Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Toei Animation.
La suave música jazz sonaba en todo el departamento, la risa de la gente y los ocasionales choques de copas aminoraban el ambiente. Era una reunión importante, Milo no podía recordar el nombre de ese tipo de reuniones, sólo pensaba en lo fuera de lugar que se sentía, con su traje barato de maestro y corbata comprada a último momento. Toda la gente a su alrededor usaba elegantes trajes, las chicas combinaban sus prendas con cara joyería y los hombres hablaban de sus grandes empleos o autos deportivos.
Él sólo suspiró por lo bajo y puso su atención en la copa de champagne que sostenía, las burbujas de la bebida ascendían lentamente y la espuma casi inexistente eran algo hipnotizantes, lo mantuvieron moviendo su copa de un lado al otro, incapaz de quitarle la vista a su bebida.
—Es una copa Tulipa —dijo, fingiendo una expresión orgullosa y agudizando el tono de su voz, su mano izquierda sosteniendo la copa se elevó y con la derecha tocó su pecho, imitando a Marín—. Aioria y yo las compramos el año pasado, no puedo usar cualquier copa de cuarta, estas son im-por-ta-das…
Varias personas voltearon a verlo, eso lo hizo regresar a su postura normal y dar la vuelta para salir de la estancia; no quería que uno de los amigos de Marín le dijera que estaba burlándose de ella, ya tenía suficiente con la mirada que le daba cada vez que se veían, cargada de algo que aún no identificaba, estaba indeciso entre si era desprecio o molestia, como si fuera un bicho salido del caño o una rata deslizandose por las calles en busca de basura para alimentarse.
Caminó entre la gente hasta que llegó a una esquina apartada del resto de invitados; ya había localizado a Shura cerca, de la mano de su novia y con una expresión seria que sólo servía para disfrazar lo aburrido que estaba. Sonrió al ver eso, sabía que Aioria debía estar igual que ellos; cansado de la reunión y sintiéndose fuera de lugar. Le había dicho a su amigo que sólo estaría una hora, tenía tareas que revisar y debía levantarse temprano.
Se entretuvo mirando los cuadros en las paredes; antes de Marín, Aioria adornaba su departamento con cuadros de sus películas favoritas y algunas figuras coleccionables que había adquirido con el tiempo, ahora en el departamento había pequeños cuadros de pinturas famosas o paredes carentes de personalidad, de un blanco apagado, sin vida, un tono que peleaba con lo que Aioria era, muy fuera de su verdadera personalidad para tratarse del departamente de su amigo.
—¿Milo? ¿Eres tú?
Al mirar a su derecha Milo se encontró con la expresión sorprendida de una chica que le hizo alzar una ceja, no la conocía, al menos que él recordara. Ella por el contrario soltó una pequeña risa y esperó hasta que él la reconociera, cosa que no ocurrió de inmediato.
—Shaina, estuvimos juntos en la escuela, por seis años, ¿ya lo olvidaste?
Milo frunció el ceño. Ese nombre se le hacía conocido pero tenía varios recuerdos dispersos sobre ella; uno de ellos era de ella tratando de humillarlo frente a toda la clase y fallando porque él no era de los que pudieran intimidarse con facilidad; otro era de ella con otros, empujándolo con fuerza en círculo hasta que lo hicieron caer, después de tirar las cosas de su mochila y romper la bufanda que su madre le había hecho; el tercero estaba borroso, ella era un extra en su vida escolar, sólo estaba al fondo, con sus amigos, lejos de él.
El primero se sentía artificial, insertado como una mezcla de los últimos dos, Shaina inició molestándolo y después se desvaneció en los borrosos recuerdos escolares. El segundo, por otro lado, le causó ruido, desentonaba, no era de él, no sabía por qué lo sentía así, pero presentía que era algo ajeno, como ponerse la ropa de un ser querido, es familiar pero al final del día hay que devolverlo a su dueño original porque no es propio.
—Creo que te recuerdo —terminó por decir, mirando rápidamente su teléfono celular para verificar la hora, todavía le faltaba mucho para tomar su medicamento—. ¿Conoces a alguno de los anfitriones?
—Fui a la universidad con Marín —Shaina asintió con una suave sonrisa—. Es… es sorpresivo verte, nunca creí que lo volvería a hacer, pero me alegra, yo… tengo la sensación de que debería disculparme.
Shaina negó con la cabeza y soltó una risa por lo bajo, confundida.
—Sólo… creerás que estoy loca, pero sólo quisiera disculparme, aunque parezca que no tengo razón para hacerlo.
Milo movió la cabeza a un lado, incómodo por las palabras de la mujer y su aparente cordialidad; sin saber cómo responder volvió a verla lentamente, notando a la mujer perder la mirada por un momento antes de parpadear y sonreirle. La confusión y las disculpas habían desaparecido, incluso Shaina le dió una mirada de desconocimiento antes de darle la espalda para acercarse a dónde estaban Marín y sus amigos.
Comenzaba a acostumbrarse a esas cosas. Si era honesto incluso se atrevería a afirmar que esa era su nueva realidad; las gotas que tomaba todas las mañanas sin falta, a las seis de la mañana con un segundo le hicieron aceptar todos esos cambios con normalidad. Estaba casi seguro que Io le había dado una especie de droga que lo hacía sentir en paz consigo mismo, ignorando lo anormal que estaban las cosas a su alrededor. Irreal, sentía que vivía una farsa que poco a poco se descubría, a pesar de que algunos días lo negara y se asegurara a sí mismo que esa era su vida, siempre lo había sido.
Ignorando ese momento se alejó de su lugar y dió una vuelta más al departamento, viendo a la gente sumida en sus conversaciones y los coqueteos mal escondidos de algunos de los invitados. No tardó en volver a aburrirse, ese ambiente en definitiva no iba con él, tampoco iba con Aioria, al que encontró afuera del departamento, sentado en las escaleras de emergencia al interior del edificio.
—Marín te estaba buscando, quiere que hables de tu experiencia universitaria y como le comprarás un condominio en el centro, antes de que se vayan a América.
—¡¿Qué?!
Milo rió ante la expresión de sorpresa de su amigo y se sentó a su lado, manteniendo su sonrisa burlona que hizo que el castaño rodara los ojos y le diera un golpe en el brazo con una fuerza moderada. El lugar estaba en silencio, la música del departamento no era muy alta; debido a que la salida de emergencia era un lugar cerrado Milo se concentró leyendo los letreros de "no correr" y "no empujar" que estaban en lo alto, así como una amplia propaganda que habían sobre lo que se debía hacer en caso de incendio.
En medio de la tranquilidad y privacidad que le ofrecía el lugar Milo se permitió relajarse y puso los codos sobre el escalón detrás de él. Distraído, enredó los dedos en sus largos mechones de cabello y agachó la mirada para mirar como su cabello de tono cobrizo se volvía lentamente rubio. Esa era su realidad, estaba seguro de que era rubio natural, de un tono dorado, cálido, ese tono cobrizo era una mentira, un pobre intento por tranquilizarlo y mantenerlo a raya.
Aunque Io le había asegurado que era normal que sus ideas fueran tan contradictorias, solía regañarse mentalmente cuando creía que no estaba bien tener alucinaciones y al segundo siguiente creía que todo el mundo estaba conspirando en su contra, cambiando su color de cabello, diciéndole cuál era su trabajo, reemplazando a sus amigos o incluso a él.
Todo lo que él quería era una segunda oportunidad, segunda oportunidad para entender lo que le sucedía; una segunda oportunidad para recuperar su cordura.
—¿Qué te ha parecido la reunión?
La pregunta de Aioria lo sacó de sus pensamientos. Aún con su postura relajada de brazos, estiró las piernas y miró hacia arriba, las escaleras parecían solitarias y fuera de ellos no había nadie más.
—Me sentí como un pez en el agua, todas esas personas son tan agradables, muero por estar en la próxima reunión, tal vez pueda traer mi monóculo, sombrero de copa y reloj de cuerda y hablar sobre mis plantaciones de algodón y mis esclavos…
—¿Desde cuándo eres tan irónico? Generalmente eres más pasivo.
—Siempre he sido así, ya sabes, me encanta ser un bocón.
Aioria negó con la cabeza. No. Milo no era así.
Milo siempre trataba de no explotar, era tranquilo, se guardaba sus comentarios. Por lo general quien expresaba lo que pensaba era Shura, o él cuando eran un dúo; la llegada de Shura había hecho que se separan un poco, Milo se había pegado mucho al pelinegro y él había estrechado lazos con Marín, tanto que ahora estaba atado a ella.
Pero eso no se trataba de la larga cadena que Marín había puesto en él, sino de lo raro que estaba comportándose su viejo amigo. Aioria sabía que Milo odiaba el cabello largo, sabía que a veces solía dar un paso atrás cuando las cosas se ponían muy pesadas o serias para no crear un gran conflicto, sabía que Milo amaba su trabajo y evitaba hablar de su abuelo porque siempre terminaba llorando. La persona que estaba a su lado era alguien completamente diferente, pero igual, era Milo, su Milo, la persona que lo había acompañado en todos los momentos importantes de su vida hasta ese momento.
Milo, una chica.
No, era un chico. El hombre que estaba a su lado era Milo. También era Milo.
—Fue interesante, pero no diría que mucho, no volveré a hacer eso, al menos que des algo más que pequeños sandwichitos y galletitas —la voz de Milo lo sacó ahora a él de sus pensamientos—. Debes terminar con Marín.
—¿De qué estás hablando?
—Ella no te hace feliz, diría que te está destruyendo.
Aioria lo miró sorprendido. Milo siempre se guardaba sus comentarios, siempre evitaba las confrontaciones porque no quería alterarse.
—¿Qué estás…? ¿Lo dices por esa chica que mencionas? ¿Cómo se llamaba…? Lyfia, ¿Lo dices por Lyfia? ¿Tu amiga imaginaria?
—¡Yo no invento nada! —No lo hacía, todo lo que soñaba o veía era real, lo sabía, lo sentía— Y no es eso, es por tí, eres mi amigo Aioria, me preocupas, idiota, pedazo de idiota, ¡¿cómo puedes ser tan estúpido?!
Milo se levantó de su lugar y comenzó a bajar las escaleras. Explosivo. Tenía semanas comportándose de esa forma, desafiando la tranquilidad de su vida.
Segunda oportunidad, necesitaba una segunda oportunidad; dejar de ser pasivo para convertirse en el protagonista de su historia. Y necesitaba la verdad, toda la verdad. Ahora estaba seguro de que no perdía la cabeza lentamente.
Al día siguiente se levantó temprano, pasó tres minutos pegado a su reloj para asegurarse de tomar su gotita a tiempo y después entró al baño para tomar una ducha. Aún estaba algo dormido, pero sentía que su mente comenzaba a activarse. Sus conexiones neuronales estaban estrechándose y él recordó mientras se vestía que ese no era su departamento.
No tenía una pared con un enorme pizarrón lleno de notas sobre las tareas pendientes, o pequeñas figurillas de cerámica que su madre le había dado. Tampoco tenía una singular mezcla entre eso y sus propias figuras de algunos monstruos provenientes de sus películas favoritas.
No, ese era otro departamento. Ese era un lugar que bailaba entre dos visiones y no se decidía por alguna, un lugar donde era más evidente que algo no anda bien. Ahora podía verlo, definitivamente no estaba volviéndose loco, sólo veía las cosas de manera diferente, desconociendo el por qué, sólo sabía la respuesta.
Salió del departamento despierto, listo para un nuevo día.
Le ayudaría cambiar la forma en la que estaba organizado su departamento, quitar ese extraño pizarrón y colocar todas las fotografías que su madre le enviaba; visitaría a sus padres y se daría una vuelta por la casa de su abuelo…
Milo detuvo su paso por las calles de la ciudad; acababa de salir del metro, aún tenía tiempo y no había desayunado. Sus planes se interrumpieron cuando se dió cuenta de que su abuelo no estaba, ya no existía ahí. "... un año después comenzó a usar bastón, después pasó a la silla de ruedas y falleció cuando tenía dieciséis"; rememoró, con la voz de una chica que ya había escuchado antes, en sueños, o en la realidad, no lo sabía.
—¡Milo!
El llamado lo hizo saltar en su lugar. Al voltear hacia atrás vió a Aioria acercarse corriendo a él. El castaño usaba una camisa debajo de su vieja chaqueta de mezclilla y tenía un pequeño morral consigo. Se quedó en su lugar y cuando su amigo se detuvo frente a él sonrió algo tenso; nunca habían discutido hasta la noche anterior. Para Aioria, esa era la muestra clara de que algo había ocurrido con Milo, algo había cambiado, o reemplazado en realidad, no podía quitarse esa idea de la mente desde la noche anterior. El hombre frente a él no era Milo, su Milo.
—Yo… —Aioria se llevó la mano a la barbilla y rascó el arete que portaba desde la adolescencia, un símbolo de rebeldía, de cuando Aioros le dijo que no tenía voluntad para revelarse a los otros— ¿Quieres un café?
Aioria lo llevó a un café cercano, recordando anécdotas que Milo no sentía como suyas, a pesar de también recordarlo. Eran de ella, pensaba, esa no era su vida, era de ella.
—Escucha Milo, eres mi amigo y aprecio lo que dices, te preocupas por mí y yo también me preocupo por tí —dijo Aioria, volteando a verlo cuando ya estaban formados para pedir su bebida— comprendo tu preocupación, y estoy sorprendido porque creo que ayer fue la primera vez en más de diez años que vi que no te provocabas una úlcera por no expresar lo que piensas.
—Ahora resulta que una persona no puede decir lo que piensa sin que lo llamen gruñón —Milo rodó los ojos y sonrió—. Está bien, no hay problema, sólo no te pongas romántico conmigo, estás apuntando al lugar equivocado.
—Sí, cómo no, ya quisieras…
Esa fue la primera vez en meses, desde que comenzó a ver a Io y desde que comenzó a tomar su medicamento, en la que pudo reír libremente. Aioria era igual, no importaba en cual realidad, siempre era ese amigo bonachón con el que las charlas podían fluir sin necesidad de conducirlas a algún punto. Milo asintió mientras veía al castaño pedirle sus bebidas a la chica tras el mostrador cuando fue su turno; ahora que veía un nuevo amanecer, las cosas bajo un filtro diferente, pensó que podía utilizar esa segunda oportunidad para mejorar la vida de aquellos que lo rodeaban, iniciando con sus más cercanos.
A diferencia de ella, él no tenía que ponerse un filtro o mantenerse en silencio para no explotar. Era una segunda oportunidad para cambiar.
—Oye, la barista nos dió nuestros cafés más rápido que a los otros.
—Es porque somos clientes frecuentes y leales, y siempre le doy propina extra a Lithos.
—¿De verdad crees que es por eso? —Milo miró a la chica sonreirle a uno de los clientes antes de mirar de reojo a Aioria— ¿No crees que tal vez tiene preferencias especiales por nosotros? O… tal vez…
—No insinúes cosas dónde no lo hay —interrumpió Aioria dándole un sorbo a su café—. Apenas la conozco, sólo es la chica que nos vende café.
—¿Y eso qué? Shura apenas y conoce a su novia, ayer no pudo recordar cuál era su apellido e inventó que no era necesario dar más información a un montón de desconocidos.
Aioria rió ante el comentario, era cierto, pero ambos ya sabían que no era válido porque Shura parecía salir con esa chica porque no tenía más opciones.
Con una mesa para ellos y la discusión sobre si Lithos tenía o no sentimientos hacia Aioria, Milo creyó tener una una mañana tranquila.
Aún tenía alucinaciones, pero sospechaba que ya no le faltaba mucho para comprender lo que le sucedía. Estaba encerrado en una habitación oscura que lenta y progresivamente se abría para darle paso a la luz, no podía acelerar el proceso, sólo le quedaba esperar hasta que la puerta estuviera abierta lo suficiente para que él pudiera escapar. Y mientras tanto trabajaría en su entorno, era una segunda oportunidad para cambiar algunas cosas de su alrededor, Aioria era el primer tema,después vería lo que haría con Shura.
Intentó poner atención a una de las historias universitarias de su amigo hasta que sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda. Lo observaban. Una rápida mirada al local le mostró que no se equivocaba. Del otro lado del local, separados por la fila frente al mostrador, había dos sujetos que Milo reconoció de inmediato, que lo miraban de reojo mientras tomaban sus cafés.
—Aioria, dame un minuto.
Murmuró, alejándose de su lugar y dejando a su amigo a mitad de una oración. A paso lento avanzó hacia donde estaban los hombres, mirándolos decidido; al estar frente a ellos se sentó en la silla vacía y se recargó en la mesa.
—Kanon, Saga.
—¿Sabes quienes somos?
Cuestionó uno de ellos, alzando una ceja y con una sonrisa divertida, mientras el otro le daba otro sorbo a su café. Milo, en cambio, sin saber por qué, adoptó una pose más relajada y miró de inmediato las manos de los gemelos, ambos tenían un anillo idéntico, con una piedra cuadrada negra al centro, en el anular de su mano derecha.
—La pregunta no es si sabe quiénes somos, la pregunta es, ¿sabes quién eres?
Las palmas de las manos le sudaban. Meses atrás no habría sabido responder a esa sencilla pregunta, ni siquiera podía asegurar si era completamente rubio o pelirrojo o cuál era su nombre completo, sabía que era Milo, ¿pero que Milo era?
Ni siquiera entonces, con sus pensamientos contradictorios, la falsa ilusión de estar bien y su extraño medicamento que le producía más alucinaciones en lugar de disminuirlas, podía asegurarlo. Todo lo que sabía era que ese no era su lugar, su vida o su realidad. Estaba ocupando el lugar de alguien más y aprovechándose de eso, si era honesto.
—¿Ustedes lo saben?
Uno de los gemelos soltó una carcajada que llamó la atención de algunos clientes, el otro, un poco más serio, sólo lo evaluó con la mirada.
—¿Qué es lo que tienes? ¿Qué sabes?
—El valor absoluto es el número que representa la cantidad prescindiendo del signo o sentido de la misma, y el valor relativo es el sentido de la cantidad, representado por el signo —murmuró, alzando los hombros—. Mi doctor dijo que a veces la mente falla, el estrés o esas cosas de la vida común… pero, hay ocasiones en las que falla por algo más grande, fuera de nuestro control, más allá de nuestra comprensión.
Mientras explicaba, los gemelos intercambiaron una mirada y pasaron a apoyarse también en la mesa, atentos a sus palabras. Esa no era una explicación normal, era un confuso intento por dar respuestas, con una extraña afirmación matemática.
—¿Tu doctor? ¿Perdiste la cabeza, Milo? —interrumpió Kanon, con un tono burlón que silenció la mesa.
—¿No lo he hecho ya? ¿Por qué estarían aquí si no es por eso?
—Tal vez sólo debíamos asegurarnos de que estuviera bien, tal vez alguien estaba inquieto o inquieta porque no sabíamos nada de ti, tal vez no quiere que te contactemos y sólo te veamos de lejos, tal vez no quiere involucrarte de nuevo.
—Es muy egoísta de su parte tomar decisiones por mí —Milo se movió hacia adelante, para mirar más de cerca al gemelo con el que hablaba—. Podrías decirle que no puede involucrarme más de lo que ya lo estoy, después de todo, estoy aquí por involucrarme ¿no?
—Cierto…
—Regresando a lo del doctor —interrumpió el otro gemelo, dejando su vaso desechable de café vacío sobre la mesa—. Estoy intrigado por él, me suena bastante llamativo.
—¿Cómo se llama? Apuesto a que está obsesionado con alguna criatura marina o algo por el estilo, debe ser un raro tipo ermitaño.
Milo sonrió y miró a su alrededor. Era la primera vez que hablaba con esos hombres, de hecho, era la primera vez que los veía, pero ahí estaba, hablando con ellos como si fueran viejos amigos, contándoles cosas que nunca había hablado con sus verdaderos amigos.
Intentó pensar en alguna extraña característica de Io, algo que no fuera común, anormal, pero lo cierto era que todo en el joven doctor era extravagante: su forma de vestir, su forma de hablar o su forma de actuar. Parecía ser nuevo con el idioma y tenía ciertos problemas para manejarlo, algo que contradecía su afirmación de llevar años viviendo en Grecia
—Relojes —respondió por fin—. Tiene muchos relojes.
Los gemelos volvieron a intercambiar una mirada, y por un momento, un segundo que Milo sí notó, se habían mostrado sorprendidos, emoción que fue eliminada de inmediato.
—¿Lo conocen?
No hubo tiempo de responder, Aioria se acercó con una expresión de disculpa y una sonrisa tensa. El tiempo se le había agotado, él tenía una clase que tomar y Milo recordó en ese momento que todavía tenía que dar clases, para su desgracia. Ambos amigos se fueron entre discusiones y burlas de parte del de cabello largo debido a que el castaño se había dado la vuelta de último minuto para despedirse de Lithos con un movimiento rápido. Con Milo lejos, los gemelos dejaron sus expresiones serias y se relajaron contra sus asientos.
—Mi-er-da.
Saga se talló el rostro con las manos y Kanon, a su lado, sólo sacó sus lentes oscuros que colgaban de su playera y se los colocó con tranquilidad.
—¿Sabes quién es el relojero aquí? —preguntó el gemelo mayor.
Kanon entrecerró los ojos y cruzó los brazos. Los relojeros de primera generación, los elegidos por el relojero primigenio, tenían ciertas ventajas sobre las otras generaciones, conocían su orden, sabían quién manejaba el tiempo en otras dimensiones, incluso podían llegar a contactarse entre sí si eran lo suficientemente fuertes. Nunca lo había intentado, pero sabía que podía hacerlo.
El problema ahí era que la dimensión era un caos, después de ser eliminada y restaurada de nuevo estaba colgando de una cuerda, la realidad que todos percibían estaba montada sobre la antigua realidad, y todavía había vestigios de las otras realidades que no se habían restaurado, no lo veía, pero lo sentía, todo era pesado y luchaba por dominar. Era desconcertante lo que la falta de una persona podía hacerle a una dimensión.
—Siento… —dijo al fin, después de tomarse un momento para reflexionar sobre la constitución de lo que lo rodeaba— podría ser Hipocampo o Escila…
—Esto es malo, si él está involucrado entonces sabemos que es inestable, apuesto a que es la razón por la que Milo está así, puedo ver confusión y disociación —afirmó Saga, ganándose un asentimiento de su hermano—. No podemos estar mucho tiempo aquí, hay que irnos.
—Te apuesto lo que quieras que yo llegaré primero.
—Sólo porque todavía tengo que llevar este cuerpo a Japón, no seas presumido.
Kanon rió por lo bajo y esperó hasta que vió a su hermano entrar a los baños del lugar. Después de eso cerró los ojos y para el segundo siguiente la cafetería y su cuerpo adulto había desaparecido, ahora era un adolescente, no podía tener más de quince, su cabello largo era azul y portaba un uniforme escolar; era tarde, algunos niños caminaban frente a él, hablando sobre los trabajos escolares y las tareas pendientes, su gemelo estaba ocupado charlando con ellos, o discutiendo en realidad.
—Kanon, no te atrases, esto te interesa —le dijo uno de los jóvenes, de cabello azul celeste y rostro un tanto afeminado—. Nuestra maqueta será sobre la tundra, quiero algo que esté bien hecho para que el profesor Shion no diga que nos vamos por lo fácil.
—No sé, Afro, el desierto es sencillo, solo arena y un estúpido cactus en medio.
—Estás contradiciendo jussto lo que acabo de decir, ¡idiota! —el apeliazul empujó a otro niño con un codazo, uno de cabello negro que de inmediato le respondió a su amigo.
—Podría ser un bosque… cortamos ramas y las pegamos todas en la maqueta... es sencillo, pero no tanto para que parezca que lo hicimos a la mera hora —Saga miró a su gemelo—; ¿qué opinas, Kanon?
Con una sonrisa modesta, idgna de su versión de esa dimensión, se acercó al grupo y pasó un brazo sobre los hombros de su gemelo, mirando a sus otros dos amigos.
—Yo digo que hagamos algo sobre el Polo Norte, fondo blanco, un pingüino si quieren, Afrodita escribe un discurso brillante, Shura hace los efectos de mucho viento, yo encanto a todos con mis explicaciones…
Las discusiones escolares continuaron por un par de minutos más hasta que el cuarteto tuvo que separarse; Shura y Afrodita seguían la challe principal sin desviaciones, los gemelos tenían que dar vuelta a la derecha y después dar otra más para poder llegar a su edificio. Ambos continuaron su camino en silencio, sólo que en lugar de ir a casa como todos los días sin falta, se desviaron hacia un parque cercano de dónde vivían. El lugar estaba casi vacío, algunos chicos que también habían salido de la escuela aprovechaban para pasar su tiempo ahí, comprando dulces con los vendedores locales y disfrutando de los juegos; las madres estaban cerca, casi todos eran niños menores a los diez años, había una escuela cerca para los más jóvenes. Los gemelos se abrieron paso entre ellos hasta que llegaron a los columpios, dónde vieron a un rubio solitario mecerse tranquilo, con los ojos cerrados, disfrutando del momento.
—Está bien —dijo Saga, sentándose en el columpio a su lado mientras su gemelo comenzaba a empujarlo—. Dentro de lo que cabe.
—Entero pero su cabeza es un caos, no sabe quién es, debe tener recuerdos mezclados —completó Kanon.
—Aún conserva el reloj de la reubicadora, él debió de presionar el botón, por eso se intercambiaron.
—Y gracias a eso es que sabe, o siente que algo no anda bien, creemos que también influyó que él fuera más débil, el Mosaico los separó por posibilidades de supervivencia.
—Hay algo más.
Dijeron a la vez, Kanon caminó frente a ellos para sentarse al lado del niño rubio, que continuó meciéndose. La mirada del peliazul se detuvo en la mano del niño, su reloj se veía muy grande para su pequeña mano, casi parecía que se le caería en cualquier momento.
—El relojero hizo contacto con Milo —comentó.
—Dijo que era su doctor, aún no sabemos qué le ha dicho o qué es lo que sabe—Saga se detuvo, ahora era el turno para que su hermano comenzara a moverse—. intentará despertar a Milo, imagino que quiere saber que sucedió, te sugiero que vayas y hagas tu magia…
—Si puedes —interrumpió Kanon, moviéndose más lento para mirar al niño —. ¿Cómo te sientes?
—Extraño cuando todos creían que había muerto.
El niño detuvo su movimiento lentamente, hasta que sólo pudo mecerse con los pies en el suelo, sin prisa por volver a disfrutar del juego.
—Vaya, Shaka el iluminado quejándose, quien lo diría —Kanon también se detuvo, esperando a que el niño continuara.
—La mente de Milo es un laberinto, ustedes lo vieron, tardé diez dias en sacarla de ahí, no podré hacerlo con él, en especial considerando que el Mosaico se lo llevó a él, ella ya lo estaba reemplazando cuando estaban juntos, que él ahora esté allá es más complicado, hay capas de realidad sobre capas de realidad, y está comenzando a expandirse, no sólo en el A, ¿pueden sentirlo? —el niño frunció el ceño y abrió los ojos, lentamente, la luz le molestaba.
Los gemelos miraron a su alrededor, reparando en su entorno por primera vez desde su llegada. El ambiente no estaba tan pesado como en el nivel A, pero podía percibir cierto picor en el aire, una sensación extraña y algunas cosas fuera de lugar. Ambos intercambiaron una mirada sobre la cabeza del niño, estaban lejos del nivel A, demasiado, pero podían sentir y notar la perturbación en la energía.
—¿Buscamos al relojero entonces?
—Sospechamos que ni él o Milo se detendrán hasta saber lo que ocurre.
—No, Hades me dijo que enviará a alguien, ustedes sólo debían verificar cómo estaban las cosas —Shaka sonrió ante el bufido de los gemelos, siempre les era complicado aceptar sólo hacer un trabajo de reconocimiento—. Si Milo quiere saber la verdad, lo sabrá.
—¿Y el relojero? —volvió a presionar Saga, no podía quitar el dedo del renglón.
—Su enviado especial verificará de qué lado está.
—¿Y ese secreto apoyo es confiable? ¿Cree en nuestra causa? —Kanon alzó una ceja, Shaka en cambio se levantó de su columpio y miró su reloj antes de alzar la vista. Pocas veces lo gemelos habían mirado sus ojos, nunca sus verdaderos ojos.
—Le conviene estar de nuestro lado, si cree o no, no es importante, no ahora, cuando llegue el momento sabremos de qué lado está —el rubio dió un par de pasos hacia atrás y se dió la vuelta.
El reloj había desaparecido y los gemelos no tardaron en notar que se unía a los juegos de otros dos niños, uno alto y robusto que de inmediato corrió hacia un árbol para ponerse contra él y comenzar a contar con los ojos tapados, y uno pelilila que intentó ahogar una carcajada antes de salir corriendo, siguiendo al pequeño rubio que había parecido un poco desorientado antes de ir con sus amigos.
—Un problema menos, por ahora… ¿Quién le dirá a nuestra querida Antares que su rubio igual está sano y salvo.
—¿Por qué no se lo dices tú? Apuesto a que así te odiará menos.
Los gemelos intercambiaron una mirada y asintieron. Al instante siguiente volvieron intercambiar una mirada, confundidos por el lugar en el que estaban; rápidamente esa confusión pasó a una pelea entre ambos, nada fuera de lo común.
Comentarios:
¡Gracias por leer!
Olvidé anotar algo el capítulo anterior, así que como también aparece aquí aprovecho para decirlo; todas las afirmaciones matemáticas de Milo se rigen bajo las estrictas reglas de esta ciencia dura, ya saben, por si de la nada se me ocurre inventarme algo.
En fin, de nuevo, y como siempre, gracias por leer!
