Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Toei Animation.
"Milo S. Sargas".
—Mi nombre es Milo Sargas, y seré su maestro de matemáticas este semestre…
No había nada más terrible que enseñarle a un montón de niños que no prestaban atención. Tenía a los jóvenes levantándose de su lugar, hablando en voz alta, cada vez más fuerte, rostros que mostraban confusión y una larga lista de etcéteras que convirtieron su primer día en un gran dolor de cabeza. El ejercicio de su trabajo le hacía preguntarse por qué había elegido esa carrera, de entre todas las posibles opciones; ni siquiera sentía esa llamada chispa que según le dijeron en su época de estudio todos los profesores, de cualquier materia, debían tener.
Pero a pesar de sus conflictos internos normales para el inicio del semestre, Milo dió clases como un profesional, nunca dejaba que sus dudas existenciales interfirieran en su trabajo, en especial cuando este le daba lo necesario para mantenerse vivo. Tampoco era demasiado temprano para pensar en su sueldo y todo lo que compraría con él: un nuevo edificio a escala, todavía no sabía si sería la Torre Shanghái o la Catedral de Milán.
Cuando la campana que indicaba el fin del día escolar sonó, varios alumnos, incluido él, suspiraron aliviados. Milo todavía les estaba recordando que debían llevar su regla y calculadora científica para la próxima clase mientras los chicos dejaban de prestarle atención para recoger sus cosas y salir corriendo, lejos de la prisión llamada escuela.
Algunas chicas se quedaron al final para mirarlo empacar sus propias cosas, susurrando entre ellas lo interesante que era la clase de matemáticas ese semestre.
—La distancia entre el vértice y la directriz, que es la misma entre el vértice y el foco de una parábola, recibe el nombre de parámetro de la parábola —recitó de memoria, recordando una de las cosas que se supone había enseñado el semestre anterior.
A veces hacía esas cosas para recordar a lo que se dedicaba. Por breves momentos del día, sin importar el lugar en el que estuviera, a su mente le llegaba la lejana idea de que en realidad no era un maestro, sino un arquitecto, y otras, muy breves ocasiones, creía que se dedicaba a otras profesiones, como estudiante de medicina, abogado, cantante en una banda de rock o incluso astrofísico.
Eran pensamientos intrusivos, o eso creía él.
Pensamientos que aparecían de la nada, y se iban tan rápido como llegaban. No sólo eran sobre su carrera; se relacionaban con su modo de vida o las personas que lo rodeaban. Varias veces le había preguntado a Aioria por una tal Lyfia, cosa que lo metió en problemas con Marín; y a veces no reconocía a la tercera punta de su triángulo de amigos. Shura era más un desconocido que un viejo amigo; si era analítico incluso podría ver que también Shura se comportaba extraño con él, a veces era demasiado cercano y otras lo miraba como si fuera un intruso.
Era una locura, pero el mundo estaba enloqueciendo así que prefería ignorar esos momentos y concentrarse en otras cuestiones, como su trabajo o intentar salvar a Aioria de las garras de Marín.
Milo dejó la escuela rápidamente, en el camino de regreso a casa se mantuvo con los audífonos puestos, no atento a su alrededor. El viaje a su departamento era en metro; a esa hora de la tarde el lugar estaba abarrotado de gente que regresaba al trabajo o a sus hogares, ya estaba acostumbrado a los leves empujones o la violación de su espacio personal; mentalizado para otro largo viaje de vuelta, le sorprendió cuando llegó a su estación y se encontró con un escenario semi vacío, era extraño cuando no había gente afuera, un fenómeno único y poco probable. Era su día de suerte.
Con una ligera sonrisa entró en el vagón cuando llegó a la estación. A excepción de un par de personas, estaba vacío.
—Es mi día de suerte.
Murmuró, sentándose en un lugar vacío. Durante sus trayectos, y cuando tenía tiempo, le gustaba leer algo ligero para entretenerse; los poemas de Lord Byron eran de sus favoritos.
Aún manteniendo su sonrisa, sacó su viejo libro de poemas, dejándolo caer de inmediato. Al mirar hacia el frente, donde podía reflejarse en las ventanas del vagón con el oscuro fondo, notó que él no se reflejaba; su largo cabello rubio cobrizo, incluso su sola masculinidad estaba desaparecida, en su puesto había una delgada chica pelirroja que lo miraba desde su lugar.
Milo se levantó, ignorando su libro en el suelo, y se acercó lentamente a los asientos del frente, al igual que la chica que ocupaba su lugar. Necesitaba asegurarse de que lo que veía era real, pero justo cuando levantó la mano para tocar el vidrio, el vagón se detuvo, provocando que diera un par de pasos hacia su derecha, desestabilizado por no haberse sostenido antes.
El timbre de las puertas sonó y estas se abrieron, dejando pasar a varias personas. Milo miró a su alrededor confundido, al regresar su mirada al vidrio de la ventana, ignorando la estación al fondo, notó que la chica había desaparecido, en su lugar estaba él, luciendo tan extrañado cómo se sentía, y tan normal como siempre.
—Un número imaginario se define como un número complejo cuya parte real es cero.
Temblando, regresó a su lugar y recogió sus cosas ante la atenta mirada de los nuevos viajeros del vagón. Esas cosas también le sucedían con regularidad en los últimos meses. O años, en realidad no lo sabía, el tiempo era algo extraño para él; tenía recuerdos que se sentían lejanos y otros que se sentían ajenos.
Estaba perdiendo la cabeza, o el mundo la estaba perdiendo e intentaba hacerlo con él.
No importaba cuántas veces viera a la chica pelirroja, o de vez en cuando se viera con el cabello de un extraño tono azul, siempre le sorprendía hacerlo. Creía que era porque cierta parte de él se negaba a creer que estaba perdiendo la cabeza, y otra parte le susurraba, cuando se encontraba en completo silencio, que todo lo que estaba viendo era real, cruda y extraña realidad que no comprendía.
Experimentaba una especie de paranoia, se sentía perseguido pero intocable, veía cosas que no estaban ahí, desconocía a la gente que le importaba.
En lugar de viajar a casa cambió de opinión y se bajó del tren antes para salir de vuelta a la ciudad, necesitaba hacer esa parada, ahora lo sabía. Dos meses antes se había sincerado con su madre y ella le había insistido en visitar a un experto en el tema; todavía era chocante ver a un psiquiatra todos los viernes, pero no tenía más opciones, era eso o enloquecer lentamente.
A veces enloquecer no sonaba tan mal.
—¡Buenos días Shun!
—¡Milo! ¿A poco ya es viernes?
El recepcionista del psiquiatra era algo distraído. Shun era un joven estudiante de psicología, le encantaba trabajar de cerca con sus estudios, comenzar a involucrarse con sus futuros pacientes; la recepción sólo era temporal, una experiencia extra en caso de que el campo laboral estuviera muy abarrotado.
—En realidad… es... —Milo mordió su labio inferior, era difícil admitir que tenía problemas, a pesar de que la clara mirada de Shun no demostraba juicio, sólo atención ante lo que le diría— tengo una emergencia, ¿crees que Io podría…?
—Está en su oficina, le preguntaré.
La oficina de Io era inquietante para él. El psiquiatra parecía tener una extraña fascinación con los relojes, había uno en cada pared de su habitación, así como un estante lleno con relojes de distintas épocas, todos sonando a la par, sin fallas. A pesar de su fascinación, Io no traía reloj y a menudo olvidaba la hora, siempre confundía su horario de visita, incluso los días de la semana o hasta el año, si no fuera por Shun seguramente el consultorio sería un caos.
Milo no sabía de dónde había sacado su madre a ese doctor, a veces le daba la impresión de que estaba tan loco como cualquiera de los pacientes, cómo él mismo. Otras veces decía cosas que Milo sentía que entendía, cosas que nadie más sabía; y estaba seguro de que el hombre sabía lo que le sucedía, de hecho él parecía saber más de lo que aparentaba.
—¿Milo? —la suave voz de Shun interrumpió sus pensamientos— Adelante, Io te espera.
Io estaba en su escritorio cuando ingresó, completamente curvado, usaba grandes lentes y parecía estar armando un reloj, o tal vez arreglando. Según le había dicho ese era su pasatiempo, el hombre podía pasar horas en esa incómoda postura, creando y reparando como un maestro relojero suizo. La premisa de pasatiempo sonaba absurda, Milo tenía la impresión de que Io debía dejar la psiquiatría para dedicarse a reparar relojes, eso era más natural en él.
—¿Doctor…? —dijo mientras ingresaba a la habitación, si no decía nada Io nunca lo notaría.
—¡Milo! ¡Buenas tardes! —Io se enderezó de inmediato y sonrió de forma deslumbrante, emocionado, Io siempre se veía demasiado alegre— Shun me dijo que querías verme, adelante, por favor, toma asiento y cuéntame qué te trae de vuelta, ¿tan pronto es viernes?
—Lunes, doctor, es lunes.
—Lunes —Io suspiró aliviado—. ¿Y bien?
Milo respiró hondo y comenzó a contar, con todos los detalles que podía recordar, todo lo que le había ocurrido ese día, y la noche anterior.
Antes de iniciar las clases Aioria les había sugerido ir a un pub a relajarse antes del lunes. Su plan inicial era algo pequeño, una salida de amigos a un lugar donde no gastaran mucho, pero cuando le notificó a Marín lo que sucedería ella decidió invitarse, así que los planes tuvieron que cambiar a otro lugar, un pub con clase, de los caros, donde incluso había que formarse para entrar, exclusivo. Milo y Shura no habían estado de acuerdo, pero sabiendo cómo era la pelirroja sólo pudieron rodar los ojos y aceptar sabiendo que con sus salarios sólo podrían comprar una bebida y llenarse de la botana gratis de la barra.
—Sí, Aioria está estudiando de nuevo, decidimos que era lo mejor para nosotros, ya sabes, para darme algo decente, no ese trabajo cualquiera en una gasolinera, es incluso algo vergonzoso, si no hubiera sido por mi continuaría en su pobre puesto…
Milo le daba tragos pequeños a su bebida, tratando de ignorar la charla hueca de Marín con la nueva chica de Shura y la sonrisa tensa de Aioria. A veces soñaba con que Aioria tenía otra chica, una de largo cabello azul que estaba orgullosa de él, ella también quería que el castaño fuera exitoso, pero sólo en lo que Aioria quería, no en una carrera que ni siquiera le apasionaba.
—Entonces, Shura, ¿por qué no nos contaste nada de…? —Aioria señaló con la mirada a la chica que charlaba con Marín—. ¿Acaso no somos amigos, Shura? ¿Tú también nos guardas secretos?
—Ya te dije que voy a visitar la tumba de mi abuelo los viernes, no hagas tanto drama —Milo había rodado los ojos—. Además, estamos hablando de Shura, no cambies la conversación.
Shura estaba sentado frente a Milo y en ese momento lo había mirado de una forma extraña. Algo de anhelo, algo de confusión y algo de desconocimiento. Milo se había vuelto bueno leyendo las miradas de los demás sobre su persona, sabía cuando alguien lo miraba como un extraño, desconocido; Aioria también lo había mirado de esa forma un par de veces, pero de inmediato su mirada cambiaba y regresaba a ser el mismo de siempre.
—Fue algo inesperado —Shura alzó los hombros, el tema en realidad no era de su importancia.
Cierta parte de Shura sentía que en realidad esperaba algo, o a alguien. Una chica pelirroja, tal vez, le gustaban las que tenían el cabello corto e iban de cabeza a tomar decisiones precipitadamente, como Milo, pero menos masculino. De hecho si no fuera porque estaba seguro de que le gustaban las chicas ya habrían intentado hacer algo con él, o tal vez no, aún no sabía qué le ocurría con Milo, a veces sentía que no había algo bien con él, como si fuera otra persona y estuviera reemplazando a alguien más.
Alguen cercano a él, demasiado cercano.
—Aioria, ¿qué tal la universidad? ¿Los adolescentes ya te están pidiendo consejos?
—Ja, divertido —el castaño rodó los ojos ante el comentario de la universidad; los estudios no eran para él, por eso los había dejado desde el inicio—. Odio la escuela, me siento como cuando tenía veinte, estoy rodeado de niños.
—Tu chica es la culpable, ¿dónde están tus pantalones?
Shura era pesado cuando se trataba de ese tema, así que Milo los dejó discutir y se concentró en su bebida. La música era alta y molesta, hasta que poco a poco comenzó a disminuir, convirtiéndose en un leve sonido de fondo. Milo alzó la mirada al percatarse de eso.
De repente estaba solo, en medio de la oscuridad.
—¿Qué carajo…?
Sorprendido, se levantó lentamente de su silla, mirando alrededor.
Todo era oscuridad, e incluso cuando comenzó a caminar vió que esta continuaba a su alrededor; estaba encerrado en ella. El ambiente se sentía pesado, y la negrura parecía brumosa. No sabía lo que sucedía, la música ya había desaparecido por completo, todo estaba en silencio, un permanente y abrumador silencio. Milo se detuvo cuando escuchó un ruido lejano, un ligero llamado con su nombre que se le hizo conocido, ya había escuchado ese tono de voz, uno femenino que le taladraba la cabeza.
Al voltear a la derecha, el lugar de dónde provenía la voz, la vió.
Parada a la lejanía, en medio de toda la oscuridad, ahí estaba ella, llamándolo para que se acercara; era la chica que a veces veía, con la que soñaba, llamándolo y estirando la mano para que él la tomara.
Milo parpadeó varias veces antes de sentir que alguien lo sostenía del hombro y lo detenía justo cuando iba a su encuentro, Shura estaba a su lado, la música había regresado a su estridente volumen y todo el pub parecía tan normal como siempre.
—¿Qué estás buscando? —preguntó, el pelinegro con la mirada al frente, tratando de ubicar lo que sea que lo hubiera distraído— ¿Ocurrió algo interesante?
—No… no es nada… sólo estaba… —Milo talló su rostro, la imagen de ella en medio de la negrura, con su corto cabello rojo, vestida igual que él se había grabado en su mente— ¿Dónde están los demás?
—Ya se fueron, Marín estaba ansiosa por llevarse a Aioria, tiene que estudiar.
—Me siento mal por él… y por mí.
Shura lo miró de reojo, pero decidió no decir nada y continuar con su camino al lado de su amigo. Milo de inmediato olvidó con quien caminaba, debía llegar a su departamento, no podía quitarse de la cabeza a la chica; nunca la había visto de manera tan detallada hasta ese momento, necesitaba sacar esa imagen de su cabeza.
—Nos vemos después, Camus.
Después de dejar a su amigo con una expresión confundida viajó de vuelta a casa para encerrarse por completo en su habitación; la semana anterior Io le había aconsejado anotar sus pensamientos, todo lo que veía y escuchaba. Con esa idea en mente se había comprado un cuaderno de dibujo en último momento, había pensado en comprar uno normal pero cuando estuvo en la tienda se dejó llevar por sus instintos e incluso compró un estuche grande de colores. En esos días había explotado al máximo la que creía era una inexistente habilidad de dibujo, ya casi tenía su cuaderno lleno de diferentes dibujos de edificios que conocía y algunos que había diseñado.
—.. y…
Milo suspiró, alejó levemente el cabello que le obstruía su visión y miró a Io asentir con las manos debajo de su cabeza, con una expresión seria. Decidió buscar entre sus cosas y mostrarle a Io sus dibujos, ya le había hablado de su inesperado talento en el diseño de edificios, y el pelirrosa sabía todo lo que le pasaba por la cabeza, que mirara su dibujo era sólo un paso más al estudio de su mente y el descubrimiento de todo lo que lo perturbaba.
—Hace un par de horas yo… bueno, la volví a ver.
—¿Qué estaba haciendo ella?
—...Estaba en mi lugar —Milo suspiró, no sabía cómo explicarlo—... ella… es como si fuera mi reflejo o ella ocupara mi lugar o tal vez estoy alucinando y necesito medicación —Milo se llevó las manos a la cabeza—. Estoy alucinando, ¿cierto? Todo esto es producto de mi imaginación, me estoy volviendo loco.
Milo dejó de de quejarse cuando vió que Io ya no lo escuchando, en su lugar estaba mirando el cuaderno de dibujo; su expresión estaba congelada y cuando Milo se enderezó para averiguar qué era lo que tenía a su psiquiatra en ese estado sólo descubrió el dibujo en el que había trabajado la noche anterior.
— Es ella —dijo, pensando que tal vez Io necesitaba entender el contexto del dibujo.
El doctor asintió sin parpadear o quitar su atención del cuaderno.
En él se veía ella tal y como la había visto en el pub, de pie, con botas altas, pantalones ajustados, sudadera roja; la mano derecha extendida y en la izquierda algo que no se podía definir como una pulsera o un reloj grande, su cabello corto hasta los hombros, de color rojo brillante, igual que sus ojos.
—Tienes razón, tal vez si necesitas algo para recuperar la conciencia.
—¿Esto también tiene que ver con que ocasionalmente vea que mi cabello es de otro color? Sé que es más notable verme como chica, pero es inquietante que de un momento a otro mi cabello sea azul.
Io frunció el ceño y le dió otra mirada al dibujo antes de regresar su atención al rubio frente a él para devolverle su cuaderno. No era una persona observadora, su atención estaba bastante restringida a su trabajo, debidos a eso se sorprendió aún más cuando Milo estiró el brazo, dejando que su chaqueta dejara al descubierto un reloj en su muñeca derecha; un ligero temblor atravesó el cuerpo del doctor y de inmediato se levantó de su lugar para fingir que buscaba algo entre sus estantes, si no hacía eso terminaría saltando encima de Milo.
—No había notado que tenías un reloj, es… elegante.
Milo le dió una mirada rápida a su dibujo antes de cerrar el cuaderno y volver a guardarlo. El comentario de Io lo había sacado de concentración, pero lo ayudaba a alejar sus temores sobre la pérdida de su razón.
—Sí… —afirmó mirando su mano— Para ser honesto ni siquiera sé por qué lo uso, no recuerdo de dónde lo saqué o desde cuando lo tengo, ni siquiera sirve…
—¿No lo hace? —Io se volteó de inmediato para ver al rubio negar con la cabeza.
—Intenté cambiarle las pilas, pero eso tampoco funcionó, supongo que es algo interno… ¿quieres echarle un vistazo?
Milo se quitó el reloj que siempre se ponía, a pesar de saber que no servía, y se lo ofreció a su doctor sin problemas, nunca había pensado en decirle que lo reparara, aunque eso le costara una comisión extra.
No le había mentido a Io sobre no recordar de dónde había salido, un día sólo había despertado con él y desde entonces sólo se lo quitaba para dormir o cuando tomaba una ducha; lo había mirado muchas veces cuando estaba aburrido, el reloj tenía dos iniciales grabadas en la tapa cuyo significado desconocía, pero tampoco tenía importancia, sólo era un reloj, en la actualidad ya nadie los usaba, todos lo tenían integrado en los teléfonos celulares. Tal vez la única razón por la que no lo mostraba era que por lo pequeño que era, parecía que en realidad era el reloj de una chica.
Io, en cambio, miró con mucha fascinación el reloj, lo levantó a contra luz, revisó la tapa y el vidrio, las correas, y los números digitales detenidos. Era un trabajo excepcional, incluso parecía un reloj barato, de esos que regalaban en las ferias después de hacer algún juego en los puestos, pero era más que eso, era pesado, hecho para la mano de una sola persona, o tal vez dos considerando que ya no lo tenía su dueña original.
—¿De dónde crees que lo sacaste?
—... tal vez alguna chica con la que salí lo olvidó… o en alguna fiesta improvisada.
Io asintió, y le devolvió el reloj, no servía de nada, no le servía a ninguno de los dos.
—Entonces, ¿me medicará?
—¿Has escuchado de la medicina alternativa? —Io miró entre los estantes hasta que recordó en dónde había dejado una vieja caja que le habían llevado años atrás— Esto te funcionará.
—Parece viejo —señaló Milo viendo un frasco que Io había puesto sobre su escritorio, incluso el frasco había levantado un poco de polvo al ser sacado de su caja de madera—. ¿Todavía sirve?
—La medicina no caduca, señor Sargas, es como la comida actual, la fecha de caducidad es sólo una opción.
—Eres de esos que comen cualquier cosa, ¿cierto?
—Sí, y tú también te unirás —Io empujó el frasco hacia él—. Una gota cada día a la misma hora, mismo minuto, incluso el mismo segundo, es importante que cumplas con esto.
—¿Por cuánto tiempo?
—Lo sabrás cuando lo veas.
Milo guardó el frasco en su mochila y miró a su doctor, confundido.
—¿Cuando lo vea o deje de ver?
—Tal vez sea ambas, tú sólo lo sabrás, y no te cobraré por ellas, te lo prometo.
Io se mantuvo pegado a la ventana que daba a la calle viendo cómo Milo se marchaba, caminando con un poco más de confianza. Sabía que algo había pasado, incluso desde antes de recibir un mensaje en su computadora, un mensaje que no dudó en imprimir apenas se percató de su existencia. Había sentido ese ligero cambio en el ambiente, una desvalanza, la pérdida del equilibrio.
Al revisar entre sus cosas encontró el último mensaje que le habían enviado antes de que la comunicación se cortara. El papel estaba en buenas condiciones, lo había recibido tres meses atrás, sólo una hora antes de que apareciera en Grecia con una vida falsa y Shun le notificara de su cita del viernes con un tal Milo. En esa hora había sentido algo, una perturbación, algo que cambió y contaminó todo el mundo, por eso se había mudado a Europa en una intervención grave que rompía con el código del relojero.
Dejar su hogar en Chile y modificar el tiempo, y por lo tanto la memorias, de una persona o en su caso varias, eran un pecado, no se podía intervenir con el flujo natural de la dimensión, hacer algo como lo que hizo lo ponía en el mismo nivel que quienes eran capaces de manejar el espacio-tiempo del Mosaico; pero no tuvo opción, debía saber cómo una chica llamada Milo Sargas había abandonado su mundo para dos días después aparecer un Milo Sargas en su oficina, confundido, perturbado.
—Que el Mosaico nos ilumine —murmuró, sosteniendo en lo alto el cartel de "Se busca" de la chica pelirroja.
Milo llegó a casa cuando la noche ya llevaba varias horas entrada en curso. No tenía hambre y no había ocurrido ningún incidente más, lo que lo mantuvo calmado. Necesitó varios minutos frente a la pantalla de televisión para pensar en cuál sería el horario adecuado para iniciar su nueva rutina; la mañana sería lo mejor, no recibía visitas matutinas y así nadie le preguntaría por qué había comenzado a tomar medicamento en gotas.
Aprovechando su soledad sacó el frasco de su mochila y lo analizó. Parecía un frasco normal, pero tenía una etiqueta con dibujos que parecían jeroglíficos; al destaparlo sintió un aroma dulce salir del frasco, fresco, que no le dió la impresión de ser antiguo.
—Mamá, espero que tu recomendación sea acertada.
Murmuró, cerrando el frasco y recostándose en el sofá.
Esperaba que todo mejorará.
