Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.
Sólo le quitó la mirada al post-it pegado en la ventana cuando le prestó atención a su atención a su teléfono encendido. La tecnología no podía mentir al decirle que había pasado un día y medio desde que él estuvo despierto, o consciente.
Un día y medio.
Milo apagó su teléfono con una expresión incrédula y volvió a mirar al frente, dónde la nota color azul parecía estar burlándose de él justo en su cara.
No hubo adulterio.
Una frase reemplazaba su signo de interrogación. Una frase respondía la pregunta muda que se había hecho apenas llegó a ese punto.
Esos años también habían sido complejos para él, mientras su versión femenina peleaba contra un descubrimiento que le afectaba sólo a nivel personal, y que bien pudo no compartir con nadie, él se enteraba de un hecho que afectó a toda su familia, y amenazó con cambiar su estilo de vida para siempre, desde muy temprana edad.
Calvera solía decir que todos cometen errores, algunos errores son más grandes que otros y algunos pueden afectar a muchas personas. Todos cometen errores, por eso, creía, todos podían perdonarlos; la disposición a hacerlo dependía del tamaño de los errores propios, aunque, claro, unos estaban dispuestos a perdonar más que una afrenta superior a sus propias faltas.
Ese era un secreto que se suponía él no debía conocer; estaba seguro de que sus padres, sus padres originales, creían que él no tenía ni idea de la enorme metida de pata de Kardia. Lo había descubierto por casualidad, un viernes que decidió no entrar a la escuela; los niños estaban comenzando a ponerse pesados y él no tenía la suficiente paciencia para enfrentarlos, así que aún siendo tan joven había decidido saltarse las clases para evitar una llamada de atención de las maestras. Regresaría a casa, que estaba relativamente cerca, e inventaría una excusa simple, nadie sospecharía y un día sin clases no era el fin del mundo.
Nunca pasó por su joven mente que, caminando entre las calles a paso lento y aburrido, vería a su padre sentado a las afueras de un pequeño local de comida, muy cerca de una bella mujer de cabello largo y de un suave tono morado; tampoco esperó que él llegara justo en el momento en el que la mujer tomaba el rostro de Kardia de la barbilla para poder darle un beso. Un beso delicado, lleno de afecto, corto.
Un beso secreto, venenoso, sucio.
Milo corrió el camino que caminaba a diario, directo a su casa esa mañana; Calvera estaba encerrada en su habitación, así que pasó desapercibido y pudo encerrarse en su habitación hasta la tarde, cuando su madre fue a buscarlo. Pasó días siendo incapaz de mirar a su padre al rostro sin sentir que estaría a punto de gritarle para preguntarle por qué besaba a otras mujeres o patearlo, hasta que, escuchando a escondidas, descubrió que su madre ya lo sabía.
Era obvio, razonó con su limitada visión infantil, su madre siempre lo sabía todo, desde si ya había tomado una ducha hasta si se dormía tarde, ella era una mujer muy inteligente, bonita y divertida, Milo no podía comprender por qué su padre besaba a otra mujer si su madre era todo lo que alguien pudiera desear, o eso suponía. Pese a estar triste, Calvera siempre sacaba la fortaleza necesaria para corretear detrás de él; sin que el pequeño rubio lo supiera, en esos años se convirtió en el salvavidas de la mujer, lo único que impidió que cayera en su propia tristeza.
Pensó que sus padres se separarían tarde o temprano, estuvieron a punto de hacerlo en ese momento, él casi se iba a México, pero mucho antes de superar la primera década de edad, y mucho después de presenciar esa escena, las cosas se calmaron, su madre dejó de encerrarse para llorar a solas y su padre dejó de desaparecer por las tardes argumentando trabajo.
Ambos empezaron a pasar tiempo juntos, no obstante Milo sospechó aún cuando los vió sonreír con complicidad o abrazarse en la cocina cuando creían que él estaba jugando videojuegos o estudiando; lo hizo hasta sus últimos años en el Lykeio, cuando tenía permiso para irse de fiesta con Aioria y otros conocidos hasta entrada la noche, y algunas veces hasta usaba el auto familiar.
Milo nunca olvidaría la noche del miércoles cuando llegó más temprano de lo esperado debido a que Aioria se emborrachó demasiado pronto por una pérdida amorosa. El joven no era usualmente entrometido después del incidente de su niñez, pero le había sido difícil no acercarse a la puerta cerrada de la habitación de sus padres cuando escuchó algunos ruidos extraños y quejas de su madre; inclusive consideró abrir la puerta, alarmado porque algo le hubiera pasado a su progenitora. Esa noche finalmente sus sospechas fueron diseminadas ante la limpia carcajada de su madre que se filtró a través de la puerta e inundó todo el pasillo; una risa que sonaba feliz, cargada de plenitud, paz y amor. Amor generoso, que perdona., que ya había perdonado.
Su mirada volvió a desviarse al teléfono en su mano, que volvió a encender, para, de nuevo, revisar el día y la hora en el calendario y reloj digital.
Un día y medio, había perdido un día y medio de su vida. Y una nota misteriosa había aparecido respondiendo una cuestión sobre su línea del tiempo.
Por lo que le habían dicho en los días pasados, sabía que él se movía, salía de su departamento y se ejercitaba toda la mañana, compraba comida, lavaba la ropa y al parecer respondía cuestiones importantes que no tenía forma de contestar más que preguntar. Estaba pasando algo que no le habían dicho, y no estaba dispuesto a volver a quedarse al margen.
Milo salió del departamento y caminó con paso decidido por las calles de la ciudad, ignorando los colores, nombres de calles y locales superpuestos, concentrado únicamente en el camino que se sabía de memoria para llegar al consultorio del psiquiatra. Sólo se detuvo cuando llegó al edificio blanco que tenía en la entrada diferentes letreros que indicaban que además de la consulta psicológica, también había un dentista, un dermatólogo y un médico particular.
Ya había pasado un buen tiempo desde la última vez que estuvo en ese lugar, su madre le había dicho que ella misma se encargó de informarle a su psiquiatra su accidente y el hombre, según ella, le había dicho que no tenía problema, las consultas podrían retomarse cuando él estuviera completamente recuperado.
—¡Milo! —En su lugar de la recepción, como siempre, Shun se levantó y lo recibió con una cálida sonrisa— Tu madre me contó lo que te sucedió, estábamos preocupados, ¿cómo estás? ¿ya te sientes mejor? ¿cómo te caíste de las escaleras? Quiero decir, ella sonaba muy preocupada y temimos que fuera algo grave.
Shun parecía con más energía que antes, el joven hasta se notaba más centrado, y era la primera vez que no le preguntaba qué día u hora era.
—¿Puedo ver al doc.? —cuestionó luego de un par de minutos en charla que le confirmaron que el Shun estaba frente a él era plenamente consciente de qué día era y la hora, un fenómeno del que nunca pensó ser testigo..
—Tiene sesión justo ahora, pero ya no tarda en salir; viniste con suerte, espero que no te moleste que sea la hora del almuerzo después de esta visita.
Milo se sentó en la pequeña sala de espera. Recordaba el lugar más inmaculado, de paredes blancas y un inquietante ambiente que se acentuaba con el sonido del segundero de un reloj que no estaba a la vista, era como sentirse observado mientras el tiempo avanzaba lentamente, como si se esperara ver las acciones durante esa tortura mental; la habitación en la que se encontraba ahora tenía paredes azules y una alfombra color crema que convertían el lugar en uno tranquilo y adecuado para el contexto, sin ruidos inquietantes.
Esperó pacientemente hasta que la puerta del consultorio se abrió y una mujer que sostenía un pañuelo apareció. Milo alzó una ceja cuando la mujer se limpió las lágrimas con un pañuelo limpio que Shun le ofreció; parecía que el joven ya estaba preparado para eso, como parte de su rutina. Mientras él hablaba con la mujer, Milo aprovechó para levantarse de su lugar e ingresar al consultorio, con una tenue señal a Shun de lo que haría para no preocupar al joven.
El consultorio se veía exactamente igual, con la excepción de que ya no estaba la vitrina de relojes, en su lugar había un librero que presumía varios volúmenes sobre psicología. Y el doctor, el doctor era otra persona.
Se congeló en la entrada cuando vió al hombre que le daba la espalda, ocupado acomodando algunos papeles en su escritorio; ese no era Io, no era su doctor, ni siquiera lo conocía. Milo dió un paso hacia atrás, a punto de decirle a Shun que había un desconocido en el lugar de Io, o posiblemente el pelirrosa compartía el despacho con alguien más, pero el movimiento del hombre, que parecía a punto de voltear, lo detuvo.
—Oh, Milo —dijo el hombre cuando lo miró de frente, sorprendido—, es increíble verte, creí que tal vez tardarías un poco más en venir.
El hombre le sonrió. No mentía, de verdad estaba feliz de verlo, era posible percibirlo en su expresión. La sonrisa amable que se dibujó en su rostro no desapareció mientras soltaba sus papeles y con un movimiento de mano lo invitaba a pasar y sentarse en el sofá de siempre. A diferencia de Io, el hombre era rubio y vestía camisa y pantalones de vestir, no había ningún reloj en el lugar y el escritorio no estaba lleno de pequeñas tuercas y partes para armar uno; estaba lleno de papeles, notas, y un par de lentes algo chuecos.
Milo se movió lentamente, cuidadoso ante la idea de que ese sujeto fuera un reubicador que estuviera intentando suplantar a Io. No entendía nada de lo que estaba sucediendo.
El hombre pareció darse cuenta de eso; desde que el otro adulto había visitado su consultorio por primera vez supo que Milo no estaba bien. Su mirada perdida, las alucinaciones auditivas y visuales, ese personaje femenino que se había inventado para dividir su personalidad; Milo era un paciente fascinante que le preocupaba, aún no conocía las causas de su accidente y temía que durante esas semanas el rubio hubiera dejado el medicamento. No, en realidad Milo nunca tomaba medicamento, no recordaba haberlo recetado.
Había muchas cosas que no recordaba de ese paciente en particular.
—¿A qué debo tu pronta visita? Imaginé que dada la naturaleza de tu accidente tardarías un poco más en venir, hasta que estuvieras completamente recuperado…
Ignorando el parloteo de su interlocutor, Milo se concentró en la pared detrás del escritorio; ahí había varios diplomas y títulos universitarios. Intentó no parecer demasiado obvio al mirar fijamente uno de los documentos, a pesar de la distancia logró leer, no sin algo de dificultad, el nombre escrito en él. Albiore, pensó, y de inmediato recordó que ese fue el nombre que su madre le dijo cuando le sugirió tomar terapia.
Albiore era el sobrino de un vecino de sus padres que al igual que él se había mudado a la capital para buscar mejores oportunidades laborales. Era un buen doctor, según las palabras de ella, Calvera casi le había contado la historia de su vida completa en parte para lograr convencerlo de asistir y en parte porque su madre era una persona muy comunicativa, habilidad que había desarrollado después de sus momentos más bajos, una forma, posiblemente, de evitar sumirse en sus propios pensamientos y problemas.
Si Albiore era el doctor real entonces Io había intervenido.
—Maldito loco —murmuró, enderezándose cuando sintió la mirada del otro rubio sobre él. Milo se sintió avergonzado por su elección de palabras—. Sólo quería saber si…—dijo en voz alta, esperando que Albiore no hubiera escuchado su declaración anterior— todavía… tendremos sesiones.
—Por supuesto —Albiore le regaló una sonrisa tranquila, a diferencia de Io que apenas y lo miraba, Milo podía sentir que el verdadero doctor estaba analizándolo incluso con verlo—. Todos los viernes en las tardes como siempre, ¿quieres agendar algo para este viernes?
—No, no, sólo estaba pasando por aquí y pensé en ver cómo estaban las cosas, saludar a Shun —ya que es el único que conozco de verdad y no me ha mentido con conocimiento, pensó—... Todavía tengo una semana de descanso y quisiera aprovecharla.
—Entiendo, entonces será mejor que veas lo de la agenda con Shun —concedió Albiore, tentado a preguntarle a Milo si alguna vez le había recetado algo para sus alucinaciones—. Me dió mucho gusto verte, tu madre dijo que estabas muy mal.
—Sí, fue… una caída algo fuerte; estaba distraído, supongo.
Milo se llevó la mano instintivamente a la mejilla, dónde su moretón ya casi se había desvanecido. Casi todos los golpes lo habían hecho, su nuevo problema era el constante movimiento que lo mantenía siempre cansado, y su nueva dieta, todos los paquetes de galletas que se había comparado como gusto personal habían desaparecido, y según su madre, él mismo les había dado algunos y tirado otros.
De regreso a casa, volvió a sentarse frente a sus notas, mirando el post-it azul que tenía una letra que él no sabía elaborar pero que se sentía muy familiar. Estaba en medio de una encrucijada, de nuevo, quería saber quién, o qué parte de él, había escrito esa nota, y también tenía un asunto pendiente con Io.
—Debí pedirles una forma de comunicación —murmuraba a cada segundo—... Si alguien dejó un mensaje…
Milo se llevó una mano a la barbilla, desvió su mirada a su escritorio y después de varios segundos se acercó a él. Sabía que su cuerpo se movía solo, y la nota le indicaba que había una consciencia que lo hacía, no era una especie de sonámbulo obsesionado con el ejercicio y una dieta balanceada.
—Espero que esto funcione, o le pateare el trasero a alguno de esos idiotas por nunca hacer nada bien y mantenerlo todo en secreto.
Aunque pensó en dejarlo en su ventana, creyó que sería más visible si lo dejaba en un lugar dónde se destacara de forma más eficiente y rápida. Desde que sabía que ese no era su lugar había eliminado todas las notas escritas por él en el pizarrón de Milo, no quería robarle su vida, o hacer una extraña mezcla, más de lo que ya lo estaba haciendo, y le gustaba el espacio en blanco que en ocasiones usaba para dibujar o diseñar. Las pocas veces que había visto a su padre el hombre había alabado su talento en el arte de esbozar edificios o casas.
—Siempre creí que te dedicarías a esto —le dijo la segunda vez que lo visitó, viendo su edificio, el edificio que de hecho debía hacer en su dimensión original—. Desde que eras niño te gustaba dibujar, y diseñar… y criticar mi trabajo.
—Tiene más talento que tú, tienes que admitirlo —se había burlado Calvera, logrando que su esposo le dedicara una mirada que se movía entre la ofensa y la diversión.
Milo pegó una hoja arrancada de uno de sus cuadernos con un imán, llena con algunas de sus preguntas; suspiró por lo bajo cuando miró la hoja en lo alto, al lado de su edificio. A la tarde siguiente, cuando despertó en su cama recién duchado y adolorido, lo primero que hizo fue levantarse y salir de su habitación. Sus ojos se entrecerraron cuando vió la solitaria hoja en el pizarrón; había escrito once preguntas y sólo dos no habían sido tachadas.
La primera, "¿quién eres?", fue respondida por un simple: Ya lo sabes.
La última, que tenía un breve párrafo introductorio sobre Io fingiendo ser su psiquiatra o un sujeto suplantando a Io (no lo sabía), era aún más escueta: Lo averiguaré.
—"Ya lo sabes", "ya lo sabes", ¿qué clase de respuesta es esa? —se quejó, tentado a arrancar el papel y arrojarlo lejos— Si lo supiera no estaría preguntando, imbécil.
Milo agitó su cabello, rompería su impuesta dieta como represalia. Media hora después estaba en la cafetería de siempre con Aioria y Shura, los últimos dos contándole sobre lo que ocurría el mundo durante el tiempo que el rubio se había encerrado en su departamento, como un viejo ermitaño, según sus propias palabras.
—¿Cuándo regresarás al trabajo? —preguntó Shura, intentando no mirar el rubio dorado de su amigo, no recordaba que Milo fuera tan rubio.
—El próximo lunes —respondió con fastidio, enseñar nunca había sido su pasión, y ahora que era verdaderamente él no creía que tuviera toda la paciencia que necesitaba para lidiar con adolescentes—. Estoy pensando en renunciar.
—¿De verdad? ¿Y qué planeas hacer al dejar tu trabajo de seis años? ¿Cómo vas a mantenerte? —Aioria alzó una ceja, poniéndose de inmediato en modo paternal.
Eso no era lo que le importaba, lo que le preocupaba era que sus acciones repercutieran de una u otra forma en la vida de su igual cuando las cosas se arreglaran, ¿qué tal si ella de verdad renunciaba? Las largas charlas que mantuvo con ella le hicieron saber que ella sí amaba su trabajo y lo disfrutaba; no podía cometer errores y para su desgracia ese era uno de los puntos que no había sido respondido, dejándolo en una encrucijada sobre sus deseos y el deber con ella.
—En fin, Aioria, ¿ya tienes el teléfono de Lithos? —molesto, desvió la atención para no torturarse de nuevo con todas sus preguntas.
—... E-estábamos hablando de tus absurdas decisiones —protestó Aioria, con un tenue sonrojo dibujando en sus mejillas.
—Uhh, es exactamente lo que me estaba preguntando —apoyó Shura, mirando de reojo a la joven barista que en ese momento le entregaba su cambio a un cliente.
—En caso de que lo olviden, tengo una relación estable con…
—Una bruja.
Milo miró a Shura con una sonrisa cuando interrumpieron a Aioria con la misma frase. No se sentía completamente cómodo con el pelinegro, desde que lo conoció sintió que algo faltaba, a veces lo veía como un amigo más, en otras, su corazón se agitaba cuando estaba cerca y una leve vergüenza lo albergaba al sentirlo; analizándolo ahora podía decir que esa confusión se debía a ser el reemplazo de su igual, ella era la verdadera novia de Shura, era posible que debido a ese fantasma Shura y él actuaran tan extraño y se mantuvieran incómodos en situaciones que involucraran bromas en conjunto o un leve contacto físico.
El ambiente era cómodo, era la primera vez que Milo se sentía así con esos dos por cuenta propia, sin ser influenciado por el Mosaico. Fue inevitable recordar la última vez que había estado así de cómodo con sus verdaderos amigos, su versión feliz de Aioria y Camus; eso había sido mientras buscaban su igual, después de que ella intentara irse por primera vez. También había sido antes de que su desaparición comenzara a agravar su salud de mayor manera.
Recordó ese día con exactitud. El Sol filtrándose por la ventana, la comida japonesa antes de que se trasladaran a la India, Aioria y Camus frente a él peleando sobre cómo se utilizaban los palillos y Écarlate llegando justo al final. Esa cálida tarde los tres amigos le hicieron algunas preguntas al pelirrojo sobre el llamado Mosaico y sus conocimientos sobre él.
Lo más importante fue el asunto de los relojes, Camus había recordado que no podían hacerle un reloj a Milo y al rememorar las especificaciones, el rubio, en su presente, comprendió de inmediato la respuesta a su primera pregunta. Quiso decirle a sus amigos, explicarles que ya había encontrado una pieza más del rompecabezas, pero se detuvo justo cuando abrió la boca; ellos no sabían nada y por su forma de comportarse lo tratarían como loco si les decía.
Él mismo se lo diría, más de una vez se había preguntado si todo eso no era producto de su imaginación. ¿Y si era un loco que se estaba inventando todo eso? Los relojes, Io, la doble realidad, las respuestas en su pizarrón… ella.
Al llegar a casa Milo se mantuvo en la entrada, viendo las simples respuestas. Era aún más importante para él que le hubieran respondido, detalle del que se percató apenas volvió a ver las respuestas en su pizarrón, que lo que le contestaran en sí. Quiso creer, imaginar en cualquier caso, que no se estaba inventando nada de eso; ella no podía ser un producto de su mente trastornada, ni todo el tiempo que pasaron juntos producto de sus fantasías. Ella era real, no sabía cómo podía asegurarlo, pero su interior se lo indicaba.
Ya lo sabes, volvió a leer.
"Una persona, un reloj; sin importar la dimensión, sólo puede existir un único reloj para una persona, más relojes es igual a caos. Podemos cambiar al portador, pero no el instrumento", recordó, incluso escuchando en su cabeza el tono aburrido de Écarlate ante la mención las reglas que había entendido apenas las escuchó.
No quería creerlo, pero era posible, no tenía otra explicación y eso sería la solución a por qué no le hicieron un reloj a ella. Había alguien más, un tercer él, o ella, que intervenía en su cuerpo y tenía un reloj, y por experiencia sabía que sólo existía un grupo especial que portaba un reloj y viajaba a través del Mosaico.
—Esto podría ser malo —murmuró, ingresando de inmediato en su habitación para buscar más post-it y una pluma.
Quería ser cuidadoso, si se porta demasiado osado su cuerpo podría pagar las consecuencias, más de lo que ya no hacía.
Varias horas después, con su ropa deportiva y el cabello amarrado, Milo soltó un suspiro de alivio cuando vio más respuestas y no preguntas tachadas; ahora tenía más conocimiento sobre la persona con la que trataba, sólo un poco más, las respuestas seguían siendo cortas, pero eran concretas, directo al grano, cómo debían ser para no confundirlo.
La primera, obvia y que bien podía ser respondida con un engaño rezaba, "¿de qué lado estás?" Era una pregunta que él consideró tonta, pero que había tenido la necesidad de hacer, y agradecía la respuesta: De mi lado.
"¿Hombre o mujer?" Esa respuesta era un poco más larga y explicativa: La mayoría de nosotros pertenece al sexo masculino, la variante femenina es poco común.
—"Nosotros" —leyó—. Hay alguien más como yo, eso lo confirma al cien por ciento… no sé si esto es bueno o malo.
Milo soltó un tenue suspiro, su tercera pregunta estaba relacionada con la razón por la que esa versión tenía un reloj; sin tapujos o vueltas había cuestionado si era un reubicador y la respuesta, sin tapujos o vueltas, era esclarecedora: ya no. Y aunque fuera esclarecedora, Milo sintió que varias preguntas más se arremolinaban en su mente ante la respuesta, era la primera vez que estaba cerca de un reubicador sin sentir que su vida corría peligro.
La emoción de esa respuesta se desvaneció cuando fue a la pregunta sobre el ejercicio. Ya había imaginado que tenía que ver con la preparación para lo que se venía, pero no esperaba que directamente el aparente otro él le dijera que estaba descuidado. Desde luego, Milo no tenía mucha actividad física como otros, pero eso no significaba que fuera un descuidado, de vez en cuando intentaba ejercitarse, en especial cuando calificaba exámenes y los estudiantes lo sacaban de quicio; caminaba demasiado, al final del ciclo escolar tenía que cargar las libretas de sus alumnos de la escuela a casa y de regreso. Estaba algo descuidado, pero no fuera de forma.
Para asegurarse de que no se estaba engañando se llevó la mano al brazo contrario y lo tocó; tal y como lo esperó, su músculo era fuerte, no tan grande pero no era un brazo flácido como lo habían insinuado. Un tenue gruñido salió entre sus labios, sólo él era capaz de fastidiarse a sí mismo de esa forma.
Su última pregunta iba relacionada con Io, quería saber qué había pasado con ese tema, quería una línea de comunicación confiable, quería saber qué pasaría ahora que lo recordaba todo y había decidido volver a involucrarse, sobre todo, quería saber qué había pasado con su igual, donde estaba, que tanto sabía, si ella se preocupaba tanto como él. Cómo respuesta a su pregunta sólo había un número de teléfono, con una lada que indicaba que era del extranjero.
Milo soltó un suspiro bajo y se adentró a su habitación para buscar su teléfono celular. Estaba descalzo y sus pies estaban fríos pero eran detalles sin importancia; ahora que sólo tenía medio día con su cuerpo quería disfrutar y descansar cuánto pudiera, a sabiendas de que por las mañanas era sometido a torturas inimaginables. Ligeramente nervioso, registró el número en su teléfono y marcó.
Esperó hasta el cuarto tono, cuando un tenue murmullo mostró que la línea de comunicación estaba abierta y alguien le había contestado.
—¿Hola…? —saludó, indeciso.
—Milo, no te esperaba tan rápido, literalmente acabas de irte.
Del otro lado de la línea, Io estaba en el suelo, sosteniendo el teléfono con la mano derecha mientras con la izquierda dibujaba un círculo en el suelo.
—¡Tú! ¡¿Quieres decirme por qué…?!
—Tranquilo Milo, estaba por buscarte, quería darte un par de días libres, no creí que hubiera tanta prisa.
—¿No lo pensaste? —interrogó Milo con un ligero toque irónico.
—Mi percepción del tiempo es diferente a la tuya, y a diferencia de ti yo no tengo nada que perder, sería deshonroso, pero si mañana desaparecemos pues lo hicimos, no podemos detener el tiempo, el Mosaico ya tiene una línea de acción, tal vez es nuestro destino desaparecer de esta forma, sólo él lo sabe.
Milo intentó no rodar los ojos ante el tono sabiondo del hombre con quien hablaba, en su lugar se concentró en los detalles importantes.
—No eres mi psiquiatra —murmuró, lo suficientemente alto para que Io lo escuchara.
—No, no exactamente, no tuve la oportunidad de estudiar para obtener el permiso en Grecia y conocer a tu madre para asegurarle que yo soy mejor opción que el sobrino de su amigo.
—Entonces…
—Formamos recuerdos con base al tiempo, nuestro aprendizaje, nuestra capacidad de razonar, todo depende del tiempo, y eso es algo, mi querido golpeador, que puedo controlar en cierta mediada. Admito que no estoy orgulloso de eso, pero era una situación complicada, te apareciste un par de horas después de que circulara el cartel de ella.
El rubio se mantuvo en silencio, meditando las palabras de Io, no eran lo que esperaba, pero conociendo a Io no escucharía nada más que eso, parecía que todos los relojeros estaban obsesionados con el tiempo y decir las cosas de la manera menos específica posible.
—¿Cómo vas con tu investigación sobre la dimensión adaptándose a mi?
—Complejo, ¿ultimamente te has sentido atraído hacia el individuo llamado Shura? ¿o te es completamente indiferente?
Las mejillas de Milo se colorearon de un fuerte tono carmesí. Estaba por mentir, pero después de un tenue suspiro y de agradecer que estuviera hablando con el relojero por teléfono y no frente a frente.
—Tal vez… algunas veces.
—Las dimensiones vecinas compartían ese detalle, pero en otras más adelante se mantuvieron como amigos, y poco antes de llegar a la tuya el patrón de Camus ya había reemplazado a Shura.
—¿Y eso significa…?
—La dimensión sigue tratando de acomodarte y acomodarse, aún no sé si te juntará con Shura o los mantendrá como amigos, te resistes, ¿aún puedes ver las superposiciones?
—Todo el tiempo… comienza a ser agotador…
—... Es excelente, ver fallas significa que eres más sensible que otros, tal vez tú solo te adaptes a la dimensión, eso nos ayudaría si quieres regresar a tu lugar original, equilibra las cosas, te pone al nivel de ella.
—¿Y mientras tanto?
—Deja que él se haga cargo de ti, lo único que evitará que te atrapen es él —aún acostado en el suelo, Io dejó de mover las manecillas de su reloj—. Te veré en diecisiete días, ellos se acercan, él lo sabe.
Dicho eso, Io colgó el teléfono y lo guardó en el bolsillo de su pantalón. Soltó un ruidoso suspiro y se enderzó; estaba agotado, sus ojos eran adornados por evidentes ojeras, sus manos seguian vendadas y algunos de sus dedos aún sangraban tanto que el color rojizo de su sangre pasaba la venda y se veía a simple vista. Cuando Milo lo visitó en la cima del reloj más grande del mundo, el rubio mismo se lo señaló, no era común ver a un relojero así.
Dormiría después, tenía un asunto importante que debía atender primero. Sólo él podía ver un remolino en el cielo, un perfecto remolino formado por nubes blancas que se podía ver en cualquier parte del mundo. No le había mentido a Milo, ellos se acercaban, el remolino era un intento por romper su bloqueo y entre más angosto fuera significaba que estaban más cerca de romperlo. Io miró sus trazos, alrededor de la circunferencia del círculo había dibujado doce números y en medio del mismo había puesto un delgado cilindro de metal; después se asomó por una de las grandes ventanas abiertas en la cima del Big Ben.
Primero miró hacia abajo, hacia las calles londinenses donde los transeúntes continuaban su camino normal, y después se concentró en el cielo, donde el remolino se movía lentamente, haciéndose cada vez más pequeño y angosto. Asintió en reconocimiento, regresó frente a su reloj solar y rápidamente descubrió una de sus manos.
Con una navaja pequeña se hizo otro pequeño corte en la palma y dejó que un par de gotas de sangre cayeran justo en el cilindro que emitió una luz en línea recta que atravesó el techo del lugar y llegó directo al cielo. El remolino dejó de girar lentamente hacia su interior y comenzó a girar al lado contrario, abriéndose. El cilindro, por su parte, desapareció, pero su sombra de mostró, como si estuviera ahí recibiendo los rayos del Sol.
—Eso bastará, ahora… —Io sacó un pañuelo limpio para limpiar su herida— ¿Qué estaba haciendo antes de que él apareciera?
