Los personajes son de Masashi Kishimoto.


Entre girasoles y cerezos

Capítulo III

Alimento para perro


— Las cosas no podrían estar mejor, papá— aseguró con una sonrisa en el rostro. — Ino y Tenten son mis amigas, espero poder presentárselas muy pronto y mi jefa es muy amable y comprensible conmigo.

Kizashi soltó una carcajada de alegría.

— ¡Esa es mi hija! Espero poder verte pronto, mi pequeña. No olvides que te amamos.

Luego de una cariñosa despedida, Sakura lanzó el móvil y se llevó una cucharada de helado a la boca.

No era capaz de decirle la verdad a Kizashi. Se sentía completamente responsable de la estabilidad de sus padres. Ellos se habían separado algunos años cuando ella era una adolescente y, de alguna forma, siempre se sintió culpable. Temía que, de causar problemas, su padre volvería a abandonarla y lo amaba tanto que no quería arriesgarse.

Esa tarde, se comió medio litro de helado de vainilla, dos rosquillas, cuatro rebanadas de pizza, varias latas de coca-cola y una bolsa de cheetos. Sus papilas gustativas se vieron invadidas por los sabores dulces y salados, y su cerebro produjo serotonina, brindándole calma, mientras se metía la comida a la boca con desesperación, ensuciándose los labios, la barbilla y las manos. Cerró los ojos y sonrió ante el placer que le produjo la saciedad.

Se chupó los dedos al terminar y se levantó del sofá con malestar.

Caminó al cuarto de baño y se miró un instante frente al espejo. Notó, con tristeza, algunas líneas de expresión en su frente y ojos; se tocó el abdomen, que ya no era tan plano y firme como en la adolescencia, y sonrió antes de arrodillarse en el suelo. Apretó los ojos y se metió dos dedos a la boca, hasta acariciarse la garganta con la punta de los dedos y su estómago se convulsionó antes de escupir todo su contenido directo al retrete. Jadeó y los ojos le lloraron, pero no se detuvo hasta asegurarse de que todo había quedado fuera.

Estaba lista para ir a dormir y continuar en su infierno personal.


— ¿Cuánto tiempo más necesitas? — inquirió Shizune con impaciencia. — ¡Ha pasado una semana y la actitud de ese niño no mejora!

Sakura titubeó, sofocada y agotada. Pensar le costaba trabajo debido al estrés. ¿Por qué Ino y Tenten parecían tan tranquilas? Quizá simplemente se había equivocado de profesión y la psicoterapia no era para ella.

Parpadeó y sus pestañas rosas se movieron como alas de mariposas. Mariposas mentalmente inestables.

— En realidad, una semana es muy poco tiempo…— murmuró con voz temblorosa— Kawaki ha pasado por mucho, recuperar la confianza en sí mismo tomará mucho tiempo y ni hablar de la confianza en otros. Creo que es lo más importante de su proceso, así que trataré de involucrarlo en tareas sencillas, si usted me lo permite, claro…

— Haz lo que sea necesario— la interrumpió—, no me obligues a hablar con Tsunade acerca de tu decepcionante desempeño. Esto quedará en tu expediente profesional. Estás al tanto de ello ¿no?

Las palabras la golpearon directamente y no tuvo más opción que asentir, y guardar silencio. Se aguantó las ganas de llorar y de vomitar.

Hacía días no dormía bien y sus malos hábitos alimenticios estaban de vuelta, aunado a la depresión que la cancelación de su matrimonio le dejó y la ansiedad de un empleo incierto, se convirtió en una bomba molotov que explotaría en cualquier momento. Shizune era un dolor de cabeza y ver a Tenten e Ino riendo y paseando por el pueblo como si estuvieran de vacaciones, hacía que le doliera el estómago de coraje y envidia. Tenía la impresión de que Shizune no las presionaba tanto como a ella.

"Las mujeres feas odian a las bonitas, sienten que nunca se esfuerzan demasiado y a menudo les pondrán las cosas más difíciles que al resto. Las feas sólo apoyan a su gremio, como si merecieran consideración sólo por el hecho de no poder follar con tantos hombres como quisieran". Las palabras de él resonaron en su cabeza y, pese a la situación, le parecieron igual de estúpidas y falsas.

Se sentó en el mismo sillón de todos los días y trató de poner su mejor rostro a los niños que entraban sonrientes a dibujar con ella, apilar bloques y hablar de su día a día. Había cuadros de ansiedad leve o depresión moderada, bastante común debido a la situación que los pequeños vivían. Kawaki era el verdadero problema.

Levantó la mirada y se topó con sus vacíos ojos grises. Intentó sonreír, pero él no correspondió.

— No vas a hablar hoy tampoco ¿eh? — Él negó con la cabeza, teniendo un gesto de enfado en el rostro y lanzando un bostezo al aire— Pensé que habías dicho que vendrías aquí…

— Y aquí estoy, nunca dije que le contaría mi vida.

Asintió e hizo la libreta de notas a un lado. Se tocó la frente, como si esto fuese a aliviar su malestar mental. Suspiró con agotamiento y miró un punto fijo en la habitación, en una de las paredes, notando cómo la pintura vieja comenzaba a despegarse de la madera.

Lo único que tenía que hacer era ganarse a Kawaki. Ya ni siquiera confiaba en el proceso terapéutico porque ya lo había intentado todo y de la boca de ese joven no salía ninguna palabra. Pensó, incluso, en sobornarlo para que se comportara con decencia sólo hasta que ella tuviera el trabajo, pero no podía caer tan bajo, al menos no tan descaradamente.

Sonrió.

— ¿Sabes? Cuando era una adolescente un chico me obsequió algunas flores y una caja de bombones— el muchacho frunció el entrecejo con confusión, sin saber de qué hablaba la terapeuta o por qué le contaba aquello—. Eso bastó para convertirme en su novia— sonrió—. Las niñas aman esa clase de detalles, así que estoy segura que, si agregas algo así al collar que tienes, esa chica acabará aceptando ser tu novia.

— ¿Pero de qué diablos habla? — Cuestionó con molestia mientras las mejillas se le teñían de rojo intenso— Yo no…

— No estamos en terapia, Kawaki— lo interrumpió—, no quieres hablar y no puedo obligarte a hacerlo, pero estar aquí en silencio durante cuarenta y cinco minutos no nos llevará a nada. Es obvio que el collar que robaste es para alguien especial y si quieres hacer algo aún más especial necesitarás dinero ¿no?

La mirada de Kawaki se endureció un instante.

— ¿Por qué se esfuerza tanto? Ni siquiera recibe un salario — quiso saber con cierto desinterés, como si no esperara una verdadera respuesta. — A que es por Shizune, seguro quiere arruinarle la vida como a todas las terapeutas antes que usted. Dígame ¿Qué le hace creer que esta vez será distinto?

— ¿Por qué no me ayudas a pintar este lugar? — Preguntó, ignorando las venenosas palabras del muchacho— Te obsequiaré una caja de bombones y algo de dinero por el trabajo. A las chicas les gustan los bombones— sonrió y Kawaki frunció el entrecejo mientras soltaba un resoplido—. Ven a mi casa esta tarde, te entregaré las latas de pintura para que puedas arreglar esa pared— la señaló.


Himawari se rió.

— ¿Bombones?

— Ya te dije— murmuró Kawaki, metiéndose las manos a los bolsillos del pantalón y encogiendo los hombros— ¿Te gustan o no?

— Bueno, sí ¿a quién no? — respondió con una sonrisa en el rostro y echándose los mechones de cabello oscuro a la espalda. — ¿Quieres que consiga algunos?

— No, por supuesto que no. Sólo quería saber— encogió los hombros.

Los ojos azules de la muchacha brillaron con emoción y esto no pasó desapercibido para el muchacho de cabello castaño. Sería la primera vez que podría regalarle algo y pudo intuir que Himawari ya lo sospechaba. Su cumpleaños se acercaba.

— A papá le han dado un empleo— soltó de pronto, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja—. Uno bueno…

Acompañaba a Himawari hasta su casa, dado que la terapeuta le había dicho que recogiera algunas latas de pintura y el lugar que alquilaba no estaba muy lejos de ahí.

Ambos vestían el uniforme escolar y el cargaba una mochila en cada hombro. Se detuvo frente la casa de su amiga. Ella se giró a verlo, con su cabello corto y oscuro y sus ojos grandes y azules. Sonrió y él admiró la sonrisa en silencio.

— Nos vemos mañana— murmuró Himawari y le dio un beso en la mejilla.

Kawaki no pudo evitar sonreír una vez que ella se dio la vuelta y cerró la puerta tras de sí. Suspiró, antes de echarse a andar en dirección al hogar de Sakura.


Empujó el carrito a través de los pasillos del supermercado, mirando los productos en los anaqueles y decidiendo cuál sería su próximo atracón de comida. Tomó un par de bolsas de frituras y las puso dentro del carrito de metal, a lado de una lata de pintura blanca.

Se paralizó cuando notó que se encontraba en el pasillo de artículos para mascotas, rodeada de collares, juguetes y alimento. Miró las latas que lucían en sus etiquetas imágenes de perros y gatos. Eran de res, pescado, verduras mixtas y pavo. Tomó una lata con curiosidad e impotencia. Las comisuras de los labios se le torcieron en una mueca amarga.

¿Qué clase de padre sería tan cruel cómo para alimentar a sus hijos con alimento para perro? Los padres de Kawaki, se recordó y puso la lata en el carrito.


Salió de la ducha apresuradamente y se secó el cuerpo de pie frente al espejo. Se colocó ropa interior de color blanco y un vestido corto de color rosa. Enfundó sus pies en un par de pantuflas para mantenerlos calientes y se desenredó el cabello, cepillando con cuidado mientras algunos mechones se le separaban del cuero cabelludo.

Miró dos latas de pintura blanca en el suelo y se mordió el labio inferior.

¿No se suponía que había escrito una nota de victoria decretando que todo sería distinto? Quizá su amor propio murió, al igual que esa nota, debajo de los pisotones de otras personas. Shizune estaba haciéndola pedazos. El dinero se le agotaba a la par de su salud mental, pero daba la dignidad por sus padres, como había hecho toda la vida por su amor.

Tenía que seguir sobreviviendo, sólo hasta que le dieran el empleo. ¿Qué más daba si acudía a él una última vez? Él ya había sacado suficiente provecho de ella.

Los dedos le temblaron cuando tomó el móvil y buscó su número. Diez dígitos. Presionó el icono verde en la pantalla y esperó respuesta, rogando que no fuera así. Tragó saliva cuando escuchó ruido.

— Necesito dinero— se apresuró a decir con la voz temblorosa, esperando respuesta del otro lado y mordiéndose las uñas.

No eran necesarios los saludos. Así era siempre con él. Apenas cumplió dieciocho años, él dejó de fingir interés en su vida y sus preocupaciones. Esas consideraciones sólo las tenía con mujeres más jóvenes. Con niñas y ella ya no era una.

— ¿Y? — Escuchó del otro lado de la línea— ¿Qué esperas que yo haga?

Encogió los hombros y negó con la cabeza, como si la persona al otro lado pudiera verle. Aguantó la respiración y se le pusieron los ojos llorosos porque odiaba tener que acudir siempre a él, igual que un hijo acude siempre a su padre cuando las cosas se complican, esperando una solución o una mano… pero él no era su padre, incluso si tenía la edad perfecta para serlo.

— ¿Podemos vernos? — pidió, al borde del llanto. — Las cosas andan mal… muy mal…— explicó, como si a él pudiera interesarle, pero necesitaba decirlo.

Su orgullo no le permitía acercarse a Ino y Tenten, quienes estaban teniendo la experiencia de su vida y se deshacían en sonrisas y buenos tratos, para confesar que estaba experimentando el peor momento de su vida. Al verlas, sólo podía pensar ¿por qué ellas sí y yo no? A ella comenzaba a caérsele el cabello y la bulimia nerviosa la tenía al borde del colapso.

— Oh, Sakura, no puedes esperar que siga interesado en ti ahora que eres mayor ¿no?

—No he cambiado nada desde la última vez que nos vimos— explicó con impotencia— ¡No puedes decirme que no luego de lo que pasó!

— Déjame adivinar— la voz masculina del otro lado soltó una risa corta y burlona— Mi sobrino sigue sin tomar tus llamadas. No lo malinterpretes, no se ha refugiado en el alcohol ni en el trabajo. Él llega y se va a la misma hora, sigue siendo el mismo excepcional abogado de siempre ¿y tú? Parece que no te va tan bien.

— Pues sí, la estoy pasando fatal, pero no es por él— se apresuró a decir. Era una mentira, por supuesto, al menos una a medias porque él no era lo único por lo que la estaba pasando mal—. Vamos a vernos ¿sí o no?

— Si te depilas el coño, puede que sí— se burló el hombre al otro lado.

— ¡Madara, basta! — Gritó, perdiendo la paciencia y dejando que las lágrimas se desbordaran de sus ojos—. Sasuke no quiere verme y no puedo acudir a él, pero ya que tuviste mucho que ver en la ruptura de mi compromiso, entonces deberías ayudarme…

— No me gustan las mujeres de tu edad.

— ¡Me llevas veinticinco años! ¿Qué rayos te ocurre, enfermo de mierda? ¡No puedes pretender seguir saliendo con niñas de quince!


Llamó a la puerta con impaciencia. Tenía que irse temprano. Estaba intentando tener un comportamiento decente para que Shizune le permitiera asistir al cumpleaños de Himawari, el cual sería en un par de semanas. No podía darse el lujo de hacerla enojar, no entonces que tendría el regalo perfecto. Maldijo en voz baja y volvió a tocar.

Nuevamente no hubo respuesta.

Iba a tocar más fuerte, pero escuchó con claridad la voz de la señorita Haruno y pudo notar que gritaba. Frunció el entrecejo. Tuvo la impresión de que algo andaba mal. Estuvo a punto de darse la vuelta y marcharse, pero los gritos subieron de volumen y suspiró antes de girar la perilla, y comprobar que la puerta se encontraba abierta.

Entró con cautela y cerró la puerta tras de sí.

— ¿Señorita Haruno? — la llamó.


— Sakura, no puedes seguir siendo una niña celosa, sé que soy tu figura paterna desde hace años, pero tu tiempo pasó. Ahora tienes celulitis y estrías. Te vuelves vieja, gorda y también fea, ya no vales como antes, así que deberías acudir a tu verdadero padre, al que nunca te has cogido ¿entiendes?

— Estoy esforzándome mucho en este maldito trabajo, pero esas perras no dejan de ponerlo difícil para mí, porque me odian— lloró, tragándose el orgullo y hablando como a él le gustaba. Le agradaba tener influencia en sus ideas y discursos, y pudo intuir que Madara estaría sonriendo al otro lado del teléfono. — Tengo que comprar algunas cosas, así que por favor, no puedo perder esta oportunidad… no me hagas hablar con Sasuke.

"No puedo perder la oportunidad de conseguir este maldito empleo y deshacerme para siempre de ti".

— Está bien— accedió por fin— ¿en dónde quieres que te vea?

— Te enviaré un mensaje con la ubicación— respondió con calma fingida y, apenas colgar la llamada, se echó a llorar.

Lloró de impotencia y pena porque le era imposible no acudir a Madara Uchiha ante cada mínimo problema. Su imponente presencia, su voz grave o mirada oscura la hacían sentir que todo estaría resuelto, pero también la regresaban a su pasado. La hacía recordar todo lo que había atravesado, lo que todavía intentaba superar.

¿Por qué las cosas siempre parecían ser más difíciles para ella? Miró el móvil y se vio tentada a llamar a Ino o Tenten, para confesar su miseria y encontrar consuelo en un par de desconocidas ¿pero era justo arruinarles la experiencia con su propia desgracia?

Cayó de rodillas al suelo y lloró como lloraría una niña que ha perdido a su madre. Se cubrió el rostro con ambas manos y sintió vergüenza. Todo en ella le daba pena… los senos pequeños que no eran tan firmes como a los dieciséis, las nalgas voluminosas, las estrías de su vientre, los cinco kilos de más, los muslos gruesos, la entrepierna lampiña luego de muchas sesiones de depilación láser, a las que asistió por orden de Madara, que quería seguir viéndola como si fuera una niña y la mal acostumbró a serlo.

En los brazos de Madara Uchiha se sentía una niña, protegida y mimada, pero no amada. Él era aterrador, ningún hombre se atrevía a mirarla cuando estaba en su compañía y siempre lo solucionaba todo. Le gustaba sentarse en sus piernas y abrazarse a su cuello, como una niña sobre el regazo de papá, sólo que él no era su padre sino un enfermo que amaba manipular niñas para luego tener relaciones sexuales y convencerlas de que fue así porque ellas insistieron.

Lo odiaba, pero en ese momento deseó estar en sus brazos, ser menos orgullosa y aceptar casarse con él, ser una esposa trofeo y abandonar sus sueños. La dependencia emocional estaba matándola.

No soportaba la soledad. Sasuke no lo entendió y cuando ella buscó en brazos de Madara lo que él no podía darle, fue descubierta y echada a la calle como si se tratara de un animal sucio.

De un perro.

Sus inseguridades crecieron. Se encontró vieja y flácida, tirada en el suelo de una alcoba pequeña en un pueblucho horrible. La juventud se le escapaba de las manos ¿de qué servía ser bonita si los profesionales la tomaban por estúpida y los hombres por una cualquiera?

— ¿Señorita, se encuentra bien? — escuchó y levantó la mirada.

Tenía el rostro húmedo y sus ojos siempre alegres lucían afligidos y angustiados, ya no había más sonrisas fingidas o máscaras, sino una mueca de malestar y dolor.

— Vete.

Él negó con la cabeza y sus cabellos castaños se sacudieron ligeramente.

— Dije que estaría con usted hasta que mi deuda hubiera sido pagada, así que déjeme ayudarla— insistió con molestia, olvidándose de la amabilidad.

— ¿Deuda? ¿Pero qué cosas dices, niño tonto? ¡Sólo vete! Haz lo que quieras, no me importa en absoluto — gritó con impotencia, perdiendo la paciencia y poniéndose de pie. Se limpió las lágrimas a manotazos. Sacó una maleta del closet y la lanzó sobre la cama para comenzar a llenarla de ropa. — ¡Me largo y te aconsejo que hagas lo mismo!

— ¡Señora! — La llamó con impaciencia— ¡No puede irse!

Lo único en lo que Kawaki pudo pensar fue en Himawari y la caja de bombones. Se sintió impotente y ridículo, apretó los puños y frunció el entrecejo. Sakura levantó el rostro y clavó sus ojos verdes sobre él, evidentemente furiosa, apretando los labios y respirando irregularmente.

Lo único en lo que Sakura podía pensar era en marcharse, desaparecer, abandonarlo todo y arrastrarse a ese miserable hombre que la hacía odiarse. El estrés y la depresión estaban devorándosela viva. Todo empeoraba a causa del muchacho que tenía al frente y que se aferraba a seguir siendo un problema. No quería volver a ver a Shizune, ni a Kawaki nunca más en su vida.

Soltó lo que hacía y caminó rápidamente hacía el muchacho para intentar sacarlo de la habitación y el lugar a empujones.

— ¿Eres idiota o por qué sigues aquí? ¡He dicho que te largues, mocoso imbécil!

Kawaki forcejeó con ella.

— ¿Por qué? — exigió saber.

La desesperación hizo actuar a Sakura y abofeteó al muchacho con tanta fuerza que se le quedó la mano pintada en la mejilla. Lo había golpeado y la brutalidad la hizo volver en sí… o al menos eso creyó.

Kawaki dejó su habitual gesto de molestia y de pronto se convirtió en un niño herido. El corazón de Sakura se estrujó violentamente y se abrazó al cuerpo del muchacho, siendo ella quien intentaría impedir que se marchara.

— No… discúlpame, por favor, Kawaki, yo no… yo no…

Lo abrazó con más fuerza, rogando escuchar una palabra suya, aunque se tratara de un insulto y recargó la mejilla casi contra el cuello del muchacho. Él era ligeramente más alto. Lo agarró por el suéter, aferrándose a él con fuerza y decidida a no dejarlo marchar hasta que no hubiera aceptado su disculpa. Estaba asustada, con su corazón galopando rápidamente y viendo cómo las cosas empeoraban.

¿En qué estaba pensando? Estaba a mitad de una crisis nerviosa y entonces él llegó y entró a su casa. Levantó el rostro y Kawaki también la veía, con sus profundos ojos grises, evidentemente afectado y sorprendido, con la mejilla dolorida. Se encontró a sí misma, quizá todavía fuera de sí…

Colocó la mano encima de donde había golpeado a Kawaki y no hizo falta ponerse de puntas para alcanzar los labios del muchacho con los suyos.

Pensó en Madara, en sus palabras acerca de lo fea y vieja que comenzaba a ponerse. Recordó las marcas de expresión en su rostro y las estrías de sus nalgas, y creyó que Kawaki se sentiría asqueado ante una mujer vieja, estaba segura de que la apartaría y se limpiaría los labios con la manga del suéter, pero nada ocurrió.

Para Sakura fue imposible no sentir una punzada de orgullo y el pensamiento de "sigo siendo hermosa y deseable" invadió su mente. Los labios torpes de Kawaki se movieron sobre los suyos, la inexperiencia fue evidente y sus dientes chocaron, pero lo sujetó del rostro para intentar guiarlo. El beso se intensificó y quiso enseñarle todo lo que sabía, su propia ferocidad y sus lenguas se rozaron por primera vez. Él intentó seguirle el paso, aun con torpeza.

Quizá, la depresión o el estrés no eran producto de Shizune o Madara, quizá y, como siempre, no era más que su inestabilidad emocional y miedo a la soledad. ¿Por qué? ¿Por qué no podía sentirse completa si no tenía a un hombre acompañándola? Se sentía siempre como una damisela en peligro, pero sin ningún príncipe que quisiera rescatarla.

Sakura no sabía recibir amor, no estaba segura de cómo se veía o sentía, pero las migajas le parecían en exceso apetitosas. Al sexualizarse, los hombres la llenaban de atención y muestras de cariño. Lo descubrió a los trece años y desde entonces no se detuvo. El sexo era la única forma en que podía formar vínculos con otras personas. Tal práctica no le trajo más problema que la conmiseración de encontrarse a sí misma sola y utilizada cada noche… y fue así hasta los veintiséis, cuando se encontró a sí misma recostada sobre el suelo de un departamento y con uno de sus pacientes de quince años encima suyo, penetrándola.

Los gemidos de Kawaki acariciándole los oídos la hicieron volver en sí y se descubrió con las piernas abiertas y sin bragas, con el vestido en la cintura.

¿Cómo fue? ¿Cómo llegó ahí? Pero... ¿Por qué importaba?

Deslizó los dedos entre los mechones de cabello castaño y cerró los parpados, disfrutando el cuerpo ajeno que se deslizaba en su interior y la hacía sentir acompañada y menos miserable. No quiso que el momento terminara, quería quedarse ahí, con las nalgas desnudas contra el suelo frío y un cuerpo tibio encima suyo. Aspiró el aroma masculino y besó el hombro de su acompañante. Ya tendría tiempo para arrepentirse después.

Así fue, cuando el cuerpo del muchacho se tensó y su piel se erizó. Un líquido tibio invadiéndola y llenándola, la obligó a volver a la realidad. Una realidad en que las consecuencias eran palpables. Una realidad que no era de su agrado. Quería ser ella quien se marchara.

— Tienes que irte— murmuró, con Kawaki todavía jadeando encima de ella, intentando regularizar su respiración y lo empujó con ambas manos por el pecho.

El castaño se puso de pie enseguida, acomodándose los pantalones que se mantuvieron en sus tobillos todo ese tiempo. No la miró y tampoco pareció avergonzado. Sakura se preguntó si acaso él habría estado con otra mujer antes. Se acomodó el vestido, todavía sentada en el suelo y colocó algunos mechones de cabello detrás de sus orejas. Estaba avergonzada y aterrada en la misma proporción. Lo único que quería era que Kawaki se fuera para poder llorar a solas.

— Señorita Haruno— la llamó, jadeando— ¿Todavía va a darme la caja de bombones?

Levantó la mirada para verle. Kawaki seguía pareciendo imperturbable, mientras se cerraba el cinturón, como si nada hubiese ocurrido. Ella encogió los hombros, sin ninguna expresión en el rostro.

— ¿Todavía vas ayudarme a pintar? — Él asintió. — Sí, entonces sí.


Se sentó en la mesa y metió la cuchara en la lata de comida para perro, antes de llevarse el bocado a los labios. Merecía ese castigo y se aguantó las náuseas hasta que la lata estuvo vacía.

La última cucharada la hizo vomitar. Se cubrió la boca con ambas manos y sólo logró embarrarse, llenarse de grumos y ácidos gástricos, desde las puntas de los dedos hasta los codos. Resbaló debido al vómito que manchó el suelo y cayó de nalgas, entre arcadas y más vómito. No se sintió más asquerosa de lo habitual, de hecho, se quedó dormida ahí. En el suelo. Entre su precioso vómito y asquerosa existencia.


— Él te violó— determina Sasuke con simpleza y se pone de pie, llena su copa con más alcohol y Sakura niega con la cabeza, se hace pequeña en su lugar y titubea.

— No— dice con un hilo de voz.

"Lo disfruté" quiere decir "pude sentir cada penetración y, aunque sabía que estaba mal, no quería que se detuviera, no quería que ese momento terminara nunca".

— Te obligó a seguir manteniendo relaciones sexuales con él— murmura, sin escucharla y estructurando el caso en su mente—. Eres una mujer delgada, de estatura promedio ¿Cuánto pesas? ¿Cuarenta kilos? ¿Cuarenta y cinco? Para él fue fácil someterte, estabas asustada, temías por tu vida y accediste. Será sencillo, él es un chico problema ¿no? Tendrá algunos antecedentes menores que nos servirán.

A Sakura se le remueven las tripas y se aprieta el estómago.

— ¿No puedes ganar un caso sin mentir? — cuestiona, sin atreverse a mirar los ojos negros de Sasuke.

Él se gira a verla y la recorre con la mirada, desde el brazalete que se abraza a su tobillo hasta sus ojos verdes, huidizos y cobardes. Sonríe de manera burlona. Ella desvía la mirada, porque no quiere ver cómo él se divierte ante su desgracia y la mira con superioridad porque lo es. Es superior a ella y ya no queda duda. Él disfruta verla en problemas.

— ¿Un caso como el tuyo? — Inquiere con ironía—. Tu caso es mediático, Sakura, las personas te odian y quieren verte muerta. El juez podría tomar tu caso como ejemplo para la sociedad, podría ser duro… a nadie le cae bien una mujer promiscua, sobre todo si es bonita.

Ella pone los ojos en blanco. Ser bonita no ha traído más que problemas a su vida. Está preocupada y le tiemblan las manos. Se limpia la fina capa de sudor que cubre su frente

— No quiero que Kawaki tenga problemas— se sincera, mordiéndose las uñas.

— Entonces no me necesitas— escupe—, declárate culpable y deja de hacerme perder el tiempo.

Los ojos verdes de Sakura se levantan y mira a Sasuke, guapo, orgulloso y antipático. Piensa que quizá él sabe lo que hace y se disculpa en voz baja. Se le salen las lágrimas de impotencia. Extraña a Kawaki, extraña su antigua vida y al mismo tiempo desea estar muerta. Limpia su rostro, que está rojo y húmedo. La vergüenza carcome su alma. Piensa en que, si muriera, Kawaki estaría bien y ella finalmente podría descansar con la conciencia tranquila.

Se sorbe los mocos.

— ¿Por qué les importa tanto? — Sasuke la mira con confusión y ella continúa— Que él tenga quince. Que yo sea diez años mayor ¿Por qué les molesta?

Las cejas rosas se contraen, las tripas se le retuercen de coraje y sus ojos arden de furia.

Sasuke encoge los hombros y la mira como si fuera una estúpida.

— Es la ley.

Sakura niega con la cabeza.

— ¿En dónde estaba la ley cuando tu tío de cuarenta tenía sexo con una niña de trece?

El hombre pone los ojos en blanco, irritado y con la paciencia al límite. Piensa que esa mujer puede ser una molestia cuando se lo propone.

— ¿En dónde estaban tus padres para denunciar el hecho, Sakura? ¡Ah! Es verdad, tu negligente madre estaba alcoholizándose y tu irresponsable padre…

— ¡No, no metas a mi padre en esto porque él es el mejor hombre al que conozco! — vocifera y se pone de pie, para señalar con el índice a su antiguo prometido y ahora abogado. — ¡No te atrevas a ponerlo a tu nivel!

— ¿A mi nivel? — inquiere con ironía.

— No me hables de superioridad moral, Sasuke Uchiha, cuando me llevas trece años…

El aludido se deja caer en el sofá y pone el vaso de licor sobre una mesita. Se hace tarde y han pasado varias horas desde que comenzaron a hablar. El moreno se pasa una mano por los cabellos oscuros y suelta un suspiro antes de responder con toda calma:

— No eras menor de edad cuando te conocí— sonríe con orgullo. — No me hables tú de superioridad moral, Sakura, cuando hiciste lo mismo que Madara. Te aprovechaste del estado de vulnerabilidad emocional de un menor para meterlo entre tus piernas ¿o no? — Sakura no responde, las palabras la lastiman y el corazón se le encoge porque de ninguna manera puede verlo de esa forma. Nunca quiso aprovecharse de nada. —. ¿Y bien? ¿Cómo vas a pagar mis honorarios?


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Perdón por la tardanza, tuve algunos problemas inesperados en casa y me tomó algo de tiempo volver a adaptarme para escribir (lo mismo aplica para el resto de mis fanfics en emisión).

Agradezco un montón a las personas que agregan a favoritos, colocan alertas y sobre todo a quienes se toman un momento para escribir su opinión. Como ya saben, este es el fanfic con menos apoyo y entiendo por qué jaja

La verdad no quise detallar mucho la escena sexual, porque me sigue pareciendo algo delicado, aún así, creo que es obvio lo que pasó ¿no? Honestamente me pareció muy difícil llegar a ese punto, porque ¿cómo? Espero no se haya visto forzado y que sea notorio el declive mental de Sakura bb.

Bien, hasta ahora ¿qué les parece todo? ¿Qué opinan del primer encuentro entre Kawaki y Sakura? ¿Qué creen que pase a partir de aquí entre ellos dos? ¿Qué opinan de la postura que Sasuke quiere tomar? En fin…

Agradezco a Guest, Qghjjklh, Nami, Dulcecito311, Gab, LuHamDo, y Seishes por creer en este fanfic, muchos corazoncitos y amor para ustedes.