Capítulo LII
Bueno – contesta George, ya que ese numero se lo sabe de memoria.
George, ven por favor, necesito ayuda con Terry – advierte Benedetti.
¿Qué sucedió? – pregunta como si nada.
Esta desmayado, ayúdame sin alertar a Candice – le pide el galeno.
Bien, vamos – le dice George a Nikopolidis.
¿A dónde? – pregunta el griego que ve como Candice abraza a los delfines mientras uno de ellos se dirige a su vientre.
Terry está desmayado, voy a ayudar a Benedetti – avisa George comenzando a caminar.
Yo me quedaré con ella, ¿de acuerdo? – le pide a George.
Sí, señora voy a la cocina por algo de refresco, ¿quiere algo? – le pregunta George a Candice.
No gracias – responde cuando se siente jalada por los delfines.
Bien, ahorita vengo – vuelve a comentarle a Nikopolidis.
Cuando llega al ventanal que da a la cocina, George se echa a correr para ayudarle al medico con Terry, de un momento a otro llega la habitación de Terry y Candice.
¿Qué pasó doctor? – le pregunta cuando ya ha subido medio cuerpo de Terry.
No lo sé, lo encontré desmayado – le informa el medico a la mano derecha de Terry.
Bien, vamos, arriba – ambos dicen esto y el médico comienza a auscultar a Terry, una vez que ha estado en la cama.
Deja lo reviso, pásame mi maletín – le pide de favor a George y este ni calmo ni perezoso se mueve tan rápido que solo pasan algunos minutos desde que se ha ido cuando ya lo tiene a su derecha.
¡Terry, despierta, despierta! – Benedetti lo mueve, pero no se despierta, lo cual lo tiene muy preocupado.
Quince minutos después
Candice – abro los ojos y me encuentra con el rostro de mi esposa, entre asustada y preocupada.
¡Terry, al fin! ¿Qué te pasó? – pregunta ella.
Nada, solo me maree – respondo a secas.
Y después… - sigue preguntando.
Caminé unos pasos y me desmayé, creo – respondo sin más.
¿Desde cuándo? – pregunta Benedetti.
Candice vino a verme… - comienzo a recordar.
Sí, te pregunté si estabas bien y luego… - insiste Benedetti.
Me mareé y ya no pude caminar – sigo con mi relato.
George ve por agua con hielos, por favor, ¿te sientes cansado? – me preguntó con diversión.
No, sólo tengo mucho sueño – me tallo los ojos y suelto la cabeza en la almohada cerrando los ojos.
Déjame decirte Terry, ¡que estás embarazado! – me suelta Benedetti encantado con la noticia.
Lo sé, desde hace tres meses – admito.
No me has entendido, Candice me ha dicho que ya no tiene los malestares… - comienza a explicar.
¿No puedes estarme hablando en serio? – pregunto cuando creo que lo he entendido.
Muy en serio, fíjate que esta condición no se le da a nadie, solo a algunos cuantos… - se levanta y me comienza a explicar.
¿Y eso es muy bueno? – pregunto sin saber, qué decir.
Pues bastante molesto, sufrirás desmayos, antojos… sobre todo los antojos – Benedetti parece disfrutarlo.
¡Uy Terry, pobre de ti! – suelta mi esposa, divertida al mismo tiempo.
Jajaja -y es imposible, pero los demás también se echan a reír.
¿Quién lo iba a imaginar que tuvieras el síndrome de Couvade? ¿Sabías que un hombre por cada diez les da los síntomas de embarazo? – suelta al fin Benedetti haciendo que los demás suelten una risotada.
¿Y por qué a mí? – pregunto, hundiendo mi rostro en las almohadas.
Porque a ti te tocó, Albert no los tuvo – me suelta Candice. ¡Estarás bien Terry, espero que no engordes! – me advierte.
Pues yo espero que hagas mucho, mucho ejercicio porque odias verte gordo – me dice Benedetti.
¿Es en serio? – le pregunto ella.
Muy enserio – responden todos.
Vamos chicos, dejémoslos solos – pidió Benedetti a los demás, era la hora de quejarse de Terry.
Candice – la llamo.
Dime – se acerca a mi y comienza a acariciarme la cabeza.
¿Por qué me hiciste esto? – le pregunto con rencor.
Yo no te hice nada, no es frecuente, pero sucede o eso dice Mickael – responde sonriéndome.
¿Qué te hice? – le reclamo.
¿Querías un hijo, no? ¡Entonces no te quejes! Al menos este será el último… - me reprende, sí, quería tener un hijo, pero ¿por qué a mí? Además, quien dice que no quería tener otro hijo con ella.
… - obviamente que no dije nada.
André será el último, ¿verdad Terry? – insiste en esa idea.
¡Yo no sé nada! ¿No se supone que viste a Andrea? -le cuestioné, Andrea, otra Andrea, no la que ella perdió.
Ammm, yo supongo que es la Andrea que perdí, no una nueva… - se me queda viendo y se preocupa.
¿Segura? – le cuestiono.
Pues no muy segura, pero… no creo que soporte otro embarazo… - se queja, por supuesto que tendremos otro hijo, así la tenga internada durante todo el embarazo.
Ni yo, pero no aseguro nada a menos… - infiero la operación, pero por su parte.
¡Ah no, tú te harás la vasectomía! – y creo que me adivina el pensamiento, pero pensaba que fuera ella.
Y ¿por qué yo? – me niego.
¡Porque a ti te va a doler menos que a mí, de loca me hago algo! – y se niega.
Lo pensaré – pero no prometo algo, prefiero hacerme el loco.
Pues ve pensando que no me haré nada, digo puedo tener otro hijo si me divorcio de ti – comenzó a pensar.
¡Si te dejo! – refiero y comienzo a enojarme.
Quizás aquel otro hombre quiera un hijo – se pone a alucinar, colocando el dedo índice en el mentón.
¡Candice, deja de hacerme enojar! – le pido.
¡Ah verdad! ¿Qué se siente? – me dice ella, enojada también.
¡Candice! – alzo la voz.
¡Hey ustedes dos, dejen de pelear! – entra Benedetti y nos reprende.
¡Ella comenzó! – la señalé.
Él quiere histerectomía – me acusa.
Terry por qué no te haces la vasectomía, el tiempo de recuperación es de quince días, no duele tanto y si ella lo hace, tardaría por lo menos unos cuatro meses, ¿aguantarías cuatro meses sin intimar? – me preguntó Benedetti sin pena y yo, me quería hundir en las cobijas.
¡Me has convencido, pero no antes de Andrea! – le solté a mi esposa, que enfurruñada se fue.
¡Ya veremos! – Candice enojada se retiró de allí para dirigirse al baño.
Por supuesto que lo veremos – y fue mi última palabra.
Mientras estaba en el baño, afuera Benedetti se encuentra a Nkopolidis.
¿Cómo está Terry? – pregunta el griego.
¡Enojado, quiere otro hijo! – responde Benedetti que venía sonriendo.
Candice dice que ya esta muy grande para tenerlos – refiere el griego.
Y no esta tan errada, supongo que sabes ¿por qué es que estoy aquí? – refiere Benedetti.
Porque es propensa a los accidentes y embarazada causa mucha preocupación – suelta Benedetti caminando a la cocina.
Vamos Leandro, es momento de que te lo cuente todo – lo invita a sentarse.
¿Hay más? – Leandro desconcertado se atreve a preguntar.
Sí, ¿sabes de Niel? – cuestiona adusto el médico.
Sólo sé que ese hombre la persigue – refiere el griego, prestando atención.
Niel violó a Candice cuando ella era muy joven… - comenzó a contarle cuando sorbía un poco de té.
… - el griego no comentó nada.
Entiendo tu reacción, pero di algo – le pide el médico.
¿Cómo es que ella es así? – y sólo se le ocurre preguntarle eso.
Mucha fuerza de voluntad y pienso que ha aprendido muchas cosas a través de su vida, además no la conoces, nunca la has visto enojada… y espero que no lo hagas… nunca – le advierte y en efecto, esperábamos que nunca lo hiciera.
Hay algo que no entiendo – comenzó a madurar esa idea.
¿Qué cosa? – inquirió Benedetti.
Cómo se recuperó tan pronto, de lo físico, lo emocional… - estaba preocupado.
De lo emocional, no sé, es algo que Fredich se ha llevado a la tumba, nunca nos dijo cómo lo logró, de lo físico, quizás hubiera cosas que regresarán a cómo estaban cuando tenía 23 años, pero es por eso que estoy aquí – comenta Benedetti.
¿Tiene algo? – preguntó le griego.
Tiene todo lo que no le gusta, eso sí – sigue tomando el té y sonríe.
¿Algo de qué preocuparme? – cuestionó con miedo él.
Todo… lo bueno es que estar aquí la ha mantenido fuerte, vigorosa y muy, muy entretenida – refiere el médico.
¿Mucho ejercicio entonces? – pregunta el griego.
Sí, no puedo hablarte de lo que tiene, pero sigue así, muchas actividades físicas, mucho entretenimiento, buena alimentación – comienza a enumerar las cosas que le hacen bien.
Y que aquellos dos no se maten, si consideras que las mujeres son volubles espera a ver como se pone Terry – refiere Benedetti aguantando una sonrisa.
¡Dios santo! – el griego comienza a preocuparse.
Jajaja, vamos hay que sacarla de allí, ¿algo que se te ocurra? – pregunta Benedetti dirigiéndose a la habitación de los Grandchester.
Una sorpresa, de hecho. Candy – la llama desde el pasillo casi cuando habían llegado a su habitación.
Eu – ella salió cuando lo oyó.
Han llegado varios de estos… - le enseña unos perritos bastante conocidos para ella.
¿En serio? ¿Qué marca son? – le pregunta, pues pensaba que se referían a los autos que estaban atrás.
No son marcas, son razas… - le dice el griego sonriendo ante lo preguntado, pero cayendo en cuenta que ahora es que sabía a qué se refería ella.
¡Ay no! – dice ella emocionada, comenzando a ponerse unas botas.
¡Ay sí! – responde el griego.
Y ¿vienen solos? – cuestiona de manera absurda.
Por supuesto que no… - declara el griego, eran sus perritos y era obvio que las sólo podrían venir con una persona.
¿Dónde? ¿Dónde están? – comienza a saltar mientras se dirige a colgarse del brazo del griego.
¡Qué buen color tiene, señorita! – le dice un hombre alto y musculoso.
¡Paolo! ¿En serio, mis niños? – le pregunta ella… ¿emocionada?
Jajajaja – todos comienzan a reírse cuando los cachorros entran y se arremolinan en sus pies.
¿No puede perderse ese muchacho? – pregunta Terry cuando lo ve entrar por la puerta de la habitación.
¡Nooo! – contestan George y Benedetti sonriendo ante la celosa respuesta de Terry.
¿Cómo estás? – Paolo le pregunta a Candice.
Muy bien Paolo, ¿cómo se han portado? – le preguntó ella dándole besos a cada uno.
Extrañándola como siempre y han dejado marcas en su puerta – refiere el chico.
Timón, ¿qué te he dicho de que no arañes la puerta? – pero ella sabe a cuál de los perros se refiere.
Mmm mmm mmm – el susodicho Timón al escuchar la reprimenda comienza a llorar y repegarse a Candice.
Niko, ¿dónde los pondremos? – refiere ella, qué daría porque Terry los aceptara allí con ellos, pero siete eran demasiados.
En el establo – refiere el griego como si nada.
Es..ta…blo, ¿en serio? – Candice parecía no haber escuchado mejor.
Sí – respondió el griego sin poder creérselo.
¿Tienes un establo? – volvió a preguntar, quería verificar que había escuchado bien.
Por supuesto… todos tenemos establos… - soltó el griego.
Yo no… - dije, para eso estaba el chalet, pero no en la ciudad.
Yo tampoco… - respondió Benedetti.
¿Con… caballos, vacas y pollos y todo eso…? – pero Candice quería saberlo todo.
Algo más que eso, sí, si tengo – para Leandro era maravilloso enterarse de ello.
Vamos – Candice de un momento a otro lo jaló, dirigiéndose a la salida.
¿A dónde? – pregunto conmocionado.
A su establo, vamos Niko yo quiero verlos… - le informó ella.
Pero… - él… había demasiado tiempo para hacerlo.
¿Para qué le dices? – refirió Benedetti.
¡Vámonos! – y terminó jalándolo.
¡La perdimos! – dijo George haciéndonos reír a los demás.
George – lo llamo Terry.
En eso estoy Terry, me encanta cuidar de la señora – se repetía mentalmente.
¿Por qué se dice así? – me preguntó Benedetti.
¿Conoces a Candice? – me limito a cuestionarlo, pero la forma en la que lo dijo comenzaba a preocuparme.
Claroooo que la conozco… en el buen sentido Terry, no te enojes, además si la conozco en otros sentidos, pero ella ahora es como mi hermana…, pero no le digas eso, sería capaz de cambiarme por Paula… - refiere Benedetti preocupado.
¿Te dolería mucho si decidiera eso…? ¿Cambiarte por Paula? – sugerí, pero los ojos de mi amigo lucían tristes.
Sí, pero esa sería su decisión, no la mía – él como médico sabía que no siempre Candice podría decidir por él, así que él tendría que admitir lo que ella quisiera.
¿Y la respetarías? – cuestioné curioso.
Lo haría, si ella me lo pidiera… - sí, uno de los mejores médicos que conozco estaba enamorado de mi esposa.
Pero ¿lo harías, aunque no quisieras? – cuestioné de nueva cuenta.
Un médico debe ver por el bienestar de sus pacientes y cuando sus pacientes no sienten la misma confianza en ellos… habrá otro que si lo haga – terminó por decir quebrándosele la voz.
¡Bonito discurso, pero sé que sufrirías! – le asesté, Benedetti amaba a mi esposa y eso ya no me causa molestia.
Por supuesto que lo haría, pero no puedo objetar nada, aunque me duela – lo admite.
¿Estas enamorado de ella? – de alguna morbosa vez quería saberlo.
Vamos Terry, ella te ama a ti solamente… - quiso esquivar la pregunta.
Yo hablo de ti, amigo – y si estaba preocupado por él.
Quizás es admiración, no sé, quizás sea amor, la verdad no tengo idea – atestigua, intentando evadirme.
Vamos Benedetti, sé que Candice me ama a mí y también sé que no intervendrás en mi relación con ella. Pero necesitaba saber eso – afirmé.
¿Para qué? – me pregunta Benedetti.
Para su bienestar, será mejor que vaya a rescatar al griego, ¿vienes? – lo invitó, debe dejar de sentirse que lo he reprendido por tener sentimientos por mi esposa.
En un momento voy – pide unos minutos para calmar sus sentimientos.
Sí Benedetti, tengo que preparar mi llegada a Roma y es ahora que necesito la ayuda de Leandro, de George, de Anthony, William, Cosomo y tú, por supuesto – pensé por un momento.
Ring, Ring
Bueno, ¿cómo estás Terrence? – le llamó por una línea segura.
Anthony, ¿qué sucede? – contestó por el otro teléfono que le había llegado hacia más o menos una semana.
¿Cuándo llegarán? – pregunta él.
En dos meses Anthony, necesitamos ponernos de acuerdo, ¿dónde está Niel?
Tengo que decirte algo… - bajó el sonido de su voz, Anthony se encontraba inquieto ante tal acontecimiento.
¿Qué cosa? – quise saber, pero al mismo tiempo sabia que no debí haber preguntado.
Es Niel… - quiso seguir, pero se detuvo.
¿Qué pasó con Niel? – cuestioné alarmado.
¡Escapó! – soltó al final.
¿Qué cosa? ¿Cómo que escapó? – quise saber.
Sí, en su trayecto a la cárcel donde lo iban a recluir, alguien lo ayudó – y ese mi mayor temor.
¿Alguien? ¿Quién es ese alguien? – pregunté enojado.
Nathaniel… - soltó Anthony y luego recordé a…
¡Demonios! ¿Elisa? – cuestioné aprisa.
También… - me soltó.
¡Mal rayo los parta! – sí, debería dejar que Candy me enseñara algunas cosas más.
¿Cómo esta Candice? – preguntó, sabía que no tenían noticias desde hace unos meses, así que decidí contestar.
Bien, de hecho, voy a ir a rescatar a una de sus víctimas – sonreí ante la idea de que muy posiblemente Leandro estuviera padeciéndola.
Leandro… - soltó Anthony sonriendo.
Sí – tenía que admitirlo, el griego se había portado estupendamente bien con nosotros, sobre todo con Candy.
Nuestra de luna de miel había estado siendo la mejor parte de nuestras vidas, pero mi atolondrada esposa era de un activo que nunca lo pensaría uno cuando se ponía a crear, podría pasarse las horas viendo una mariposa, dibujando, iluminando y así sin darse cuenta las mañanas se hacían noche rápidamente. Pero creo que Candice era así y más si tenía algo que le gustara y alguien que le siguiera la cuerda y ese alguien fue Leandro, tenerla entretenida fue una de las terapias para que ella ya no tuviera pesadillas y sobre todo se dejaba mimar lo suficiente para dejar a un lado esos sentimientos que no me gustaba que tuviera.
En un principio no me gustaba que Leandro fuera su cómplice, pero en sí, no eran celos, si no que ella compartía todas sus aventuras con él y no conmigo, pero el pobre hombre con el pasar del tiempo resultaba pedir ayuda a George, dado que algunas actividades le gustaban más a ella que a él. Así que en este momento, en el que me sentía bien, decidí salvar a Nikopolidis.
Perdone y Leandro – cuestiono cuando había llegado a una sala de equitación.
Allí, bueno quizás este en el establo – refiere su guardia, preguntándose donde podría estar.
¡Montando, en caballo! Benedetti… le marqué a Benedetti cuando observé que Candice se encontraba arriba del lomo del caballo.
¿Qué pasa Terry? – preguntaron desde el otro lado de la línea.
¿Candice puede montar? – cuestione tranquilo.
¿Qué cosa? – apenas escuchó mi cuestionamiento y corrió hacia aquí.
¡Qué ella esta trepada en un caballo! – dije sin notar que prácticamente el caballo caminaba.
¡Voy para allá! – y dejé de oírlo.
¿Puede prepararme un caballo? – fui con Candy.
Por supuesto… ¿Candice qué haces? – le pregunte cuando mi caballo llegaba al suyo.
¡Amo a este caballo! – me dijo, amorosa y durmiéndose.
No puedes montar mi amor – le advertí, pero faltaba muy poco para que ella estuviera con los ponnys en el cielo.
¿Por qué? No estoy trotando y Leandro me subió de lado, ¡lo amo! – abrazó el cuello del caballo, sonriendo como tonta.
Candice And… Grandchester, ¿qué crees que haces? – la reprendió Benedetti.
¿Cómo que Andley? – reprendo a Benedetti.
Es la costumbre… - sonríe Benedetti ayudándome con Candice que no deja de abrazar al caballo.
¡Sólo lo abrazo…! – dice ella, en verdad pienso que esta drogada.
¿No puedes abrazarlo de pie? – le digo, en realidad mirando a Benedetti que se baja de su caballo y comienza a buscar algo en las extremidades.
¡No es lo mismo, está bien guapo! – responde sonriendo.
¡Candice es yegua…! - le informó, a todos los animales los hacia machos.
Entonces eres guapa… - le dio una palmaditas.
Terry, ¿qué le pasa? – quiso saber.
Pareciera que se va a dormir… - le informo, pero creo que ya se ha dado cuenta de ello.
De hecho, lo hará en cualquier momento – me dijo cuando vio que en sus labios había azúcar.
Pues ¡bájala! – le dije, notando cierta preocupación, ese griego iba a darme muchas explicaciones, nada más tenía que encontrarlo.
Voy, espera… una pregunta y el señor – le pregunte a otro guardia.
En las caballerizas, va a nacer un potro – me dijo con una sonrisa extraña.
Bien, le puede decir que nos llevamos a Candice a la casa, por favor – susurré, algo no me parecía normal.
Si señor – respondió atento.
Benedetti, casi siempre Leandro está cuidando a Candice, ¿por qué no lo está ahora? – le digo a el cuando lo veo acercarse a mí.
George – lo llamé por teléfono y cuando me contestó.
Sí Terry – responde el cauteloso.
¿Dónde estás? – cuestioné sin entender por qué no estaba allí, con ella.
Voy rumbo a las caballerizas, el señor Nikopolidis se metió por aquí, pero no lo encuentro – cuando iba a responder, se escuchó un golpe, George terminó de decir algo.
¡George, George! – lo llamé y cortó la comunicación.
¿Qué sucede? – me preguntó Benedetti.
No lo sé, llévate a Candice y yo iré a ver ¿qué pasa? Revísala por si tiene algo diferente a sueño – solicité y fui a buscar al griego y a George a las caballerizas, el guardia que hasta hace unos momentos se encontraba allí, ahora estaba en quien sabe dónde, lo cual me dio mala espina.
Por supuesto, sígame a la casa, necesito ayuda – le dijo Benedetti al guardia que cuidaba a Leandro, el cual venia corriendo a las caballerizas.
¡George… George… bip bip bip…! – grité buscándolo pasillo por pasillo, tratando de escuchar como el sonido que emitía su celular, se escuchaba más cerca. George, ¿qué sucede? – le pregunté cuando lo golpeé y eso hizo que mis alarmas se pusieran más alertas, Niel aquí!
¿Alguien me golpeó, ¡no sé qué pasa! – el adusto hombre se quedó adolorido, sobándose la cabeza cuando se encontraba medio levantado.
George te ayudo, vamos, debemos buscar a Leandro, Benedetti se llevó a Candice a la casa junto con el guardia de Leandro – le informo, pero no sé si me haya escuchado.
Sí vamos, me faltaba por aquí – se dirigió a las últimas dos caballerizas.
¡Leandro, Leandro! – gritamos a la par, esperando que estuviera bien cuando un hombre se coloca delante de él.
¡Mas les vale que se retiren de aquí! – advierte el hombre, que no se parece nada a Niel.
¿Quién es usted? – cuestionó mirando a George.
Las preguntas las hago yo, dónde está la simpática damita que estaba sobre un caballo hace unos minutos – cuestiona malicioso.
¿Damita? No sabemos de quien nos habla… - suelta George, muy serio.
¡Leandro! – lo llamo cuando veo que comienza a moverse.
¡Ah no se preocupen! No le pasa nada, solo se tropezó – refiere él cuando veo que el rostro del griego esta magullado.
¡Terry…ap…! – advierte, pero sin lograr terminar la frase.
¡Cállate! – el hombre le advierte con una patada en el abdomen.
¡George…! – le pico a George las costillas indicándole que debemos de rescatarlo.
¿Qué sucede? – pregunta George, que me mira y entiende lo que quiero hacer.
¿Alguien puede estar aquí además de él…? - hago referencia que mas de los extraños hombre podría estar aquí.
¡Silencio…! – me ordena.
¿Qué quieren? – pregunté a los hombres.
Con ustedes nada, con él – refiere el hombre colocando una pistola en su cabeza.
¡Nikopolidis! ¿Qué has hecho? – le pregunté para sacar de concentración al hombre armando que tenía frente a mí.
No Leandro… este señor es Nikolaidis – refirió sin entender por qué le cambiábamos el nombre.
Creo caballeros que se están equivocando, su nombre es Leandro Nikopolidis, no Nikolaidis – refiere George, dándose cuenta de que ha sido una confusión.
Eso les decía… - resopló Leandro.
Te dije que esta no era… - reclamó uno de los hombres al otro.
Les dije que es mi vecino… - volvió a soltar Leandro dándose vuelta.
¡Alto ahí…! – quise detenerlos. Cuando los demás hombres de Leandro se acercaron.
Ayuden a su señor, nosotros vamos a ver si los demás están bien… - solté y obviamente que me refería a mi esposa.
Benedetti – soltó George.
Ah sí, a él también – solté, por supuesto que con los demás están bien me refería a Candice, su médico y el guardaespaldas de Leandro, no sólo a ella.
Sí Terry – George sonrió, ante mi aclaración.
Una vez que corrimos hacia la mansión, Benedetti corrió hasta mi encuentro.
¿Qué sucede? – le pregunté cuando nos vimos.
Es Candice… - me suelta.
¿Qué sucede? – vuelvo a preguntar, con lo que me gusta hacerlo.
Le dieron un sedante… tenemos que esperar para ver su reacción… - me cuenta cuando estoy más ansioso.
¡Demonios, puedo verla! – lo quito de mi camino.
Por supuesto, tuve que medio desnudarla – me advierte, creo que Benedetti no ha tomado en cuenta que la he visto desnuda muchas veces.
Bien… - le agradezco y voy a verla.
Sí, Candice estaba profundamente dormida. No podría estarme pasando esto… tan ansioso y profusamente enojado me encontraba cuando salí de allí, sin darme cuenta que todos se encontraban afuera de nuestra habitación.
¿A dónde vas? – me pregunta Benedetti.
A golpear algo, no puedo permitirme romper algo que no es mío – declaro conteniéndome, otra vez Candice en cuidado médico, tan bien que íbamos.
Espera Terry, debes calmarte… ¿Qué sucedió? – Benedetti me detiene.
Confundieron la mansión de Leandro con la del vecino, Leandro esta malherido, en un momento lo traen – le digo, sé lo que estaba tratando de hacer.
Terry – me llama George.
Sí – asiento.
Unos tipos vienen hacia acá – me advierte.
Vamos cerremos todo – dice Benedetti empujándome hacia la habitación.
Si vamos – admito que quería ir y romper la cara de muchos de ellos.
Terry tu quédate con Candice y si alguien toca, cualquiera, oprime este botón – pero Benedetti no volvió a dejarme ir, así que me enseñó una caja de controles para asegurar esta habitación.
¿Por qué? – obviamente que le reclamé.
¡Tú hazlo y no preguntes! – me dijo cerrando mi puerta.
Pero los hombres que se habían acercado, solo venían a pedir disculpas, era el señor Leandro Nikolidis, el vecino del griego, lo cual hizo que él mismo se asombrara del estado del griego, ofreciéndole pagar por todas las incomodidades causadas y por supuesto por el estado de salud de los agredidos, sin pensar que mi esposa también había sido afectada. Por lo que decidí que, si ella iba a cualquier otra actividad, ahí tendría que ir yo porque no quería que sucediera lo de esta tarde, me preocuparía demasiado por ella.
Candice – la llamé cerca de la media noche, me preocupaba que aun no se hubiese despertado.
Mmmm – contestó a medias.
Candice despierta… - le toque el rostro intentando que despertara porque ya habían pasado muchas horas.
¿Qué me pasó? – me preguntó desperezándose como un gato.
Alguien ajustó cuentas con Leandro, te lanzaron un dardo tranquilizador – le dije cuando trataba de despertar del narcótico.
¡Ah bueno! ¿Qué? ¿Y el bebé? – me pregunto de pronto, sentándose en la cama.
Benedetti ya te revisó, no hay problema, puedes estar tranquila – le comentó abrazándola.
Bien – y sin mas se quedó dormida de nueva cuenta.
Vamos a descansar, mañana será otro día - le digo, abrazándola y cubriéndola con una sábana.
Al otro día, me desperté a medio día, esperando encontrarme a Candice haciendo lo mismo, pero para mi sorpresa escuché como gritaba de dolor, así que lo primero que hice fue levantarme para ir en su ayuda.
¡Noooo!
Continuará.
