CAPÍTULO III - RUBOR

-Por supuesto. Muy bien, quedamos la semana que viene, entonces. Ahí le tendréis. Exacto. No, gracias a vosotros.

Kagome colgó el teléfono con una sonrisa complacida en los labios. ¡Qué gratificante podía llegar a ser su trabajo cuando su interlocutor era una persona tan agradable! Dejó el móvil a un lado, no sin antes anotar en la agenda la nueva cita que había acordado, y luego se apresuró en grabarlo también en el ordenador extraportátil y extraplano que le habían entregado para sus asuntos laborales, antes de que se le olvidara. Era el mejor cachivache que había tenido nunca, pues era moderno y funcionaba rápido como la luz. Ya iba de maravilla incluso antes de formatearlo para borrar todo lo que había pertenecido a la asistente anterior. Una chica de no muchas luces, a juzgar por el contenido de los documentos que había ojeado por curiosidad antes de cargárselos.

Consultó su otra agenda, más personal, en la que anotaba sus tareas pendientes. Ese día estaba bien controlado, era de los moviditos pero a esas alturas ya se sentía a prueba de balas. Decidió que lo más urgente en esos momentos era un mail que le debía a un director de cine muy majo, en respuesta a una propuesta de proyecto que Inuyasha ya había aceptado cuando se lo había consultado. Eso era trabajo más bien de Miroku, pero como últimamente iba muy desbordado, ella se había ofrecido a asumir algunas de sus tareas y el mánager se lo había agradecido, aunque al principio se había mostrado algo modesto y testarudo. Kagome se había sentido bien por poder devolverle el favor, teniendo en cuenta lo mucho que él la había ayudado cuando estaba empezando.

Se dispuso a redactar el mail en lenguaje formal, tirando de ese buen léxico que tenía y del cual se sentía tan orgullosa. Durante unos minutos, se concentró tanto que cuando unas llaves de coche aterrizaron cerca de ella, golpeando la mesa de cristal ruidosamente, dio un bote del susto.

-¿Puedes ir a lavarme el coche?

Kagome levantó la vista para encontrarse con Kikyo, que apenas se había detenido a mirarla. Había cruzado el salón, entrado en el despacho, le había arrojado las llaves, y ahora volvía a alejarse.

-Claro, en cuanto acabe con… - empezó a decir la asistente, en voz alta pues no sabía si la oiría ya.

-Priorízalo. Necesito mi coche en media hora – le dijo con desdén, desapareciendo de su vista.

-Querrás decir el coche de papá… - masculló, irritada, esta vez más bajito.

Si algo no había mejorado en esos dos meses, era el tema de la novia de su jefe. Al principio había creído que habían empezado con mal pie, hasta que se dio cuenta de cómo trataba también a Sango, a Miroku, y a veces hasta al mismo Inuyasha. Entonces lo comprendió.

Era simplemente mala.

Lo había corroborado con su nueva amiga la entrenadora. Le había costado sacar el tema porque a ella no le gustaba hablar mal de nadie, pero nada más se lo había insinuado, había parecido que Sango había visto una oportunidad para desfogarse, porque había empezado a despotricar sin pelos en la lengua. No sólo le habló de lo mal que le caía y de lo tonto que era Inuyasha por aguantarla, sino también de varios trapos sucios de los que se había ido enterando con el paso del tiempo.

-Es hija de un magnate. Quiere ser actriz, pero como es igual de expresiva que una muerta, no la cogen en ninguna audición. Empezó a colar con las de modelaje, porque es guapa, tiene buen cuerpo, y en esos casos sí se requieren rostros serios y altaneros. Ese trabajo le va como anillo al dedo, pero como no es lo que la niña quiere, apenas acepta proyectos y está de mantenida.

- Sango, es que si ese trabajo no la hace feliz…

-Pues que acepte que es mala actriz y se busque otro, pero lo que está haciendo ahora es chupar del bote de papá…y del de Inuyasha.

Eso último estaba claro, y Kagome era la primera que no podía rebatirlo porque tenía un pie metido en las finanzas del actor y era testigo del dineral que desaparecía en joyas, ropa y cenas caras. Lo que recibía él a cambio eran numeritos de histeria, victimismo…y celos. Kikyo tenía rasgos narcisistas, por lo que detrás de esa fachada de egocentrismo y exagerado amor propio, se escondía otra persona extremadamente insegura.

Kagome soltó un resoplido y se levantó del sitio con las llaves del coche en la mano. Por culpa de ese capricho improvisado de la modelo, se le había desajustado su planificación y al volver otra vez estaría estresada y teniendo que hacer mil cosas a contrarreloj.

-Date prisa, y pobre de ti que tenga un solo arañazo cuando lo vea – la oyó decir con su habitual frialdad cuando pasó por delante de la cocina, donde estaba sentada en uno de los taburetes de la isla, tecleando en el móvil de última generación que había sido el último regalo de Inuyasha.

"Un arañazo sería muy evidente, pero si le metiera una mofeta dentro, ¿podría parecer un accidente?".

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Después de hacer una cola considerable en el túnel de lavado, Kagome condujo el Audi rápidamente de vuelta a su lugar de trabajo. Estaba agobiada. No sólo se le había hecho tarde para lo que tenía que terminar, sino que además el móvil no había dejado de sonar durante toda la excursión. Ni en broma acabaría todos sus deberes, en cuanto alcanzara la agenda ya podía ponerse a escoger qué cosas podían esperar al día siguiente.

Una vez de vuelta a la casa, hizo andar el coche por la pasarela de asfalto de un lateral hasta dejarlo delante de la puerta del garaje. Se bajó sin perder el tiempo y se apresuró por el jardín, pues la puerta de atrás de la cocina la pillaba más cerca que la de entrada principal. Siguió el caminito de piedra entre todos esos arbustos tan bien cuidados, y al doblar la esquina, se dio cuenta de que no estaba sola.

Inuyasha estaba saliendo de la piscina sin usar la escalerilla, por pereza de tenerla lejos. Se apoyó con las manos en el borde y con un impulso ágil fruto de todos esos entrenamientos enseguida estuvo fuera. Se incorporó al mismo tiempo que se quitaba el gorro y sacudía la cabeza para que su melena negra como el carbón y ahora empapada cayera por encima de su torso y espalda, que ahora tenían la musculatura especialmente marcada por el esfuerzo de haber estado haciendo unos largos durante un buen rato. Inuyasha no era un cachitas de gimnasio con exagerado volumen, pero aun así estaba fuerte. El correr y la natación le mantenían acondicionado, trabajado en su punto perfecto.

Kagome sólo se dio cuenta de que se había quedado con la boca abierta porque notó como ésta se le secaba. Se había detenido al instante, sin avanzar ni un solo paso más, medio oculta en la esquina de la casa. No sabía qué estaba haciendo ahí exactamente, parecía una acosadora turbia, pero esas exhibiciones improvisadas de testosterona por parte de su jefe siempre la dejaban en ese tipo de trances. Ese estado se rompió cuando un dolor agudo en uno de sus ojos que apenas estaba parpadeando la hizo reaccionar de golpe, gritando un "¡Joder!" que resonó por todo el jardín.

-¿Kagome?

"Mierda, mierda, mierda…", no podía dejar de pensar mientras se sujetaba la palma de la mano contra el ojo que la estaba molestando. "¡Ahora creerá que soy una pervertida!". Aun así, se apresuró en salir de su escondite como quien no quiere la cosa, viendo a través de su ojo sano cómo él miraba en su dirección.

-Hola, boss – dijo como si nada. Se quitó la mano de la cara con cautela, intentó parpadear, pero después de hacer una mueca refleja de incomodidad, volvió a taparse soltando otra palabrota – Acabo de volver de lavar el coche de Kikyo y justo iba a entrar…

-¿Estás bien? ¿Qué te pasa? – le preguntó con el ceño fruncido, acercándose.

-Nada, me ha entrado algo en el ojo creo – le explicó, quitándole importancia y haciendo ademán de ir hacia la casa - Ahora voy al baño y le pongo agua.

-Espero que no se te esté pasando por la cabeza el ponerte a frotar a lo loco – la increpó mirándola como si hubiese dicho una barbaridad – Espera, ven.

La chica se detuvo, todavía avergonzada porque no sabía si se le habría notado algo de su momento stalker, pero él estaba actuando con una absoluta naturalidad que acabó por tranquilizarla y hacer que se olvidara del tema. Sabía que pretendía ayudarla y realmente lo necesitaba, porque el ojo ya le estaba lagrimeando demasiado y le ardía horrores. Se acercó a él y se encontraron en medio del césped.

-De verdad, no creo que sea gran cosa, si me entretengo puedo…

-No seas tonta, tú no puedes ver nada tal y como estás. A ver, déjame.

El hombre le puso una mano en la mandíbula suavemente para instarla a alzar la mirada con tal de poder examinarla. Lo normal, dado que le sacaba cerca de una cabeza. Kagome lo agradeció porque si no la hubiesen obligado a desviar los ojos hacia el cielo, se le habrían ido a ese pecho mojado, a esa tableta marcada o peor, al bañador tipo bóxer de color negro que estando empapado se ajustaba a sus caderas y…

-Lo siento, te mojaré un poco – le dijo él con una pequeña sonrisa de disculpa, cuando dirigió la otra mano a su párpado y empezó a manipularlo con infinita delicadeza.

-No…No pasa nada.

Kagome tenía que quedarse inmóvil en esa situación, por lo que no le quedó otro remedio que entretenerse con lo que entraba en su panorámica, y eso era el rostro del actor, que nunca había observado de tan cerca. Visualizó su cabello húmedo pegándose en la frente, esas pestañas tan largas y también mojadas enmarcando los ojos del color del oro y haciendo que éste pareciera más intenso. Por debajo esa nariz recta de dimensiones perfectas, y esos labios firmes rodeados de una discreta barba de dos o tres días.

"Madre mía, cuánta belleza junta…".

Siempre se ponía un poco nerviosa cuando estaba cerca de su jefe, y es que tenía que admitir que Inuyasha le gustaba. Era carismático e inteligente, y muy atento con ella. Tenía un sentido del humor muy compatible con el suyo, sabía hacerla reír y ese era su punto débil con los hombres. Ya se había sentido atraída por él en ese avión que la llevó a Pekín, y la convivencia no había hecho más que acentuar eso a medida que había ido conociéndole. Y ese físico que podría pasar perfectamente por el de un modelo de ropa interior no ayudaba en nada.

-¿Qué estás mirando tanto? – le preguntó él mientras buscaba con plena concentración lo que fuera que estaba irritando cada vez más la mirada de su asistente.

Kagome notó cómo el rostro le ardía y al instante se lamentó. ¡No podía ser, no podía estarse sonrojando con él siendo testigo en primera fila, cara con cara! Quería meter la cabeza en un agujero cual avestruz, pero como él se la tenía confiscada, tuvo que encontrar otra manera menos demencial de salir del apuro.

-Nada, es que…Tienes un color de ojos muy curioso – No era del todo una mentira, realmente le fascinaban esos iris de pigmento tan poco común, y se sintió orgullosa de su válvula de escape.

-Me viene de parte de padre – comentó despreocupadamente. Al parecer ya había identificado al culpable del accidente, porque susurró un "Aquí estás" y sonrió triunfal, mientras pinzaba con sus dedos justo por debajo del párpado superior de la chica – Me sentí como un bicho raro toda mi adolescencia por eso.

-No entiendo por qué, son muy bonitos – contestó por automático.

Se habría puesto a maldecir internamente a su bocaza y a esa falta de filtro que siempre la traicionaban cuando se sometía a una situación que la alteraba, si no la hubiese distraído el inesperado rubor que empezó a adornar los pómulos del actor. Un hombre que estaba tan acostumbrado a ser el blanco de la atención del público femenino y a recibir todo tipo de halagos de parte de las mujeres más hermosas del mundo…¿se sonrojaba porque ella le hubiese hecho ese cumplido? ¡Qué mono era!

-También los tuyos lo son – le contestó, ronco. Le enseñó un diminuto mosquito que había estado alojado en su párpado, y lo desechó a un lado. Luego llevó su dedo pulgar a secarle las lágrimas reflejas que se le habían salido por el procedimiento.

-Gracias, pero el castaño no tiene nada de especial. Es muy común – sonrió agradecida por el cumplido, pero segura de que él estaba siendo condescendiente por educación.

– No estoy de acuerdo. Tienes una mirada muy expresiva…y muy inocente. Eso es más bello que cualquier color.

Y como si quisiera corroborar sus palabras, se quedó observando sus ojos quietamente, incluso habiendo terminado ya su tarea. Fueron apenas unos segundos en los que dejó su mano junto al rostro de la mujer después de habérselo limpiado, como si eso fuera un complemento de ese contacto visual silencioso que se había establecido de la nada. Kagome sintió que volvía a ponerse roja, y justo estaba empezando a preguntarse por qué le latía tan rápido el corazón cuando…

-¿Interrumpo algo? – cuestionó una voz gélida.

Actor y asistente pusieron distancia enseguida, él con cara de consecuencia y ella queriendo que la tierra se la tragara al verse delante de una Kikyo plantada de pie en el césped, de brazos cruzados y la mirada echando chispas.

-No, cariño, claro que no. A Kagome le había entrado un bicho en el ojo y la estaba ayudando – le explicó Inuyasha con calma.

Kikyo le ignoró deliberadamente para dirigirse a Kagome.

-Has tardado una eternidad, ¿qué diablos estabas haciendo?

-Había cola en el…

-No me cuentes tu vida, ahora llego tarde por tu culpa. Dame la llave – extendió la mano. Kagome la buscó dentro de su bolso, estaba agitada por esa situación tan tensa así que le costó un poco encontrarla. La modelo puso los ojos en blanco y farfulló que no tenía todo el día. Una vez hubo recibido la llave, se dispuso a ir hacia su coche, no sin antes lanzarle una mirada fría a su novio – Tú y yo ya hablaremos.

Ambos la vieron alejarse andando rápido, producto del enfado. Kagome bajó la mirada al suelo, sintiéndose culpable. No por la rabieta de niña pequeña de la mujer, pues que fuera una histérica no era su problema, sino porque le sabía muy mal haber metido a Inuyasha en un aprieto. Se obligó a mirarle, y empezó a balbucear algo que sirviera de disculpa, pero él enseguida la cortó, regalándole una pequeña sonrisa tranquilizadora.

-No te preocupes – le dijo adivinando sus pensamientos. Después se limitó a volver a la zona de la piscina para secarse con la toalla antes de entrar en la casa.

Kagome se quedó estática en su sitio los pocos segundos que le llevó recordar el montón de trabajo que tenía pendiente. Entonces soltó una exclamación y sólo corrió.

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El pequeño niño zorro, después de burlarse infantil y mordazmente de su compañero de aventuras, dio un saltito hacia el cielo y se convirtió en una bola rosa, o al menos eso se vería cuando se añadieran los efectos especiales. El mediodemonio maldijo en voz alta, le llamó bastardo insolente, e intentó atraparle para darle un par de guantazos como tan típico era en su relación con ese renacuajo. Sólo consiguió que éste le vomitara encima un montón de castañas con ojos saltones, peluditas y que lloraban escandalosamente.

-¡Corten! – se oyó la voz de un hombre, interrumpiendo la cómica escena - ¡Ha valido! Buen trabajo, chicos. Esto es todo por hoy.

Inuyasha abandonó enseguida el posado malhumorado y de constante irritación que interpretaba, saliéndose de la piel de su personaje tan rápido como se había metido, mientras todo ese montón de personas con diferentes funciones empezaban a recoger para terminar una jornada que había sido la mar de productiva. Se pasó una mano por la frente, secando un poco el sudor que empezaba a perlar su piel. Los focos eran potentes, pero esos ropajes largos medievales eran el infierno. Su color rojo era satíricamente adecuado. No pudo evitar sonreír agradecido a su asistente cuando se le acercó con una botellita de agua sin haber tenido que llamarla. Kagome tenía un don para adelantarse siempre a sus necesidades.

-Gracias, señorita Higurashi – le guiñó un ojo cuando recibió el refrigerio en su mano.

-Siempre a su servicio, señor Taisho – le devolvió una sonrisa cómoda y cómplice – Ha estado muy bien esta última escena, me he reído mucho.

-¡Keh! Hay que reconocer que el cretino de Renkotsu tiene imaginación – dijo encogiéndose de hombros, y sin poder evitar hacer una mueca como siempre que mencionaba a ese director que no acababa de caerle bien. Ni siquiera se molestó en cerciorarse de que éste no estaba cerca de ellos, pero Kagome sí en cuanto le oyó, y miró a su alrededor por instinto – No te preocupes tanto, sabe muy bien lo que pienso de él y créeme, es mutuo.

Kagome suspiró y negó con la cabeza, pero sonrió cuando oyó que la llamaban desde un par de metros por encima de su cabeza.

-¡Eh, hermanita! ¡Mírame! ¡Estoy volando! – exclamó Sota, colgado con un arnés desde el techo. Estaba tan bien disfrazado y caracterizado que era casi irreconocible. Él llevaba una peluca como Inuyasha, pero en vez de ser plateada con orejitas de perro, era pelirroja con un recogido sencillo. Le habían puesto orejas puntiagudas de pega que parecían reales, al igual que la cola de zorro que llevaba cosida a sus ropajes.

-Ya lo veo, bicho. No te muevas tanto, no te vayas a marear- rió Kagome, aunque no se molestó en intentar alcanzarle porque estaba demasiado alto - ¿Alguien puede bajar a este niño, por favor?

Un técnico que estaba distraído mirando el móvil pareció reaccionar de repente al oír la petición de la chica, porque se apresuró en ir a manipular las poleas con un posado abochornado que delató que era él el responsable de hacer eso y no se había acordado. Sota se quejó emitiendo un sonoro "¡Jooooooo!" mientras era descendido progresivamente hacia el suelo. Inuyasha le interceptó, cargándole con cuidado y precisión.

-Ya te tengo, colega – Al sostenerle, no pudo evitar darse cuenta de lo delgado que estaba. Tanto la enfermedad como la quimioterapia empezaban a hacer estragos, luchando para ver quién se llevaba el premio. Tragó saliva con disimulo, aunque consiguió retener la sonrisa en sus labios.

-¿Lo he hecho bien, Inuyasha? – preguntó el pequeño con los ojos muy abiertos, reflejando sus ansias por recibir la aprobación del que se había convertido en su ídolo.

-Fenomenal, eres ya toda una estrella – le dijo mientras le dejaba en el suelo, y después le despeinaba la peluca frotándole la cabeza.

El niño lo celebró aplaudiendo, para después empezar a quejarse de que tenía hambre. Kagome miró el reloj por automático.

-¿Qué hora es? – aprovechó para preguntarle Inuyasha.

-Las dos en punto. Madre mía, se me ha pasado el tiempo volando…

-¿Nos vamos a casa ya? – demandó Sota, tirando de la falda de su hermana – Quiero comer.

-Primero tendrás que ir a que te desmaquillen, no puedes ir por la calle con estas pintas.

-¡No quiero! ¡Este disfraz es muy guay!

Por suerte, ese reclamo no se convirtió en una pataleta porque Inuyasha enseguida dijo que él iba a hacer exactamente lo mismo, y le propuso acompañarle. Sota aceptó la invitación de ese adulto al que tanto admiraba y le fue detrás como un perrito sin decir ni mu. Media hora después, los tres viajaban en el Lexus con la asistente al volante, el actor de copiloto, y el niño en el asiento de atrás. Inuyasha y Sota iban comentando detalles del guion y hablando de la película en general, para luego empezar a reírse del personal de grabación de uno en uno. Kagome tenía una sonrisa calma en los labios apenas contenida, su jefe era algo bruto en ese sentido y no tenía compasión a la hora de poner motes y burlarse de la gente. A ella no le gustaba hablar mal de las personas, pero tenía que admitir que él lo hacía con gracia. Por supuesto, con Sota hablaría más tarde en privado para decirle que eso no estaba bien, pero ahora mismo no podía hacer más que escuchar en silencio y aguantarse la risa para no traicionar a sus principios contra el humor negro. La conversación entre ambos hombres se interrumpió cuando el más joven vio por la ventana algo que le llamó la atención y se pegó contra el cristal con entusiasmo.

-¡Eh! Hermanita, ¿vamos a comer al WacDonald?

-Oye, que mamá nos ha dejado la comida hecha, renacuajo. Hoy no.

-¡Pues nos lo comemos para cenar! ¡Pero yo quiero WacDonald! Porfi, porfi, porfi…. – insistió Sota, asomando su cabeza y sus dedos entrelazados entre los dos asientos delanteros tanto como se lo permitió el cinturón de seguridad, rogando en medio de un cargante puchero.

-Sota, no seas pesadito. Además que este no es ni nuestro coche, hay que ir a dejar a Inuyasha primero y luego coger el bus y…

-Podemos ir, si quieres. Luego le acerco a él y luego a ti – le propuso Inuyasha con calma y simpleza, encogiéndose de hombros. No tenía un plan más interesante para ese viernes, al menos no hasta que viera a Kikyo al anochecer. Además, tenía que reconocer que un poco sí le apetecía, pues se sentía muy cómodo con ambos hermanos.

-No, no te preocupes. Voy a irme con él además, porque hoy mi madre no llegará hasta que anochezca y tengo que hacerle de canguro. Ya íbamos a pedir una pizza esta noche, así que más comida basura no – explicó, enfatizando y pronunciando más alto la última frase teatralmente para que el niño la oyera bien.

-¡Prefiero la hamburguesa! ¡Y hay que hacer algo especial para tu cumple!

-¡Sota! – exclamó Kagome, girándose brevemente para reprender a su hermano, ante los ojos desconcertados del copiloto.

-¿Es tu cumpleaños? – preguntó Inuyasha con los ojos bien abiertos, habiendo sido tomado por sorpresa.

Kagome volvió a mirar hacia adelante. Los dedos se le crisparon en el volante, frunció los dedos y entrecerró los párpados, mostrando una clara incomodidad. Al darse cuenta de la curiosidad con la que él la estaba mirando, sintió que le ardían los pómulos.

-Eh…Sí, bueno, es mañana en realidad – titubeó, como excusándose.

Inuyasha sonrió malvadamente.

-¡Oh! Qué calladito te lo tenías…¿Cuántos?

-Veintitrés, ¿qué más da? Lo del cumpleaños es una estupidez, por eso nunca lo digo.

-No estoy de acuerdo, esto habría que celebrarlo siempre.

-¡Pues vamos al WacDonald! - se oyó un chillido en el asiento de atrás, y ambos adultos no pudieron evitar reír por ese descarado oportunismo.

-Invito yo – murmuró el hombre, que se había quedado observándola. Kagome también lo hizo, en su caso fue de reojo, para acto seguido poner los ojos en blanco.

-No me pongas tu cara de cachorrillo desvalido. Tú lo que quieres es una coartada para zamparte una hamburguesa grasienta y que luego yo te cubra delante de Sango.

-Me gustaba más cuando había un poco de misterio en nuestra relación – la picó con una sonrisa socarrona, y la premió por su agudeza llevando la mano a su rostro y pellizcándole la mejilla burlonamente como a una niña pequeña –Nunca decepcionas, ¿eh? Si es que escojo bien a mis asistentes, caray.

-No me hagas la pelota, zalamero.

Incluso sin recibir contestación, Kagome notó dos pares de ojos clavados en ella, presionándola. Había veinte años de diferencia entre éstos, pero sus propietarios se estaban comportando como si ambos tuviesen la edad del menor. Kagome suspiró, dándose cuenta del injusto papel de policía malo que le estaban haciendo interpretar. Si bien no había tenido problemas para denegarle a Sota su petición, ahora se encontró pronunciando un cansado "Está bien" de rendición. Y al mismo tiempo que el niño se puso a celebrarlo como un loco, ella se encontró mirando de soslayo a su derecha como si quisiera comprobar que su decisión había despertado la misma alegría en la persona a la que realmente había querido consentir.

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Sota devoró su hamburguesa y sus bolitas fritas de pollo de una forma que Kagome tuvo que pedirle que comiera más despacio, o la comida no le sentaría bien. El pequeño la llamó aguafiestas pero obedeció, aunque fue sólo los primeros cinco minutos y luego siguió engullendo como un dragón.

-Kagome, ¿puedo ir a jugar ahí? – preguntó en cuanto hubo acabado, señalando una pequeña estación para niños con tobogán y piscina de bolas. Sus pies daban pataditas al banco donde estaba sentado, canalizando el nerviosismo propio de su personalidad y de su juventud.

La chica sonrió con dulzura, le limpió una mancha de kétchup de la comisura del labio con una servilleta de papel y luego le dijo que sí podía, pero que no se moviera demasiado con la tripa tan llena. En cuanto Sota se alejó corriendo, olvidándose de lo que acababa de prometer, Kagome rodó los ojos y negó con la cabeza.

-Este niño es terrible. No sé cómo puede moverse con todo lo que se ha comido.

-Tiene mucha energía. Yo era como él, si te soy sincero – contestó Inuyasha divertido, mordiendo una de sus patatas. Él también se había acabado su hamburguesa.

-Te creo, teniendo en cuenta que comes de la misma forma – le chinchó, señalando su bandeja con un gesto de barbilla – Eso ha sido muy rápido.

-¡Keh! Tenía muchas ganas de hincarle el diente a una de estas mierdas. Estoy harto de tanto hierbajo y gilipollez ecológica – farfulló haciendo una mueca arrogante.

Kagome se echó a reír ante ese gracioso arrebato de sinceridad que le había quedado tan espontáneo.

-Sarna con gusto no pica – ante la mirada interrogante de su jefe, se dio cuenta de que tenía que aclarar eso – Es una expresión que usa mi madre para decir que cuando hacemos algo por elección, no tiene sentido que nos quejemos.

-Sí, bueno, como sea…Lo de ser tan estricto con la dieta y el ejercicio es más por el trabajo que por gusto. Y por cierto…hace rato que no tocas tu bandeja. ¿No piensas comer más? – le preguntó con el ceño fruncido - No has tocado las patatas.

-Venían con el menú y no me han preguntado siquiera si las quería. No tengo más hambre.

-Comes muy poco entonces.

-Oye, que sólo la hamburguesa en este sitio ya es mucho. Tenía mil cien treinta calorías.

Inuyasha alzó una ceja ante la seguridad con la que ella había hecho esa afirmación.

-¿Cómo lo sabes? – le preguntó con curiosidad, un poco descolocado.

-Me picó por mirarlo una vez en la web, por aburrimiento – explicó distraídamente. Se acomodó en el banco acolchado y echó un vistazo a lo lejos, vigilando que su hermano se estuviera comportando correctamente – Gracias por esto. No era necesario, siento que Sota te haya puesto en este compromiso.

-No ha sido ningún compromiso, me apetecía el plan. Si acaso, lo siento yo porque tengas que verme la cara más allá de tu hora de fin de jornada.

-Bueno, me caes más o menos bien, así que puedo soportarlo.

Una sonrisa de costado se asomó a los labios del hombre, acompañada de una desafiante que ella le devolvió. Así eran ellos dos, y así era su relación. Así se comportaban dos personas que habían conectado bien desde el primer momento. Antes de que Inuyasha pudiera replicarle con otra pulla, el móvil de la joven vibró sobre la mesa y ella lo cogió para leer el mensaje que había recibido. A los pocos segundos, soltó una risita y empezó a teclear, sonriendo con cierta travesura.

-¿Empezando a recibir felicitaciones de una personita especial?

Kagome alzó la vista de la pantalla para encontrarse con los ojos curiosos de Inuyasha, que escudriñaban su expresión y su actitud. Tal vez, con un inesperado interés. ¿Acababa de preguntarle si tenía novio? Nah, eso no, para nada. Pero… ¿querría saber si había algún chico detrás de ese chat?

"El que sí que tiene novia es él, así que no seas paranoica". Inuyasha sólo estaba siendo amable, intentando darle conversación, y ella era una maleducada por haber cogido el móvil y estar pasando de él cuando estaban solos en esa mesa. Frunció los labios avergonzada y lo guardó enseguida.

-Ayame, mi amiga de la universidad, tuvo una noche de fiesta ayer, y se acaba de despertar con un maromo desconocido en la cama. No sabe si despertarle y echarle, o esperar a que él solito lo haga – se le escapó la risa sólo de recordar la forma agobiada y cómica en la que su amiga come-hombres le había planteado su dilema. Él sonrió, contagiado de su diversión – Pobre, no he sabido qué decirle. Nunca me he encontrado en esa situación y…

-¿En serio?¿Nunca? – la interrumpió, mirándola pasmado.

Kagome parpadeó ante su cara de perplejidad.

-¿Qué te sorprende tanto?

-Bueno, pues que estás en la universidad, con el estilo de vida que eso conlleva. Y además eres…una mujer atractiva – reconoció después de carraspear, sintiéndose repentinamente tímido - Me extraña que no hayas tenido tus locuras, debes tener haciendo cola a medio campus… - se dio cuenta de que estaba desvariando y notó que se estaba ruborizando a causa de eso, así que desvió la mirada hacia el suelo – Da igual, no es de mi incumbencia.

-Dios, ¿pero qué…?

-Ya, lo sé, lo siento, me he…

-¡¿Qué le pasa a Sota?! – le cortó con voz helada, levantándose rápidamente de la mesa.

Inuyasha interrumpió el bucle de estupideces bochornosas en el que se había metido para mirar enseguida en la misma dirección que la chica, y al instante él también se levantó después de mascullar una palabrota, corriendo detrás de ella. Kagome llegó primero junto al niño que yacía en el suelo bocarriba lastimosamente, a los pies del tobogán y cada vez rodeado de más gente.

-¡Sota! ¡¿Qué te pasa?! – le preguntó angustiada en cuanto se arrodilló junto a él, zarandeándole primero de los hombros y después palmeando ligeramente sus mejillas - ¡Sota! ¡Dime algo!

Medio minuto después de estar Kagome intentando hacer reaccionar al pequeño, sin éxito, y de que Inuyasha estuviera ahí de pie mirándolos con los puños cerrados, sintiéndose el hombre más inútil sobre la faz de la tierra, una mujer que tendría una cuarentena de años, con pelo corto, gafas y rostro afable llegó junto a los dos hermanos.

-Soy médico, permítame examinarle – le pidió a la mayor con calma profesional.

Kagome no la oyó la primera vez porque en esos momentos sólo se oía a ella misma y a sus súplicas. La mujer le puso una mano en el hombro y le repitió la misma frase, y sólo entonces la otra reaccionó. Inuyasha se acuclilló junto a su asistente y apoyó la mano en su antebrazo, exactamente del mismo modo en que había querido reconfortarla cuando acababan de conocerse en ese avión y estaban iniciando el despegue. Su contacto pilló desprevenida a la chica, que le lanzó una mirada rápida pero su atención volvió enseguida a Sota.

La doctora le hizo algunas preguntas sobre lo que había hecho el niño ese día mientras le examinaba las pupilas y el pulso, y en cuanto le fue mencionado que era un paciente oncológico, enseguida asintió comprendiendo.

-Si está recibiendo quimioterapia, y viene de una jornada de trabajo…es normal que haya tenido este desvanecimiento. Y más aun si ahora estaba jugando con tanta energía, eso ha sido la gota que ha colmado el vaso. Está agotado – le puso una mano en la frente y tras unos segundos de concentración, añadió – No tiene fiebre, que es lo que habría que vigilar en su caso.

-¿Qué hago? ¿Le llevo a urgencias? – le preguntó Kagome, sin poder ocultar su ansiedad.

La médico negó con la cabeza.

- Ahí no podrán hacer nada en especial por él que no se pueda hacer en casa. Este niño necesita descansar. Mételo en la cama y que duerma tanto como necesite – se inclinó hacia ella para tener un poco de confidencialidad – Y que coma sano, además. Este no es el mejor lugar para traerlo a largo plazo, querida.

Kagome frunció los labios y bajó la mirada, herida por ese comentario incluso sabiendo que la doctora no se lo había dicho con malicia y que sólo pretendía ayudar. Le dio las gracias con un hilo de voz en cuanto la vio levantarse y se quedó sumida en sus remordimientos hasta que una mano amiga sobre su rodilla la hizo reaccionar.

-Hagámosle caso – oyó decir a Inuyasha, y sólo asintió.

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Kagome se detuvo en medio del pasillo, delante de una puerta que tenía el dibujo de un avión y una gran "S" de color naranja, abriéndola de par en par para permitir que su acompañante pasara dentro. Encendió la luz una vez Inuyasha estuvo dentro del cuarto y le siguió hacia la cama, donde él depositó con cuidado a la personita que llevaba cargada en brazos. Una vez acomodado, se apartó para que ella le arropara, retirándose hacia la puerta para darles un poco de intimidad familiar.

Se distrajo caminando poco a poco por el pasillo. Sus pasos hicieron crujir el parqué viejo bajo las suelas de sus zapatos. Observó con atención parcial el juego de cuatro cuadros de paisajes marinos en blanco y negro que decoraban la pared. Más allá, había un mueble alargado con varios marcos encima. Inuyasha se acercó y observó a las personas que contenían esas fotos. En la más grande había lo que parecía ser un matrimonio con su hija. Todavía no conocía a la matriarca de la familia, pero sí reconoció a la preadolescente que estaba abrazada a su cintura. Su asistente con una docena de años menos le sonreía con inocencia. Sota no estaba, probablemente porque todavía no habría nacido. Junto a la mujer, había un hombre alto de sonrisa amable. Ese debía ser el padre de Kagome, del que ella jamás le había hablado. ¿Qué historia habría detrás de ese misterio? Se distrajo de esa curiosidad cuando vio otro marco más pequeño junto al que estaba observando.

Se descubrió cogiéndolo para ver mejor su contenido, y una sonrisa de pura ternura se asomó a sus labios. Ni siquiera se dio cuenta de que la había esbozado cuando vio a esa chiquilla todavía más pequeña en otra foto que parecía más de carné. Ahí Kagome debería tener unos cinco años, y lo más gracioso era que su mirada era casi la misma. Limpia, pura. Tenía el pelo muy corto, casi como un chico, y parecía enfurruñada.

-Te ruego que no mires esa foto.

El actor miró hacia su derecha, donde Kagome estaba ajustando con cuidado la puerta de la habitación de Sota. Luego se acercó despacio, y reflejando una timidez un poco incómoda.

-¿Por qué no? – cuestionó él con calma, con cara de no haber roto nunca un plato.

-Porque estoy horrible. El día que mi madre me hizo cortar el pelo así, lloré hasta la mañana siguiente.

Le tendió la mano y le fue entregado el objeto, que volvió a colocar en su lugar.

-Tienes muchas manías. Estás muy mona ahí.

Kagome sonrió un poco, siendo consciente de que de nuevo su jefe volvía a vacilarla e intentó agradecerle el intento de animarla de esa forma. Pero Inuyasha ya la conocía demasiado bien a esas alturas, y volvió a la seriedad cuando la vio mirar el suelo, con la mirada medio ausente.

-¿Estás bien?

Ella asintió sutilmente.

-Sí. Es sólo que…me he agobiado mucho en muy pocas horas. Me siento cansada y un poco triste- "Y culpable". Se calló ese último calificativo, pues sabía que inmediatamente él intentaría convencerla de que no era así, y no le apetecía tener ese tipo de conversación compasiva – Estaré bien, boss. Gracias por todo. Siento mucho todo esto…

-No digas tonterías, Kagome – se apresuró en decir, sin poder ocultar su impotencia por verla en ese estado tan vulnerable. No era justo que esa chica que por naturaleza era tan jovial, ahora se viera tan frágil, tan decaída, por una causa completamente ajena a ella. Le puso una mano en el mentón, obligándola a alzar los ojos para mirarle – Estoy contigo para lo que necesites. Para lo que necesitéis – se corrigió automáticamente, sintiéndose torpe por un momento – Hablaré con Renkotsu para que le dé unos días libres, por lo menos hasta que acabe este ciclo de quimio.

Ella le sonrió.

-Gracias.

Kagome le acompañó a la puerta, donde se despidieron hasta el lunes. En cuanto le vio desaparecer por la puerta del ascensor, la chica suspiró y ocultó el rostro entre sus manos, como si quisiera ocultarle al universo las lágrimas que liberaron toda la tensión y el miedo vivido. No se había atrevido a derrumbarse delante de Inuyasha. Si bien esa tarde se había descubierto a sí misma necesitando que la abrazara, no quería que fuera por lástima.

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El día siguiente llegó. Y junto a éste, su dichoso cumpleaños.

Remoloneó un poco en la cama, como le encantaba hacer todos los sábados, y gruñó al oír la vibración del móvil encima de la mesilla de noche. Sabiendo lo que se encontraría y sin que le apeteciera verlo, pero demasiado adicta a las tecnologías como le pasaba a la mayor parte de su generación, cogió el aparato masoquistamente para encontrarse un mensaje de felicitación de Kaguya, una de sus primas. Hizo una mueca de pereza cuando vio que ese no era el primero que había recibido, pues ya tenía unos cuantos más de otros familiares y amigos cercanos. Decidió que ya les contestaría después.

Se levantó y se dio una ducha. Se puso mascarilla tanto en el pelo como en la cara, y luego se entretuvo con las pinzas a depilarse las cejas con esmero. Era su ritual de belleza de cada fin de semana, dedicado única y exclusivamente a mimarse. Una vez terminado, y con el estómago gruñendo de hambre, fue a la cocina y se preparó un café, para luego hurgar en la nevera pensando en qué podía desayunar. Y entonces llamaron a la puerta.

Fue a abrir con cierta curiosidad, pues no esperaba a nadie. Resultó ser un chico joven con acné en la cara, que le ofrecía una caja colorida a su nombre.

-Yo no estoy esperando ningún paquete – le aclaró al repartidor, con la frente arrugada por la extrañeza.

-No solemos repartir cosas previstas, señorita – contestó él, guiñándole un ojo - ¿Es usted Kagome Higurashi?

-Sí.

-Entonces le aseguro que sí es para usted. No se preocupe, no tiene que pagar nada.

Kagome sólo asintió, desconcertada, y recibió lo que le entregaban. Cuando volvió a quedarse sola, fue a la cocina y con unas tijeras cortó el lazo rojo que decoraba la caja para luego abrirla con curiosidad. Abrió los ojos sorprendida cuando se encontró una bandeja plateada de cartón que contenía unas tortitas con lo que parecía ser dulce de leche y rodajas de plátano, protegidas con un plástico con estrellitas estampadas, sujeto con otro lacito. Al lado, había una tarjeta que se apresuró en leer.

"Espero que esto te dé fuerzas para volver renovada a comerte el mundo, como solo la crack de mi asistente sabe hacer.

Feliz cumpleaños.

Inuyasha"

Kagome entreabrió los labios, pasmada, y no sólo por ese detalle totalmente inesperado. Dulce de leche y plátano...¿Cómo diablos lo había sabido? Hizo memoria, y estuvo segura de que nunca le había mencionado a ese hombre cuál era su topping favorito. A él no…pero a Sango sí. Recordó ese día en la cocina, cuando le había confesado que esa era una de sus debilidades y la entrenadora se escandalizó y la sermoneó por toda la gran cantidad de azúcar que contenía esa receta. ¿Habría sido ella la cómplice? Sólo había una manera de averiguarlo.

Sintiéndose ridícula por la amplia sonrisa imborrable que había aparecido en su cara, Kagome fue a por su móvil y marcó un número que ya conocía de memoria por lo mucho que lo usaba en su día a día. Tenía que darle las gracias a Inuyasha. Sin duda, era muy atento con sus empleados. Porque había sido por eso, claramente. Y aun así, tenía que admitir que estaba un poco más contenta de la cuenta.

-¿Diga?

La sonrisa de Kagome se borró paulatinamente cuando una voz femenina conocida respondió al teléfono de Inuyasha. Titubeó, dudando. Había tenido claro lo que iba a decir nada más él descolgara el teléfono, pero se quedó en blanco cuando la jugada le salió mal.

-Ah…Hola, Kikyo. Soy Kagome.

-Hola. ¿Qué quieres? – preguntó con frialdad.

-En realidad nada importante, sólo que… - "Quería agradecerle a tu novio que me haya mandado un regalito a mi casa". Conociendo a la modelo, no podía decirle eso sin meter a Inuyasha en un fregado. Pondría la mano en el fuego a que Kikyo no sabía nada de ese detalle que había tenido Inuyasha con ella. Incluso aunque hubiese sido un gesto amable sin intención alguna detrás, se pondría hecha un basilisco al tomar sus propias y paranoicas conclusiones, y el actor lo sabía mejor que nadie.

Dudó. No podía hacer eso. No podía azuzarle a Inuyasha una novia convertida en un huracán de celos, a cambio de su regalo.

-Era una cosa del trabajo que tenía que comentarle a Inuyasha, pero no te preocupes, ya se lo diré el lunes.

-¿Y entonces para qué puñeta llamas? – le espetó irritada.

-Tienes toda la razón. Nos vemos, Kikyo – contestó con voz plana, y colgando rápidamente sin el más mínimo interés.

Una vez terminada esa escueta conversación con la actual pareja de su jefe, se quedó quieta y en silencio durante unos cuantos minutos, con el teléfono apoyado en la barbilla. De repente estaba de mal humor, y la agradable ilusión en el pecho que había sentido al abrir la caja, se había esfumado para dar paso a una amarga decepción.

"Eres tonta, Kagome".

¡Buenas!^^

Este me ha quedado todavía más largo que el anterior, uff…Pero no quería omitir nada. Lo he repasado mil veces y sigo sin estar 100% convencida porque no logro verlo perfecto, pero no podía esperar más jejeje quería enseñároslo.

Llevamos tres capítulos que son como de introducción, de contexto, y espero que no se hayan hecho pesados, aunque por lo que he ido leyendo en vuestros maravillosos reviews (MIL GRACIAS, DE TODO CORAZÓN) creo que se está haciendo llevadero. A partir del siguiente van a empezar los HECHOS, la trama en sí.

JAJAJAJAJAJA más de una me ha comentado si pertenezco al gremio de la aviación. Para nada, de hecho soy sanitaria, así que nada más lejos de la realidad. Pero me alegro mucho de haberos creado esa duda, porque así he visto que conseguí describir bien la escena y transmitiros todo como si yo misma estuviese viviendo la experiencia. Fenomenal. No trabajo con aviones, de hecho siempre tengo un poco de miedo del despegue cuando vuelo, y tengo el ritual de hacer lo mismo que Inuyasha: ir repasando y comprendiendo todo lo que ocurre me calma, incluyendo escuchar el ruido de los motores, etc. En eso sí que plasmé mi experiencia personal.

Otra cosa que quería comentar es el personaje de Kikyo. Yo no creo que la original de la serie sea así de imbécil, pero necesitaba a otra mujer en la vida amorosa de Inuyasha con esa personalidad para que me cuadrara bien la trama, y por paralelismo de la serie, no podía usar otro nombre que no fuera el de Kikyo. Le ha tocado hacer de mala, y por ello pido disculpas a sus fans. A mí nunca me ha gustado Kikyo, pero no por ello le he dado ese papel de bruja. Ya veréis que no será el único personaje al que le he modificado la personalidad por adaptarlo a las necesidades de la historia.

De nuevo, INFINITAS GRACIAS por vuestro tiempo y por darme la oportunidad de enseñaros mi creación. Nos leemos :)

Dubbhe