CAPÍTULO II – EL TRATO
Las horas pasaron volando, ya que estuvieron hablando la mayor parte del tiempo, sumidos en una enriquecedora conversación que fue derivando a un montón de temas de actualidad. Hablaron de política, terrorismo, cultura y feminismo, entre muchas otras cosas, de forma ininterrumpida y absorta.
Inuyasha no pudo evitar escrutar disimuladamente la expresión de su interlocutora, con la excusa de querer mirarla a los ojos durante sus intervenciones. La mirada de Kagome era inteligente, y además era culta y se podía hablar de todo con ella. Qué diferente era de todas esas cabezas-huecas que le habían amargado la semana…Hablar con ella era un soplo de aire fresco. Llegó un punto en que la curiosidad por saber más de esa chica tan única le venció.
-¿Puedo preguntarte a qué te dedicas?
-Estudio y trabajo. Bueno, trabajaba…Me han despedido hace unas horas – la cara de Kagome se volvió lúgubre, acercándose peligrosamente a la que tenía cuando había entrado en el avión, e Inuyasha se maldijo por su metedura de pata.
-Oh, vaya… - se lamentó, esbozando una mueca de disculpa y consecuencia - Lo siento.
Kagome meneó la cabeza como si ese gesto fuera a ayudarla a sacar de su interior esa repentina negatividad que amenazaba con romper el buen ambiente que se había establecido entre ellos.
-No lo sientas, el jefe era un cretino – afirmó con malestar notable, pero luego se encogió de hombros en un intento de mostrar que le quitaba importancia al asunto - Ahora tendré más tiempo para estudiar, supongo.
-¿Qué estudias? – preguntó por automático.
-Diseño de moda. En septiembre empiezo el último curso – le sonrió con timidez – Ahora en teoría viene cuando te pregunto yo a qué te dedicas, pero estaría siendo un poco falsa.
Inuyasha soltó una carcajada, y en ese momento Kagome no pudo evitar quedársele mirando embobada. Qué bonita risa…Definitivamente, era atractivo. Y eso que a ella no le iban mucho los hombres de pelo largo.
-Sí, bueno…Es lo que tiene mi trabajo. Ahí donde voy es un dato que la gente siempre sabe de mí.
-¿Eso es un don o una maldición? – inquirió la joven, con cierta picardía reflejada en sus facciones.
-Es ambos – le guiñó un ojo, motivado por la ingeniosa pregunta que ella le había formulado con esa expresión tan astuta.
En ese momento les sirvieron la comida. Estaban en primera clase, pero aun así el cátering dejaba bastante que desear. El solomillo estaba duro, a las patatas les faltaban varios minutos de cocción, y la verdura era insípida. Se hicieron reír el uno al otro con sus comentarios al respecto hasta que se dieron cuenta de que una azafata les estaba mirando muy mal. Se callaron de golpe, aguantando la risa, pero en cuanto volvieron a quedarse solos, se les escaparon las carcajadas.
A media tarde, cuando faltaba menos de una hora para aterrizar en Pekín, Kagome le habló de su familia. Cuando le mencionó a su hermanito, no pudo evitar el impulso de enseñarle una foto del niño, con su orgullo de hermana mayor bañándole el rostro. Inuyasha sonrió, pues por mucho que se quejara por vicio de que eran pesados y ruidosos, a él le encantaban los niños. Y todavía sonrió más cuando Kagome le mencionó que habían visto juntos el anuncio, y que Sota iba a presentarse para el papel en su película.
Y luego, por inercia, Kagome se descubrió a sí misma contándole a ese famoso hombre la pena más grande que llevaba dentro de sí. Nada más mencionar la palabra "cáncer", sintió un nudo en la garganta y sus ojos se humedecieron. ¿Por qué le estaba contando sus desgracias a Inuyasha? Parecería que estaba mendigando su compasión y eso la cohibió al principio, pero una vez se animó a confesar su tormento, ya no pudo parar. Se había ido de Tokio con la noticia sin procesar, demasiado fresca, sin haberse desfogado con nadie y se le notó.
Inuyasha comprendió entonces, completamente, por qué ella había llegado a su lado con esa cara de haber llorado. En un solo día había perdido su trabajo y se había enterado de que su hermano pequeño, que era solo un niño, tenía una leucemia complicada. ¿Por qué tenían que pasarle ese tipo de cosas a gente buena como Kagome? ¿Y a ese niño tan adorable que había visto en la pantalla del móvil de la chica? La vida era injusta y el universo un cabronazo.
-Lo siento mucho, Kagome – le dijo con pesar, mostrando un sincero abatimiento por lo que le habían contado - ¿Hay remedio?
Kagome asintió sin demasiado entusiasmo.
-Quimioterapia, pero sin garantía de nada. Existe una operación bastante novedosa que daría la mayor garantía de éxito, pero…es muy cara – se sonrojó porque había dado entender la precaria situación económica de su familia, y a ella la habían educado conforme nunca había que hablar de la propia economía, pues era algo muy personal.
-¿Y el sistema público?
-Sólo está en el privado de momento, y no todas las clínicas lo ejercen. Sólo las que tienen la suerte de tener en plantilla a algún doctor que haya recibido la formación – desvió la mirada hacia la ventana, mostrando que no estaba nada cómoda hablando de ese tema – No vale la pena hablar de eso, ya hemos descartado la posibilidad.
Inuyasha frunció los labios, sintiéndose un completo inútil en ese momento. Quería animarla, decirle que no había nada imposible, que nunca había rendirse, pero eso era el típico cliché y le haría quedar como un imbécil. En ese momento, se anunció por los altavoces que iban a iniciar el descenso y que debían volver a ponerse los cinturones. Cuando bajaron por debajo de las nubes, Kagome pareció distraerse de sus tristes reflexiones y su cara se acercó a la ventana para contemplar desde esa altura la capital china por primera vez. Volvió a parecer una niña pequeña fascinada, e Inuyasha sonrió aliviado.
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Cuando salieron del túnel movible que conectaba el avión con el aeropuerto, Inuyasha le tocó suavemente el codo para llamarle la atención cuando ella estaba empezando a seguir las indicaciones de salida.
-He facturado la maleta y tengo que ir a por ella. Hacia allí – le indicó la dirección contraria con un gesto de cabeza – Así que nos despedimos aquí.
-Ah, de acuerdo – contestó Kagome, sintiendo algo de pena. Esas horas habían sido muy agradables y había encontrado un buen amigo postizo en ese desconocido, se sentía mucho mejor y quiso agradecérselo, pero le dio vergüenza hacerlo porque sentía que le había usado de psicólogo, de modo que se limitó a añadir – Ha sido un placer conocerte.
-Igualmente, Kagome. He disfrutado mucho con tu compañía – le sonrió complacido, y parpadeó sorprendido cuando vio cómo los pómulos femeninos se ruborizaban ante su comentario. Qué inocencia…¡Esa chica era adorable!
-Yo también. Que te sea leve el culebrón – le deseó con una risita, pues ambos se habían contado en el avión por qué estaban ahí. Inuyasha se había sentido en la confianza suficiente como para confesarle lo que pensaba exactamente de esa trama tan absurda que tendría que interpretar, y le había hecho sentir mejor que ella hubiera estado de acuerdo, después de haberle hecho cuatro pinceladas acerca del argumento.
-Gracias – le devolvió la sonrisa – Que lo pases muy bien con tu amiga. Nos vemos.
-Adiós.
Inuyasha se quedó taciturno mientras la veía alejarse. Qué persona más interesante…Suspiró y se dirigió a recoger su maleta, sacando las gafas de sol otra vez y poniéndoselas con gesto distraído. Cuando llegó al lugar, esperó con paciencia un poco alejado de la multitud, y una vez tuvo su equipaje con él, buscó la salida.
Nada más salir por la puerta de llegadas y aparecer delante de la multitud que estaba esperando a otros pasajeros, buscó con la mirada y enseguida encontró a un hombre vestido con traje negro al que no conocía de nada, pero que llevaba un cartel en el que ponía "Tessaiga", la palabra clave con la que los chóferes acudían a buscarle, por indicación de Miroku. Era un hábito que habían instaurado después de haber observado que el hecho de poner "Taisho" solía tener como consecuencia que se le pegara una masa de acosadores. En China no era tan popular como en Japón, pero ambos estuvieron de acuerdo en que era mejor no arriesgarse.
-Buenas tardes, señor Taisho, mi nombre es Myoga – le saludó con cordialidad el hombre en cuanto estuvo a su lado – Permítame que le lleve el equipaje. ¿Ha tenido usted un buen vuelo?
-Hola. Sí, no me puedo quejar – comentó despreocupadamente. Le cedió el agarradero de la maleta y echó a andar a su lado.
Se descubrió a sí mismo mirando a su alrededor de forma inconsciente, mientras era guiado por el chófer a través de esos amplios espacios en dirección al exterior. Cuando salieron fuera y Myoga empezó a meter su maleta dentro de un elegante Mercedes negro, los ojos de Inuyasha pudieron dejar de escrutar el entorno cuando se enfocaron en ese ya conocido vestido verde de estampado al estilo hawaiano. Kagome estaba en la cola para coger un taxi, chequeando su móvil con una mano y agarrando el asa de su maleta de cabina con la otra. Tuvo el impulso de saludarla y se quedó mirándola esperando a que ella se diese cuenta de su presencia, pero en ningún momento levantó la vista del móvil.
-¿Esperamos a alguien más, señor Taisho? – le preguntó Myoga al verle ahí quieto estudiando a esa gente – Su mánager me comentó que vendría sin asistente, ¿fui mal informado?
-No, Myoga. Voy solo - suspiró y cedió al ver que estaba siendo ignorado varios metros más allá, dirigiéndose al coche mientras el chófer le abría la puerta y se la sujetaba.
Pero apenas había dado dos pasos, cuando algo hizo clic en su cabeza. Sus ojos se abrieron como platos y su cerebro empezó a trabajar a toda velocidad. Su mirada se trasladó de golpe hacia la mujer que era la siguiente en la cola y dudó unos segundos. Quizá era una locura, pero…¿Qué perdía por intentarlo?
-¿Señor Taisho? – cuestionó Myoga cuando le vio alejarse como una exhalación.
-Ahora vuelvo.
Más adelante, Kagome saludaba al taxista que le había tocado cuando oyó como la llamaban por su nombre. Miró a su alrededor buscando a quién la reclamaba, y enseguida reconoció a ese hombre atlético por su pelo y por su ropa, incluso con las gafas puestas, acercándose a ella.
-¿Inuya…? – se calló de golpe cuando él se apresuró en ponerse un dedo en los labios, reclamándole silencio al respecto – Perdón. ¿Ocurre algo?
-Hola, Kagome. Sólo me preguntaba si quieres que te lleve mi chófer.
-Oh…Eres muy amable, pero esta ciudad es enorme y dudo mucho que te venga de paso.
-No tengo ninguna prisa. Insisto.
-Señorita, ¿va a subirse o no? – la presionó el malhumorado taxista.
Kagome lo miró dubitativa, alternándole a él y a Inuyasha, hasta que la gente de la cola empezó a quejarse por esa espera tan irritante. El actor le hizo un gesto de cabeza hacia el Mercedes con una sonrisa amable, animándola, y ella terminó cediendo. El taxista empezó a vociferar y a soltar comentarios bordes, y su ira empeoró cuando Inuyasha le sonrió con su mejor sarcasmo ensayado y le mandó educadamente a la mierda de un modo ingenioso que hizo que a Kagome se le escapara la risa.
Myoga recibió a Kagome con cortesía y cargó también su equipaje en el maletero. Fue Inuyasha quien le sujetó la puerta con galantería, y en cuanto ella estuvo dentro, no pudo evitar alucinar un poco por lo lujoso que era ese automóvil. Se sentía completamente fuera de lugar y su postura retraída lo delató. Inuyasha se sentó a su lado y una vez el coche empezó a moverse, se instauró un silencio algo denso después de que Kagome le comunicara al conductor dónde tenía que llevarla.
Inuyasha ya se había quitado las gafas y la estaba mirando fijamente con sus penetrantes ojos dorados, como si estuviese dándole vueltas con suma concentración a algo relacionado con ella. Llegó un punto en que la joven sintió que si no decía algo para romper esa tensión le daría un paro cardíaco.
-¿Habías estado en Pekín antes? – preguntó intentando entablar conversación. Uno de los mechones de su pelo empezó a ser enredado alrededor de un dedo índice, expresando así su nerviosismo.
-Bastantes veces, por trabajo – asintió él con brevedad, como si no estuviese para nada interesado en perder el tiempo hablando de eso – Kagome, en realidad yo…quería hablarte de un tema.
- Tú dirás – sus ojos se abrieron con curiosidad, pues no se le ocurría qué era lo que podían tener en común ese hombre y ella que él quisiera comentarle, aparte de unas horas de conversación en un avión.
Los labios masculinos se fruncieron en unos últimos segundos de cavilación, pero finalmente Inuyasha decidió poner toda la carne en el asador desde el primer momento.
-Me gustaría…Ofrecerte un empleo – dejó caer con expectante seriedad.
-¿A mí? ¿De qué? – respondió sorprendida. Eso sí que no se lo esperaba.
-De asistente personal.
-Nunca he trabajado de eso – reconoció desinflándose de golpe, pues su ilusión se esfumó tan rápido como había llegado.
-No importa, sé que puedes hacerlo.
-¿Pero asistente de quién?
-Mía.
Si en ese instante alguien la hubiese pinchado, no habría sangrado. Kagome se quedó petrificada y con la boca abierta. Cuando finalmente pudo hablar, la voz le salió en forma de un alucinado balbuceo.
-Pero…eso es mucha responsabilidad. Eres una persona muy importante y yo no tengo ninguna experiencia. Sería un desastre.
Inuyasha sonrió porque el que ella reaccionaría con modestia había sido algo previsible. Empezaba a ver el patrón que definía a la personalidad de esa chica.
-Kagome…Eres inteligente, culta y educada. ¿Tú sabes lo difícil que es encontrar eso dentro del perfil de persona que suele aplicar para el empleo? Llevo mucho tiempo buscando y estoy desesperado, necesito un asistente con urgencia y quiero que seas tú– ella iba a decir algo, pero se apresuró en cortarla antes de que pudiera soltarle algún argumento en contra de sus intereses - ¿Tienes carné de conducir?
-Sí.
-¿Sabes organizar una agenda? Siendo universitaria, apuesto que estás harta de hacer eso.
-Claro, pero…
-Tú misma me has dicho que estás en el paro. ¿Tienes algo que perder? – ella no contestó porque no podía rebatir eso, así que Inuyasha siguió adelante con su oferta – Sé que estás estudiando, pero con una media jornada un poco intensiva basta. Antes me has dicho que eras camarera, y me imagino alrededor de cuánto cobrabas. Te ofrezco el doble.
-Yo…Inuyasha, eres muy amable, pero… - intentó decir, abrumada por ese entusiasmo.
-El triple – corrigió sin parpadear ante la nueva insinuación de rechazo, arrastrando la palabra para darle más potencia.
Se hizo el silencio de nuevo en el coche mientras Kagome seguía dudando. La oferta era muy, muy tentadora, pero su inseguridad acerca de sus propias capacidades era mayor. Además que tendría que compaginar una responsabilidad tan grande con sus estudios universitarios y no sabía qué le preocupaba más, si fracasar en el trabajo o que su carrera saliera perjudicada.
Inuyasha fue testigo de ese mar de dudas que llevaba impreso en la cara. Bien, había llegado el momento de soltar la artillería pesada.
-Pagaré el tratamiento de tu hermano.
Kagome le clavó su mirada atónita tan rápido que podría haberle dado un tirón en el cuello perfectamente. La vio exhalar el aire por la boca en señal de incredulidad. Sus ojos castaños le escudriñaban como si buscaran desesperados una prueba de que ese hombre no le estaba gastando una broma cruel.
-¿Qué parte? – tanteó con un hilo de voz.
-La intervención, la quimio, las estancias…Todo, hasta que se cure – "o hasta que nos deje" le faltó decir, pero decidió que plantear esa posibilidad sólo afligiría a Kagome a cambio de nada.
La expresión de la chica estaba tan desencajada que por un momento el actor temió que se pusiera a llorar. Sabía que su forma de persuadirla estaba siendo bastante agresiva, pero si algo le habían enseñado bien en esa vida, era a luchar por lo que quería con uñas y dientes.
-Tardaría años en poder devolverte tanto dinero – confesó al fin, cerrando los ojos derrotada.
Inuyasha frunció los labios, sospesó sus preferencias durante unos instantes, y luego volvió a la carga:
-Y si te dijera…¿Que no hace falta que lo hagas?
A Kagome se le escapó una carcajada incrédula mientras le miraba como si hubiese perdido la chaveta.
-Te diría que estás loco – sentenció, negando con la cabeza.
-Pues ya que tú eres tan cuerda, piensa en algo que te hiciera sentir cómoda al respecto.
-Inuyasha…
-Vamos.
Kagome se mordió el labio y respiró hondo. Sus puños se apretaron, intentando calmar su cada vez más creciente histeria, y se oyó a sí misma pronunciar:
-Nada del triple de sueldo…
-¿Volvemos al doble? – fue incapaz de contener una sonrisa arrogante de tiburón. Bien, estaban empezando a negociar. La cosa estaba yendo por buen camino.
-No, a lo mismo que cobraba en el bar.
-Apuesto a que era una mierda – entrecerró los ojos en medio de su especulación, casi ofendido.
-Teniendo en cuenta que te ofreces a salvarle la vida a mi hermano, lo haría gratis si me lo pidieras – replicó con seriedad.
Inuyasha la miró con recelo durante unos segundo pero terminó encogiéndose de hombros. Por mucho que le saliera el dinero por las orejas, no era tan imbécil como para insistir en que quería gastar más.
-Allá tú, mismo sueldo. Me parece poco dinero para la carga de trabajo que supone, así que en cualquier momento estaré abierto a subirlo si quieres renegociarlo – la cara de la chica le estaba prometiendo que eso no pasaría nunca, de modo que decidió pasar a otro tema – Mañanas.
-Tardes – rebatió automáticamente Kagome – Por las mañanas tengo clase.
-Pues cambia el turno, ¿no puedes hacerlo? – cuestionó. Ella asintió con pocas ganas y el modo en que arrugó la frente delataba que no le apetecía llevar la vida de un estudiante universitario de tardes – No me gusta la cara que estás poniendo, así que subo la apuesta. Mañanas…y el papel en la película será para tu hermano.
Eso último no era ningún sacrificio para él, más bien al contrario, le beneficiaba porque así se quitaba esa tarea tan molesta de encima. Claro que eso no era necesario que su contrincante lo supiera.
Había vuelto a descolocarla, y lo supo porque Kagome no hizo ningún esfuerzo por disimularlo esta vez. Hundió el rostro en sus manos y soltó una palabrota. Inuyasha sonrió divertido, pues no se esperaba una expresión así de alguien tan femenino y delicado como esa chica.
-No tienes piedad – la oyó decir de forma ahogada por tener la boca encerrada entre sus palmas.
Pero por su tono de voz, Inuyasha supo que había ganado. Se la había metido en el bolsillo. Sonrió ampliamente, triunfal, y le tendió la mano.
-Trabajarás para mí por lo menos durante un año, bajo esas condiciones. Luego ya se verá, en función de lo que a ambos nos interese y de lo a gusto que estemos – sentenció - ¿Hay trato?
Kagome levantó su mano instintivamente pero sus dedos se encogieron y se acercaron a su pecho, observando la mano masculina mientras se mordía el labio, vacilante. Aun así sólo intentaba ganar tiempo, pues era consciente de que tendría que estar loca para negarse a lo que se le estaba ofreciendo. Suspiró, rezó una oración mentalmente y entonces le correspondió al gesto, sintiendo que se estaba metiendo en la boca del lobo…pero por Sota era capaz de cualquier cosa.
-Trato hecho.
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-Madre mía. Madre mía, madre mía, madre mía…
No había dejado de repetir esa expresión como una demente desde que se había bajado del Mercedes. El mundo se había vuelto loco, definitivamente. Kagome apoyó la cabeza en el espejo del ascensor, y mientras era acercada automáticamente al apartamento de su amiga, hizo un repaso mental de lo sucedido las últimas cuarenta y ocho horas.
Sota tiene leucemia. Me han despedido del bar. He cogido un avión por primera vez. Estoy en China. He aceptado ser la asistente de un actor de cine de talla mundial.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron de nuevo, ya estaba empezando a tener algún que otro problema para respirar. Salió al descansillo arrastrando la maleta, con los ojos cerrados porque se sentía ligeramente mareada. Tragó saliva y su mano aferró el agarradero de su equipaje. Quiso apretar su otro puño por instinto, pero entonces recordó que todo ese rato sus dedos habían estado sosteniendo algo. Puso la pequeña tarjeta a la altura de su corazón y releyó su contenido por enésima vez. Eran un nombre y apellido correspondientes a un hombre desconocido, que se definía como representante de estrellas cinematográficas, y un número de teléfono al que se suponía tenía que llamar con la máxima celeridad posible, con tal de que todos los trámites estuvieran listos de cara al lunes, su primer día de trabajo.
El lunes ya. Por Kami, ni siquiera tendría un día de transición tranquilo entre el viaje y esa locura en la que se había embarcado. Sentía los latidos del corazón en la garganta, y unos incómodos retortijones en el intestino.
-¡Kagome! – oyó de repente a su izquierda, después de que una de las puertas del rellano se abriera de sopetón. Una joven de su edad y de hermosa melena pelirroja, que había sido avisada de su llegada por el ruido del ascensor, corrió hacia ella y la estrujó entre sus brazos como si fuera un peluche - ¡Qué ilusión! ¡Has llegado más pronto de lo que creía!
-Hola – intentó sonreír mientras le devolvía el abrazo. Ella también había tenido muchísimas ganas de ver a Ayame y el que todo le estuviese dando vueltas no se las quitaba. Pero eso no evitó que al separarse tuviera que aferrarse de los antebrazos de su acompañante cuando su cuerpo se tambaleó y la vista se le fue, quedándosele ausente.
-¿Estás bien? – le preguntó Ayame preocupada, ayudándola a sostenerse. - ¿Te has mareado en el bus? Estás pálida.
-No he venido en bus, he venido en coche.
-¿Has cogido un taxi desde el aeropuerto? ¡Te habrá salido carísimo, está muy lejos!
-No exactamente, es que…Mierda – se tapó la boca con una mano para contener una terrible arcada - ¿Dónde está el baño?
Ante el silencio pasmado de Ayame, insistió repitiendo la pregunta, esta vez con urgencia y desesperación notables, y una vez le dieron la información, sólo corrió hacia dentro del apartamento como alma que lleva el diablo.
Una hora después de haber hecho esa entrada triunfal, de ese reencuentro bochornoso con su amiga de la universidad a la que hacía meses que no veía por su erasmus, de haberla puesto al día acerca de todo lo que había ocurrido de nuevo en su vida, y de haberse tomado un ansiolítico, empezó a encontrarse mejor. Le fue bien desfogarse con una de sus amistades más cercanas, tanto que el brote de angustia empezó a mitigar. Terminó viéndolo todo con más perspectiva y al final, como había sugerido Ayame, intentó buscar lo mejor de sus circunstancias. La pelirroja encajó la noticia acerca del cáncer con serenidad, lamentó la suerte de Sota y supo apoyarla con sus palabras. Más tarde alucinó con el tema de su nuevo trabajo y escuchó alucinada todo detalle acerca la conversación que la morena había tenido con el famosísimo Inuyasha Taisho, el vuelo que habían compartido, y finalmente ese surrealista trato al que habían llegado.
Tanta conversación ayudó a Kagome a ordenar los acontecimientos en su cabeza y a situarse, hasta que llegó un punto en que estuvo más o menos lista para hacer esa llamada al tal…Miroku Houshi. Marcó el número de la tarjeta con un dedo tembloroso, y ante la mirada embobada de Ayame, esperó hasta el tercer tono.
-¿Hola? ¿Hablo con Miroku?... ¿Sí? - balbuceó nerviosa. Sentía más presión por tener a la otra chica de público pero sobretodo, se sentía como si estuviera hablando con una persona de un mundo totalmente ajeno al suyo. Realmente era así – Me llamo Kagome, soy…Ah, ¿Inuyasha ha hablado contigo ya? Genial. Me ha dicho que tenía que llamarte para…Sí, escucho.
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El lunes llegó temiblemente rápido.
Kagome había conseguido distraerse, más o menos, entre todos los planes que Ayame había preparado para hacer con ella y la gran cantidad de nuevas amistades que le había ido presentando a lo largo del fin de semana. Pero en cuanto quiso darse cuenta, se encontró de repente delante de esa enorme casa moderna, de amplios ventanales y ángulos rectos, que combinaba la pintura blanca con tablones de madera de acabado perfecto. Quien fuera el arquitecto que hubiese diseñado la vivienda no sólo tenía buen gusto, sino que además cobraría un pastizal.
Tomó una profunda inspiración y luego exhaló el aire ruidosamente, como si quisiera expulsar los nervios y las inseguridades de su cuerpo con ese gesto, al mismo tiempo que daba una palmada para levantarse los ánimos y se decía a sí misma en voz alta que era hora de ir a comerse el mundo. Empezó a caminar hacia la puerta principal, siguiendo ese caminito de piedra a través de un jardín de césped verde y perfecto, inundado de arbustos podados de forma impecable. Seguro que el jardinero también salía caro.
Se paró delante de la puerta blanca con paneles de cristal translúcido a ambos lados. Volvió a hacer una respiración completa, y al fin llamó al timbre. Esperó medio minuto a que una chica un poco mayor que ella abriera la puerta para atenderla.
-¡Hola! Debes de ser Kagome – dijo con una amable sonrisa, tendiéndole la mano. Tenía unos ojos vivaces de color avellana, que llevaba adornados con una discreta línea de maquillaje rosa en el párpado superior – Soy Sango, la entrenadora personal de Inuyasha.
-Encantada – le correspondió al gesto devolviéndole la sonrisa. Miroku ya le había dicho que la recibiría ella, y se alegró de que pareciera tan abierta y simpática, pues eso le facilitaría las cosas.
Sango le indicó que la siguiera, y ella lo hizo a través de un vestíbulo y un pasillo que tenían parqué oscuro en el suelo. Mientras Kagome miraba como hipnotizada su larguísima coleta, que hacía que la melena castaña se balanceara a un lado a otro como un péndulo, la veterana iba dándole el parte de lo que tenía que saber de forma más inmediata, pues las primeras horas del día del actor eran las elegidas para ser invertidas en trabajar su estado físico.
-Inuyasha se levanta a las siete y media y se va a correr, todos los días excepto el domingo y sábados alternos. A veces le perdono también algún día entre semana, pero sólo en ocasiones especiales – se giró para guiñarle un ojo, y en ese momento entraron en la cocina más grande en la que Kagome había estado en toda su vida - Tarda más o menos en volver en función de los kilómetros que le haya programado. La primera de tus funciones del día será prepararle el desayuno que tenga planificado por mí, aquí – se detuvo delante de la nevera, y le señaló una hoja que contenía una tabla - Siempre corre en ayunas y vuelve con un hambre voraz, así que te recomiendo que esté listo cuando salga de la ducha o tendrás a un niño pequeño quejándose de tener un agujero en el estómago.
Kagome rió por ese comentario, y se sintió más tranquila. Sango parecía cercana, Miroku también le había caído bien cuando había hablado con él por teléfono, y a Inuyasha ya le conocía. Todo apuntaba a que estaría cómoda. En ese momento se abrió una puerta que daba al exterior, y una presencia masculina entró resoplando en la estancia.
-Y hablando del rey de Roma… - dijo Sango, apoyándose en la isla de cocina desde las caderas – Le estaba contando a tu nueva asistente cuatro cosas que tiene que saber sobre ti.
Inuyasha la miró y sonrió con la misma burla cómplice con la que su entrenadora se había dirigido a él.
-Todas malas, supongo – replicó con arrogancia fingida.
-Y todas ciertas.
Kagome sonrió al ser testigo de esa pulla amistosa y se quedó observando al hombre. No había vuelto a verle desde que habían negociado esa especie de suicidio, y ahora era surrealista hacerlo así, en su propia casa y con esas pintas tan...terrenales. Llevaba puesta una camiseta azul eléctrico de deporte sin mangas que mostraba unos brazos bien trabajados, y unos pantalones negros cortos que revelaban un par de piernas fuertes de corredor. Calzaba unas bambas que parecían casi nuevas, y llevaba el pelo recogido en una coleta que tenía medio empapada debido al mar de sudor que recubría todo su cuerpo. Tenía la respiración acelerada, pues seguía teniendo el cardiovascular activado por el esfuerzo. Y encima, era todavía más guapo de lo que le recordaba.
En otras palabras, y en resumen: desprendía feromonas. Kagome tragó saliva cuando se dirigió a ella, pues era imposible ser mujer heterosexual y no sentirse alterada por ese cuadro.
-Buenos días – le sonrió Inuyasha, encantado de verla ahí - ¿Qué tal el vuelo de vuelta?
Kagome parpadeó un par de veces, intentando no quedársele mirando con cara de tonta y se apresuró en contestar.
-Hola. Bien, no me puedo quejar…
Sango frunció los labios y sus ojos destellearon cierta diversión, pues ella se había quedado con el mismo posado de boba la primera vez que había visto ese espectáculo. Esa chica tenía una mirada más inteligente que las anteriores asistentes, pero tenía ojos en la cara y hormonas, como todas.
-Miroku llegará en media hora y se reunirá contigo, Kagome. ¿Quedasteis así, cierto?
-Sí, para firmar el contrato y todo eso.
-Dejadlo bien zanjado – Inuyasha le guiñó un ojo – Con lo que me costó reclutarte…que quede por escrito.
Actor y asistente intercambiaron su primera mirada cómplice, y una sonrisa de expectación.
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Sujetó el bolígrafo que le habían prestado entre sus dedos, sin poder evitar que éstos le temblaran un poco. Kagome miraba fijamente el apartado de ese documento en el que se suponía que tenía que plasmar su firma, y ese hombre tan amable y elegante que acababa de conocer en persona aguardaba con paciencia a que lo hiciera. No podía dejar pasar más segundos de latencia sin parecer retrasada de modo que, encomendándose a una divinidad en la que no creía, adelantó su mano y no pudo evitar cerrar los ojos cuando hizo el correspondiente garabato que sellaba esa majadería en la que se había metido.
"Va por ti, hermanito".
-Bien, ya lo tenemos todo pues – comentó Miroku alegremente, recogiendo los papeles del contrato y los guardaba cuidadosamente en una carpeta negra que había traído consigo – Bienvenida al equipo y que Dios se apiade de ti – ella sonrió apenas por el chiste, demasiado nerviosa – Debo advertirte de que esta primera semana te vas a agobiar. Habrá muchas cosas que no sabrás hacer, y situaciones que no sabrás gestionar. Deja que te pida que no te culpes ni te juzgues por eso, es completamente normal. Inuyasha está ahora mismo en la cumbre de su carrera, es una persona muy solicitada y mucha gente importante del mundo del cine se pone en contacto con él. Dependiendo de cuál sea el motivo, me llaman a mí… o a ti, a través de este número.
Le entregó un teléfono móvil que había tenido aguardando sobre la mesa, y que tenía pinta de ser más caro que los tres últimos móviles que Kagome había tenido juntos.
-A veces me llamarán a mí por error para cosas que te incumben más bien a ti, y te derivaré llamadas. Con el tiempo aprenderás a ver también cuáles son en realidad para mí, y podrás pasarme el muerto evidentemente sin ningún problema. Se trata de que nadie tenga que abarcar nada que no le corresponda, que nunca te sepa mal delegarme lo que me toca, ¿de acuerdo? – Kagome asintió en silencio – Bien, hoy vas a tener muchísimas dudas en cuanto empiece a sonar este trasto, ya he hablado con Inuyasha y hoy he traído lo necesario para trabajar desde aquí, de modo que me tendrás para preguntarme todo lo que necesites. No te cortes, ni dudes en consultarme, aunque te de la sensación de que me estás acribillando.
-De acuerdo, pero espero que no haga falta – dijo Kagome con timidez.
Sí hizo falta. Nada más encenderlo, ese aparato infernal le amargó la mañana hasta hacerla rallar la crisis de histeria. No sabía de qué le hablaban sus interlocutores, y mucho menos sabía como resolver sus peticiones. Todo empeoró cuando tuvo que salir a recoger un par de paquetes para Inuyasha, y no tuvo a Miroku para socorrerse. Por consejo del mánager, se fue apuntando todos los recados y las dudas en una libretita que le había prestado y después agradeció a los cielos haberlo hecho, porque a la mitad de la jornada ya tenía tantos asuntos pendientes que jamás se habría acordado de todo.
Cuando al fin el reloj marcó las dos y ella se dio el gustazo de apagar el condenado móvil hasta el día siguiente, suspiró y se permitió el dejarse caer en el enorme sofá blanco sobre el que había deseado echarse a llorar dramáticamente durante toda la mañana. Miroku se había ido hacía un cuarto de hora, y había estado rezando para que el teléfono no sonara ni una maldita vez más en esos últimos quince minutos en los que estaba sola. Por suerte, sus plegarias fueron escuchadas.
Todavía estaba sentada cómodamente en el sofá cuando oyó una puerta que se abría en el vestíbulo. Se incorporó como un resorte, pues no quería ser descubierta holgazaneando en su primer día. Aunque pronto descubrió, por el sonido de tacones sobre el parqué, que no era su nuevo jefe el que había entrado en la casa. ¿Sería Sango? Se dirigió rápidamente a esa dirección para comprobarlo pero cuando llegó al vestíbulo, vio que no se trataba de la entrenadora.
Delante de ella había una mujer alta y delgada, de facciones y silueta delicadas y muy femeninas. Tenía una melena azabache y lisa que caía hasta más abajo de su cintura, acariciando la espalda descubierta de ese vestido veraniego y largo hasta los pies, de color azul eléctrico. Parecía ensimismada comprobando su aspecto en el espejo de pared, por lo que tardó un poco en darse cuenta de su presencia, y cuando lo hizo se la quedó mirando con una ceja levantada pero el rostro inexpresivo.
-Hola, ¿puedo ayudarte? – le preguntó Kagome con amabilidad.
La mujer parpadeó un par de veces y luego torció un poco el gesto, quedándosela mirando sin demasiada discreción, como si la evaluara.
-Pues sí – contestó con una voz melódica pero a la vez fría - Para empezar, podrías decirme quién eres y qué haces campando a tus anchas por casa de mi novio.
Los ojos de Kagome se abrieron con sorpresa y se sintió enrojecer por su metedura de pata.
-Ah, disculpa…Soy Kagome, la nueva asistente de Inuyasha.
La otra se cruzó de brazos y esbozó una media sonrisa de costado, irónica, que no le llegó a los ojos.
-Eres mona, cómo no… – dijo descolocando a Kagome, y al parecer se dio cuenta porque soltó una risita con matices ocultos – Nada, no me hagas caso. Yo soy Kikyo, por si no me conocías ya - la verdad era que a Kagome no le sonaba absolutamente de nada su cara y su nombre, pero no se atrevió a decirle lo que podría terminar siendo una ofensa para esa mujer tan seria – Ya es la hora de comer y me apetece lenguado con ensalada, ¿puedes ponerte a ello?
Antes de que Kagome pudiese contestar, volvieron a oírse pasos sobre la madera y al mirar en esa dirección se dio cuenta de que se trataba de Inuyasha. El actor entraba por la puerta que daba al garaje, la misma por la que había llegado Kikyo, jugueteando con las llaves de uno de sus coches entre los dedos.
-Cariño, te has vuelto a dejar mal cerrada la puerta del coche – comentó en cuanto llegó junto a ella. Luego se dirigió a su asistente y le regaló una bonita sonrisa – Hola, Kagome, ¿qué tal el primer día?
-Bien, bueno…No sé hacer nada y ha sido agobiante, pero creo que puedo con ello.
-Claro que puedes – afirmó con seguridad, para luego levantar una ceja - ¿Qué haces aquí todavía, por cierto?
-Prepararme la comida que le acabo de pedir, o al menos a eso iba antes de que la entretuvieras – le dijo la otra mujer, que había empezado a mirar su móvil como si la cosa no fuera con ella.
-Está fuera de hora, Kikyo – le comunicó con calma – Su jornada acababa a las dos.
-Entonces no está ocupada – hizo un gesto de exasperación como si lo que estuviese diciendo fuera muy obvio, y les dejó plantados en el vestíbulo para ir a acomodarse al salón, sin despegar los ojos de la pantallita.
-Olvídalo, ahora me pongo yo con la comida – replicó él poniendo los ojos en blanco, pero su pareja no se molestó en contestarle. Luego volvió a mirar a Kagome y se le relajó el semblante – Puedes irte, Kagome. Nos vemos mañana.
-Vale. Hasta mañana, pues – se despidió, más tranquila, pero sólo cuando le vio alejarse se movió del sitio, como si hubiese estado esperando que las acciones de su jefe confirmaran su permiso para abandonar el lugar.
Kagome fue a coger su bolso del colgador que había justo al lado de la entrada, y de fondo pudo oír la conversación que estaba empezando en el salón.
-Me has desautorizado.
-No haría falta si entendieras que mis empleados no son tus esclavos.
-¡La cuestión es no ponerte nunca de mi parte!
-Kikyo, no empieces…
"Madre mía, qué nivel…", pensó Kagome mientras salía por la puerta soltando un discreto silbido de consecuencia.
Pero una vez hubo puesto punto final a la última situación tensa del día y desconectó de ese pleito de pareja que no era de su incumbencia, inspiró hondo y celebró el haber sobrevivido a su primer día. El balance final era positivo, estaba contenta y satisfecha, pues incluso habiéndose estresado lo suyo, y teniendo en cuenta que no era el trabajo de su vida sino sólo un trámite, tenía que reconocer que no le disgustaba lo que había catado ese lunes y que además había ido sacando adelante lo que había surgido, aunque hubiese sido con ayuda de Miroku. Podría acostumbrarse el tiempo que hiciera falta, una vez lo dominara.
El segundo día fue considerablemente más fácil que el primero, y el tercero fue aún más agradecido. La semana le pasó volando, y las siguientes tampoco se le hicieron pesadas.
Y a la que quiso darse cuenta, habían pasado sus dos primeros meses como asistente personal de Inuyasha Taisho.
Continuará…
¡Buenas!
Este me ha quedado un poquito más largo de lo habitual, pero bueno…muchos otros van a ser así también. Espero que no se haya hecho pesado, estoy intentando mantener una línea realista. No creo en el amor a primera vista. Intento mostrar una cierta inclinación y atracción innatas entre los personajes, no sé si lo he conseguido, pero en todo caso, nada de cursiladas ya desde el inicio.
Dedico este capítulo a Daikra, mi nueva y queridísima amiga de quien tan aprecio sus palabras de ánimo. Tú sí que eres un ángel ;) Tengo pendiente leer tu última actualización, ya me ha llegado el alert…¡en breves tienes mi review!
¡Nos leemos!
Bss^^
Dubbhe
PD: estamos a un capítulo del final de la secuela…Meh, o hacen un capítulo especial más largo, o nos dejan con el moco para una segunda temporada. No veo posible resolver la trama en un capítulo normal. Si no salen Inu y Kag, que conste en acta que me voy a cabrear…
