Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.
Se mantuvo en cama después de abrir los ojos, el techo azul claro y los sonidos de una ciudad que apenas despertaba hacían un eco citadino y cotidiano que le revolvió el estómago. Sin embargo, decidió quedarse en su lugar, debajo de las cobijas y con la mirada al frente; una expresión indiferente estaba en su rostro, casi de forma permanente. Después de varios minutos se sentó en la cama y encendió la lámpara que estaba a su lado. La habitación era un completo desorden, pero algo armoniosa, y problemática, podía ver que las cosas parpadeaban, amenazando con desaparecer, era un efecto que duraba poco y al que debía acostumbrarse, en especial cuando su mente se adaptara a su nuevo entorno.
Dejando ese detalle de lado, se levantó y comenzó a buscar entre el desordenado escritorio alguna pista sobre cómo se estaba sobrellevando la situación de ese lado; no tardó en encontrar un cuaderno lleno de varios dibujos, la mayoría arquitectónicos, a excepción de los que estaban en las últimas hojas. Esos eran dibujos detallados de una chica que conocía bien, bastante bien, de cabello corto y coloreado de un tono rojo apagado que lo hizo bufar y rodar los ojos. "Estúpidos", pensó.
Después de inspeccionar la habitación salió hacia el resto del departamento y comenzó a rebuscar hasta que encontró un pequeño gotero con etiqueta egipcia que lo hizo alzar una ceja. Él las conocía como gotas de realidad; debido a que había algunas personas que podían manejar el tiempo-espacio a su antojo, transformando la realidad, las gotas se transportaban entre las dimensiones y niveles como una forma de contrarrestarlo, quien las tomaba podía ver esas transformaciones, luchar contra la falsa realidad. Eran un método efectivo pero lento para él y pronto ya no las necesitaría así que se quitó su reloj de bolsillo que colgaba de su cuello y lo abrió; por seguridad miró su nombre en la tapa y al asegurarse de que todo estuviera en orden presionó uno de los botones que estaban en los lados. La contratapa se abrió y dejó ver un oscuro agujeto en el que dejó caer el pequeño bote.
Admitía que la llamada resistencia sabía inventar y perfeccionar lo ya hecho de forma ingeniosa, lo que en su trabajo le prohibían, ellos lo cambiaban a su antojo, era aún mejor que toda la tecnología que el futuro en otros niveles pudiera ofrecerle.
Pero también existían cosas de ese tiempo que le agradaban, como las cómodas duchas, comida variada y accesible, y el mágico aparato llamado televisión, que en ese momento transmitía una de esas películas que tanto le fascinaban. Si se hubiera quedado en su tiempo sólo hubiera visto los inicios del cine, o tal vez no, el séptimo arte era sólo para la alta alcurnia. El teléfono celular era otra ventaja, cortaba días de comunicación para convertirlos en un par de segundos, mensajería instantánea, decían que se llamaba.
—... creo que es una infección, tengo temperatura y no he dejado de temblar desde que desperté, temo contagiar a los chicos…
—Por supuesto, lo entiendo profesor Sargas, es terrible, ayer se veía bastante bien.
—Lo sé, pero ya sabe cómo es esto…
Estaba entrenado para las más complejas situaciones, como supervivencia en climas áridos o fingir una simple enfermedad para que sus misiones no intervinieran con la vida del Milo de esa dimensión. Fue sencillo engañar a su superior, las mentiras eran importantes para su labor. Después de la llamada falsa salió del departamento, sin detenerse a saludar a la vecina entrometida o al joven rubio que parecía acababa de llegar.
El exterior a simple vista parecía normal, la ciudad estaba tan abarrotada de gente como siempre, el ruido de automóviles, los perros ladrando, el cantar de las aves y el volumen de las voces era un factor distractivo, pero no lo suficiente para sacarlo de su concentración. Los sonidos podrían parecer normales, pero mientras caminaba entre las calles se percató de que existía un leve sonido, un zumbido apenas perceptible que sólo disminuía de volumen; después de unos minutos en el exterior también comenzó a percatarse de que existían sonidos que no pertenecían al ambiente, como risas de niños en lugares dónde no había ni uno o el dulce cantar de varios pájaros que aparecía atrasado, las aves ya estaban lejos cuando su cantar aparecía, escuchándose como si estuvieran sobre su cabeza.
El apartado visual era más notorio. Algunas cosas a su alrededor parpadeaban, los nombres de las calles cambiaban o incluso las vestimentas de las personas parpadeaban. Lo vió en la chica que iba a su lado en el metro, al principio ella iba con una chaqueta azul y pantalones negros ajsutados, pero cuando cruzó las piernas los pantalones desaparecieron por una falta larga y una playera sin mangas blanca, un estilo veraniego. En los veinte minutos que estuvieron sentados uno al lado del otro ella cambió de vestuario otras dos veces antes de bajarse del vagón con su primer vestuario.
Tal vez lo único que detestaba del siglo XXI era la falta de emociones. Extrañaba las emociones fuertes que le traía su época o las guerras del siglo XX. Esa versión de ese siglo en particular era demasiado tranquila, con naciones con sus respectivos conflictos que no escalarían más alto o ninguna amenaza proveniente de otros lugares fuera del sistema solar; no era como el siglo XXI del nivel C, donde un planeta Tierra era invadido por una especie superior o la otra versión dónde estallaba otra guerra sin sentido y con mucho derramamiento de sangre, incluso aceptaba que la dimensión dónde el mundo había sido azotado por otra pandemia era aún más entretenido.
Sospechaba que debido a esa tranquilidad que el Mosaico decidió que la mayor de las calamidades ocurriera ahí. Equilibrio, todo se trataba del equilibrio, una dimensión también podía llenarse de energías negativas o positivas que poco a poco se acumulaban hasta que todo se desbordaba. Esa dimensión podría parecer tranquila, pero por su experiencia se atrevía a pensar las demás dimensiones del nivel A no eran tan tranquilas; no era necesaria una guerra o una pandemia mundial, a veces las acciones de la gente común son las que se acumulan, negativas o positivas, un mal gobernante no determina nada en las dimensiones.
—¡Buen día, Milo! ¿Tan rápido ya es viernes?
Milo se detuvo ante el saludo del chico de recepción. No lo había notado cuando entró, tampoco lo consideraba importante.
—Necesito hablar con tu jefe —le respondió, ignorando el saludo y la pregunta.
—Io tiene una visita programada para dentro de veinte minutos, deja le pregunto…
—Yo lo haré, no quiero interrupciones, niño.
—Pero… ¿Milo?
Haciendo caso omiso de las llamadas del joven, que estaba sorprendido por la actitud del hombre, Milo se adentró al lugar y abrió la puerta de la oficina, asustando al pelirrosa que estaba detrás del escritorio, usando lentes con gran aumento debido a que estaba trabajando en un reloj. Un rápido vistazo al lugar dió como verdadera la información que le había dado Hades un par de horas atrás, el pelirrosa era el relojero del lugar.
—¡Milo! ¡Hola! ¿Ocurrió algo?
—Dímelo tú.
Ignorando al joven detrás de él, entró al lugar tranquilo y se sentó en una de las sillas frente al escritorio, subiendo los pies sobre él y poniendo las manos detrás de la cabeza.
—Dije que no quiero interrupciones, niño, a menos que seas hospitalario y me traigas algo de beber, el servicio hasta ahora ha sido terrible.
Shun abrió la boca, levemente ofendido por la indiferencia de Milo. En todos los meses que llevaba conociéndolo el mayor nunca le había hablado de esa forma, como si fuera un simple empleado a su servicio. Io sólo lo miró de reojo antes de indicarle con la cabeza que se retirara.
—Atrasa mis visitas, por favor, Shun —dijo, con una gran sonrisa que no mostraba los dientes, incluso sus ojos estaban algo entrecerrados, mostrando que no pasaba nada.
Cuando el chasquido del seguro de la puerta cerrándose sonó lo único que se escuchó fue el avance del segundero de los relojes en la habitación. Io continúo sonriendo y Milo continúo con su postura tranquila, ambos evitando verse. Era extraño para el paciente estar así, por lo general era bastante agresivo, iba sin retrasos, directo a enfrentar el problema, pero el doctor tenía una aura inquietante que le decía que debía actuar con cautela, fácilmente podía ser traicionado por el hombre, o convertirte en un peón más de su tablero.
Y aún imaginando ese escenario, sabía que debía arriesgarse, estaba ahí debido a eso, si tenía éxito entonces las piezas del tablero comenzarían a moverse, y si fallaba no había diferencia, de todas formas sería utilizado, por un bando o por el otro.
—¿Y a qué debo tu exabrupta intervención en mi consultorio? ¿Ocurrió algo con…?
—¿Todavía continuarás fingiendo que no sabes quien soy?
Milo vió de reojo al hombre y levantó una ceja. Lentamente bajó los brazos y los puso sobre su regazo, usaba una chaqueta de cuero y una camisa, pero su estilo moderno no evitaba que la cadena de su reloj de bolsillo, que estaba guardado en la parte interna de su chaqueta, no se luciera. Incluso notó cómo Io mantenía su mirada en ella por un par de segundos antes de regresar a verlo, manteniendo su sonrisa
—¿Quién eres? Eres Milo… ¿o acaso estamos jugando a las adivinanzas?
Io tembló ligeramente cuando sus ojos se encontraron con los de su paciente. Había algo escalofriante en ellos, algo que lo hizo temer por su vida.
—Si estuviéramos adivinando… diría que no eres mi paciente —señaló, sintiendo de repente que su vida peligraría si no iba directo al grano—, eso me lleva al siguiente punto importante, ¿por qué estás aquí?
—Vas a introducirme en la realidad —dijo Milo, bajando los pies y sacando su reloj.
—¿De dónde vienes?
Milo negó con la cabeza, no respondería.
—Se acabaron las preguntas para ti.
Io soltó un leve bufido. Reubicador; ese Milo era un maldito reubicador. La mayoría de esos soldados eran gente sin la mínima educación o respeto; creían que él trabajaba para ellos y que podían ordenarle cualquier estupidez que se les ocurriera. En realidad ellos trabajaban para él, si hacían sus viajes y aparecían en su dimensión era porque Io lo permitía, bien podía cerrarse y no permitir el libre tránsito dentro de su espacio-tiempo.
—No haré nada, si no sé nada —puntualizó. Entonces Milo se quitó su reloj y lo dejó sobre la mesa, dejando que él prácticamente se avalanzara sobre el reloj de bolsillo para estudiarlo—. Me parece justo viendo que pareces saber más que yo.
—Primero me insertarás en la realidad. Quiero que este Milo vea todo como es, que recuerde, es lo que tú también quieres, ¿no? Creo que ambos nos beneficiamos al despertarlo.
Io abrió la tapa, apreció los números romanos y las negras manecillas que tenían alrededor una dorada cuerda de metal que se fundía con las puntas en forma de flecha. La contratapa tenía en medio el nombre de Milo con letras en cursiva y el borde circular estaba adornado con pequeños círculos. Al levantarlo a contraluz vió que en el vidrio protector del reloj, casi de forma imperceptible, estaba grabada una sirena.
No era como las famosas sirenas de las películas, mujer de exuberante figura de la cintura para arriba y belleza etérea, pero con piernas en forma de aleta; la sirena dibujada en el reloj de Milo, que había visto en varios relojes antes, era una sirena clásica griega, alada y con piernas de ave, pero cabeza de mujer, una bella mujer que encantaba a los marineros con su canto, de los pocos detalles de los mitos que no habían sido cambiados.
—Lo haré… —terminó por aceptar; era verdad al final del día, quería despertar a Milo, a ese Milo, y no podría hacerlo rápidamente sin el reloj.
La declaración del relojero fue interrumpida cuando la puerta fue abruptamente abierta de nuevo, en esta ocasión, por tres intrusos a los que Shun también estaba persiguiendo para decirles que Io estaba ocupado con un paciente y otro más no tardaría en aparecer. Todos en la habitación se mantuvieron en silencio, mirándose entre sí, a excepción de Milo que continúo en su lugar, sin moverse; la atmósfera se llenó de pesadez e incluso Shun tuvo un leve escalofrío, prediciendo que algo sucederá.
—Intenté… —comenzó a explicar en voz baja, abriéndose paso entre los dos intrusos y la mujer que estaba con ellos— Intenté decirles que estás ocupado pero insistieron y la señora Thalassinos llegará en quince minutos…
—Shun —Io volvió a sonreír, cerrando la tapa del reloj de bolsillo y recargándose en su asiento—. Está bien, ¿por qué no mejor te tomas la tarde libre?
—Pero, la señora Thalassinos…
—Hablaré con ella, no te preocupes. —Shun asintió indeciso y se dió la vuelta lentamente, volteandose de inmediato cuando su jefe le habló de nuevo— Cierra la puerta cuando te vayas, por favor, esta y la de la salida.
En la habitación lo único que se escuchó, de nuevo, fueron los segunderos de los relojes en la repisa que Io miró antes de suspirar. Milo, por su parte, se mantuvo en su lugar, incluso cuando escuchó que uno de los recién llegados caminó hasta detenerse detrás de él.
—Y decían que sería complicado —dijo uno de los hombres con una sonrisa burlona—, pero sólo miren, el famoso Milo y nuestro relojero sin reportar, juntos.
—No me sorprende —respondió el otro, bajando el cierre de su chaqueta negra.
—Si algo le pasa a mi reloj te mato, no lo pierdas —le susurró Milo a Io, que tembló ligeramente ante la advertencia, sabía que no era algo para tomar a la ligera.
—Trata de no destruir mis relojes —sugirió el pelirrosa con un ligero temblor en la voz antes de escurrirse por su asiento y ocultarse debajo de su escritorio.
Milo se levantó rápidamente de su lugar, pateando la silla hacia atrás y dando una vuelta sobre su propio eje para terminar semi sentado sobre el escritorio. Los intrusos habían dado un paso atrás, asustados ante el veloz movimiento, pero su expresión de inmediato cambió para mostrar determinación.
—No opongas resistencia, Milo.
Quién parecía el líder dió un paso al frente, del interior de su chaqueta sacó dos pulseras plateadas que unió para formar un par de esposas. Sus compañeros detrás de él hicieron lo mismo, preparándose para pelear.
—Tengo una pregunta antes de iniciar —dijo Milo, quitándose su chamarra y comenzando a doblar las mangas de su camisa—, ¿ese es su cuerpo original o están interviniendo otros cuerpos? No queremos que sus versiones aquí terminen en el hospital, ¿o sí?
Los dos reubicadores al fondo bajaron ligeramente los brazos, y la mujer habló, con voz baja y algo nerviosa.
—Lo sabe, no es él.
—¿Yo no soy yo? ¿Quién podría ser, entonces?
Dicho eso, en un rápido movimiento Milo se separó del escritorio y dió dos pasos al frente, hasta donde estaba el primer reubicador, al que golpeó en la tráquea con la punta de los dedos de la mano derecha.
El hombre se tiró al suelo con las manos en la garganta, comenzando a toser desmesuradamente. Fue un golpe certero y potente que dejó a todos sorprendidos, el segundo hombre, más alto y corpulento que su compañero reaccionó sólo cuando sintió un golpe en su costado derecho y vió un desordenado cabello rubio moverse hacia atrás; ahora iba por la única chica. Ella salió más rápido de su estupor, cuando Milo estuvo frente a ella preparado para golpearla justo en el rostro, gracias a eso alcanzó a moverse y golpearlo en el pecho.
Los habían entrenado para eso, a veces el trabajo se volvía complicado y necesitaban reaccionar rápido, en especial teniendo en cuenta que las personas a las que se enfrentaban podían manejar el tiempo y su realidad. Debían resistir el dolor y continuar luchando, estaban en una guerra, no había tiempo para detenerse y sufrir.
Ella aprovechó que Milo dió un paso atrás para intentar lanzarle una patada, pero él logró protegerse usando los antebrazos. Era rápido, muy rápido, ella ni siquiera había bajado por completo la pierna izquierda cuando él la sostuvo desde la rodilla e intentó doblarla hacia arriba. Iba a romperla, ella lo supo en el breve momento en el que intercambiaron miradas. Era aterrador pero eso hizo que en un breve destello recordara que había escuchado rumores, antes de que la crisis de Milo explotara, sobre un reubicador que había sido dado de baja por su excesiva violencia; incluso ellos que despreciaban a las personas que capturaban, tenían límites.
Antes de que Milo pudiera completar su propósito, el segundo hombre, fornido y alto, lo sostuvo por el cuello y lo jaló hacia atrás, obligándolo a soltar la pierna de la mujer. Milo llevó las manos al brazo que lo sostenía; si estuviera en su cuerpo podría liberarse con facilidad y acabar con esos tres, en ese cuerpo no podía hacer mucho, era un cuerpo al que le faltaba entrenamiento, en los escasos minutos que llevaban peleando ya se sentía agotado.
El primer hombre también estaba levantado, respiraba con dificultad y aún continuaba escupiendo sangre, pero eso no evitó que se acercara a ellos y golpeara a Milo un par de veces en el torso, no era nada comparado con la gran herida que le habían causado, pero estaba dispuesto a vengarse.
Io, desde su lugar bajo su escritorio, se asomó sorprendido. Había algo de sangre frente a él que había escupido el reubicador; fresca y roja, brillante. Considerando que estaban peleándose en su oficina, justo cuando iban a buscarlo, supuso que eso lo obligaba a tomar una decisión. Odiaba intervenir, físicamente era inútil y mentalmente era algo inestable, pero no tenía más opciones, lo supo cuando vió a Milo resistir un par de golpes más y mover la cabeza hacia atrás para darle un cabezazo al hombre que lo sostenía, liberándose de su agarre y provocando que los dos cayeran al suelo. El tercero, de la tráquea lastimada, también los acompañó al lanzar un golpe al aire que lo desestabilizó.
Milo se levantó con problemas, estaba algo mareado y su visión era doble; no tuvo tiempo de tomarse un momento para recuperarse, cuando de inmediato la mujer del grupo se acercó a él para intentar rematarlo con un par de golpes que intentó esquivar. Necesitaba deshacerse de ellos uno por uno o estarían así toda la tarde. Ya que ella era su rival de turno, se concentró en sus movimientos y logró regresarle un par de golpes para terminar por empujarla hacia uno de los sofás, lo que provocó su caída hacia la parte trasera del mismo.
Milo intentó acercarse a ella, pero de nuevo uno de los hombres se había levantado y lo empujó contra el escritorio al centro de la habitación para intentar ponerle las manos en la espalda y lograr controlarlo.
Io rápidamente salió de su escondite cuando eso sucedió. Colgándose el reloj de Milo se levantó y caminó hacia su estante de relojes. El estante era completamente de cristal, temblaba cada vez que uno de los luchadores a sus espaldas caía al suelo o los muebles se movían ante el movimiento de la pelea. Io sacó sus llaves con cuidado y frunció el ceño, siempre olvidaba cuál era la llave del estante, tenía muchas debido a que siempre estaba en movimiento, incluso en su país de origen, no le gustaba mantenerse estático por mucho tiempo, y tenía lugares ocultos en caso de que una emergencia se hiciera presente, como en ese momento.
Mientras Io trataba de meter cada una de sus llaves en su cerradura, Milo ya le había clavado al hombre fornido un pequeño y delgado destornillador que estaba en el escritorio en la mano, el otro estaba tosiendo sangre en una esquina después de haber vuelto a ser golpeado en la tráquea con el codo y la mujer estaba intentando recuperarse de una fuerte patada que le había sacado el aire. Los tres estaban magullados y sangraban, al igual que Milo.
Podía sentir que el cuerpo que ocupaba estaba al límite, los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos, su respiración era errática y sentía que ni todo el oxígeno del mundo serviría para estabilizarlo; iba a desmayarse. Por un breve segundo, mientras el hombre fornido se acercaba a él listo para otra pelea, recordó cuando era más joven.
Los entrenamientos de Kardia siempre iban al límite, las primeras veces que peleó contra él ya habían sido olvidadas, era joven y se desmayaba casi de inmediato. También había olvidado todas las veces que estaba poco caer inconsciente, cuando su mente bailaba entre un estado y otro, cuando todo lo que olía y saboreaba era su propia sangre y alcanzaba a ver, entre su vista nublada por la semi consciencia y los ojos morados, era el puño de Kardia dirigirse contra él y una y otra vez, goteando sangre.
—¡Oye! —Io se alejó de su estante de vidrio cuando él reubicador alto y fornido terminó estrellándose contra él.
El estante se quebró de inmediato, y pequeños fragmentos de vidrio cayeron sobre la cabeza del hombre. Io miró a Milo molesto, cosa que pareció no importarle al rubio que sólo dió una vuelta sobre su eje, buscando su chamarra.
—Nos iremos, este lugar ya no es seguro.
—O podría ser el lugar más seguro del mundo —dijo Io, volviendo a sonreír mientras buscaba entre los vidrios los dos relojes que le faltaban—. El lugar más seguro del mundo… ¡La Casa Blanca en Washington! The safest place in the world… Washington D.C…
Milo sacudió su chaqueta y miró de reojo al relojero comenzar a tararear con una suave sonrisa y la cabeza moviéndose de un lado al otro, al pelirrosa ni siquiera le importaba que se estuviera cortando con los pedazos de vidrio, sus dedos estaban heridos pero él continuó moviendo los vidrios, buscando sus relojes.
Eso no era lo más peculiar que Milo hubiera visto alguna vez; después de sacudir su chaqueta se acercó al lugar en el que estaba el líder del trío de reubicadores y revisó sus signos vitales. Su corazón aún latía, pero sabía que necesitaba un médico.
—¿Puedes enviarlos a la base?
—¿Enviarlos?
Io detuvo su búsqueda y miró al hombre tirado frente a él. Claro que sabía desactivar un reloj y regresar a su dueño al lugar del que venía, pero nunca lo había practicado; la teoría era más clara que la práctica.
—¿Puedes hacerlo o los dejamos aquí? Tal vez el chico de la entrada regrese.
Ajeno a las ideas de Io, Milo sólo se concentró en el reloj que usaba el hombre en el suelo. Si pudiera ya lo habría hecho, pero el reloj de otro era sagrado y a pesar de que Kardia sabía algunos aspectos básicos nunca se tomó la molestia de enseñarle. Iba a volver a preguntar, sintiendo que un dolor de cabeza iniciaba, pero se ahorró la molestia al ver que el hombre del estante ya no estaba. Io celebró en silencio y se acercó a Milo y al herido frente a él, debía apresurarse antes de que olvidara cómo era la combinación.
Milo sólo lo miró de reojo, cuando Io estiró el brazo vió que este estaba ocupado por varios relojes, de distintos tipos y tamaños.
—Dejala a ella, tengo preguntas.
Io asintió ante sus palabras y miró a la chica de reojo durante su camino a la ventana izquierda. Un lugar seguro, necesitaba un lugar seguro y enviar a Milo al hospital.
—Daremos un salto —anunció abriendo la ventana—. Me gusta viajar así, aprovechemos que esta realidad es flexible, abriré el camino, pero no tardes.
Explicó mientras se sentaba en el filo y volteaba a verlo, justo en el momento en el que la mujer intentaba usar su reloj y Milo le pisaba la mano con fuerza.
—Bien.
Tampoco tenía mucho tiempo, estaba próximo a perder la consciencia, apenas la adrenalina dejara de correr por su cuerpo él caería exhausto. Después de ver a Io dejarse caer, levantó a la mujer a jalones y se asomó por la ventana; no había nadie en el suelo, lo que era una buena señal. Primero cargó a la mujer y la dejó caer, a pesar de que ella intentó luchar con las pocas fuerzas que le quedaban, después hizo lo mismo que el relojero y se sentó al borde de la ventana.
Sin detenerse a pensar y sosteniendo su chaqueta, Milo se impulsó con las manos y se dejó caer; estaban en un décimo noveno piso, por lo que él pudo percibir cómo la tarde griega cambiaba por un lugar cerrado .
—¿Dónde estamos?
Preguntó cuando cayó al suelo de rodillas, demasiado cansado como para caer bien a pesar de sentir que sólo había dado un pequeño salto. Frente a él Io estaba sentado sobre la mujer ya desmayada y con las manos esposadas.
Era un lugar con mucha luz, estaban arriba de un pasillo metálico, del lado derecho de Milo había grandes ventanales sin vidrio que mostraban un cielo gris, a su izquierda una enorme campana abarcaba toda su línea de visión.
—El lugar más seguro del mundo, siempre hay que esconderse a plena vista, con los ojos de todos sobre ti. Este es el reloj más famoso en la mayoría de los lugares del Mosaico, ¿lo sabías?
—¿El Big Ben? —Milo volvió a ver la campana y sonrió. Sólo volvió a ver al relojero cuando sintió algo de papel sobre su nariz, ni siquiera había notado que estaba sangrando.
—¿Por qué la trajiste?
—Quiero saber qué es lo que saben, no lo oficial, los rumores.
—¿Y después?
—Me insertaras en la realidad, es difícil entrar aquí, si había tres pronto habrás cuatro y luego cinco, después veinte o cien.
Io asintió y estiró la pierna para subir la parte baja del lado izquierdo de su pantalón hasta la rodilla. Al tocar su pierna poco a poco fueron apareciendo diversos tatuajes, de distintos tamaños y formas, en un lenguaje que nadie más comprendía además de él, ellos en realidad, los relojeros.
—Este lugar es un desastre, me gusta observar todo desde aquí, el reloj —dijo señalando hacia abajo— le hice algunos cambios, controlo todo con él, puedo confundirlos, la dimensión será sellada.
—¿Por qué no lo hiciste antes?
—Porque no sé lo que sucede —Io se quitó el reloj de bolsillo que colgaba de su cuello y se lo dió a Milo—. Pero estás aquí y supongo que me iluminaras.
Milo sonrió y sostuvo su reloj con fuerza.
—Primero me insertaras en la realidad, quiero que él vea todo como es y lo recuerde.
—¿Algo en particular que debe recordar? —cuestionó Io, curioso.
—Alguien, en realidad, ya debiste conocerla.
Io rió por lo bajo, claro, la chica pelirroja, de cabello corto y rasgos finos.
—Estoy ansioso por escuchar la historia completa.
El relojero miró su pierna descubierta; tampoco había hecho un bloqueo de ese tipo, pero también tenía un tatuaje sobre eso, justo debajo de la rodilla, en el límite del inicio del muslo. Por lo menos al fin obtendría todas las respuestas.
