Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.
La amaba.
¿Cómo no amarla cuando eran la misma persona? Teóricamente.
Tenían un pasado semejante, pero no igual; eran diferentes en muchos sentidos, pero en esencia eran como las dos caras de una moneda, en los momentos clave tomarían las mismas decisiones porque pensaban igual, los mismos instintos los guiaban. Su esencia, según le habían dicho, era la misma. Eran exactamente iguales.
No estaba absurdamente enamorado, no era tan narcisista, pero la amaba. Claro que la amaba, de diferente forma, tan natural que no podía explicarlo, era un sentimiento vivo, latente, que ya estaba con él desde antes de saber que ella existía; era puro y natural instinto.
Y quería tocarla. Aún necesitaba asegurarse de que ella fuera real. Durante todo el tiempo en el que vivieron juntos en su pequeño departamento, Milo la observó dormir varias veces, pensando en tocar al menos uno de sus cabellos; cuando ella dormía hasta muy entrada la mañana y él tenía que buscar trabajo desde temprano, solía estirar la mano hasta que sentía que estaba a punto de tocarla, a milímetros de sentir la piel de sus mejillas y el calor que desprendía.
También había querido golpearla varias veces, en especial cuando ella le contaba sobre Aioria y la loca de Marín, como la había bautizado, o sus metidas de pata, o su falta de acción en la niñez ante los insultos de los demás niños. Había muchos aspectos de ella que merecían un gran golpe de su parte, algo que la hiciera reaccionar.
La amaba y por eso estaba dispuesto a sacrificarse por ella. Lo estuvo al principio, iba a desaparecer y le cedería su lugar a ella; conocía a sus amigos y soñaba con ver a su abuelo, a simple vista parecía que ella se adaptaría rápido, ese se convertiría en su nuevo hogar.
Estaba decidido a hacer lo que fuera por ella, y por él, y por sus amigos y todos a los que sus acciones afectaba. Así había sido en sus últimos momentos.
Milo se removió en la cama. Estaba adolorido, incluso mover levemente los dedos le causaba un dolor que nunca había experimentado. Despierto, abrió los ojos con pesar y miró el borroso techo blanco de una habitación desconocida.
La consciencia avanzó lentamente, tomándose su tiempo para darle entendimiento y sus recuerdos. Primero recobró los sentidos, el techo se volvió claro, su boca se sintió pastosa y con leve sabor a medicamento que también estaba instalado en el ambiente. Las sábanas de la cama le picaban el cuerpo y el colchón tenía la forma permanente de varios cientos de personas más que la habían usado con anterioridad, haciendo que su pretendido descanso fuera todo menos óptimo para su maltrecho cuerpo.
Después de reparar en su exterior su mente comenzó a enviarle recuerdo tras recuerdo, de su largo cabello rubio y sus peleas con compañeros de escuela, de los secretos de sus padres, de su época estudiando arquitectura y sus desvelos nocturnos trazando planos y diseñando edificios, y su mala racha para encontrar un trabajo estable. Milo se llevó la mano a la frente para quitarse su flequillo, recordando también una llegada imprevista, una intromisión en realidad, alguien en su cama que vociferó se él, con el mismo nombre y vida, pero con una personalidad distinta, lo suficiente para no ser una calca exacta de él, además del obvio hecho de que era una mujer.
Milo se sentó; ignorando su dolor corporal salió de la cama y abrió la puerta de la habitación en la que estaba, desesperado, moviéndose por inercia más que por reflexión. Lentamente miró a ambos lados del pasillo y optó por caminar hacia la derecha al ver el camino más despejado, estaba decidido a salir del lugar en el que estaba, seguramente un hospital por las paredes blancas y la gente en bata que lo miraba extrañada.
Sin detenerse a pensar, sin preguntarse, sólo había decidido actuar.
Precipitado, rápido, inflexible, así era él.
—¡Milo! ¡¿Qué mierda?!
Su paso presuroso y decidido se vió impedido por una mano en su hombro y un castaño que no tardó en pararse frente a él, con una expresión anonadada y una sarta de palabras que reflejaban su estupefacción para su amigo de la infancia. El rubio no podía verlo, pero tenía vendado el pecho, manos y la pierna derecha, una gasa adornaba su mejilla izquierda y su ojo del mismo lado mantenía un tono verdoso. También tenía un gran moretón en la quijada.
—¡¿Qué estás haciendo aquí?! ¡¿Cuándo despertaste?! ¡¿Qué estás haciendo aquí?!
El castaño comenzó a guiarlo de vuelta a la habitación, regañándolo por salir en su estado. Milo, por su parte, estaba sorprendido; mientras sus pies descalzos eran guiados a su cuarto, él se percató del hombre a su lado, sin reconocerlo hasta que cayó en cuenta de que ese era Aioria, un Aioria. Nunca había visto detenidamente a ese Aioria hasta ese momento, cuando caminaba a su lado; su tono de cabello era más castaño que su Aioria, también era más alto, sólo un poco, más fornido, su mirada era dura pero humilde y su perforación le daba un aire relajado que en realidad no tenía porque, en el tiempo que llevaba conociéndolo, podía decir que ese Aioria estaba muy estresado, más que la versión con la que él había vivido toda la vida.
—… un idiota, nos tienes preocupados a todos, tus padres estuvieron aquí ayer, tuve que mandarlos a tu casa porque no querían abandonarte en este lugar, ya había olvidado que son igual de necios que tú, de algún lugar lo tuviste que sacar…
—Aioria…
De vuelta en su habitación, sentado en su cama y con su amigo presionando un botón a un lado de su cama, Milo interrumpió la palabrería del castaño. Aún estaba algo disperso, tenía ideas que todavía no estaban estructuradas y recuerdos difusos, pero sabía con seguridad que ese no era su amigo por completo, no la versión correcta de Aioria. Aprovechando que estaba en la cama miró sus manos vendadas; otro punto que se añadió a su lista de interrogantes era el porqué estaba ahí o cómo había llegado en primer lugar, además del por qué de sus heridas.
—… ¿qué estoy haciendo aquí?
—Te caíste por las escaleras de tu edificio. —Aioria negó con la cabeza, esas eran patrañas— O eso me dijeron.
—¿Cuánto…?
—Tres días, estás muy herido, parecía que habías tenido una pelea más que una caída, ¿qué ocurrió?
Milo se recostó contra el respaldo de la cama y alzó los hombros, sintiendo de inmediato el dolor del esfuerzo pasado. Todo lo que sabía era la nueva información que le llegaba, los recuerdos de su verdadero lugar de origen y la última vez que había estado consciente.
Lo último que recordaba era haber pasado una noche revisando trabajos, planeando un examen y viendo televisión hasta tarde, aburrido por la monotonía de su vida. Se había planteado no trabajar al día siguiente, pero el deber lo llamaba, no podía darse el lujo de abdicar tan fácil. Esa noche todavía tenía incrustada en su subconsciente la idea de que era normal estar tan loco como creía estarlo, viendo a las fotografías cambiar de posición o su propio cabello parpadear como si estuviera en un programa de televisión con estática.
Se mantuvo en silencio mientras Aioria comenzó a reprenderlo, de nuevo, como si fuera un niño pequeño que se acababa de lastimar por meterse en problemas. Era un fastidio, su Aioria sólo bromearía por su estado físico, dejando que su preocupación se filtrara a través de las preguntas y gestos preocupados de Lyfia o Aioros.
¿Esa era su nueva realidad? Milo frunció el ceño cuando se percató de que aún no sabía cómo había terminado ahí, no en el hospital, sino en ese lugar, la dimensión, ¿fue un intercambio? Su memoria no tardó en mostrarle algunos pasajes del pasado y en ellos él era quien presionaba el botón.
La cabeza le comenzó a doler, su primer pensamiento inconsciente, tan natural que no merecía su análisis, apenas despertó del largo sueño fue asegurarse de que su contraparte estuviera bien, pero ahora las verdaderas preguntas comenzaban a asaltarlo, una y otra vez; escuchaba su voz retumbar en su cabeza, sin detenerse para razonar sólo cuestionando y cuestionando. Incluso mientras se escuchaba a sí mismo preguntarse, reflexionó si acaso su conciencia no se tomaba un momento para respirar o aparentar hacerlo. Necesitaba un momento.
—… ¿Milo? ¿Te sientes bien? —Aioria interrumpió su discurso y puso una mano en el hombro de su amigo, visiblemente preocupado ante el silencio y la mueca de dolor permanente.
Aioria alzó una ceja, hace tres días podría haber jurado que su amigo no era tan rubio. Milo siempre había tenido el cabello de un leve tono rojizo, ese rubio intenso, dorado en realidad, era nuevo. O eso creía; el griego negó con la cabeza, olvidando de inmediato sus últimos pensamientos como si nunca hubieran existido, y se concentró en el presente volviendo a presionar el botón rojo que estaba al lado de la cama.
—Ya he llamado a los enfermeros pero no vienen —murmuró, mirando la pequeña habitación en la que estaban.
—Aioria… ¿De verdad eres Aioria?
Murmuró Milo, necesitaba saber algo que fuera real, alejar las preguntas y los recuerdos que no dejaban de aparecer con cada segundo que pasaba.
—¿Hay otro Aioria?
Milo miró al castaño frente a él, era tan diferente pero era Aioria, un Aioria. Una tenue sonrisa apareció en su rostro al pensar en la pregunta, ¿había otro? Sí, según lo que sabía y le habían dicho, existían muchos más.
La habitación en la que estaban era para otras dos personas más, Milo ocupaba la cama a la derecha, la que estaba del lado de una pared que tenía varios carteles sobre la buena alimentación y una extensa invitación a la donación de órganos que parecía estar en sobre otros carteles, uno con el mismo tema pero con un color de fondo distinto y otro sobre la detección temprana de cáncer. Las otras dos camas estaban vacías, bien tendidas y sin una sola arruga en las sabanas que las cubrían. La luz entraba en su mayoría por la ventana del lado izquierdo, donde se podía apreciar las copas de algunos árboles y el contaminado cielo de la ciudad.
Podía recordar todo lo que había vivido los últimos meses, su confusión, alucinaciones, las personas que decían ser sus amigos, sus peleas con Marín, las aburridas clases, la recomendación de su madre, a su médico recetando brebajes que lo hicieron tener más alucinaciones y dudas. Lo recordaba todo, su vida falsa y el reemplazo que estaba ejecutando; suponía que si él estaba ahí, al lado de un Aioria que salía con una arpía y un amargado Shura que nunca había visto hasta ese momento, entonces ella estaba en su hogar, junto con su feliz Aioria comprometido con Lyfia y el serio Camus, que no estaba en ese lugar. Parecía que sólo había un cambio en sus relaciones personales.
El chasquido de la cerradura de la puerta los alertó, ambos miraron alertados por la intromisión. Milo se relajó al ver a los recién llegados y soltó un suspiro por lo bajo mientras Aioria se enderezaba y miraba los jóvenes en la puerta.
—Llamé hace diez minutos —señaló, parecía que Milo tenía sólo dolor de cabeza y estaba algo pálido, pero Aioria no era un experto, en lo que a él respectaba, Milo bien podría tener una hemorragia interna mientras charlaba y los expertos se tomaban su tiempo para al fin aparecer.
—Lo sentimos caballero, estamos cortos de personal —se disculpó un chico pelirrojo con una sonrisa apenada, su compañero, por el contrario, ya había entrado a la habitación y miraba a Milo con una tenue sonrisa, ignorando a Aioria y sus reclamos.
—¿Cortos? —dijo Aioria con un bufido, antes de ver a su amigo perdido en el pasillo había visto a dos doctoras hablando y caminando tranquilas por los pasillos del hospital, como si no estuvieran a la mitad del trabajo.
Estaba por decirlo cuando miró detenidamente lo joven que parecía el chico pelirrojo que usaba una bata, su compañero a un lado era un poco más pasable.
—Soy pasante —se apresuró a aclarar apenas se percató de que Aioria lo miraba—. Señor, tiene que esperar afuera, debemos revisar los signos del paciente.
—¿No podría esperar aquí? La última vez…
—La última vez nosotros no estábamos a cargo —el otro chico con bata, un pelirrosa con dos relojes en cada mano se llevó las manos a la cintura y adoptó una postura molesta—, así que salga de aquí, deje el trabajo a los expertos.
—Aioria, no seas necio —intervino Milo, enderezandose y moviendo las manos para echar a su amigo de su habitación.
Doctores y paciente esperaron hasta que la puerta fue cerrada de nuevo, detrás de un Aioria refunfuñando, y se quedaron solos en la habitación. Milo estaba próximo a iniciar su cuestionamiento completamente al azar, pero el joven pelirrojo se le adelantó, un chico que él conocía bien, bastante bien.
—¿Eres Milo? ¿Ese Milo?
—¿Qué Milo debería ser?
—¿Ves? ¡Te dije que funcionó! —Io arrojó sus lentes falsos lejos y comenzó a mover sus pies al ritmo de una melodía inexistente.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el Milo que conocí no me hacía preguntas filosóficas complejas, y el otro Milo estaba siempre molesto y daba órdenes antes de comenzar a lanzar golpes —Io cambió su danza por movimientos de lucha contra un combatiente invisible, notablemente feliz por los resultados—. Nunca había visto tanta sangre, eso me recuerda, me debes una oficina.
Milo alzó una ceja, no sabía a lo que se refería Io, todo lo que recordaba de él era la última vez que lo había visto, un viernes en la tarde donde le dijo lo feliz que estaba con sus "alucinaciones". Ahora su "doctor" tenía las manos completamente vendadas, pero seguía pareciendo que algo no iba bien con él como la primera vez que lo vió.
Ignorando sus impresiones de Io, Milo se concentró en el ahora; podía decir con seguridad que no alucinaba, no estaba perdiendo la cabeza y lo más importante, el hombre frente a él lo sabía todo.
—Me mentiste —murmuró, deteniendo la pelea de Io, si no se sintiera tan cansado lo golpearía—. Eres un relojero.
—Y psiquiatra con doctorado —completó el relojero, sentándose en los pies de la cama—. No mentí, yo no miento, sólo omití información que consideré no te sería útil considerando que no sabías lo que era un relojero.
—Pudiste haberme dicho algo, que no estaba loco para empezar.
—La gente ve lo que quiere ver, si dejaran de mentirse todos los días, todo el tiempo, verían lo que yo veo. No hubiera servido de nada que te dijera algo si no estabas dispuesto a creerme, es más sencillo creer que hemos perdido la cordura en lugar de entender la realidad.
Milo suspiró con fastidio y miró al joven pelirrojo reflexionar sobre lo dicho por Io en silencio. Era hora de arremeter contra él.
—¿Y tú? ¿Por qué estás apareciendo ahora?
Écarlate suspiró por lo bajo y relajó los hombros, no sabía por dónde iniciar, había tanto por decir y mucho por hacer.
—¿Qué fue lo que ocurrió ese día?
Una expresión de confusión se dibujó en el rostro del mayor, olvidando de inmediato que su pregunta fue ignorada.
No necesitaba que fueran específicos, sabía a lo que se referían. Milo se tomó su tiempo para explicar, acomodándose en la cama y evitando mirar a alguno de sus interlocutores, dando detalles incluso de lo mal que se sentía y cómo terminó con el reloj que le pertenecía a ella. No fue su intención presionar el botón, había sido incidental; el bendito botón se había cruzado en su movimiento. Él pretendió arrojarle el reloj a ella para que pudiera irse, estaba por soltarlo cuando ella estiró la mano y por un momento, un segundo que se sintió eterno, pensó en arriesgarse e intentar tocarla, incluso si sólo obtenía un leve roce, eso sería suficiente, no tendría otra oportunidad después de ese momento y tampoco le importaron los riesgos.
Fue un movimiento rápido, ni siquiera alcanzó a soltar el reloj cuando ella sostuvo la correa contraria, ni siquiera se percató de que él había sido quien terminó con todo el drama cuando todo se volvió blanco y él despertó una mañana entre semana creyendo que llegaría tarde al trabajo en la escuela por quedarse dormido.
—… Entonces —murmuró después de un largo silencio donde tanto Écarlate como Io meditaban lo que había explicado—… este es su lugar, su… ¿dimensión?
—El A-82 sí — respondió Écarlate con el ceño fruncido que se suavizó ante su suspiro resignado, él no podía cambiar el pasado, no valía atormentarse por ello.
Sólo había estado en ese lugar una vez y la experiencia había sido casi traumática. Su regreso le trajo un corriente eléctrica que le recorrió todo el cuerpo, no relacionada con las iregularidades que la dimensión presentaba, sino como el recuerdo del agujero negro que había nacido en el lugar y se había llevado todo. No era un experto en asuntos del Mosaico como cualquiera de los relojeros, pero había viajado demasiado tiempo a través de él como para comprender algunas cosas que sucedían y cómo funcionaba, ese delicado equilibrio que en los últimos años parecía que ya a nadie le importaba.
—¿Y tú catastrófico agujero negro?
Io gruñó por lo bajo ante la pregunta de Milo. Aún no podía creer que la dimensión a su cargo desapareciera del Mosaico; casi era un delito para los relojeros permitir que algo como eso sucediera antes de tiempo. Ahora entendía la insistencia de otros, el tenue llamado que resonaba en su mente cuando dormía.
—Se los dije, ¿no? Desapareció cuando tú llegaste, por suerte porque no iba a tardar nada en llegar a dónde estábamos y todos hubieran desaparecido.
—Entonces… —Milo bajó la mirada a su regazo, las manos le dolía, recordándole cuando era joven y luchaba contra sus compañeros debido a los insultos contra él y su madre— ¿Todo está arreglado? ¿Ya no tenemos que preocuparnos por el fin del mundo? ¿Ella está bien?... ¿Ella lo sabe? —preguntó en un tenue susurro, de repente sintiéndose culpable por tardar tanto en preguntar.
—Ella está bien —respondió Écarlate, omitiendo que apenas ella recuperó sus recuerdos demandó saber lo que le había sucedido a su rubia contraparte, poco le importaba dónde estaba o lo que había ocurrido en medio— y sabe menos que tú.
—¿Y es feliz?... Viviendo mi vida, ¿es feliz?
—¿Eso importa? —intervino Io, emociones con respecto a otros siempre habían sido un misterio para él, sólo se ocupaba de convivir con el mundo exterior lo necesario para que este le proveyera de todo lo que necesitaba—¿Y qué si no fuera feliz?
—¡Entonces haría algo para cambiarlo, idiota! —Molesto y expuesto, Milo se sintió tentado a patear a Io lejos de su cama, pero al doblar la pierna lo recorrió un dolor que lo hizo arrepentirse— ¿Por qué me siento así? —se quejó con una expresión de dolor.
Écarlate e Io intercambiaron una mirada, ninguno demasiado dispuesto a decirlo en ese momento. Después de un par de segundos en silencio, Écarlate les dió la espalda y caminó hacia la ventana.
—Si te dijera que ella está bien, que todos los días ve a su abuelo y desayuna con él, que recibe consejos de su padre para su trabajo e intenta mediar entre el carácter alegre de Aioria y el frío de Camus… si te dijera que ella está bien, pero este lugar está condenado sin ella aquí, ¿arrastrarías a toda una dimensión al olvido sólo porque ella es feliz?
Milo miró al joven insolente a su izquierda con una expresión seria que no quitó cuando fue visto de la misma manera.
—Esa no es una decisión exclusivamente mía.
Un suave suspiró se escapó entre sus labios resecos, repitió mentalmente su declaración como una medida para convencerse a sí mismo de que eso era lo correcto; por supuesto que le preocupaba su igual, pero no terminaría con la vida de todas las personas ahí sólo por eso. Era la decisión más certera, el bien común por encima del suyo, el amor también incluía tomar decisiones difíciles que a veces podían ser riesgosas.
—¿Por qué dices eso?
Écarlate dejó de mirar el patio del hospital, donde varias personas permanecían a espera de noticias sobre sus seres queridos y se concentró en el rubio de la habitación. Fue su turno de suspirar mientras asentía con la cabeza para que Io pudiera dar pie a su explicación, de todos los presentes en esa habitación él era el único que podía decir todo con claridad, que fuera bueno en su explicación era otro asunto.
Cuando el pelirrojo llegó a la dimensión Io ya lo esperaba y en el poco tiempo que habían pasado juntos Écarlate ya había descubierto que el relojero era difuso, perdía la concentración con facilidad y tenía cierta tendencia a decir muchas cosas y no explicar nada.
—Personas como Milo, mi Milo —inició Io, con un tono despreocupado, como si estuviera hablando del estado del tiempo—, son… como pequeñas tuercas que ajustan los engranajes del Mosaico, las necesitamos pero son tan pequeñas que es casi imposible ver su función y gracias a eso podemos asumir que no son vitales.
«Cuando los reubicadores las retiran se aseguran de dejar un reemplazo para que el engranaje continúe según lo establecido porque a pesar de que son importantes algunas de ellas son... peligrosas; la súbita desaparición de Milo aquí sin algo que lo compensara provocó caos, y sin ella aquí este continuará porque tu tuerca es diferente a la de ella, la dimensión está intentando aceptarte, pero un cambio tan súbito hará que todo el engranaje se desplome si se fuerza demasiado.
—¿Recuerdas cuando te dije que lo vieras como una balanza? —dijo Écarlate, alejándose de la ventana para volver a los pies de la cama— Tu dimensión y esta dimensión aún están desequilibradas porque aunque son la misma persona, las… habilidades especiales de ella hacen que tenga mayor peso…
Milo levantó la mano derecha para indicarle a Écarlate que era suficiente; su mano izquierda se dirigió al puente de su nariz, soltando un suspiro por esta. Con los ojos cerrados, Milo comenzó a asimilar la información brindada, una burbujeante ira comenzó a aparecer en su interior, siendo alimentada por el recuerdo de todo por lo que habían pasado y su propio dolor, el dolor de sentir cómo su cuerpo dejaba de funcionar debido a que su interior iba desapareciendo poco a poco, una lenta agonía que no deseaba experimentar de nuevo.
—Significa que todo esto no funcionó —dijo, mirando a los dos hombres frente a él.
—No exactamente —respondieron ambos.
—La abertura en el espacio tiempo fue controlada y no consumirá otras dimensiones, por ahora —explicó Écarlate.
—Y tal vez arregle la descompensación ahora que eres capaz de ver los cambios, la dimensión está intentando adaptarse a ti, y toma un poco de las dimensiones que desaparecieron para regresar al equilibrio natural... Necesito tiempo para estudiar esto, bajo nuestra diligencia nunca había ocurrido, y no tengo todo el mapa para entenderlo todo.
—También tenemos otros asuntos, Io cerró la dimensión pero ellos no tardarán en volver a aparecer e intentarán eliminarte, esto ya no se trata de intercambiarlos.
—Si intentan eliminar mi bloqueo lo tomaré como una declaración de guerra.
Los más jóvenes comenzaron a discutir entre ellos, dejando a Milo en silencio. El rubio bajó la cabeza con suavidad, dejando que su cabello cayera sobre los ojos y sus hombros, al dedicarle una mirada de reojo levantó una ceja, en los últimos meses había visto su cabello de un tono rojizo que lo había fastidiado un poco, ver su natural y normal tono rubio fue regocijante, justo lo que necesitaba para dejar de lado todo el caos que atravesaba.
—¿Qué tengo que hacer?
La pregunta sacó a los jóvenes de su discusión; ambos miraron al rubio que parecía estar más atento a uno de sus mechones de cabello con el que jugaba distraídamente que a sus palabras. Ninguno lo dijo, pero ambos recordaron a un hombre peliazul de mirada indiferente que le hablaba a todos de la misma forma y hacía lo mismo cuando la discución en la que estaba presente no era de su interés pero no podía evitar escuchar y opinar.
—¿Estás preparado para involucrarte de nuevo? —preguntó Écarlate, una cosa era que él quisiera saber qué sucedía y otra era volver a meterse en un embrollo en el que no había participado, directamente.
—Un Milo lo inició, es justo que uno lo termine —respondió con sencillez.
—¡Eso es justo lo que él dijo! —señaló Io, con una tenue sonrisa, la única diferencia era que el hombre que se lo había dicho lo había hecho con un tono de hastío.
—Bien —concedió Écarlate—, nos reuniremos, pero primero necestias reponerte y recuperar fuerzas, vas a necesitarlo.
—¿Eso tiene algo que ver con que esté en este hospital? ¿Ustedes saben cómo llegué aquí?
—El tiempo de consulta se ha terminado señor Sargas —Io saltó lejos de su lugar en la cama, con paso rápido abrió la puerta y le sonrió nerviosamente—. Yo digo que ya está bien, puede irse cuando quiera.
El relojero desapareció al dar la vuelta a la derecha y rápidamente Aioria entró a la habitación, apunto de comenzar a preguntar cómo había estado la consulta y si Milo no se estaba muriendo.
—Io te contactará, sólo… —antes de irse Écarlate miró a Aioria con una expresión seria que hizo que Milo se sintiera tentado a echar de la habitación a su amigo de nuevo— Su cuerpo podría experimentar algunos cambios, señor Sargas… es normal, no se preocupe.
—Qué extraños enfermeros, ¿qué fue lo que te dijeron?
Preguntó Aioria cuando el pelirrojo salió de la habitación y tomó el mismo camino que su compañero. Milo, dando por terminado el asunto al menos mientras estaba en ese lugar, miró a su amigo, sin una idea clara de lo que debía contestar.
—Es una situación compleja.
Terminó por decir, convencido de que en realidad no estaba mintiendo.
