¡Buenas!
POR FAVOR, LEER ANTES DE EMPEZAR: este capítulo es un poco distinto. Es la misma escena, narrada en primera persona dos veces (una para Kag, y otra para Inu). Podría hacerse pesada y repetitiva, pero es la única forma que encontré de que el lector entendiera qué pasa por la cabeza de ambos protagonistas y el porqué de sus acciones.
Ahora vienen unos cuantos capítulos de TRANSICIÓN. Venimos de un par que han sido bastante significativos y no puedo meter tralla en todos. Tengo que mantener una evolución progresiva, que espero que apreciéis. Solo espero de todo corazón que no os aburráis, os prometo que la espera será compensada ;)
Me callo y os dejo leer. ¡Nos vemos en los reviews!
CAPÍTULO VI - DOS MENTIROSOS
*KAGOME'S POV*
El estruendoso motor de un camión que pasaba por mi calle ese sábado a las nueve de la mañana me sacó de ese sueño tan insuficiente que había conseguido hacía sólo unas pocas horas. Me costó abrir los ojos porque me picaban, claro que eso no era sólo debido a mi cansancio, sino al hecho de que me había dormido llorando. Volví a cerrarlos enseguida y me acurruqué en la almohada, aferrándome a ella como a una boya salvavidas. Sabía lo que me encontraría en el salón nada más levantarme, o más bien a quién. Por ello no quería salir de la cama, y al mismo tiempo, estaba deseando hacerlo.
Estuve veinte minutos acurrucada entre las sábanas con la mirada sólo entreabierta, procesando el contexto, ese panorama tan poco prometedor. Diez horas antes me había ido a dormir siendo Kagome, la feliz soltera que desde que terminó su relación anterior, se le ponían los pelos de punta de sólo pensar en volver a entregar su corazón a un hombre. Y ahora me levantaba siendo Kagome, la perdedora que se había enamorado de su jefe que amaba a otra mujer. No era nada que en el fondo no hubiese sospechado, claro. Una no se da cuenta de la noche a la mañana de que está enamorada, eso solo pasa en las películas en las que el amor irrumpe como una noticia totalmente inesperada. El problema no había sido notar ese peligroso sentimiento que había ido creciendo más y más en mi interior desde que empecé con mi trabajo actual.
El problema había sido aceptarlo.
¿Cómo hacerlo? Habría significado resignarme a empezar a sufrir, y yo estaba mucho más tranquila no queriendo ver el fregado en el que el estúpido de mi corazón me había metido. De todos los hombres en quien podría haberme fijado, tenía que ser mi maldito superior. Ése con el que no sólo tenía que mantener las distancias por protocolo, y al que tendría que ver cada día de ese dichoso contrato como un caramelito prohibido, sino ése que la noche anterior estaba loco por casarse con otra.
Había esos dos potenciales motivos por los que Inuyasha nunca sería mío y aun así, el cabrón del universo me había refregado por la cara lo increíble que podría llegar a ser cuando me permitió darle un mordisquito para catarlo. Todavía me mariposeaba el estómago al recordar ese beso que había sido el más sentido de toda mi vida. Solté un gemido de disgusto. ¿Por qué dejarme probarlo, para después quitármelo?
Dejar de retroalimentar mi bucle de pesimismo y autocompasión empezaba a ser urgente, de modo que me forcé a levantarme de la cama y en ese momento recordé que todavía llevaba puesta la ropa que había vestido durante mi excursión nocturna. No me había molestado en ponerme el pijama cuando había ido directamente del balcón al refugio que me suponía meterme debajo de la colcha. Me sentía un poco sucia y dejada por ese motivo, necesitaba una ducha pero decidí que eso podría esperar a que mi invitado se fuera, de modo que me quité los vaqueros y la camiseta de color verde hierba, para cambiármelos por unas mallas negras y un jersey azul cielo, y ponerme unos calcetines gruesos de caminar por casa. Del dormitorio pasé al baño, me atusé un poco el pelo y me lavé la cara. Tenía ojeras, pero no iba a poner a cubrírmelas ahora. Hacía mucho que me había prometido a mí misma que no volvería a maquillarme por un hombre. Lo hacía única y exclusivamente para mí, y sólo cuando me apetecía. No era el caso.
Al fin, recorrí el diminuto pasillo de mi pequeño apartamento y afronté la realidad cuando le vi allí, tumbado en la misma postura en la que le dejé. No pude evitar acercarme con cautela, era la primera vez que le veía así - dejando de lado el cuándo le abandoné horas antes para que durmiera la mona - y mis pulsaciones se aceleraron ante la visión. Recordé que Inuyasha me había dicho que yo era su ángel de la guarda. Eso sería porque nunca se habría visto a él mismo durmiendo…Él sí que parecía un angelito.
Genial, ya estaba empezando a ponerme romántica. Rodé los ojos, solté un bufido y fui a refugiarme a la cocina, o más bien detrás de la isla, porque mi modesto apartamento era un espacio abierto. Preparé el café y llevé una taza a la mesa, pero en ese momento oí a mi acompañante carraspear y removerse, así que cogí otra taza y la cafetera y las dejé también preparadas, para justo después acudir junto a él a comprobar que estuviera bien. Ese descerebrado quizá necesitaría un par de atenciones cuando despertara, además de medio litro de café. Mis pies se quedaron en el sitio, concediéndole las vistas a mis ojos de boba.
Diablos, ¿por qué tenía que ser tan guapo?
Inuyasha volvió a moverse y su respiración perdió su regularidad. Yo reaccioné casi en un susto, sintiéndome ridícula. Claramente estaba despertando, así que me apresuré en salir de su campo de visión antes de que me pillara ahí clavada observándole embelesada como una de sus fans obsesas. Me senté en la silla ágilmente logrando no hacer nada de ruido y cogí el periódico que había encima de la mesa. Era el del día anterior y ya me lo había leído, pero para mi fin me serviría.
-Buenos días – saludé al aire al cabo de un par de minutos de no apreciar ninguna reacción por su parte, como queriendo comprobar mi teoría de que efectivamente su vigilia había comenzado.
Ésta se vio confirmada cuando le vi asomar la cabecita por encima del respaldo de mi sofá, tras unos segundos de latencia que le tomó incorporarse. Sus ojos entreabiertos y su expresión me confirmaron lo que ya sabía: la resaca le estaba matando. No me contestó, sino que se quedó sentado y el modo en que se le desenfocó la mirada por un momento delató que se había mareado. Se levantó una vez superada esa pequeña crisis, y sólo después de que hubiese llegado junto a la mesa arrastrando los pies, su voz se manifestó.
-Buenos días – respondió con esa voz tan varonil que tenía, ronca a primera hora de la mañana.
Se sentó en la silla que había frente a mí, apoyando la cabeza en su mano con los ojos cerrados y yo le observé de incógnito, fingiendo que leía ese periódico caduco. Su dolor de cabeza era evidente, y yo no pude evitar pensar que verle así era cruelmente gracioso. Estaba acostumbrada a verle siempre lleno de energía y fanfarroneando de lo mucho que se cuidaba, y ahora le veía con esas pintas tan terrenales de alguien que anoche se bebió medio inventario del tal Mukotsu.
-¿Café?
-Sí, por favor – me contestó por automático, con cierto matiz de desesperación. Le llené su taza en silencio, y cuando terminé añadió – Gracias.
-No hay de qué.
Volví a mi simulada lectura y él empezó a beber su café sin decirme nada. Su mirada estaba perdida y su expresión era sombría, haciendo que fuera evidente el amasijo de pensamientos a los que estaba dando vueltas. Era obvio cuál sería el contenido de éstos, y una sensación desagradable me oprimió el pecho: celos. Él sufría por otra mujer, y yo no podía hacer más que mirarle.
-¿Cómo estás? – pregunté de forma casual, tanto como para distraerle y sacarle de esa nube negra, como para darme a mí misma la satisfacción de interrumpir esas atenciones que la perra de Kikyo no merecía. Levanté la mirada del periódico, decidiendo que ya me había hecho la indiferente el tiempo suficiente y me permití mostrar el verdadero interés que sentía por su estado.
Él me miró a los ojos y pude ver cómo sus comisuras se elevaban un poco. Se estaba esforzando en agradecer mi interés con una sonrisa pero no lo conseguía. Sentí tanta compasión…
-¿Quieres que te sea sincero? – asentí con la cabeza, sonriendo yo también como si quisiera alentarle a que me imitara – Nunca me he sentido peor.
Me mordí el labio y desvié la mirada, avergonzada de mi patosa intervención. Si es que yo también era estúpida, ¿cómo se me ocurría preguntarle eso? Tenía toneladas de acetaldehído* en el cuerpo que le estaban matando y el corazón hecho añicos, ¿cómo iba a estar el pobre diablo?
-Lo suponía…Y lo lamento, Inuyasha. Lo siento de verdad – es todo lo que pude decirle, me di cuenta de que estaba siendo demasiado lúgubre y que eso no estaría contribuyendo positivamente, pero me sentía bloqueada. No sabía cómo ayudarle. Yo nunca le había pedido matrimonio a nadie ni me habían tirado el anillo en la cara.
"Si se me pone a llorar otra vez será culpa mía, maldita sea…".
-Lo sé, Kagome. Pero voy a estar bien.
Esta vez sí que me sonrió. Fue poco entusiasta y se notó que le había llevado invertir un pequeño esfuerzo, pero seguía siendo una sonrisa al fin y al cabo. Inuyasha estaba luchando no sólo por intentar sentirse mejor desde ya, sino también porque me sintiera mejor yo, y eso me gustó. Le comuniqué a través de mi propia sonrisa lo mucho que me alegraba esa iniciativa. Al verle un poco más dispuesto a aterrizar en la vida real, me atreví a ir un paso más allá en su resurrección:
-¿Quieres desayunar algo? Tengo que hacer la compra y no tengo mucho, pero hay cereales, algún bollito…
Él negó con la cabeza intentando no menearla más de la cuenta, pero pude ver en sus ojos la locura que le pareció mi propuesta. Hubiese apostado a que en esos momentos su estómago era una fábrica de náuseas.
-No, gracias. No tengo hambre.
Volvió a beber de su taza y de nuevo su mirada se quedó ausente. Sabía perfectamente que se estaba volviendo a comer la cabeza con sus penas y maldije esa tendencia. No era culpa suya, era un ser humano que acababa de caer en el profundo pozo del desamor y estaba sufriendo. Yo también había pasado por eso y sabía que la inclinación de la mente a darle vueltas a la propia desgracia romántica era obsesiva, esclavizante y angustiosa. Era imposible pedirle a un alma desconcertada que dejara de preguntarse una y otra vez por qué la que creía que era su gemela la había abandonado tan de repente y de esa forma tan rompedora.
Pero eso no me impidió volver a la carga. Inuyasha no iba a sufrir más por esa desgraciada, al menos no en mi presencia. No pensaba permitirlo.
-¿Mucha resaca? ¿Quieres un ibuprofeno? – ofrecí, de nuevo buscando su distracción. Prefería hacerle pensar en la mierda de cuerpo que tenía en ese momento, que en su corazón roto. Lo primero se revertiría en veinticuatro horas, lo segundo…No quise ni pensarlo.
-No, tranquila. Quizá luego.
Y luego decían que las mujeres éramos las difíciles. Joder, ese hombre no quería nada. No pude evitar estudiarle con más detenimiento por encima de las hojas llenas de letra pequeña que tenía en las manos. Le escruté intentando ser disimulada, luchando por encontrar una forma de ayudarle, la que fuera, pero él no me lo estaba poniendo fácil.
Aproveché mi observación para repasar una a una sus facciones. Estaba hecho una mierda, y aun así seguía viéndose atractivo como un íncubo. Porque aquello era en lo que se iba a convertir: un demonio por el que saldría herida, empezando por la noche anterior. Recuperé ese atesorado recuerdo cuando mi vista descendió hasta sus labios. Todo ese rato había estado intentando quitarme de la cabeza ese momento tan especial porque no me convenía recrearme en él, pero era complicado no hacerlo. Inuyasha me había dado el mejor beso que había recibido en mi vida, y aunque la técnica no había sido nada mala, estaba claro que el componente emocional había sido el que había arrasado.
¿Alguno de esos pensamientos a los que estaba dando a vueltas tendría que ver con eso? ¿Conmigo? Cuando todo sucedió, estaba tan borracho que ahora yo no podía descartar la posibilidad de que no se acordara de nada. Pensar en eso me repateaba y me fastidiaba, pero sólo había una forma de averiguarlo, así que me dispuse a tantearle.
-¿Tienes muchas lagunas? – le pregunté sonando tan casual como me fue posible.
-Mmm… - cerró los ojos y supe que se estaba estrujando el cerebro. Le agradecí el esfuerzo, teniendo en cuenta las pocas ganas que tendría de usarlo ahora mismo - No recuerdo mucho después de entrar por la puerta, la verdad.
La tierra se abrió bajo mis pies. Los dedos se me crisparon encima del periódico, de forma sutil por suerte, y esperé que fuera lo que fuera que mi cara hubiese expresado también fuera así de disimulado, porque de repente me sentía tan hundida que quería llorar. Y es que aparentemente, ese beso que había sido todo un punto de inflexión para mí, no había existido en su mundo…pero eso no era justo para él. Inuyasha tenía derecho a saber lo que había pasado entre nosotros, y ambos éramos lo suficientemente maduros como para poder hablar civilizadamente sobre el tema y llegar a un acuerdo que nos permitiera seguir adelante con nuestra relación laboral intacta. Eso era lo que pensaría una adulta cabal, y lo que me forcé a aceptar.
Pero cuando me dispuse a ejecutar esa decisión que me había parecido tan lógica, la voz se me trabó en la garganta. Me di cuenta de que tenía miedo. No quería oírle decir que fue un error, porque eso ya lo sabía yo solita. Fue inapropiado dado el tipo de relación que nos une, y no solo por eso: Inuyasha seguía enamorado de Kikyo. Tenía que estarlo, el amor no desaparecía de un día para otro, por muy atroz que hubiese sido su final. En su corazón no había sitio para mí, al menos en esos momentos, y yo no estaba preparada para oírselo decir. Así que, siendo totalmente incoherente con los argumentos que yo misma había razonado hacía apenas unos instantes, me oí decir:
-Bueno, te quedaste dormido apenas tocaste el sofá. Nada digno de recordar.
Otra vez le vi sonreír, pero me di cuenta de que esa sonrisa no le llegaba a los ojos y eso podía tener dos razones: que se encontrara muy mal y no llegara a fingir bien el gesto, o que me hubiese visto en la cara que le había mentido. Por unos momentos, fue él quien me escrutó con sus bonitos ojos dorados medio ocultos en sus párpados entrecerrados, y aunque yo tenía mi mirada fija en esa sección de deportes que me importaba un comino, fui plenamente consciente y mi nerviosismo creció.
-Oye, Kagome... Quería decirte que lo de ayer por la tarde… - me tranquilicé automáticamente por el cambio de tema. Al parecer mi trola había colado, y aunque eso era lo que "quería", un sabor más que amargo se quedó remanente en mi ser - Fui un cretino, y te pido disculpas por…
Nada más adiviné mientras hablaba lo que pretendía decirme, negué con la cabeza, pues yo misma también había estado reflexionando sobre el tema y en lo mucho que ayer sobrepasé los lindes de su confianza.
-No tienes que disculparte por eso. No me dijiste nada que no fuera cierto, metí la nariz donde no debía y me pasé de la raya. Es normal que me marcaras los límites – argumenté con calma, queriendo dejarle claro que todo estaba bien.
Sentía cierto rencor todavía, ya que una cosa era que me hubiese rebatido lo que le decía y me hubiese recordado cuál era mi posición, y la otra haber tenido que tragarme sus comentarios despectivos e hirientes y el modo en que me había gritado. Pero había aceptado que yo ya sabía en lo que me metía y todavía más después de la advertencia de Sango, a quien había terminado por hacer caso omiso. Sus modales habían sido innecesarios, pero decidí que eso no importaba ya. Yo también me había equivocado, y por eso estábamos en paz.
Pero al parecer, él no estaba de acuerdo.
-No te marqué los límites, me cerré en banda y te amenacé con tal de no oírte. Ni siquiera te escuché, enseguida pensé lo peor de ti y… - se quedó callado un par de segundos, era la primera vez que le veía cohibido y cabizbajo, con el arrepentimiento bañando su cara y eso me conmovió. Él parecía siempre tan seguro de sí mismo y de todo lo que hacía…. – Pudiste haberte quedado callada, y aun así te pudo la lealtad hacia mí. Perdóname por no haber sabido verlo, por haberte gritado y por todo lo que te dije.
-Kikyo era tu pareja, Inuyasha – volví a mover la cabeza, negando con compasión todos sus argumentos y sonriéndole para transmitirle paz - Era en quien más confiabas. Lo entiendo perfectamente, así que no te tortures más por eso, de verdad. Ya suficiente desgracia llevas encima…
Quise morderme la lengua después de lo último que le solté. Maldición, ya estaba otra vez recordándole su mierda de vida amorosa. Porque si alguna era peor en esos momentos que la mía, ésa era la suya. No pude evitar echarle una ojeada para ver si su expresión se ensombrecía otra vez por mi culpa, pero contra todo pronóstico, él me sonrió y esa vez fue de verdad, como si le hubiese hecho gracia mi comentario.
"Quien lo entienda que lo compre".
-Perdona, no quería ser tan…
-¿Sincera? – se rió de ese modo que tan atrayente me había parecido siempre – No has dicho nada que no fuera cierto. Aunque si te soy sincero yo, ahora mismo…Me siento más enfadado que triste.
No pude evitar sonreír al oírle, de pura empatía y comprensión. Y es que no valía la pena estar triste por haber perdido a alguien que no valía la pena, e Inuyasha era lo suficientemente inteligente como para haberse dado cuenta ya. Sin embargo, era normal que estuviese cabreado porque le habían humillado y traicionado. Su orgullo tenía que estar profundamente herido, por no hablar de su hombría. Apoyé la barbilla en mi mano y un mechón de pelo se me escapó hacia adelante. Estaba absorta en nuestra conversación así que no le di importancia, pero él se lo quedó mirando distraídamente. Quién sabía lo que estaría pensando…
-Bueno, está todo muy fresco aún – le dije tratando que su mente no volviera a extraviarse - Dentro de unos meses todo se irá ordenando en tu cabeza, y lo verás con más perspectiva. Entenderás el porqué de muchas cosas que hasta ahora no te habías ni planteado. Es necesario salir del remolino para poder ver qué estaba sucediendo dentro de él.
Se me quedó mirando un poco sorprendido, y entendí por qué. Por un momento había sacado a relucir la parte más superficial de aquellas conclusiones a las que yo misma había ido llegando a partir de mis fracasos amorosos, para transmitírselas a él como un consejo. Esa metáfora del remolino la había usado mi psicóloga conmigo en uno de los momentos más oscuros de mi pasado, y ahora la llevaba incrustada en las pautas de mi inteligencia emocional como un mantra al que acudía cuando algún aspecto de mi vida se torcía.
Inuyasha parecía estar dándole una vuelta a lo que le había dicho, pero me sonrió enseguida.
-Eso son palabras muy sabias, señorita Higurashi.
-Y muy ciertas, señor Taisho. Se lo puedo asegurar – le seguí la corriente guiñándole un ojo.
Después de mis últimas palabras, parpadeó con parsimonia. Su expresión era serena ahora. Sus ojos seguían encerrando muchos sentimientos que le llevaría tiempo poner en su lugar, pero al menos esa cara torturada de pesimismo que traía cuando se había despertado se había relajado un poco. La insinuación de una sonrisa de esperanza se escondía en su comisura. Me sentí animada por ese diminuto progreso, y por haber sido yo quien lo había propiciado.
-Gracias por ser mi amiga – dijo inesperadamente, con un tono de voz igual de calmo que su nueva actitud.
Me sentí descolocada al oírle decir aquello. De todo lo que me había dicho el día anterior, sin duda la negación de nuestra amistad era lo que más me había dolido. Le había visto tan enfadado y serio que realmente le creí, y eso lo empeoró todo. Me hizo sentir humillada y perdedora, porque era como si me hubiesen tirado en cara que la confianza, el aprecio y lo muy a gusto que yo me sentía cuando estaba con Inuyasha no eran recíprocos. O que si lo eran, para él no significaban nada.
Bien, ahora venía cuando sí iba a permitirme ser un poco mala. Tenía una dignidad herida que defender.
-¿Amiga? – levanté las cejas dejando que mi sorpresa fuera evidente, pues para nada pretendía ocultarla esta vez - Soy tu empleada y mi trabajo es cuidarte, me alegro de poder ayudarte pero como tú dijiste, se supone que no debemos ser amigos.
Se lo solté con inocencia, como si realmente no hubiera intenciones ocultas detrás de mis palabras, cuando en realidad se escondía una intencionalidad como una catedral de verle bajarse los pantalones... Figuradamente, claro.
-Eres mi asistente, pero...también eres mi amiga, Kagome. Claro que lo eres. Y de las que más valoro en mi vida. No hagas caso de todas las idioteces que suelto cuando me enfado – me dejó bien claro, y su cara reflejó lo avergonzado y arrepentido que se sentía. Su sonrisita era de disculpa y su mirada rogaba por mi perdón. Parecía un cachorrito bueno…
Ah, al fin un poco de satisfacción. Era una manipuladora despiadada y ardería en el infierno por mi jugada, pero eso no quitaba lo reconfortada que me sentí al oír esas palabras. Se lo demostré devolviéndole la sonrisa.
-Gracias, es bueno saberlo. Y respecto a lo último...me lo tomaré como un consejo.
-Lo es. Y ya que estamos hablando de eso...Una amiga compasiva me acercaría ese analgésico que me ha ofrecido antes…O dos o tres – me pidió casi suplicante, otra vez con esa vocecita lastimosa que me ablandó con total eficacia.
Volvió a hundir la frente en su mano como si temiera que en cualquier momento pudiese caérsele la cabeza. El modo en que apretó los párpados me recordó lo mucho que le seguía doliendo. No había bebido ni una gota de agua, ni se había tomado ningún analgésico. No hubiese sabido decir que era valiente, inconsciente o modesto por no habérmelos pedido antes. De acuerdo, lo había conseguido: me dio pena. Aun así, no pensaba darle tres pastillas. ¿Estaba loco?
-¿Qué tal uno, y un litro de agua? Cuidar de ti implica impedir que te salga un agujero en el estómago.
-Te pagaría igual, con agujero o sin él, pero compro.
Le miré. Me miró. Sonreímos. Otra vez ese intercambio de expresiones socarronas que nos caracterizaba. Mi corazón latió más deprisa cuando sus orbes dorados conectaron con los míos de esa forma tan directa. Siempre me había pasado, de algún modo u otro, la diferencia era que ahora ya había asumido y procesado el por qué.
Podría salir corriendo. Renunciar y dejar el trabajo para protegerme a mí misma, pero no podía hacerlo. Me gustaría decir que mi motivación para seguir adelante con esa trampa que me iba a destrozar el corazón era el bien de mi hermano pequeño, pero estaría siendo hipócrita.
El motivo real era la adicción. Ya era tarde para alejarme de Inuyasha. No sabía cómo iba a lidiar con los profundos sentimientos que él me despertaba. Lo único que sabía era que mi único deseo era estar a su lado.
*INUYASHA'S POV*
Abrí los ojos con lentitud, cerrándolos inmediatamente después cuando los potentes rayos de sol invadieron mis pupilas. Solté un gemido y me puse la mano en la cabeza. Fue instintivo porque enseguida noté que me dolía horrores.
"Maldición…"
Me removí perezosamente para acomodarme mejor en ese sofá tan estrecho, acostumbrado como estaba a dormir en mi cama doble extragrande, y entonces descubrí que también me dolía la espalda. Resignado, volví a abrir los ojos y miré un poco a mi alrededor por debajo de mis dedos que me hacían de visera. Los recuerdos de la noche anterior empezaron a bombardearme con tanta fuerza que sentí que el pecho se me oprimía. Solo había una cosa más dolorosa que la resaca, y que esa lumbalgia inofensiva.
Y ese algo era el desamor. Esa ruptura tan inesperada y cruel que me había dejado el corazón completamente destrozado. Recordar esa conversación tan dura provocaba un ardor en mis ojos y un nudo en mi garganta. ¿Qué había sido peor? ¿La infidelidad o el interés materialista que llevó a Kikyo a "quererme"? Tanto una cosa como la otra me hacían sentir tan poca cosa, como un objeto, pero sobretodo, como un imbécil ciego. Un comportamiento tan crudo tenía que haber sido tan evidente para la gente que me rodeaba, pero tanto…La culpa y la vergüenza me asaltaron al pensar en todas y cada una de las veces que había marcado límites con mis seres queridos al defender a esa mujer, cuando aquellas personas que realmente me querían sólo habían intentado protegerme, abrirme los ojos. La más valiente había sido Kagome, y me estremecí de solo recordar mi reacción.
Y sin embargo aquí estaba, cobijado en su territorio. O al menos, esa era mi teoría…¿qué otro sitio podía ser ese sitio al que me había traído, sino su propia vivienda? La había acompañado varias veces a su bloque de apartamentos al final de su jornada, cuando ésta nos pillaba haciendo recados en la ciudad, pero nunca había subido a su apartamento. Lo que había al alcance de mi vista era un parqué de pino y paredes blancas. El sofá donde estaba era de un curioso turquesa clarito, y había una alfombra de hilos de color gris en el suelo. Bonito, sencillo y femenino. Como ella.
-Buenos días – oí decir a una voz familiar, como si hubiese invocado a su propietaria con mis pensamientos. Me incorporé poco a poco y miré por encima del respaldo a través de mis párpados entrecerrados por esa condenada luz diurna tan tortuosa, para encontrarme con mi asistente, sentada en una mesa leyendo el periódico y con una taza de humeante café a su lado.
Mi malestar era tal que me mareé al quedarme sentado. Me levanté tras recomponerme a duras penas y caminé hacia ella como un autómata, sintiéndome algo confuso por cómo debería comportarme en esas circunstancias. Me extrañó ver que Kagome no lucía para nada incómoda. Es más, ni siquiera me miraba, sumida en su lectura. Como si fuera de lo más normal tener a tu jefe durmiendo la mona en tu sofá.
-Buenos días – respondí antes de dejarme caer en la silla que había frente a ella, y resoplé volviendo a tocarme la frente.
-¿Café? - me preguntó como si pudiese leerme el pensamiento. Había cierto rintintín en su expresión, el típico de una persona que contemplaba a otra que estaba siendo avasallada por las consecuencias de haber bebido demasiado. Pero yo sabía que era demasiado buena como para reírse de mí en voz alta, y más aun después de lo que me había pasado.
-Sí, por favor.
Kagome cogió la cafetera por el asa y llenó una taza vacía que se encontraba frente a ella. Con lo bien que empezaba a conocer a mi asistente y a su modo meticuloso de trabajar, supe que esa taza había sido preparada para mí desde un buen principio. Ella tan previsora, iba siempre dos pasos por delante de mis necesidades y lo tenía todo controlado. Claro que eso no era trabajo, era una buena persona socorriendo a otra que ahora mismo sentía que no se merecía esa consideración. Como más despreocupada y amable era conmigo, más me torturaba por como la había tratado el día anterior.
-Gracias.
-No hay de qué.
Hubo una breve pausa mientras cataba la bebida. Estaba caliente en su medida perfecta, y me acarició el paladar y el esófago como una caricia reconfortante.
-¿Cómo estás?
Kagome levantó por primera vez la mirada del periódico para acompañar su pregunta, mostrando verdadero interés por la respuesta. Yo me forcé a sonreír pero me quedé a medias, sin ganas reales de hacerlo.
-¿Quieres que te sea sincero? - ella asintió, devolviéndome una sonrisa gentil - Nunca me he sentido peor.
La vi morderse el labio y desviar la mirada a un lado, pude adivinar la frustración en su expresión y eso me conmovió. Ella quería verme bien, aun siendo esa posibilidad muy prematura. Me quedaba por delante un largo camino de duelo y superación, y ella era lo suficientemente inteligente como para saberlo. Aun así, me gustó que se preocupara por mí, y a la vez me supo mal haber contestado a su intento de ayudarme siendo tan cenizo.
-Lo suponía…Y lo lamento, Inuyasha. Lo siento de verdad – me dijo volviendo a mirarme, esta vez con cautela, como si estuviese temiendo que yo en cualquier momento me vendría abajo.
Estaba lejos de eso, incluso yo me estaba sorprendiendo por mi entereza, aunque bien era verdad que en cierto modo, ya había llorado y me había desfogado bastante la noche anterior. Y no sólo eso, todo ese alcohol que había usado como refugio emocional había sido parcialmente terapéutico, aunque ahora mi cuerpo lo estuviese pagando y siendo yo consciente de que esa no era forma de arreglar las cosas.
-Lo sé, Kagome. Pero voy a estar bien – le aseguré, y esta vez sí conseguí regalarle una pequeña sonrisa. Eso pareció complacerla, porque me la devolvió.
Me ofreció algo de desayuno, que rechacé porque sólo de pensar en comer algo sólido me entraban ganas de vomitar. La sensación de mareo y náusea, así como la de irritación en mi estómago, eran mayores conforme mi sistema digestivo iba despertando, y no quise tentar a la suerte. Ya estaba suficientemente avergonzado porque Kagome me hubiese visto en ese estado tan lamentable de embriaguez, como para que ahora me viera echar la primera papilla en su retrete.
Me limité a seguir bebiendo mi café en silencio y poco a poco, dejando mi mirada a la deriva, sin estar observando nada en concreto. Mi atención era llevada todo el rato, de forma instintiva e inevitable, a mis demonios interiores. Mis pensamientos fluían sin poder detenerlos, eran demasiado recientes y tenían demasiada fuerza como para poder salvaguardarme de ellos. Habían pasado tantas cosas en tan poco tiempo…Recordé con amargura esos instantes de pasión tan largos en el hotel, la sensación de tener a la mujer amada descansando encima de mi pecho, los besos y las palabras de amor…Esas últimas pronunciadas en su mayor parte por mí, y sólo ahora le daba importancia a esos silencios comprometidos por parte de Kikyo. Luego vino esa estúpida idea de casarnos, la búsqueda del anillo que tan alto me había subido, a la cima de mis ilusiones, y desde la cual me había despeñado después.
Otra vez recordé con desagrado la pelea con Kagome porque era lo siguiente que había sucedido, y no pude evitar mirarla de reojo al pensar en eso. Ella parecía tan libre de rencor, tan tranquila…
-¿Mucha resaca? ¿Quieres un ibuprofeno? – me ofreció en ese momento.
-No, tranquila. Quizá luego.
Ambos seguimos bebiendo nuestros cafés durante un par de minutos sin decirnos nada. Observé distraídamente el contenido de mi taza mientras intentaba sobrellevar en la medida de lo posible mi malestar, tanto el físico como el emocional. El verme despistado pareció darle a Kagome cierta libertad para examinarme, y de hecho ya hacía rato que me había dado cuenta de cómo me iba mirando de soslayo. No estaba tan concentrada en su lectura como intentaba aparentar, algo estaba cociéndose en su cabecita y creía saber qué era, porque yo también tenía ese asunto relacionado con ella dando vueltas en la mía.
-¿Tienes muchas lagunas? – preguntó al fin, y al oír su pregunta la miré. Ahora sí expresaba algo su rostro: se la veía un poco tensa, nerviosa, y tanto eso como sus palabras confirmaron mis sospechas.
-Mmm…
Mientras fingía que intentaba hacer memoria, inevitablemente evoqué con perfecta nitidez el contacto de sus labios sobre los míos. Esa misma caricia que había sido un paréntesis de luz en medio de toda esa oscuridad que me poseía la noche anterior, y cuya razón sabía que no había sido el despecho. Kikyo y Kagome eran como la noche y el día, demasiado distintas como para pretender encontrar a una en la otra. Y aunque esas hubiesen sido las intenciones de mi subconsciente, su modo de besar también había resultado ser antagónico: Kikyo lo hacía de forma tan sofisticada y meticulosa como ella era, sabía cómo encenderte pero eso nunca sucedía por fogosidad o descontrol; en cambio, el beso que recibí anoche fue todo espontaneidad y calidez.
Tampoco podía achacar lo sucedido al alcohol, o al menos el cien por cien. Se dice que cuando uno está embriagado, se pierde la vergüenza pero no el raciocinio, y yo estaría mintiendo como un bellaco si dijera que nunca había fantaseado con comprobar a qué sabrían esos labios. Me lo había preguntado muchas veces, hablando con Kagome de cerca mientras trabajábamos, y después me había reprendido por mis inapropiados pensamientos. Lo único que había hecho el alcohol había sido quitarme ese filtro. Y es que ahora que podía hacerlo sin sentirme un traidor, ya iba siendo hora de reconocerme algo a mí mismo: Kagome me atraía como un imán. Siempre había sido consciente de la química tan potente que había entre nosotros, pero por muy evidente que fuera, a mí nunca se me hubiese ocurrido consolidar esa inclinación. Yo podía tener mis defectos como novio, pero la tendencia a la infidelidad no era una de ellas. Yo siempre he sido hombre de una sola mujer.
Aun así, tenía que reconocer que ayer no pensé deliberadamente en que ya era libre para poder concederme ese capricho. A decir verdad, no había pensado en nada, besar a Kagome había sido un impulso que surgió de lo más profundo de mi ser al oír todas esas palabras suyas que tanto me conmovieron. ¿Habría sucedido de todas formas en unas circunstancias similares, estando o no comprometido en otra relación? Mi comisura se curvó en una mueca de incomodidad cuando noté que me dolía todavía más la cabeza. Qué más daba ya pensar en eso… esa relación ya no existía.
La que sí seguía existiendo era Kagome, que ahora esperaba mi respuesta con sus bonitos ojos castaños bañados en inquietud. En un primer momento tuve el impulso natural de ser sincero, tanto que incluso mi boca se entreabrió para empezar a hablar del asunto como los adultos que se suponía que éramos, pero al final, después de unos instantes de cavilación, mis labios liberaron una respuesta improvisada que en el futuro me daría mucho en qué pensar:
-No recuerdo mucho después de entrar por la puerta, la verdad – me oí decir, fingiendo una despreocupación que no sentía.
Kagome se me quedó mirando, ahora era ella la que estaba pensativa decidiendo qué hacer, después de que yo le pasara la pelota. Sólo tenía dos opciones: o hacerse la sueca también, o ser honesta y explicarme qué había pasado anoche.
Resultó que los dos éramos un par de embusteros.
-Bueno, te quedaste dormido apenas tocaste el sofá. Nada digno de recordar.
Forcé una sonrisa como única respuesta. A pesar de que yo mismo había empezado con ese bulo y debería sentirme agradecido de que ella me hubiese seguido la corriente, fueran cuales fueran sus motivos, me sentí paradójicamente decepcionado con su respuesta, como si me ofendiera que ella clasificara lo sucedidocomo algo que no era "digno de recordar". ¿Realmente para ella no había significado nada? ¿Por qué me molestaba tanto la posibilidad de que fuera así? Por el amor de una madre, me estaba enfurruñando como un niño pequeño cuando la aplastante verdad era que no podía culparla de haberme mentido, porque yo era el primero que lo había hecho. Sabía que podía confiar y comunicarme con ella, y aun así, me había rajado en el último momento porque….
"Es mejor así. Los jefes y los empleados no se besan".
No, no lo hacían, y era por un buen motivo. No podía permitirme pensar en ella de esa forma. Lo que había pasado no había estado bien, tenía que caer en el olvido y la mejor forma de empezar con ese proceso era negar que hubiese sucedido, por mucho que le doliera a mi ego masculino que todavía seguía celebrándolo, y que sospechaba era el responsable de mi descontento con la aparente indiferencia de Kagome. Tendría que mantener a raya toda esa atracción que ella me despertaba, como fuera. Por el bien de ambos y de nuestra relación laboral.
Y hablando del bien de nuestra relación…
-Oye, Kagome... – por un momento me miró casi con temor, como si pensara que iba a echarle en cara su mentira y tuve que reprimir un suspiro apesadumbrado ante eso - Quería decirte que lo de ayer por la tarde…Fui un cretino, y te pido disculpas por…
-No tienes que disculparte por eso – me interrumpió ella, negando enseguida con la cabeza para dar énfasis a sus palabras - No me dijiste nada que no fuera cierto, metí la nariz donde no debía y me pasé de la raya. Es normal que me marcaras los límites.
-No te marqué los límites, me cerré en banda y te amenacé con tal de no oírte. Ni siquiera te escuché, enseguida pensé lo peor de ti y… - hice una pausa, avergonzado al recordar mi comportamiento, pero ella se limitaba a mirarme con calma, sin rastro de rencor en sus ojos– Pudiste haberte quedado callada, y aun así te pudo la lealtad hacia mí. Perdóname por no haber sabido verlo, por haberte gritado y por todo lo que te dije.
-Kikyo era tu pareja, Inuyasha. Era en quien más confiabas. Lo entiendo perfectamente, así que no te tortures más por eso, de verdad - había seguido acompañando lo que me decía con un meneo suave de cabeza y un asomo de sonrisa comprensiva en su comisura. Su voz era dulce y me transmitía la sensación de que realmente todo estaba bien – Ya suficiente desgracia llevas encima.
La miré con una ceja levantada por la naturalidad con la que había pronunciado eso último, y no pude evitar sonreír divertido cuando la vi ruborizarse y abrir los ojos como platos, como si creyera que había metido la pata. Recordé cómo ayer le dije que era mi ángel de la guarda, eso había sido algo cursi y ridículamente profundo, pero no podía negar que era verdad. ¿Cómo había conseguido hacerme sonreír en mi estado? Y encima sin pretenderlo. Esa chica era bruja…
-Perdona, no quería ser tan…
-¿Sincera? – solté una carcajada irónica pero desenfadada – No has dicho nada que no fuera cierto. Aunque si te soy sincero yo, ahora mismo…Me siento más enfadado que triste.
Kagome sonrió comprensivamente al oír mi comentario. Apoyó la barbilla en su mano y me miró a través de sus grandes y expresivos orbes marrones. Un mechón de pelo se escapó de detrás de su hombro al inclinar la cabeza y se aventuró hacia adelante. Por un momento tuve la loca tentación de alargar mi mano para acomodárselo detrás de la oreja, buscando sentir esa suavidad que había descubierto cuando anoche varias de sus hebras me habían rozado la cara.
-Bueno, está todo muy fresco aún – afirmó con tranquilidad - Dentro de unos meses todo se irá ordenando en tu cabeza y lo verás con más perspectiva. Entenderás el porqué de muchas cosas que hasta ahora no te habías ni planteado. Es necesario salir del remolino para poder ver qué estaba sucediendo dentro de él.
Tardé un poco en responder porque estaba tomando mis propias conclusiones acerca de lo que acababa de decirme. Parecía que Kagome hablaba desde la experiencia, como una persona que también había vivido una ruptura difícil, y aunque a sus veintitrés años era natural que hubiese pasado ya por una o varias relaciones, esa idea me irritó. ¿Me gustaba lo suficiente como para despertarme algo de celos? ¿Incluso teniendo el corazón partido por otra mujer? Bueno, mis sensaciones dejaban en evidencia que sí. Pero yo ya había decidido que ese tema quedaba aparcado para la prosperidad, así que ignoré el mohín de mi orgullo masculino.
-Eso son palabras muy sabias, señorita Higurashi.
-Y muy ciertas, señor Taisho. Se lo puedo asegurar – me guiñó un ojo y sonrió de costado.
Le devolví la sonrisa, porque a pesar de que era consciente de que yo tenía mi círculo de gente cercana en quién podía apoyarme, fue en ese momento compartido con mi asistente que me di cuenta de que no estaba solo. Kagome estaba a mi lado, y pensar en eso me hizo sentir mejor.
-Gracias por ser mi amiga - murmuré tranquilo, sintiendo que la presión del desazón en mi pecho se había reducido un poco.
-¿Amiga? - me atravesó con una mirada interrogante y levantó ambas cejas. Había algo de sorna en su expresión y supe inmediatamente qué era lo que le estaba pasando por la cabeza. De inmediato me sentí otra vez enfadado conmigo mismo. Le había dicho tantas estupideces el día anterior... - Soy tu empleada y mi trabajo es cuidarte, me alegro de poder ayudarte pero como tú dijiste, se supone que no debemos ser amigos.
Me dolió que dijera en voz alta esa mentira por despecho con la que la había atacado sólo para herirla. Ahora que estaba yo en la otra posición, fui consciente realmente del daño que hacía esa afirmación cuando uno la recibía. Pero por su tono de voz desenfadado, era evidente que no era que esta vez Kagome me estuviese marcando los límites a mí, sino que estaba poniendo a prueba la opinión que tenía ahora acerca de ella, y en eso sí que yo no tenía ninguna intención de ser deshonesto.
-Eres mi asistente, pero...también eres mi amiga, Kagome. Claro que lo eres. Y de las que más valoro en mi vida. No hagas caso de todas las idioteces que suelto cuando me enfado.
Su alegre expresión me hizo saber que la habían complacido mis palabras y lo celebré internamente.
-Gracias, es bueno saberlo. Y respecto a lo último...me lo tomaré como un consejo.
-Lo es. Y ya que estamos hablando de eso...Una amiga compasiva me acercaría ese analgésico que me ha ofrecido antes – le dije con voz lastimosa, y arrugando el entrecejo cuando apoyé la frente en mi mano, como si eso pudiese aliviar las punzadas de dolor despiadadas que me atormentaban cada vez más - O dos o tres.
-¿Qué tal uno, y un litro de agua? - negoció, riéndose con burla – Cuidar de ti implica impedir que te salga un agujero en el estómago.
-Te pagaría igual, con agujero o sin él, pero compro.
Intercambiamos una mirada y sonrisa cómplices, cómodas y sinceras. Saltaron chispas con ese contacto visual, y me descubrí tragando duro con disimulo ante la respuesta de mi cuerpo, que reaccionó con un estremecimiento. Aguantar esa tortura iba a ser todo un reto, pero iba a lograrlo como fuera.
Continuará…
*Acetaldehído: residuo del etanol que produce el hígado cuando lo procesa, y que hasta que no se elimina, es el responsable de los síntomas de la resaca.
Bueno, aquí están las conclusiones de ambos respecto a lo que sucedió entre ellos, y al estado actual de su relación. Me interesa especialmente ver cuáles son vuestras impresiones esta vez, me ayudaría mucho a ver si estoy consiguiendo plasmar lo que quiero y si el lector aprecia todos los matices.
Sobretodo, me gustaría que me respondierais a una pregunta…¿cuál es vuestra conclusión acerca de la decisión de Inuyasha de olvidar el beso, y de sus razones al respecto? No sé si me explico…¿qué habéis pensado acerca de él cuando habéis leído esa parte? Poneos en modo psicóloga, venga.
¡Un abrazo a todas!
Dub
PD: Muchas gracias a Daikra por poner su granito de arena en los pensamientos de Inuyasha. ¿Viste el guiño, preciosa? ;) ¡Hablamos!
