Christmas Tree
By: HybridVirus
Disclaimer: Hetalia y sus personajes son pertenencia de sus respectivos dueños, solamente soy dueña de Rafaela y no hay ninguna ganancia con esto, más que darles amor a las relaciones de mi país con otros países; solo soy una fan que escribe para fans.
Pd: Se aceptan donaciones en PP :La descalabran:
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El suave murmullo del viento meciendo las ramas y hojas de los árboles en las afueras del recinto, resuena apaciblemente en sus oídos junto al eco de las voces pertenecientes al resto de los países, que se encuentran charlando amenamente en la sala de juntas. El oscuro cielo anuncia lo que sabe es el inicio del mes más curioso para ella. Pues en su territorio las cosas siempre suelen ser un "Lo haces bien, o simplemente no haces nada." Cuando se trata sobre alguna festividad. Por lo que el recuerdo de la calidez que emana de su corazón ante la visión de las resplandecientes luces, las coloridas piñatas llenas de dulces, los encantadores adornos, las sorprendentes peregrinaciones, las hermosas nochebuenas, junto a los enormes y bellamente decorados pinos, la hacen pensar en el inicio de las posadas que reemplazaron la festividad del nacimiento de Huitzilopochtli.
Pero eso es lo que la hace tan diferente de muchos otros países, el hecho de que aún recuerda con ardor diversas de sus propias costumbres, antes del mestizaje llevado a cabo por el insolente hermano mayor que contribuyo a su educación. El mismo que se encuentra en el fondo del salón, intentando convencer a toda Latinoamérica de unirse a él en una cena familiar. Un suspiro escapa de los labios de la pelicastaña al pensar en el pleito que se armara, cuando todos los traumas de los presentes afloren en medio de la cena, las discusiones por los terrenos de la abuela que suelen pasar en sus dominios, se quedaran cortas si algunos de los países se salen con la suya, y logran escabullirse con sus leales armas al evento.
La mirada ambarina se desliza lentamente sobre los rostros de las naciones, que conversan alegremente las unas con las otras. Una divertida sonrisa se apodera del país latino al ver el rostro molesto de Arthur, mientras intenta controlar las indiscretas manos de Francis. Las sonoras carcajadas de Mathias, Alfred y Gilbert resuenan sobre los exhaustos suspiros, de los países que siempre tienen que lidiar con sus descabelladas ideas. El aliento de Rafaela se ve atrapado de pronto en su pecho, al percatarse de la mirada violácea que sabe de sobra, está juzgando silenciosamente la postura de sus brazos, que se encuentran apoyados sobre la mesa de caoba y la forma en que su barbilla descansa sobre la palma de una de sus manos.
Una suave sonrisa se apodera de las bronceadas facciones de la ojimiel, mientras observa de reojo la forma en que las resplandecientes amatistas se deslizan lentamente sobre su postura. Probablemente otros países verían el gesto como algo grosero, invasivo e incluso absurdo, pero Rafaela estuvo casada con el pelicastaño el suficiente tiempo, como para reconocer el discreto cariño y aprecio que se oculta detrás de la molestia ante su falta de modales. Un gesto de sorpresa se apodera de las pálidas facciones del hombre, al percatarse de la mirada ambarina que se encuentra fija sobre su persona. Puede que Rafaela no lo esté mirando de frente, pero reconoce sin el menor problema ese gesto de mirarlo por el rabillo del ojo. Eso era algo tan común de ver durante el tiempo que estuvieron casados, que sabía distinguir sin problema los silenciosos gestos del país latinoamericano.
Una discreta sonrisa se dibuja sobre los labios del austriaco, al ver la apacible y encantadora curva en los sonrojados labios de la ojimiel. La cabeza de Roderich se inclina levemente como un saludo, para después concentrarse de nuevo en los sonoros gritos del alemán que intenta a toda costa ser escuchado sobre la algarabía, que se encuentra tomando control completamente del recinto de juntas, donde los países vienen a discutir los temas que los conciernen a todos como un mismo mundo. Los pensamientos del pelicastaño se desvían fácilmente, de los sonoros e insistentes gritos de su compañero europeo. Mientras los parpados del ojivioleta se cierran lentamente preguntándose si su exesposa aun usa ese perfume que tanto le gustaba, el mismo que la acompañaría incluso en los días en que en vez de un vestido, la mujer se ataviaba con un traje militar de gala.
–¿Österreich?
Los orbes amatista se abren de golpe gracias al casi imperceptible susurro de su nombre, haciendo que el rostro del austriaco gire levemente para encontrarse, con el país cuya piel ha sido besada tan amorosamente por el sol. El aliento de Roderich se mantiene atrapado en su garganta, ante la amigable sonrisa que se encuentra sobre los carmines labios que recuerda haber besado en un sinfín de ocasiones. El austriaco desvía su avergonzado rostro hacia la casi vacía sala de juntas, donde solamente quedan pocos países charlando y haciendo planes en los que buscaban pasar el tiempo juntos. La vergüenza arde en sus mejillas ante el indiscreto recuerdo del matrimonio, que el país del viejo continente jamás ha podido arrancar de lo más profundo de su cabeza.
–¿Tienes planes?...
Una suave negación del alto europeo es la única respuesta, ante la curiosa pregunta de la sonrojada americana. Los orbes miel se mantienen fijos sobre los resplandecientes orbes violáceos de Roderich, mientras que los dedos de Rafaela se mueven ligeramente sobre el borde de su abrigo. El gesto es algo que Austria llego a ver en algunas cuantas ocasiones en el rostro de la mexicana, mientras ambos conformaban el segundo imperio mexicano. Para el austriaco era un claro gesto de nerviosismo, que no tenía razón de ser junto al notorio sonrojo sobre las bronceadas mejillas de Rafaela. Es quizás la forma en que la historia los ha unido y separado, la que los ha hecho verse y entablar relaciones, lo que ha contribuido a que sus ojos se busquen discretamente entre el resto de los países.
–Un caballero jamás permite, que una dama camine sola.
Sin detenerse a pensar siquiera las cosas, las manos del pelicastaño contribuyen a hacer su silla hacia atrás para poderse poner de pie. Rafaela no tiene que siquiera explicarse, para que él esté dispuesto a acompañarla, porque el austriaco es realista. Por un momento Roderich aprieta los dientes ante la inercia de ofrecer su brazo a la ojimiel. El acto del dueño de las hebras caoba es algo completamente inocente, pero que él reconoce de sobra como un simple reflejo de su cuerpo cuando se trata de interactuar con México, pues dicha acción es idéntica a lo que haría cuando ambos se encontraban casados. De igual modo tampoco puede negar el sorprendido y acelerado palpitar de su corazón, en el momento en que Rafaela no duda en abrazarse a su extremidad y acurrucar su cabeza contra la misma.
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El suave murmullo de la puerta abriéndose resuena en el recibidor, junto al suave 'tap' que proviene de los pasos de los países que se encuentran adentrándose en el silencioso recinto, que conforma la actual casa de la mexicana. El crujir de las abultadas bolsas de plástico y las maletas de ambas personificaciones, siendo acomodadas en el piso de porcelanato se une al suave eco de sus pasos. Finalmente, los orbes violetas se deslizan lentamente sobre las paredes del lugar que Rafaela habita diariamente, aunque no es algo que considere ostentoso como el antiguo hogar que en algún momento llegaron a compartir. Hay algo que puede ver en cada cuadro que yace en la pared, junto a los cálidos colores que le hacen alejarse del crudo recuerdo del frio que se apodera del exterior de la casa.
Una parte de él supone que es simplemente irónico, porque sin la menor duda puede percibir en el ambiente de la sala, un remolino de sensaciones que se aferra y le cala hasta lo más profundo de los huesos. Una de las manos del pelicastaño se coloca sobre el mullido respaldo del sofá, que ha sido adornado por un sinfín de cojines, mientras que sus ojos se deslizan por las paredes que parecen estar cubiertas, por miles de recuerdos pertenecientes a la nación azteca. Todos y cada uno de ellos se encuentran enmarcados cuidadosamente, como si Rafaela hubiera intentado darles a todos y cada uno de ellos, la misma importancia. Es finalmente mientras mira el cambio de apariencia de su exesposa en las fotos con el paso del tiempo, que puede describir eso en el ambiente, como calor, afecto, pasión, cariño… y el amor que parece surgir desde los cimientos de la casa misma.
–¿Österreich, porque sigues ahí?
La mirada violácea gira para posarse sobre la mujer que lo mira, con un gesto repleto de curiosidad, ante la forma en que los claros orbes de Roderich se deslizan lentamente sobre su cuerpo. Si hay algo que el germánico debe de admitir es que Rafaela siempre se ve bien, con lo que sea que lleve a las juntas de las naciones, pero sin duda alguna el color rojo le sienta de maravilla. 'Lo siento, estaba apreciando la decoración' menciona el más alto mientras empieza a caminar en la dirección de la dueña de las hebras cobrizas, intentando disimular la forma en la que su mirada acaricia lentamente las largas y torneadas piernas que se encuentran cubiertas por unas medias negras, para después subir hacia la falda de lápiz negra que envuelve los muslos del país azteca. La mirada del mayor, continua con su cuidadoso recorrido para posarse en la sedosa y brillante tela escarlata, que cubre favorecedoramente las curvas del torso de la ojimiel.
–Lo siento, debes estar realmente exhausto.
Susurra la dueña de las hebras castañas en un tono repleto de disculpa, al mismo tiempo que extiende sus brazos en la dirección de su inesperado acompañante, para tomar el abrigo del ojivioleta. Si bien es cierto que disfruta enormemente de la compañía de Roderich, esa no es una excusa para pedirle que la acompañe de compras, y después terminar arrastrándolo de vuelta con ella, para dejar el territorio de su odioso vecino y adentrarse en el propio. Roderich tenía una habitación en el hotel que Alfred había reservado para todo el mundo, maldición ella misma tenía una habitación que curiosamente se encontraba muy cerca de la del gringo. Pero si debía de ser honesta… prefería mil veces volver a casa, pero jamás pensó que al escuchar su idea de volver a su tierra sola, y con la llegada de la noche tan cerca, el austriaco se rehusaría a permitirle que se retirara sin algún tipo de compañía.
–Disculpa por ponerte en esta situación Österreich.
Los labios del europeo se curvan levemente en un gesto divertido ante las palabras de Rafaela, mientras que sus dedos se encuentran discretamente deslizándose contra los de la ojimiel, gracias a la excusa de extenderle su abrigo a la mujer con la que alguna vez convivio diariamente. 'No tienes porque disculparte, no podía dejarte volver sola.' Honestamente debería de ser el quien se disculpará, por imponer sus decisiones sobre los deseos de la dueña de los orbes ambarinos. Pero realmente había disfrutado la compañía de la mujer que caminaba sujetando su brazo, justo como solían hacer cuando ambos salían a pasear en los fragantes y frondosos jardines del imponente Castillo de Chapultepec, donde Roderich podría disfrutar de mirar discretamente a la bella flor, que había conseguido no lo pinchara con sus afiladas espinas y lo despreciara con su mirada.
–Por favor toma asiento, no tardare mucho en preparar la cena.
Las manos del país germánico toman las bolsas que había insistido en cargar para la pelicastaña, asegurándose de dejarlas junto al aun vacío árbol de navidad que se encuentra en una de las esquinas de la sala. Una de las cejas del pelicaoba se arquean en un gesto repleto de curiosidad, al percatarse de las extensiones de luces que yacen inocentemente sobre el sofá, pero le resultan más interesantes las esferas de cristal que se encuentran anidadas entre las mismas. Las pálidas manos de Roderich toman una de las translucidas esferas, que tiene una pequeña figura de un árbol de navidad adornado con colores rojos, dorados y blancos en su interior. El año '1864' se encuentra pintado en el cristal con un tono dorado y una caligrafía en cursiva que reconoce a la perfección, pues vio la misma por primera vez hace mucho tiempo atrás, en una carta de amor acompañada por un fragante pañuelo obsequiado a su persona.
–Nein, lo mínimo que puedo hacer es ayudarte.
El rostro del austriaco se alza en un gesto altivo, al ver la incrédula mirada que le es dirigida por su acompañante, mientras el ojivioleta se asegura de arremangar la tela de sus mangas, para contribuir a que el trabajo en la cocina se lleve a cabo sin el menor problema. Puede que Roderich adore a Rafaela como las plantas al agua, pero no hay forma en que la deje sin vigilancia en una cocina, donde la ojimiel bien podría recordar la nostalgia y diversión de la primera vez que le preparo la cena. Aunque cabe recalcar que a pesar de que la sonrisa de su maliciosa exesposa, era tan encantadora e 'inocente' en apariencia, nunca se había podido tragar la noción de que en verdad había estado en cama, por un error de cálculo en el uso del chile que tanto adoraba, el país con el que había contraído nupcias. En especial cuando todo sucedió después de que Roderich, se habría rehusado a dejarla ir a cabalgar sola a quien sabe dónde.
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El suave eco del agua escapando por la coladera del fregadero, resuena imponentemente contra la silenciosa calma de la casa. Las pálidas manos del austriaco toman el pequeño paño para secar el último de los platos de la cena, y así colocarlo junto al resto en el escurridor que está dentro de la tarja del fregadero. Los pensamientos del austriaco se encuentran revoloteando en su cabeza, por esos lugares que se encuentran grabados en lo profundo de su pasado y que son una innegable parte de la historia que ambos comparten, el mismo pelicastaño sabe que los recuerdos no son más que cicatrices dejadas en su mente, por una herida que ha intentado ignorar con el paso de los años.
–Liebe, la cocina está limpia.
Menciona sin mayor preocupación el más alto, al mismo tiempo que termina de secar sus manos y acomodar el paño en la manija del horno de la estufa. Una extraña sensación empieza a apoderarse del estómago del austriaco, al no escuchar una respuesta a sus palabras, pero no sabe si es porque México no se encuentra lo suficientemente cerca, como para haber escuchado su error… o si al escucharlo, la ojimiel se había llenado de incomodidad prefiriendo guardar silencio ante esa palabra en su idioma. '¿Rafaela?' pregunta el germánico al mismo tiempo que sus pasos, lo llevan hacia la puerta de la cocina. Preguntándose si con su descuido ha arruinado la agradable velada, que ambos llevan compartiendo en el transcurso de la noche.
–¿Rafaela?
Pregunta una vez más el dueño de los orbes amatista, mientras su mirada se mantiene fija sobre la mujer cuya mirada, se encuentra perdida en la superficie de cristal de esa misma esfera, que el sostuvo en sus manos hace unas cuantas horas atrás. Roderich conoce ese gesto que se encuentra apoderándose de las facciones de la pelicastaña, pues el mismo lo ha portado en varias ocasiones. La calma y la pequeña sonrisa en la comisura de los labios de la ojimiel, le hacen saber que cualquier recuerdo en el que se encuentre sumida, es algo realmente agradable y querido por la heredera del imperio azteca. Hay algo nostálgico en el ambiente pues el europeo bien podría jurar que solo necesitaba cerrar los ojos, para imaginarse en uno de los tantos jardines en el castillo de Chapultepec, donde encontraría a su exesposa ocultándose después de haber escapado de la habitación durante la noche.
–Oh… Österreich, deje tus cosas en una de las habitaciones, por si quieres retirarte a descansar.
La mirada violácea se posa en la dueña de las hebras castañas, que se encuentran sujetas en un elaborado chignon del que algunas hebras rebeldes han escapado para enmarcar su rostro. Rafaela se encuentra de pie frente al frondoso pino verde, consiguiendo que la brillante y satinada tela de su blusa cree un contraste simplemente fascinante entre ambos colores. Si Roderich lo piensa con cuidado, sin duda alguna podía confundir el tono escarlata con las manzanas que se colocaban antiguamente en los árboles, las mismas que eran la representación de la tentación, y el pecado original del hombre. Por lo que resultaba bastante irónico para el pelicaoba, como México representaba perfectamente a sus ojos, a una dulce y jugosa manzana casi implorando por ser tomada por alguien incapaz de resistirse a las consecuencias de sus actos.
–¿Quieres un poco de ayuda, para decorar el árbol?
Pregunta el más alto mientras carraspea intentando alejar sus pensamientos, de los agridulces recuerdos de aquellas noches, en las que ambos países compartirían mucho más que una simple conversación en su alcoba. Una parte de él se siente preparado para ser rechazado, porque la costumbre ha cambiado con el paso de los años, y ahora es usualmente un ritual familiar que incita a la convivencia de todos los seres queridos, mientras todos contribuyen a colocar los adornos en las frondosas ramas del árbol de navidad. 'Me encantaría tu ayuda, Österreich' la piel del europeo se eriza al escuchar las palabras de su anfitriona, quien le sonríe abiertamente y sin el menor deje de duda, mientras que toma cuidadosamente esas esferas translucidas, para acomodarlas en una caja y así evitar que por algún descuido terminen rompiéndose.
El austriaco asiente mientras toma las extensiones de luces del sofá, que han sido liberadas del importante deber de salvaguardar las cristalinas esferas, que la ojimiel parece empeñarse en mantener intactas a toda costa. 'Por cierto…' menciona la voz del ojivioleta en un tono relajado, al mismo tiempo que continúa envolviendo el verde árbol con el cable, que lo inundara en un sinfín de colores una vez haya terminado con su trabajo '¿Si?' pregunta la más bajita a la par que acomoda un poco las luces, que ha dejado el pelicaoba sobre las ramas. 'Las luces en las calles que cruzamos, se veían realmente bien' menciona el europeo mientras intenta evitar el deje de molestia que se apodera de parte de él, al recordar que estados unidos prácticamente ha tomado a la festividad como suya, y la gente supone que la misma es simplemente una fiesta del país norteamericano, a pesar de que algunas costumbres tendrían sus raíces en los antiguos territorios germánicos.
–Lo sé, las calles en verdad se ven mucho más bonitas con ellas.
Las manos del país europeo terminan con su trabajo, para asomarse desde la parte de atrás del árbol con un gesto, que Rafela reconoce como la vergüenza disfrazada de molestia, que llego a ver cuándo ambos convivían diariamente. '¡No me refería a eso, tu siempre te ves magnifica!' Menciona a todo pulmón el dueño de las hebras caoba, recordándole a la mexicana por un momento que Roderich en verdad es pariente de Ludwig. 'Incluso cuando te rehusabas a usar los vestidos, y preferías el traje militar… te veías hermosa.' añade el austriaco con un tono definitivo, intentando evitar cualquier argumento inexistente entre ambos, para volver a la parte trasera del árbol de navidad, sin percatarse del avergonzado sonrojo en el rostro de la ojimiel.
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El repentino halo de luz que proviene de las extensiones en el árbol, empieza a inundar todo con sus resplandecientes colores, sangrando gentilmente los alegres tonos contra las pequeñas y delgadas hojas del pino que Rafaela ha mantenido vacío hasta el momento en que crea correcto llenarlo con las esferas. Es realmente irónico que dicho momento sea cuando se encuentra conviviendo con su exesposo. Una de las pálidas manos de Roderich toma una de las esferas rojas, para iniciar a decorar el costado del árbol mientras que una avergonzada sonrisa se apodera de las bronceadas facciones de Rafaela, al percatarse de que en verdad su encantador esposo jamás había dejado de existir, a pesar de que sus caminos se habían separado de una forma tan triste y horrenda para ambos.
Rafaela sigue el ejemplo del más alto, para proceder a acomodar sus propias esferas en el otro costado del árbol de navidad. Mientras que un vago recuerdo de hace mucho tiempo atrás, resuena insistentemente en su cabeza. Uno en el que no se encontraba en este lugar que llamaba hogar, si no en aquel que al principio había sentido como una sofocante cárcel. Pero que con el paso del día a día, había sido capaz de crear en ella un cariño y aprecio incondicional, curiosamente seria esa misma edificación la que le enseñaría lo que era el ardor de la calidez de un hogar. Donde alguien esperaba ansiosamente por su regreso, y que le recibiría con una falsa estoicidad que desaparecía en el momento, en que solo ellos se encontraban en los alrededores.
No podía negar que disfrutaba la navidad a causa de ese viejo recuerdo, que jamás había podido arrancar de lo más profundo de su mente, a pesar de que todos supusieran que festejaba a lo grande, gracias a la influencia que cierto vecino metiche tenía sobre ella. Aunque la verdad era algo realmente diferente a la idea, que el mundo tenía sobre la razón detrás del sinfín de luces y adornos, que se encontrarían abundando en las plazas de los municipios en toda su extensión territorial. Tanto las plazas, como las calles y los edificios se llenaban de las luces de colores y de esferas gigantes, además de trineos donde todos sus hijos se detendrían a tomar fotografías. Los árboles de navidad que cada ciudad encendería con emoción al llegar el mes de diciembre, todos y cada uno de ellos a causa de que sus hermanos siguieran su ejemplo.
Curiosamente, seria norte quien llevaría a otro nivel la festividad con su inmenso adornado de luces e inflables festivos, pero si su hermano supiera la razón detrás de su gusto por la festividad, probablemente lo haría sentirse completamente indignado con ella. Una divertida sonrisa se apodera de los labios de Rafaela, mientras que su hombro se encuentra con el de Roderich. Es en ese instante que los rostros de ambos giran levemente, para poder mirarse sin la menor seña de incertidumbre, permitiendo que tanto los orbes caramelo como las resplandecientes amatistas, se encuentren perdiéndose los unos en los otros. En este instante ambos están solos entre la calma de la noche, sin nadie que les diga que hacer o como vivir sus vidas. En este momento no son un par de países, que se vieron forzados a unirse por los deseos de un tercero.
En este instante… solamente son un par de jóvenes adultos, que se encuentran en la seguridad que brinda el hogar de uno de ellos. Pero la calidez, la comodidad, la apacible sensación que les brinda la simple presencia del otro, resuena con algo que ambos saben de sobra solo puede ser reconocido como el más puro y sincero afecto, que una persona puede tener por aquel que consideran como el acompañante perfecto para compartir absolutamente todo, desde tonterías como chistes absurdos, hasta dolores, inseguridades, temores e incluso tragedias, donde se requiere de cariño y afecto. Hasta la más desmedida y descontrolada pasión, junto a la felicidad que no puede ser expresada en algo tan simple y vano como las palabras.
–Listo, hemos terminado.
Susurra con un tono tranquilo, pero igualmente complacido el austriaco mientras que sus ojos se deslizan sobre las esferas rojas, que se encuentran esparcidas estratégicamente en la superficie verde del árbol, podría decir que incluso parecen un grupo de estrellas en el cielo, al ver el espacio que hay entre cada una de ellas. 'No, aun no.' menciona la ojimiel al mismo tiempo que se aleja del europeo para acercarse a la caja que se ha mantenido sobre el sofá, sus manos se adentran en el contenedor de plástico para remover los objetos en el interior con extrema precaución, denotando que el valor sentimental de los mismos no puede ser demostrado con alguna simple expresión. Una de las cejas del país germánico se arquea en un gesto repleto de curiosidad, mientras que la ojimiel vuelve a su lado con un par de esferas en sus manos.
Los orbes amatistas se posan en esa esfera que sujeto en sus manos, la misma en la que viene marcado el año '1864' en la caligrafía de Rafaela con un tono dorado, que brilla sobre el translucido cristal dejándolo ver la pequeña pero igualmente adornada figura del pino en su interior. Las diminutas esferas rojas resplandecen como rubíes gracias a las luces del árbol de navidad, mientras que la estrella en su punta parecería brillar casi con su propia luz. La fecha marcada en el cristal le hace pensar en si esta simplemente suponiendo cosas con su febril imaginación, pero recuerda bastante bien que ese sería su segundo año de casados, después de que ambos países se convirtieran en el segundo imperio mexicano.
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–¿Enserio no lo recuerdas Österreich?
Pregunta la dueña de los orbes ambarinos en un tono divertido, mientras su barbilla se presiona contra el brazo del más alto. Las resplandecientes amatistas se abren de par en par, al recordar que también había sido el primer año que festejaron la navidad no solo como un imperio, sino que también lo habían hecho como un matrimonio. Además de que recordaba que también era la primera vez… que había podido vislumbrar la mirada asombrada de la pelicastaña, al ver el inmenso pino que los emperadores habían colocado en el castillo, mientras ella se encontraba cumpliendo con varios de sus deberes. Una nostálgica sonrisa se apodera del rostro del austriaco al mismo tiempo que su mano se acomoda sobre la de la ojimiel, asegurándose de guiar el adorno hacia una de las ramas altas del árbol, que se encontrara aún al alcance de su diminuta exesposa.
–¿Esto, te trae recuerdos Liebe?
Pregunta con un tono repleto de curiosidad y nostalgia el europeo, al mismo tiempo que la pelicastaña asiente para acomodarse frente al dueño de los orbes violetas, la espalda de la ojimiel se presiona gentilmente contra el pecho del pelicaoba, hundiéndolos de ese modo en ese viejo recuerdo en el que, habían hecho algo muy parecido hace mucho tiempo atrás, en ese viejo diciembre cuando Rafaela habría visto un árbol de navidad por primera vez. La barbilla del más alto se coloca sobre ese punto en el cráneo de la mexicana, donde se encuentran las suturas coronal y sagital, al mismo tiempo que su brazo libre se asegura de envolver a la americana, en un gentil y apacible agarre que recuerda jamás había sido negado, después de que ambos habrían empezado a disfrutar de la compañía del otro.
–Solo uno más, por favor.
Murmura en un tono tranquilo la mujer entre sus brazos, al mismo tiempo que las manos de ambos extienden la segunda esfera a otra de las altas ramas, los orbes violáceos se mantienen fijos en la figura en que la pequeña miniatura del hogar que ambos compartieron, parece irradiar un encanto propio casi como si los mismos recuerdos repletos de felicidad, se encontraran plasmados en la misma. La fecha marcada sobre el translucido cristal, le habla sobre el año en el que el segundo imperio mexicano, comenzó a existir gracias al matrimonio de ambos países, que parecen aun rehusarse a dejar esos recuerdos en el olvido. Los dedos del austriaco se deslizan gentilmente contra la bronceada piel de la mano, que se rehúsa a dejar escapar de su suave pero igualmente firme agarre.
–Listo… por fin se siente completo.
Una sonrisa escapa del usualmente estoico y molesto rostro de Roderich, al entender la nostalgia que ambos comparten en este mismo momento. Pues, aunque la situación es algo completamente diferente, ya que ambos están aquí por su propia voluntad, y sin ser obligados por nadie a estar juntos en este instante. Tampoco pueden negar la agridulce emoción, que se encuentra presente en el ambiente, la misma que corre por sus cuerpos como una incontrolable corriente estática, que eriza por completo cada parte de su ser. La misma que les recuerda que en verdad se tenían bastante aprecio, a pesar de que los azares del destino los habían unido de una forma bastante cuestionable.
–Sí, por fin se siente completo… Liebe.
Susurra en un tono aliviado el pelicastaño al mismo tiempo, que la ojimiel gira un poco para que puedan mirarse frente a frente. Ambos saben que las palabras que han compartido tienen un significado mucho más complejo, que el de referirse simplemente al inocente árbol que es el único testigo, de la manera en la que ambos se miran. El resplandor de las luces de colores enciende el perfil de sus rostros, más sin embargo… no hay forma alguna de llamar la atención de los orbes pertenecientes a ambos países. En el apacible silencio que los envuelve, no son necesarias las palabras que no parecen capaces de igualar las emociones, que yacen en sus corazones a pesar del paso del tiempo.
–Österreich…
El pecho de ambos se encuentra presionándose el uno contra el otro, dejándolos sentir el acelerado palpitar de sus corazones. Mientras sus alientos se entremezclan gracias a la cercanía de sus rostros. Las bronceadas manos envuelven el cuello del austriaco, al mismo tiempo que los dedos de la ojimiel se entrelazan con las hebras caoba, a la par que las pálidas manos siguen el ejemplo de su contraparte para entrelazarse entre las hebras castañas. Las pieles de ambos se encuentran completamente erizadas por la anticipación, mientras sus miradas gritan y suplican, justamente como quienes se saben adictos a una sustancia, cuyo control saben puede escapar de sus manos y salirse por completo de su control.
–Liebe…
Basta con el murmullo de esa forma cariñosa con la que se llaman, para demostrar que no hay necesidad de más palabras en ese momento. Los parpados de ambos se cierran lentamente, cediendo sin pensarlo a la tentación que representan el uno para el otro, mientras sus rostros se acercan cuidadosamente el uno hacia el otro, casi como quienes esperan no asustar a una pequeña mariposa que inocentemente se encuentra a su alcance. Con un lento y cuidadoso ladeo de sus rostros, los labios de ambos países finalmente se unen en un beso repleto de anhelo, cariño y ardor. Hay algo que ambos reconocen como el alivio de beber un fresco vaso de limonada en pleno verano, después de suplicar sin cesar por alguna clase de alivio de la opresión y la necesidad de sus cuerpos.
Las manos de ambos países recorren lentamente el territorio de sus cuerpos, el mismo que han mapeado y que están seguros que conocen mucho mejor que cualquier otro país en el mundo. Los pequeños gemidos, suspiros y jadeos que escapan del par de amantes que son bañados por las luces navideñas. Son la inequívoca señal de que, a pesar del paso de los años, de las acciones de otros, de que todo pudiera estar en su contra, de todo el dolor, lamentos, lágrimas, la pena y el llanto. En este instante aun es palpable en sus cuerpos, que esa misma emoción en lo profundo de sus corazones, continuaba sin cambiar en lo más mínimo. Aún siguen siendo el par de ingenuos países enamorados, que finalmente se sienten completos al estar juntos de nuevo.
~Owari~
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Hybrid-Virus
Yo! Buen día lectores, espero que estén teniendo un excelente diciembre ¿¡Ya están listos para las posadas!? Ah, me sentía un poco tranquila y finalmente me decidí que era el momento de escribir algo para navidad. Todo está bien conmigo, solo unos detallitos de salud, no es absolutamente nada grave, pero me he sentido mucho mejor gracias al descanso.
En mi casa al empezar diciembre sacamos todo para adornar, desde un sinfín de luces para los arcos de las ventanas y las puertas, otras para la barda y para la terraza en el segundo piso. Algunos inflables navideños, coronas, nochebuenas, entre tantas cosas más. Algo que es muy común escuchar de algunos vecinos es "Esa festividad es algo gringo" con este oneshot, quería compartir de hecho como es que el primer árbol de navidad llego a México y de ahí la sociedad lo adapto a su manera.
El árbol de navidad nació en los antiguos territorios germánicos, donde era adornado con algo de luz y manzanas rojas. Las mismas representaban las tentaciones a las que estaba expuesto el hombre. Es de ahí que la costumbre se extendió al resto de Europa. Finalmente, el árbol de navidad llego a México de la mano de los emperadores del segundo imperio mexicano. Maximiliano y Carlota quienes ordenaron traer un pino y colocarlo en el castillo de Chapultepec. Después de la caída de Maximiliano esta costumbre fue mal vista y se dejó de utilizar, hasta que en 1878 el general Miguel Negrete retomo la tradición de colocar un árbol de navidad. Consiguiendo que esta vez quedara arraigado en la sociedad.
Aún recuerdo mi primer árbol de navidad, por lo que supuse que para un país como México sería igual de sencillo recordar algo así. Por eso supongo que honestamente Rafaela disfruta de la navidad, por el recuerdo de compartirla con Roderich. Es justamente el hecho del recuerdo de su matrimonio, lo que supone desagradaría a Norte, porque recordemos que él fue principal desmadroso que se opuso a esto. Tenía ganas de algo fluffy con Österreich, así que me dije 'Este es el momento'.
Estaré respondiendo los reviews dejados en otros trabajos en el transcurso de estos días, ténganme paciencia que ando medio telela después del tratamiento.
Sin más por el momento, dejen un review y nos vemos en la próxima actualización.
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"Formemos parte de la línea de reviews, cuando leamos un fanfic con un personaje que nos gusta y no es muy común ver, de un fandom olvidado o de una historia que nos guste; dejemos un review, porque esa persona escribe para nosotros y que mejor forma de inspirarla y darle combustible para seguir"
