Capítulo 3

El jinete controló con mucha maestría al animal para evitar una tragedia.

― ¿A caso es usted idiota? – le habría dicho de lo que hasta se iba a morir incluso hasta en francés.

Ni siquiera había visto bien la identidad de ese caballero.

Hasta que lo vio descender, rodear al animal y ponerse delante de ella. Se quitó el elegante sombrero y Kagome tuvo que cerrar de inmediato la boca al ver esos ojos dorados que conocía a la perfección.

El jinete bajó de un salto del caballo, apresurado para ver el estado de la joven que había salido de la nada del camino.

― ¿Se encuentra…?

Pero guardó silencio al verla a los ojos, aquellos que de igual manera que ella, recordaba todos los días y por más que lo meditó no logró evitar preguntarle lo siguiente:

― ¿Kagome? ¿Eres tú?

El shock pasó y en cambió se encontró con esos ojos dorados que recordaba perfectamente. Él dio un paso hacia su dirección y ella no tuvo más remedio que retroceder con violencia. Su cuerpo se paralizó de solo verlo. No pudo evitar recorrerlo con la mirada, llevaba una elegante ropa. El rostro de joven que conoció años atrás había sido remplazado por el de un hombre maduro y esperaba que no la reconociera.

Para su mala suerte, seguía tan atractivo como la última vez que lo vio. Solo que en esta ocasión llevaba una sofisticada ropa. No pudo evitar contemplar al caballo negro del cual había descendido y era un magnífico ejemplar.

¿Se dedicaba a negocios turbios? O es que pudo hacerse de un matrimonio aventajado, casado con la hija de saber Dios que duque o conde.

Rápidamente salió de trance, aclarándose un poco la garganta y decidió hacer la cosa más estúpida del mundo, de hecho, era su única salida de escape.

Mentir.

― Se equivoca milord – sacó valor de donde fuese – Yo no soy es tal…

― ¡Kagome!

Frunció el labio en una fina línea al escuchar la voz de su hermano a la distancia.

¡Ese torpe!

Miroku se detuvo a su lado, comprobando su estado. Si su madre notaba algún rasguño en su cuerpo lo iba a matar.

Kagome lo vio y tuvo piedad de él. El pobre estaba manchado de lodo hasta las orejas y olía muy mal a causa del sudor.

― ¿Estas bien? ― Preguntó preocupado al haber escuchado el grito de su hermana ― ¿No estas herida?

― No estoy herida – respondió fastidiada, mientras intentaba apartarlo de su lado. ― Estoy bien, Miroku.

Inuyasha simplemente se quedó mudo al ver a la mujer que estaba frente a sus ojos. Sintió como el corazón lo golpeó fuerte el pecho. Kagome ya no era la niña que dejó de ver. No puedo evitar recorrerla con una mirada lenta, muy lentamente. Su cuerpo era más maduro, su voz aguda se convirtió en una suave, mientras que su cuerpo se había sido remplazado en el de toda una mujer.

Estaba bellísima.

En ese preciso instante Miroku se percató de su presencia y se puso rígido en cuanto lo vio frente a él.

― Excelencia – proclamó esa palabra con aberración.

Kagome frunció el cejo ¿Por qué le hablaba en ese tono tan formal?

― Miroku – él inclinó la cabeza, sin apartar su mirada de la de Kagome.

Miroku tomó el brazo de su hermana y la miró.

― Vuelve al carruaje – dijo sin quitarle la vista al hombre que estaba delante de ellos – Ya está listo.

Kagome solo fue capaz de mover la cabeza en forma afirmativa. Se sentía cada vez más pequeña estando ante la vista de Inuyasha. De pronto deseó ser una de esas malditas flores o que se abriera la tierra y la escupiera en Francia, al instituto.

― Si – fue lo único capaz de pronunciar.

Dio la vuelta para regresar al carruaje. Parecía que la perseguía el mismo diablo, ya que aceleró su andar, ni siquiera hizo una reverencia para despedirse de él. Lo único que deseaba era llegar al maldito coche y desaparecer de su vista.

La única razón por la que Miroku se hubiera doblegado sería porque él ostentaba un título más arriba que el de él.

¿A caso sería?

No, negó por sus adentro. Imposible, no podría ser duque.

Sabía que ambos la estaban viendo, podía sentir las miradas de ellos y eso hizo que se le erizara la piel.

No mires hacia atrás.

¡Que no mires!

Por favor, no lo hagas.

Miroku aguardó a que ella estuviera lo demasiado lejos como para que pudiera escuchar la conversación que iba a mantener con ese hombre.

― Escúchame bien – en cuanto habló, Inuyasha le prestó atención – Como pudiste darte cuenta, Kagome volvió. Así que te pido te mantengas al margen de todo esto.

Dio un paso al frente, hacia la dirección del duque.

― No quiero que te acerques a ella ¿Entendido? Suficiente le ha costado reponerse como para que tú vengas a mandarlo todo a la mierda.

El ojidorado apretó las manos en forma de puños. Odiaba que le dieran órdenes y más si se trataba de Kagome. Es más, tenía unos cuantos golpes reservados hacía Miroku y muy poco le importaba si era su hermano mayor. Comenzaba a odiarlo con una rabia intensa.

Pero, aunque le costara admitirlo, sabía él tenía razón, le había hecho mucho daño a Kagome y no podía reparar eso.

Levantó levemente la mirada y vio su esbelta figura. En ese preciso momento el viento hizo bailar su larga melena ondulada.

Deseaba que mirara, aunque fuese una sola vez hacia atrás, solo para ver su perfecto rostro.

Voltea, hazlo.

¡Solo una vez, mira hacia atrás!

¡Mírame!

― ¿Me has entendido?

Tuvo que perder contacto y ahora regresaba a ver a su antiguo amigo.

― Descuida, me mantendré tan alejado de ella como sea posible.

― Perfecto – asintió – Porque sinceramente, espero que con su llegada pueda hacerse de un buen matrimonio.

Dio un último pasó para escupir su último veneno.

― Y no quiero que estorbe, excelencia.

En ese instante quiso partirle la cara a ese maldito marqués. Que, dicho sea de paso, ya lo estaba fastidiando.

¡Era duque!

Y sin duda, era un mejor prospecto. De hecho, podría remendar los daños del pasado ahora que ella regresaba una vez más a su vida.

― Será como tú digas.

― Bien – Miroku retrocedió unos cuantos pasos – Que tenga buena tarde.

Permaneció unos instantes allí de pie, contemplando a la distancia el trayecto de ambos hermanos. Hasta que su caballo regresó a él demandando atención. Con un largo suspiró montó al animal para retomar el camino.

Miroku iba tras de ella y no entró al carruaje hasta que estuviese segura adentro. Una vez que entró luego de ella, golpeó la puertezuela y de inmediato el carruaje se puso en marcha. Iban en completo silencio, pero dentro de Kagome se formulaban mil cuestionamientos, como el de porqué su hermano se dirigió a Inuyasha en un tono muy formal.

― Sé lo que estás pensando – cortó sus pensamientos – Así que te lo resumiré rápido. El padre de Inuyasha lo reconoció y ahora ha heredado el título de duque Lexington.

Ella alzó un delgada ceja. ¿Así que su padre era Inu no Taisho? Pero que había pasado con Sesshomaru Taisho.

Claro que lo conocía, después de todo esa familia era muy influyente en todo Londres. Debía haber sido más suspicaz al ver el parecido de los tres. De hecho, si ella hubiese debutado hace ochos años, su madre habría hecho lo posible para que ella se casara con él. Si no hubiese sido por Lady Percival y su lengua venenosa, que, dicho sea de paso, también andaba en la caza de él para su hija.

― ¿Qué pasó con Lord Sesshomaru?

― Falleció y los motivos… ― la contempló – Creo que no necesitas saberlo. Eres joven para entenderlo.

Estaba empezando a molestarse que la viera como una ingenua. Después de todo ya no era aquella joven de 14 años. Sabía lo que pasaba entre una mujer y un hombre en la cama. Evidentemente no se lo explicaron en el instituto. Había escuchado muchas conversaciones de las empleadas de servicio. Mientras estaba oculta en los rincones de la cocina.

― Así que te queda estrictamente prohibido acercarte a él. – la advertencia volvió a correr por sus labios.

― Pero yo no tuve nada que ver en este encuentro. Me declaro completamente inocente.

― Tal vez no tengas la culpa, pero de todos modos te lo advierto. No quiero que te acerques a él. Ni siquiera mirarlo. Porque si sucede otro escándalo, te juro que te envió de regreso a Francia y esta vez será definitivo.

Sin querer le dio la vía de escape que deseaba. Una cosa que hiciera mal y volvería de nuevo.

Claro, no especificó si con el ahora duque o con otro. Agitó las pestañas de manera inocente y asintió.

― Será como tú lo digas.

― Eso espero – suspiró aliviado.

Guardó silencio y se dedicó observar a su hermana. Realmente esperaba que lo entendiera y no que lo viera como el villano de la historia.

― Solo quiero que comprendas una cosa – la tomó de la mano – Lo que hago es por el bien tuyo y de nuestra familia. Suficiente hemos pasado cómo para que surja otro problema más.

Por un minuto se apiadó de él.

― ¿Crees que puedas mantenerte al margen de todo esto?

Ella sopesó todo y al final asintió.

― Pero con una condición.

Miroku se recargó en el respaldo. Estaba agotado, sucio y lo único que pensaba era en un largo baño de agua caliente.

Pero al final sonrió y asintió.

― Si al fin del mes no logro hacerme de un marido, como lo dices. Tú, hermanito – lo señaló – Me dejaras volver a Francia.

― Per…

― Accedí a tus términos – apuntó ella, cuando su hermano iba a protestar – Lo más correcto es que hagas lo mismo.

Él meditó la propuesta de su hermana que después de todo no era tan descabellada.

― Bien – dijo al final – Me aprese justo.

― Perfecto – esbozó una sonrisa – Tenemos un traro.

La verdad no estaba preparada para tal recibimiento, su madre no paraba de abrazarla y besarle las mejillas. Quien también estuvo igual, fue Kikyo, incluso no paraba de decirle que por fin ya tenía alguien con quien pasar el tiempo, a excepción de Sango claro.

Pero lo que no estaba preparada era para ver dos gemelas frente a ella, sin duda eran tan idénticas a su hermano y tan bellas como su madre. Ambas tenían cinco años y la miraban como si fuera un extraño.

― Mi mami dice que vienes de Francia – dijo la que parecía mayor.

― Si*– asintió, respondiendo en francés.

― ¿Y porque no tienes marido? – preguntó la segunda.

Automáticamente se puso de un matiz colorado, alzó la vista para pedirle a Sango que se apiadara de ella.

― Bueno porque…. – no sabía que responder – ¿No quieres una tía solterona?

Ambas gemelas se miraron una a la otra, la mayor alzó una pequeña ceja, rasgo inédito de Miroku, mientras que la segunda cruzaba sus delgados brazos y negaba con la cabeza.

― ¿Qué expectativas tienes? – volvió a preguntar la mayor.

¿Cómo podía ser que dos cositas tan pequeñas fuesen tan maduras?

La verdad es que su única expectativa era salir de Londres y no volver, sinceramente no se sentía parte de aquí y aunque le doliera reconocerlo, de la familia.

― Bueno…― dudó un poco – La verdad es que no tengo ninguna – dijo al final.

De nueva cuenta las gemelas la miraron como si fuera una cosa rara y extraña. Sin duda eran hijas de Miroku. No solo en apariencia, sino en carácter.

― Necesitas tener un plan. – dijo una de ellas.

Pero al parecer, la que se apiado de ella fue Sango, pues se acercó sigilosamente y tomó a las niñas de los hombros.

― Niñas – por fin Sango se apiado de ella – No agobien tanto a su tía. Dejen que vaya a refrescarse.

Kagome sonrió en modo de agradecimiento y de inmediato subió a la habitación que le asignó su madre. Dejó atrás a su familia para subir casi corriendo las escaleras.

En la sala, Leah observó a su hijo mayor, él quien ya se había cambiado de ropa en cuanto llegó sucio. Lo notaba preocupado, pensativo e incluso hasta molesto. Algo había pasado para que tuviera esa actitud aquella tarde.

Se acercó a él y susurró suavemente.

― ¿Sucede algo?

Él miró a su esposa, hijas, incluso a su hermana con su pequeña familia y posteriormente a su madre, a quien no podía ocultarle nada. Así que asintió.

― Antes de llegar nos encontramos con…― apretó los labios, ni siquiera podía sacar el nombre de su boca – Con el duque de Lexington.

― ¡¿De verdad?! – exclamó con una sonrisa ― ¿Reconoció a Kagome?

Esa reacción le pareció un poco sospechosa. Pues lo había dicho con una sonrisa en sus labios.

― Tu reacción, no es muy normal ¿Sabes? Puedo decir que incluso estas feliz por eso.

La marquesa viuda simplemente se encogió de hombros y se aclaró la garganta.

― No sé a qué te refieres. – fingió demencia. – Desde luego que no puedo ponerme feliz por ese encuentro – mintió y esperaba a que su hijo lo creyera.

― Si esto tiene que ver con la visita de la duquesa en este mismo momento envió a Kagome…

De pronto, el semblante de su madre cambió y por un momento temió por su vida. Esa mujer era muy peligrosa.

― Tú no harás nada marqués. Kagome es mi hija y tomo las decisiones por ella. Yo solo sé lo que es correcto para ella. Y no, nada tiene que ver con la visita de la duquesa viuda. Te expliqué que vino a que le enseñara tejido. Eso es todo.

Por primera vez y después de muchos años, Kagome pudo disfrutar de una cena familiar. Nada tenía que ver con las cenas en el instituto y sin duda había extrañado esto. No pasó por inadvertido analizar a todos. Claro que hubo cambios, Kikyo era una mujer más madura, Miroku seguía igual pero ahora era un hombre muy estricto y su madre, bueno, ella seguía con una expresión triste en su rostro. Sin duda aún seguía extrañando a su padre.

Al entrar a su habitación, su madre entró tras de ella. Ayudándole a sacar las pocas pertenecías de su maleta. Mientras lo hacían conversaban de cómo era la vida en el colegio, si tenía amigas y como habían sido los profesores.

― Todo bien – fue lo único capaz de responder.

― Bien – asintió su madre – Ahora descansa. Mañana nos espera la visita con la modista.

Ella frunció el cejo y giró sobre sus talones justo para detener a su madre en la entrada principal de la habitación.

― ¿Modista? ¿Cómo para qué?

Si algo le causo miedo fue la sonrisa que le dedicó y eso no le agradaba en absoluto.

― ¿Cómo qué para qué? – preguntó – Dentro de unas semanas la baronesa Sussex dará una mascarada. Debemos ir.

― ¿Debemos?

― Si – asintió – Además, ocupas vestidos nuevos. Los que tienes son prácticamente de jovencita. Afortunadamente Kikyo te trajo unos cuantos, con esos sobreviras hasta que tengas vestidos nuevos.

― ¿Me preguntaste si quería ir a un baile?

― No – negó – Pero debes hacerlo, es tu obligación.

―Ya no estoy para un baile ridículo y estar rodeada de personas estúpidas.

Ante esa respuesta, Leah tuvo que taparse la boca, no sabía si reír o enfadarse ante el vocabulario poco correcto de su hija. Sin duda esta Kagome era totalmente diferente a la que se había ido. Lo pudo notar en la cena, su hija pequeña siempre era la que llevaba la conversación durante la cena. Preguntándole a su padre el porqué de las cosas y él, bueno, él respondiéndole de modo que una niña de diez años pudiera entender. O incluso bromear con Kikyo poco antes de que ella debutara en sociedad. La joven que le gustaba montar a caballo en pleno amanecer.

La mujer que tenía frente a ella era totalmente distinta, seria durante la cena, como si los estuviera analizando a cada uno.

― ¿Eso te enseñaron en el instituto?

― No – ella negó – Eso se aprende en horas libres.

― Dejemos claro todo esto.

La marquesa cerró la puerta, cruzó la habitación para estar a la altura de Kagome.

― Tu regreso fue exclusivamente para que encuentres marido.

Kagome soltó una risa irónica y negó.

― ¿No crees que soy un poco vieja para eso? A estas alturas seré prácticamente la solterona del salón.

Irasue y ella iban a tener un gran trabajo, Kagome se estaba poniendo difícil.

― Vieja como dices, probablemente – añadió – Pero aun eres hermosa y no tienes arruga alguna. Podrás pescar algo.

Volvió a retomar su camino y se detuvo por última vez en la puerta, antes de lanzar su frase final.

― Y te queda prohibido acercarte a ese duque ¿Entiendes?

Kagome se cruzó de brazos y tomó asiento en la cama. Ya estaba comenzando a cansarse que le prohibieran esto, que le prohibieran aquello. Era una mujer adulta, tomaba el riesgo de sus propias decisiones.

― No te preocupes. Me queda claro ese punto. Miroku no se cansó en todo el camino en repetirme lo mismo. Así que pierde cuidado que no ocasionaré ningún escándalo que perjudique más a esta familia.

Su madre inclinó la cabeza.

― Me da gusto que entiendas cuál es tu postura en todo esto. Descansa, nos vemos mañana temprano.

Kagome esperó a que su madre se fuera para salir al balcón. Contempló la ciudad de Londres a plena noche, seguramente mañana en la mañana se esparciría el rumor sobre su regreso y con eso se avivaría el recuerdo de su desliz hace ocho años.

Pasaban unos pocos carruajes por su calle, unos cuantos ruidos de paseantes que aún estaban afuera en las calles. Frunció el cejo al ver un carruaje uno muy elegante detenerse justo en frente de su balcón, justo en la parte donde había poca luz. Le pareció extraño, pero no le dio importancia.

No había tenido oportunidad de pensar en su encuentro con Inuyasha, bueno, ahora era "excelencia". Estaba tan cambiado, diferente, podría decirse que hasta frio. Probablemente sus nuevas responsabilidades eran demandantes, hasta se atrevía a decir que estaba en busca de esposa.

Esbozó una media sonrisa y negó, no, ella no podría estar en esa lista. Además, para él siempre había sido una hermana, no la podía ver como algo más y eso debía reconocer que le dolía más que el hecho de que Miroku le prohibiera verlo.

Frunció el cejo al ver un movimiento en ese extraño carruaje, el pasajero había descendido de él. Lo único que se veía era el humo que soltaba, probablemente era de un cigarro.

Temerosa de que fuese un asesino serial o algo por estilo, se apartó del barandal y entró a su habitación. Cerrando de par en par la ventana y por último echándole llave.

Bueno, mañana sería un día difícil así que debía tomar fuerza de donde fuese, mirar siempre con la cabeza en alto. Apagó la luz y se metió a la cama, cerró los ojos y dejó que el sueño se apoderara de ella.

La marquesa viuda estaba en su despacho mientras degustaba un excito vino. Justo en la cena Sofía le había llevado una carta que le mandó la duquesa viuda de Lexington, como era de esperar, no podía abrirla delante de su familia y menos de Miroku, que pegaría el grito en el cielo si se enterara sobre los planes que tenía con ella.

Sacó un abrecartas de la mesita, abrió el papel y antes de leer, le dio un pequeño sorbo a su vino.

"Mi querida Leah

No sé qué ha pasado esta tarde, pero debo admitir que lo que sucedió vasto para desequilibrar a Inuyasha. Había estado pensativo toda la tarde. Seguramente vio a Lady Kagome y esto lo dejó descolocado.

Por cierto, acaba de salir en su carruaje, no me quiso decir a donde iba (Pero apuesto a que tú y yo sí)."

Su mayordomo irrumpió y ella le prestó toda la atención.

― Milady, afuera está el carruaje del duque.

Ella asintió.

― Bien

― ¿Desea que hagamos algo al respecto?

― No – negó – Déjalo así.

― Pero Milady, el lord Miroku ha..

Ella levantó la vista de su carta, dejándola descuidada sobre la mesa. Tomó su copa se la llevó a los labios.

― Mi importa muy poco lo que mi estúpido hijo te haya dicho. Soy la señora de esta casa. Si, él te paga. Pero yo puedo decidir si te quedas o no. – lo miró amenazante – Así que total discreción. Ya si el duque intenta algo, lo detienes. Mientras tanto no.

El mayordomo asintió y salió del despacho.

La marquesa viuda esbozó una sonrisa. Su hija no tenía ni unas cuantas horas en Londres y ya había vuelto a llamar la atención de Inuyasha.

― Me pregunto cuanto durará esto.

XXX

Encendió un cigarrillo mientras contemplaba aquella figura en plena noche. Los rayos de la luna le daban un aspecto angelical. Se moría por saltar esa barda, escalar ese balcón y tener, aunque sean unos minutos de charla.

Pero por más que observaba su rostro esculpido, algo le decía que esa no era su Kagome que había conocido. Era Kagome era totalmente diferente. ¿En serio pensó que iba a caer en esa mentira? ¿Cómo se le ocurrió decirle que no era ella? Si era la viva imagen de la mujer que lo atormentaba.

Suspiró al sentir como se hinchaba su pecho a causa del sentimiento.

Cuando la vio entrar a su habitación supo que ya no tenía nada más que hacer allí.

Debía tener, aunque fuese unos momentos con ella. No sabía cómo, pero lo iba a lograr.