Capítulo XLVIII
Dos semanas habían pasado y no esperaba que fuese tan feliz, mi novia estaba hecha un manojo de nervios hasta esta mañana que dormía demasiado por el embarazo, pero de ser por ella nunca lo hubiese hecho, no habría por qué descansar dado que aquella mujercita no se quedaría quieta aún si Benedetti se lo ordenase. La noche de chicas había pasado muy amena, según pude escucharlo en el desayuno, mi madre estaba muy alegre y yo sólo la veía a ella, contándome todo lo que había pasado; mi futura esposa había creado una especie de mancuerna con mi madre que me daba miedo, pero ambas ni me quisieron dar un espacio para hablar, se limitaban a yo hice esto y Eleonor hizo aquello y yo, esa camarería me estaba preocupando, no es que estuviera celoso de mi madre, pero me daba un poco de envidia que ambas eran cómplices mientras me limitaba a observar y pensar que allá afuera se encontraba un peligro eminente, al menos ellas estaban ajenas hasta que se me quedaron mirando.
¿Qué pasa? ¿Por qué nos ves así? – cuestiono mi madre tratando de contener una lagrima que por estarse riendo comenzó a lagrimear.
Por nada, me gusta verlas que se llevan estupendamente, sólo eso – solté mirando hacia abajo para tomar la servilleta.
¿Seguro? – quiso saber mi madre.
Por supuesto… veo que se divirtieron ayer – comenté sorprendido.
Sí y ¿ustedes…? – pregunté para que ambas mujeres dejaran de mirarme como lo estaban haciendo.
También, pero creo que se divirtieron más que nosotros, los viejos se pusieron sentimentales – solté, en un momento de la amena platica entre deportes y autos, el señor William y el Señor Rocco comenzaron con los consejos, pero no de la vida de casados, sino de La Mariposita.
¿Consejos? – preguntó mi madre.
Sí claro, como si Anthony no se fuera a casar nunca y los mismo con Marcello, estaban un poco ebrios cuando todo terminó – solté haciendo hincapié en lo de que aquellos dos algún día se casarían.
Y tú, ¿viniste aquí? – preguntó Eleonor.
Pues después de dejar a todos los chicos, sí, pero vi que aún estaban ocupadas y me fui a dormir – informé, la verdad es que los señores me dejaron cosas en las cuales preocuparme.
Ah, hubieras saludado hijo, la mayoría de nuestra platica estuvo enfocada en ti – soltó ahora Eleonor, mi madre se puso a contar cosas de mí, ¿cuáles de esas cosas?
¡Ah me destrozaron…! ¡Qué suerte! – sí, ya se me había pegado a esas alturas la forma de hablar de mi prometida.
Pues si vieras que no, Eleonor se puso sentimental también, ya sabes se casa su retoño y se sacan los álbumes de fotos, cuentan anécdotas de niños y adolescentes – refutó Candice, con mirada melancólica.
¡Madre! – volteé a ver a mi madre y quise saber qué le había dicho.
No dije nada que ella no pueda oír, además te conoce tanto actualmente que sólo ayude un poquito a que te conociera como yo lo hago – respondió Eleonor sin prestar atención.
No soy el único retoño que se ha casado… - suelto, pero sé a que se refiere.
Bueno eso si es cierto, pero eres el único que ponía mil excusas para no hacerlo, así que es como si fueras el único – ahora fue el turno de Candice
Bien mamá, las perdono por criticarme, también lo hice de ti hasta que todos me abuchearon – dije sin pena.
¡Qué horrendos señores! – dijeron ambas, como si pensaran igual.
Bueno chicos, cinco minutos más y se despiden no, mañana es la boda y no quiero que se vean, voy a ver si ya llegó Ni – mi madre se retiró cuando Candice me daba un beso en la mejilla ante la exclamación.
Sí mamá – afirmé.
Y me vas a decir ¿qué te preocupa? – cuestionó Candice mirándome a los ojos.
Nada, pero creo que has empezado a querer a tu suegra – logré evadir la respuesta.
Sí, es que es imposible no querer a tu madre, resultó muy chistosa – dijo Candice, sonriendo… sonriendo como casi nunca la había visto.
Lo sé, no estoy preocupado Candice – comenté, pero sí que lo estaba.
Pues no te creo, pero si no me lo quieres decir, bien – aceptó ella, se levantó de la silla y comenzó a caminar, de alguna manera sabía que no era así.
Sabes… - la detuve.
Mmm – regresó ella hacia donde me encontraba.
No podré dejar de verte y hacerlo hasta la boda – pretexté, sabía que se había molestado cuando no le quise decir que me preocupaba Niel.
Mira que estoy segura que tú sabes cómo entrar a tu habitación… - sonrió robándome un beso.
¿Me está invitando a su habitación señora Andley? – inquirí sonriente ante su invitación.
Así como invitando, pues no, sabe que me voy a casar mañana señor Grandchester – me advirtió mirándome como si de una travesura se tratara.
Lo sé y serás mía para siempre, bueno mía, pero libre – corregí a tiempo de que me golpeará por decirlo, ella sabía que quería hacerla mía, dejarla libre, pero segura.
¡Ah bien, eso está mejor! – me dio unas palmaditas en la espalda.
Muchachos… - volvió a llamar mi madre, se la quería llevar y mi ¿romanticismo?
No nos va a dejar solos ¿verdad? – me preguntó.
No, así que mejor nos despedimos aquí – referí abrazándola para darle un beso.
Hasta la noche, señor Grandchester… – se despidieron, dándole otro beso.
Hasta la noche, señora Andley… – se despidió ella y luego de darle el beso, se alejó de allí.
Candice caminaba hasta la alberca y ahí dejó de hacerlo, se desmayó tan rápido que solo oí cómo dejó de cantar y corrí tan rápido que afortunadamente no se golpeó en la cabeza, ya que cayó en los camastros de la alberca. Mi locura iba en aumento cuando ella no reaccionaba y mis gritos alertaron a todos, mi madre no dejó que Ni la viera y con una orden Evarina lo subió a su habitación.
¿Qué pasó? – cuestionó Eleonor cuando la cargaba hacia la sala.
No sé madre, ella iba hacia su habitación cuando de pronto se desvaneció, madre no despierta – grité asustado, esto no era muy típico de ella.
Se ha desmayado, no está dormida – refutó mi madre, riñéndome.
¡Madre, no me riñas! – respondo enfadado.
Ya llamé a Benedetti y a la ambulancia, quien llegué primero, la atenderá… - informó Fred que había escuchado mis esplendorosos gritos.
¿Qué pasó? – cuestionó Marie.
No sabemos – respondió mi madre
Veinte minutos después…
¿Iba al trabajo? ¿Comió algo, ¿Hizo esfuerzo? Algo por ese estilo… - entró Benedetti preguntando sin mirar a nadie más.
No, estábamos platicando y se desvaneció, cayó sobre los camastros de la alberca – informé angustiado, llevaba treinta minutos desmayada.
Bien, sé que me vas a odiar, pero debo despertarte – se dice a sí mismo sacando un botecito de su maletín.
¡Ay por Dios, quita eso! ¡Apesta! – dijo Candice con un hilo de voz.
Es lo único que pude hacer – respondió él guardando el botecito en una esquina del maletín.
Benedetti te dije que podrías tirar las sales – refiere Candice atontada.
¡Hace magia ya estás despierta! – refiere Benedetti que le hace burla.
¿Me desmayé? – pregunta Candice.
Si, te desmayaste – afirma Benedetti. ¿Has estado haciendo cosas locas? – pregunta el médico.
Ni pensarlo… -respondió ella.
Tensión… - Candice sacudió la cabeza. ¿Niel? – hasta que por fin dio con el motivo de su estrés.
Algo de eso… - confesó ella.
Bien, pues procura descansar y no te mandes – refiere Benedetti sonriendo.
Ok – afirmaron.
Eleonor, si se pone mal, ¿me avisan? – refiere Benedetti a Eleonor.
Por supuesto y gracias – mi madre se lo llevó mientras nos dejaba a ambos subir a la habitación.
Le diré a la ambulancia que se puede ir – Fred decidió desaparecer junto con Marie.
Por supuesto – dije, Candice se limitó a acostarse en el sillón.
Mamá, ¿puedes dejarnos solos un momento? – fui hasta ella, debía hablar con Candice a solas.
Sí mi amor, ya me voy – refiere, subiendo a ver a Ni.
Candice – la llamé cuando recogía las piernas y se sentaba en una esquina del sillón.
¡Mmmhhh! – contestó ella sin verme.
¿Preocupada por lo de Niel? – le pregunté haciéndome que me viera.
Sí, un poco… bueno, demasiado – contestó ella, admitiendo que sí estaba muy preocupada de que Niel se presentara en el día de la boda y podría ocurrir una desgracia.
Mi amor, debes dejar eso en mis manos – referí tomándola de las manos.
Pero, ¿cómo dejar de pensar en ello? – me pregunta viéndome.
¡Sencillo dejar de pensar y ya! – resolví.
¡Vaya, eso es difícil! – refutó con congoja.
La levanté y la llevé a la habitación.
Ven, te necesito a solas, siéntate – le ofrecí asiento.
¿Qué pasa? – me preguntó cuando la cubrí con una frazada.
Nada, sólo quiero estar contigo, tranquilizándote porque nada que te diga te hará sentirte segura – refirió él.
Es que… - pero ella no quería estar tranquila.
Es que, ¿qué Candice? Debes ser feliz por ti misma y por mi después y ambos debemos ser felices porque André está en camino… - la reprendí.
Y ¿Nickolai? – inquirió ella.
Y Ni, también él, sé que tienes miedo, lo comprendo, pero Cosomo tiene un ejército, nada pasara, créeme que eso también me está costando mucho… - le explico, creo que Candice piensa en el dinero.
¿Dinero? – me pregunta.
No, desgaste, mañana me voy a casar y me siento tan cansado, todo este tiempo… he pensado que he resistido porque por fin llegaste a mí, a mi vida y te casaras conmigo y tendremos a André, pero la constante de que Niel esté cerca me agobia más que a ti, te imaginas si él logra su objetivo, que haré sin ustedes – le digo con tristeza.
No Terry, no digas eso, te amo y no quiero que te pase nada – y ahí estaba ella abrazándome, esa era la reacción de ella cuando la ataco con estas situaciones.
Ves, te preocupas por mí, no por ti, no por André, debes siempre preocuparte por ti y por él – la reprendo.
Y ¿qué haría sí yo vivo y tú no lo haces? – le pregunto, quiero que ella vea mi punto de vista.
Por eso es que esta él aquí, Cosomo nos cuidará a ambos – refiero abrazándola hasta que quedamos recostados.
Pero… - ella intentó refutar, pero no se lo permití.
Recuérdalo siempre, debes salvarte a ti misma, no debe importarte lo que a mí me pase – ella debía preocuparse por ella y por André, yo me ocuparía de encontrarlos y ponerlos a salvo.
¡No puedes pedirme eso! – pero ella no podría dejar de ser ella misma.
Si te lo voy a pedir, él no me quiere a mí, te quiere a ti y no le importará André – resolví decírselo y ella cayó en cuenta.
¡Cruda forma de decirlo! – recalcó y chasqueo la lengua.
Ven, recuerda que te amo y que siempre lo haré – comenté enternecido por su respuesta.
¿Vas a matarlo? – me cuestionó.
Si te amenaza a ti, sí – respondo mirándome atenta.
¿Estás seguro? – volvió a preguntar.
Lo haré en defensa propia… - declaro.
¿Lo harás a como dé lugar? – vuelve a preguntar.
Sí preciosa – afirmo dándole un besito en la nariz.
Te amo – ella responde ante esa acción.
Y yo a ti, mañana serás mi esposa y eso me hace muy feliz – comienzo a darle más besitos.
Terry – me llama entre suspiros.
Dime – le respondo cuando la tomo entre mis brazos y la coloco sobre la cama.
¿Me harás el amor? – me pregunta, siempre rompiendo el romance, pero en estos momentos eso es justo lo que necesita, romance.
En eso estoy, te amo – refiero y lo siento, ella necesitaba sentirme, así que eso era precisamente lo que iba a hacer.
¡Aaahhh, Cielo Santo! – y sin más, se limitó a decirlo y ya, no hubo más conversación.
Y juntos nos amamos incontables veces esa tarde, después nos dimos un baño y luego nos quedamos dormidos. Minutos después de la medianoche…
Terry – Candice me llamó.
Dime – respondí.
Pensé que estabas dormido – susurró.
Y cómo hacerlo sí tú no lo estás, iré por algo de comida para alimentarte – resolví decir, la verdad es que nos habíamos saltado la cena y por mucho que me gustara tenerla entre mis brazos debía ocuparme por su salud.
Gracias – ella soltó de repente cuando se levanta para luego meterse al baño.
Así que me puse el pantalón del pijama y comencé a bajar a la cocina, encontrándome con una desvelada Marie que terminaba de poner cosas en el refrigerador y se dirigía a su habitación cuando yo entraba a su cocina. Subía con una gran bandeja y después comencé a abrir la puerta quedando de una sola pieza.
¿Qué haces Candy? – le pregunté cuando colocaba la bandeja en una mesita que mandé a colocar cuando ella aceptó dormir en la mansión.
Esperándote para que me alimentes – de pronto se dio vuelta y me di cuenta que ya no tenía el pijama, estaba completamente desnuda, eso era acaso una invitación.
Eso es… podemos comer después, ¿verdad? – me dije, sin destapar la cena y llegando hasta ella para hacerle el amor, nuestros alimentos vendrían después.
Al otro día, Candice y yo estábamos separados y cada quien arreglándose.
Candy no había dormido y ahora es que me ponía a pensar si ella estaría bien, si estaría nerviosa o cansada, en cada momento que pasé con ella le admiraba y amaba más. De pronto un toque en la puerta me hizo darme cuenta de que ya venían por mí, esperaba que ella estuviese lista ya.
Terry, ¿estás listo? – me preguntó Benedetti.
¡Eh sí! Pensaba en algo Benedetti... – resolví cuando agarré el marco del espejo.
¿En Niel? – preguntó el médico.
Sí, en parte, pensé también en lo que está a punto de pasar – resolví apartar a ese hombre de mi mente.
¡Te vas a casar Terry! ¡Vas a ser feliz, créeme! ¡La Mariposita no es neurótica todo el tiempo...! – me dijo, sí sabía que sólo su boda era la que la hacía parecer neurótica.
No es eso, sé de alguna forma que ya no vamos a chocar tanto. Pero no hasta que encierre a Niel, ¡eso sí que me dará más felicidad! – y en sí ese era mi sueño.
¡O lo mates! – refirió el médico.
¡O lo mate! – repetí al mismo tiempo.
Toc toc
Terry, ¿listo? – cuestionó William, que se encontraba entrando.
Sí señor William y ¿Candice? – le pregunté cuando se acercaba.
Creo que ya está lista, Eleonor ya está con ella, vamos a la capilla – me apuró rápidamente.
Sí, por supuesto – le seguí y justo detrás de él y Benedetti nos acompañó hacia la capilla.
Así que cuando William me condujo a la capilla, me sentí el hombre más enamorado en la tierra y que esperaba a la mujer que me dio más problemas de los hubiera deseado, la esperé más de lo que hubiera imaginado y ahora que la tenía no quería dejar que se escapara.
Las grandes zancadas que me caracterizaban ahora eran lentas, admiraba la decoración de esas flores, esas en las que nos pusimos de acuerdo tan rápido que hasta ella se arrojó a mis brazos, dándome besitos para agradecérmelo -aún lo recuerdo-. Las últimas dos semanas la tuve contenta y mientras ella fuese feliz me daba por bien pagado. Mis suegros llegaron dos días antes de la boda, justo en la fiesta de ensayo, pero Candy me dio una sorpresa, se reconcilió con sus padres por el abandono que sufrió cuando joven y lloró desconsoladamente por ello y yo acallé sus sollozos con besos salados y entendí la pasión de la que iba a ser mi mujer, entendí que ella me amaba aunque fuera celoso y controlador y esa noche lloré también, enredado con ella, sus brazos se aferraban a mi torso y su candidez a mi alma y es que ella no entendía por qué me encontraba así y yo no entendía el por qué me amaba con tanta vehemencia, pero con tan sólo sentir su corazón latir, sentí que su amor atravesaba mi dura coraza y sentí que no sólo nuestros cuerpos se unían y tampoco que nuestras almas lo hacían, sentí la pequeña alma de mi hijo no nato cuando ambos llegamos al clímax de nuestra entrega amorosa y fue ahí que comprendí tantas cosas, comprendí que Benedetti tenía razón: cuando Candy ama, se entrega toda ella, cuerpo, alma y corazón y ahora que estoy entrando a la capilla de la mansión me doy cuenta de que la amé cuando la conocí, cuando se encontraba entre los brazos de Albert, cuando la volví a ver con los Andley, con los Rocco y poco a poco caí en cuenta lo que a muchos les costó menos trabajo averiguar que a mí, Candice me conocía desde pequeña aunque aún no había nacido, fui su anhelo y su primer amigo y su primer amor que creó un personaje con mi nombre, virtudes y defectos, pero lo que ella no pudo predecir, fue que era mi destino.
Me coloqué en el lugar que en el ensayo estaba destinado para mí, esperándola cuando Mirabel me hizo una seña para decirme que ella ya venía hacia acá, me limité a sonreír como un tonto enamorado y sí, estaba profusamente enamorado de mi novia.
Pero también observaba el ir y venir de los hombres de Cosomo, el que Fred se tomara tan en serio su papel de protector de Candice y sí, a nadie más le dejaría su protección que a él porque no podría con todos los puntos del peligro eminentemente que significaba Niel. Aunque he de confesarles que ese día dudaba que se presentase ahí con tantos guardias.
Muchas personas me saludaron cortésmente y mientras agradecía las felicitaciones, mi madre había ido con Candice. De pronto creí ver a un hombre trajeado en vino, que me pareció bastante conocido, pero entre tantas personas fue difícil dar nuevamente con él por lo que me escurrí por una lateral de la capilla y algunos guardias me siguieron cuando se dieron cuenta de que ya no estaba cerca del padre que nos iba a casar.
Debía ver a Candice, tenía con este suceso un mal presentimiento, así que me dirigí de nueva cuenta a la mansión en busca de mi prometida.
Toc,, toc
¡Hola! ¿Estás lista? – preguntó Eleonor.
¡Eh sí! – Candice contestaba nerviosa.
Pareciera que es la primera vez que te casas… - refirió Eleonor.
No, de hecho, no estoy nerviosa... – aseguró Candice, segura de ello.
¡Ay mi linda Candy, estás aterrada! – Candice se sintió tan bien en los brazos de Eleonor que se limitó a dejarse abrazar.
Un poco de hecho Eleonor, es que... – Candice comenzó a querer explicar.
Es por Niel, ¿verdad? – le preguntó cuando acarició su mejilla.
No sé, no me he sentido muy bien últimamente, tengo un presentimiento – confesó Candice.
Calma querida – le dijo Eleonor cuando la tomó de los brazos.
Toc toc
¡Hola! – saludé desde afuera cuando mi madre abrió la puerta.
¡No Terry! ¿Qué haces aquí? – mi madre me dejó en el pasillo.
Quiero ver a Candy, mamá – le pedí y ella se limitó a hacerme retroceder.
¿Cómo que quieres ver a Candy? ¡Nada, vete de aquí! Biagio hazme un favor, ¡llévatelo! – le pidió a su otro hijo que pasaba por ahí, que se lo llevara.
Anda hermano, es de mala suerte ver a la novia – me sentí jalado por mi hermano menor ante el escrutinio de mi madre.
Pero tengo un mal presentimiento – referí, más tarde sabríamos que ambos lo teníamos.
¡Cosomo! – pero Baggio tuvo que pedir ayuda para que me obligaran a dejar a Candice con mi madre.
Sí señor Biagio – Cosomo me jala y me echa para delante suyo, obligándome a caminar.
Asegúrele a mi hermano que no hay de qué preocuparse, que tiene apostado a un ejército allá afuera para que no pase nada – refiere Biagio, que lo escuchaba detrás de Cosomo.
Es cierto señor, es cierto todo está bien, usted tranquilícese – me dice Cosomo muy serio como solía hacer.
Estoy tranquilo – refiero, pero no estaba tranquilo.
Muy cerca de la entrada de la capilla, varias personas se asombraron de verme.
Terry, ¿a dónde habías ido? ¿A ver a la novia acaso? – cuestionó burlonamente.
Así es – afirmé, dejando a todos sin palabras.
No, usted debe ir a la capilla y esperar ahí y no moverse – exige William.
¡Está bien! – lo acepté, ya que después William se fue a parar al lado mío con tal de que no me moviese de ahí. ¿Es necesario? – pregunté.
Por lo visto, sí – acepta el señor que tenía al lado.
Bueno, quisiera agradecerle por la despedida de soltero y los consejos… de haber tenido a mi padre, seguramente me hubiese dicho que si estaba bien de la cabeza – le conté, mi padre no hubiese querido mucho que me casara con Candice.
No hay nada que agradecer, no soy tu padre ni el señor Rocco, pero queríamos advertirte de La Mariposita loca que va a vivir contigo –
Que lo oiga Candice y verá como le va a ir – advertí medio sonriente.
Lo mismo digo yo – advierte Benedetti.
Bueno… espero que no se entere, además no estoy diciendo nada que no sea cierto – aclaró vehementemente.
Esta declaración hizo que todos sonrieran y luego no evitaron soltar una carcajada. Mientras esto sucedía, mi madre apuraba a Candice.
¿Estás lista? – le pregunto cuando terminó de colocarle el velo.
Sí Eleonor, ya tengo todo, sólo tomo el ramo y ya estoy lista – le informa ella, buscando el ramo que acompañaba al vestido.
No te preocupes, tus hermanas lo tienen – informó Eleonor tomando su bolso y colocándose frente al espejo el sombrero verde que hacia juego con el elegante vestido que portaba ese día.
Toc toc
Adelante – dijo Eleonor.
Buenas tardes, le vengo a entregar esta gargantilla, regalo de Terrence Grandchester – mencionó un joyero.
¿De Terry? – cuestionó Candy sorprendida.
Sí, vea – el joyero le extendió una tarjetita con un mensaje.
¡No puede ser, lo consiguió! – Candice se quedó de una pieza, sí; ella no me iba a retar y luego me haría burla, yo le tenia que ganar, al menos esta vez.
¿Que consiguió Candy? – preguntó mi madre al ver que Candice no quitaba la vista de la caja de joyas extendida.
Esto, ópalo y diamantes, ¡esta hermosa! – refirió Candice asombrada cuando el joyero la sacó de su caja y comenzó a querer colocarla.
Vamos Candy, ven, la usaremos y gracias por venir a dejarla – agradeció Eleonor cuando el joyero invitó a la novia a sentarse en el taburete frente al espejo y Candice se quedó sin palabras.
De nada, con su permiso - apenas la vio cuan conmovida estaba que el joyero guardó la caja y salió de ahí sin hacer ruido.
¡No Candy, te prohíbo que llores! – advirtió mi madre, estaba muy hermosa para que las lágrimas hicieran un destrozo ahí, en su rostro.
¡Es que estoy asombrada! – respondió Candice pestañeando.
Bien, veamos, qué hacemos con esto, ya quedaste y vámonos no es bueno hacer esperar al novio, pero antes creo que esta visita te agradará mucho – le asegura mi madre y sí esa sorpresa le encantará.
¿Cuál visita? – preguntó ella extrañada.
¡Candice, querida! – la abraza su madre que entra muy contenta.
¡Mamá, llegaste! ¿Cuándo? – exclama ella sintiéndose abrazada por su madre.
Anteayer por la tarde, pero la verdad es que llegué muerta, necesitábamos descanso – refiere la señora, pero eso sí se veía bastante descansada.
Bien – ahora es que Candice la abraza.
¿Nos vamos? – pregunta Eleonor.
Sí, claro – contestan madre e hija.
¿Estás feliz, hija? – cuestiona su madre.
Sí mamá, para ser la segunda vez que me caso… ya hasta parezco el varón de la casa – refiere Candice impresionando a su madre.
¿Qué cosas dices Candice? – su madre sonríe por su ocurrencia.
Y ¿Terry, Eleonor? – pregunta mi prometida.
Ya debe estar en la capilla – refiere mi madre, le había encargado a Biagio eso precisamente.
Dos semanas pasaron volando Eleonor – su madre comenzó a platicar con mi madre.
Ni que lo digas, Carline – refirió mi madre llevándosela y unos metros mas adelante Alphonse se dirigió hacia ella para tomarla del brazo y así encaminándola hacia la capilla.
¿Qué le parece el vestido? – le pregunto Eleonor a Carline.
Excelso, te ves hermosísima hija! – me dijo haciéndome reír y pensar que Terry se gastó una fortuna en un pedazo de tela.
¡Tu madre tiene razón hija, te ves hermosísima! – repite su padre.
No es para tanto papá, solo es un vestido – refiero y él le aprieta la mano.
¿Lista? – le pregunta cuando están en el tramo final.
Claro, solo que, si me caigo, me levantas papá, este vestido cuesta una fortuna – se queja ante su padre, creo que es el único que sabe cómo es ella.
¿Por qué lo dices? – cuestiona su padre observándola como camina de un lado a otro.
¡Me tiemblan las piernas! – responde viendo hacia la capilla.
Tranquila, sólo piensa en que el hombre que esta allá, ha esperado por ti tres años y que lo que haría si estuviera en sus cabales, sería huir – su padre le dice, pero muy tarde se da cuenta de que ella no lo veo con buenos ojos y además que su esposa lo ha escuchado también.
¡Alphonse White, ya te escuché! – le pega mi madre en un hombro.
Es en serio, eres peligrosa hija – Alphonse se ríe divertido.
Bien… gracias papá por esos ánimos, me encantas. Vamos… - ambos comienzan a caminar el último tramo.
Y al llegar a la entrada
Eleonor, puede llamar a Cosomo, por favor – le pide a su suegra antes de hacer su entrada triunfal.
Sí, Candice Eleonor va a buscarlo.
Señora, permítame felicitarle por su enlace – Cosomo felicita a Candice, muy atento.
Gracias señor Cosomo, puede entrar aquí conmigo – le pide ella atenta haciendo que Terry no se dé cuenta.
Por supuesto, señora – el hombre hace lo que se le manda.
Bueno hija hay que esperar que los invitados lleguen, espera aquí que tu padre y yo haremos que todos los invitados lleguen a sus lugares – refiere Eleonor. Fred, ¿qué haces aquí? – le preguntó al verlo afuera de la sala de espera.
Me llamó la señora, buenas tardes – saluda Fred e informa.
Eleonor salió de allí y luego Fred entró a la sala de espera muy cerca de la capilla.
Y bien, ¿para qué nos citó aquí, señora Candice? – Cosomo preguntó cuando vio a Fred.
¡Niel está aquí! – soltó allí cuando miró a ambos.
Espere, espere… ¿cómo sabe eso? – preguntaron ambos hombres.
Lo reconocí entre los invitados, sólo quiero que no lo sepa Terry, él debe ser feliz desde hoy, así que me guardarán el secreto – Candice susurró.
¿Cómo sabe que es él? ¿En dónde está? – pregunta Cosomo que no se lo puede creer.
Venga, mire hacia allá y verá a un señor de traje vino – refiere Candice, señalando hacia una esquina de la capilla.
Sí, lo veo. Pero no se parece a Niel – refiere Cosomo.
¿Vino y terciopelo? – informa Candice.
Pero pudiera ser cualquiera… - Fred quiere convencerse.
Vino, terciopelo en verano, se ha de estar asando
Y ¿por qué no quiere que el señor lo sepa? – pregunta ambos hombres.
Porque no va hacer nada, viene solo...pero… - se detiene ante ese problema.
Pero... – ambos hombres insisten.
Pero quiero pedirles un favor, a ustedes dos ya los conoce, así que pido sólo una cosa, no nos dejen a merced de ese loco y menos que alguien se acerque demasiado a nosotros – sugiere Candice.
Tenemos soldados infiltrados, señora – informa de repente Cosomo.
¡Seguro que estará bien! – Fred coloca sus manos en las de la nerviosa Candice.
Yo puedo disfrazar mis estados de ánimo, Fred. Pero no podré soportar si Niel mata a Terry, por lo que les presentaré a alguien – dice Candice cuando de pronto se oye un sonido en la puerta.
Toc toc
Pase – Candice da el acceso.
¡Buenas noches! – saluda el hombre asiático a los ahí presentes.
Nikopolidis, ¿qué hace aquí? – pregunta Fred.
Poniendo a mis guardias a su servicio – le responde a Cosomo, lo cual lo hace feliz, ahí tienen a alguien que no conoce.
¿Quién le dijo que estábamos aquí? – pregunta Candice.
Sabías que Niel está entre los invitados – le informa Nikopolidis a Candice.
Sí, lo sé, de eso les hablaba a ellos – le dice, al menos ya hay más involucrados.
Bueno, entonces ¿qué vamos hacer? – quisieron saber.
Decirle al señor, por supuesto – les dice Fred, que no sabe que es lo que planean ellos.
No, eso hay que evitarlo – solicitó Candice.
Tengo preparado un helicóptero que nos llevará al aeropuerto cuando lo decidan – informa Nikopolidis.
¿Por qué? – Candice pregunta atenta.
Terry no te lo dijo, mi casa está preparada para su llegada por su luna de miel – informa Nikopolidis.
¿Aceptó? ¡Increíble! – murmura Candice.
Sólo que no le digas nada y finge sorpresa cuando te lo diga, por favor – solicitó el hombre asiático.
Bien, Cosomo póngase de acuerdo con sus hombres, por favor – solicita Candice.
Continuará…
