Capítulo LIX
¡Terry! ¿Estabas escuchando? – cuestiona Leandro.
¡Claro! Pero no te espantes, no es agradable para mí que mi esposa te haya besado… tampoco - refiero, sé por qué lo hizo, pero no es que me agrade.
¿De verdad que no estás celoso? – cuestionaron ambos chicos.
No, recuerdas que ella se casó conmigo, que me ama a mí y me dará un hijo. Estoy seguro de lo que significo para ella, créeme – les recuerdo, inseguro ya no lo soy tanto.
¡Increíble! ¡Nos lo cambiaron! – se burlan y eso ya no me molesta.
Basta chicos, es hora de irse a dormir. ¿Puedo dormir con ella? – pregunto a Benedetti, pero se rehúsa.
No – determina mis ganas de dormir con mi esposa.
¿Por qué? – cuestiono firmemente.
Porque no puede hacerlo, ni contigo… la cuidaré toda la noche y William llegará muy temprano – me cuenta, pero eso ya lo sé.
¡Benedetti! – exclamo.
Aunque te enojes y me amenaces – me suelta el médico de mi esposa.
¿Me queda de otra? – pregunto de nueva cuenta.
No – zanja el tema y comienza a caminar hacia mi habitación.
¡Aguafiestas! – exclamo en son de protesta.
Me voy a dormir… - le digo sonriente.
Buenas noches – me desea, entra por la puerta y la cierra, echándose en el sillón al lado de la cama de Candice.
¿Cuál es su estado? – le pregunto haciendo que salte por la intromisión.
No podría afirmar que estará bien… necesito el aparato, pero sabes que la edad ya no le sirve de mucho, perdieron el tiempo dos años – refiere y otra vez la edad, Candice no esta tan grande para mí.
¡No digas eso! – repelo ante la idea de que es mayor, no lo es para mí.
Este es literal un embarazo de riesgo, si te hubieras casado con ella hace dos años, sería diferente – me recuerda, si tan sólo podría haberla embarazado hace dos años, pero quería esperar y yo no dije nada. No sabía que lo que pasó, iba a suceder.
¡Lo sé! Pero… todo desde el principio estuvo mal, yo hice las cosas mal y Niel… bueno, ¿lo perderá? – pregunto con gran preocupación, tomármelo con tranquilidad no es mi fuerte.
No lo sé, pero si no lo hace, será un embarazo difícil… a partir de este mes – me asegura.
¡Apenas va en el quinto! – le recuerdo.
Apenas y le faltan tres, muchos… - pero me responde lo que ya sé, eso sí rodando los ojos.
Buenas noches Benedetti, creo que el ala de por allá me espera – confieso a regañadientes, mi lugar estaba allí al lado de mi esposa, no allá en esa fría cama.
Buenas noches – me despide y cierra los ojos.
Al otro día muy temprano…
Benedetti, Benedetti… ¿dónde estás? – gritó William, entrando por la puerta que estaba en la playa.
¡Buenos días, William! – saludó el médico.
¡Buenos días! ¿Cómo está ella? – cuestionó William preocupado.
¡Sedada! – exclama ella alzando las cejas.
¿Sedada? ¿Por qué sedada? ¿Qué hizo Terry? ¿Por qué la hizo enojar? ¿Dónde está? ¡Quiero verlo en este mismo momento! – exigió el hombre buscando a Terry.
¿Puede calmarse? – pide Benedetti.
No puedo, muchas veces le dije a Candice que ese hombre no le convenía, Pero, ¿me hizo caso? – cuestiona William despotricando en contra mío.
No fue él quién la hizo enojar… - asegura Benedetti.
¡Ah no! ¿Quién más pudiera ser…? – pregunta ansioso.
Fui yo, señor Andley – se aparece Leandro en mala hora.
¿Nikopolidis? ¿En serio? – cuestiona sin poder creérselo.
Fue algo que ni yo ni ella esperábamos, solo una coincidencia… - comienza a decir, pero ahí es que me doy cuenta de que al único que no le creían era a mí.
¿Seguro que no fue Terry? – William volvió a preguntar.
¡No! – pero Benedetti insiste, no fui yo.
¿Por qué siempre tiene que ser el esposo quien sufra las consecuencias? – ahora me toca a mí preguntar.
Este…bueno, creí que habías sido tú, lo siento Terry – se disculpa William.
Lo siento, sé el estado en el que está…, pero nunca le haría esto ni a ella ni a André o ¿sí me cree capaz? – cuestiono, la mirada de William significaba en este momento algo indescriptible, ese señor me estimaba, por lo menos.
Pues… ¡no sé! – dudaba un poco.
¡La amo, más que a mi vida…! ¡Cambié por ella! ¿Por qué querría hacerle esto? ¡En estos momentos, digo un poco de más confianza…! – respondí, sí ella era la luz de mis ojos y quería que naciera André, ¡qué ganaría con hacerla enojar! Ah sí, que me echara de su cama y que no me hablara, ¡no gracias!
Bien, lo siento Terry, ¿pueden decirme que pasará entonces? – cuestionó William observándonos a los tres.
No me mire a mí, yo no soy el médico – refute y Benedetti no parecía aliviado.
¿Trajo lo que le encargue? – cuestiona Benedetti.
Sí, allí viene el viejito ese que odias tanto Terry, él lo trae – me informa, cuál viejito es al que odio, según William.
¿Cuál viejito? – pregunto, no sabía cuál de ellos.
William, Santo Dios, ¿cómo puedes correr sobre la arena? – ese otro hombre era el Abuelo Rocco, ¿también vino? Claro que debería estar aquí, sí, ese par de señores se la pasan presumiendo que uno u otro se la pasan cuidándola.
William, yo no odio a los Rocco! – refuto, digo es él que no consiente que los Rocco anden cerca, bueno aparte Marcello, no es una de mis personas favoritas.
¿Ah no? ¡Pensé que sí! – exclamó William.
Es usted quién no quiere al pobre hombre… - reconvine, un poco en secreto, digo por sí las dudas lo oía William.
¡Ni tan pobre! Si vieras ¿qué hizo en Roma? ¡No te lo creerías! – informó William, el señor Rocco haciendo algo desmedido por Candice, sí lo creo.
Bien, vamos – finalizó Benedetti y comenzó a caminar hacia la habitación de mi esposa.
¿Cómo está? – cuestiona el señor Rocco.
Tiene que evitar estas escenas y bueno Terry… - se refirió a mí, que ya sabía que iba a prohibirme. No quería que los demás se enteraran, pero creo que no lo pudo evitar.
Tomaré duchas frías, si es necesario – refiero y ahí zanjo ese tema.
Ella hará lo indescifrable para que suceda, tú tienes que evitarlo a toda costa – me recomienda y sí, eso lo sé.
¡Lo haré! – se lo prometo.
¿Cuatro meses? – cuestionó William.
Los que sean necesarios… - ya no quiero hablar de esto, alguien se está dando cuenta.
Si acaso podremos quedarnos hasta el séptimo mes, no mayor de ese tiempo – nos informa a todos cuando entra a la habitación.
Bien – aceptamos, sabemos que tendríamos que movernos tarde o temprano.
William, Marcello, ¿por qué no van a descansar? Los esperaremos a desayunar mañana por la mañana, si quieren algo pídanselo a Evarina – indica Benedetti de pronto mientras conecta el eco sonograma.
Gracias, nos retiramos – los hombres entienden que hasta que no haya resultados del estudio, no podrán tener información, así que se retiran, despidiéndose.
¿Qué tan mal está? – pregunto atento a sus movimientos.
No está mal, pero si hay que tener cuidado… tuvo una tentativa de aborto… - me dice limpiando el aparato.
¡Demonios! ¿Por qué no se lo dijiste? – no quería enterarme de esto, a veces siento que no puedo depender de Benedetti.
Necesitamos vivo a Nikopolidis y que no se sienta culpable – me dice con una sonrisa.
¡Y por él voy a estar castigado! – sí hice un berrinche. Estoy que los odio a todos y más a mí mismo por no poder castigarlo a él.
Puedes intimar… pero… - se detiene de pronto.
Pero… - insisto, haré cualquier cosa.
Tendría que darte lecciones de posiciones seguras, no profundas y demás… - suelta él levantándose y tomándole el pulso.
¡Cielos! ¿No peligraría el bebé? – pregunto, digo si no se puede qué remedio me quedaría.
Si ella hace lo que le diga al pie de la letra, no peligraría. ¡Espera Terry! ¿A dónde vas? – Benedetti le pregunta, pero lo que no sé es que sólo quiero llorar y descargar todo esto que siento.
¡Voy a salir de aquí, si no lo golpearé hasta que me sienta bien…! - respondo profundamente enojado.
George, ve con él, no podemos permitir que haya más problemas… - Benedetti le pide a mi mano derecha. Creo que teme que golpee al griego.
Sí señor – accede George mirándome a lo lejos, George sabe que siempre puede ir conmigo, manteniendo su distancia.
¿Sucede algo? – pregunta Leandro.
Será mejor que no andes por aquí… – recomienda el medico cuando me ve que camino sobre el agua del mar.
¿Por qué? – pregunta Leandro extrañado.
¡Si Terry te ve, puede golpearte! – exclama preocupado.
¿Pasa algo con Candice? – cuestiona, creyendo que algo pasó con ella y por ello yo le haría algo a él.
No exactamente, sólo que estará castigado por algún tiempo… - responde con cautela.
Mientras en la playa…
Señor se siente bien – me pregunta George.
No George, quiero eliminar a un griego-declaro entre risitas.
Piénselo, ninguna de las dos personas involucradas tiene la culpa-me dice George, pero eso ya lo sé.
La culpa la tiene Fredich por ser tan cabezota, eso lo sé. Pero… ¿por qué tengo que sufrir las consecuencias? - me quejo como niño pequeño.
Es algo que hace para tener a André en sus brazos, ¿quiere que se logre…? Un poco de sacrificio la hará más fuerte a ella - informa George, pero no se supone que está de mi parte.
¡Ay George, estoy muy enojado…! – exclamo de nueva cuenta, quiero que me diga que todo irá muy bien, por qué siempre soy el que tenga tiento en este tipo de situaciones.
Lo siento Terry, no pensé que Benedetti fuera a castigarte por mi culpa – una voz conocida se escucha de repente.
Un lo siento no me hará sentir mejor… - respondo, no quiero hablar con él.
Y si me pegas, ¿te hará sentir mejor? – pregunta, una oferta poco despreciable.
Sí eso sí, pero le prometí a Candice que no te haría nada – respondo cuando se acerca a mí.
¿Quién se lo va a decir? – ofrece él, pero si le toco, aunque sea una pestaña, dormiré con George por lo que resta del embarazo.
No quiero dormir en otro lado, mejor será que no te toque – reitero.
¿Le tienes miedo a tu esposa? – cuestiona atento.
No, no le temo a ella. Anthony un día me dijo que no debería hacerle nada que me prohibiera porque aprendería sobre mis errores, así que no quiero saber a qué se refiere - declaro sonriendo.
¡Buen consejo…! – tenia que admitirlo, Anthony sí que la conocía muy bien.
No me lo dio como un consejo, ya que ellos me andaban en ese tiempo, más bien fue una burla… - informé, no es que lo quiera recordar.
Es Anthony, ¿qué esperabas? – cuestiona el griego.
Abuelo Rocco, ¿qué sucede? – pregunto, asustado al escuchar el teléfono que suena.
Nada, le están haciendo la prueba a Candice, pero la verdad estoy muy nervioso, así que mejor estaré por aquí – respondió el anciano.
Por cierto, ¿qué hizo usted en Roma? – cuestiono extrañado ya que el señor William no me dijo mucho.
¿Qué hice de qué? – me cuestiona haciéndose un poco el loco.
El señor William nos dijo que usted hizo algo extraordinario en Roma, pero no supimos que fue – atestiguo.
No sé a qué se refiere… no les dijo de qué más o menos, tal vez así me acuerde – el anciano quiso que el comentario pasara desapercibido.
¿Seguro que no hizo nada? - si quería saber algo, tenía que presionarlo.
No sé, a ver déjame recordarlo… mmm quizás sea por otra cosa… mmm no sé, a menos que sea cuando compramos el aparato que nos encargó Benedetti…- refiere el anciano.
A ver cuente… - lo insté a que contara eso, que le sucedió.
Es que William se fija en nimiedades… - declara en su defensa.
¿Cuál fue la nimiedad? – quise saber.
Le dije a mi hijo que le dijera a mi nieto que lo comprara y entonces que después lo enviara a Francia y de ahí alguien lo mandaría al aeropuerto de aquí – comienza a contar.
¿No era más fácil de que lo enviara aquí? - le pregunté curioso.
¿Y qué tal si nos rastrean por los apellidos? Con ese hombre hay que tomar precauciones cuando sabemos la situación en la que actualmente se encuentra-refutó y vaya, al menos alguien me hace caso en eso de la seguridad.
Y entonces ¿cuál fue la nimiedad? - cuestiono ya que no entiendo.
El pago, costaba 3500 dólares más o menos – me indica, pero no pensé que sería tan barato.
Pero, por esos traslados se duplicaba o algo así - siguió contándome.
¡Ajá! - afirmé, siguiendo la historia.
Así que lo pagué como fuera – finalizó o eso parecía.
Y él comenzó que era muy caro, ¡ese viejo tacaño! No que la adora y por supuesto que no iba a escatimar recursos, ¿me entiendes? – sabía que había algo que William no me iba a decir, de loco me lo hubiese dicho. Luego te veo Terry – se despidió y colgó.
¡Dios Santo! ¿Crees que sea verdad eso que cuenta? – cuestionó Leandro.
No lo creo, pero no sabía que William no escatimara esfuerzos en la seguridad de Candice… aquí hay algo raro… - afirmo, si Candice es la adoración de William.
William tendrá que contarnos su parte de la historia… - me dice Leandro, algo aquí no concuerda.
Eso parece… - afirmo, algo se traen ese par de ancianos.
Benedetti ¿sucede algo? – vuelvo a levantar el teléfono.
Candice necesita descanso y ya despertó, quiere verte… - me dice.
Luego los veo chicos… - informo a George y Leandro, cuando Benedetti se despide.
Ten cuidado, esta sensible… - me recomienda cuando me ve entrar por la puerta de la habitación de mi esposa.
Candice, Candice – la llamé moviéndola un poco.
¡Terry, Terry…! – me busca en la penumbra.
¡Calma, ven! ¿Qué tienes? – le pregunto cuando se recuesta en mi hombro.
¡Me siento triste! – me confiesa, eso ya lo sé.
¿Por qué estás triste? – le pregunto.
¿Me amas? – quiere sacarme de la poca tolerancia que tengo por no tocarla.
¡Sabes que sí! – respondo afirmativamente mientras acaricio su vientre.
¡Terry hazme el amor…! – me exige.
Acabas de despertar y has estado sedada dos días, necesitas recuperarte – le digo a ella.
Entonces, no me amas – responde melancólicamente.
¡Te amo a ti y a mi hijo…! – exclamo y de verdad que los amo a los dos por igual y si quiero tener a André, será mejor que la tranquilice.
¡Terry! - me llama.
Dime – respondo acariciándole el hombro.
Acuéstate conmigo, quiero dormir en tus brazos – ante esa declaratoria, sé que ella se ha dado por vencida.
Bien, espera, me voy a cambiar por la pijama -le digo saliendo de sus brazos y dirigiéndome al clóset donde está mi ropa.
Bien – responde acomodándose para dormir.
Me mudé la ropa y luego me metí debajo de las sábanas, acariciándole la espalda, lo cual le ayudó a dormir de nueva cuenta. De pronto una figura se movía en la oscuridad.
Dime Benedetti – lo nombro.
¡Terry me asustaste! - responde el galeno y es que él tenía la culpa por andar en silencio y en la oscuridad.
¡Así tendrás la conciencia! - me burlo de él.
¿Se quedó dormida? - pregunta de pronto.
Sí, quería que le hiciera el amor… - le informé de tácito, creo que para él ya no debe de ser algo de lo que no quisiera hablar.
¡Te dije que ella insistiría! – me indicó y claro que ella lo haría.
Ya lo vi…-solté de pronto.
Si sucede algo en la noche, me hablas, cualquier cosa, estaré pendiente… - me dice cuando lo veo salir por la puerta.
De acuerdo…-se lo prometo, ya se que si se lo prometo no lo tendré en la puerta.
La noche fue muy tranquila hasta que Benedetti irrumpió en esa tranquilidad, ya que, al no poder dormir, decidió salir al pórtico, donde se encontraba Leandro.
¿No puedes dormir tampoco? – lo asusta cuando se coloca a su lado.
¡Ah Benedetti eres tú! No, no puedo, ¿tú también? – afirmó el griego, pero tampoco esperaba que él estuviese despierto.
No te sientas culpable, Leandro – le dice Benedetti, pero creo que lo tomó de buena manera.
No es eso, sólo no pienso ya en nada… - me confiesa suspirando.
¿La amas? – pregunta cansinamente Benedetti.
Creo que cada uno de nosotros la ama a su forma… - declara Leandro que ya se había dado cuenta.
En eso tienes razón y eso es lo que no muchos entienden. Pero tú, la amas como Terry… lo he visto antes… - afirma Benedetti.
¿Con quién? – cuestiona cuando se recarga en el barandal del pórtico.
Con Bert y Marcello, conmigo y con Bert, Anthony y Terry… - refiere el médico.
Niel… - suelta Leandro.
No, Niel es una maldita enfermedad de la que no podemos librarnos. Bueno, ¿qué sucede Terry? – cuestiono cuando he contestado el celular.
¡Ven rápido! – me urge a gritos susurrados.
¿Algo sucede? – pregunta Benedetti.
Espera Benedetti… - grita Leandro cuando lo ve entrar a la casa.
¡Agáchense! – grita Terry, asustando cubriendo el cuerpo de Candice.
¿Qué pasa? – preguntamos cuando estamos agachados.
¡Alguien esta allá afuera…! – exclama con una voz rasposa.
¿Cómo esta Candice? – pregunta Benedetti.
Dormida… - responde.
Estábamos allá afuera… - quise explicar que no vimos a nadie.
¡Y tú cómo explicas que pasó esto! – le cuestiono.
¡Cielos! ¡Despierta a los demás, a todos! - mando a Leandro que tropezadamente sale de la habitación.
¿Qué sucede? – entra mi mano derecha, escurriéndose por el piso.
¡George agáchate!
Continuará…
