CAPÍTULO V – ÁNGEL DE LA GUARDA

La vio dirigirse a él a través de dos hileras de mesas y sus ojos dorados la contemplaron. Estaba resplandeciente. Esa mujer no sólo tenía buen gusto, sino que todos los modelitos que elegía le sentaban como un guante a su figura perfecta. La mitad de los hombres se giraron a mirarla con discreción pero por una vez, en lugar de sentirse celoso, sonrió maliciosamente. Que miraran tanto como quisieran. ¿Les gustaba? Pues era suya. Y seria sólo suya para el resto de sus vidas, al final de esa noche.

-Hola, cariño – se levantó de la silla y fue a besarla en los labios, pero Kikyo ladeó un poquito la cabeza para que el beso cayera en la comisura, después de dirigirle una pequeña sonrisa de disculpa. Era su costumbre, ella era una mujer discreta y él se lo había respetado desde el primer día. No se sintió ofendido en lo más mínimo. Bueno, quizá un poquito. Pero había tenido dos años para superar eso.

-Hola.

Kikyo tomó asiento delante de él, en ese restaurante que ambos conocían bien, ya que era su restaurante. Era donde habían tenido su primera cita y desde entonces habían celebrado ahí los aniversarios. Era un lugar muy exclusivo y cada vez que iban les metían un buen palo a la tarjeta de crédito, o más bien dicho, se lo metían a él, pero para Inuyasha valía la pena al verla tan cómoda y contenta. Le encantaba consentirla, hacerla sentir mimada. No era para menos, pues era su reina.

Ese día estaba un poquito distante, pero podía entender por qué. Kikyo era muy independiente y habían estado juntos un día y una noche enteros en el hotel, sin despegarse sus cuerpos más que para ir al baño o para comer. Podía sentirse un poco agobiada ahora, y sin embargo ahí estaba, dejando eso a un lado por él.

Charlaron de temas triviales a ratos, y en otros estuvieron callados, sobretodo mientras comían. Su relación no era perfecta y no sólo por las discusiones, que Inuyasha achacaba a que ambos eran personas de carácter. Nunca habían tenido mucha conversación, se entendían mucho mejor en otras circunstancias, pero eso no era algo que le preocupara. Pasó una hora volando hasta que se llevaron el plato de los postres, y cuando les ofrecieron un chupito cortesía de la casa, Inuyasha aceptó.

-¿Desde cuando dices que sí a eso?– cuestionó la modelo, observando con una ceja levantada como él se tragaba la mitad del contenido del vasito sin demasiada pausa. Sabía que la entrenadora de Inuyasha le limitaba mucho el consumo de alcohol, de hecho sólo le permitía el vino y en ocasiones especiales. Esa misma entrenadora a la que había pedido presupuesto, pero que le había contestado que "Estaba muy liada". Estúpida Sango.

-Desde que estoy un poco nervioso, y esto me va a ayudar a relajarme un poco – le dedicó una sonrisa misteriosa.

-¿Nervioso? ¿Por qué?

Inuyasha la contempló unos segundos como si fuera un tesoro, reteniendo la tierna sonrisa en sus labios mientras se terminaba el chupito. Después hizo una profunda inhalación, se metió la mano en el bolsillo de los pantalones, y sacó a relucir la pequeña cajita oscura de terciopelo que había adquirido esta mañana.

-Por esto – se la mostró dejándola sobre la mesa, cerca de ella.

Kikyo se la quedó mirando, parpadeando pasmada. Inuyasha celebró su sorpresa, la había descolocado y eso era señal de que no se lo esperaba para nada. Sabía que no era tonta, ya habría adivinado sus intenciones, pero aun así…

-¿Qué es esto? – preguntó ella, y al actor no se le pasó por alto el cómo le había temblado la voz.

-¿No vas a abrirla? – la desafió con picardía.

La modelo frunció los labios y finalmente la tomó entre sus manos, cumpliendo con la propuesta del hombre al comprobar su contenido.

-¿Quieres casarte conmigo, Kikyo? – pronunció las palabras logrando que no se le trabara la lengua. Sus ojos quedaron clavados en su novia, y los de ella en el anillo de diamantes que se mostraba delante de sus ojos.

Kikyo se quedó muy quieta durante más de medio minuto, y eso le destrozó los nervios a Inuyasha. En ese momento entendió por primera vez en su vida en qué consistía exactamente una tortura. La dejó contemplar la joya, pero pasados unos instantes se dio cuenta de que su mirada se desenfocaba y se perdía, como si estuviese reflexionando para sus adentros. Después de lo que le pareció una eternidad, ella empezó a hablar al fin:

-Vaya, esto es…muy inesperado – tomó una amplia bocanada de aire - Y muy…incómodo – terminó inesperadamente.

La sonrisa se borró progresivamente del rostro de Inuyasha, que al instante empezó a notar el sudor frío y el temor haciendo presión en su pecho. Esa contestación no se parecía en nada a ninguna de las que él habría podido imaginarse o prever. Carraspeó inquieto, pues aquello empezaba a no gustarle nada.

-¿Incómodo? ¿Por qué?

Kikyo lo miró con cara de consecuencia.

-Inuyasha… - la vio humedecerse el labio inferior, como si de repente se le hubiese secado la boca –Lo que yo quería decirte hoy…es que quiero dejarlo.

Inuyasha no reaccionó al principio. Su cuerpo se convirtió en piedra y el corazón pareció dejar de latir. Los dedos que tenía posados en la mesa se le crisparon encima del mantel. De su garganta brotó un sonido ahogado que expresó su incredulidad, y tardó largos instantes en poder sacar a través de ésta algún fonema coherente.

-Qué…¿Qué dices? ¿Dejarlo? – esa palabra tan horrible pronunciada por él mismo le atravesó el pecho como una daga lacerante y tragó duro - ¿Por qué?

Kikyo cerró la caja con el anillo y la dejó a un lado de la mesa, luego se cruzó de brazos encima de ésta y se los acarició, como si ese movimiento pudiera canalizar su propia inquietud.

-He conocido a otra persona – le informó, sin mirarle a la cara.

-No, esto no está pasando… - murmuró él, cerrando los ojos y ocultándolos detrás de su mano. Apareció una sonrisa sarcástica en su rostro, como si el humor oscuro fuera a permitirle desfogar mejor el atenazante ardor que empezaba a inundarle el pecho. - ¿Le conozco?

-Eso no tiene importancia.

-O sea que sí. ¿Quién es?

-No te hagas esto, Inuyasha…

-¡¿Quién cojones es?! – demandó saber, alzando la voz y descubriendo su rostro de repente para mandar esa mano a palmear la mesa con ira, tambaleándose así las dos copas de vino. La mitad del restaurante se giró a verles y Kikyo miró a su alrededor abochornada.

-Está bien, está bien, te lo diré pero no grites – le pidió con voz suplicante, siempre tan preocupada de lo que pensarían los demás – Naraku Thai.

-¿Thai, el director? – ella sólo asintió, seria. Inuyasha exhaló el aire pesadamente, sintiéndose de repente como anestesiado. Tuvo una sensación de desrealización, como si su mente pretendiera protegerle así del dolor. Debido a eso, en ese momento estaba poseído más bien por la humillación de haber sido traicionado, y eso estaba sacando de su interior a un Inuyasha mordaz y frío que nunca nadie había visto antes, ni siquiera él mismo - ¿Y cuánto hace que te lo tiras?

-Inuyasha…

-¡¿Cuánto?!

-Tres meses – confesó por automático con la vista fija en el mantel, cuando su acompañante hizo ademán de volver a gritar– Pero no tomé una decisión hasta ayer.

-¿Ayer? ¿Te lo estabas pensando mientras me follabas como si no hubiera un mañana? – después de lanzar ese veneno, abrió los ojos de par en par cuando algo hizo clic en su mente, y luego los entrecerró para fulminarla con sospecha - ¿Le viste antes de llegar al hotel, verdad?

Kikyo frunció el ceño y lo miró, ahora ya con cierto desafío. No estaba acostumbrada a rendirle cuentas a nadie y empezaba a agotarse del interrogatorio, estuviera o no justificado.

-¿Cómo lo sabes?

-Kagome te vio. Y yo no la creí, maldita sea… - se le contrajeron las facciones y cerró los ojos con disgusto, dándose cuenta del ridículo que había hecho delante de su asistente.

Kikyo alzó una ceja al tener noticia de que alguien la había descubierto en uno de sus encuentros clandestinos, pero no pareció demasiado afectada por eso. No a esas alturas de la conversación.

-Bueno, no me sorprende que corriera a decírtelo– afirmó, cogiendo su copa con una serenidad ofensiva para su acompañante – Siempre te ha mirado como si fueses un caramelito. Esa perra quiere pegar un braguetazo contigo.

-Aun suponiendo que eso que ya me has dicho cincuenta mil veces fuera verdad, ¿en qué se diferencia de lo que haces tú? – espetó rabioso mientras la veía tomar un sorbo de vino.

-¿Yo? – pronunció después de haber tragado, observándole con un deje de desconcierto.

-No te hagas la inocente, maldita sea – estaba claro que si Kagome había sido sincera con una cosa, podría haberlo sido perfectamente para otras – Voy a hacerte una última pregunta antes de irme cagando leches de aquí para no volver a verte la puta cara. ¿Estabas conmigo por mi dinero?

Kikyo puso los ojos en blanco y resopló como si esa pregunta la hastiara. Genial, ya empezaba la fase de las acusaciones despechadas…

- No, cariño. Yo también puedo conseguir mi propio dinero, te aseguro que no es por eso – aun a pesar de cuál había sido su primera reacción, su expresión se relajó un poco y su mirada se enterneció, como si la duda que el hombre había expresado en realidad la hubiese conmovido - Ya sé que no me creerás, pero…Yo te quiero, Inuyasha.

-Vete a la mierda.

-Hablo en serio. Esta decisión está siendo dura, porque la estoy tomando por mi propio bien, no porque no esté bien contigo.

-Por tu propio bien. Esto promete – soltó una carcajada cruel – Ilumíname – la desafió, abriéndose de brazos como invitándola a compartir.

Kikyo tomó una profunda inhalación, como si quisiera ganar tiempo para elegir bien sus siguientes palabras, pues sabía que lo que iba a plantearle era un tema delicado.

-Ya sabes que yo siempre he querido ser actriz, pero que tuve que empezar por el modelaje porque eso no me daba frutos y…me he dado cuenta de que me he encasillado. Ni siquiera con tus contactos he conseguido hacerme un lugar en…

-Espera, espera…¿Estabas conmigo por interés?– cuestionó, incrédulo. Si bien había creído que ya no quedaba nada que Kikyo pudiese decirle para herirle más, ahora sintió como su corazón se resquebrajaba otro tanto.

-Reconozco que al principio…eso influyó un poco. Pero luego me enamoré de ti, tanto que me olvidé de eso– intentó cogerle una mano pero él la retiró como si su contacto le quemara.

-¿Y ahora has vuelto a acordarte casualmente, mientras te pasabas por la piedra a un director de cine que me da veinte patadas en influencia? – espetó, temblando de ira.

- Le conocí, me ofreció varios proyectos y empezamos a quedar para hablar de ellos. Surgió así, sin pretenderlo. Me he enamorado de él, Inuyasha…

-¡Deja de decir esa maldita palabra! – le ordenó golpeando la mesa con los puños, con los párpados fuertemente apretados y sintiéndose desbordado por sus propias emociones - ¡No tienes ni puta idea de lo que significa! ¡Si lo supieras no la usarías tan a la ligera, joder!

-Creo que es mejor que me vaya, te estás poniendo un poco nervioso…

Kikyo se levantó como si quisiera huir de ahí, todo el restaurante les miraba ahora y ella gestionaba muy mal ese tipo de situaciones. Le encantaba ser el centro de atención, pero no por estar siendo un objeto ridículo. Inuyasha la vio prepararse para irse en silencio, inmóvil, con sus orbes del color del oro echando chispas.

-Dime sólo una cosa más – demandó con voz grave y ella le miró, expectante – ¿Lo de anoche significó algo para ti?

-Por supuesto que significó – contestó con matiz condescendiente - Ya te he dicho que yo te…

-No te atrevas a decirlo otra vez – se apresuró en interrumpirla, como una helada advertencia – Si ya sabías que ibas a dejarme…¿fue sólo sexo para ti?

-No, Inuyasha. Fue una despedida, y ahora es un buen recuerdo. Espero que algún día pueda llegar a serlo para ti también.

Él no se dignó a contestarle, y la mirada que desvió a un lado dejó claro que no estaba dispuesto a escuchar más basura. Kikyo sólo suspiró, se despidió de él sin recibir respuesta porque Inuyasha ya había empezado a ignorarla, y abandonó el lugar.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Kagome abrió los ojos poco a poco, porque le pesaban los párpados. Era normal, había tardado mucho en quedarse dormida esa noche debido a lo alterada que la había tenido cierta discusión durante todo el día, y para colmo de males, ahora algún graciosillo cabrón la despertaba a las…Miró el despertador. A las dos y media de la madrugada. ¿Pero qué le pasaba a la gente?

Aun habiéndose quejado como primera reacción, sabía que una llamada a unas horas tan anormales podía tratarse de algo malo, y automáticamente pensó en su hermano, de modo que se incorporó tan rápido como se lo permitió su cuerpo todavía medio dormido y cogió su móvil de la mesilla de noche. Su entrecejo se arrugó cuando se dio cuenta de que no era ése el que estaba sonando. Agudizó el oído y localizó el tono en el salón. Sólo tenía otro móvil, y ese era el del trabajo.

Al instante recordó los gritos, las duras palabras y la amenaza de Inuyasha, y las sonrisitas de suficiencia que Kikyo le dedicaba cuando el ciego de su novio no la estaba mirando. Apretó los labios cuando el enfado y la humillación volvieron a ella. Gruñó herida al pensar que a esas alturas, esos dos estarían comprometidos para pasar por el altar, en medio de otra noche de pasión para celebrarlo. Tuvo ganas de llorar ante el pensamiento y se odió por ello, porque ya se había sentido así esa misma tarde y sabía que era un comportamiento estúpido.

"Basta. Ya no es tu problema, nunca lo ha sido y él te lo dejó muy claro". El teléfono dejó de sonar, y ella se dejó caer de nuevo en la cama, orgullosa de no haber cedido. Por una vez en su vida, se había permitido ser una chica mala. "Que le den".

Pero la espinita de la preocupación se rió de ella, ya que se le había quedado enquistada en el pecho. ¿Y si se trataba de algo urgente? No tuvo tiempo de romperse mucho la cabeza, porque la musiquita empezó a sonar otra vez, y entonces sí que no perdió el tiempo. Se levantó de la cama y acudió a coger la llamada, chocándose contra un par de muebles por el camino, tanto por su adormecimiento como porque estaba oscuro.

-¿Diga? – cuestionó pesadamente cuando se puso el aparato en la oreja.

-Hola, perdone que la llame a esas horas – respondió una voz masculina desconocida - ¿Es usted Kagome Higurashi?

-Sí, la misma.

-Bien, la llamo porque me sale usted de contacto de emergencia de Inuyasha Taisho.

Kagome apretó el puño libre con disgusto y sus labios trazaron los fonemas de una palabrota silenciosa, maldiciéndose por haber sido tan cabezona cuando al final parecía que sí iba a ser algo importante, pero al mismo tiempo siguió escuchando con una preocupación refleja que la había embargado nada más oír ese nombre.

- Mire, le explico…Soy propietario de un bar, y hace horas que le tengo aquí clavado en la barra. No ha dejado de beber y tengo que cerrar. Se ha peleado con un par de clientes que han intentado ayudarme a echarle y no quiero recibir yo también. He creído conveniente llamarla a usted antes que a la policía, pero si no puede encargarse me veré obligado a…

-¡Oh! No, por favor, no les llame – le suplicó casi, pues sabía las consecuencias que un escándalo como ese podían tener en la carrera de Inuyasha – Voy ahora mismo, ¿me puede decir la dirección?

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Media hora después entraba por la puerta de un local de Ginza. O más bien, de un antro.

Las paredes verdes estaban revestidas de láminas y cuadros de personajes famosos, desde los más actuales hasta aquellos que ya estarían criando malvas. Un horrible suelo vintage de cuadros delató que hacía semanas que no era fregado, por el modo en que sus zapatos quedaban ligeramente pegados con cada paso que daba. Las ventanas necesitaban que alguien les pasara una bayeta húmeda con urgencia.

Kagome echó un ojo a la larga barra de madera y luego casi corrió hacia la única figura que había sentada junto a ella.

-Inuyasha –le llamó automáticamente al llegar a su lado.

El aludido se giró con lentitud para mirarla, y sus ojos enrojecidos la enfocaron con algo de dificultad, a causa de su avanzado estado de embriaguez.

-¿Kagome? ¿Qué haces aquí? – cuestionó con el ceño fruncido pero enseguida esbozó una sonrisa boba, arrastrando las palabras como si le costara pronunciarlas - ¿Vienes a unirte a la fiesta?

Pero a pesar de su expresión de aparente desparpajo, nada más verle la cara Kagome supo que esa noche no había salido precisamente como él había planeado. ¿Qué habría pasado? Enseguida le llamó la atención un rastro de sangre en su comisura y llevó una mano ahí sin pararse a pensarlo para examinarlo.

-¿Qué te ha pasado aquí?

-Un gilipollas me ha pegado – le explicó, soltando una risita de borracho.

-Ese gilipollas es uno de mis mejores clientes, y casi me lo manda a urgencias – replicó un hombre rechoncho que apareció de una recámara, vistiendo una camisa de cuadros y secando una jarra de cerveza con un trapo. A pesar de su comentario tajante, parecía bastante desenfadado - ¿Eres Kagome?

-Sí, soy yo. Le doy mil gracias por no haber llamado a la policía, no sabe usted las repercusiones que… - empezó a decirle, cruzando los dedos de las manos delante de su pecho para dar énfasis a su agradecimiento.

-En realidad sí lo sé, no es como si no pudiera ver quién es. No hay problema, mi mujer es una fanática y nunca me habría perdonado que le hubiese metido en un fregado – le sonrió con complicidad y le guiñó un ojo.

-Mándela a la mierda antes de que ella lo haga con usted, amigo.

El barman y la chica se quedaron mirando al actor después de que soltara ese comentario tan gratuito. El primero no le dio importancia, acostumbrado como estaba a que los alcohólicos acudieran a su local a desfogar las penas de sus patéticas vidas, pero Kagome le observó preocupada mientras le veía dar otro trago a su vaso que, a juzgar por la mueca que le vio hacer, contenía algo fuerte. Parecía tan hundido…Le estaba despertando una ternura abrumadora y no pudo evitar volver a acercarse. Le puso una mano en el hombro y luego se atrevió a llevarla a su nuca, dándole una amistosa caricia a su cabellera.

-Creo que es hora de que nos vayamos a casa – le propuso con la máxima dulzura que era capaz de expresar.

-No quiero ir a casa, estoy pasándomelo de maravilla con Mujitsu – declaró levantando el vaso en su dirección.

-Mukotsu – replicó el propietario con voz plana.

-Eso he dicho.

-Inuyasha, este pobre hombre quiere cerrar y no puede porque estás tú aquí – le explicó como si fuera un niño pequeño, al mismo tiempo que lo tomaba del brazo para intentar que se levantara - Vámonos a casa, ya has bebido suficiente.

-¿Hiciste la compra ayer?

-¿Eh? ¿A qué viene eso?

-¿Compraste la ginebra?

-Eh…Sí.

-Entonces sí, vamos a casa – declaró alegremente, pero se levantó demasiado rápido y se tambaleó. Kagome le interceptó a tiempo para impedir que perdiera el equilibrio y se las apañó para pasarse uno de los brazos del actor por encima de sus hombros, ayudándole a sostenerse.

-Muchas gracias, le pido disculpas por todo – dijo dirigiéndose a Mukotsu, que la saludó con la mano y una cansada sonrisa.

-No ha sido nada, guapa. Cuídale, anda.

-Kagome sieeeempre me cuida. Para eso le pago – sonriendo con sorna, el actor le guiñó un ojo al otro hombre, y éste clavó su mirada en Kagome con los ojos abiertos de par en par. Ella se dio cuenta inmediatamente de lo malinterpretables que habían sido las palabras de Inuyasha y, roja como un tomate, se apresuró en aclarar que ella no era ese tipo de mujer.

::::::::::::::::::::::::::::::

Dado que Inuyasha no había cesado en su empeño de declarar las ganas que tenía de atracar su propio minibar en cuanto llegara a casa, Kagome terminó decidiendo que no era buena idea dejarle solo ahí. De todos modos, su chalé estaba en una urbanización y era muy tarde como para que no le diera extrema pereza conducir tan lejos.

Inuyasha dormitó un poco en el taxi, la cual cosa le pareció positiva a Kagome, dadas las circunstancias. Si estuviese despierto, ella se habría pasado todo el viaje rezando para que no le picara por vomitarle la tapicería al taxista. En cuanto se bajaron del vehículo y él se dio cuenta de que no estaban en su barrio sino en el de su asistente, empezó a refunfuñar y no dejó de hacerlo hasta que atravesaron la puerta del apartamento de la chica.

-Oye, esta no es mi casa – se quejó por sexta vez cuando Kagome encendió la luz con algo de dificultad, teniendo en cuenta que estaba usando prácticamente todo su cuerpo para sostener el de su jefe.

-Deja ya de repetir eso, caramba – le espetó, empezando a perder la paciencia con sus comentarios desagradecidos - ¿Es que no te das cuenta de lo mal que estás?

Inuyasha tardó un poco en contestar, porque mientras ella le conducía hacia el sofá, se la quedó mirando con una sonrisa socarrona.

-Me gusta hacerte enfadar…Te pones muy guapa.

Kagome puso los ojos en blanco y le ignoró deliberadamente, pero por insignificante que fuera el cumplido, se descubrió regocijándose de él. Tuvo que mirar hacia otro lado para que no la viera sonreír. Le ayudó a tumbarse en el sofá, despacio para que no se mareara y le puso un cojín debajo de la cabeza. A pesar de lo mucho que había reclamado el querer seguir dándolo todo, Inuyasha se acomodó con un profundo suspiro de agotamiento en cuanto su cuerpo entró en contacto con esa mullidez tan acogedora. Ella le cubrió con una manta y luego hizo un viaje al baño para hacerse con un botecito de yodo. Volvió al lado del actor, se sentó en la mesita de centro y humedeció un disco de algodón con el producto.

-¿Qué haces? – le preguntó Inuyasha con los ojos cerrados, oyéndola trastear cerca de él.

-Voy a desinfectarte las heridas. Te has peleado, ¿recuerdas?

-Yo no me he peleado, un soplapollas se ha peleado conmigo.

-Sí, vale, vale… - canturreó casi, siguiéndole la corriente.

Con el paso del rato, se había dado cuenta de que a parte de la herida en el labio, también tenía un corte en la ceja, así que se dispuso a atenderlo el primero. Pero en cuanto fue a empezar con el proceso de curación y le puso una mano en el pómulo para moverle la cabeza, ésta se quedó paralizada al notar la piel mojada bajo las yemas de sus dedos. Inuyasha colaboró como si no tuviera nada que valiese la pena ocultar y ladeó el rostro hacia ella. Sus párpados se habían abierto, descubriendo una mirada perdida humedecida. Estaba serio y no sollozaba, sólo rendido en silencio a las emociones que al fin, después de tantas horas, estaban aflorando al exterior en forma de lágrimas.

Kagome nunca había visto un cuadro que le hubiera transmitido tanta congoja. Evocó en un instante todos los recuerdos que tenía de Inuyasha: sus sonrisas irónicas, su picardía, su incombustible energía, su potente carácter. Era como si toda esa fuerza arrebatadora que le caracterizaba ahora le hubiese abandonado. Parecía tan derrotado ahora, tan anulado…No era él, era un hombre con el corazón roto, y esa certeza le oprimió el pecho de una forma muy desagradable.

-Inuyasha… - susurró su nombre como si quisiera llamar su atención, pero no sabía qué decirle. A esas alturas podía intuir qué había pasado, pero sabía que si sus suposiciones eran ciertas no había nada que ella pudiese hacer para hacerle sentir mejor. No podía decirle simplemente que se animara.

-¿Qué he hecho mal, Kagome?

La pregunta la descolocó porque no esperaba que él hablara en ese momento. Lo hizo bajito, como si tuviera pocas ganas de hacerlo, pero sus ojos reflejaban un profundo tormento interior que necesitaba ser expresado.

Ella no dudó en su respuesta, y se la dio cogiéndole una mano para reconfortarle con un cariñoso apretón. Fue una reacción instintiva, un acto de compasión que no entendía de jerarquías.

-Nada, Inuyasha. No has hecho nada mal – le aseguró, intentando sonar tan firme como pudo para dar fuerza a sus palabras.

-Estabas equivocada, ¿lo sabías? No quería mi dinero– afirmó como si no la hubiera oído. No había suficiencia en su tono de voz, ni ningún matiz que le diera a entender que quería refregarle un error por la cara, por lo que Kagome esperó pacientemente una aclaración – Quería un enchufe. Y se lo ha dado el cabrón que se la ha estado follando – la miró con una triste e irónica sonrisa, apenas perceptible – En eso sí tenías razón. Soy un patético cuernudo.

-No digas eso… - murmuró Kagome con el corazón encogido, esta vez tanto por la desolación que desprendían las palabras de Inuyasha, como por la información que acababa de confirmársele acerca de la identidad de ese hombre de melena ondulada que ella misma había visto esa mañana– Ella es la única patética que no supo valorar lo que tenía.

Él soltó una risita forzada ante lo que a sus oídos sonó como una frase cliché, cerró los ojos haciendo que brotaran más lágrimas en silencio y giró el rostro hacia el techo, como si tener esa conversación le estuviera dejando emocionalmente más exhausto de lo que ya estaba.

-Sí, claro…

-No, escúchame – intentó que no se le quebrara la voz, porque estaba empatizando tanto que el desánimo también estaba haciendo mella en su propio espíritu – He visto como la tratabas. Sí, estabas un poco ciego, pero eso era porque para ti era perfecta. Y eso no sólo lo veía con ella…Tú tratas a todas las mujeres de tu vida como si fuéramos tus princesas. Lo he visto en ella, pero también en Sango y en mí misma.

Inuyasha volvió a mirarla poco a poco, pues a pesar de su desdén inicial, había escuchado cada palabra y ahora parecía poner el cien por cien de su atención en lo que ella le estaba diciendo. Estaba claro que no se esperaba que su asistente pudiera salirle con unas observaciones como esas. Tampoco se le estaba pasando por alto el cómo Kagome estaba pendiente de referirse siempre como "Ella" a la responsable de su dolor, como si tuviera miedo de que el oír su nombre pudiera herirle más. ¿Es que a esa mujer nunca se le escapaba nada? Su sensibilidad era estratosférica.

- No soportas vernos tristes. Te esmeras en hacernos reír. Nos haces sentir válidas, fuertes y necesarias. Crees en nosotras cuando no nos sale hacerlo. Y cuando te enamoras, te entregas por completo hasta perderte a ti mismo: mírate ahora y dime que no lo has dado todo. Sólo una imbécil podría dejar escapar a un hombre como tú.

Se sintió intimidada por la mirada tan intensa que ahora le estaba dedicando Inuyasha. Sus ojos dorados se habían entrecerrado como si así pudieran escrutarla mejor. Seguían enrojecidos, pero ya no derramaban nada sobre sus mejillas. Lo oyó tomar aire por la nariz y exhalarlo entrecortadamente, en un claro intento de templar su voz antes de usarla.

-También sólo un imbécil…habría desconfiado de una mujer como tú. Te traté tan mal, y aun así…estás aquí– murmuró. Parpadeó para aliviar un poco la irritación de su vista, detrás de la cual parecían esconderse una serie de pensamientos inescrutables. Algo le estaba pasando por la cabeza, y fuera lo que fuera, le estaba distrayendo de su calvario.

Kagome sonrió al darse cuenta de ese pequeño logro, pero sobretodo se sintió complacida por lo que acababa de oír. Le regaló esa sonrisa tratando de contagiársela, antes de llevar la mano que sujetaba el algodón con el yodo a su ceja para reanudar la curación. Los dedos libres de la misma le apartaron los mechones de su desordenado flequillo con ternura, para que no se le manchara de yodo. Lo hizo de una forma tan delicada, que los párpados masculinos perdieron un poquito más su apertura, tomándoselo como una caricia que en ese momento tan vulnerable era del todo bienvenida.

-Claro que estoy aquí – se limitó a decir ella, como si fuera obvio.

Una vez terminó, e intentando no alterarse más de lo necesario por lo fijamente que estaba siendo observada, llevó el mismo algodón al corte del labio. Él dio un breve respingo por contacto frío del desinfectante y en un acto reflejo, la mano que no se tenían cogida voló a su muñeca y se la sujetó con firmeza.

-Perdona…¿Te he hecho daño? – le preguntó ella, deteniéndose de inmediato.

Se hizo un silencio un poco largo. Los orbes dorados no se desviaban de los castaños, el nerviosismo de Kagome empezó a pasar a estratos superiores y tragó saliva a causa de eso.

-Gracias – pronunció él, ronco y tan bajito que ella tuvo que acercarse un poco más para oírle.

-¿Por qué? – le preguntó casi en un susurro, como si temiera romper esa intimidad tácita que de repente se había creado entre ellos.

Se apreció un destello misterioso en su mirada entreabierta y entonces, él tiró muy sutilmente del antebrazo que tenía agarrado. Kagome se dejó llevar por la inercia de ese gesto y sus labios se entreabrieron, buscando el aire que a sus pulmones empezaba a faltarles.

-Por estar a mi lado…Por ser tú…Por todo…

Kagome se sintió atraída un poco más desde la muñeca, y detrás de ella fue el resto del cuerpo. Le temblaba entero a esas alturas. ¿Cómo no hacerlo? Estaba rozándole la nariz. Estaban tan cerca que podría contarle esas pestañas tan largas que tenía. Las suyas propias se estaban abanicando hacia abajo progresivamente, a medida que aumentaba esa cercanía a la que en ningún momento se había resistido.

-Eres mi ángel de la guarda…

Esas palabras chocaron contra la boca de la chica. Sintió ahí su aliento y su calidez, pero ella no podía moverse. Apenas se creía lo que estaba ocurriendo, pero era consciente de que Inuyasha no la había obligado a llegar a ese punto, sólo había hecho una tentativa y ella se había dejado llevar, paralizada por una emoción que la poseyó y no solo le exigió que no interrumpiera, sino que hizo que terminara de cerrar sus ojos para que el encuentro inminente fuera más sentido.

Cuando sus labios temblorosos rozaron los de él, el tacto la avisó como una muda advertencia. Su razón le decía que eso no estaba bien: Inuyasha no sólo era su jefe, sino que además no estaba en sus cabales. Se estaba aprovechando de un famoso embriagado.

Esos pensamientos tan débiles se esfumaron cuando su mente se quedó en blanco al encajarse sus labios con los del hombre. Al diablo con todo, era una acosadora y lo aceptaba. Estaba sintiéndose tan cómoda y deseosa que se entregó al momento y a partir de ahí sólo pudo pensar en besarle con la misma entrega con la que él había empezado a hacerlo.

Kagome olía el perfume masculino. Notaba el roce de la barba incipiente y también el de la pequeña herida de su comisura, de hecho en algún momento hasta pudo percibir el ligerísimo sabor metálico de la sangre, mezclado con el del alcohol. Era imposible que aquello no le estuviese doliendo a Inuyasha, pero al parecer eso no le importaba porque él le lamió el labio inferior y ella le cedió el paso a su lengua, ahogándose un gemido en su garganta cuando se enredó con la suya.

No era la primera vez que Kagome besaba, pero sí la primera vez que un beso le despertaba esa avalancha de sensaciones: delicioso, atrapante, emocionante, especial. Estaba en una nube. Era como si no quisiera estar haciendo otra cosa en ese momento. Su corazón latía tan rápido y fuerte que si no hubiera estado tan concentrada en los labios del hombre, hubiese temido que le diera un paro cardíaco.

Cuando finalmente tuvieron que separarse para respirar, entreabrió los ojos sintiéndose profundamente decepcionada al verle permanecer con los suyos cerrados y refregar la cabeza en el cojín para acomodarla, confirmando que no habría un segundo asalto. Le vio suspirar y una sonrisa quieta apareció en esos labios que segundos antes habían estado fundiéndose con los suyos.

-Dulce…Lo sabía – susurró más para sí mismo que para ella, y rindiéndose al agotamiento que le provocaba el bajón del alcohol, se quedó profundamente dormido.

Kagome no se movió durante varios minutos. El cuerpo todavía le temblaba mientras le veía dormir, hipnotizada y aturdida. La cabeza le iba a mil por hora, tanto como sus pulsaciones, que todavía no conseguían estabilizarse. Mil pensamientos y sentimientos empezaron a inundarle la cabeza sin compasión, como si le exigieran a gritos que les prestara atención. Llegó un punto en que se agobió tanto consigo misma que no pudo soportarlo más y tuvo que alejarse para poner distancia con el causante de ese bucle. Salió al balcón y tomó una amplia bocanada de aire, como si se hubiese estado ahogando hasta ese momento. Cuando los antebrazos se apoyaron en la barandilla, las lágrimas ya habían empezado a caer, manifestando al fin su rendición ante lo evidente.

Recordó esa sensación de estarse metiendo en la boca del lobo cuando aceptó el trabajo. Su instinto le había dicho desde un primer momento que tuviera cuidado con ese hombre, pero no había querido escucharlo. Se conocía tan bien a sí misma que sabía perfectamente lo que pasaría si se confiaba. Si se permitía pensar demasiado en él. Reírle demasiado las gracias. Ilusionarse con sus atenciones. Cuidarle y consentirle. Y ahora besarle.

Siempre había sabido que Inuyasha era el tipo de hombre capaz de entrar en su corazón. Los celos habían sido un indicador de alarma todo ese tiempo, pero… ya era tarde para darse cuenta de eso, ¿verdad?

"Estoy enamorada de Inuyasha…".

Continuará…

Hellooooooooo,

Ya me tocaba daros un poco de tregua, ¿no? Jejeje ¡QUÉ GANAS TENÍA DE ENSEÑAROS ESTE CAPÍTULO! Wiiiiii espero que este primer beso haya estado a la altura de vuestras expectativas. Lo he revisado mil veces y hasta que no lo he visto perfecto no lo he subido.

Antes de que nadie se venga arriba y empiece a verles caminando al altar, recordemos que Inuyasha hace un ratito estaba como loco por casarse con otra. Cuidado con las ilusiones chicas, que nos conocemos…

Me reí mucho cuando os vi a todas queriendo pegarle y deseando que sufriera en el capítulo anterior y me pregunté…¿Conseguiré describirle tan hundido como para satisfacerlas? Aish, cosita mía…El pobre estaba enamorado…

¡Nos leemos, guapas!^^

Dubbhe

PD: en el capítulo anterior alguien me preguntó por qué Kagome llama "boss" a Inuyasha. "Boss" es "jefe" en inglés y es un apodo amistoso para referirse a él. No es sólo Kagome, veréis que Miroku también se lo dice de vez en cuando.