Sí, destruí la televisión y Benedetti no decía nada, creo que también se sorprendió – le conté observando que efectivamente la televisión ya no estaba.

¡No me pasó nada! Bueno sí, casi me ahogo, pero ¡no pasó a mayores! ¡Necesitaba esa adrenalina! – me confesó muy orgullosa.

¡Yo te quería ahorcar, pero la televisión pagó tus culpas! – le conté haciéndola sentir culpable.

¡Te la pagaré! – declaró ella, prometiéndolo.

No hay problema con eso, dime ¿hay algo más que deba saber? Alguna aventurilla más que me quieras contar… - realmente esperaba que me dijera que se había acostado con alguien, pero no, no lo hizo.

¡Sí, pero no sé si decírtelo…! – aceptó ella de mala gana.

¿Qué cosa? – pregunté enfadado.

Si no me vas hacer el amor ahorita, ¡no me quedaré! Tengo que regresar con alguien y tú vas a confiar que no es con otro hombre… bueno sí es con otro hombre, pero no ese que te estás imaginando…técnicamente – si no regresaba con un hombre que técnicamente no era un hombre con el que se acostaba, ese hombre era nada menos y nada más que Ni.

¡Confió en ti, mi amor! – la sorprendí de sobremanera.

¡Quién me hizo ese milagro! – exclamó ella al ver que después de tomar un trago de licor, me limité a besarla y saborearla.

¡Ya ves, si quieres te lo presento! – le ofrecí presentarle a mi psicólogo.

No gracias, bien, me voy – dijo ella cuando tomó su bolso.

¿Te llevo? – le ofrecí de buena manera.

No gracias, traigo chofer – me aclaró y comenzó a caminar a la salida.

Bien te cuidas mucho y me extrañas – le recomendé.

¿Me besas? – ella se regresó y me pidió otra cosa más extraña.

¡Claro que sí! – dejé el vaso y la envolví en mis brazos, besándola más calmadamente.

¡Hasta pronto! – se despidió de repente.

Hasta pronto, linda – hice lo mismo. ¡Candy! – la llamé y ella al voltearse.

Dime – respondió deteniéndose.

Saludas de mi parte a Ni… - le solté haciéndola perder el equilibrio.

¡Ey! ¿Cómo sabes…? De tu parte… – se sonrió para después salir de mi casa.

Buenas noches – alcé la mano despidiéndola.

Buenas noches – ella hizo lo mismo y lanzando dos besos al aire supe el significado de las palabras de Fredich. Ella y yo estábamos en la etapa en la que nuestros ojos y corazones ya no necesitaban más palabras. Ese era el lenguaje del verdadero amor.

Continuará…