Capítulo 8

Su mirada estaba fija en aquella chimenea. En un principio podía parecer que estaba observando como el fuego consumía los troncos de madera. Pero lo cierto es que su mente estaba lejos de la realidad.

"Ahora eres la futura duquesa de Lexington"

Esas palabras no dejaban de martillarle la mente. ¿En qué momento sus posibilidades de convertirse en una solterona habían caminado? Y todo por un estúpido pastelillo de zanahoria.

— ¿Desde cuándo tú y la duquesa tenían esta alianza?

La voz de Miroku irrumpió sus pensamientos. Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. Tenía la cara roja y no era de sonrojo, sino de enfado. Sus ojos eran el vivo reflejo de esos sentimientos.

Su madre, que estaba sentada a un lado de ella, dejó la taza de té y se levantó de su sitio para hacerle frente a su hijo. Después de lo ocurrido tuvieron que salir prácticamente huyendo de ahí. Miroku temía que está vez el escándalo se hubiese hecho más grande.

—No puedo responder esa pregunta – la marquesa viuda dejó su taza de té en la mesita — Por qué no hay ninguna asociación entre ella yo.

Miroku frunció el cejo, podía dejar pasar que lo insultara pero que no ofendiera su inteligencia. Conocía a esa mujer de pies a cabeza y sabía perfectamente cuando algo tramaba.

—Perdona que no te crea, madre – se cruzó de brazos, avanzó lentamente hacia su progenitora y le susurró al odio – Pero se me hace muy sospechoso que hace un par de días ella estuviese aquí.

La marquesa trago saliva y contempló a su alrededor. En ese espacio tan amplio se encontraban Kikyo y su esposo Naraku, la nueva marquesa, Kagome y por tanto ella y su hijo Miroku. Todos a excepción de Kagome la miraban atentamente, como si esperaban una respuesta.

—Serás mi hijo – respondió ella, mirando a Miroku desafiante – Pero lo que haga, planee o deje de hacer en "Mi casa" – y fue muy enfática en esa última frase – Es mi asunto que ni tú y nadie de ustedes – señaló al resto – Me lo va a tener que cuestionar.

— ¿A costa de condenar a tu hija a un matrimonio que no desea?

Megan alzó una delgada ceja, su hijo no estaba siendo razonable o más bien el inútil no quería darse cuenta de que ellos dos estaban destinado a unirse tarde o temprano. Si no era en esta vida, sería en otra y si no era en esa, sería en mil vidas más.

—Si no me falla mi memoria – alzó la voz – Tú la querías casar con un anciano más viejo que yo.

—Eso es diferente – parpadeó Miroku, defendiéndose del ataque.

—Ah – esbozó una media sonrisa – No es diferente. Al menos el duque es más joven, más atractivo a la vista femenina que un anciano exponiendo su cuero flácido….— se aclaró la garganta –Y, sobre todo el duque….— y de pronto sintió calor —el duque… podrá hacerle los hijos que ella quiera.

— ¡Mamá! – ahora era Kikyo quien intervenía. –¡Recuerda que aún es virgen! – señaló con la cabeza a su hermana.

Megan levantó los brazos con frustración. Claro que ella, mucho menos Kikyo ni Sango llegaron vírgenes.

— ¡Ni siquiera yo llegué virgen al matrimonio! – exclamó – Por eso tu padre pidió licencia, aparte ya venía embarazada de Miroku y tú – señaló a Kikyo – Déjame que te recuerde que tú tampoco, así como Sango…

—Mamá, creo que esto no es tema – interrumpió Miroku, avergonzado.

Megan miró a todos alrededor, en especial a la más joven de sus hijas. Kagome la miraba con una ceja alzada y algo confusa.

—Debemos darle merito a Kagome – aplaudió la madre – Muchas madres casaderas inventan un sinfín de pretextos para unir a sus hijas en matrimonio. No te puedes imaginar las cosas de las que son capaces. Y tú – señaló a su hija – Atrapaste a un duque con un pastelillo de zanahoria. Hija, debo reconocer que fuiste más inteligente que yo.

Miroku ya no pudo más con esa conversación y terminó rendido en el sofá. Todo esto le estaba sobrepasando. Miró a su hermana, no es que quisiera ser el malo de esta historia, sino que daría la vida por ver a cada uno de sus seres amados felices. Por primera vez se cuestionó si la felicidad de Kagome radicaba a lado del duque. Por primera vez pensó en lo ocurrido hace ocho años, en el que el escándalo envolvió a su familia. tal vez hubiera exigido a Inuyasha que se casara con su hermana aun y siendo bastardo. Si se preocupaba por donde vivirían, incluso podría haberle ofrecido un puesto. Pero no, no hizo nada eso y en cambio se vio obligado a acatar las ordenes su padre.

Esperaba que esta vez las cosas fuesen distintas y que el duque de verdad la hiciera feliz.

—Te hice una pregunta.

La voz de su madre interrumpió cualquier pensamiento y lo único que deseaba en estos momentos era llegar a casa, ver a sus hijas y dormir un largo rato, antes de enfrentarse a lo que vendría al día siguiente.

—Perdón – parpadeó – No alcancé a escucharte, madre.

—Espero que hayas roto el acuerdo que tenían con el señor Person.

Se quedó mudo y no supo que contestar. De hecho, el acuerdo aún estaba vigente, el estúpido banquero pensaba que tenía prometida la mano de su hija.

— ¿Cómo qué no? – su madre puso los brazos en jarra y lo miró autoritariamente – Te di una orden. Te dije que rompieras el acuerdo con ese pedazo de cerdo.

—Mañana lo hago.

—Eso espero Miroku. Porque no quiero tener a un anciano decrepito mañana exigiendo se cumpla un acuerdo del cual yo no estaba enterada – miró al resto de su familia – Ahora, aquí nada ha pasado, así que hay que ir a descansar.

XXX

Dejó caer el antifaz en su tocador y empezó a quitarse los pendientes mientas contemplaba su reflejo en el espejo. Todo le daba vueltas, rememorando el momento justo donde estaban ellos dos en el jardín. La forma en que la miraba. Sus ojos dorados querían decirle algo más, luego estaba aquel beso.

Cerró los ojos y tocó sus labios con la punta de sus dedos, acariciándolos con calidez mientras imaginaba que eran sus labios la que la estaban besando. Aquellas noches en el instituto, cuando no podía dormir, él acudía a ella. Pero todas esas veces que lo había soñado imaginando como sería aquel beso, no se comparaban con el beso de esa noche.

Si pensaba levantar una barrera entre él y su corazón, esa terminó por derrumbarse. Había cambiado mucho, era más seguro de sí mismo. Se lo demostró por la forma en la defendió delante de su hermano.

"—Hace años permití que la alejaran de mí. Esta vez te digo que las cosas no van a hacer así.

— ¿Y según tú, que piensas hacer?

— Lo que debí haber hecho en el pasado – por el rabillo de sus ojos alcanzó a ver su melena azabache.

Teniéndola de tras de él y envuelta en sus brazos le inyectaba una adrenalina que difícilmente se podría apagar.

— Casarme con ella"

Sintió una caricia en la curvade su cuello e inclinó la cabeza para darle libre acceso a unos dedos que la acariciaban con calidez. El amante de sus sueños la rodeó con un brazo y la acercó a él. El pulso de Kagome se aceleró cuando ahora esos labios se posaban en la comisura de su boca.

Frunció el cejo, eso ya no era parte de su imaginación, no cuando ese tibio aliento golpeó con su mejilla. Kagome abrió los ojos y a un lado de ella, Inuyasha besando su mejilla. Estaba dispuesta a gritar cuando la mano de él se anticipó y le cubrió la boca.

—Será mejor que no lo hagas.

Kagome apretó más el cejo, enfadada. Se levantó del taburete, Inuyasha la siguió, manteniendo aun su boca cubierta. Como pudo metió ambas manos entre e cuerpo y el de ella y lo empujó al otro lado de la habitación.

— ¡¿Qué demonios haces aquí?!

—Te sugiero que bajes la voz – pidió él en total calma e inclinándose un poco a ella – Podrían escucharte. Suficiente escandalo hemos ocasionado.

Moría por ver a sentir esa piel bajo la palma de su mano. Sus ojos dorados recorrieron de nueva cuenta su figura, envuelta en ese camisón que poco dejaba a la imaginación. Kagome pareció darse cuenta y de pronto se sintió desnuda, buscó una bata y se cubrió.

— ¿Escandalo? – Kagome repitió molesta – Te recuerdo que lo ocasionaste tú hace ocho años.

Dio un paso mortal en su dirección y Kagome tuvo que retroceder.

—Y te recuerdo que fuiste tú la que se escabullo en un baile. Yo solo cumplí con regresarte a tu habitación, sino otra cosa habría pasado.

Kagome se cruzó de brazos, esto era una discusión de dos enamorados. De hecho, nunca habían discutido, siempre entre ellos habían existido las bromas. Burlándose de lo estúpido que se veía Miroku aprendido a bailar. O de lo delicada que era Kikyo con sus vestidos. Entre ellos siempre había existido un lazo de hermandad, hasta que ella terminó enamorándose de él.

Eso era lo último que faltaba por dar concluida la discusión en el jardín. Claro, que después de eso todo cambio.

—Habría regresado por cuenta propia. No era tan estúpida.

—Yo no dije que lo fueras – él volvió a avanzar un paso hacia ella. —Pero no podía confiar en los demás. ¿Qué habría pasado si te encontraras con un borracho mientras regresabas a tu habitación?

Era verdad, no había pensado en esa posibilidad y no se lo dejaría ver.

—Siempre tengo un plan para todo.

— ¿Cómo no saber que había pasadizos?

Bueno, esa discusión ya estaba saliéndose de control. Lo miró y se preguntó que hacía ahí y la mejor de todos, como había entrado.

— ¿Cómo entraste aquí?

—Miroku me dejó entrar.

Ante aquella broma Kagome alzó una delgada deja, Inuyasha se puso serio de repente, se aclaró la garganta.

—Lo cierto es que quería saber cómo estabas.

—Estoy bien, gracias – se anticipó ella – Ahora vete.

Pero él parecía que no estaba muy dispuesto a irse. Porque en lugar de eso siguió avanzando en dirección hasta que acorraló a la mujer entre la pared y su cuerpo. Podía sentir como emanaba calor de él, oler su fragancia enloquecedora. Veía como su pecho subía y bajaba a causa de su respiración acelerada.

Ella estaba nerviosa, él también lo estaba.

—No estoy dispuesto a irme.

—Gritaré si no te vas– su amenaza no hizo el efecto deseado, pues justo en ese momento se había perdido en los labios de Inuyasha.

Inuyasha esbozó una sonrisa, apoyó ambas manos en la pared justo a la altura de la cabeza de Kagome e inclinó su cuerpo para estar cerca de ella. Bajó una mano y tomó el mentón de la joven para levantar su rostro y capturar su mirada.

—Ya lo estarías haciendo – la retó a que lo hiciera.

Kagome tomó una gran cantidad de aire, estar cerca de él y en esa posición hacía que el oxígeno se le acabara tan rápido.

—Si no lo hago….— jadeó al ver que él se acerca a ella – Es porque no quiero… que Miroku te mate.

— ¿Tienes miedo por mí?

Kagome cerró los ojos y esa respuesta solo la respondió para sí misma.

"Siempre"

—Por favor. Desiste de esta boda – cambió de tema en cuanto abrió los ojos – Sabes que está destinada al fracaso. No soy buena para ti.

Inuyasha pasó una mano alrededor de su cintura y la atrajo hacia él. Kagome tuvo que colocar ambas manos en su pecho para evitar caer. Estaba perdida, esa mirada dorado atravesaba su mirada como un relámpago. Podía escuchar los latidos de su corazón en los oídos.

— ¿Quién lo dice? – preguntó Inuyasha, justo a un paso de sus labios.

—Lo digo yo… — ella también se perdió en sus labios, ansiando volver a probarlos – Y si no lo haces te haré la vida imposible durante el resto de mis días.

—Preferible a que vivir otros ocho años sin ti.

Porque era verdad, porque esos ochos años que había permanecido alejado de ella no eran vida. Era como deambular por este mundo consciente de estar vivo, pero con la mente muerte.

—Te voy a demostrar que esta unión no está destinada al fracaso como tú dices.

Y antes de que pudiera decir añadir algo o que ella empezara a protestar de nueva cuenta. Sello sus labios en un beso tierno, cálido pero que de repente los condujo a algo más. La calidez de sus bocas los abrazaba con la misma pasión e intensidad que el fuego arrasaba con todo lo que encontrara su paso.

Kagome dejó de resistirse a él, a sus brazos y a ese beso. Todo dentro de ella era sensaciones, sus sentimientos por él se desbordaban por los poros de su piel. Comenzó a comprender que, si a estas alturas entraba alguien de su familia y los viera ellos en esa posición, muy poco le importaba, pues el duque había pedido su mano delante de su madre, la duquesa y de su propio Miroku.

Sus pies abandonaron el piso y por un instante pesó que estaría flotando, pero no era así, Inuyasha la había tomado en sus brazos para llevarla hasta la cama. ¿Era verdad que durante toda su vida no había tenido ninguna amante? Bueno, ella misma no era una inocente, pues había escuchado un sinfín de veces las platicas que tenían sus maestras cuando no tenían alumnas cerca de ellas.

Así que ni siquiera le había intimidado lo que su madre había expresado con tanta claridad. Que ni ella, ni Kikyo ni mucho menos Sango habían llegado vírgenes. Menudo hipócrita era su hermano mayor, él se daba de muy respetable cuando no era así.

Los dedos de Inuyasha desabrochaban los cordones de su batín sin siquiera romper el beso. Hizo a un lado a fina costura para revelar el camisón que lo había estado tentando desde que entró a la habitación y la vio acariciándose los labios.

Debía parar, sabía que no era lo correcto y que él no era la clase de canalla que entraba a habitaciones de vírgenes o mujeres casadas, viudas. No, él más que nada sabía muy bien las consecuencias que implicaba la unión entre un hombre y una mujer. Aunque pronto ella sería su esposa, pero aun así no significaba que le pudiera perder el respeto.

—Lo siento – sin apartarse de ella, volvió a cubrirla con el batín.

La miró a los ojos, estaban oscurecidos y cegados por la pasión. Acarició sus mejillas con la punta de la nariz, dejando pequeños besos a su paso.

Tomó su delicado rostro entre sus manos y la miró.

—Quiero que dejes de pensar que esta boda será un fracaso – beso tiernamente sus labios – Porque yo no pienso de esa manera. Y será mejor que no pienses huir a Francia, sería capaz de buscarte y llevarte a la primer iglesia que encuentre.

Más tarde y sola en su habitación, Kagome observaba desde el balcón la figura de Inuyasha desaparecer por las oscuras calles de la ciudad. Sonrió como una tonta al revivir aquel beso, la forma en la que la habita tomado. Todo eso le hizo cuestionarse como sería la noche de bodas.

Bueno, afortunadamente su madre era de mente abierta y no tenía problemas en preguntarle como era. Que debía hacer, que debía esperar de él y él de ella. Tal vez mañana la podría cuestionar al respecto.

XXX

Por extraño que pareciera, aquella mañana ella había despertado de mejor humor, tal vez era por la visita de Inuyasha en su habitación la noche anterior. En cuanto bajó el último escalón vio a su prometido entrar por la puerta principal.

Él le guiñó un ojo, tomó su mano y dejó un tierno beso.

— ¿Durmió bien, milady?

Kagome frunció el cejo ya que esa pregunta contenía cierto grado de humor, pero después esbozó una sonrisa.

—Muy bien, excelencia.

No dejaba de ver esos labios que en varias ocasiones la habían besado. Con una simple caricia había hecho que su cuerpo temblara, no de miedo, sino de anticipación a lo que pudiera llevarlos unas caricias.

Antes de que cualquiera de los dos pudiera agregar algo de lo sucedido la noche anterior, unos gritos que provenían de la biblioteca los interrumpió.

— ¡Me prometiste a tu hermana en matrimonio!

Kagome se cubrió la boca con los dedos. Su hermano estaba teniendo problemas con ese anciano que ella ni siquiera escuchaba. Inuyasha frunció el cejo al verla preocupada, era momento de entrar y salvarle el trasero a su futuro cuñado.

—Ve con tu madre – dijo él, tomando la perilla de la puerta.

—Pero.

—Ve con tu madre por favor – levantó una mano y acarició tiernamente su mentón – Luego te alcanzo. Miroku necesita ayuda.

Ella asintió y cuando pasó a lado de él, Inuyasha no pudo resistir el impulso de tomarla por el brazo para acercarla a él y darle un beso. La noche anterior no pudo conciliar el sueño debido a que acudieron a él imágenes en donde ella yacía en sus brazos en todas las formas imaginables.

Tuvo que interrumpir su invasión porque escuchó pasos. Entonces, una aturdida Kagome se apartó de él y se fue, pero luego volvió, regalándole una sonrisa tímida.

—Era por allá – señaló apenada el pasillo que conducía al comedor.

Inuyasha aguardó a que Kagome desapareciera por una puerta que conducía al comedor. Miró con el cejo fruncido la puerta y puso de inmediato su cara que lo caracterizaba entre todos como un duque sin escrúpulos. Entró y lo primero que vio fue como el señor Person apuntaba con un dedo al marques.

—Cuidado Person, estas poniéndote a la par de un marques. Deberías tener un poco más de respeto.

—Cierra la boca ….— pero cuando el anciano vio al duque, cambió de tono – Excelencia, disculpe. No lo vi.

—Será mejor que se vaya, Person – Inuyasha entró a la biblioteca, recargando su trasero en el escritorio y cruzándose de brazos – Aquí no tiene nada que hacer.

Pero el anciano no estaba dispuesto a retirarse de la partida tan fácilmente. Se le había prometido algo y no se iría sin eso, además ya estaba haciendo planes con la dote que le correspondía por casarse con la joven Higurashi.

—Ese sujeto – señaló a Miroku – Me había prometido entregarme a su hermana en matrimonio.

Inuyasha miró a Miroku y negó quedamente, después de todo no había cancelado el maldito acuerdo que tenía con ese hombre. Lo ponía enfermo el solo hecho de escuchar como hablaba de Kagome, como si de una propiedad se tratara.

—Y no me iré hasta que se me cumpla lo que prometió.

El ojidorado estaba a punto de perder la cordura. Esa momia estaba más que dispuesto a que se cumpliera la palabra y le otorgaran a Kagome. Desde que lo vio en el club y escuchó como hablaba de ella, le producía bilis, dolor de cabeza y un malestar insoportable.

—La cosa esta así – dijo en tono tranquilo – Yo pedí su mano y me voy a casar con ella.

—Excelencia…

—Y será mejor que te largues de aquí y dejes de exigir algo que no te corresponde. – se levantó del escritorio y camino hacia él – Si fuera tú me iría, porque el bastardo que llevó dentro está luchando por salir y no querrás verlo. Es peor que el duque razonable que estoy siendo.

El banquero comprendió que no tenía nada más que hacer aquí. Miró al marqués y por último al duque. Sin decir más asintió y salió de ahí, no sin antes de maldecir a ambos y a su título.

—Pensé que habías cancelado el acuerdo – comentó Inuyasha, tomando asiento sin ser invitado por su "amigo"

—Tenía esperanza de que Kagome se casara con él. – explicó con sinceridad.

— ¿Pero casarla con un anciano?

—Era la mejor propuesta – respondió – No tenía más

Inuyasha sonrió y se echó a reír, señalándose así mismo.

—Oh créeme, habría preferido que acabara en un convento a casada contigo. En fin, tanto mi madre como la duquesa viuda se salieron con lo planeado.

Miroku se recompuso la corbata, tomó asiento en el lugar donde solía sentarse su padre. Había llegado el momento de discutir o más bien, acordar los pormenores de la unión.

—La dote de Kagome…

—No me interesa su dote – irrumpió ella – Asignaré a un contador para que la administre. Kagome se hará cargo de ella y podrá darle el uso que desee.

— ¿Ni siquiera quieres saber cuánto es? — preguntó Miroku.

—Miroku, mi padre era un hombre muy rico. No me voy a casar con la dote de Kagome, sino con ella.

Ante aquel comentario Miroku esbozó una media sonrisa de incredulidad. No es que no le creyera al duque, sino que le era muy difícil confiar en alguien que había hecho daño a su familia y que ahora, se iba a casar con su hermana.

Con un suspiro, agarró una botella de brandy y sirvió un poco en un vaso. El alcohol lo volvió a la vida.

—Es muy temprano para que tomes – lo aconsejo Inuyasha.

—Créeme que lo necesito – le dio un trago pequeño – No suelo tomar temprano. Pero tú, mi madre, Kagome y el estúpido de Person van a terminar por llevarme a la tumba.

Inuyasha esbozó una media sonrisa, pero después se borró de sus labios. En parte le habían dado muchas disgustos a su amigo.

—Puedes confiar en mi palabra, que cuando digo que voy a cuidar de ella es porque así será.

Miroku, que apenas iba a terminar su trago, dejó el vaso sobre el escritorio y miró atentamente al hombre que había sido su amigo y hermano en el pasado.

—Eso espero, porque si no odiaría matar al esposo de mi hermana.


Hola!

Gracias por su lindo apoyo y sus comentarios.

Afortunadamente mi mami ya esta mucho mejor :)

Nos vemos en otro cap, me da gusto que les este gustando esta loca idea.

Besos