No será hoy

Cuatro días atrás…

Pansy Parkinson no había calibrado bien la situación. ¿Qué había pasado? ¿Había ido demasiado lejos dándole celos a Hermione con Potter? ¿Era eso? Parecía tan triste, tan alicaída… así no podía ni odiarla, ni desearla, ni ¿amarla? No podía porque esa no era ella.

La había visto en clase de Transformaciones, apática e indiferente a todo, la había visto en los baños de chicas, mirándose al espejo como si no se reconociera e intentando fingir normalidad cuando se había percatado de su presencia. La había visto arrastrar su tristeza por todo el castillo y había llegado a la conclusión de que no lo soportaba. Y no entendía por qué. Eso era lo que ella había querido: mortificarla y amargarle la vida. O tal vez no… tal vez había deseado enfadarla y ahora no sabía qué hacer con lo que había obtenido.

La sangre sucia parecía el fantasma de sí misma y ella debía hacer algo para arreglar la situación. No por Hermione, ella odiaba a Hermione. Más o menos. Tal vez la odiase porque no podía tenerla, porque no era libre de meter sus dedos entre sus desordenados rizos ni podía besar sus labios, pero el caso es que la odiaba y ese odio era como un fuego que calentaba su corazoncito. Y hasta eso lo estaba perdiendo. Hasta ese pequeño e inofensivo placer de odiarla con todas sus fuerzas.

-Preferiría una ronda de puñetazos en el estómago que verte con esa cara de perro triste a todas horas, maldita sea –murmuró Pansy arrojando el cigarro por el retrete antes de tirar de la cadena.

-¿Decías algo, Pansy? –preguntó Millicent cuando la morena abrió la puerta del cubículo donde estaba el inodoro.

-Que llegamos tarde. Hemos quedado con la falsa de Daphne.

-Ah bueno. Pues que espere. Total, ¡ni que tuviese algo mejor que hacer con su vida! –dijo Millicent riendo.

Pansy se unió a las risas de su amiga mientras sacaba de su mochila un pequeño frasco de perfume de violetas y un par de chicles de frambuesa.

-Un día te pillarán, Pansy –comentó la slytherin.

-Un día me pillarán. Pero no será hoy –respondió Pansy con una sonrisa torcida.

(Fin del flashback)

oOo

Hermione no quería reconocerlo ni siquiera ante sí misma, pero estaba un poco preocupada. Había terminado ya la última clase de aquél día y todavía no había encontrado sus flores. Se decía que no tenía ninguna importancia, de hecho era mejor así. Esa historia del admirador misterioso había sido divertida, pero a la larga se podía convertir en bastante incómoda e incluso inquietante. Mejor así. Sin embargo, seguía buscando con la mirada por los rincones con más ansia de la que hubiese deseado.

-¿Eres Hermione Granger? –le preguntó a bocajarro una hufflepuff de primer curso con la que se cruzó en el pasillo.

-Así es ¿qué necesitas?

-Me han dado esto para ti. ¡No me preguntes quién ha sido, no puedo decírtelo! –dijo la niña antes de salir corriendo y dejarle en las manos un pequeño ramo de las ya conocidas flores color violeta. Aquél día iban atadas con una hermosa cinta del mismo color.

Al parecer la espera había valido la pena, se dijo Hermione sonriendo mientras acariciaba el suave raso de la cinta. Se llevó las flores a la cara y pudo sentir la suave fragancia que exhalaban y el frescor de los delicados pétalos contra sus mejillas ardientes. Cuando levantó la cabeza tenía ante sí a las novias más pesadas de Hogwarts.

-Sois una pesadilla ¿por dónde habéis aparecido? –preguntó Hermione resoplando.

-Ha sido cosa de los Nargles –dijo Ginny, parodiando con un movimiento de sus manos el misticismo de la profesora Trelawney.

Luna la secundó con una risita, y Hermione puso los ojos en blanco. Ya se imaginaba todas las preguntas entrometidas a las que la someterían esas dos.

-Vaya, Mione, parece que hoy también has recibido tus flores –comenzó Ginny.

-Hermione ¡te has pintado los labios! –exclamó Luna asombrada.

-No me los he pintado, es solo un poco de vaselina, los tenía cortados ¿vale?

-¡No me puedo creer que te hayas echado máscara de pestañas! –exclamó Ginny, exagerando el gesto de taparse la boca.

-¡No he hecho nada de eso! Tenía las pestañas frágiles y me he puesto un poquito de aceite de ricino que le he pedido a Madame Pomfrey. ¿Pero por qué os estoy dando explicaciones? ¿Qué os importa a vosotras?

-¿Y tu pelo? ¡Que me maten si no te has hecho algo para tener los rizos más definidos! –exclamó de nuevo Ginny.

-¡Por cierto, qué bien te huele! –dijo Luna tras aproximarse y llevarse uno de sus rizos a la nariz. –¡Perfume de rosas! ¡Me encanta!

La nariz de Luna estaba oculta entre el cuero cabelludo de Hermione. Sus labios se aproximaron tanto a su rostro que Hermione se echó hacia atrás incómoda, sin darse cuenta de que Luna la tenía agarrada por el pelo y además se estaba apoyando en ella. Acabaron las dos rodando por el suelo, entre las risas de la feliz pareja a la que todo aquello le parecía muy divertido. Ginny se agachó para ayudarlas a levantarse, y entonces las tres escucharon unos aplausos a sus espaldas.

-¡Pero qué interesante es tu vida últimamente! ¡Ayer con la aurora y hoy con estas dos! –dijo Pansy.

-No sé qué demonios quieres decir –dijo Hermione levantándose–. Y además ¿qué haces espiándome? ¿No deberías estar con Harry? ¿Estás tan obsesionada conmigo que tienes que perseguirme todo el día?

-Eso, ¡vete a hacer tus cosas de guarra y déjanos en paz! –le gritó Ginny.

-¿Quieres pelea, Weasley? –dijo Millicent, como siempre al lado de Pansy.

-Ponle la correa a tu perra, Parkinson. Si quieres un duelo, tendremos un duelo. ¡Tú y yo, cobarde!

-¡Basta! ¡Nadie va a tener un duelo! –gritó Hermione. ¿Por qué no me dejáis todas en paz y os metéis en vuestros malditos asuntos? ¡En serio, dejadme en paz!

Las cinco chicas quedaron calladas, Hermione mirándolas desafiante y las otras mirándose entre ellas.

-Mione, tranquila ¡solo queríamos defenderte! –dijo Ginny.

-¡Vosotras dos! ¡Vosotras dos sois lo más cansino de todo Hogwarts! ¡Sois inaguantables! Y tú, Parkinson… tú… ¡siempre lo estropeas todo! ¡No puedo tener nada bonito porque llegas tú y me lo destrozas! –gritó Hermione en la cara de la slytherin, que de pronto tenía los ojos muy abiertos y se había puesto pálida.

La cara de Hermione estaba a centímetros de la suya. Pansy notó que le faltaba el aire. Un grueso lagrimón corría por la mejilla de la gryffindor y su pecho se agitaba con violencia. Sus labios comenzaron a temblar. Entonces se giró, recogió su mochila y comenzó a alejarse en dirección contraria.

Y Pansy echó a correr y la siguió tras recoger las flores. Esta vez había conseguido enfadarla, enfadarla de verdad. Tampoco había funcionado. Tampoco era eso lo que quería, lo que ella necesitaba.

-Espera, Hermione –dijo al alcanzarla, agarrándola por el hombro para obligarla a darse la vuelta.

-¿Y ahora qué quieres?

-Toma, te olvidaste esto. Es tuyo. Es muy bonito, guárdalo ¿vale? –dijo Pansy ofreciéndole el ramo.

Su voz sonaba ronca y sus ojos estaban brillantes, como si estuviese ella también a punto de llorar, y su boca ensayaba una sonrisa de disculpa. Hermione la miró extrañada y recordó las tonterías que le había dicho Daphne. Tras salir de la biblioteca se había reído en su fuero interno de la descabellada historia que le había contado aquella rubia chismosa, y había pensado que sería más inteligente no repetirla. Todo aquello olía a problemas. Sin embargo ahora se preguntaba si no habría algo de realidad: Pansy la miraba de una manera completamente diferente y parecía preocupada por ella. Cogió el ramo de sus manos, retirándolas enseguida cuando las rozó, como si quemasen.

-¿Reviento a hostias a esta payasa, Pansy? –preguntó Millicent.

-Otro día, hoy déjala en paz. Vámonos, anda –dijo Pansy dándose ella también la vuelta y pasando al lado de las otras dos gryffindors sin mirarlas.

Millicent la siguió y lanzó una última mirada a su alrededor. No entendía nada.