Capítulo 16

DUQUE VS VIZCONDE

De regreso, no podía dejar de pensar en todo lo que Kagura le había confesado. Un amor que fue truncado por terceras personas. Tal vez si su hermano hubiese tenido la suficiente inteligencia como para atacar a ese hombre de raíz y no retarlo a duelo, probablemente estaría vivo, sería duque y estaría casado con la joven dama de cuyo nombre le fue omitido. Sería incluso feliz a lado de las gemelas.

Aunque si eso hubiera pasado, su propio padre nunca lo hubiera reconocido como hijo, seguiría siendo un bastardo el cual no podría ofrecerle nada a Kagome. Su amor seguiría siendo prácticamente imposible. Pero la vida era muy curiosa y tenía sus propias mañanas de ligar el destino de una persona a otra.

Meditaba en profundo silencio y el detective ni siquiera había hecho alguna mención, cosa que agradecía. Ahora, lo que tenía que hacer era que una vez al llegar, le tendría que pedir perdón a Kagome por las cosas hirientes que le dijo, las cuales no fueron con intención, sino más bien con el propósito de apartarla.

Comenzaba a ocultarse el sol cuando cruzaron los límites de Rothen House, al alzar la vista frunció el cejo al ver una estela de humo gris proveniente justamente del orfanato. Sin decir nada, espoleó al caballo saliendo a trote.

El orfanato estaba completamente el ruinas, habían logrado combatir el fuego por lo que solo quedaban las cenizas de la terrorífica escena que se vivió. Bajó de un salto del animal, observando a los heridos. En su mayoría eran niños que estaban asustados. Buscaba con desesperación a sus sobrinas, pero no había señales de ella por ninguna parte.

Se acercó a una de las monjas que auxiliaban en ese momento a unos niños.

— ¿Dónde están las pequeñas Towa y Setsuna?

En su rostro se reflejaba angustia, tristeza. Ella negó con la cabeza, pero no porque no supiese si no por no tenía el suficiente valor para decirle lo que había pasado. Para su salvación, se acercó el párroco, tomó a Inuyasha del hombro y lo afrontó.

— ¿Qué ha pasado aquí?

—Al parecer alguien provocó el incendio – respondió él, buscando como decirle toda la verdad.

—Las pequeñas ¿Towa y Setsuna?

El asintió, señal de que se encontraban bien y con eso le bastó para sentirse tranquilo. Pero no del todo, pues conocía con exactitud a ese hombre. Cada una de sus expresiones faciales se las sabía de memoria. Cuando estaba molesto, cuando estaba preocupado por alguna razón o cuando estaba triste.

Triste, era un sentimiento reflejado en estos momentos. Quería suponer por el atentado que recibieron en su contra.

—Daré con el o los responsables de todo esto. Se lo prometo.

—Inuyasha – dudó un poco, mirando a su alrededor.

El ambiente se hizo mucho más tenso de lo que ya era. Se podían escuchar las respiraciones de todos. Los campesinos lo miraban con compasión, como si trataran de darle aliento en momentos de angustia.

Eso desde luego no le gustó. Un escalofrío le recorrió el alma, sintió un aire frío y ligeras gotas lluvia comenzaron a caer. Las palabras de Kagura acudieron a él.

"Casualmente las tragedias ocurren cuando hay lluvia"

Esto no le gustaba en absoluto.

—Hijo – el párroco lo tomó del hombro – Necesitamos hablar en privado.

Pero él no se dejó guiar, si algo más había pasado, sería mejor que lo dijera. Total, lo único que se perdió eran cosas materiales y se podía remplazar con facilidad.

—Diga lo que tenga que decirme, no soporto el misterio y eso lo sabe.

El hombre suspiró resignado al ver que el duque se resistía. No quería decirle lo sucedido con Lady Taisho ya que temía no solo por su reacción, sino por su seguridad.

—Lady Taisho acudió al auxilio cuando el incendio estaba iniciando.

Ni la lluvia, ni el aire más fríos podían superar el escalofrío que le recorrió su cuerpo. Se temía lo peor, pensaba lo peor. Levantó la mirada viendo aquellos escombros, sin pensarlo dos veces se precipitó, pero el párroco y otros tres hombres más lo detuvieron en el trayecto.

—Ella no está ahí.

Lo único que deseaba era verla, con vida. Ver que estaba con vida, su desesperación lo ahogaban con una angustia que no lo dejaba respirar. Tomó de la ropa al párroco y lo zarandeó.

— ¿Dónde está?

Dos horas antes….

Kagome se tuvo que sostener con algo, cada vez que respiraba sus fosas nasales se cerraban.

―Salgan…

Todo se nubló antes de caer desmayada al suelo, pero entre aun así pudo visualizar una figura que se acercaba a ella. La tomó en brazos y la sacó de ahí lo más rápido que pudo.

— ¡¿Kagome?!

Miroku tendió en el piso a Kagome y comenzó a moverla, para ver si reaccionaba. Había visto el incendio desde el carruaje y se precipitó en esa dirección para ver si todo estaba bien. Cual había sido su sorpresa que, al llegar, le dijeron que su hermana estaba dentro. Sobre todo, porque en el camino vio salir a dos pequeñas, una de ellas le dio el nombre de su hermana, pidiéndole que la salvara.

Un médico que vivía cerca de la localidad se acercó a atender los posibles heridos. Cuando vio a ese hombre llevar en brazos a la duquesa no lo dudo dos veces y ya estaba revisando su pulso. No le gustaba para nada.

—Su pulso es débil – comentó el médico – Habría que llevarla a un lugar más cómodo.

Miroku apretó los nudillos cuando vio su ropa desgarrada, las leves quemaduras en su piel a causa del fuego, su rostro sucio a consecuencia de las cenizas.

Fue con la finalidad de visitarla, si, tan solo habían pasado unos días desde que se casó con ese bastardo al que ni siquiera se le veía por ninguna parte. Ese maldito infeliz, cuando lo viera le tendría que dar una buena explicación para eso. Le había prometido cuidarla, no mandarla directo a la tumba.

Entraron a la casa no le fue permitido ingresar al habitación de su hermana, únicamente el medico auxiliado por el ama de llaves y una empleada de servicio. No quería esperar abajo, así que tomó asiento en el primer escalón, mirando hacia la puerta de la habitación de su hermana y de vez en cuando custodiando la de la entrada o más bien esperar a que apareciera el bastardo.

De hecho, esas gemelas se le habían unido y en un estado inconsciente de Kagome, le pedía que se las llevara con ellos antes de volver a caer en un profundo y letargo sueño. Así que una vez que Kagome era tendida, pidió que se llevaran a las niñas a la cocina y las atendieran bien. No hacía falta saber de quienes eran hijas, una de ellas claramente llevaba la evidencia en su cabello y ojos.

Inuyasha, ese maldito bastardo!

Nunca sintió una angustia terrible tras la muerte de su padre, sobre todo cuando Sango dio a luz a sus pequeñas. Esto era muy fuerte, no quería perder a su hermana pequeña. Si, a veces solía ser un dolor de cabeza, pero siempre fue la luz de toda la familia, incluso la de él. Si fue duro en el pasado era porque únicamente deseaba su bien.

Su principal error no era haberla traído de regreso de Francia,

No, su principal error fue haber accedido a la petición de dos mujeres viudas que se aferraban en unir a una pareja que nunca estuvo predestinada a estar unida.

Ni siquiera pasaron cuatro días desde que ella e Inuyasha se casaron y ya la estaba mandando al cielo.

Alguien se las tendría que pagar y conocía perfectamente quién.

Escuchó ruidos provenientes de la parte baja de la casa, se levantó y bajó en dos en dos hasta que se encontró con un Inuyasha.

— ¿Qué haces aquí?

Por respuesta que tuvo de parte de su cuñado y examigo fue un duro golpe a un costado de la mejilla que lo dejó aturdido por varios segundos. Sacudió su cabeza y se llevó una mano hacia donde recibió el golpe.

El personal iba a intervenir, pero él levantó una mano para que no lo hicieron.

—La pregunta es ¿Dónde estabas cuando todo esto pasó?

—Eso es algo que no te voy a responder a ti.

Miroku torció el gesto, maldiciendo a ese hombre.

—Te dije que la cuidaras y mira hasta qué punto la has llevado.

—Si me permites, voy a verla – pero justo cuando iba a pasarlo, él se interpuso — ¿Puedes quitarte? Te recuerdo que estas en mi casa.

Miroku lo agarró de las solapas de su saco, su rostro demacraba ira, frustración. El de Inuyasha en cambio, preocupación. Solo quería ver a su esposa, desde que le había dicho cosas hirientes esa mañana, no había parado de sentirse culpable. Podría soportar otros ocho años lejos de ella, pero no una vida entera.

—Voy a acabar contigo y será un maldito placer hacer. Después de que lo haga, me llevaré a Kagome lejos de aquí. Dónde jamás puedas verla ¿Quedó claro?

Apoyó ambas manos en los brazos de Miroku y lo obligó a soltarlo. Ya estaba harto de sus constantes amenazas. De que siempre se entrometiera en la vida de los demás. Esta vez no se lo iba a permitir. Gracias a él había llegado a su límite. Nadie apartaría a Kagome de él, mucho menos un imbécil como el marqués.

—Ya estoy hasta la madre de ti, cabrón – levantó una ceja, sin miedo de lo que dijo.

—Oh mira – asintió Miroku, fingiendo una sonrisa – Que sincero.

—Caballeros, no creo que sea….

— ¡Cállese Walther! Esto es entre el Vizconde y yo– interrumpió Inuyasha a su mayordomo, sin apartar la mirada de su cuñado – Te veo afuera. Ahora.

La lluvia se había intensificado cuando ambos salieron al patio. Inuyasha le daba la espalda y cuando escuchó los pasos de Miroku giró sobre sus talones.

—Quiero qu….

Pero ahora quien había dado el primer golpe había sido el duque. Acertando justamente en el ojo derecho del vizconde.

Miroku perdió el paso, si lo esperaba, pero no tan rápido. Se llevó una mano donde provenía el dolor pulsante y asintió al ver sus dedos manchados de sangre, mientras que las gotas de lluvia limpiaban todo rastro de ella.

— Así va a ser esto ¿Eh?

—Tú comenzaste.

—Te tenía ganas, duque – admitió.

Ambos hicieron una pausa, aprovechando para quitarse saco y arremangar las mangas de su camisa.

La lluvia caía sobre ellos, tanto Inuyasha como Miroku estaban en posición de combate, con los puños. Aguardando a esperar quién sería el siguiente en dar el primer golpe. El primero en hacerlo fue Miroku, tratando de darle un gancho al hígado, que fue bloqueado por Inuyasha. Luego, el duque aprovechó que estaba con la baja guardia para acertar otro golpe, esta vez en el oído izquierdo del vizconde.

Miroku se tambaleó unos segundos, parpadeó solo para ver que Inuyasha se precipitaba hacia él y juntos cayeron a una jardinera. Arruinando por completo los rosales que con esmeró había sembrado del jardinero. Incluso, en su movimiento se habían llevado una estatua de mármol que les había caído justo encima.

Empapados y yaciendo de espaldas a la tierra, contemplaron el cielo. Con sus respiraciones exhaustas y una estatua de un ángel encima de ellos.

—Creo que… — tosió Miroku – Ya estamos un poco viejos para esto.

—Tú empezaste.

—Te lo merecías.

Los empleados se miraban extrañados al ver ambos cuerpos tendidos sobre la tierra. Tanto el jardinero, el cochero del vizconde, así como el mayordomo se acercaron al auxilio de ambos caballeros.

Perdiendo pudor, tomaron asiento en el fango, con las rodillas flexionadas, hasta que miraron al mayordomo del duque.

—Si me permiten decirlo caballeros, eso fue imprudente. Dado los acontecimientos de esta tarde. Creo que no estamos para reaccionar de esa manera. Así que ambos se van a levantar de ahí, se limpiaran y van a aguardar al médico. La duquesa necesita de su apoyo y no lo están haciendo lo suficiente.

Miroku lo miró ¿Ese hombre no era algo de su madre? porque era justo lo que ella hubiese dicho.

Se miraron uno al otro e Inuyasha extendió una mano hacia él. En una ofrenda de paz. La cual el vizconde se quedó mirándola unos segundos antes de tomar una decisión. Pero como dijo el mayordomo, Kagome necesitaba apoyo y debían estar unidos. Así que, dejando el rencor atrás, estrechó su mano.

—Ese golpe me lo debías desde hace ocho años – comentó burlón Inuyasha.

—De todos modos, te habría ganado.

—No lo creo.

— ¿Apostamos?

—Señores – volvió a interrumpir Walther.

Levantaron las manos en señal de rendición.

Más tarde, el medico salió de la habitación de Kagome. Ambos caballeros lo estaban esperando en el corredor de la segunda planta. El primero en preguntar por el estado de Kagome fue el propio Inuyasha.

—Se pondrá bien. Pero si hay cualquier cambio es conveniente que me avisen de inmediato.

Inuyasha permaneció el corredor mientras escuchaba a lo lejos como Miroku se llevaba al médico a la segunda planta. Tenía miedo de entrar a la habitación de Kagome y ver lo que le esperaba. Le habían dicho que estaba bien, pero aun así la angustia de sentir que había estado a punto de perderla era sofocante, insoportable casi.

Entró y cerró la puerta a sus espaldas. Se acercó a la cama y tomó asiento al borde de esta. Buscó su mano y gruñó al verla tras unas vendas. La tomó entre las suyas y se la llevó a los labios. Besándola con devoción. No podía creer que hubiese arriesgado su vida con tal de salvar a sus sobrinas.

Pero tenía miedo, no quería perderla.

Una lagrima resbaló por su mejilla izquierda, no tenía miedo de demostrar sus sentimientos. La amaba demasiado que no iba permitir que se apartara de él.

Se aceró lo más que pudo, deposito un suave beso en la mejilla, evitando su cuerpo para no lastimarlo. Quería que abriera los ojos y lo mandara al diablo, solo esta vez no opondría resistencia si lo hiciera.

—No puedo perderte – se prometió – A ti no.

Más tarde, estaban en su despacho él y Miroku. Tenía un trozo de carne en el ojo para evitar que se le hiciera un hematoma. El duque dejó un vaso de whisky en la mesa, justo al lado de él.

Una de las empleadas se había anunciado que las niñas estaban dormidas en la habitación de empleados.

—Esas niñas…— no pudo evitarlo, quería saber la verdad — ¿Son tus hijas?

— ¿Crees que lo son?

Miroku lo miró, como si lo estuviera analizando. Fruncia el cejo de vez en cuando o torcía la boca, pero al final negó.

—No. Conociendo tu pasado, lo dudo mucho.

Vaya, debía sentirse halagado. Nunca lo habría creído de él.

—Aunque claro, la primera vez que las vi. No pude evitar pensar que eran tuyas – añadió.

—Son de Sesshomaru.

Tomó asiento y se dispuso a relatarle a su ahora amigo, los acontecimientos que le habían dado giro a la historia. Miroku pasaba de la sorpresa a la incredulidad. Pensando que su difunto hermano había sido un completo idiota por batirse a duelo con tal de defender la reputación de una dama cuyo nombre no se sabía aún.

—¿Por qué no te dijo el nombre de la mujer de Sesshomaru?

—Para protegerla. Supongo.

Miroku se recargó en su asiento, mirando a Inuyasha. Tenía un aspecto pensativo y estaba imaginando cosas que probablemente no eran. Como el incendio. De la noche a la mañana no se incendia un orfanato y más si es custodiado por un sacerdote y monjas.

— ¿Qué piensas? – preguntó Inuyasha.

— ¿No se te hace raro? – le dio un trago a su vaso – Un incendio.

Ahora que lo veía, se le hacía un poco raro.

—Es como si alguien deseara desaparecer a una persona…— se aclaró la garganta – En este caso un niño o – miró a Inuyasha – Niñas.

No, simplemente se rehusaba a aceptarlo. Además, Kagura había sido muy franca con él. Nadie más que ella y los padres de la misteriosa y fina dama que era la madre sabían de la existencia de esas niñas.

Ahora tres más, Kagome, Miroku Y él.

—Cuando entré por Kagome. Vi que había forzado la puerta.

— ¿Qué me quieres decir? – frunció el cejo.

—Es evidente. Alguien atrancó la puerta, encerró a esas niñas en aquella cocina para evitar que salieran. Más no contaban con que Kagome las salvaría.

—Son niñas de seis años, pudieron haber quitado el seguro.

—No – negó él – Tal vez el miedo al ver el fuego fue la que las petrificó.

Esa noche, mientras hacía guardia cuidando a su mujer no dejaba de pensar en lo que Miroku le había dicho. Todo estaba entre esas posibilidades y si, no había forma de que un orfanato se incendiara. Por eso, antes de retirarse le ordenó a tres de sus empleados de más confianza que investigaran todo como habían pasado las cosas.

Pasaba la media noche, cuando escuchó un golpe en la puerta. Con el cejo fruncido se levantó, al abrir vio su fiel hombre.

—Lo que buscamos está en su despacho, milord.

Él asintió, mirando a la figura de su esposa dormida.

Atravesaron el corredor, bajaron las escaleras en grandes zancadas y llegaron hasta la biblioteca. Al entrar, inmediatamente vio a un hombre amordazado de pies y manos a la silla y con la boca vendada. Junto a él se encontraban otros dos hombres más apuntándole con un arma. El hombre estaba empapado de sangre debido a los golpes que le habían dado sus hombres de confianza.

—Te preguntaras ¿Qué haces aquí? – comentó, recargándose en el escritorio.

Aquel hombre negó.

—Es verdad, no sabe. Puedo verme piadoso o no. La decisión está en lo que tengas que decirme.

Chasqueó los dedos y uno de sus hombres retiró la venda de su boca. El hombre tomó una bocanada grande de aire.

— ¿Qué quiere? – preguntó con una voz entre cortada.

—Quiero respuestas – se cruzó de brazos — ¿Quién hizo esto?

—Es peligroso – él negó – No querrá meterse en esto.

Inuyasha esbozó una sonrisa, se inclinó ante ese hombre y lo miró fijamente.

—El problema, es que involucraron a mi esposa que por poco muere y eso no puedo permitirlo. Tienes dos opciones, amanecer muerto o amanecer lejos de Londres.

El hombre agachó la cabeza y negó.

—La intervención de Lady Taisho no estaba planeada.

— ¿Quién fue? – alentó Inuyasha.

Ese hombre sabía algo y no se cansaría hasta lograr que revelara toda la verdad. Claro, cumpliría su promesa (con dolor) de proteger su patética vida aun y cuando por su culpa Kagome estuvo a punto de perder la suya.

—¡Quiero un nombre!

—Lord Thomson.

Dijo al final, entonces comenzó a hacer nota mental. Justo cuando fueron de visita al orfanato, había sido interceptado por él. De hecho, Kagome también, pero por la esposa. En todo momento ese hombre no dejaba de mirar a las gemelas que estaban ocultas tras la falda de Kagome.

— ¿Por qué él?

—Lord Thomson es primo hermano del duque Clearwater.

Tenía el presentimiento que estaba ante el nombre de las madres de su sobrinas.

— ¿Qué tiene que ver ese duque con las gemelas?

Podía ver la culpabilidad en el rostro, el trabajo que le habían comendado no era muy digno. Deshacerse de dos niñas para el beneficio de unos pocos.

—Dilo – apresuró – Quiero saberlo todo.

El hombre hizo una mueca de dolor y respiró profundamente.

—Ese hombre es el abuelo de las gemelas, su hija, Rin Clearwater es quién dio a luz a las niñas hace siete años. Cuando se enteró que ella y el Lord Sesshomaru tuvieron algo y que eso dio frutos. Lo primero que quiso fue ir hasta su tumba y volverlo a matar. Pero en cambio, le ordenó a una prostituta que se deshiciera de ellas.

Inuyasha asintió, escuchando el pedazo que faltaba en la historia.

—Hace poco se enteró la existencia de dos diñas que eran idénticas a las que le dio a Kagura, la prostituta.

— ¿Dónde esa ese Lord?

—En Italia. Casó a su hija con un cultivador de vino.

Ya no hacía falta que siguiera relatando más. Él mismo hizo sus propias conjeturas. Ese hombre (el abuelo) había mandado a matar a sus nietas. No cabía duda de que el destino lo ponía justamente donde debía ser. Porque, si hubiese preferido permanecer en Londres, Towa y Setsuna no habían contado con suerte.

—Esto es lo que harás – dijo – Vas a ir con tu patrón, Lord Thomson. Le dirás que el duque de Lexington sabe toda la verdad. Incluida la historia de esas niñas— Y que si se atreve acercarse sea a ellas o mi esposa, habrá duras consecuencias.

—Pero me matara – el hombre levantó la vista ante aquellas palabras – Usted me ofreció protección.

—Cambié de opinión.

Le ordenó a sus hombres que lo sacaran de ahí. Estaba furioso, lo único que deseaba era ir hasta Italia, buscar a ese bastardo y pagarle con la misma moneda que él a las niñas. Un ser miserable como ese no merecía la vida. Pero eso solo significaba una cosa, que debía proteger a su familia.

Esperaba que cuando Kagome se recuperara del todo, accediera a que juntos adoptaran a las niñas. Después de todo, eran familia.

Hola, espero estén bien, llegué con otra actualización.

Probablemente ya estemos en la recta final, así que estén al pendiente de cualquier aviso en cuanto a cuando lo será.

Las quiero mucho!

Por cierto, tenemos nueva página(también hay un grupo, pero será inhabilitado) de Face, síguenos, entra a face busca BLACK-PEARL-B-111428531676656

BPB.