Cuando era niña, mi madre solía contarme ésta historia, el héroe que salva a todos de un final catastrófico, llevando esperanza y fe a aquellos que la necesiten, se vuelve un faro que los guía a través de la oscuridad, protegiéndolos con amabilidad.

El héroe era amado por todos, enaltecido, realizó muchas proesas, se volvió el pilar a seguir... Después murió, su vida llego a su fin y su legado permaneció a lo largo del tiempo, su historia fue contada de generación en generación, ya que, ante el valor de tus acciones, es como se definirá que tanto serás recordado.

Un héroe, un villano, dependiendo del impacto que tuvieron sus acciones sobre las personas, entonces será definido el tiempo que su historia se recordará y el como será contada.

Todo esto nos lleva a... Mi.

Obtuve muchos nombres a lo largo de mi labor como cazadora: "La dama roja", "Roja", "La parca sangrienta", "El ángel de la muerte", "La dama plateada"... ¡Oh! ¡Y mi favorito! "Silver Rose"... ¿O más bien el menos creativo?

Apodos por los que los civiles me llamaban, o mis enemigos, o aquellos compañeros de batalla... Susurros corrían por los pueblos, las ciudades, los reinos. Historias que circulaban mientras la guerra estaba en su cúspide, luchando sin descanso con el objetivo de acabar con el dolor y el mal que consumía a paso lento nuestro hogar.

Me consideraban una heroína, aquella que estaba en la cabeza de todo, gritando órdenes, guiando tropas, organizando redadas... Creían en lo que hacía, las decisiones que tomaba, algunas ciudades se salvaban, logré que salvaramos tantas vidas como pudimos.

Pero yo no era una heroína, jamás lo fui, hacía mucho tiempo que ese ya no era mi objetivo. Yo solo intenté hacerlo lo mejor, salvar a tantos como pudiéramos, intentar acabar con el mal que nos consumía incluso estando vivos.

Aún recuerdo el fuego, ardiendo amenazante, siendo agresivo y nada piadoso con aquellos que atrapaba en sus brasas ardientes. Aún lo recuerdo quemando mi piel, un aura rota y sangre en mi frente, con el cansancio calando en cada parte de mi cuerpo y un entumecimiento en mi abdomen que se extendía rápido a todo mi cuerpo, tirada en una esquina mientras luchaba por seguir respirando.

Una lámpara a mi lado derecho, y una corona a mi lado izquierdo, tiradas en el suelo, cayeron de mis manos hacía unos momentos debido a aquel ataque que me dejó en el suelo.

Dos piezas importantes llamadas reliquias, en mis manos, y evitando que no cayeran en las manos de ella.

Cuatro reliquias, por separado poderosas, capaces de conceder algo, juntas... Peligrosas, capaces de condenar nuestro mundo.

Y es por eso que ella las ansiaba más que nada.

Todavía puedo recordar su sonrisa arrogante, caminando con gracia a mi dirección mientras en una mano sostiene una espada, y en la otra sostiene un cetro.

Cuando está por llegar una tormenta, siento mi piel erizarse, siento cuando el desastre está por llegar, y es inevitable, no se puede evadir o intentar escapar, solo enfrentarla y esperar lo mejor.

Entonces pensé... Si tan solo tuviera una segunda oportunidad, cambiar lo que ya estaba hecho, derribarla a ella de su trono desde antes de que adquiriera fuerza, de dividir nuestras defensas.

Oh, querida niña —ella había hablado, su tono habría confundido a cualquiera, un tono maternal hacia la persona que acababa de herir de muerte no es precisamente lo que se esperaría de su parte. Pero ella siempre habia siseado palabras dulces de su boca, aun si su corazón estaba tan retorcido —. Te advertí que éste sería el final, la forma en que todo acabaría —ella se había inclinado hacia mí, colocándose de cuclillas, su mano despositando la espada de la destrucción en el suelo, solo para liberarla y colocar esa mano en mi mejilla.

Una sonrisa dulce, complacida, llena de orgullo por su logro.

Aún la sensación de la herida fresca estaba en mi cuerpo, la sangre fluyendo, mis pulmones comprimiendose, el aire disminuyendo, mi corazón palpitando acelerado, la adrenalina bajando, haciéndome sentir un dolor sordo.

Entonces, ¿Por qué no arriesgarme? El deseo por proteger la vida, heredado de un Dios, el don de las estaciones, regalados desde generaciones antiguas por un enviado de los dioses... ¿Por qué no intentar hacer un último esfuerzo con esos recursos? Moriría, sin importar nada, moriría. Quitarle al menos las reliquias que estaban a mis lados, o quizás solo la espada que había soltado, usar mi semblanza, presionarla y alejarme de ahí, quizás me encontraría con algún miembro del equipo, quien tomaría la reliquia y desaparecería, al menos así tener un poco más de tiempo, fastidiar una última vez a la maldita bruja por puro despecho.

Y por eso, lo hice, mi aura se recargó una vez más, forzadamente, después de todo, el alma no se agota, es parte de nosotros, aura es su extensión, es proveniente del alma.

Ya no estaba pensando con claridad, claramente mi deceso, la herida, el cansancio, todo estaba llegando de golpe y nublando mi cabeza, así que cometí la estupidez, estallé en pétalos, tomé la lámpara y la corona, y me reformé una vez más detrás de ella, jadeando por aire, sintiendo las esquinas de mis ojos oscureciendose.

Pero Salem se giró tranquilamente, mirándome casi con tristeza y lastima —. Oh, querida niña, ya no puedes hacer nada —su tono me hizo olvidar momentáneamente el dolor, mi situación, todo, la rabia fluyó por mis venas, y mis ojos pronto iluminaron todo. Salem emitió un grito, y cuando la luz cesó ella estaba petrificada en piedra. Usé mi semblanza, pasé a su lado y tomé la espada que seguía en el suelo, también el cetro descansando en su espalda baja, solo para volver a donde estuve parada antes. No pasó ni siquiera un minuto cuando Salem se liberó de su congelamiento, mirándome como una madre mira a su hijo cuando ha hecho algo indebido. No, ella no tenía ningún derecho de mirarla de aquella forma, no importaba si....

Me sentí furiosa, pero mi cuerpo ya no me respondía, mi aura casi inexistente volvió a irse, caí de rodillas al suelo, respirando erráticamente, pero mis ojos jamás se apartaron de Salem, jamás se apartaron de los ojos de ella.

Ella me sonrió de nuevo, caminando muy lentamente hacia mí, como si fuera una forma de torturarme de forma psicológica.

Eso era todo, ¿no? Tanto lucharon y todo se redujo a este final. Tanto perdieron, se rompieron los huesos, sudaron y lloraron lágrimas de sangre, ¿sólo para tener este final?

Su visión comenzó a ser borrosa, mirando a los ojos rojos de aquella mujer. Su cuerpo se sentía pesado, sus rodillas estaban húmedas, claramente empapadas por su propia sangre que se derramaba de su herida.

Este era el final.

"¿Y exactamente que es lo que quiere la bruja al hacer todo eso?"

No... Es cierto, Salem quería regodearse al ser ella quien juntó las reliquias, solo con la idea de que destruirán todo... Incluyendola a ella, su inmortalidad no sería un obstáculo ante un juicio definitivo, con el mundo desaparecido, ella pensaba que desaparecería igual, ¿no?

Esto tenía solo una forma de terminar, ya no había nada que hacer, pero todo podía irse al infierno ya, al menos, la joderia una vez más.

Ellos no... Te concederán... Lo que quieres —le susurró, su voz perdiéndose ante el esfuerzo de permanecer, aunque estaba cediendo. La expresión de Salem finalmente cambió, deteniendo sus pasos y mirándome con irritada confusión. Sonreí. Oh, podía irse al demonio.

Y así... Fui yo quien nos llevó al juicio final con los dioses.

Todo se redujo a la calma blanca, mis ojos cedieron, me dejé ir finalmente, ignorando el grito furioso de Salem, de cómo algo lo tragaba todo. Ya no importaba.

Querida muerte, ven a llevarme.

.

.

.

.

.

.

.

¿O quizás no?