Bueno, prometí que el viernes de Lemon habría actualización, pero como dice Jack Sparrow "No logré resistirme"

Advertencia: Este capítulo contiene lemon, se recomienda leerlo en la intimidad de su habitación acompañada de un vinito, cervecita o una coca cola, sin la interrupción de terceros.

Disfrútenlo.

Capítulo 13

Aún faltaba un par de horas para el amanecer. Volteó a ver a la mujer que yacía dormida a su lado, dormía plácidamente. Levantó una mano para acariciar uno de sus mechones rebeldes, una mueca se dibujó en su rostro al ver las sábanas que cubrían con horror su cuerpo y, pero inmediatamente esa mueca, fue remplazada por una malévola sonrisa.

Sin perderla de vista, se levantó de la cama y tomó del suelo el pañuelo que había usado como corbata el día anterior.

Rodeó la cama y se sentó a lado de Kagome. Apartó las manos cuando la vio rodar un poco y cuando su respiración se volvió más relajada, tomó ambas muñecas.

Se removió incómoda al sentir un cosquilleo en las mejillas, no le dio mucha importancia y volvió a dejarse llevar por el sueño. Pero una vez más el cosquilleo se hizo presente. Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Inuyasha, sonrió.

Estiró un brazo para intentar tocarlo, pero fue ahí donde se dio cuenta que sus muñecas estaban sujetadas a la cama con el pañuelo de su corbata.

― ¡Oye! – exclamó ― ¿Qué significa esto? – observó las ataduras alrededor de sus muñecas. ― ¡Suéltame! – demandó.

Trató liberarse, pero fallaba estrepitosamente en su intento, en sus movimientos se llevó parte de las sábanas, que recorrieron con lentitud su cuerpo hasta dejar la mitad de él al descubierto. Tondo bajo la atenta mirada de Inuyasha, quién sin duda no perdió detalle del momento.

Kagome entornó los ojos hacia él al verlo torcer los labios de una manera descarada.

―No quiero hacer eso – respondió con franqueza, luego de "meditarlo "

―Te lo estoy ordenando. Me sueltas o…

Pero se vio obligada a guardar silencio cuando él se acercó lo suficiente como para tener sus labios a milímetros de ella. Los latidos del corazón se precipitaron y casi podía jurar que podría colapsar en cualquier momento.

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―Considerando tu estado, creo que no estas en posición de dar órdenes, duquesa – una sonrisa burlona apreció en su rostro.

― ¡Eres un descarado! – forcejeó aún más, pero todos sus intentos eran en vano.

―Probablemente lo sea – se encogió de hombros – Tal vez esa faceta de mí no la conoce, duquesa.

Los ojos dorados de Inuyasha resplandecieron con una profunda intensidad al mostrar el deseo que sentía por ella. Kagome se vio obligada a callar cuando lo vio acercarse un poco más a ella, al grado de rosar nariz con nariz. El aliento cálido de Inuyasha la golpeó tan fuerte como una brisa de verano.

―Le recuerdo que ayer jugó con fuego, duquesa – susurró – Ahora me toca a mí.

No pudo evitar morder su labio inferior al recordar que ella misma dio el primer paso la noche anterior, todo gracias a los consejos de su madre. Pero el más mínimo detalle que le dio, no la habían preparado para lo que estaba a punto de vivir.

Afuera aun no amanecía, pero estaba segura de que pronto llegaría. Tal vez si desviaba su atención con eso, podría utilizarlo a su favor y salir librada de la situación.

―Casi amanece – desvió la conversación.

― ¿Y qué con eso? – no estaba muy interesado en el estado del día.

―Que debemos partir cuanto antes y debemos estar listo.

―Pero faltan dos horas para que eso suceda. Ahora…

Sus largos dedos se desviaron hacia el pecho de Kagome, el cual subía y bajaba con violencia a consecuencia de sus caricias que le quemaban a fuego vivo. Pasó un dedo desde el mentón, siguiendo con lentitud la cuerva de su cuello. Hasta llegar a sus frondosos pechos, deteniéndose con una tortura deliciosa en uno de sus rosados pezones.

Un sofocado suspiró se escapó de los labios de ella, al sentir el contacto de su piel con los dedos de Inuyasha. Y con el pulso acelerado, lo observó.

―Vamos a jugar…― sonrió.

Los dedos de Inuyasha llegaron hasta el borde de la sabanas y las retiró con violencia para dejarla completamente desnuda ante él.

―Un juego – repitió – En el que, si uno juega con fuego, se quema.

― ¿Y piensas quemarte? – siguió su juego.

Una sonrisa descarada se volvió hacer presente en el rostro de Inuyasha, que levantó la mirada y se encontró con los ojos chocolates de su duquesa.

―Yo no – respondió de manera sínica – Usted lo hará, duquesa.

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Kagome tragó saliva con dificultad, comprendiendo lo que él estaba a punto de hacer.

―Este juego lo llamaremos "Cuanto puede gritar la duquesa Lexington".

Sus dedos seguían recorriendo su tersa piel, deteniéndose en el centro de su ombligo, bordeando su entorno. Kagome no pudo contener el soltar un gemido y removerse entre el colchón y las sábanas que se habían arremolinado en sus tobillos.

Pero para él le resultaba de manera excitante ver aquellos preciosos ojos de Kagome, pues en ellos se reflejaba sin duda alguna el deseo y la pasión. Él sin duda también lo sentía, pero marcaba una postura tranquila, como si no le afectara, aunque la realidad era todo lo contrario.

De nueva cuenta forcejeó con su amarre, pero era totalmente imposible.

―Aunque intentes liberarte, no podrás hacerlo. Me aseguré de que éste bien sujeta, duquesa.

¿De dónde había salido ese Inuyasha? Ayer se resistió prácticamente a ella, ahora, el hombre que estaba delante de ella y mirándola con sus ojos a punto de devorarla como un pastel. Una mescla de descarado y sínico le cortaban con facilidad la respiración. Era probable que muy pronto sería consumida por el fuego que ella misma creó.

―Inuyasha, por favor.

Antes de que el prosiguiera con su asalto, volvió a mirarla y negó con la cabeza.

―En este juego no hay "Inuyasha" o "Kagome". Únicamente duque o duquesa.

"Duquesa" en este juego únicamente la llamaba de ese modo, como si pretendiera castigarla por algo que hizo. Bueno, si consideraba que prácticamente lo sedujo, entonces sí hizo algo malo.

Kagome exhaló una profunda bocanada.

―Duque, por favor…

Esas suplicas fueron calladas cuando cayó en la cuenta de que él estaba completamente desnudo y ahora, subía a la cama, dispuesto a abalanzarse sobre ella como un animal salvaje.

Inuyasha contempló su cuerpo desnudo como si de un mapa se tratara. En cual punto encontraría un tesoro y vaya que estaba dispuesto a dar con él.

―Veamos… ― levantó una pantorrilla hasta dejar la rodilla a la altura de sus labios – Si toco aquí …― rozó con sus carnosos labios su rodilla ― ¿Cuánto vas a gritar, duquesa?

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―No creo que…. ¡ahhhh! – sofocó un grito al sentir un cosquilleó por todo su cuerpo al sentir el tibio beso.

―Vamos bien, duquesa – asintió― Pero aún no gritas lo suficiente.

Regresó su pierna a la cama, pero lo hizo un poco separada de la otra, de tal forma que sus pliegues se abrieran ante él un poco más, dejando al descubierto la entra de su vagina. Hizo lo propio con la otra rodilla, Kagome únicamente se retorcía bajo su cuerpo y el amarre. También ella anhelaba tocarlo, pero el maldito pañuelo lo hacía imposible.

Era difícil de explicar los miles de sentimientos que sentía, se supone que debía tener algo de pudor al ver y sentir como la acariciaba, pero debía admitir que en el fondo muchas veces imaginó estar con él de la misma forma en la que estaba en sus brazos. Claro, descartando la parte en la que estaba atada, eso era un sazón que de daba sabor al encuentro.

No perdía ni el más mínimo detalle, las hebras de su cabello caían sobre su vientre, dejando un pequeño cosquilleó cuando él trazaba un camino con su lengua desde su ombligo hasta más abajo, rosando con la nariz su vulva.

Ella se removió a un más al sentir el ardiente aliento rasgar sus paredes. Un frio sudor resbaló por su frente y únicamente pudo asentir.

―Tiene un dulce aroma, duquesa. Me pregunto a qué sabrá.

Kagome siempre había sido su sueño pendiente, pasando noches enteras de insomnio, tratando de averiguar en que parte de Francia estuviese para ir a buscarla. Consciente de que, si ella no regresara algún día, él mismo habría ido a su encuentro sacándola de donde fuese que estuviera. Probablemente su hermano estaría renuente en decirle su paradero y eso supondría que tardaría en su búsqueda, pero al final, daría con ella tarde o temprano.

No tenía ni la menor idea de cómo vivió esos ocho años sin ella y ahora que la tenía así, solo para él, no estaría dispuesto a renunciar a esto, a su duquesa.

Esa dulce fragancia que emanaba de su vulva le despertó su lívido y lo único que deseaba era volver a estar dentro de su interior de modo que solo formaran un solo ser. Comenzaba a odiar ese estúpido juego que él mismo provocó. Habría sido mejor despertarla con un beso para continuar lo que dejaron pausado la noche anterior. Aunque debía admitir que el gran parte, el juego le era de su agrado.

Pasó ambas manos por debajo de sus nalgas, alzando un poco más sus caderas para tenerla justo a la altura de su boca. La abrió, sacó su lengua y rosó con ella sus labios vaginales, deleitándose a su paso con su sabor. Bebiendo y embriagándose de su esencia, que era una completa y jodida locura.

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Kagome se estremeció a aquel contacto de su lengua con su piel, aferrándose con fuerza al pañuelo que sostenía sus muñecas. Esta vez, su grito fue aún mayor que el anterior.

―Inuyasha….duque….

Kagome sentía que caía desde un precipicio y se aferró por instinto a las ataduras que rodeaban sus mejillas. Sorprendiéndose ella de la reacción de su cuerpo, que reaccionaba al glorioso asalto balanceando sus caderas al encuentro de su legua. Una corriente liquida y caliente recorría cada poro de su piel, acumulándose de manera deliciosa e intensa en su vientre.

―No…no pares duque.

Ni el propio Inuyasha deseaba detenerse. El sonido de sus gemidos era como una dulce melodía que lo alentaba a seguir.

De nueva cuenta intentó bajar sus maños para tocar su cabello, pero las ataduras se lo impidieron.

En un abrir y cerrar de ojos ya lo tenía sobre ella, reclamando su boca con habido beso, saboreando por primera vez su propio sabor.

―Duquesa – susurró contra su boca – La deseo como no tiene una maldita idea.

Su pene rosaba su húmeda vulva, donde justo unos momentos la había torturaba con su lengua.

Entró en ella tan profundo como su cuerpo se lo había estado implorando. Era tan estrecha, tan cálida, ahora que sabía lo que era estar de esa manera, nada volvería a ser igual. Comenzaba a ser adicto a su boca, a sus caricias, a su cuerpo.

Levantó una mano y la liberó de ese maldito amarre. Se quedaron un momento así, unidos, sin ejercer ningún movimiento. Únicamente acoplándose uno al otro.

Afuera, apenas los primeros rayos del sol comenzaban a filtrase por la venta al mismo instante en que sus cuerpos salían al encuentro del otro. Kagome pasó sus dedos por su cabello, ese que tanto ansiaba tocar. Rodeó las caderas de Inuyasha con sus largas piernas, siguiendo el ritmo que ambos habían iniciado.

No solo eran dos cuerpos uniéndose y dejándose llevar por la pasión, sino que eran dos almas que celebraban el haberse reencontrado tras ocho años de ausencia y que esta vez sin duda sería de por vida.

Permanecieron unidos, dejando que los últimos vestigios del clímax desbordaran por todo su cuerpo. Él, besando tiernamente cada una de sus hermosas facciones y ella, sintiéndose amada, deseada y protegida entre aquellos brazos.

―Te amo.

Ella sonrió al ver de nueva cuenta aquella confesión, no solo de sus labios, sino también de aquellos ojos dorados.

―Inuyasha, quiero que sepas que yo siempre te he amado.

Claro que lo sabía, no por nada se pasó la rehuyendo de ella, porque deseaba que tuviera algo mejor que la vida a lado de un bastardo. Por eso, ahora que tenían una segunda oportunidad, le daría todo lo que le pidiera en la vida.

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Los duques yacían sobre la cama, Kagome tenía los pies recargados en la cabecera e Inuyasha al borde de la cama, pero con sus miradas encontradas. Si, el amanecer había llegado y el sol ya en su punto, iluminaba sus cuerpos desnudos. Nadie se había atrevido a molestar a los recién casados.

Él acariciaba su larga melena, ella igual (esto comenzaba a volverse su hábito favorito) era como si el universo se hubiera detenido, ninguna prisa y sin el temor de que uno de ellos dos pudiera desaparecer. Porque el tiempo no enseñaba a olvidar.

Observó el anillo de bodas, ese que le perteneció algún tiempo a la madre de Inuyasha. Surgió una duda del pasado, siempre había deseado preguntarle como era su madre, aunque claro, en ese tiempo él era muy reservado, tal vez ahora que eran marido y mujer podría por disipar esas dudas.

―Inuyasha…― rompió el silencio, sintiendo un poco de temor por ser rechazada.

―Dime.

― ¿Cómo era tu madre?

Él miró hacia el techo, pues ni en su vida de niño como de adulto había olvidado la mujer que le dio la vida. Recordarla hacia que se le rompiera la fuerza, hablar de ella, podía incluso hacer que unas cuantas lagrimas se derramaran. Pero, si iba a compartir toda una vida a lado de Kagome, lo más correcto era decirle como era su madre.

―Era muy hermosa – respondió ―Tenía un cabello así de largo como el tuyo. – acarició la larga melena de su mujer. ―A pesar de nuestra situación siempre mostraba una sonrisa. Yo siempre me preocupaba por ella y trataba de ayudarle en lo que fuese.

Kagome se volteó un poco la cabeza, dispuesta a escuchar su historia.

―Un día mi…― se cayó, pues a ese hombre aun no podía llamarlo como tal – Cuando cumplí trece, el duque fue a vernos. Le ofreció una casa, comodidades, pero lo único que ella pidió era que me reconociera como su hijo.

Una lágrima comenzó a resbalar por mejilla y Kagome se apresuró a retirarla. Sin decir nada, dejando que únicamente se desahogara, porque sin duda era un dolor que había estado guardando durante tanto tiempo.

―Su única respuesta fue que no podía hacer eso. Que no sabía cómo reaccionaría Irasue – hizo una mueca – Algo irónico porque es la mujer que más terminó queriéndome. Después de que él se alejara nuevamente de nuestras vidas, mi madre no dejó de llorar por unos días. En ese momento odié tanto al duque con todas mis fuerzas.

― ¿De que murió? – esperaba no haber sido imprudente con su pregunta.

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―Kagome…― suspiró – Nuestra situación era difícil. La familia de ella le habían dado la espalda, muy apenas conseguía trabajos como criada o simplemente de costurera. Su salud empeoró cuando llegamos a Rothen house, una casa de asistencia. Ahí, el párroco le ofreció protección.

Inuyasha emitió un sofocado jadeó y ella únicamente se incorporó a su altura para abrazarlo. El dolor que él sentía, ella lo experimentaba. Pues recordaba al joven que había cruzado por primera las puertas de casa.

―Pero la salud de ella empeoró, no mejoró mucho – recordó con tristeza – Luego de su partida, el duque volvió aparecer y el resto ya lo sabes.

Claro, recordaba cuando su padre les presentó a Inuyasha la primera vez y desde ese momento ambos se habían vuelto muy cercanos. Tomando clases con Miroku y Kikyo.

―Pero ¿Por qué si lo odiabas, aceptaste el ducado cuando tu hermano falleció?

La miró y sonrió.

―Porqué supe que tarde o temprano regresarías. Y en esa ocasión si estaría dispuesto a ofrecerte o que no pude hacer en el pasado.

Hubo un silencio total, pero sus últimas declaraciones hicieron hueco en su interior. Claro, a ella no le importaban los títulos y eso ya lo había dicho en muchas ocasiones, incluso la primera vez que se enfrentaron tras ocho años de ausencia.

Esa respuesta la hizo reír, pero se borró inmediatamente de sus labios, pues sabía exactamente que Kikyo se moría por decirle que lo había reconocido su padre.

― ¿Qué hiciste el Francia?

Ahora le tocaba a él, quería saber lo que hizo durante su estadía lejos de él. Un dedo se desvió hacia la cuerva de su nariz.

―El primer día incendié la oficina de la directora.

Esa respuesta lo hizo soltar una risa, y no perdió detalle alguno de su mirada escandalizada por aquella risa.

― ¿Hiciste qué?

―Incendié por error la oficina de la directora – se encogió de hombros.

― ¿Me podrías explicar por qué?

Bueno, no era nada grato de recordar, lo cierto es que en aquella ocasión había sido citada por órdenes de esa mujer. En el centro del escritorio había una lámpara muy bonita que, por un descuido de ella, intentó tocarla provocando que la lampara cayera encima de unos papeles y así, provocar el incendio.

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Tras su relato Inuyasha tenía una mirada incrédula.

―Cabe decir que me gané el odio al primer instante – terminó su frase con una sonrisa.

― ¡Eres un caos!

― ¡Por supuesto que no! – exclamó enfadada – Yo no provoco problemas, ellos vienen a mí.

―No olvides el baile de tu hermana.

Indignada ante el recordatorio que los llevó a vivir ocho años separados, levantó una mano para detenerlo.

―Tú fuiste el que lo ocasionó todo.

―Estas en un completo error – contraatacó – Te dije explícitamente que no provocaras problemas.

―Estaba muy tranquila hasta que tú – lo señaló – Me descubriste.

Entonces el corazón de Inuyasha se aceleró al ver como los rayos del sol se reflejaban en su cuerpo, haciéndola ver como un ángel caído del cielo.

Se inclinó ante ella y reclamó de nueva cuenta sus labios, arrastrándola consigo hasta que la espalda de Kagome tocó las sábanas revueltas de la cama, avivando una vez más las llamas de la pasión.

―Por eso siempre te prometo que estaré a tu lado en cada momento.

Kagome sonrió ante aquella promesa, acariciando su cálido rostro.

―Y tú siempre me tendrás, duque.

Habrían llegado a mitad del día, pero los duques se habían demorado más de la cuenta en aquella posada. Inuyasha la ayudó a salir del carruaje, si bien era incomodo, ella lo único que deseaba era estirar los pies.

Abrió los ojos al ver la impresionante fachada que estaba siendo iluminada por unas cuantas antorchas. Varios empleados de servicio se apresuraron a bajar las maletas mientras él la conducía al interior del hogar. Ahí, había una fila de empleados esperándolos, incluida una mujer con un pequeño niño.

El mayordomo fue el primero en presentarse, posteriormente lo hizo el ama de llaves y así fue presentando a cada uno del personal, incluida la madre con el pequeño niño. De alguna manera se le figuró a la madre de Inuyasha y a él.

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Habrían llegado a mitad del día, pero los duques se habían demorado más de la cuenta en aquella posada. Inuyasha la ayudó a salir del carruaje, si bien era incomodo, ella lo único que deseaba era estirar los pies.

Abrió los ojos al ver la impresionante fachada que estaba siendo iluminada por unas cuantas antorchas. Varios empleados de servicio se apresuraron a bajar las maletas mientras él la conducía al interior del hogar. Ahí, había una fila de empleados esperándolos, incluida una mujer con un pequeño niño.

El mayordomo fue el primero en presentarse, posteriormente lo hizo el ama de llaves y así fue presentando a cada uno del personal, incluida la madre con el pequeño niño. De alguna manera se le figuró a la madre de Inuyasha y a él.

Únicamente les prepararon una cena ligera y mientras lo hacían, él aprovechó para decirle sus planes del día siguiente.

―Mañana iré a Rothen House para ver la construcción de la casa hogar. Tú podrías quedarte aquí y…

―De ninguna manera – se apresuró ella a responder – Parece ser que te dije claramente que yo también deseo ser parte.

―Kagome, aun no esta lista la construcción. No deseo que te pase nada.

―No me pasara nada – prometió ella ― ¿Me conoces algo?

― ¿Te lo enumero?

Ella frunció el cejo, no estaba dispuesta a dar esa batalla por perdida tan fácilmente. Cuando algo se proponía era difícil que la sacaran de ahí.

―Ya dije, vamos y es mi última palabra.

―Desde luego que no. Te quedas y punto.

Cómo era posible que en un momento eran toda pasión y dulzura, pero en temas delicados, terminaban peleados.

―Bien – asintió – Entonces daré una vuelta al orfanato. Conocer las necesidades de los niños.

Él sonrió, sin duda era una mujer única, que no iba estar tranquila hasta que la llevara con él y así fue.

Esa mañana únicamente habían desayunado algo ligero. Kagome había pedido unos bocadillos adicionales para llevarle a los pequeños de aquel orfanato. Mientras la mujer con el niño de la noche anterior arreglaba su canastilla, el pequeño niño jugueteó con su vestido.

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―Noa, no juegues con el vestido de la duquesa.

―No te preocupes – ella negó con una sonrisa la ver a aquel angelito – ¿Cómo conociste al duque?

―Solía vender flores en las calles de Londres. Un día, él se acercó, le ofrecí una, pero me compró todas.

El corazón de Kagome se apretujo, sin duda ella podría recordarle a su madre.

―Por último, me ofreció empleo. La verdad, Noa y yo estamos muy agradecidos con el duque. Sin duda es un gran hombre.

―Si – asintió – Es un gran hombre.

Respondió mientras lo veía hablar con el cochero, seguramente dándole instrucciones.

XXX

Inuyasha cargó la canastilla hasta la cocina de la iglesia, seguido de él el cochero y por último ella. El párroco del lugar se les había reunido, agradeciendo una vez más su generosidad. Todas las personas estaban agradecidas.

En la pequeña cocina habían reunido a los niños, únicamente contaba diez a quienes las monjas comenzaban a repartirles lo que ella había llevado.

Sintió un pequeño tirón en su vestido y vio a un par de niñas, sus ropas estaban demasiado desgastadas. Esa sería su siguiente encomienda, buscar a alguien que le ayudara a cambiar el guardarropa de esas pequeñas.

― ¡Pregúntale! – le dijo una a la otra.

Kagome se inclinó para estar a su altura.

Una de ella, la mayor llevaba un osito de peluche y se sonrojó al ver a la elegante dama que estaba frente a ella.

―Dice mi hermana que si eres una duquesa.

―Si, lo soy – ella asintió, con una sonrisa ante la tierna voz de aquella pequeña.

―Lo vez – asintió a la otra – Te lo dije, si era una duquesa.

― ¿Cómo se llaman? – preguntó Kagome.

―Me llamo Towa y ella – señaló a la otra niña – Es mi hermana gemela, Setusna.

Pero Kagome pasaba de un lado su mirada de ambas pequeñas. Levantó la mirada más allá, al grado de emparejar las figuras de las niñas con la de Inuyasha. Ambas gemelas tenían rasgos similares a los de Inuyasha, sin contar el color de cabello de Towa, un rasgo que todo Taisho tenía.

Hola

Seguramente tu estado paso de un "uuuy que traviesos" pero sin duda, en donde probablemente no esperabas era el final y te quedaste con un sabor de "No vi venir esto" entonces quiere decir que voy por buen camino. Como te digo, esa parte de la vida es la que disfruto más, el sorprenderte con algo nuevo.

Claro, lo admito, en un principio no pensé hacer eso, pero después dije, porqué no. Debemos contar lo que en realidad le pasó a nuestro Sesshomaru ya que tiene una historia que decirnos. Tristemente no podrá hacerlo él debido a que ya no está en el fic, sino que alguien más tendrá voz por él.

Muchas gracias por seguir esta historia, recuerda puedes leerlas en Fanfiction o Wattpad.

Besos y abrazos.

BPB.