N/A: Quisiera compartir la canción que inspiró este capítulo y, básicamente parte de la historia.

No sé si eso cuente como songfic, pero no usé lyrics aquí, simplemente el mood de la canción y la letra me ayuda a entender a Sakura en este fanfic. Pero ustedes me dirán si si cuenta como songfic para ponerle en las etiquetas.

Canción: Ryan Exley - Spitting Fire (Original Mix)


Se tomó un momento para respirar, habían pasado largas horas desde que dejó a Ino plantada frente a la tienda. Caminó y caminó sin rumbo durante todo este tiempo, la nuca la tenía empapada de sudor, las lágrimas que le brotaron en el trayecto sin poder contenerlas se mezclaron con las de sudor y la brisa las secó sobre sus mejillas. Sus ojos ardieron de nuevo, sintió algo de culpa por aquellas palabras, pero no era justo lo que le habían hecho. Sakura sintió nuevas lágrimas mojar su rostro, eran abundantes y la cegaban momentáneamente en su espesura. Se recargó sobre el parapeto del puente que unía las dos islas y se talló el rostro con saña. Estaba varada en la ciclopista del puente junto a la carretera oscura y silenciosa. Cuando se desahogó, el sol ya estaba escondido tras el océano. Se sintió estúpida cuando se hubo calmado, no ganaba nada con haber divagado sin rumbo, se giró en sus talones para regresar por donde vino, el problema no desaparecería pronto y esta actitud solo la afectaba a ella. Un escalofrío le recorrió las mejillas y la espalda cuando la brisa golpeó su rostro de nuevo, era muy tarde y era peligroso haberse quedado sola en semejante lugar así que avanzó rápido en busca de la parada de bus mas cercana.

—¿Sakura?

Escuchó tras ella, no reconoció la voz. Se giró de súbito.

—¿S…Sasori? —preguntó ella de vuelta.

El muchacho frente a ella cambió sus ojos preocupados por unos suaves y risueños. Aún vestía el uniforme aunque desabrochado, bajo la camisa blanca había una camiseta gris. Sostenía junto a él una bicicleta verde oscuro, en una de las manijas negras una bolsa de plástico estaba suspendida; dos manzanas y un refresco de naranja sobresalían.

—¿Qué haces hasta acá?

—Caminé demasiado sin darme cuenta —respondió ella de inmediato entre las notas de una falsa y nerviosa risa.

Sasori miró a varios lados, su camisa flotaba en el aire cuando el aire corría de nuevo entre ellos.

—Si quieres puedo acercarte a tu casa —musitó él luego de haberse acercado más a Sakura.

—No, no te preocupes —declinó con un gesto despreocupado con la mano.

—Sakura —insistió él de nuevo luego de unos segundos de silencio—, no puedes regresar caminando hasta tu vecindario.

—¡Ah! No pensaba hacerlo… tomaré un bus en la siguiente parada.

—En este lado de la Isla no pasan a esta hora, Sakura estás en el puente que une las dos islas.

—Lo sé… —suspiró Sakura. Desvió la mirada hacía la dirección por la que llegó, la ciclopista estaba oscura levemente iluminada por la luna que apenas se elevaba en el cielo.

—¿Estás bien?

Ella asintió con los labios levemente apretados.

—Discutí con alguien.

El rostro de Sasori tomó un aire lastimero, apretó sus labios también, dubitativo.

—Yo te llevo a casa —insistió.

—Está bien.

Ella se sostuvo en los hombros del muchacho, acomodó sus pies tras él en el metal que sobraba de la llanta trasera. El aire nocturno movió su falda, bajo esta no había nada que ver, tenía licras largas.

—¡Gracias! —gritó ella desde lo alto levemente inclinada hacia él. Sakura tenía la piel de gallina, quería llegar pronto y arroparse en sus sábanas.

—Lamento haberte arrastrado conmigo hasta acá —se disculpó cuando Sasori frenó frente a su casa. Tardaron una hora en llegar y le pesaba que Sasori haría una segunda para regresar a la suya.

—Puedes pagarme después —sonrió él. Se pasó la mano por los hombros y la nuca adolorido.

—¡Claro! Lo que pidas.

Sasori se recargó en las manijas, resopló una risa cansada.

—¿Qué te parece tres almuerzos de la cafetería? Los pagas tú —se encogió de hombros.

—¡Puaj! Sasori ¿Aún comes de ahí? —Sakura recordó como Sasuke siempre tenía el sabor de las hamburguesas de soya del lugar.

—¿Tú no?

—No desde los trece. Prefiero cocinarte el almuerzo, y eso que no soy experta.

—Pues entonces haz eso.

—¿Qué?

—¿Acaso no prefieres eso? Hoy me desgasté las rodillas para traerte sana y salva —bromeó Sasori con una mueca de dolor falsa. Estiró una pierna y fingió dolor con unos quejidos.

—Está bien, guarda silencio.

Sakura empujó a Sasori ligeramente con una sonrisa. Había olvidado el dolor que aún prendía de su pecho por algunos minutos. Sasori tomó su bicicleta y la hizo avanzar, se despidió con un pequeño gesto de mano y desapareció en una colina.

No recordaba cuanto tiempo había pasado desde la última vez que ella y Sasori intercambiaron palabras. Crecieron en el mismo vecindario y fueron muy cercanos hasta que los padres de él fallecieron y se mudó a la segunda isla. No tuvo oportunidad de darle el pésame. Con los meses el camino que cada uno había tomado era evidente; el niño revoltoso tomó trayectoria, sus calificaciones subieron y se sabía que deseaba ser biólogo marino.

Sakura sintió alivio, él no estaba enojada con ella. No tenía rencor en su corazón. La amistad pendía de la nostalgia. No se trataron como extraños, para nada. Cruzaron mirada algunas veces en los pasillos escolares y, no había indiferencia. Solo comprensión mutua. Un acuerdo natural.

Sakura cerró la puerta detrás de ella, se sacó los tenis para escabullirse silenciosamente a su habitación en el segundo piso. Se sacó la ropa a trompicones, las apiló bajo sus pies, en minutos estaba bajo la regadera tallándose el cabello con violencia. Algunos cabellos rosas resbalaron por su brazo siguiendo la linea del agua. Era una clase de automutilación. Una de la que no estaba siendo consciente. Tomó la esponja llena de burbujas y con la misma violencia se lavó el cuerpo. Al inicio sintió cada roce como liberador, como una clase de comezón general que se iba, pronto comenzó a arder pero no paró. Eso solo intensificó la saña de su brazo, en sus piernas y su estómago.

Ella soltó un gruñido y pasó a aclararse con el agua, aventó la esponja al suelo, lejos, en una esquina. Se envolvió en una toalla parda, cuando pasó por el espejo del baño se quedó ensimismada en su propio reflejo, pasó las yemas de sus dedos en ambas mejillas. Cerró sus ojos repetidas veces con el mismo resultado; no desaparecía, no era un sueño.

El rugido de su estomago la obligó a dejar de sentir lastima por si misma, se dio cuenta que no había comido nada, el ardor de su estómago se sintió como una perforación.

Recordó el almuerzo de Sasori cuando bajó a la cocina luego de ponerse la pijama. Encontró a su madre dormida sobre los papeles en su escritorio. Sakura la observó bajo el umbral de la puerta hacia la cocina; aún estaba vestida con el uniforme de oficina, frente a ella había una botella de licor casi vacía y el vaso estaba volteado en el suelo. Sakura recogió la botella y el vaso hasta el fregadero, recargó sus codos sobre la tarja con la botella entre las manos indecisa si tirar el líquido. Terminó dejando la botella a un lado.

Abrió uno de los compartimentos de la cocina, sacó una caja de almuerzo vieja de madera con la forma del rostro de un gato. Era la misma caja de almuerzo que llegó a usar cuando era una niña, se sonrojó por un momento ¿No era embarazoso llevar un almuerzo a un chico en una caja de gato? pero era lo que tenía a la mano. Lo siguiente fue escoger los platillos, encontró hígado frito guardado en el refrigerador, lo suficiente para cenar y compartir, lo sacó y tomó su porción en un plato aparte. A pesar de que estaba frío el olor le pareció apetitoso, no solía comer hígado con frecuencia era el placer culposo de su madre que ella le dejó en el embarazo, sin embargo estaba hambrienta, el bocado le supo a gloria.

Vertió parte del hígado en el centro de la caja, en ambas orejas puso uvas verdes y en el contorno solo se le ocurrió poner un sándwich de mayonesa y atún cortado a la mitad. El resultado la hizo sonreír, envolvió la caja con una tela violeta y la devolvió al refrigerador, lista para el día siguiente.

Sus ojos buscaron la botella de nuevo que estaba al otro extremo del refrigerador. Volvió a tomar la botella y se la llevó hasta el cuarto, ahí la miró por un buen rato estando ella sentada en su cama, levemente encorvada y la botella descansando en sus piernas. Deseaba tanto que Sasuke no se hubiera apartado de ella nunca y deseaba aún más que jamás se hubiera liado con quién consideró su mejor amiga. Si, que consideró porque ahora ya no lo hacía, tenía un tumulto de insultos enmarañados en su mente pero no lograba decidir cual era el apropiado para la traición y la subsecuente tortura que aguantó por semanas.

La botella no tenía tapa, no necesitó de abrirla, la inclinó hasta su boca sin pensarlo dos veces. Era un líquido amargo que subía y bajaba al mismo tiempo por su garganta, ardía hasta el estómago y ardía hasta la nariz. Tosió largamente luego del primer trago, se recompuso y aspiró hondo. Dio otro trago, la sensación era similar pero esta vez menos fuerte, cuando volvió a toser ya pudo aspirar entre cada tanto.

El rostro de Sasuke con una leve sonrisa iluminada inundó su cabeza y el alcohol no lo ahogaba. "No aún" pensó seguido un trago más largo. Ya no tosió, solo gruñó para calmar el ardor. El recuerdo del primer beso la invadió en forma de un cosquilleo en las mejillas y un nudo en el pecho.

—¿Pero por qué me sigue doliendo? —se susurró así misma. Soltó un quejido de dolor, con una mano se trató de sostener el pecho al encorvarse aún más con la cabeza al nivel de las rodillas.

Y luego del dolor le nació una rabia, la sintió en frío uno que no tenía origen concreto solo se expandió por todo su ser. Apretó los dientes con fuerza y, aunque más lágrimas brotaron estas borraron el camino de las lágrimas de tristeza. Se irguió de la cama hasta su escritorio y tomó su teléfono de concha, lo abrió con el dedo pulgar y con dificultad apretó las teclas. En el listado de contactos ella aún tenía el número de Sasuke y tenía unos impulsos fuertes de llamarlo. Soltó la botella vacía sobre la alfombra cuando sus piernas le flaquearon de sueño, cayó rendida en el suelo con los brazos extendidos y la mirada al techo. Sintió los párpados pesados y en cuestión de segundos se durmió.