Capítulo LX

¡George, agáchate! – le ordeno.

¡Señores permanezcan agachados! – George me ve con preocupación y entiende que no estoy bien.

¿Alguien los siguió? – pregunto a los dos ancianos que llegan de pronto.

¡No…! – responden ambos hombres.

¡Pues Terry, está herido…! – informa George, sorprendiendo a más de uno por la alarma en su voz.

No sabemos, ¿qué pasó? – dice el abuelo Rocco.

Volvió a pasar lo de Mane, eso pasó y ahora ¿qué haremos? – refunfuño, tomándome la pierna cuando siento cómo es apretada por una corbata.

Tenemos que ir a algún lugar… - refiere Leandro, situación que ya me la sé, pero a dónde.

¿Alguien tiene una idea? – pregunta Benedetti en susurros.

¿China? – pregunta Leandro sonriente.

Con los Zhen, ¿estás bromeando? – pregunta Terry que no puede creer en la sugerencia.

No, por supuesto que no lo hago - refiere Leandro.

Si utilizamos el nombre de sus padres nadie sospechará de ella – infiere Benedetti.

¡No le va a gustar! – por supuesto que no le iba a gustar, pero… era la única solución.

¿Tienes alguna idea mejor? – pregunta Benedetti, pero no, no había otro lugar tan seguro. Bien, vamos a… - Leandro comienza hacer planes.

Lo haré yo, hay que sacar a Terry, pero antes déjenme contratar a… - sugiere William que había permanecido en silencio.

Cosomo, necesitamos que vengan a Grecia… - solicita George cuando me ve el pánico en el rostro.

Sí señor, mándeme ubicación y estaremos allá lo más rápido que podamos – solicita el ex militar.

Bien, el punto está resguardado – le pregunta George.

Sí señor, lo está – afirma el adusto hombre.

Te esperamos entonces – solicita de nueva cuenta George.

Vamos Terry, necesitamos sacarte de aquí – infiere George que me toma de un brazo y me levanta con la pierna herida.

¡No puedo! Candice… - intento no moverme, me preocupa ella no yo.

Yo me encargo de ella, sé que esto no te va a gustar – explica Benedetti.

¿Qué cosa? – quiero saber.

Nos tenemos que ir a China… separados – me suelta rápidamente.

¿Por qué? – sí, por qué…

Porque no nos tenemos que exponer, Candice puede entrar a China como vendedora, ¿recuerdas la entrega de la mariposa…? – que gran pretexto, pero…

Para eso falta mucho… - replico no soporto tenerla lejos.

Ni tanto, un mes por lo más, en cambio ustedes… de turismo… - suelta de pronto, sabemos que ella es la que importa más, pero después de ella estoy yo y Benedetti no permitiría que ella peligrase, aunque yo le reclamara por ello.

No puedo creerlo y ¿quién la acompañará, tú? – infiero a Leandro que iba a decir algo.

No, iré contigo. William puede hacerlo y quizás George – menciona él, que mas le vale, aun estoy vivo, soy su esposo y él no.

Y yo… afirma Benedetti, sé que él debe de ir con ella.

Sí claro Benedetti, los demás tenemos que entrar como turistas… - refiero a sabiendas de que es Leandro quién me preocupa.

Y ¿les dirás a los Zhen? – refiero, digo no es que me importe mucho, pero ese hombre es como todos, quieren saber de mi esposa a toda costa.

No es necesario… - refiere William, ellos no tenían que saberlo todo.

Bien y ¿cuándo nos vamos? – cuestiona el abuelo Rocco.

En cuanto llegue Cosomo, antes no podemos. Pediré ayuda a mis sirvientes, los llamaré en este momento – Leandro se retira por un rato dejando a Benedetti que parece que va a operarme.

De un minuto a otro, la casa de descanso de Nikopolidis parecía todo menos de descanso, Candice estaba completamente sedada y cuando Cosomo se aseguró de que ya no había nadie en la periferia, decidimos que era tiempo para abandonar la isla, pero antes de que todo sucediera sonó mi teléfono.

George, ¿dónde estás? – pregunto al no oír nada del otro lado.

¡Ayuda! – susurra con dolor.

¿Qué sucede? – le pregunto cuando no entiendo nada.

Los hombres de Niel vienen por el camino del norte… me informa susurrando.

¿Qué dices? – cuestiono un poco confundido.

Comenzaron a tirar estos…, necesito ayuda… pero antes llévese a la señora en helicóptero, Leand… Leandro está allá, sólo puede llevar a cinco… me estoy quedando sin fuerzas, es urgente… están en el patio detrás de las caballerizas – comienza a explicar con confusión.

George – lo llamo, no entiendo de qué habla.

No pierda el tiempo conmigo, sólo dígale a Cosomo donde estoy – me grita o eso intenta parece que le duele algo.

¡George! – le grito por el teléfono.

¿Qué hace aquí todavía? – pregunta alguien que esta cerca de él, pero no logro entender quién es.

¡Resguárdate! Pronto estarán los hombres de Cosomo aquí – le indico, pero apenas y alcanza a responderme.

¡Bien y buena suerte…! – me desea un tanto.

Benedetti, ¿dónde andas? – pregunto ansioso.

Espera Terry, ponme atención, debemos llevar a Candice al patio detrás de las caballerizas, el griego nos espera allá – informa Benedetti.

¿Por qué? ¿Qué pasa? – quiero saber el porqué de su urgencia.

¡George esta inconsciente! – me dice o más bien me grita.

¿Estás seguro? – quiero asegurarme de ello.

Puedes hablarle si no me crees… - suelta ironizando la oración.

Hablando del rey… ¿dónde estás? – le pregunto.

Voy a la casa, le dispararon a George y quizás esté hablando incoherencias – me dice cuando escucho que George se queja. Parece que se contactó con Cosomo y está yendo hacia donde él se encuentra – me dice Benedetti cuando comienza a correr.

¿Te esperamos aquí? – le pregunto. Entonces, ¿George, me mintió? – me sorprendo en un susurro.

No, sólo que es el sedante que tenía, vamos necesitamos llevar a Candice – me dice cuando ha llegado hasta donde estoy.

Rayos, ¿Terry y tú? – resopla cuando me he caído de nueva cuenta, la herida vuelve a abrirse.

Váyanse sin mí, de cualquier modo, la herida tiene que sanar, no puedo entrar al país en este estado – refiero, aunque la deje ir, sé que con los ancianos y con él, ella estará bien.

¡Eso es cierto! – resopla Benedetti.

Sólo cuídenla, ella es la importante… - recomiendo tocándome la pierna, como diría mi esposa, duele como el demonio.

¡No le va a gustar! – exclama y no se supone que lo sé.

¿Quieres preguntárselo? – cuestiono.

Bien, nos veremos pronto… - asiente Benedetti, sabemos de antemano de que Candice no lo aceptará, pero eso ya no importa.

De acuerdo – no me queda decir otra cosa.

¡Señor ya estamos aquí! – exclama Cosomo atento a mi estado.

Váyanse con Cosomo, cuídalos, me quedo a esperar a George y a Nikopolidis, los alcanzare pronto – recomiendo a todos con Cosomo.

De acuerdo… - William asiente y tomando sus pertenencias, se fueron con Benedetti.

Y así los hombres de Cosomo comenzaron a organizarse, quedándose unos conmigo, George y Nikopolidis; mientras los demás se van a China junto con Candice. A lo lejos unos ojos y una sonrisa salió de un rostro, él sabía que había logrado su cometido, pero… a dónde irían esta vez, Niel seguía en resguardo en quién sabe dónde, pero él tenía que ayudarlo como sea, debía ayudarlo y principalmente debía encontrarlo. Mientras mandaba a seguirlos, dejó ese lugar para regresar a Roma.

Mientras los días pasaban, las heridas de Terry sanaban y pronto llegó la hora de dejar el lugar de descanso en Grecia y por supuesto, encontrarse con los demás que ya tenían dos semanas en China.

EL viaje no fue muy placentero, ya quería verla y daba de vueltas en la sala de espera, tomamos el equipaje y nos dirigimos al hotel. Subí impaciente y cuando apenas había abierto Benedetti, pasé de frente sin saludar.

¿Dónde está? – pregunté ansioso.

¡Hola desesperado, está en la terraza! – responde el galeno sonriendo.

¡En la biblioteca! – responde William sin alzar la vista, reconocía que me urgía verla y más que nada besarla.

Lo siento, ¿Candice? – la llamo al no encontrarla.

¡Terry, ya llegaste! – ella grita emocionada.

Candice, estás mejor… no tienes nada – la reviso.

¡Calma, calma estoy bien! ¿Tú herida? – me pregunta señalando mi pierna.

Mejor… ¡te extrañé tanto! – la abracé, quería sentir su piel, anhelaba estar con ella en todos los sentidos… mentira, quería hacerla mía.

¡Sólo fueron dos semanas! – mencionó ella.

¿Cómo está mi bebé? – le pregunté antes de besarla.

Bien, André está bien… - Candice sonríe y toma mi mano para ponerla sobre el vientre.

¡Qué bueno….! – susurro cuando mi mano se dirige a otro lado más interesante de su anatomía y que la mía exige introducirse.

Terry, espera… - pero ella se mueve.

¡No puedo, lo siento…! – pero no lo puedo evitar, apenas tomé sus labios, la abracé y cerré la puerta con el pie.

Los perdimos – susurra Leandro, sonriendo.

Hay que entenderlo, interrumpimos su luna de miel – refiere William que sigue leyendo en la sala.

Nikopolidis, ¿cómo estás? – le saluda el señor Rocco.

Bien gracias y usted señor Rocco – ambos hombres, joven y anciano se enfrascan en una jovial conversación.

Estos días ha estado medio inquieta, pero normal. ¿George? – le saluda Benedetti viendo como Nikopolidis se encuentra platicando.

¡Hola…! Lo siento no era yo en esos momentos… - George intenta disculparse.

No te preocupes, Benedetti nos contó que lo ¡salvaste! – William se levanta y dirige hacia él para felicitarlo.

Y casi los conduzco a que los asesinen… - suelta un poco triste.

¡No te preocupes hombre! – pero lo tranquiliza, de hecho, lo admira por su valentía.

¿Como han estado aquí? – cuestiona Leandro curioso.

Bien, reportando el estado de Candice. Una turista enferma no es algo común – menciona Benedetti.

¿Hasta cuando nos vamos a quedar? – vuelve a las preguntas.

Aprovecharemos que entregamos la miniatura a final de mes con los Zhen, quizás en un mes, Candice tendrá ya los casi ocho meses – Benedetti que ocho meses es lo máximo que se puede quedar, de lo contrario ya no podrá viajar.

¿Quién está ayudando a Niel? Cosomo dice que lo tiene resguardado muy bien – informa Benedetti.

Piensen, ¿quién daría la vida por él? – William los miró a todos, pero él si que sabia quien solaparía esa actitud.

Su padre… - responde el abuelo Rocco.

Sí, es él – informa William, su hermano lo estaba haciendo de nuevo. Mi hermano… no entiende que no lo liberaremos – refiere enfadado.

Mientras esto se discutía, en la biblioteca…

Ya te extrañaba… - susurro besándola ya no tan demandante.

Se nota, ni siquiera me dejaste respirar – se queja mi rubia hermosa.

Lo siento, pero tenía una urgencia – le confieso, sonrojándome.

Lo sé, también ¡te extrañé! – exclama Candice respondiendo a un cúmulo de besos.

Volvió a pasar lo de Mane, sabía que volvería a pasar, pero no tan pronto… - resolví decirle.

¿Algo te preocupa Terry? – me dice cuando siento que su mano acaricia mi nuca.

No… me preocupas tú, pero debía dejarte ir, no era seguro para ti… - suelto, era increíble que mi yo posesivo no saliera flote.

Sabías que no me iba a gustar cuando me despertara… - me dice, mi esposa es así reacia a obedecerme.

Lo sabía, pero era importante salir de ese lugar, ¿qué pensaste cuando te despertaste? – pregunté, sabia su respuesta.

Que algo debió pasarte antes de que me fuera, pero nadie me dijo nada hasta que llamó George… André ha estado inquieto esta semana y he ido al hospital casi todos los días, Benedetti ha tenido problemas con el gobierno de aquí… - me cuenta ella, no le di ni oportunidad a Benedetti de que él me lo contara.

¡Lo suponíamos, pero, salió todo bien! – afirmé sonriente, no podía dejar de besarla.

Sí – contestó ella entre besos.

Eso es bueno saberlo… - referí, ella tampoco me quitaba las manos de encima.

¿Ya no estás enojado? – me pregunto atentamente.

No me sirve de nada estar enojado y en tus brazos nunca me siento enojado – confieso.

Por lo de Grecia… - ella lo mencionó de pronto.

Les pregunté si nadie los siguió, pero no me dijeron que no y ahí está… - refutó, estaba más que enojado.

Entonces… ¡sigues enojado! – exclamó, si mi esposa me conoce bien.

Técnicamente estoy furioso, pero ya que le podemos hacer. Sólo puedo hacerte el amor y quizás se me quite lo enojado… - solté con algo de efusividad.

Será mejor que no… - pero ella me rechazó.

¿Por qué? – quise saber.

Porque si estás enojado puedes ser muy brusco y no podemos intimar así – parece que estoy oyendo a Benedetti.

Bien, mejor sólo te besaré y nada más – le suelto, ya se parece a Benedetti.

¿Estás seguro? – pregunta ella.

Sí – afirmo.

¿Seguro? – quiere la confirmación.

Candice… - le advierto.

Yo solo preguntaba… - me dice, odio cómo me conoce.

Hay muchas duchas frías, ¡lo toleraré! – refiero, no lo toleraré, pero sé que debo controlarme.

Quizás en la noche se te baje y podamos… - me sugirió.

¡Oh sí! – le digo, amo cuando hace eso.

Jajaja, anda vamos, a ¿dónde están los demás? – pregunta cuando salimos de la biblioteca.

Bueno… - afirmo cuando me siento jalado.

Chicos, yo pensé que se demorarían más – Benedetti se comienza a meter con mi tema.

No es una buena idea, por el momento al menos – le digo, pero comienzo a odiarlo.

¡Terry está furioso! – reconoce Leandro.

¡Te lo prohíbo!

Continuará…