CAPÍTULO IV - CONFLICTOS
A Kagome no le gustaban los jueves. Eran los primos quiero-y-no-puedo de los tan deseados viernes, y en general, se le hacían largos y pesados. Incluso teniendo en cuenta que le gustaba su trabajo, pero estaba claro que como en casa, sin deberes que atender, no se estaba en ningún sitio. Y había algo que todavía lo hacía peor esa vez.
Ese algo era que fuera el aniversario de Inuyasha y Kikyo.
Apretó los dedos sobre el volante del Porsche, crispándolos hastiada cuando oyó a su jefe empezar a tararear una canción a su lado. Se le veía eufórico, flotando en el mundo de la piruleta. Parecía tonto. Como lo parecería cualquier hombre joven que sabía que le esperaba una noche de sexo desenfrenado en un hotel de cinco estrellas con jacuzzi en la habitación. ¿Qué cómo lo sabía? Pues porque ella misma había tenido que gestionar la reserva, con todo incluido. Champán, pétalos…y un largo etcétera de empalagosos detalles. Tener que encargarse de eso la había irritado desde el primer momento en que le fue encomendada la tarea, y su mal humor no había hecho más que aumentar desde que se subieron al coche para llevar a Inuyasha al hotel. Lo habían hecho coincidir con su hora de terminar la jornada, pues junto con Kikyo, empezarían la estancia con una buena comida en un comedor privado.
Cuando hubieron llegado a su destino, Inuyasha se bajó del coche y cogió del maletero la bolsa que traía con sus cosas. Luego se acercó a la ventanilla del conductor, dio un par de toques con los nudillos y Kagome hizo descender el cristal para escuchar lo que tuviera que decirle.
-Nos vemos mañana, ven a eso de las diez – dijo distraídamente, pero tras quedarse pensativo unos pocos segundos y esbozar una sonrisa socarrona, corrigió – Mejor las doce.
Kagome tuvo que reprimir los deseos de poner los ojos en blanco delante de esa cara de imbécil. Se limitó a asentir sin demasiado entusiasmo y a quedarse mirando cómo su jefe se alejaba. Soltó un resoplido de hastío, al pensar que esa noche un par de personas se la pasarían entre fuegos artificiales, y ella en su pijama de franela dándose un atracón de helado. Unos tanto y otras tan poco…Se sintió un poco patética, pero también se cansó de seguir dándole vueltas al tema y se limitó a volver a poner en marcha el motor.
A pesar de ya haber reanudado la conducción, no había decidido qué haría con el coche. No se atrevía a llevarse el Porsche a su barrio porque probablemente amanecería sin la mitad de la carrocería, pero también le daba pereza devolverlo a casa de Inuyasha sabiendo que al día siguiente tendría que volver ahí otra vez para recogerlo. Claro que tendría toda la mañana para hacerlo, pues al parecer hasta el mediodía no tendría que usarlo.
Arrugó el entrecejo. Si volvía a pensar en ese par de idiotas vomitaría, así que se obligó a correr un velo sobre esos pensamientos. ¿Qué era toda esa furia? Desde que le habían puesto el implante anticonceptivo para mantener a ralla sus períodos tan dolorosos, de vez en cuando tenía arranques hormonales de ira o de tristeza sin venir a cuento de nada. No debería estar tan sorprendida.
Se paró en un semáforo y aprovechó para echarle una ojeada al móvil por simple vicio. Nada, ni mensajes ni llamadas perdidas. Aquello sólo confirmó lo triste que era su vida social. Hizo una mueca, molesta por la pérdida de tiempo y volvió a mirar al frente, haciendo repiquetear los dedos sobre el volante, armándose de paciencia porque conocía ese semáforo y sabía que era eterno. Pero las falanges se quedaron quietas súbitamente, cuando sus ojos castaños enfocaron a una de las dos personas que hacía un minuto estaba maldiciendo.
Kagome parpadeó como si quisiera agudizar la vista con ese gesto, para escrutar mejor al maromo de aspecto cuarentón que tenía una mano en la cintura de Kikyo. Acababan de bajarse de un coche rojo, y estaban hablando de una forma cercana y confiada. La modelo con coquetería, algo más que normal en ella con los hombres, pero no hizo nada cuando esa mano masculina bajó más abajo sino al contrario, soltó una risita y entonces, ante la mirada pasmada de su observadora de incógnito, le dio un íntimo y considerablemente largo beso en los labios.
Kagome estaba tan pasmada con ese espectáculo que no se dio cuenta de que el semáforo ya se había puesto en verde. Pareció que se despedían, y Kikyo empezó a caminar sola en la dirección donde quedaba el hotel en el que Inuyasha la esperaba. La otra chica dio un bote del susto cuando oyó como los conductores de detrás la pitaban para que se moviera. Como una autómata, pisó suavemente el acelerador y el Porsche avanzó, dejando atrás a la causante de ese dilema que durante las siguientes horas le pesaría en la conciencia como una losa.
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-¿Estás segura, Kagome?
Sango le hizo esa pregunta con la misma cara de alucinación que ella misma había puesto al ser testigo de esa escena tan comprometedora en primera fila. Kagome asintió, removiendo con poco entusiasmo el batido de fresa que tenía delante con la pajita de plástico.
-Completamente.
La entrenadora frunció los labios poniendo cara de consecuencia, como si quisiera decir algo pero antes necesitara reflexionar sobre ello. Le dio un trago a su taza de café y enseguida pareció haber recuperado la serenidad.
-Bueno, tampoco me sorprende en realidad. Es un mal bicho, siempre lo ha sido – declaró con calma - ¿Sabes que el otro día intentó contratarme para que la entrenara? Casi grito de sólo pensar en tener que trabajar para ella…
Kagome le dedicó una pequeña sonrisa empática para no parecer en una maleducada cuando mostrara poco interés por lo que acababa de contarle. Despotricar de esa odiosa mujer era uno de sus hobbies favoritos, sobretodo contando con la complicidad de su nueva amiga, pero en esos momentos sólo podía pensar en una persona.
-Pobre Inuyasha…Es tan injusto – espetó, haciendo chasquear la lengua con disgusto – No se lo merece.
-No, no se lo merece – coincidió su acompañante.
-¿Qué hago, Sango? – le preguntó consternada. Estaba mirando fijamente su batido pero sin ganas reales de tomárselo. Sentía que no le entraba nada. Sólo podía pensar y pensar.
-¿Qué quieres decir? – contestó la otra con el ceño fruncido, y luego alzando las cejas cuando adivinó lo que le estaba pasando por la cabeza – Espero que no se te esté ocurriendo la idea suicida de decírselo a Inuyasha.
-¿Tú no lo harías?
-¡Por Kami! No. ¿Estás loca? Con lo ciego que está con esa arpía…Kikyo es su diosa, es intocable. ¿Es que no te has dado cuenta de cómo se pone cuando alguien hace siquiera la insinuación de hablar mal de ella? Decirle algo como eso, es jugártela a que te despida. Y más con los precedentes que hay.
-¿Precedentes?
Sango puso los ojos en blanco, pues esa conversación que para ella era tan obvia la estaba frustrando un poco, aunque en realidad su irritabilidad sólo era debida a que le preocupaba la suerte de su amiga. Tenía que quitarle de la cabeza esa idea de bombero que se le había metido dentro, o pronto habría algo que lamentar. Se inclinó un poco hacia adelante como si fuese a hacerle una confidencia.
-Ya sabrás que Inuyasha ha hecho varios cambios de asistente últimamente.
-¿Te da miedo que bata el récord de velocidad en ser despedida?
-Uy, ya no estás a tiempo de eso. Ahora mismo quintuplicas el tiempo que duró la más corta – la vio arrugar la frente y su mirada perderse, como si estuviese haciendo cálculos pero en esos momentos no tenía paciencia para eso así que chasqueó los dedos delante de su cara para volver a llamarle la atención – Oye, escúchame bien. Hace un tiempo Miroku y yo nos dimos cuenta de que esa mala racha de asistentes frustradas empezó más o menos hace dos años, el mismo tiempo que hace que esos dos están saliendo.
-Espera…¿Crees que Kikyo está detrás de esos despidos?
-Ya te habrás dado cuenta de lo celosa que es. Pondría la mano en el fuego que a la que empieza a ver proximidad entre su novio y su asistente, se pone paranoica y empieza a comerle la cabeza hasta que encuentra alguna excusa u otra para convencerle de que lo conveniente es despedirla. Pero es que además, Inuyasha y tú…habéis conectado especialmente bien, y se os nota mucho.
Kagome suspiró, pues no podía negar eso. Su jefe y ella tenían una complicidad muy especial y eso se notaba en sus conversaciones fluidas y las pullas amistosas que se lanzaban en varias ocasiones. Cuando entraba en bucle dialéctico con Inuyasha, cualquiera los frenaba. Había días en que la modelo salía enfurecida de la habitación a causa de eso, pero había llegado un punto en que incluso al mismo Inuyasha se le escapaba la risa cuando salía tras ella para calmarla. Sango había presenciado algunas de esas escenitas, y por lo que ahora le estaba diciendo, estaba claro que se había quedado preocupada al respecto.
-Nunca había visto a Inuyasha tan cómodo con ninguna de sus asistentes, y estoy segura de que Kikyo también se ha dado cuenta y de que ya habrá intentado meter cizaña contra ti. Él está muy contento contigo y con lo bien que trabajas, superas con creces a cualquiera de tus antecesoras, y posiblemente por eso se está resistiendo a hacerle caso. Pero no le des ni un solo motivo más para despedirte, Kagome. No juegues con fuego.
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A pesar de que Sango prácticamente la había convencido de ser una tumba y no meterse en los asuntos personales de Inuyasha, Kagome arrastró el conflicto durante el resto de la tarde. Cuando llegó la noche, ni siquiera le apeteció abrir esa tarrina de helado que se había prometido por despecho en el mediodía. Se puso una película de terror, buscando algo que fuera lo suficientemente absorbente como para dejar de comerse la cabeza. Después se sintió estúpida, pues no había hecho más que añadir otro motivo por el cual no poder dormir esa noche. Se pasó horas dando vueltas en la cama, asustándose del mínimo ruido que oía en el piso, viendo un asesino en serie en cada sombra, y cuando su reciente trauma le daba un poco de tregua, pensando obsesivamente en Inuyasha y Kikyo.
Al día siguiente, aprovechó que no tenía que atender presencialmente a su jefe para trabajar en ciertos asuntos que tenía pendientes. Hizo llamadas, envió mails y se encargó de un par de recados. También atendió varias peticiones un poco complejas que le llegaron por el teléfono y que le llevó su tiempo gestionar. Estuvo lo suficientemente ocupada como para que la mañana le pasara rápido, y a la que quiso darse cuenta, ya se habían hecho las doce. Se puso al volante del Porsche con el corazón en un puño, incluso habiendo decidido ya que no tomaría cartas en el asunto.
Cuando vio venir a Inuyasha, con una sonrisa radiante en los labios, sintió dos cosas encogerse: su corazón y su estómago. Y de nuevo, esa ira repentina que ya la había poseído la tarde anterior. Respiró hondo, intentando reducirla en vez de molestarse en intentar entenderla, antes de que la puerta del copiloto se abriera e Inuyasha se instalara en el asiento, irradiando felicidad por todos los poros.
-Buenos días – la saludó, otra vez con esa cara de bobo tan irritante.
-Hola – sabía que lo correcto sería preguntarle qué tal había ido, pero no tenía claro si podría oír la respuesta sin ponerse a chillar, de modo que se apresuró en buscar otro tema de conversación. Desgraciadamente, su espontaneidad se iba a la mierda cuando se sentía presionada y se quedó en blanco.
Inuyasha pareció no darse cuenta de su respuesta tan poco entusiasta.
-Vamos a Ginza.
-¿A Ginza?
-Tengo que comprar algo, y necesito opinión femenina. Sólo me quedan dos horas contigo hoy, así que andando.
-¿Qué tienes que comprar? – le preguntó distraídamente, encendiendo el motor del coche. De acuerdo, eso estaba más o menos bien. Si no le miraba, si no le veía la cara de ilusión, quizá podría soportar su culpabilidad acerca de lo que sabía.
-Un anillo de compromiso. Esta noche voy a pedirle a Kikyo que se case conmigo – le anunció, mirándola con los ojos brillantes y esa enorme sonrisa de oreja a oreja, que desapareció un poco cuando oyó cómo a su asistente se le calaba el motor – Oye, ten más cuidado…
Pero ella apenas le oyó.
"Tiene que ser una puta broma…".
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-Buenos días, Totosai.
El anciano levantó la vista de su escritorio de joyero, despistando su atención de ese montón de finísimas cadenas de oro que estaba trabajando con tanto esmero con ayuda de sus pinzas. Fijó sus ojos en el joven que tenía delante, entrecerrándolos un poco por la distancia, pero enseguida su rostro se iluminó y se levantó como un resorte, dirigiéndose hacia ellos con una gran alegría.
-No me lo puedo creer, ¡pero qué mayor te has hecho!
Inuyasha dio dos pasos hacia adelante, devolviéndole la sonrisa, y ambos hombres se fundieron en un abrazo. Kagome contempló la escena en silencio. En circunstancias normales habría sonreído, conmovida por presenciar un reencuentro tan sentido, pero como se sentía medio ensimismada, se limitó a esperar con paciencia a ser presentada.
-Bueno, los años no pasan en balde – comentó el actor.
-Y que lo digas, hace nada eras un chiquillo que correteaba entre las estanterías y tenía que regañarte por miedo a que me tumbaras algo valioso…y ahora te veo por la televisión, convertido en toda una estrella. ¿Qué te trae por mi humilde tienda?
-De humilde nada, Totosai, no me fastidies. La tuya es la mejor joyería de Ginza, y la más prestigiosa. No se me ocurre otro sitio mejor para…comprar un anillo de compromiso – completó con cierta timidez, después de hacer una pauta tortuosa y misteriosa.
Totosai se puso las manos en la cabeza, mostrando la enorme ilusión que le había hecho lo que acababa de oír.
-¡Ay, madre! ¡Definitivamente, eres todo un hombre ya! ¡No me puedo creer que ya hayas entregado tu corazón! – los grandes ojos del joyero se clavaron en la muchacha que acompañaba a Inuyasha, y con unos pocos pasos rápidos, había llegado junto a ella y le había tomado una mano entre las suyas – No sabes lo mucho que me alegro de conocerte, niña. Yo mismo fui quien creó el anillo que el padre de Inuyasha le regaló a su esposa Izayoi, y hoy encontraremos algo ideal para ti también, que sea tan bonito como tú.
Kagome se puso roja como la grana, titubeó avergonzada y le echó un vistazo de reojo a Inuyasha como pidiéndole ayuda para salir del apuro, pero se encontró con otro rostro ruborizado e igual de descolocado que ella. Afortunadamente, él sí que tenía la improvisación bien entrenada.
-Totosai, te estás confundiendo…Ella es mi asistente, Kagome. La he traído para que me ayude a elegir – le explicó algo alterado, mirando hacia otro lado como si no supiera dónde meterse.
-¡Oh! – el joyero soltó un par de carcajadas y le dio a Kagome unas palmaditas suaves y gentiles en el dorso de la mano – Disculpad la ignorancia de este pobre anciano. Encantado de conocerte, Kagome. Pasa, por favor, siéntete bienvenida.
-Gracias, Totosai – contestó ella, más tranquila y empezando a recuperar la voz. Mientras seguía al propietario a través de la tienda, no pudo evitar evaluar de nuevo la expresión de su jefe. Inuyasha estaba observándola también, justo en ese momento, y sus miradas se apartaron, turbadas, nada más encontrarse.
Ajeno a todo eso, Totosai empezó a sacar alegremente varias bandejas de anillos, y les invitó a ocupar el par de sillas que había junto a su escritorio. Él también ocupó la suya, y se inclinó sobre las joyas.
-Esto es lo último que tengo. Oro macizo a la izquierda, oro blanco en el medio, y plata a la derecha.
-La plata ya puedes descartarla. No he venido a escatimar con algo tan importante – le indicó Inuyasha con decisión.
-Plata fuera, pues – el hombre alejó una de las bandejas, y luego movió las dos restantes para que volvieran a quedar bien repartidas sobre la mesa – Antes de todo, dime. ¿Cómo es ella? ¿Si tuvieses que definirla con tres palabras, ¿cuáles serían?
-Sofisticada. Elegante. Y reservada – pronunció Inuyasha, después de meditarlo unos instantes.
"O sea ser… Pretensiosa. Pija. Y estúpida". Kagome no pudo evitar poner los ojos en blanco. Definitivamente, el amor era ciego. Era increíble como se podían definir unas mismas características con palabras tan distintas. Su mal humor no hacía más que crecer por momentos.
-Entonces lo tengo claro. Oro blanco y diamante. Siento decirte que es lo más caro, pero sin tenerla delante, es por lo que apostaría.
-No me importa el dinero, Totosai. Me fío de ti.
-Muy bien – retiró también la bandeja de joyas doradas, y dejó sólo la que contenía los anillos de oro blanco - ¿Cuál te llama? No te lo pienses demasiado, escucha a tu instinto.
-No sé qué decirte – dijo el otro hombre, observando todas las sortijas con aire indeciso – Soy muy malo para esas cosas, la verdad. ¿Kagome?
-¿Eh? – respondió la muchacha, saliendo de su trance. Se había quedado embobada mirando esas pequeñeces que tenían pinta de ser más caras que media anualidad de su alquiler. Eran todas preciosas, y era normal que Inuyasha no supiera por dónde empezar. ¿Cómo diablos iba a saberlo ella, si el maldito anillo no tenía nada que ver con su persona?
Tenía que aceptarlo, no estaba concentrada ni dispuesta ese día. Y tenía que reconocer que el anterior tampoco lo había estado. Pero ahora, en ese momento, su malestar había ido a peor. Descubrió que se estaba sintiendo muy incómoda en esa situación. Había algo desagradable en todo aquello, que le creaba muchas ganas de salir de ahí.
Observador de su silencio, e ignorante de sus pensamientos, Totosai le guiñó un ojo.
-La señorita ha estado mirando este, desde el primer momento. ¿Me equivoco?
"Viejo chocho chivato", se lamentó cuando le vio coger el anillo de la esquina. No era ni mucho menos el más ostentoso, más bien al contrario. Era discreto y contenía una piedra azul brillante. Era el más bonito a ojos de Kagome, su favorito sin duda, le gustaba tanto que cuando se lo imaginó en manos de esa arpía, le entraron ganas de arrebatársela al joyero de las manos y tragársela con tal de que eso no sucediera.
-Es un zafiro – apuntó Totosai - Sinceramente, no lo veo demasiado indicado para el tipo de mujer que me has definido, Inuyasha. Pero no me extraña que Kagome se haya sentido atraída por él. ¿Me permites, querida?
Kagome se quedó mirando la mano que le tendían, a la espera de que cediera la suya. No sabía a qué estaba jugando ese hombre, pero sí sabía que iba a quedar mal si no correspondía al gesto, así que lo hizo sin rechistar. Cuando él le hubo deslizado el anillo por el dedo, la chica no pudo evitar abrir bien la mano para examinársela con la joya puesta.
-Lo sabía – dijo Totosai con una sonrisa gentil - Tenéis energías muy parecidas. ¿Ves, Inuyasha? Esto es lo que estamos buscando. Hay un anillo para cada mujer. Mírala bien y dime que no estás de acuerdo.
El actor no le contestó enseguida, pues estaba igual de sorprendido que Kagome por la iniciativa que Totosai había tenido de probarle un anillo que ya había dicho de antemano que no debía ser el escogido, pero sin embargo entendió que sólo lo había hecho para explicarle la importancia de no elegir uno cualquiera. Y se alegró de haber recibido esa demostración, cuando se descubrió estudiando con mucha atención ese emparejamiento tan acertado.
-Estoy completamente de acuerdo. Kagome…Te queda muy bien – dijo en un murmullo, sin poder apartar la vista de ese cuadro.
Kagome le miró al oír ese cumplido tan inesperado, y se ruborizó cuando se dio cuenta de lo atentamente que la estaba observando…¿no era el anillo lo que se suponía que tenía que estar mirando? Soportando el impulso de sacudir la cabeza para aliviar ese profundo sentimiento de agobio que la hacía desvariar, se quitó la sortija del dedo y se la devolvió a Totosai.
A partir de ahí, pasó media hora en el papel pasivo de acompañante casi silenciosa. Los varones debatieron sobre varias opciones, y ella dio su opinión de forma poco entusiasta cuando ésta era requerida. Le costaba hacerlo, pues por un lado no tenía ni idea de los gustos de Kikyo, y por el otro, éstos le importaban una mierda. Le daba igual el condenado anillo, porque con el paso del rato, lo único en lo que podía pensar era en esa creciente opresión en el pecho. También volvió, con más fuerza con el pasar de los minutos, esa sombra en su conciencia que tomaba más forma como más evidentes se volvían las ilusiones de Inuyasha con esa mujer que claramente tenía otros asuntos en la cabeza.
Cuando al fin hubo un elegido, Totosai aplaudió e Inuyasha sonrió de oreja a oreja. Kagome lo intentó, pero sólo acertó a mirar a su jefe con dolor y culpa.
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Debido a lo tarde que le había recogido en el hotel, y a que su recado les había llevado un par de horas entre llevarlo a cabo e ir y volver del centro, ya se habían hecho las dos y con ello el fin de su jornada, por lo que Inuyasha se ofreció a acercarla a su casa. Ella estaba tan metida en sus pensamientos que apenas encontró ánimos para fingir modestia, y sólo le dio las gracias y asintió. Cuando el coche se detuvo delante del bloque de apartamentos, Kagome apretó los puños encima de sus muslos. Última oportunidad. Pero en cuanto quiso darse cuenta, su mano ya se había movido por acto reflejo y alcanzado la manilla de la puerta, y se estaba sintiendo ruin y cómplice de la sucia jugada de esa mujer.
No obstante, el destino no estuvo de acuerdo con su cobardía, porque justo cuando hizo ademán de mover la manilla, se oyó un clic dentro del coche y su intento de salida quedó bloqueado. Se giró extrañada para mirar a Inuyasha, que tenía la mano encima del comando general que había en su propia puerta.
-¿Qué haces?
-He puesto el seguro – contestó él con calma, como si fuera obvio.
-¿Por qué?
-Porque no quiero que te vayas hasta que me digas qué te pasa.
-¿A mí? No me pasa nada.
-Vamos, Kagome, que no nací ayer. Has estado muy taciturna desde que nos hemos encontrado, por no hablar de que en la joyería estabas más tensa que un hobbit de la Comarca mirando todos esos anillos.
-Eso no es cierto.
-No era una pregunta, lo estoy afirmando. Pasamos y vamos a seguir pasando mucho tiempo juntos, y si he hecho algo que te haya molestado, deberíamos hablarlo. Todo lo que se contiene se vuelve tóxico.
-Inuyasha…No has hecho nada malo. Te prometo que no es eso – le aseguró, mirándole a los ojos con firmeza. Lo último que quería era que encima el pobre hombre se creyera que algo de lo que estaba sucediendo era culpa suya, como si no fuera ya lo bastante víctima de la situación. Tragó saliva mientras él la observaba con los ojos entrecerrados, y finalmente parecía rendirse.
-Está bien, te creo – Kagome exhaló con disimulo, aliviada - Pero aunque no sea algo que yo he hecho, ¿tiene que ver conmigo?
Maldito fuera Inuyasha, su agudeza y su talento para discernir matices. Y maldita fuera ella por ser tan mala mentirosa, era tan negada para eso que no fue capaz de contestar, y el modo en que desvió su mirada, sintiéndose acorralada, hizo suspirar al actor.
-Quien calla otorga – pronunció, con una mezcla de triunfo por haberla descubierto, y de cansancio por tener que estar arrancándole las palabras – Compártelo, Kagome. Sea lo que sea, puedes contármelo.
Kagome le miró con recelo. ¿De verdad podía contárselo? Las dudas volvieron a asaltarla, aunque se dio cuenta de que en realidad no tenía más opciones. Estaba encerrada, sin posibilidad de escape hasta que no desembuchara la verdad o alguna excusa estúpida, y además él ya la había medio descubierto. La improvisación no era lo suyo, mucho menos cuando se sentía así de tensa y nerviosa, sabía que si mentía Inuyasha se daría cuenta, y eso sólo le dejaba una opción. Tragó duro, dándose valor, y empezando a hablar con un hilo de voz insegura.
-Ayer, cuando te dejé en el hotel…
-¿Sí? – la animó a seguir hablando, alzando una ceja como expresión de su curiosidad. Kagome inspiró hondo y cerró los ojos. "Díselo, Kagome. Es ahora o nunca" – Cuando me dejaste en el hotel…¿Qué?
Ella sintió el impulso de sus siguientes palabras, de la desoladora noticia que tenía que darle, empujando en su garganta y finalmente dejó que los sonidos se articularan y se escurrieran entre sus labios.
-Vi a Kikyo…con otro hombre.
Se hizo el silencio en el coche. Un silencio muy incómodo, y a cada segundo que pasaba, más denso. Kagome tragó duro, pero terminó dándose el valor para buscar los ojos de su interlocutor. Al instante se estremeció y se arrepintió. La mirada que Inuyasha le estaba dedicando era dura y su expresión seria delataba su tensión. Parecía como si quisiera decir muchas cosas, pero estuviese conteniéndolas todas detrás de esa fachada de piedra.
-Continúa – murmuró, tan ronco que a la chica se le erizó el pelo de la nuca.
Kagome se sentía intimidada por ese conjunto. Ya había sabido de antemano que a Inuyasha no le sentaría nada bien que atacara a su novia, pero lo que tenía delante era una versión de su jefe desconocida. Esa calma era temible, pero se dio valor para seguir con su explicación.
-A un par de manzanas, cuando me paré en un semáforo…La vi bajar de un coche rojo, junto a un hombre que debería tener unos cuarenta años más o menos. Se…se besaron en los labios.
-Se saluda así con varios de sus amigos – la informó con voz plana y rígida.
Kagome suspiró, estaba jugando con fuego y lo sabía. Pero ya era tarde para echarse atrás.
-No fue un beso de amigos, Inuyasha – le aclaró con un tono suave, como de disculpa, intentando ser delicada en consideración por lo que él podría estar sintiendo en esos momentos - Y después…se fue andando, supongo que hacia el hotel.
Una vez terminó su confesión, volvió a hacerse el silencio. Kagome miró a su jefe de reojo casi con miedo y lo vio mirando al frente, volviendo a sujetar el volante con ambas manos como si necesitara aferrarse a algo. Vio como los dedos se le crispaban encima del cuero negro.
-¿Inuyasha? ¿Estás bien?
El aludido entrecerró los ojos al oírla, pero no le contestó. Siguió con la mirada perdida, sumido en unos pensamientos que a juzgar por su cara, tenían toda la pinta de no ser precisamente bonitos.
-¿Estás enfadado conmigo?
Lo oyó inspirar aire profundamente, el actor frunció los labios y lo vio tragar duro, antes de responderle.
-No estoy contento precisamente – murmuró ronco, arrastrando las palabras. La miró de reojo con brevedad, y luego enseguida dejó de hacerlo – Estoy…decepcionado. No me esperaba algo así de ti.
Kagome sintió que se le entreabría la boca de la impresión. ¿Eso era todo? ¿No la había creído?
-Inuyasha…Te juro que no me lo estoy inventando… - empezó a decir con cautela. Si había algo que no había expresado con la suficiente delicadeza, tenía que apresurarse a matizarlo bien porque la situación estaba empezando a torcerse con una temible rapidez, pero él no la dejó continuar.
-Escúchame muy bien, Kagome, porque sólo lo diré una vez. Kikyo no sólo es mi pareja, sino que dentro de nada – le mostró la bolsita que contenía el anillo que acababa de adquirir – ella será también tu jefa, tanto como lo soy yo. Y si no me demuestras que eres capaz de guardarle un mínimo de respeto, vamos a tener problemas.
-Oye, perdóname si ha parecido que quería despotricar gratuitamente de ella, entiendo que estés furioso conmigo ahora – se apresuró en decir con cautela, e intentando mantener la calma - Pero te estoy diciendo la verdad, aunque nuestra relación sea laboral, eres mi amigo y no podía permitir que…
-En eso te equivocas, bonita. No somos amigos. Somos jefe y empleada. No tienes ningún derecho a inmiscuirte en mi vida privada, Kagome. Cuidado con las confianzas que te tomas, porque mis relaciones personales no son de tu incumbencia – soltó el aire pesadamente, que había retenido por la tensión, y debido a que desvió la mirada, no pudo ver la expresión infinitamente dolida de la chica – De todas formas, ya que tanto te preocupa de repente mi buena suerte, déjame decirte que tu teoría es absurda. No le he dado ningún motivo para engañarme.
-No es una teoría – le recordó con sequedad, herida y humillada - Yo sólo te estoy diciendo lo que vi, y te recuerdo que has sido tú el que me ha presionado. Si no estabas dispuesto a escucharme, ¿por qué lo has hecho?
-Porque nunca se me habría pasado por la cabeza que pudieses salirme con una barbaridad como esa – le reconoció de mala gana - Ya sé que no os lleváis bien, pero eso no te da derecho a atacarla gratuitamente cuando te apetezca.
-¡Que no la estoy atacando, maldita sea! – la paciencia estaba empezando a agotársele, sus buenas intenciones iniciales estaban siendo pisoteadas sin ningún tipo de compasión, y estaba empezando a sentirse algo más que menospreciada – No lo tenía claro pero me he confiado cuando me has insistido. Me has hecho creer que serías razonable, pero si llego a saberlo no te digo nada.
-Pues para decir sandeces, casi que mejor cállate, sí – le dijo con frialdad rencorosa - Con la boquita cerrada estás más guapa.
"Uy, eso sí que no". Cualquiera que la conociera bien se habría encogido al oír los comentarios del hombre y adivinar la que se avecinaba. Tras unos segundos de latencia en los que estuvo procesando la respuesta de su interlocutor, pues le costó creérsela, Kagome notó como le brotaba la furia del pecho hasta que estalló.
-¡Si no quieres creerme, es tu maldito problema, pero no me digas que me calle! ¡Yo no soy ninguna mujer florero de las que se calla y asiente porque se lo manden! ¡Por muy enfadado que estés, ser mi jefe no te da ningún derecho a faltarme al respeto con comentarios machistas! – estaba tan alterada y decepcionada por las odiosas palabras que Inuyasha acababa de dedicarle, que no se dio cuenta de que le había dado su réplica a gritos.
Claro que él era demasiado temperamental como para quedarse atrás.
-¿Faltarte al respeto? – cuestionó Inuyasha, soltando una carcajada incrédula - ¡¿Más de lo que tú se lo acabas de faltar a mi pareja?!
-¡No he dicho nada que no sea cierto! ¡La vi con otro hombre y me reafirmo en eso! – afirmó con la barbilla bien alta, pues tenía la conciencia muy limpia y a esas alturas estaba demasiado enfadada como para seguir conteniéndose por precaución.
- ¡Porque repitas la calumnia más veces no la hará cierta! ¡Kikyo nunca me haría eso!
- ¡Sí lo haría, porque está contigo por tu dinero!
-¡Basta ya! ¡Una sola acusación sucia más como esa y estás despedida!
Las palabras reflejas y enfurecidas de Kagome murieron en su garganta cuando su boca ya se había entreabierto para contestarle. Después de la ardiente amenaza del actor, se hizo un silencio en el coche que quedó en contraste con los gritos que lo habían llenado segundos antes. Los ojos dorados y los castaños echaban chispas y se miraban con intensidad, retándose. Con un desafío que sin embargo empezó a morir en ella, después de que él hubiese jugado la carta de la jerarquía. Kagome estaba tan colérica que por un momento tuvo el impulso de gritarle que se fuera a la mierda y que se metiera el maldito trabajo por donde le cupiera.
Pero enseguida la imagen de su hermano había aparecido en su cabeza nada más oír las palabras de Inuyasha, recordándole que no era ella la que le necesitaba, sino Sota. Perder ese empleo, significaría romper el acuerdo. Y con ello, sería perder a su vez la única oportunidad que tenía su familia de que su miembro más pequeño conservara la vida. Tragó duro, sintiendo los ojos arder de impotencia, y la voz le salió ronca.
-Muy bien, no te he dicho nada. Te pido disculpas por mi atrevimiento, boss. Y ahora abre la puta puerta.
Inuyasha exhaló aire por la nariz de forma entrecortada debido a su estado de agitación, apartando la mirada con desdén, y su dedo se movió solo lo suficiente. En cuanto Kagome oyó el sonido correspondiente, tiró de la manilla para salir de ahí como alma que lleva el diablo.
- Haz lo que te dé la gana. Es tu dignidad la que está en juego, no la mía.
Habiéndose sentido incapaz de no meter esa última coletilla debido a su orgullo herido, Kagome salió del coche dando un portazo y se alejó sin mirar atrás. Cuando se vio solo, Inuyasha masculló un par de palabrotas y golpeó el volante para desahogarse. Cerró los ojos e inspiró hondo, buscando de nuevo la calma. Los entreabrió por un instante, quedándose meditabundo durante unos segundos mientras se quedaba mirando el portal por el que su asistente había desaparecido, para luego negar con la cabeza. Su mano buscó automáticamente la cajita que acababa de adquirir y el contacto le reconfortó lo suficiente como para salir de su trance y disponerse a abandonar el lugar, pensando de nuevo en sus planes para esa noche.
Continuará…
¡Buenas!
Chicas, siento muchísimo no haber contestado a vuestros reviews del capítulo anterior… He estado hospitalizada. No hay que alarmarse, ha sido sólo un arreglillo que estaba pendiente de hacía tiempo, pero con los calmantes etc. no estaba el horno para bollos, y solo quería que supierais que he tenido motivos de peso. Os lo contestaré todo junto en vuestros próximos comentarios, ¿os parece bien?
Espero que os haya gustado. El siguiente es de mis favoritos jeje no digo más.
¡Un beso!
Dubbhe
PD: No, no es un error que en este capítulo haya descrito un Porsche mientras que el del capítulo anterior era un Lexus. Nuestro famosete sexy está forrado y tiene más de un coche ;)
