Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.


**Nota introductoria: En letra cursiva va lo escrito o grabado por otra persona, en este caso nuestro tercer Milo.


"¿De dónde vienes?" Siglo XIX.

"¿Has estado en muchas dimensiones?" Sí, pero no son ni la cuarta parte del Mosaico.

"¿Cuántos años tienes?" Dejó de importar después de los ochenta y seis.

"¿De verdad eras de los malos?" Lo soy.

"¿La has visto?" He estado en su cuerpo un par de veces, es más fuerte que tú.

Milo frunció el ceño ante la última frase, sin poder evitarlo, rodó los ojos mientras volvía a leer la última pregunta. Después de un par de días podía decir que su otro yo era más abierto, en algunas cosas, preguntarle sobre su trabajo lo llevaría a explicar una serie de tecnicismos, pero nada de experiencias personales, fuera de eso sí respondía otros cuestionamientos siempre y cuando no fueran tan personales y le dejaba una lista de todo lo que hacía, convirtiendose en un apoyo secundario puesto que el otro Milo estaba más dispuesto a salir al exterior y ver ese extraño fenómeno visual que se acentuaba que él.

No era que le disgustara salir, era una persona de exteriores, en extremo social, sólo que aún no estaba del todo acostumbrado. Era chocante, a pesar de que en los últimos días el fenómeno parecía haberse calmado y pasado a ser sólo un detalle que estaba ahí y que, si estaba completamente distraído, podía ignorar.

Aún tenía muchas preguntas, el sujeto que le quitaba el cuerpo algunas mañanas y algunas tardes era el único con el que podía hablar sin que lo tacharan de loco. Eso lo había llevado a escribir su última pregunta del día anterior, o petición, una petición que había hecho con algo de temblor y dudas, una que se sentía como un soplo de avance en el momento estático al que estaba condenado desde que lo habían sacado de su letargo.

"He estado pensando que escribir en notas es complicado, no me molesta, pero siento que en ocasiones te burlas de mi y no tengo manera de asegurarme. Eres yo, ¿cierto? ¿no sientes curiosidad? No todo el mundo puede hablar consigo mismo y ver cómo le responden cosas que no quiere escuchar, cosas que no piensa, como si fuera una persona completamente diferente. Albiore diría que sólo es una forma de alimentar mi locura, pero qué sabe él si nunca ha visto los nombres de las calles parpadear como si fueran una pantalla. He estado pensando que sería mejor, y podría extenderme, si hacemos un video o un audio, ¿qué dices?"

Milo releyó el párrafo que había escrito, sus palmas estaban sudorosas y los nervios se percibían en todo el ambiente. A paso lento, leyó la que de antemano sabía era una respuesta corta: Has lo que quieras. Odio las cámaras.

—Es difícil creer que eres yo cuando me hablas de esa forma, maleducado —murmuró, haciendo la hoja de papel bolita para arrojarla en el bote de basura.

Se dejó caer en su sofá. Siempre se había concebido como una persona demasiado extasiada, agresiva, habladora, era difícil verse como parecía que esa versión de él era, de pocas palabras, frío, distante, algo así como Camus a la décima potencia. Quizá era debido a esa actitud que se sentía tan curioso por ese él; no era como su versión femenina que a pesar de los malos momentos tenía, en esencia, tomaba la misma actitud ante las situaciones.

Él y ella eran como dos gotas de agua, pero él y el otro eran un caso completamente distinto; su otra versión sin duda se llevaría bien con Camus.

A pesar de todo, Milo sacó su teléfono celular y aún recostado en su sofá lo encendió. Se talló los ojos antes de configurar la cámara, sin una idea clara de cómo iniciar.

—Consideré que tal vez aprovecharías para presentarte, dado que te robas mi cuerpo, pero en vista de tu hermético actuar, aquí estoy —dijo, sintiéndose estúpido al grabar un video para sí mismo—. Soy Milo, Milo Sargas, Milo Scorpius Sargas; ella también es Milo, Milo Antares Sargas, así que obviamente tú también eres Milo, pero sería bueno si me dijeras si tienes otro nombre u apellido. Cuando estábamos en mi dimensión nunca pudimos ponernos de acuerso sobre quién sería Milo —recordó, sonriendo al pensar en todas las tardes que Aioria y Camus mediaron para poder decidir, ellos a veces también causaban problemas al mencionar el nombre de sus amigos—, yo no tengo problema con mi segundo nombre, es tonto pero ya me acostumbré a él, ella odia el suyo… ¿hablas con ella como lo haces conmigo? ¿Ella sabe que hablamos?...

Se mantuvo en silencio por unos instantes, añorando los días de almuerzo compartido que tenía con sus amigos y su igual, la sonrisa tranquila de su madre y las largas llamadas con su abuelo, dónde el hombre impartía sabiduría y regaños por igual. Lentamente bajó su teléfono y lo apagó; antes de irse a la cama escribió una nota indicándole a su otro yo que viera su mensaje audiovisual, no estaba dispuesto a avergonzarse para que al final el otro no lo viera.

El lugar en el que estaba era oscuro, frío, lejano. Sentía las extremidades entumecidas, las manos adoloridas y su cuerpo cansado; el ruido en el techo lo despertó de su sueño, no sabía qué pasaba pero por los rudos movimientos imaginó que era grave. El ruido sordo de muebles cayendo sólo se interrumpió por el agudo grito de una mujer; posterior a eso siguieron voces apenas audibles; el sonido del accionar de un arma y más movimientos fue lo que hizo que se enderezara de inmediato, alarmado.

Escuchó pasos apresurarse hacia dónde estaba, la puerta frente a él fue abierta con violencia, el seguro salió volando y las paredes retumbaron ante el golpe de la puerta, permitiendo que una tenue luz proveniente del exterior se filtrara.

—Nos vamos, ya sabes que hacer.

Milo quiso preguntar qué ocurría, pero su cuerpo se movió solo. Primero asintió con rapidez y sin decir nada se quitó la sucia cobija que cubría su cuerpo; corrió hacia la otra esquina y, sin poder distinguir nada, recogió un rollo de papel, dos pulseras de metal y una pesada chaqueta de cuero. Fue en ese momento cuando se percató de que no era un adulto, sino un niño, y por la altura y delgadez supuso que ni siquiera tenía una década de vida, pero eso no evitaba que se moviera con rapidez, sin nada de torpeza.

Sin control sobre su infantil cuerpo, Milo se dedicó a captar todo lo que estaba a su alrededor. Después de recoger sus cosas corrió detrás del hombre que había interrumpido su sueño, aún con cierta distancia reconoció el largo cabello azul que se mecía con el movimiento, pero no pudo reconocer al hombre frente a él hasta que este se dió la vuelta cuando llegó a una esquina. Kardia gruñó por lo alto como un perro rabioso, tenía un arma en la mano derecha y no dudó en dispararle a quien sea que estaba al otro lado del pasillo, recibiendo como respuesta varios disparos que fallaron.

—¡No huyas, maldito cobarde! —gritó, dejando su lugar y doblando la esquina.

Preocupado, Milo apresuró su paso, cubriendo la parte superior de su cuerpo y la cabeza con la chaqueta. Detuvo su carrera poco antes de llegar a la esquina y se asomó con cuidado; a penas en ese momento, mientras su cuerpo se quitaba el largo flequillo que cubría su vista, se percató de que su cabello era de un fuerte tono azul, no rubio. Otro detalle sobre el que no pudo profundizar puesto que el movimiento al otro lado del pasillo era más atrayente.

Dentro de la habitación en la que Kardia se había adentrado, había una mujer sobre las escaleras que temblaba, en la parte baja un hombre se desangraba por varios disparos en el pecho y Kardia sometía a un segundo, con el pie sobre su hombro, sus manos sostenían la mano del hombre, doblándola hacia atrás.

—¿Puedes sentirlo? —murmuró el peliazul, con un tono que Milo nunca había escuchado en su padre, un tono que le erizó los vellos— La sangre recorriendo tus venas a toda velocidad, tu hueso tronando poco a poco… quiero romperte el brazo, ver la sangre salpicar, quiero arrancarte el brazo por completo, de un solo movimiento y quiero que grites, si te desmayas me encargaré de dejarte sin extremidades, y después iré por tu linda ayudante.

—... Ha-hazlo —murmuró el hombre, entrecortado—... no… el relo-lojero no los apoya… ¡Moriré antes de decirte en dónde está!

Milo tembló en espíritu, su cuerpo se mantuvo inmovil, viendo la violencia frente a él sin reaccionar más que para continuar respirando y parpadear. Indiferente, frío, con miedo. Ni siquiera cerró los ojos cuando un fuerte crujido retumbó en toda la habitación y el hombre soltó un alarido que sólo se comparó en volumen con el de la mujer.

—¡Niño! —su juvenil cuerpo saltó en su lugar ante el llamado de Kardia— ¡Muévete! ¡Maldita sea!

Nervioso, Milo se acercó a los hombres. Torpemente intentó juntar las pulseras, sin quitarse la chaqueta o dejar que está le resbalara por la espalda y lo descubriera. Sus manos temblaban por la penetrante mirada de su padre sobre él, que, sin la suficiente paciencia, le arrebató las pulseras de un manotazo y lo empujó lejos, haciéndolo tropezar con sus propios pies.

—¡Inútil! —le gritó. Con un movimiento rápido y practicado, Kardia golpeó las pulseras y soltó una que, tras un tenue brillo blanquecino, colgó en el aire, unida a la otra.

Desde el suelo, Milo observó el movimiento de su padre con un ligero asombro brillando en sus ojos azules, asombro en su cuerpo, en su interior, el Milo rubio se removió incómodo, nunca había visto a su padre actuar de esa forma. Al volver a mirar al hombre, tanto el cuerpo como la conciencia, saltaron levemente al notar que él brazo sangrante estaba curándose; el hueso blanquecino del hombro era cubierto por una tenue capa de músculo, las venas avanzaban lentamente, intentando cubrir la herida expuesta y el sangrado había dejado de fluir, la sangre ahora estaba coagulando, ayudando también a cerrar la herida.

La rápida curación se detuvo cuando Kardia le puso las pulseras en las muñecas. Detener la herida no fue suficiente para él, puesto que sin titubear pisó con fuerza y velocidad el hombro del enemigo, provocando más sangre y alaridos por parte del hombre.

Milo quiso gritar también, aterrado, quiso detener a su padre pero su cuerpo se mantuvo inmóvil, con los ojos fijos en la escena. El hombre, con expresión dolorosa y lágrimas brotando de sus ojos movió la cabeza hacia donde estaba y un dejo de asombro se dibujó en sus pupilas dilatadas; Milo también lo miró a los ojos, hipnotizado, incapaz de moverse.

De repente, el ruido de un disparo interrumpió los tenues sollozos del hombre y el ruido que hacía Kardia. Milo sólo sintió un golpe directo en la cabeza cubierta por la chaqueta, como cuando se le arroja un objeto a alguien con el fin de llamar su atención. La bala que fue disparada hacia su dirección había rebotado gracias al material especial de la chaqueta e impactó directamente contra el brazo de Kardia, que se había acercado para intentar mover a Milo.

Un ligero temblor recorrió el cuerpo del niño cuando vió al peliazul mayor llevarse la mano a la herida. Kardia se dió la vuelta y miró a la mujer en la parte de arriba de la pequeña casa con furia irradiando sus ojos; rápidamente corrió hacia ella, con una expresión llameante que puso nerviosa a la mujer, evitando así que volviera accionar su arma. Al llegar al piso de arriba, Kardia la levantó del suelo y chocó su cuerpo contra la pared detrás de ellos. El ruido del golpe resonó junto con el arma cayendo al suelo.

En su interior, Milo negó varias veces. Conocía a su padre, sabía sus defectos y virtudes, conocía dos o tal vez tres versiones diferentes de él; Kardia podía llegar a ser algo enojon, tramposo, maldoso, pero no era violento, no a ese grado al menos, el hombre que estaba frente a él, que en ese momento sostenía a la mujer con una mano a través del cuello, no era su padre. Era una violenta versión de él, un monstruo.

"No", pensó, "¡No! ¡Padre! ¡Detente!".

Lejos del suelo, los pies de la mujer se agitaron, sus manos intentaron alejar la gran mano de su agresor de su cuello hasta que poco a poco sus esfuerzos se desvanecieron. Apenas se desmayó, Kardia suavizó su agarre y la dejó caer. Lentamente volvió a bajar las escaleras, con la mirada al frente.

Milo, por su parte, no se había percatado del momento en el que se había levantado y aunque no tenía control de sí, dió varios pasos hacia atrás, pequeños y cortos, atemorizado mientras veía a su padre acercarse a él, sin perder velocidad. Kardia sólo se detuvo cuando estuvo frente a él y de un rápido movimiento alzó su mano herida y con la palma abierta le dió una bofetada que lo mandó de nuevo al suelo.

—¡Niño inútil! —le gritó— ¡¿Qué fue lo que te dije?!

Milo intentó hacer sus propias preguntas, pero antes de siquiera formular una sus labios se abrieron, temblorosos y resecos. Su tenue voz infantil resonó en el lugar.

—Mantente siempre alerta.

—No me sirve de nada que lo repitas si no lo haces —Kardia se acercó a él y con rudeza le quitó la chaqueta—. Mocoso inútil…

—Es tu hijo… —La voz del hombre en el suelo interrumpió el intercambio. Con la mirada borrosa y la sangre aún brotando, los miró de uno al otro, el adulto que sangraba y el niño con la mejilla enrojecida— Es tu hijo…

—Yo no tengo hijos.

Las palabras de Kardia le dolieron más que el golpe en el rostro. Milo sintió que su inocente corazón se rompía y lágrimas se aglomeraban en sus ojos. Tuvo que parpadear varias veces para evitar derramarlas, con cierto pesar levantó el brazo que sostenía el rollo del papel para limpiar sus ojos; cuando lo bajó notó que sus esfuerzos fueron en vano, ya estaba llorando y la habitación en la que estaba ya había cambiado.

Milo se levantó rápidamente del sofá en el que estaba acostado. Confundido, miró a su alrededor. Estaba en su departamento, la televisión frente a él estaba encendida y en volumen bajo, mostrando una vieja película de Clint Eastwood, su cabello era rubio y el lugar parecía no tener cambios. Todo parecía normal, pero Milo continuaba sintiéndose intranquilo; aún continuaba llorando y su corazón latía con violencia. Sentía náuseas, esa había sido la pesadilla más realista que había tenido alguna vez; se comparaba con los recuerdos de su vida original que se presentaban cuando dormía. Eran recuerdos, imposible que fueran sólo unas extraña fantasía.

Milo se limpió las lágrimas lentamente, alejó su flequillo de la frente y soltó un tenue suspiro. Se sentía desganado y no podía quitar de su mente las brutales acciones de su padre; ese no podía ser su padre, se negaba a creerlo. Intentando quitarse el mal sabor, le subió el volumen a la televisión y se acomodó frente a ella. A pesar de concentrar toda su atención en ella, no pudo dejar de pensar en lo que había experimentado hasta que una alarma en su teléfono le indicó que ya era muy tarde, la película, de hecho, ya había terminado y la pantalla estaba suspendida.

Al tomar su teléfono para apagar la alarma notó que tenía varios mensajes de parte de Aioria notificándole de un almuerzo planificado con Shura, para festejar que no había renunciado y estaba de vuelta a la normalidad, además de que su madre también le había escrito para recordarle que durmiera bien, y le avisaba su pronta visita antes de regresar a casa.

Ya que estaba en su teléfono aprovechó para revisar su galería, esperando ver alguna respuesta. No le decepcionó no ver nada, sería demasiado si su hermético otro yo le contestaba, era posible que ni siquiera hubiera visto el video. Mentalmente cansado, Milo se levantó del sofá y apagó la televisión manualmente; el interruptor de la luz estaba al lado de su pizarrón así que cuando se acercó notó que había dibujado una especie de horario semanal, con horas añadidas y de diferentes colores, y pegado sobre él, destacándose como el único papel en el pizarrón, había una nota post-it que decía sólo una palabra:

—Grabadora —leyó.

De inmediato, sacó su teléfono celular y buscó entre el mar de aplicaciones de juegos que tenía la indicada; que él recordara no tenía ni una y su teléfono no grababa de esa forma, pero tras varios segundos de búsqueda la encontró, una aplicación normal que al momento de abrirse mostró una única nota.

Tragó, saliva, eran demasiadas emociones para esos momentos, pero quería escucharlo, así que con la mano ligeramente temblando inició la grabación y acercó su teléfono a su oído.

Hice un cronograma, es inamovible, sin importar la fecha o el mes, o el año, has lo que quieras durante tu tiempo, no quiero ver a tus padres durante el mío —escuchó. Tal y como lo imaginó, su voz tenía un tono monótono, vacío, falto de emoción, pero la palabra "padres" tenía imprimido cierto grado de rencor que Milo reconoció de inmediato, era su voz lo que escuchaba, la conocía a la perfección. Pasaron varios segundos en silencio que le hicieron creer que la grabación ya había terminado, pero entonces lo escuchó, bajo, más grave—... sólo soy Milo, el antiguo reubicador del SJ-3429.

Eso era todo, Milo suspiró por lo bajo y volvió a escucharlo una vez más antes de ir a la cama. Había una ligera emoción recorriendo su cuerpo, cosa que sólo fue apagada cuando en la suavidad de su cama recordó el sueño anterior; aún no sabía que pensar o sentir. Al pensar en la situación de su contraparte, recordó que él mismo le había dicho que no era rubio, o pelirrojo, era peliazul; su cabello era exactactamente igual de largo al de él, pero de un tono distinto, uno no común en su universo, pero al parecer sí en otros y en el de ella, puesto que el cabello de Shun era verde, e Io tenía un llamativo tono rosado.

Sólo un sueño corto lo asaltó durante la noche, uno borroso, dónde vió a su padre siendo vendado en su brazo izquierdo por un chico pelilila de ojos grandes y expresión amable; él estaba frente a ellos, comiendo con velocidad algo que ni siquiera podía identificar ya que no se tomaba su tiempo para masticar completo, sólo intentaba meterse todo lo que podía a la boca, el pan duro frente a él o la enorme taza de café que apenas y podía sostener con ambas manos sin temblar. Estaban en una habitación semioscura, iluminados por unas cuantas velas; el lugar tenía algunos relojes que sonaban a la vez, indicando el cambio de hora, su mirada infantil se detuvo justo en uno de pared que tenía forma de casa, con un par de puertas pequeñas arriba del reloj que se abrían y cerraban dejando salir a un pequeño pájaro de madera que cantaba dos veces, moviendo sus alas.

—¿Hace cuánto que no lo alimentas? Es un niño, debe alimentarse y dormir bien —le dijo el joven a Kardia cuando terminó de ajustar la venda—. ¿De dónde lo sacaste?

—Creí que a los relojeros no les importaba lo que hicieramos siempre y cuando mantuvieramos su estúpido equilibrio.

—Una cosa es el equilibrio del Mosaico y otra es andar cargando a un niño por todos lados, es peligroso para él, no puedes cortarlo de su destino.

—Por eso tienes que darle un reloj— Kardia se levantó de la silla y tomó el papel que Milo tenía frente a él, cubierto de migajas por el pan duro que intentaba morder—. Es un decreto, debes obedecernos.

El relojero entrecerró los ojos, no le agradaba esa frase y la había escuchado cientos de veces. Con delicadeza pasó la mano sobre los cabellos azules de Milo, que continuaba comiendo y tomó el papel que Kardia le tendía. Milo no alcanzó a ver lo que decía la hoja, su cuerpo de nuevo estaba fuera de su control, sólo comiendo y de vez en cuando moviendo la cabeza de un lado al otro, y balanceando los pies; el movimiento del chico, sólo se detuvo cuando pusieron frente a él una caja de la que comenzaron a sacar varios relojes de diferentes formas y tamaños.

—No hemos tenido una buena semana —explicó Kardia mientras el relojero mostraba algunas de sus obras más recientes—. Nos han perseguido y hemos perseguido, y es mejor para él que se vaya acostumbrando. Elige uno, mocoso.

Milo se enderezó cuando Kardia se paró detrás de él y le dió un leve golpe en la cabeza. Aún con la boca repleta de comida miró al hombre con el que había estado viajando y después volteó a ver a la mesa, dónde varios relojes estaban frente a él.

—Puedes elegir el que quieras —le dijo el joven de ojos rosas frente a él—. Estos se colocan en las muñecas y estos son como los que llevan todos aquí, tienen una cadena para que lo sujetes a tu ropa, pero los he diseñado de forma que puedes colgarlo en tu cuello, así no lo pierdes.

Había de diferentes tamaños, formas y colores; eran tan llamativos con sus diseños variados que no pudo evitar tocar todos, buscando cuál le gustara más. Tardó varios minutos, en ese tiempo el chico de los relojes no le quitó la mirada de encima, con una sonrisa tranquila, mientras que Kardia le quitó su hogaza de pan y comenzó a caminar alrededor de la habitación, desesperado porque tardaba en decidir.

—No te gusta ninguno, ¿cierto? —dijo el relojero después de un par de minutos, cuando el brillo curioso en los ojos del niño desapareció— Tengo una idea, ¿por qué no revisas la habitación, tengo otros relojes, de seguro habrá uno que te guste, o podría fabricar…

—No tenemos tiempo, se lleva uno hecho. Será mejor que decidas mocoso, o yo lo haré por tí y creeme, eso no será bueno para ti.

Ante la amenaza de Kardia, Milo asintió rápidamente y se alejó de la mesa para buscar el reloj que le gustase, sintiendo presión para cumplir con la tarea.

El sueño se desvaneció tan rápido cómo apareció, Milo sólo reaccionó ante el recuerdo del mismo cuando Aioria le golpeó en el brazo, reclamándole por no prestar atención a la charla.

—Lo siento, tuve un sueño… extraño —se disculpó, poniendo atención a la comida frente a él, no recordaba haber pedido un corte de carne a término medio.

—Yo también tuve un sueño extraño—aportó Shura, después de darle un sorbo a su copa de vino—. Soñé que eras una mujer.

Milo alzó la cabeza rápidamente, a su lado, Aioria abrió la boca. Ambos estaban sorprendidos; contrario al profesor de matemáticas, el ahora estudiante salió de su estupor más rápido y sonrió con suavidad, la antesala de una gran carcajada que llamó la atención de los demás comensales a su alrededor.

—¡Maldita sea! —expresó, una vez calmado—. ¡Yo también lo he soñado!

Shura sonrió ante la declaración de Aioria; su atención rápidamente se concentró en él:

—Cabello corto, pelirroja, con un irritante tono sabiondo cuando tiene razón en algo…

—Bajita, le molesta que alguien le recuerde su estatura, insulta mentalmente a los demás, con una fuerza demasiado notoria para su débil brazo…

—Y va de cabeza ante cualquier idea que crea que es correcta —terminaron ambos a la vez, compartiendo uan sonrisa que no se borró cuando se concentraron en su amigo rubio.

—Honestamente, Milo —dijo Aioria, con un tono burlón—, no sé si es más cansado tratar con ella que contigo, ambos son terribles.

Milo, que mantenía una expresión neutra, miraba de uno a otro sin ser capaz de responder mientras sus amigos comenzaban a compartir sus respectivos sueños, como si fuera común que dos personas diferentes soñaran continuamente con una versión alternativa de su amigo, la misma versión habría de aclarar. Lentamente sacó su teléfono y buscó entre sus contactos el teléfono de Io, necesitaba decirle. Fue interrumpido cuando Shura le dió un codazo y con un movimiento de cabeza le indicó que mirara a su derecha.

—Es Julián Solo, ¿qué les dije? A este lugar vienen empresarios millonarios…

Julián Solo le sonrió a todo aquel que volteó a verlo sorprendido. Milo observó cómo el joven vestido de blanco se sentaba con elegancia y se quitaba sus lentes negros mientras continuaba su charla con el chico pelilila que había visto en sueño esa mañana, un poco mayor y mejor vestido, y Kaza. El pelinegro que se sentó dándole la espalda era Kaza, lo reconoció de inmediato, su postura algo encorvada y tono pálido de piel parecía que era algo no exclusivo de su versión como relojero que casi no dormía, según recordaba Esmeralda.

De repente, sus ideas sobre todo lo que ocurría se desvanecieron cuando el cielo se oscureció; a su derecha Aioria murmuró algo sobre el cielo despejado, a pesar de que en ese momento parecía que una gran tormenta se acertaba. Todos en la terraza, que estaba en la azotea de un restaurante, miraban hacia arriba con desconcierto.

Milo, por su parte, sintió que su boca se secaba; un mal presentimiento le recorrió toda la espina dorsal. Todos veían sólo el cielo cubierto por pesadas nubes negras pero él podía ver una especie de remolino que giraba hacia su interior, estrechándose.

—Debemos irnos —dijo de inmediato, levantándose de su lugar y tirando su copa de agua por el movimiento agresivo al moverse—. ¡Ahora! ¡Aioria, Shura, debemos irnos!

Ninguno de sus amigos respondió, justo cuando voltearon a verlo se escuchó el nombre del joven millonario recién llegado siendo pronunciado por un hombre de aspecto nervioso que entre su ropa sacó un arma de calibre corto.

Todo lo que se escuchó después de eso fue una detonación y los gritos de la gente presente.