Capítulo 4
Se acercó al conductor, quién estaba a la espera de cualquier información por parte del duque. Inuyasha acarició el lomo de uno de los caballos y le dio una sola orden.
―Regresa a casa.
Aquel hombre fruncía el cejo, por nada del mundo se prestaría a dejar a su patrón y menos en plena noche con el riesgo de que le pudiese pasar algo.
―Milord, si regreso sin usted la duquesa viuda me arrancara el pellejo.
Él esbozó una sonrisa, si, Irasue era una mujer digna de temer.
―No te preocupes, sé cómo cuidarme perfectamente solo.
De hecho, no estaba acostumbrado a que alguien más se preocupara por su bienestar.
―Pero excelencia – insistió nuevamente.
―Solo haz lo que te indico sin hacer más preguntas. Y si la duquesa te reclama, le dices que yo te di la orden de regresar sin mí.
Al ver que por más que lo tratará de convencer de quedarse con él, tuvo que acceder a su solicitud.
―Muy bien milord. – inclinó la cabeza ― Bajo su propio riesgo lo dejo.
Inuyasha sólo asintió y observó como el carruaje se ponía en marcha.
Primero permaneció oculto en las sombras, esperando a que las luces se fuesen apagando una a una. Miró ambos lados de la calle para ver si no había algún testigo que pudiese verlo. Una vez seguro de que nadie lo veía, tomó la decisión de cruzar la calle hasta llegar a la barda que había estado analizando.
El metro noventa y tantos que tenía por estatura le ayudó para saltar sin ningún problema la barda. Se quedó momentáneamente sentado al borde de ella, asegurándose de que no hubiese ningún vigía que pudiera alertar de su presencia.
Saltó ocultándose en el tronco de un árbol y así fue cuidadoso hasta llegar a detenerse debajo del balcón de Kagome.
Esbozó una sonrisa al ver que esa escena le era dolorosamente familiar. Si bien no era como la casa anterior, se las ingenió para subirse por una enredadera.
La ansiedad por verla corría por sus venas, sobre todo ante la expectativa de poder escuchar de nueva cuenta su voz. Pero su expectativa se estrelló contra la realidad cuando intentó abrir la puerta de su balcón y descubrió que tenía seguro.
¿Era un impedimento para él?
Desde luego que no. No es que fuese la primera vez que abría una puerta con seguro, desde joven había adquirido habilidad para eso. Incluso una vez ayudó a salir en varios apuros a Miroku.
Del bolsillo de su pantalón sacó una pequeña navaja para introducirlo en la cerradura de la puerta hasta lograr vencer el seguro.
Abrió cuidadosamente la puerta entrando con mucha cautela de no ser descubierto. Una dulce fragancia femenina lo recibió. La habitación estaba completamente sumergida en la oscuridad, más no la suficiente como para poder distinguir la silueta de Kagome al borde de la cama.
Avanzó hacia su dirección con paso lento pero firme.
Se detuvo entre justo al borde de la cama como para poder contemplarla aún mejor; apoyó una mano sobre la cabecera de la cama y se inclinó un poco para contemplarla. El dulce aroma que emanaba de aquella mujer lo saludó de golpe, esparciéndose por cada poro de piel. Cerró brevemente los ojos para dejarse envolver por él.
Aquellos ojos dorados contemplaban con admiración a la mujer dormida. Era plenamente inconsciente de su presencia. No pudo evitar esbozar una sonrisa, aún seguía con aquel sueño pesado, sin darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
Había cambiado, ya no era aquella niña de catorce años que dejó ver, en cambio, delante de él se encontraba una mujer, cuyo rasgos se hicieron más finos, posiblemente más delicados. Sus pestañas eran más largas, su nariz seguía siendo igual de respingada como la recordaba. Las pecas por las que tanto se enfadaba seguían ligeramente visibles.
De pronto observó sus labios y fueron una tentadora invitación a ser besados. No pudo reprimir el impulso de querer besarlos, pero únicamente se quedó suspendido a centímetros de ellos, imaginando que los rosaba con un ligero beso, imaginando que ella despertaba y lo envolvía en sus brazos.
¿Cómo le había podido mentir sobre su identidad?
¿Por quién carajos los tomaba?
Podría reconocerla incluso de espaldas, a una distancia tremendamente considerable.
Levantó una mano para acariciar su sedoso y largo cabello. Lo envolvió entre sus dedos, acercándolo a su rostro. Miles de imágenes se cruzaron por su mente, una de ellas, imaginando que la abrazaba de espaldas y se hundía en la curva de su cuello.
Se puso en alerta cuando ella, aun dormida, estiró un brazo para arrebatarle el mechón de su cabello. El instinto de Inuyasha fue apartarse y ocultarse en una sombra, en dado caso que ella se hubiese despertado, pero eso no ocurrió, en cambio, Kagome se dio media vuelta para seguir dormida.
Con pesar, arrastró una silla muy cerca de la cama y se decidió contemplarla decidido a velar su sueño toda la noche.
XXX
Irasue contemplaba con una mirada muy aguda a Inuyasha. Ni siquiera había desviado su atención cuando le colocaron una taza de té o incluso en el nuevo artículo de chismes que hablaban cobre Lady Percival, que muy poco le interesaba esa mujer al decir verdad.
Únicamente jugueteaba con sus dedos, haciendo girar su imperioso anillo de bodas. Alzando de vez en cuando su delgada ceja. No quiso abordarlo y cuestionarlo sobre su salida de anoche. Sabía perfectamente a donde fue, pues esta mañana se lo confirmó el cochero.
Debía mostrar una postura más rígida. Mostrándose fría e indiferente si quería que tanto el plan de Leah como el de ella diera resultado.
― Me enteré de que la más joven de los Higurashi regresó de Francia..
Tuvo que morderse los labios para no reírse, pues el pobre hombre por poco se atragantaba con su café.
― ¿En serio? – Inuyasha se encogió de hombros y ahora él fingía mostrarse indiferente – No sé a qué te refieres Irasue.
Ella esbozó una media sonrisa ¿Por quién la trataba? Era la mujer más lista, conocía las reacciones de los hombres. A lo largo de su vida pudo descifrar cuando un hombre mentía y decía la verdad y eso se lo debía tanto a su marido como a su hijo.
― Sé perfectamente que sabes a que me refiero, Inuyasha Taisho – lo señaló – Y no me trates como a una estúpida.
― Yo nunca hice eso.
― Aunque no lo hayas hecho – asintió, alzando la voz.
Los empleados de servicio se miraron unos a los otros y a continuación salieron como alma que llevaba el diablo del comedor. En esa discusión solo iba haber un ganador y ya conocían quien lo sería.
― Y por eso te digo que andes con mucho cuidado. No quiero que el marqués te rete a un duelo si te ve cerca de su hermana. Ya perdí a un hijo por idiota, impudente y muy, muy estúpido.
Si, lamentablemente así tenía en ese concepto a su hijo. Lo amaba y lo extrañaba con cada fibra de su ser, pero en cambio él simplemente le valió la vida y muy poco le importaron los sentimientos de su madre al abatirse a duelo.
― Supongo que tú eres lo bastante inteligente como para no repetir la misma historia de Sesshomaru. Bueno, solo que él se enredó con una prostituta. Esa es la gran diferencia.
Inuyasha le había prestado atención a cada una de las palabras que había dicho Irasue. No lo decía con la intención de molestar, sino todo lo contrario. Ella lo único que no quería era ver a otro duque morir. Ya había pasado por mucho como para darle más dolores. Sabía que él era la última esperanza para el ducado.
― No te preocupes – dijo al fin – Haré exactamente lo que me pides.
― Gracias – asintió con una sonrisa.
Luego de un largó silenció, Inuyasha le extendió unos papeles, la duquesa lo miró confundida.
― ¿Qué es esto?
Él se recargó en el respaldo de la silla. Había estado planeando todo esto desde hace varios años y necesitaba la aprobación de ella, pues no le gustaba hacer algo sin consultárselo. Después de todo ella era parte fundamental de la familia.
― Es una de las escrituras de las propiedades que hay en Cornualles.
Ella asintió, interesada en el tema. Tomó el sobre y sacó de él los papeles de las escrituras. Sin antes leerlo, solo esperaba que Inuyasha le explicara de lo que iba.
― Tengo planeado darle al párroco la pequeña finca que esta junto a la iglesia. Todo con la finalidad de que sea una casa hogar y al mismo tiempo una escuela.
A la duquesa se le inflamó el corazón al escucharlo hablar del tema y es que lo hablaba con tal dedicación, como si tratara de convencerla de algo que ni siquiera ella misma sabía que. Si comparaba a su hijo con él, la balanza se inclinaba favorablemente a Inuyasha.
― ¿Y qué ocupas de mí? ¿Me estas informando?
Inuyasha negó.
― Eres parte primordial en esta familia, no puedo hacer nada sin tu aprobación – la miró atentamente –Y para mí, es importante que tú estes de acuerdo en esta importante decisión. Como te digo, llevo años planeándolo y nunca encontraba el modo de hacerlo. Honestamente no me gustaría dar una propiedad sin tu…
― Adelante – interrumpió ella con una sonrisa – Eres el duque, son tus propiedades así que tú tomas la decisión.
― Pero tú eres la duquesa.
Irasue alzó un dedo, mientras que con la otra mano firmaba los papeles para dar su consentimiento.
― Duquesa viuda, si no es mucha molestia.
Él se sintió complacido por que ella aceptara esa propuesta, ahora solo faltaba llevarla ante el notario para que la hiciera valida y así, comenzar con las reparaciones de esa pequeña propiedad. Ya había visto en qué condiciones en la que los huérfanos vivían en esa iglesia, por eso no dudo ni un segundo en deshacerse de esa propiedad que no le servía para nada.
― Si los demás pensaran como tú …― comentó ella, observando su rúbrica en el papel – Esté mundo sería completamente distinto. Pero por favor vigila que esa propiedad se maneje como lo has solicitado. No quiere decir que confié en el párroco, hoy en día uno no sabe.
― Ya lo he tomado en cuenta – él asintió – No te preocupes por eso.
Como bastardo conocía las inclemencias de vivir en un lugar así, de no tener estudio y ni siquiera tener a alguien que te apoye. Afortunadamente su vida había cambiado, pero la de esos niños no y por eso se sentía con el deber de hacer lo correcto.
― Y ahora ¿Me vas a decir donde estuviste anoche?
Él sonrió, tomó los papeles y sin responder, se levantó de su silla. No sin antes de irse de darle un beso en la mejilla a Irasue.
― Nos vemos más tarde.
Y se marchó sin ver que a sus espaldas dejaba a una mujer con la intriga. Bueno, no del todo porque sabía perfectamente donde estaba.
― ¡Cobarde!
Ella simplemente sonrió ante la evasiva de Inuyasha. Y ahora sí, se disponía a leer ese chisme sobre Lady Percival. Pero sus labios se iban abriendo a medida que iba leyendo cada palabra escrita en ese papel.
― ¡No puedo creerlo!
xxx
Frunció el cejo al ver a su madre entretenida en una estúpida lectura de chisme. Una de las empleadas le había dejado un plato de fruta y lo agradeció. Cuando estuvo a punto de llevarse un bocado a la boca, la voz de Kikyo hizo que se sobresaltara y por consiguiente el trozó de fruta terminara rondando sobre el suelo.
― ¿Te enteraste?
Pero la pregunta no iba dirigida a ella, sino a su madre. Que de inmediato tiró el periódico y se paró para estar a la par de su hija. Kagome alzó una ceja al ver a esas dos mujeres tomadas de la mano y dando vueltas como locas, claro, con debido cuidado por el estado de Kikyo.
― ¿Qué pasa? – preguntó, mientras hablaba con la boca llena.
Su madre al ver esto la miró mal.
― No hables con la boca llena. Cuida tus modales.
― Pues enton…
― Modales, hermanita – interrumpió Kikyo – Modales.
Ella hizo un gesto y mejor decidió seguir comiendo. Por alguna razón había amanecido con un excelente apetito. Incluso había dormido bien. No sabía porque, pero sentía que algo o alguien había velado su sueño. Si, era una cosa extraña sentirse de esa manera.
― Bueno – dijo cuando ya no tenía nada en la boca ― ¿Qué es eso que se traen?
Su madre y Kikyo se miraron, después a ella y lo que sintió le dio miedo, terror, pavor.
― Solo te diré que el karma es hermoso – Kikyo respondió con una sonrisa, parpadeando hacía arriba.
Kagome miró hacia la dirección que hacía su hermana, pero no vio nada, luego a su madre y con una sola mirada le pidió que se apiadara de ella.
― Acaba de salir un artículo en el periódico, que habla sobre la hija de Lady Percival.
― Que antes era vizcondesa – señaló Kikyo, mientras tomaba asiento y se servía dos tazas de café. – Y lo digo era porque ha causado tremendo lío.
Le entregó una a su madre cuando ésta tomaba asiento frente a Kagome.
― ¡Se ha fugado con el administrados que trabajaba para su marido! – terminó Leah.
― Todos dicen que era muy joven como para hacerlo. – explicó Kikyo.
Kagome asintió, bebiendo un vaso de leche. La verdad no sabía que tenía que ver eso con la familia.
― ¿Y qué tiene que ver con nosotros?
― ¡¿Cómo?! – exclamó Kikyo – Su madre te llevó a la ruina hace ocho años. Ahora es su hija la que ha deshonrado a la familia. La que ahora tiene la reputación por el fango es Percival. – finalizó con delicia.
― Lo bueno de todo esto es que no hay hijos de por medio. – añadió Leah – Podremos utilizar ese escandalo a nuestro favor. Todo el mundo estará hablando de eso y no de tu regreso. Con suerte lograras pasar desapercibida.
― ¿Y te da tanto gusto por eso? Puede incluso le haya sucedido algo malo – comentó Kagome.
― No deberías compadecerte por las desgracias ajenas – reprendió Leah – Recuerda que su madre…
― Si – interrumpió su madre – Ya sé lo que nos hizo su madre. Pero burlarse de las desgracias de los demás simplemente nos hace peores que ellos.
― Mejor termina el desayuno. Recuerda nuestra cita con madame Bernadette.
Simplemente asintió y se dedicó a terminar el desayuno. Si, la odiaba, pero la verdad es que no le deseaba mal a nadie ni mucho menos a esa mujer, aunque ella le hubiese hecho daño en el pasado. Seguramente Percival y el vizconde la debería estar pasando fatal tras la fuga de su hija.
Tal y como lo había predicho su madre. Nadie le prestó atención ni en la calle, mucho menos cuando entraron a la casa de Madame Bernadette, que dicho sea de paso estaba llenó. Sobre una tarima estaba una dama mucho más joven que ella. Se veía nerviosa, seguramente por los nervios. Su madre no paraba de darle instrucciones sobre como deseaba que fuese el vestido. El rostro de la joven parecía decir que eso no era lo que ella quería.
Ojalá algunas madres fuesen más liberales y dejaran elegir sus propios diseños.
Madame Bernadette había envejecido favorablemente. Ahora llevaba su cabello blanco, su rostro seguía intacto, como el de una porcelana, mientras tomaba notas sobre lo que la madre de la joven le dictaba. A continuación, tomaba notas.
― Leah, que placer verte por aquí.
Kagome parpadeó y dejó de ver a la dueña del local para dirigir su atención en la persona que había saludado a su madre. A esa mujer no la conocía.
― Vanessa – su madre inclinó la cabeza.
― ¿Supiste lo sucedido con Lady Percival? ¡Qué gran golpe para ella!
Su hija alzó una ceja ¿Así que de ese modo se había esparcido su rumor años atrás? vaya, la sociedad sí que estaba envuelta en mierda. Claro, excluyendo a su madre y hermana de esa por supuesto.
― Cuando me enteré no lo podía creer. Pobre mujer, debe estar ahogándose en dolor. – la mujer sacó un abanico de viento y comenzó a echarse aire – Sin duda es el karma – ahora tomaba a su madre del brazo – Ella destrozó a tu familia y ahora su hija a destrozado la suya.
Pero su madre simplemente le seguía la corriente.
― Bueno, algunas personas aprendemos a sobrellevarlo Vanessa. Afrontarlo así es como lo hicimos nosotros. Ante eso somos una familia fuerte y unida.
Entonces esa mujer reparó en ella y esbozó una sonrisa al verla, Kagome no fue tan hipócrita como para hacerlo. Sin duda seguramente también había hablado en cuanto salió su escándalo.
― ¿Es Kagome?
― Bien ¿Quién sigue?
Afortunadamente madame Bernadette había salido y Kagome tuvo que pararse de inmediato seguida de su madre. La hicieron subirse a la misma tarima y fue el mismo procedimiento, su madre daba instrucciones mientras que la modista apuntaba. No, si quería que estuviera en cada estúpido baile ella iba a decidir como serían sus vestidos, su madre no tendría que entrometerse.
― ¿Podría elegir mis diseños? – interrumpió.
Ambas mujeres alzaron la mirada hacía ella.
― No – Leah negó – Eso no está a discusión.
― Creo madre que ya soy mayor. Puedo elegir como quiero que sean.
― Pero….
― O te aseguro que no asistiré a un ridículo baile disfrazada de mimo.
Leah apretó los labios en una fina línea y asintió mientras salía de ahí, dejando sola a su hija con la modista.
― ¿Cómo va a desear su diseño señorita?
Kagome alzó la cabeza y encontró a su madre conversando con la mujer de hace unos momentos. Entonces bajó la cabeza y habló en tono bajo solo para que ella y la modista pudieran escuchar.
― Quiero un vestido y varios. Unos que digan que soy un escándalo, pero a la vez inocente.
― No creo que pueda tener eso – respondió nerviosa.
Desde luego que sí, solo que no se atrevía a sacar esos diseños por temor a que la terminaran repudiando. Pero que una jovencita, bueno no tan jovencita, le pidiera eso simplemente la ponían nerviosa.
― Sé que los tiene. Solo que no es capaz de hacerlo. – se inclinó aún más hasta la altura de la mujer y añadió en francés – Vamos, arriésgate conmigo.
La modista miró a las clientas que estaban esperando en el pequeño saloncito. Entonces, asintió y fue a recorrer las cortinas para que nadie pudiera ver el diseño que estaba a punto de sacar.
― Escandalosa pero inocente a la vez – repitió ella – Es arriesgado, pero me encanta – guiñó un ojo con malicia – Y tengo justo lo que usted está buscando señorita. Solo una cosa – comentó sería de repente ― ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar con ese vestido?
Kagome esbozó una sonrisa.
― Hasta donde sea.
La modista asintió, bien con eso bastaría por el momento. De hecho, se estaba arriesgando junto con ella, si a las damas de alta alcurnia les parecía descabellado e indecente el diseño que tenía preparado para la joven, podría despedirse de su negocio y por consiguiente tendría que abandonar Londres.
― Si me lo permite, le puedo incluir una ropa interior tan escandalosa como inocente a la vez.
Kagome sonrió maliciosamente, comenzaba a agradarle esa mujer.
― Usted es la que manda, madame.
― Y usted la que paga, milady– asintió la mujer – Y mis clientes son muy importantes para mi
Al salir de ahí su madre la hizo entrar a una tienda de sombreros que francamente no tenían nada de especial, únicamente estaban exageradamente ridículos. Mientras Leah, su madre hablaba con el duelo del local, Kagome se asomaba por una de las ventanas para ver la transitada avenida. En cuestión de minutos vio salir de lo que parecía ser una notaría a un caballero alto y de cabello plateado. Su corazón traicionero palpitó con solo verlo de perfil.
Miró a su madre, pero ella estaba muy concentrada en la conversación. Así que seguramente no iba a notar su ausencia y sin que se diera cuenta salió rápido del local y comenzó a seguir Inuyasha, perdón….al duque.
Iba a una distancia considerada, cuidándose de que si él llegará a voltear ella reaccionaria rápido para ocultarse en uno de los locales.
Su rostro se enterneció al verlo detenerse frente a una anciana que pedía unas cuantas monedas, sin pensarlo él sacó unas cuantas para dárselas. No pudo evitar esbozar una sonrisa ante esa generosidad que había tenido, bueno, al decir verdad siempre había sido así desde que no conocía y sabía perfectamente a que se debían sus actos. Todo tenía que ver por su pasado. Desafortunadamente existían muchas personas que no tenían esos mismos actos de bondad como los de Inuyasha. Eso lo hacía diferente a todos los caballeros, incluso al propio Miroku.
Dale un punto a su favor
Inuyasha sintió la extraña sensación de que alguien lo perseguía, volteó a ver a sus espaldas, pero nadie. Únicamente tuvo que inclinar la cabeza cuando lo saludaban, aunque al decir verdad lo hacía por pura mera cortesía. Pero cuando retomó su andar, se detuvo de inmediato. Tuvo que contener el impulso de fruncir el gesto, pues frente a él estaba una mujer con una joven a lado.
― Excelencia, que grato verlo.
Él retrocedió un paso al sentirse incluso hasta acosado por aquella mujer. Pues al parecer no conocía el espacio personal.
― Milady – hizo una reverencia.
― ¿Asistirá al baile de la baronesa, excelencia?
Retrocedió otro paso más. Sin duda odiaba esos momentos en los que lo acorralaban las madres casaderas. Pero por más caballeroso que se mostrara, por más desinteresado que fuera ellas simplemente no parecían entenderlo. En estos momentos no podía aceptar un matrimonio, por más bonita que fuese una joven. Aunque ciertamente nunca iba a estar preparado.
Solo para una.
Una a quien seguía recordando verla dormir. Por más que le hubiese puesto seguro a su balcón, él se las había ingeniado para entrar en él. Tuvo que hacer fuerza de voluntad para no besarla y con eso alertarla de su presencia.
― Probablemente – esbozó una sonrisa fingida.
― ¡Estupendo! – prácticamente la mujer había gritado, empujando a su hija cada vez más hacia él – Camila le reservara un baile.
La mujer aguardó con una sonrisa ansiosa, esperando una respuesta por parte de él. Inuyasha únicamente sonrió, pero de manera nerviosa. Se llevó una mano al nudo de su corbata para aflojarlo, comenzaba a sentir que le faltaba el aire. La joven debutante lo miraba con ojos angelados, esperando también su respuesta.
― Yo….― vaciló un poco – Le prometí a la duquesa estar con ella todo el baile.
― Oh, pero la duquesa ya es viuda. Seguramente ella ya no necesita marido – comentó la mujer con una sonrisa – Ya, además, es demasiado vieja para que usted este pegado a ella. Ni que fuese su hijo.
Ese comentario lejos de incomodarlo, lo hizo enfadar mucho, pues Irasue y él tenían una relación precisamente de ese tipo. Madre e hijo, que se expresaran así de una de las mujeres que le había brindado cariño durante esos largos ocho años si le molestaba mucho.
Pero parece que esa mujer se dio cuenta de su comentario y cuando quiso retractarse ya era demasiado tarde.
― Le ruego me disculpe excelencia. No quería hablar así de la duquesa.
― Estoy seguro de que no ― hizo una reverencia rápida― Si me disculpa debo resolver unos asuntos.
Aunque esa mujer no estaba dispuesta a dejarlo ir del todo, porque inmediatamente había sacado otro tema de conversación.
Kagome, que observaba esa conversación desde un pequeño rincón tuvo que apretar los nudillos de sus manos. Esa mujer parecía urgida de un yerno y sin duda le había echado el ojo a Inuyasha.
Pero ¿Qué estaba haciendo?
Ella misma se había jurado no hablarle, no verlo. Tenía prohibido todo eso y sin embargo allí estaba, siguiéndolo. Pero es que simplemente fue inevitable no hacerlo. Esos segundos bastaron para hacerle saber que aun y por más que dijera sentir odio hacía él, le hicieron admitir que seguía amándolo.
¿Seguirán siendo la misma persona, tanto Inuyasha Cartes como el Inuyasha, duque de Lexington?
― ¡Kagome!
Todos incluido él, voltearon a la par que su madre pronunciaba su nombre…
Holii
Muchas gracias por sus lindos comentarios, que bueno que la historia les esta siendo de su agrado.
Por favor, no odien tanto a Miroku, esta haciendo lo mejor que puede para proteger a su familia, incluso a su hermana. Probablemente el método que esta usando no es el correcto. Como dije, si fuese hombre y mi hermana pasaría por eso, probablemente reaccionaria de la misma forma incluso hasta peor.
En cuanto al plan de Irasue y Leah... No saben que lo prohibido tienda? Entre más le prohibamos a alguien no hacer algo, va y lo hace (es nuestra naturales, hacer todo lo contrario).
Esta historia se esta publicando en Wattpad al mismo tiempo, de hecho hay varias de las historias. Estoy como Black_PearlB
Quiero agradecer a todas las personas que lo leen, pero sobre todo sus lindos comentarios. Por cierto, hay uno que me llegó al alma, si mis historias llegan a tocar puertas, corazones y dar un rayito de luz a tu vida, me doy por satisfecha y créeme que aquí seguiré, si algún día quieres buscar un consejo sincero, con plena confianza, aquí estaré para cada una de ustedes.
Besos, abrazos...cuídense mucho por favor!
Las quiero.
BPB
