Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Shiori Teshirogi.
Los días posteriores a su salida del hospital se sintieron como un extraño sueño. Debido a su "caída por las escaleras" tenía días libres en el trabajo, necesitaba recuperarse de sus heridas que aparentaban más que había estado involucrado en una pelea callejera que en una caída accidental dentro del edificio en el que había vivido por casi cinco años, o las versión alternativa del edificio según lo veía.
El problema más reciente: pérdida de memoria.
Esos días habían sido extraños, pero considerando todo lo que sabía y veía, no podía simplemente decantarse por el razonamiento general y argumentar que tal vez debía hacerse una tomografía debido a que tenía perdida de memoria; en lugar de eso él decidió hacerse a la idea de que los últimos fenómenos que lo rodeaban estaba relacionados con lo que le había dicho Écarlate antes de despedirse, su cuerpo estaba experimentando una serie de cambios gracias a sus recuerdos y la situación en general dentro de la dimensión.
Su rutina iniciaba a veces después de las dos, y a veces bien entrada la tarde, cuando despertaba en su cama o en su sofá, completamente vestido y duchado. Apenas abría los ojos un gran dolor muscular le recordaba su entera y real existencia y lo dejaba prácticamente abandonado en el lugar donde despertara, agarrotado y exhausto. No hacia mucho después de despertar, además de quejarse de su dolor, se preparaba algo de comer si tenía suficiente hambre, miraba televisión hasta volver a caer rendido, o se miraba al espejo.
Sus heridas estaban sanando, demasiado rápido para que fuera normal; apenas nueve días atrás estaba postrado en una cama de hospital, con los doctores asegurándose de que todo estuviera en orden y alguno que otro enfermero preguntándole con tono jocoso si de verdad había tenido un accidente o se trataba de un intento de asalto, o una pelea callejera al puro estilo del Club de la Pelea, dónde no podía decirle a nadie que estaba involucrado en el mundo de las peleas clandestinas.
Algunos moretones estaban adoptando un tono verdoso que indicaba su pronta desaparición, su cuello ya no tenía ese tono rojizo de los primeros días, su tórax no presentaba ningún problema e incluso en su rostro era evidente que sus heridas avanzaban favorablemente. Pero aún así, con una rápida curación que su médico de cabecera no podía explicar por completo, se sentía exhausto y adolorido, como si un camión de carga le pasara por encima todos los días, cientos y cientos de veces.
A pesar de estar inconsciente la mayor parte del día, Milo sabía que él hacía cosas por su cuenta, sin que él, propiamente él, estuviera ahí. En esos nueve días de regreso a casa su cocina siempre estaba llena, todo estaba ordenado y limpio, se veía que su ropa era usada porque siempre había algo recién lavado y fuera de lugar, la basura era sacada y su botiquín del baño estaba repleto de vitaminas; Milo tenía dos hipótesis, o se había vuelto sonámbulo o alguien hacia todas esas cosas, lo que significaba que entraban a su departamento.
El rubio sospechaba, y sin embargo una corazonada le decía que no debía preocuparse, su vida no corría peligro por esa pérdida de memoria o intromisión ajena, incluso presentía que esa intromisión no era del todo ajena. Creía que eso estaba relacionado con Io y Écarlate, a quienes no había visto después de su improvisada visita en el hospital.
Fuera de sus problemas corporales, también se había percatado de la forma en la que su entendimiento de la realidad cambió. Ya no veía las cosas parpadear al puro estilo de una televisión descompuesta, ahora todo estaba superpuesto. Por ejemplo, en las hojas de su trabajo, como la lista de sus alumnos donde venía su nombre como titular, parecía que su segundo nombre estaba sobre el de ella, era como si hubieran escrito el suyo sin dedicación o cuidado.
También había una fotografía en el librero del día de su graduación; desde el primer día que llegó notó que también parecía que alguien lo hubiera puesto sobre su igual. Lo primero que veía, lo que más se destacaba a sus ojos, era a la pelirroja de la esquina derecha, presumiendo con una radiante sonrisa su título universitario, su cabello corto se mantenía estático y pero la bata que utilizaba parecía danzar con el suave viento que también mecía el cabello de sus padres; su imagen era débil, descolorida, pero posible de apreciar. Sobre ella estaba él, con el cabello menos rubio de cómo en realidad era, manteniendo una expresión menos efusiva que ella, como era más alto, el brazo con el que su padre lo abrazaba estaba por debajo de su hombro, en lugar de mantenerse sobre sus brazos como en el caso de su igual.
No parecía ser un reemplazo completo de ella, puesto que no mantenían las mismas expresiones, y tampoco era exactamente igual a la dimensión de la que él provenía.
Cuando tenía la suficiente fuerza, solía escribir en su cuaderno todo lo que recordaba. Al cuarto día optó por utilizar las paredes de su habitación para plantear tres líneas de tiempo: la primera era una descripción detallada de su vida, de todo lo que podía recordar hasta antes de que ella llegara, las chicas con las que salió, cuando conoció a Camus, sus estudios y trabajos de medio tiempo para pagar la universidad; la segunda, más corta, era sobre las cosas que ella le había dicho sobre su vida, la muerte de su abuelo, el maltrato escolar y su romance con Shura; la tercera línea, por mucho más larga que las otras dos, era su vida falsa en ese lugar, los recuerdos mezclados de una vida que no era suya y que nunca fue de ella.
Sólo necesitó cinco días más para tener la pared frente a la cama, dónde estaba su escritorio y libros de pedagogía, y las ventanas del lado izquierdo repletas de hojas de papel llenas de notas y dibujos, clasificación con colores y varias dudas que se arremolinaban en su mente, formando un torbellino que le taladraba la cabeza. Ya ni siquiera estaba seguro de estar reemplazándola en su mundo, ese no se parecía en nada a él.
Siendo el dolor muscular más soportable ese día que los anteriores, y agotado por estar encerrado en su habitación llena de papeles, Milo se cambió de ropa por algo más presentable y salió de casa en búsqueda de algo grasoso para comer, su refrigerador estaba lleno de vegetales y todos sus paquetes de galletas con chocolate habían desaparecido.
Era diciembre, llevaba poco más de medio año en ese lugar; cuando desapareció de su dimensión era julio, casi agosto. El tiempo se había regresado y a pesar de que sólo fueron un par de meses, Milo sentía cierta satisfacción al reconocerse cuatro meses mayor de lo que el tiempo o su cuerpo decía; así era como debía sentirse Écarlate al decir que era mucho mayor de lo que su apariencia mostraba, como un anciano en un cuerpo de adolescente.
Salió de su departamento a paso lento, sus piernas estaban casi entumecidas, pero el dolor era lo suficiente para resistir, al igual que sus ganas por comer algo grasoso o azucarado. Apenas había bajado al piso inferior se encontró con una particular familia y su rubio vecino que iban subiendo; en su dimensión casi no había hablado con la familia de pelinegros y Hyoga parecía más un compañero joven de fiestas que un vecino confiable, pero sabía que su igual era amiga de la joven madre debido a todo el tiempo que había pasado encerrada en su edificio.
—Buena día —murmuró, optando por ser amable.
—Hola Milo —saludaron todos, el pequeño bebé que el pelinegro cargaba soltó un inteligible balbuceo y una cándida risa que dió la impresión de también estar presentando sus debidos saludos.
Estaba por continuar su camino escaleras abajo cuando escuchó el llamado de Hyoga, siendo seguido del joven padre que ya no cargaba a su bebé.
—Oye, Milo, ¿no crees que es demasiado pronto para comenzar a ejercitarte como loco? —señaló Hyoga, recargándose en el barandal con una pose relajada— Por cierto, Shiryu te encontró agonizando al inicio de las escaleras, está esperando una recompe… ¡oye!
Shiryu había golpeado levemente a su amigo en un costado. Desde que su pequeña familia se había mudado al edificio, él se había dedicado a trabajar para poder solventar sus gastos; su rutina iba de las cuatro de la mañana hasta las seis; en ese horario se la pasaba encerrado en una pequeña oficina y a pesar de ello, siempre disfrutaba de sus días libres con su familia y se daba la libertad de conocer a sus vecinos, o a quien podía. Milo era un personaje huraño, pocas veces lo había visto fuera de su departamento, pero Shunrei le había dado buenas referencias de él al mencionar que era un hombre centrado en lo suyo que siempre trabajaba y sólo era visitado por sus amigos más cercanos, no como Hyoga que al menos una vez al mes se presentaba frente a su puerta con la cena preparada porque al día siguiente tenía planeada una monumental fiesta universitaria.
Aunque de conocerlo tenía poco, se había preocupado cuando lo encontró sentado en el último escalón de la entrada, recargado contra la pared, su ropa ese día estaba algo ensangrentada y sus nudillos de un tono ardiente que daba indicios de una pelea dónde Milo se había defendido con uñas y dientes. Shiryu lo pensó en cuanto lo vió y llamó a la policía, incluso el cuello del hombre estaba rojo, como si hubieran intentado ahorcarlo; al menos esa era su premisa hasta que notó que las llaves, billetera y teléfono del hombre estaban con él y lo escuchó murmurar, antes de perder la consciencia, una palabra que intentó aclarar sus interrogantes: escaleras.
Shiryu aún creía que Milo era un hombre extraño, el primer día después de una semana en el hospital lo había visto afuera de su departamento, cuando él iba al trabajo, usando ropa deportiva y calentando para lo que parecía una nueva rutina de ejercicio. El primer día después del hospital. Los siguientes ocho días fueron parecidos, el rubio saliendo del departamento a las cuatro y quince de la mañana aún haciendo algunos ejercicios de calentamiento, con una expresión seria que no permitía que alguien se acercara siquiera a saludarlo y el sonido de algo metálico moviéndose contra su cuerpo cuando comenzaba a trotar escaleras abajo.
Si no fuera porque él mismo presenció cuando se llevaron a Milo en una ambulancia, no creería que ese hombre madrugador era el mismo que apenas estaba saliendo de un grave accidente doméstico.
—Creo que no deberías excederte —dijo Shiryu, con un tono firme y monótono que dió la impresión de ser una crítica más que un comentario sugerente y amable.
Milo alzó una ceja, si ese hombre hablaba de esa forma entonces el pequeño bebé sin duda sería un chico recto, o un pequeño dolor de cabeza.
—¿Excederme? —indagó Milo, dejando que la confusión enmarcara sus rasgos.
—El ejercicio, sí, yo también lo creo. —Con un tono más despreocupado y amable, Hyoga rascó distraídamente su barbilla— Podrías tener un colapso si le exiges mucho a tu cuerpo, en especial si acabas de salir del hospital.
Hyoga no creía la versión de las escaleras; llevaba más tiempo viviendo en el edificio, sabía que Milo no era exactamente un hombre amante de los deportes o el ejercicio; desde que Shunrei le había contado lo que le sucedió a su vecino de piso y lo vió comenzar una rutina apenas regresó, el joven estudiante supo que había gato encerrado. No solía ser muy imaginativo, eso se lo dejaba a sus amigos, pero hasta él podía conectar los puntos: Milo apareciendo en su edificio sin señales de robo pero sí de violencia, sangre en sus nudillos, el ejercicio a su regreso.
Había algo impropio en el ambiente, durante los meses anteriores Hyoga llegó a sentir la intensa necesidad de lanzarle alguna clase de piropo desagradable al mayor, sólo por molestar, eso generalmente lo dejaba para alguna chica que le gusta y con la que ya tuviera cierto historial precediéndolo, así que se sentía inadecuado cuando la frase se atoraba entre su lengua y el paladar, amenazando con salir, cuando veía a Milo rondar el edificio.
—Ejercicio —murmuró Milo para sí.
Con eso sus sospechas se confirmaron, era él quien se movía, y gracias a la nueva información ahora entendía por qué sentía cómo si un camión le hubiera pasado encima varios cientos de veces.
—¿Al menos tienes una rutina? —cuestionó Hyoga, de verdad curioso por saberlo— Yo hago pesas cuando salgo temprano de mis clases, la universidad tiene un gimnasio para los estudiantes, hay que aprovechar que es gratis, ¿qué hay de ti Shiryu, te mantienes en forma?
—Ryuho pesa tres kilos, es difícil cargarlo con una mano, pero él siempre lo disfruta.
—Oh, fortaleces el lazo padre-hijo, ¿eh? —le picó Hyoga.
—Cuando comencé a salir con Shunrei, su tío Dohko nos enseñaba artes marciales, de vez en cuando practicamos, para no perder la práctica —el pelinegro alzó los hombros, de ninguna forma diría que su esposa aún podía darle una paliza.
Ambos jóvenes voltearon a verlo expectantes, Milo en cambio desvió la mirada y se rascó la nuca. Apenas acababa de enterarse que salía de su casa y hacía ejercicio, hablar de una rutina o el tiempo que le tomaba ejercitarse era demasiado.
—Sólo voy a correr un poco —murmuró, imaginando que por el hormigueo en sus piernas eso debía ser cierto—, es aburrido estar encerrado sin hacer nada, pero sólo es por un poco tiempo, no estoy todo el día en eso.
Hyoga y Shiryu intercambiaron una mirada, ambos sabían que esa era una mentira, Hyoga había visto a su vecino correr alrededor del pequeño parque pasado el mediodía, y a Shiryu, Shunrei le había contado varias veces que había visto a su vecino ejercitarse casi hasta caer rendido en el suelo terroso del parque.
—Me parece bien entonces, no podría vivir aquí si no estamos todos nosotros juntos, ya sabes los vecinos ideales —argumentó Hyoga, con una sonrisa relajada.
—Claro… nosotros…
Milo bajó la mirada y se despidió con un movimiento de mano. Tenía nueva información que debía analizar y un leve remordimiento que eliminar, él sabía que ese no era su lugar, tal vez ya ni era el lugar de ella, tal vez hasta habían abierto la posibilidad de que existiera otro Milo que sí pertenecía a esa nueva realidad.
A la mañana siguiente Milo se removió en la cama, abrió los ojos y rápidamente adoptó una expresión fastidiada. El entrenamiento estaba tomando más tiempo del esperado. Suponía, en parte, que eso se debía a que tenía años desde que había comenzado a entrenar, y a diferencia de esa versión, él lo había hecho desde niño. La otra parte imaginaba que se debía a su antecedente combativo, su cuerpo todavía no se recuperaba por completo y no estaba preparado para someterse a un entrenamiento de su calibre.
No tardó en levantarse de la cama e iniciar su propia rutina. Tender la cama, vestirse e iniciar el calentamiento; después de salir del departamento comenzaba a correr hasta el parque más cercano y no se detenía hasta pasada la hora, cuando comenzaba con ejercicios de fuerza hasta que sentía que estaba empujando a ese cuerpo al límite.
Era necesario ejercitar ese cuerpo, era cierto que Io había cerrado la dimensión para que nadie pudiera entrar o salir, pero sólo era una medida temporal, tarde o temprano irían a buscarlo y para ese entonces esperaba mínimo estar preparado y poder dar pelea.
Cuando caminaba de regreso al departamento estaba agotado pero no lo suficiente para hacerlo desistir de sus demás tareas; quería continuar estudiando las tres líneas de tiempo que su versión rubia estaba construyendo. Si lo que se insinuaba con esas notas era lo que creía, entonces no podía desestimar tanto al rubio y debía darle su merecido crédito, parecía que por lo menos uno de esos dos sabía usar su cerebro para algo más que tiradas melodramáticas.
Al llegar a la entrada, Milo se detuvo justo cuando iba a ingresar las llaves a la cerradura de la entrada. Fue ligero, pero escuchó que algo se movía dentro del departamento. Era temprano, pero no podía desacreditar nada; rápidamente se aseguró de que su reloj no fuera a caerse, ajustó la cinta que mantenía su cabello amarrado y abrió su chaqueta deportiva, sintiendo por un breve momento un deja vú.
Justo cuando estaba por abrir la puerta e iniciar una pelea, esperando que su ejercicio matutino no le jugara en contra, esta se abrió sola y frente a él apareció un rostro que lo hizo bajar los brazos y perder toda la concentración.
—Te dije que había escuchado algo detrás de la puerta.
—Sí, ya te escuché, tú y tu super oído.
Debajo del umbral había dos personas, una de ellas era una mujer de sonrisa cariñosa que lo sostuvo con cuidado del rostro para mirarlo con más atención; su cabello era completamente oscuro, a excepción de dos largos mechones plateados que enmarcaban su rostro, tenía una permanente expresión melancólica que no cambiaba todo el amor que podía transmitir con una sola mirada. Ya lo habían visto con amor varias veces en el pasado, pero nunca de forma directa a él, nunca de esa forma incondicional y preocupada, nunca de una forma que había hecho que algo dentro de él se agitara con preocupación, esa debía ser una trampa.
—Estaba preocupada por tí, chamaco, vinimos temprano como te dije ayer y no estabas, creí que algo te había pasado, y para el colmo dejaste el teléfono, ¿qué te he dicho desde que te mudaste a aquí? Nunca dejes tu teléfono…
—Calvera, regáñalo dentro, creo que perdió algo de color, ¿estás bien, hijo?
La voz de la segunda persona lo sacó del tranquilo trance en el que la mirada de una madre preocupada por su hijo lo había puesto.
Milo conocía esa voz.
Milo odiaba esa voz.
Siempre que estaba en misión evitaba fervientemente encontrarse con él; después del tortuoso entrenamiento Milo había tenido diversas misiones en solitario, sólo las de mayor peso eran supervisadas por su instructor, cuando menos hasta ese día. Después del incidente con Dragón Marino y en las pocas misiones que se le concedieron antes de retirarlo del campo, Milo evitó a ese hombre, consciente de que en cuanto volviera a verlo estaría a un paso de matarlo.
Nunca lo había visto tan deslucido como en ese momento, con un par de lentes que a simple vista resaltaban su alta graduación, el cabello más corto que en sus años dorados, con varios mechones ya plateados; su rostro alargado no reflejaba maldad, no había una sonrisa perversa que lo hiciera sentir pequeño, su mirada era suave y calculadora, también clara, tanto que era posible notar la real preocupación.
Kardia.
El reubicador del N2476.
Milo dejó que Calvera lo tomara del brazo y lo introdujera al departamento. En los escasos metros que caminó hasta que fue sentado en el sofá no le quitó la mirada de encima al hombre en la habitación, lo vió caminar directo a la cocina y servir un vaso con agua que le llevó junto con una servilleta de papel.
—¿Estás bien, hijo? —repitió, la preocupación esta vez era notoria en su tono de voz suave y acongojado.
El hombre extendió el brazo, intentando sostener a su único hijo del hombro para darle apoyo. Milo siempre había sido un joven extraño, desde decir odiar su cabello pero mantenerlo largo hasta el aburrimiento a su carrera que él mismo había escogido. Kardia siempre había tenido sentimientos encontrados sobre él; siempre pensó y sintió, desde que lo vió por primera vez, que él era y no era su hijo. Sabía que ese niño que veía crecer era suyo, su hijo, carne de su carne y sangre de su sangre, pero no era Milo, no era su Milo.
A veces soñaba con una niña pelirroja. Una pelirroja que sin importar su edad lo tomaba de la mano cuando cruzaban una calle; una niña de cabello corto que lo peinaba; una adolescente que se unía a él para doblar las reglas de Calvera; una joven adulta que le pedía no ser demasiado rudo con su nuevo novio. A veces, Kardia soñaba con otra vida, una vida con una niña que lo seguía incondicionalmente, no un niño de ideas contradictorias que algunos días parecía más rubio y otros más pelirrojo.
—¿Cómo estás, cariño?
La suave voz de Calvera sacó a Milo de su fantasía asesina, y su mano sobre sus nudillos fue suficiente para que volteara a verla. El hombre sabía que en ese momento no era él, era otro Milo, así que borró su expresión indiferente por algo más suave que no llamara la atención de los adultos.
—Me recupero favorablemente —dijo, intentando regalarle a la mujer una sonrisa ladina que pareció más una mueca.
—Puedo verlo —Calvera levantó la mano derecha para tomar a su hijo por la barbilla para revisarlo por su cuenta—, ¿qué estabas haciendo afuera? Te recetaron descanso, jovencito.
—Sólo fui a dar una vuelta, es aburrido estar aquí sin hacer nada por tanto tiempo.
—¿Una vuelta? Parece que saliste a correr o algo parecido.
El rubio le dedicó una mirada de reojo al otro hombre. Era una característica única de Kardia ser demasiado observador para el gusto de cualquiera cercano a él. Milo sintió que la sangre en sus venas se calentaba, como lava hirviendo recorriendo cada parte de su ser, exigiendo una lucha, la venganza, la revancha.
El incidente de Dragón Marino se repitió en su memoria, un royo de una película vieja que él había almacenado en los rincones perdidos de su mente. El olor a sangre y los gritos infantiles retumbaron una y otra vez.
Calvera notó de inmediato el cambio en las facciones de su hijo, de repente parecía sumido en algún recuerdo que le causaba malestar, un dolor eterno que ella no podía curar.
Ella también tenía sueños, de una niña pelirroja que hacía todo lo posible por alegrarla en su época más oscura, de una niña que odiaba el cabello largo y siempre agachaba la cabeza para evitar explotar, que nunca levantaba la voz; también sabía que ese chico que había visto crecer era su hijo, sangre de su sangre y carne de su carne, pero no era su Milo, y pese a ello lo amaba de la misma forma con la que soñaba amaba a la pequeña pelirroja.
A diferencia de su esposo que a veces dudaba, ella sabía que los amaba a ambos, no dudaba, ambos eran sus hijos, a pesar de que uno de ellos pareciera un largo sueño.
Preocupada, volvió a bajar la mano hacia las de su hijo y le dió un leve apretón que pareció regresarlo a la realidad.
—Te estás curando satisfactoriamente —dijo intentando imitar el tono serio que su hijo le había imprimido a su frase—. Me alegra saberlo, también es demasiado rápido, debe ser la rápida regeneración de los Sargas.
—Ya te dije que sólo tenemos suerte —sentado frente a ellos, Kardia le regaló una sonrisa juguetona a su esposa que la hizo reír por lo bajo.
—La suerte de los Sargas, claro…
Milo se mantuvo en silencio ante el intercambio de sus padres. Sólo una vez, muchos años atrás, los había visto juntos, cuando estaba en una misión y tuvo que utilizar el cuerpo de una versión suya de seis años de edad; verlos juntos le era indiferente, o eso pensaba, una pequeña parte de él siempre se removía como un niño esperanzado en Navidad ante la premisa de que ambos adultos estuvieran juntos, eran sus padres al final del día, y un recuerdo lejano, demasiado lejano y casi olvidado, mostraba que él sí había llegado a ver a sus padres originales juntos, siendo una pareja en un mar infinito de posibilidades para ambos.
La tarde fue tensa para él, cada vez que Kardia lo miraba o le dirigía la palabra Milo sentía que su corazón se estrujaba ante la posibilidad de que el hombre se comportara como su antiguo instructor. Era una posibilidad remota, pero el rubio no podía verlo en medio de su lucha interna por continuar aparentando normalidad o lanzarse a los golpes.
Sentados en el comedor, Milo mantuvo su silla con una ligera inclinación hacia dónde estaba Kardia, miraba sus muñecas a cada segundo, esperando el momento en el que un reloj apareciera en una de ellas.
—¿Cómo están los chicos? No los hemos visto desde el hospital.
—Bien… trabajando…
En realidad no lo sabía y no le interesaba. Su misión principal era cuidar de su versión alternativa, no le interesaban las personas que lo rodeaban o lo que hacían siempre y cuando no lo afectaran permanentemente.
—Creo que Aioria ha estado últimamente ocupado con sus estudios y Shura tiene mucha carga de trabajo, es probable que no los vea por un par de días —profundizó, no quería dejar a la mujer con una respuesta tan corta y debía apegarse a su papel.
La información la había sacado de las líneas del tiempo. Pensar en ellas le hizo recordar un pequeño e interesante detalle que lo había hecho alzar una ceja cuando lo leyó. Después de la cena, Kardia se encargó de recoger y lavar los trastes mientras Calvera se sentaba en la sala y continuaba charlando con su hijo.
Aunque Milo quería prestarle atención a la mujer, estaba concentrado en los movimientos de su padre y el recuerdo de un corto párrafo escrito en una nota post-it. Cuando leyó la nota se preguntó qué había sentido su versión rubia al recordar tan oscuro pasaje de su padre, incluso se preguntó cómo se había enterado del hecho. Dado sus antecedentes con Kardia, Milo no podía evitar sentir cierta satisfacción envenenada cuando descubría que alguna de sus versiones sentía cierto odio a su padre, era algo que lo hacía sentir más cercano a la vida normal que tenía alguna de sus versiones alternativas, era lo único que podía compartir con ellas.
Dejó a su madre en la sala viendo la televisión y se acercó a su padre con paso sigiloso, tanto que asustó levemente al hombre cuando se paró a su lado para acomodar los trastes recién lavados en el espacio que tenía designado para que se secaran. Ambos hombres se mantuvieron en silencio, hasta que Milo abrió la boca y dijo casi en un susurro:
—¿Qué ocurrió con Sasha?
—¿Quien?
Milo se detuvo cuando escuchó la pregunta de Kardia. Su expresión era verdaderamente confundida y no había engaño en sus ojos, el hombre no sabía de lo que él hablaba. El rubio soltó una sonrisa irónica y regresó su mirada al frente, por supuesto, él no tenía tanta suerte como para que eso ocurriera en ese momento.
—¿Hay algo que intentes decirme, Milo?
—No, sólo estaba recordando algo que dijiste hace varios años…
—... uhh… no lo recuerdo… —Kardia se secó las manos con una toalla cercana a él, estaba intentando recordarlo, pero por más que lo intentó no logró nada.
—No tiene importancia, sólo fue algo que recordé en medio de mi aburrimiento aquí.
La pareja se despidió entrada la noche, Calvera lo amenazó si volvía a salir de su departamento sin su teléfono celular y ambos le prometieron regresar pronto antes de regresar definitivamente a su hogar. Ambos lo abrazaron, poniendo a Milo con los nervios de punta cuando Kardia se acercó a él.
Después de la despedida Milo decidió tomar una ducha y olvidar la visita de esas dos personas. Esperó no volver a ver a Kardia, aunque por lo que escuchó eso no sería posible.
La ducha ayudó a relajar sus músculos y levemente su estado alerta; los recuerdos de batallas pasadas regresaron a su lugar habitual, alejado de sus prioridades y los pensamientos que dominaban su actualidad. Ese era un día perdido para la versión rubia, pero sabía que ese Milo no tenía mucha actividad diaria en esos momentos, así que no le tomó importancia, al menos hasta que se adentró en la habitación y vió la línea del tiempo que le pertenecía al rubio.
—Papá tiene aventura con Sasha, medio año —leyó, acariciando el post-it azul que estaba pegado entre el segundo aborto de Calvera y su primera pelea con sus compañeros de escuela.
Debajo de esa misma línea, en la que le pertenecía a la versión femenina, estaban los mismos años y hechos, con la diferencia de que en lugar de una pelea se mencionaba que fue cuando ocurrió el primer incidente, cuando ella regresó el tiempo por primera vez. Además de esa diferencia había un post-it del mismo color con un signo de interrogación.
—Te preguntas si eso también ocurrió en su dimensión —murmuró—. Creí que se querían tanto que sabían los secretos del otro, pero veo que no le has dicho todo.
Milo le dió una mirada rápida a la tercera línea, ahí no había ninguna nota. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro pero no duró demasiado; nadie le había dicho que no podía intervenir en la vida diaria de esa versión, de hecho ya lo estaba haciendo bastante al arrebatarle medio día. Nunca antes había hecho contacto con alguna versión, como reubicador sabía perfectamente que esa era una de las normas más importantes, el contacto provocaba caos.
Un caos muy parecido al que ya estaban experimentando.
Después de pensarlo por un par de minutos, Milo quitó el post-it de la segunda línea y lo hizo bolita para tirarlo en el bote a un lado del escritorio; removió el desastre de papeles que estaba en el lugar y cuando encontró una pluma y las notas azules escribió con letra cursiva pero clara: No hubo adulterio.
Se sintió tentado a preguntarle por qué no se lo había dicho a ella, pero consideró que eso sería ser demasiado entrometido y la respuesta en realidad no le interesaba mucho. Sin dudar puso la nueva nota en el lugar de la original y después le dió la espalda, al parecer pasaría la noche en ese cuerpo, en la mañana siguiente tenía un entrenamiento que continuar.
