Capítulo 6
La modista se apartó un poco para observar detenidamente su máxima creación, cerciorándose que cada costura estuviese encajada a la perfección. De vez en cuando le echaba un vistazo a los distintos espejos que tenía. Uno en frente, dos a los lados y uno atrás. Comprobando como se veía en distintos puntos.
Kagome estaba más que engentada con el trabajo que había hecho la modista, no podía dar crédito. Aquella mañana decidió salir sola, pues no deseaba que su madre viera el diseño.
Una vez que hubo cruzado las puertas del local, madame Bernadette cerró con llave para que no pudieran tener alguna distracción. Incluso la citó a la hora del té, en ese tiempo estaban seguras de que no las molestarían.
Madame Bernadette se llevó un dedo al mentón, alzó una delgada ceja. Lo que tenía ante sus ojos y arrugada cara eran una obra de arte. Muy moderno para la época en la que estaban.
— ¿Y bien? – preguntó la modista — ¿Qué piensa?
Kagome esbozó una radiante sonrisa, girando de un lado a otro para ver el diseño.
—Sin duda es demasiado escandaloso – puntualizó Kagome —Pero inocente a la vez.
La modista asintió muy complacida de haber cumplido las expectativas que su cliente había demandado.
—Recuerde, solo debe tirar de este listón y automáticamente las capas del vestido irán cayendo.
Asintió poniendo atención en la exposición que daba la mujer. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Este era el vestido más bonito que había visto y era el primero que usaría en un baile, tal vez ese hubiese sido el primero de muchos de un debut que nunca pudo ser. Pero con él, compensaría todos aquellos que no pudieron ser.
O tal vez no era el vestido lo que la tenía es ese estado de adrenalina. Sino más bien por su determinación de atrapar a ese hombre que la misma sociedad le había arrebatado de las manos. Sabía que en gran parte su adorado hermano Miroku, ardería en el infierno al ver que estaba tras los pasos de Inuyasha, pero desde que lo vio por primera vez después de mucho tiempo, no pudo evitar sentir como su corazón revoloteaba al ver aquellos ojos dorados.
Si lo que decía Kikyo era cierto, entonces lo que debía hacer era apurarse y atraparlo antes de que cualquier madre casadera se le adelantara.
Cuando volvió a casa de su madre lo primero que hizo fue ir directo a su habitación y ocultar el vestido. No quería que nadie ni sobre todo su madre lo viera antes del dichoso baile.
Al bajar comenzó a buscar a su madre por toda la casa, pero justo al llegar a la sala de té se detuvo al escuchar la voz de su hermano Miroku discutiendo con ella. Fue inevitable no permanecer oculta en un rincón mientras escuchaba la discusión que se ejercía en ese saloncito. Una empleada pasó a su lado e hizo una inclinación, en ese momento se sintió un poco avergonzada por que fuese vista escuchando entre las paredes.
Frunció el cejo cuando escuchó como su hermano la nombraba. Ambos discutiendo sobre los interés que le podrían convenirle a ella y eso le llamó terriblemente la atención. Se quedó muy quieta desde el lugar donde estaba y escuchó con atención.
—De ninguna manera voy a aceptar que cases a mi hija con ese hombre – su madre se levantó indignada de su asiento mientras golpeaba el piso con su pie.
—Recapacita ¿Quieres? – estaba al borde de la exasperación, tratando de hacerle entender a su progenitora lo adecuado que era para su hermana ese plan – Ese hombre es rico, tu hija fácilmente podría vivir una vida cómoda el resto de vida.
La marquesa viuda frunció el cejo ¿Cómo era posible que estuviese escuchando esa barbaridad por parte de su hijo? ¿En qué momento ese joven sereno, divertido se había convertido en un hombre muy autoritario?
Y, sobre todo, que llegara con planes de querer casar a Kagome con un hombre que prácticamente le doblaba la edad. Incluso tenía más años que ella.
—De ninguna manera permitiré que cases a mi hija con un anciano de ochenta años. ¿A caso has perdido el juicio?
—Madre, es por el bien de ella.
Kagome se mordió el labio inferior, apretó las manos en forma de puño y tuvo que contenerse para no salir e insultar al marqués. ¿Para eso había ido por ella? ¿Para casarla con un viejo que estaba a un paso de la tierra que la vida?
—Mas bien lo haces por tu propio bien – su madre se cruzó de brazos – Me avergüenzas. Ni tu padre se habría atrevido a tanto. Estoy segura de que jamás habría permitido tal estupidez. Por eso la envió a Francia, antes de verla casada con un anciano.
—Madre – se pasó una mano por el pelo – Entiende que todo esto lo hago por el bien de nuestra familia.
Kagome frunció el cejo a la par que escuchaba una risa falsa de su madre.
—No – interrumpió ella – Entiéndeme tú – señalándolo con un dedo a su hijo mayor – Más te vale que no hayas llegado a ningún acuerdo Miroku con ese viejo libidinoso de Elliot Person, porque te aseguro que envío a mi hija de regreso a Francia. Prefiero verla envejecer en un maldito convento a que verla casada con un miserable. ¿Queda claro?
Únicamente se escuchaba la respiración acelerada de Miroku, quien miraba a su madre intensamente. Sintiéndose incompetente ante no poder tomar una decisión en cuanto al futuro de su hermana. Y más inútil aún porque él era el nuevo marqués, al cual le competía tomar las decisiones de su familia.
—¿Y que hay si llegue a uno?
El silencio se hizo presente en la habitaciones, fácilmente podía escucharse el viento golpear la ventana mientras las palabras iban haciendo eco en aquel lugar. La marquesa viuda, haciendo uso de sus facultades como madre no tuvo más remedio que acercarse a su hijo y hacer lo más sensato que pudo haber hecho.
Abofetear a su propio hijo.
—¡Eres un miserable!
Miroku abrió los ojos de golpe al sentir el impacto de su mano sobre sus mejillas. Jamás lo había esperado de ella, incluso nunca les había pegado ni cuando eran pequeños. Esta era la primera vez.
—¡Madre! – exclamó sorprendido.
—Ahora mismo vas y deshacer ese acuerdo al que hayas llegado.
—Pero mi reputación está en juego. Incluso mi palabra y mi honor.
Ella frunció el cejo aún más. Era indescriptible las emociones que en ese momento sentía. Solo pedía a gritos silenciosos que su hijo saliera de su vista si no quería que el titulo desapareciera con él.
—Tu honor yace en mi retrete – no dijo nada cuando su hijo lanzó una mirada de horror – Ahora lárgate si no quieres que arrastre tu palabra por todas las calles de Londres. Ah y será mejor que arregles ese estúpido acuerdo al que llegaste con el señor Elliot.
—¿Sucede algo?
Sin contestar ni una sola palabra, Miroku agudizó la mirada en cuanto vio a la manzana de la discordia en esa discusión.
—Nada hija – su madre negó, con una fingida sonrisa – Todo perfecto como siempre. ¿No es así, Miroku?
En aquella pregunta iba una amenaza implícita que sin dudarlo estaba dispuesta a cumplir. Su madre se lo comía con cada una de sus miradas. Parecía que le lanzaba dardos directo al corazón era como si quisiera lanzarse a su cuello si se atrevía a seguir con lo que él pensaba que para él seguía siendo una excelente idea a beneficio de toda la familia.
—Tal y como dice madre. Todo perfecto. –se obligó a decir y vaya que había sido difícil para él – Por cierto, gracias por tu regalo. No te habrías molestado.
—Sabía que te iba a gustar.
Él asintió, mostrando una débil sonrisa. Se había quedado con esa sensación de decir su último palabra, pero ante su madre sabía que era una batalla perdida. Así que al final no dijo nada, simplemente se disculpó y se retiró de ahí a toda prisa.
Kagome siguió a su madre a los jardines, observando con atención como regaba las plantas. Con cuanto esmero se detenía a cortar las espinas de un rosal blanco.
—¿Le sucede algo a Miroku?
Esperaba una respuesta por su parte, pero únicamente su madre se había encogido de hombros. Sabía que no le iba a decir nada sobre la discusión que había escuchado. Si le pidieran estar a favor de alguien sin duda escogería a su madre. Miroku estaba completamente loco si pensaba que ella pudiera casarse con un anciano.
—Nada sin importancia. Solo estuvo aquí para hablar sobre los gastos que hemos tenido que la verdad son muy pocos.
— ¿Segura? – insistió, sabía que era una causa perdida y que por lo tanto no le diría nada.
—Por supuesto ¿Para que más ha venido? Sin duda lo que le tiene molesto es tu regreso y esa cercanía de Lord Lexington
Ella asintió y empezó ayudarle con el jardín. Era una labor que la dejaba más relajada que una clase de tejido o de piano. Sentía de vez en cuando la mirada de su madre sobre de ella y esto la hacía sentir un poco incómoda. Probablemente analizando la sugerencia de su hermano al casarla con un anciano o tal vez incluso enviarla a un convento.
Lo cierto era que su madre estaba elaborando un plan en el que implicaba a ella y al duque y solo necesitaba el apoyo de la duquesa viuda, que, por cierto, fácilmente iba a tener.
Sin saber que Kagome ya tenía sus propios planes.
Era una apuesta, las piezas del ajedrez estaban en aire, solo era cuestión de tiempo de saber quién daría el jaque mate.
XXX
No era que le importaba socializar con los demás Lores, de hecho, no deseaba beber en casa y escuchar a la duquesa sobre encontrar una esposa. Sin duda ella era la más insistente en el tema.
Pero haber acudido a ese club, cuya membresía era una exageración y ni siquiera sabía porque había pagado por ella. Bueno, tal vez sí, solo para sentir su poder, uno que sin duda nunca se atrevió a pensar años atrás. Ahora todos los caballeros lo respetaban.
Ni siquiera compartía mesa, es más, estaba en la barra intercambiando palabras sin sentido con el camarero y fue ahí, que cuando estuvo a punto de llevarse el primer trago de Whisky a los labios, paró oreja cuando escuchó la voz de un vejestorio hablar sobre la más joven de los Higurashi.
—Bueno, el joven marques me prometió la mano de Lady Kagome.
Frunció el cejo y con la copa aun en la mano giró sobre sus talones sobre aquella barra y contempló al anciano que se había atrevido hablar de ella.
Frente a él, en una mesa, había un grupo conformado por tres caballeros. Dos más jóvenes que el anciano que hablaba. Era un hombre de barba y cabello blanquecino y con un estomago que parecía barril sin fondo. Su risa vulgar lo hacía ver más grotesco. Desde luego que lo conocía, era Elliot Person, dueño de un prestigioso banco en el que todos los caballeros tenían aseguradas sus propiedades.
—¿En serio crees que te dará la mano de su hermana? – preguntó un segundo lord.
—¿Qué si me la dará? – su risa fue tan grotesca que el mismo Inuyasha sintió asco – Desde luego que sí. Soy más rico que la mitad de todos los caballeros de esta horrenda ciudad. Además, necesito el cuerpo de una mujer joven y por lo que sé, ese capullo se ha convertido en una hermosa flor, dispuesta desflorar – volvió a reír, mostrando sus dientes amarillos y golpeando el hombro de uno de sus camaradas – Tú sabes a lo que me refiero.
Estaba al borde de perder la cordura. Solo era capaz de fruncir el cejo y pensar en Kagome junto a ese cerdo. Con solo pensarlo nuevamente las náuseas se hicieron presentes. ¿Cómo había llegado Miroku a un acuerdo tan vulgar como ese? Pensaba que era más cuerdo que su propio padre, pero a lo que estaba viendo, era demasiado insensato.
—Pues que envidia Elliot – comentó el tercero a la derecha – Si tuviera una mujer así….lo que no haría.
—Y lo que voy a hacer yo.
Imposible de permanecer ahí, dejó el vaso sobre la barra y se dispuso a marchar. Pero cuando pasó delante del grupo, tuvo que detenerse al escuchar como ese cerdo se atrevía siquiera pronunciar su título.
—Que gusto verlo por estos lugares excelencia.
—Caballeros – inclinó con cierta aberración la cabeza.
—Me encantaría verlo un día por el banco milord. Tenemos….
—Gracias – cortó él de manera abrupta, si permanecía un poco más terminaría cometiendo un crimen – Pero ya tengo a una persona de confianza que administre mis bienes – miró a los presentes – Que tengan buena tarde.
Los tres hombres siguieron el trayecto del duque hacia la salida.
—¡Que arrogante es! – comentó el señor Elliot.
—Pero ese hombre arrogante es más rico que nosotros tres juntos.
—Solo lo tolero por eso – aclaró el anciano – Sé el escándalo que hubo hace tiempo entre él y mi futura prometida. Pero no estaré dispuesto a que se acerque a ella.
Los demás hombres solo se dedicaron a verlo, no sabían si envidarlo o sentir lastima por él.
XXX
Su primer baile y ya podía sentir los nervios a flor de piel. De vez en cuando jugueteaba con su abanico de mano, otras golpeteaba el piso del carruaje. Su madre al notar esto, apoyó una mano en la de ella y le brindó una sonrisa serena para que se tranquilizara un poco.
Ella se resistía cada vez que Miroku le insistía que no era necesario usar un abrigo pues el clima era favorable para la velada,. No podía darse el lujo de hacerlo en el carruaje, eso lo haría una vez estando dentro del baile, cuando anunciarán su presencia.
El cochero se detuvo delante de la fachada de la mansión de Lord y Lady Sussex. Inmediatamente colocó un banquillo para que cada uno pudiera bajar.
Kagome palideció ante la inmensa decoración un poco superficial. Antorchas en cada una de las uniones de la escalinata, una enredadera de rosas blancas y amarillas devoraban el barandal.
Kagome tragó con dificultad al pensar en el tramo tan grande que tenía que subir.
Allí afuera le llegaba el sonido de la orquesta, el sonido de la gente y de sus risas inconfundibles.
Por un momento se imaginó entrar por esa puerta principal, ser objeto de toda clase de atenciones y el temor a que recibieran su desliz. Esto la empezó a sentir sofocada, tal vez sería mejor no cumplir con este absurdo baile. Tal vez, lo mejor sería volver a casa y esconderse.
Cuando estuvo a punto de sugerirle eso a su madre, su hermana Kikyo había hecho su aparición llamando la atención del resto de la familia.
Ella notó su preocupación, se acercó a su hermana menor y trató de relajarla.
—Luces pálida – comentó ella – Ese era mi estado cuando nació Erick – volteó a ver a Naraku, su marido — ¿No es así, amor?
Naraku, guiñó un ojo y respondió:
—No me di cuenta. Para mí siempre has estado bellísima.
Kikyo no pudo evitar sonrojarse y se mordió el labio inferior ante el comentario adulador de su marido.
Tomó a su hermana del brazo y le susurró quedamente al oído.
—Consigue un marido así. Uno que te vea como lo más bello — aconsejaba mientras se perdía en la inmensa espalda de su marido, suspirando de enamorada. – Y no como una mera inversión.
Ese breve instante con su hermana y Naraku le sirvió para relajarse. Aunque no debía hacerlo, aun se sentía tensa, aún no sabía qué futuro le esperaba. Su madre no había vuelto discutir con su hermano sobre una posible alianza entre ella y un tal Elliot Person. A quien no tenía el desagrado de conocer aún y esperaba no hacerlo esa noche.
Llegaron al final de las escaleras y con ello, serían anunciados cada uno de los integrantes. Había llegado el momento, el momento en que revelaría su vestido.
Respiró profundo cuando le tocó a ella y antes de que anunciarán su nombre se quitó el abrigo. Revelando al instante el flamante vestido. Era de un color café, el corsé moldeaba a la perfección sus curvas. Pero no solo era el escote discreto lo que llamó la atención, sino un especie de listón que había sobre este.
Kagome se acercó al vocero y le pidió que tirara amablemente del listón, éste lo hizo y de inmediato otra capa de tela, mezclada en rojo y café cubría la primer capa del vestido.
Podía sentir las miradas de todos los presentes sobre de ella mientras bajaba de las escaleras. Su mirada se detuvo al hombre de ojos dorados que estaba al fondo de la pista. A pesar de su antifaz negro, sabía que era él. Conocía ese porte, ese cabello, esa boca cuando se curveaba cuando algo no le agradaba.
Estaba siendo acosado en ese momento por una madre casadera, pero cuando aquellos ojos repararon en ella, era como si lo demás no hubiera existido. De pronto le dejó el peso a la duquesa viuda, mientras él se perdía en la inmensidad de su cintura, de ese vestido que le quedaba infernalmente bien. Su impulso había sido tomarla de la cintura y sacarla de ahí, reclamar como suyos aquella boca descarada que sacaba improperios en francés.
—¿Me ha escuchado, excelencia?
Demandó atención la madre casadera tanto para ella como para su hija. Cuando Irasue se dio cuenta hacia donde estaba enfocada la mirada de su hijo. Sacó su abanico y ocultó una sonrisa tras de él.
—Claro, en cuanto organizaremos un baile, lo haremos saber a todos.
—Esperemos sea para la promoción de una boda.
Hubo un silencio incómodo, Irasue alzó una ceja en modo de advertencia. Su sonrisa comenzó a borrarse lentamente.
Advirtió las intenciones de esa mujer y desde luego que no iba a permitirlo.
—Querida, pide usted demasiado.
La madre casadera enfocó la mirada en Irasue.
—Tal vez ese baile sea el anuncio de una boda. Tal vez con.. – acarició el cabello de su hija.
Irasue se cruzó de brazos y optó una postura más rígida. Dispuesta a lanzarse de quién deseara ostentar a toda costa el título. Y por lo que se veía esa mujer no lo deseaba, sino que estaba obsesionada.
Había llegado el momento de ser sincera en toda regla.
—Disculpe que diga esto Lady Lennox, pero soy muy directa y no puedo callarme.
Inuyasha tuvo que reprimir una risa. Sin duda estaba a punto de escuchar uno de los diálogos sinceros de la duquesa y verla desplazar con elegancia cada palabra, era sin duda algo que nunca podría acostumbrarse.
—Por más que intente utilizar sus artes casamenteras para atrapar…— rodeó con un brazo el de Inuyasha y lo acercó a él – A mi hijo, jamás permitiré que haya una unión entre él y su hija.
La madre casamentera frunció el cejo al sentirse ofendida para las palabras.
—No es por ofender a su hija. Pero si mi hijo no está interesado en ella, no tiene caso este agobiante acoso. Además, su linaje es muy inferior al de él, por lo que no tiene caso esta agobiante humillación para su preciosa hija. – miró a Inuyasha – Vamos hijo, me apetece bailar.
Empujó a Inuyasha hasta la pista dejando atrás a esa mujer con un rostro muy indignado.
—No debiste ser tan dura con ella. – reclamó él.
—Debe entender cuál es su lugar. Se dice que la familia de Lord Lennox está en banca rota y su única esperanza en un matrimonio ventajoso. No voy a permitir que mi hijo se case con una mujer cuya deuda es más costosa que su vestido.
Sonrió, en cierto modo le parecía tierna la forma en que ella se expresaba así de él. Que lo viera como un hijo y no como un simple bastardo que se había adueñado de la fortuna que le correspondía a ella y a su difunto hijo. Aunque podría verse como un mutuo acuerdo, él tenía el titulo y ella seguía conservando el suyo junto con las propiedades que él implicaba.
—Que se arregle con el señor Elliot.
Rechinó los dientes en cuanto escuchó aquel nombre en voz de Irasue. Aun mantenía fresco el día en que escuchó a ese hombre expresarse de un mudo menos educado de Kagome. Si no fuese porque estaban en un lugar concurrido por la mitad de los caballeros de Londres, lo habría matado en ese momento.
Aunque sería repetir el mismo error de su miserable hermano, quien retó a duelo a un caballero cuyo nombre le era todavía difícil de averiguar, pero en cuanto diera con él y con la prostituta que acabaron con su vida, les cobraría cada lagrima que Irasue había derramado por haberle arrebatado de las manos a su único hijo.
—Mejor vamos a bailar esa pieza que quieres – cambió de tema.
XXX
Cuando Kagome llegó al último escalón, Miroku la miró con desaprobación, Kikyo y Sango con admiración. Su madre, bueno, había dado su aprobación con un ligero movimiento de cabeza.
— ¿Quién te diseñó ese vestido? – preguntó Sango – Creo que mandaré a pedir uno así.
—Tú no harás nada – se escuchó decir a Miroku.
Pero Sango lo había puesto en su sitio con una mirada y un leve cejo fruncido. Dando por terminada la, pequeña discusión.
No tuvo más remedio que relevar el nombre de su diseñadora y no podían dar crédito de que madame Bernadette se atreviera a realizar un trabajo de esa gama. Sin duda, había sido mucho para la época en la que estaban.
Su madre se acercó, tomó su muñeca y le colocó un carnet.
—Espero ese carnet de baile este lleno a medida que transcurre la noche.
El baile transcurrió con normalidad, Miroku no la dejaba ni a sol ni a sombra. Sango había notado la incomodidad de Kagome, así que lo sacó a bailar, después a dar un paseo por el jardín. Kikyo había hecho lo mismo. De hecho, cuando menos lo notó ya se en contaba sola. Únicamente su compañía era el carnet que llevaba atado en la muñeca.
Se sentía como si estuviese en un aparador, todo el mundo la observa y se sentía nerviosa.
Un joven alto de cabello negro se acercó a él. Llevaba un antifaz azul a juego con su ropa.
— ¿Me concede el próximo baile, milady?
Kagome no tenía muchos deseos de bailar y sobre todo no quería ser descortés con ese caballero. Únicamente le dedicó una sonrisa cordial y agitó rápidamente el carnet para que no alcanzara a verlo y que no la atrapara en la mentira.
—Lo siento, ya lo tengo lleno.
Él asintió y le dedicó una sutil reverencia.
—Es una profunda lástima milady. Me habría complacido compartir unos minutos con usted – junto los pies – Pero entiendo que una dama encantadora como usted deba tener completo su baile.
Dio media vuelta y se fue.
Tenía frente a ella a Inuyasha, sus miradas de vez en cuando se cruzaban. La veía de un modo anhelante, como si deseara acercarse a ella. Aunque no podía ocultar que también deseaba que lo hiciera.
No había evitado verlo. Primero conversando con la duquesa viuda junto con otra mujer y una joven para después irse a bailar.
Ahora, estaba en compañía de un caballo al cual sin duda no prestaba atención.
—Dicen que tiene gustos… — la mujer bajó el tono de su voz – Distintos.
Una voz proveniente a su lado le llamó la atención.
Kagome volteó a ver disimuladamente a quien estaba hablando sin duda de Inuyasha, eran tres mujeres. No aprecian solteras, pues tenían la finta de ser casadas. Con curiosidad inclinó el oído para poder escuchar con claridad al grupo de mujeres.
—Algo supe – vociferó otra dama, la que parecía ser su líder – Pero francamente lo dudo.
—Sobre todo he escuchado que no posee ninguna amante. – comentó la tercera, agitando su abanico simuladamente.
—No lo sé – negó la líder, sin dejar de mirar al duque – Pero si tuviera un hombre así, no lo desperdiciaría por nada.
—Lástima la mujer que se case con él.
—Si, es una lástima.
Las tres mujeres suspiraron mientras seguían embelesadas por el duque de Lexington.
Kagome no quiso escuchar más y se apartó un poco de ahí, mientras trataba de alejarse de ahí.
XXX
—Dicen que su hermano pretende casarla con el banquero Elliot Person.
Frunció el cejo cuando esa voz proveniente de tras de él. Era un grupo de caballeros que hablaban sin duda alguna de Kagome. ¿Hasta ellos conocían sobre ese rumor? ¿Quién se había encargado de esparcirlo? Aunque no tenía caso saber quién, con lo hocicón que era ese anciano, sin duda no se cansó de hablarlo hasta conseguir que todo Londres supiera que el marqués le había concedido la mano de Kagome.
—Es una profunda lástima. En parte envidio a Person. Kagome Higurashi es sin duda una mujer bella.
—Sin olvidar el pasado que la precede.
—Pues si tuviera una mujer así en mi cama, me importaría muy poco su pasado.
Apretó los puños de tan solo imaginarla en brazos de ese viejo decrepito, de imaginar como esos hombres pensaban de ella. Estuvo así de sacar su lado más oscuro y golpear a cada uno de esos idiotas por hablar así de una dama.
Ya no prestaba atención a la estúpida charla de baronesa Sussex y su afán de emparejarlo con su hija.
—Si me lo permiten, necesito tomar aire fresco.
—Pero milord.
Él ni siquiera se detuvo cunado lo llamaba con tanta instancia la baronesa, lo único que deseaba era salir de ahí o cometería una que otra locura. Primero, agarrarse a golpes con esos tipos, segundo, golpear a Miroku por su estupidez de unir a Kagome con un anciano y tercero, tomar a Kagome y alejarla de ahí para llevarla a un lugar donde solo pudiesen estar ellos dos.
Hola, chicas
Lo siento por la demora, pero sucesos imprevistos me llevaron a ausentarme un poco. Tuve un problema de salud con mi mami, pero afortunadamente ella se esta recuperando y apenas pude darme una escapadita.
Espero poco a poco ir retomando donde dejé las historias y si ven que vuelvo ausentarme, ya sabrán por qué.
Cuídense mucho, abracen a sus seres queridos y díganles siempre cuanto los aman.
Saludos.
