Capitulo LI

Terry, despierta... ¿qué pasa? ¿Qué soñaste? – me pregunta el griego que lo veo con una vestimenta más despreocupada.

¿Dónde está Candice? – le pregunto ansioso por verla.

Mírala, ahí viene… - me dice Nikopolidis señalando a una Candice alocada y muriendo por correr.

¿Qué pasó? Terry, ¿estás bien? – me pregunta cuando llega hasta a mí.

Sí, sólo fue un sueño, sólo un sueño, ¿verdad? – susurré más para mí, que para los demás.

Tranquilo, aquí estoy, vamos, vamos a caminar a la playa. Vamos – me anima a levantarme y me toma de la mano, me encanta que se preocupe. ¿Me vas a contar tu sueño? – me pregunta ella atenta a mis reacciones.

No...bueno… no creo que pase – aseguro, de verdad que no deseaba revivirlo.

¿Estás seguro? Bien, el bebé está bien, dando volteretas aquí – señala su vientre y dibuja una singular vuelta sobre este.

¡Por eso te sientes mal! ¡Salió igual de loquito que tú! – le digo haciéndola reír, como me gusta verla reír.

Mejor loquito que controlador – alza las cejas, burlándose de mí, obviamente. ¿Cuánto tiempo nos quedaremos? – me pregunta haciendo señas de locura.

No sé, pregúntaselo a Nikopolidis – le digo a ella.

Bien, se lo preguntaré. ¡Niko! – le grita al griego que camina a diez metros de distancia.

¿Niko? – le preguntó.

Su apellido es kilométrico, ¡Niko se oye cool! – me dice sin pena.

¿Qué pasó, Candy? – regresa corriendo hasta ella.

¿Candy? – la llamo, ni yo le digo Candy.

No te cuelgues de la lámpara, por favor – me dice haciéndome señas.

¿Por qué le permites que te diga así? – le pregunto al griego enfurruñado.

¡Vaya apareció Terry el Celoso…! – celebra mi esposa burlándose de nueva cuenta.

¡No es cierto! – refuté de lo más tranquilo, pero vaya, bien que me conocía.

Niko, ¿cuánto tiempo nos quedaremos por aquí? – volvió al ataque siendo conducidos por el griego.

No sé, Terry no me ha informado nada…, pero mientras se deciden ¿quieren ir a velear? – pregunta Niko emocionando a Candice.

¿Velear…? ¿En serio? ¿Habrá pececitos, una tortuga y una ballena y todo eso…? – exclama muy emocionada cuando abraza al griego.

Probablemente… - soltó él sin decir que en esa época del año ver una ballena sería probablemente imposible.

¡Vamos, quiero ver pececitos y ballenas! – se dirigió hacia a mí, jalándome del brazo.

¡Terry, anda vamos! – me apuró tanto que sin duda pensaba que no se perdería esa oportunidad.

Candy, ¿estás segura de lo que haces? – le preguntó Nikopolidis, observando cómo era que estaba ansioso para que no lo matara.

Por supuesto, míralo esta que le brinca la ceja… – responde Candice burlonamente, observándome a modo de catalejo.

¿Quieres ponerlo celoso con alguien tan simpático y guapo como yo? – susurra el griego abrazando a mi esposa.

Se te olvidó la palabra acaudalado – refiere ella.

¡Sí claro, aparte de eso! – vuelve a susurrar con algo de arrogancia.

¡Hey ustedes dos, apártense! – tengo que poner un alto aquí, qué se está pensando ese griego.

Jajajaja – y ambos se ríen de mí, por lo que Candice colocó su mano en el hombro de él para luego posicionar la frente sobre esta.

¡Candice! – la llamé, pero creo que le grité.

¡Ay Terry! – Candice un poco más serena se dirigió a mí. Niko es como el amigo homosexual que todas las chicas tenemos – refirió lo que hizo sonreír al griego.

¡Pero no es homosexual! – aclaré el punto, me quería poner celoso que era diferente.

¡Ya lo sé! Dije como, no que era… – aclaró ella mofándose seguramente, si ya sé que le prometí no ser celoso, pero creo que me es imposible y más con el griego.

Bien, necesitamos traje de baño, entonces – me disponía a llevármela a la habitación, pero no me dejaron ponerle en claro de con quién estaba casada.

Todo está en el velero, además ya es un poco tarde para meterse al mar y según Candy quiere que la enseñe a velear – me dijo el griego divertido por mi pataleta.

¿Qué cosa? ¡No puedes! – no creía que mi esposa estuviese hablando en serio.

¿Quién dice? Además, ya medio sé, ¡vamos no lo oigas! – jaló de la mano al griego y me ignoró.

Y ¿el bebé? – le pregunté.

No pasara nada – soltó de pronto.

Le daré flotadores, si así quedas conforme – decidió Nikopolidis.

¡Ustedes son…! – se unieron para sonsacarme. ¡Dios mío, dame paciencia! – pedí al cielo.

Los espero…, no se demoren porque nos va agarrar la noche – nos ansió.

¡Ay Terry no comiences, no me pasará nada! ¿Tienes miedo por el cacahuatito? No le va a pasar nada, me pondrá flotadores por todos lados, anda, vamos señor miedoso – comenzaba a burlarse de mí, André tenía apenas unas cuatro semanas, así que, si me daba miedo, se pondría flotadores hasta en los cabellos con tal de que no le pasará nada y por lo mismo no enloqueciera.

¡Tengo flojera! – quise intentar algo para detenerla.

Yo no, anda, vamos ancianito y cómo es que no tuviste miedo cuando hiciste al cacahuatito. Al contrario, eso te gustó ¿verdad? – intenta coaccionarme, pero Dios que razón tenía.

Siiii, bien vamos y no soy ancianito – repliqué, está bien me maneja a su antojo, eso debo aceptarlo.

Pues lo pareces, Niko espera – le grita al griego cuando he aceptado y me dirijo a dónde ellos también van.

Terry – de pronto George se aparece al lado mío sonriendo por la actitud de Candice.

George, ¿qué voy hacer con ella? – cuestiono, quisiera saber por qué no me responde lo que quiero.

Amarla supongo, de lo demás ella puede encargarse sola… – me contesta burlonamente.

¡Vamos George, sé que te gustará velear! – lo invito y aunque no lo hiciera, tiene que cuidarla. Mientras me alejo, él se queda parado soltando una carcajada o eso parece ser.

Por supuesto, amo cuidar a la señora Candice – me grita, sé que ama hacerlo.

Te creo… - le devuelvo el grito y nada más.

Pero también debo amar cuidarlo a usted, antes de que se cuelgue de las velas… - sonríe y comienza a caminar muy cerca de nosotros que uno a uno comenzamos la travesía.

El griego y Candy estaban disfrutando del paseo, tenía que admitir que este era un día bueno para ella, yo me lo estaba pasando medio bien, en definitiva, ella estaba medio loca. Me daba miedo que mi esposa hiciera locuras cuando aún no sabía velear. Y de pronto vimos tortugas y algunos bancos de peces. Lo que no me esperaba fue que Candice casi se echa al mar con tal de tocarlos.

¡Que bonitos! – dice haciendo una mueca de que comenzaría a llorar.

Candice, ¿te duele algo? - pregunto preocupado.

¿Por qué la pregunta? – hace eso mismo que no me gusta, sorbiendo me regresa la pregunta.

¿Estás llorando? – la miro preocupado con lo que me gusta verla llorar.

Sí – lo admite, pero no me dice lo que quiero oír.

¿Por qué? – la animo a decírmelo.

¡Pobres tortuguitas, míralas tienen hambre! – eso posiblemente sea la razón por la que la amo tanto.

¡Ay mi amor! Pero si están bien – se lo aseguro.

¿Seguro? – me vio con los ojos anegados en lágrimas.

Sí, muy seguro, ven míralas están bien, estos son parásitos que viven de ella, pero mira Leandro se las quita y ya, no pasa nada – le explico, quien podría decir que algo tan sencillo le cause sentimientos tan profundos.

¿Estás seguro? – y ella tenía muchas dudas.

Sí, ven vamos, mira están bien – le muestro de nueva cuenta.

¡Qué bonito estas! Así te ves muy guapo, te quiero mucho – y no sé por qué tiene esa sensación de que todos son machos.

¡Ay Candy! ¡Qué voy hacer contigo! ¡Anda, déjala aquí! ¡La soltaremos! – le aseguro. ¿Lista? – se acerca el griego.

¡Lista! – y ella se pone de pie y se limpia las lágrimas colgándose de su brazo. ¿Qué haremos? – le pregunta Nikopolidis.

¡Ven te enseñaré a velear! – la jala de la mano dirigiéndola para colocarse atrás de la vela, indicándole las reglas y él se coloca atrás.

¡Vamos! – exclama ella animada.

¡Me la cuidas! – exclamo.

No te preocupes esposo controlador, si un tiburón me ve, no me va hacer caso, me vera como un tronco – dice Candice.

¡Una tabla más bien! – pero no me deja terminar.

Eres un grosero… - se ofende, me suelta la mano y se va, dejando la vela sin más.

¡Terry, te pasaste! – me reclama el griego.

Espera amor… - le digo, pero no quiere hablar conmigo ni caso me hace.

Sí soy una tabla, ¿para qué te casaste conmigo? – me suelta y yo ahora sí que no entiendo nada.

¡No te enojes, ven espera! – le pido tratando de tomarla de la mano.

Niko puedes llevarme a tu casa por favor, de repente no me siento bien – le dice al griego arrinconándose en una esquina del velero.

Pero iba a enseñarte a velear, si ya sabes, no te costará trabajo – intentó sacarla de su estado de ánimo.

Sí verdad, Niko, ¿me consideras una tabla? – le preguntó Leandro.

No Candy, eres una mujer con muy buenas formas – admitió él haciéndola sonreír, pero lo que era a mí, no quería ni verme.

Bueno, gracias, vamos – se animó de nueva cuenta.

Lo siento Terry, pero no te mediste en tu broma y ella es muy voluble con eso – refirió él y yo… sólo quería decirle que si fuera un tronco dejaría chimuelos a los tiburones.

Lo sé, perdón – me excuso ante él.

Pero no te pases, ¡idéate cómo la vas a encontentar! ¡Eh! – me advierte cuando pasa a mi lado.

¡Ya entendí! – y yo obviamente que refunfuño.

Señor me permite unas palabras… - contaba con que George no me riñera.

No George, no quiero escuchar que soy un asno… - respondo.

¡Qué bueno que lo sabe! – suspiró aliviado.

¿Eso me ibas a decir? – pregunto meditabundo.

Sí Terry, sabe que, en cuanto a su aspecto, ella es sentida y lo sabe – me confirma lo que siempre me ha hecho saber ella.

¡Ya no me regañen, ya lo entendí! – grito exasperado.

¿No aprendes…? - me suelta una vez más el griego.

¿Dónde está Candice? – le pregunto cuando no la veo por ahí, merodeando.

Allá, pero deja que se le baje y ya luego veras qué hacer, sólo que si está muy sentida – me afirma.

¿Te dijo algo? – quise saberlo.

Sí, me preguntó: ¿por qué si la consideras una tabla? Te casaste con ella, Albert siempre le decía que era hermosa, así como estaba – y sí tenía razón en deprimirse, soy un tonto.

¡Los Andley, genial! – pero por supuesto que no iba a aceptarlo.

Suerte amigo y piensa más las cosas – me deseó cuando volvió con ella.

Sí – lo acepto, tengo que pensar qué decirle.

Horas más tarde, ya en la casa…

Candice – la llamó cuando entramos en nuestra habitación.

Dime – responde atenta a lo que le estoy diciendo.

¡No estés triste! – la abrazo.

No estoy triste, solo sé que no me quieres lo suficiente – me responde con rencor.

Sí te quiero Candice, perdóname, no es cierto que eres una tabla… - intento componerlo.

Entonces, ¿por qué me dices eso? – me reclama enojada.

Tenía miedo de que te pasara algo, eso era todo, perdóname mi amor, dije puras tonterías… - intento besarla, pero su rostro se retira de mi alcance.

¡Déjame quiero dormir sola! – me dice y yo me quedo de una pieza.

No, Candice perdóname, por favor – se lo imploro hincado si eso era necesario.

¡Perdón! – se disculpa Benedetti que esta mecido enterado de lo sucedido.

Candice, Terry, déjala dormir sola - dice Benedetti.

Pero… - intento refutar, pero Benedetti al parecer tiene mejores ideas.

Anda, este es el resultado de tus inconvenientes palabras – me dice cuando afuera de la habitación me corrige. ¿Ya le dijiste lo que soñaste? – me pregunta sonriéndome.

¡Cielos, no! ¡No quiero preocuparla! – exclamo ansioso.

¿Quieres dormir con ella? Entonces ¡díselo! – Benedetti me obliga, pero sólo ha sido un sueño.

Será mejor que tú seas quien lo intente, yo me voy – le digo, solo faltaba que la playa, el mar y las ostras me reclamaran también.

Candice, ¿qué pasó? – le pregunta Benedetti.

Me dijo tabla… - Candice intentaba no llorar.

¿Habló contigo de su sueño? – cuestionó.

Dijo que estaba bien… - soltó ella ahora preocupada.

¿Lo estaba? ¿Lo está? – le preguntó haciéndola dudar.

¡Supongo, no lo sé! – quiso darle lo mismo, pero no podía darle lo mismo. ¿Qué soñó? – preguntó ella.

Tiene miedo… - le medio soltó, intrigándola.

¿De qué? – preguntó ansiosa, arrodillándose cerca de él.

De Niel, te fuiste de aquí con él y él adoptaba a André – le dijo, sin informarle que de paso Terry fuera asesinado.

¡Cielos, Andrea! – algunos recuerdos vienen a su mente.

¿Andrea te advirtió lo que puede pasar en un futuro? – pregunta atento.

¡Dios no! – y así mi amada esposa me fue a buscar cuando caminaba por lo que sería el pórtico. ¡Terry! – y ella sólo me abrazó para después besarme con lágrimas sabor a sal.

¿Qué pasa? – le pregunto cuando siento que llora.

Niel no sabe dónde estamos, no me podrá hacer nada… - me asegura.

Espera, espera… ¿me perdonas? – le pregunto.

¡Sí, lo siento! – ella también lo hace y me envuelve con sus piernas.

¡Yo también preciosa, yo también! – y ansioso la llevo a la habitación para hacerle el amor.

Y después de ese día, nuestra luna de miel fue de lo mejor hasta que un día que salía de bañarme me di cuenta que en el calendario habían pasado tres meses y con ello una ligera pancita se asomaba y ella que se admiraba en el espejo se sonreía.

¿Qué haces? – pregunto observándola con ropa interior y que se veía la pancita en el espejo de cuerpo completo.

Se me nota, un poco… - dice ella, sonriendo y a la vez conteniendo las lágrimas.

Sí, ese bebé salió igual de glotona que la mamá – le digo a ella, ya que últimamente ha estado comiendo mucho.

Como por dos – me dice ella como excusa.

¡Que excusa tan más conveniente, de por si eres glotona! – me burlo de ella.

¡Sí amor, adoro el chocolate! – me confiesa ella descaradamente.

Jajaja ¡Lo sé! – admito que mi adorable esposa adora el chocolate, pero también todos los postres que el griego le hace.

Pero no se lo digas a nadie – me pide, ya que el griego la consiente más que yo.

Bueno, pero creo que tendré que hablar con Nikopolidis – refiero cuando veo por el gran ventanal que da a la playa.

¿Qué piensas? – me pregunta.

En que algún día tendremos que volver – refiero, no con mucho ánimo, pero mi familia no me perdonaría que me pasara más de seis meses fuera, además no sería recomendable para Candice volar más allá de los ocho meses.

Sí, George ha tomado un buen color, ¿no lo crees? – me pregunta sacándome de mis dubitaciones.

¡Todos parecemos camarones! – me asegura quitándome la toalla y lo admito, tiene razón.

Jajajaja, bueno me vestiré para desayunar – le digo dirigiéndome al baño a cambiarme.

¿Dónde está la mariposita? – me pregunta Benedetti cuando aparezco en el comedor.

¡Aquí! – venía saliendo de la cocina y detrás de ella el griego. ¿Cómo ves? Me está haciendo jugos – refiere Candice, haciendo que él sonría.

¿Te sientes bien? – le pregunta Benedetti.

¡Siiii, ya no más malestares! – exclama ella abrazándole.

Se implantó bien, eso es una buena noticia – nos informa, Candice le pone atención.

¿Qué pasa? Benedetti… - lo llamo, parecía no escucharme.

Nada, ¿debía pasar algo? – cuestionó si verme, parecía preocupado.

Te veo preocupado… - le solté y si que lo estaba cuando intentó decir algo.

Es que… debo regresar a Roma, me necesitan para realizar un servicio, pero… - se detuvo, no sabia cómo lo iba a tomar.

Pero… - le insté a decírmelo, no me iba a colgar de la lámpara.

Es por mucho tiempo y no quiero estar lejos de la Mariposita – me confesó con tono despreocupado.

¿Cómo? – quise intentar parecer calmado. ¿Cuándo regresarías? – cuestiono y admito que me sentía que lo iba a matar.

Casi a los 8 meses… - continua.

Bueno Benedetti… nosotros regresaremos en esa época, así que no te preocupes, Candice no puede viajar después de los ocho meses, ¿recuerdas? – le aseguro y entiendo que ella de alguna forma le preocupa, sobre todo por su historia y su pasado.

Y ¿qué harías si le pasara algo? – cuestionó él con un semblante amenazador.

Yo me encargo de ella… - entra el griego y le suelta, digo yo no podré hacerlo por no llamar la atención, pero él, Niel ni lo conocía.

Pero… - intentó objetar.

Anda Benedetti, Nikopolidis sabrá que hacer, él tiene los recursos – admití, la verdad que él parecía mas esposo de Candice, pero quien dormía con ella era yo. Mas bien parecía su nana.

No estoy muy seguro… - admitió, decir que yo lo iba hacer, era ponerme una corona ajena, cualquier movimiento en demasía y podría llamar la atención.

No podrías llegar hasta aquí en dos horas – soltó el griego.

Claro que no, pero… - intentó por todos los modos, poner mil excusas.

Te van a echar del hospital si no vas – advertí.

¡Tú puedes arreglarlo! – me dijo y la ultima vez que lo ayudé por cuidarla a ella, le dio un mordisco a mi fortuna para un ala nueva.

Lo hacemos comúnmente, pero que le podríamos regalar al hospital que no tenga ya – refiero, otra ala de no sé qué.

Dinero… - refiere el médico sonriendo.

En serio Benedetti, si ya con este calor pensara que te fuiste de vacaciones – le digo y nadie había caído en cuenta en ello.

¡Cierto! – me dijo con una sonrisa.

Entonces… - quise insistir.

Puedes llamar al director del hospital entonces – me dio una idea.

Entonces hablaré al Hospital San Benedetti – me levanto y busco mi agenda, por favor, no lo tenía a la mano.

¿Tienes tu propio hospital? – pregunta Leandro impresionado.

No, Terry es bromista, es el Hospital del Instituto Arquitectónico – refiere él mirándome.

Es casi todo tuyo, lo nuevo, es decir – refiero riéndome.

¡Deja de hacerme burla tú! – me echa encima un cojín que pertenecía a la sala.

O que mejor, puedo dar "donación" para atención médica a personas sin recursos – afirma Nikopolidis, dándome una idea.

¡Fíjate que es buena idea! – me sorprende cómo el griego maquina sus estrategias.

Pues bien vamos, hablemos con el Dr. Giacinto Benedetti – le digo al final cuando comienzo a marcar en el teléfono del griego.

Pestalotti… - menciona Benedetti arrojándome de nueva cuenta otro cojín.

¡Ah sí! Pestalotti… ¿se parecen no? – comienzo a decirle, cuando Nikopolidis entiende de lo que le estamos hablando.

¡Te haces! – me reclamó y obviamente como mi esposa se expresaba.

Buenas tardes, podría comunicarme con el doctor Giacinto Pestalotti, señorita – el griego tomó el auricular y habló con la secretaria del médico.

Buenas tardes, ¿quién lo busca? – cuestionó ella.

Mi nombre es Leandro Nikopolidis y habló de parte de Terrence Grandchester, señorita – le informa ella.

Por supuesto en un momento lo comunico. Doctor Pestalotti, lo llama un señor de nombre Leandro Nikopolidis de parte de Terrence Grandchester – le dice ella observando como el medico se toma la cabeza y la mueve de un lado a otro.

Gracias, Sara – agradece el médico cuando toma el teléfono.

De nada, Doctor Pestalotti – Sara se retira y cierra la puerta.

Buenas tardes, Giacinto Pestalotti – dijo al otro lado de la línea.

Buenas tardes, espere lo pondré en altavoz – le informó el griego.

Sí, gracias – le contestó el médico.

Doctor Pestalotti, soy Terrence Grandchester – ahora fue mi turno.

Señor Grandchester, que bueno escucharlo, ¿sabe usted algo del doctor Mickael Francesco Benedetti? – cuestionó el Doctor Pestalotti.

Lo estoy viendo en estos momentos, señor, por supuesto que no puedo decirle dónde me encuentro, pero he sabido que Benedetti nos tiene que dejar por lo menos cinco meses… - informé tranquilo.

Sí, de hecho, está en duda que el doctor Benedetti esté de servicio cuando no se reporta al menos una vez al mes – explica profundamente enojado.

Pues de hecho por eso mismo es que le hemos hablado a usted – informa el griego.

¿En serio? – cuestiona irónico.

Por supuesto, mire que, hablando con Benedetti de su paciente, hemos decidido que él se quede dónde está – le suelto a lo loco.

Pero el doctor tiene responsabilidades – comenzó a decirme.

Calma, el señor Nikopolidis y yo a cambio de la estadía del doctor Benedetti con su paciente ofrecemos un fideicomiso para la atención de pacientes de escasos recursos – le informé.

Es decir que… ¿mantendrán al doctor Benedetti en donde sea que esté a cambio de un fideicomiso para pacientes de escasos recursos? – preguntó creyendo haber oído bien.

¡Por dos años! – suelta el griego.

Bueno… no es que no lo queramos que esté aquí, se le extraña, sabe… - intentó decirlo de otra forma, pero Benedetti se sorprendió de lo fácil que los seres humanos eran.

Entonces, ¿estamos de acuerdo? – quise saber.

Muy de acuerdo… - informó el galeno.

Bueno, entonces anote, el fideicomiso se llamará Mickel Francesco Benedetti, hasta pronto – y colgué, nosotros no íbamos a recibir un no por respuesta.

Hasta pronto, vaya como quieren a Benedetti – susurró el médico asombrado.

Listo, ya hasta tienes tu fideicomiso – le dije, aventándole el mismo cojín que parecía ya nuestra bolita.

¡Gracioso! – me devolvió el cojín.

¡Algo te tiene que tocar de todos esos apoyos, para que sirven los multimillonarios! – me infravaloro.

¡Para dar dinero por atención, para qué más! – dice el galeno.

¡Como si tú no fueras millonario, Benedetti! – le reclamo.

¡Soy un millonario mucho más pobre que tú, eso sí! – confiesa.

Jajajaja Nikopolidis, acostúmbrate al extraño humor de Benedetti, es el de Candice… - le digo y vaya que si se parecen.

¿Qué es mío? – se aparece Candice abrazándome y dándome muchos besos.

El humor mexicano que tiene Benedetti… - recapitulo todo.

¡Uy Benedetti! ¿Ya nos están viboreando tan temprano…? - refiere, ella tomando agua de una botella que trae en la mano.

Por lo visto, sí – se ríe con ella.

Mmmm ya se acostumbrarán a oír nuestros decires, ¿verdad? – le pregunta Candice.

Yo ya me sé varios, ahora le toca a Nikopolidis aprendérselos – confieso.

¡Vaya, algo más que debo aprenderme! – se queja el griego.

Así es con Candice – soltamos Benedetti y yo.

¡Ven te tengo una sorpresa! – le dice el griego a Candice, abrazándola.

¿Cuál? – pregunto ella curiosa, alargando el cuello por todos lados.

¿Cuál sorpresa? – pregunté ansioso.

Te traje unos animalitos de una reserva – comienza a explicarle.

¡Ah, son animalitos! ¿De qué tipo? – instigó al pobre griego.

¡Que nadan a toda velocidad! – le informa.

¿Ballenas? – y duro y dale, mi esposa quería ver ballenas a la fuerza.

No… - le dijo, riéndose. Delfines – le soltó de último.

¡Delfines! ¡Yupi! ¡Yo voy! ¡Yo voy! – y ahí la perdí, estaba tan eufórica que ni veía por donde caminaba.

¡Cuidado Candice, te vas a caer! – le advertí cuando se resbaló en la salida hacia la playa.

¡No pasa nada! – de inmediato puso una mano y se levantó. ¿Están bonitos? – preguntó ella al griego.

Pero, ¡acércate! – le sugirió el griego, qué paciencia.

Ni modos Terry, tienes a un kínder aquí – refiere Benedetti sonriendo, pero por mis muecas no por ella.

Jajajaja, lo sé. George – lo llamé inmediatamente.

Sí, señor – lo mandé a llamar.

Ponte traje de baño porque la señora quiere nadar – le informo.

Sí señor, ya estoy en ello – confiesa cuando dejo de verlo, que se esta quitando la camiseta y el pantalón cuando se quedó en traje de baño.

Ya lo trae puesto – suelta Benedetti.

Con la señora Candice, hay que estar preparado para todo – explica.

Bien dicho George, vamos detrás de ella siempre – le dice George.

Sí señor, permiso – y se va, admirando el paisaje me encontré con una espalda ya muy roja por el sol.

Jamás lo hubiese pensado, Candice se había divertido de lo lindo con los delfines que sólo colocaban la trompa en su vientre como si adivinaran que Candice estaba embarazada. Mientras ella se divertía, fui a mi habitación por unas cosas, pero me recosté un rato, sintiendo la brisa que entraba por el ventanal. Cuando menos lo sentí, el calor me estaba adormilando hasta que me dormí. Unas horas después me levanté y sentí un leve mareo, sosteniéndome de los postes de la cabecera y de pronto, sentí como unos brazos y un cuerpo totalmente mojado me abrazaba.

¡Candice, me espantaste! – le dije tomándole las manos para darle la vuelta.

Soy el lobo feroz – comenzó a gruñir sacándome una sonrisa. ¿Te sientes bien? - preguntó después.

Sólo me mareé un poco, pero estoy bien – le digo abrazándola.

¿Seguro? – me cuestiona.

Sí, me voy a bañar, quizás sea el calor – le informo.

Bueno, regreso con los pescaditos – me dice ella contenta saliendo velozmente.

¡Peces, aún están vivos! – le digo, siempre matando a los peces y aún así los ama vivos.

La verdad que me sentía extraño y sólo atiné a dar dos pasos y dejé de saber de mí.

Candice y ¿Terry? – preguntó por mí, Benedetti.

En nuestra habitación… - informó Candice mirando como un delfín la buscaba mucho.

¿Ya durmió mucho? ¿No te lo parece? – le parece extraño.

Sí algo, pero debe estar cansado… - refiere ella.

Voy a tomar algo a la cocina… - informa Benedetti para que no sospeche Candice.

Bien – saluda Candice.

Una hora más y ya señora Candice – le informa George.

Ok – grita ella abrazando al delfín.

¿Por qué a ti sí te obedece George? – cuestiona Leandro.

Porque soy determinante, aunque la verdad no lo sé – alza los hombros.

Jajaja – y reímos ambos.

Terry, Terry, ¿dónde estás? – pregunta Benedetti.

….

Terry, ¿qué te pasó? – pregunta cuando me ve tirado al lado de la cama. George, ven de inmediato, es Terry…

Continuará…