CAPÍTULO VII - LÍMITES

Inspiró hondo, y luego exhaló el aire de forma sostenida. Una, dos, tres veces. Luego cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás, recitando un mantra que había aprendido en sus sesiones de yoga y que en teoría tenía que relajarle el espíritu. No obstante, la palabrota que masculló fue muy poco yogui. Con razón se había borrado de las clases, lo suyo no era el misticismo.

Kagome resopló, se cruzó de brazos y empezó a ir de un lado para otro de la cocina, intentando canalizar de forma inconsciente su malestar interior, ese al que a esas alturas ya debería haberse acostumbrado, pero que en realidad no hacía más que crecer y empeorar con cada vez que se veía en una situación así. Echó una ojeada al plato combinado que había dejado encima de la mesa hacía diez minutos y volvió a mirar su reloj de pulsera. Las nueve casi en punto. Al paso que iba, se le enfriaría el desayuno.

O se les enfriaría el desayuno, porque era evidente que ese iba a ser otro de esos malditos días. Las bambas de running estaban en su sitio, junto al zapatero de la puerta principal, y la de la cocina estaba cerrada con dos vueltas de llave cuando había llegado y había introducido la suya para entrar. Aquello era señal de que nadie la había usado antes ese día, y de que estaba cerrada desde la noche anterior. Conclusión: Inuyasha no había ido a correr. Y a esas alturas, solo había un motivo por el que le había visto saltarse un entrenamiento. Se le removió el estómago al pensar en eso, y como si esa casualidad hubiese sido una burla del destino, se oyeron unos pasos suaves acercándose por el pasillo. Kagome se dio ánimos y apoyó su cuerpo en la isla, esperando lo inevitable.

Una chica menuda se asomó por la puerta con cierta inseguridad, como si ya supiera de antemano que se encontraría con alguien ahí y se sintiera tímida al respecto. Tenía restos de maquillaje corrido en sus ojos, y llevaba puesto un vestido que estaba arrugado. No solo era evidente dónde había pasado la noche, sino también el con quién y por qué.

El corazón de Kagome se encogió dolorosamente y tragó duro antes de poder forzar una sonrisa amable.

-Buenos días – la saludó con cortesía, algo con mérito que ya estaba aprendiendo a fingir aunque estuviera ardiendo en desazón por dentro – Soy Kagome, la asistente de Inuyasha. ¿Quieres tomar algo?

La otra mujer se la quedó mirando un poco cortada, pero terminó devolviéndole la sonrisa. En su caso, fue bastante más sincera. Claro que esa individua le sobraban los motivos para estar bien contentilla.

-Hola, Kagome. Te tengo vista de los rodajes, ya sé quién eres. Soy Shima - su voz era dulce y su expresión era inocente. Le pareció bastante distinta del resto de mujeres que no habían dejado de pasar por la cama de su jefe desde hacía dos meses.

Inuyasha estaba explotando su soltería con un desparpajo que había dejado alucinando a todo su círculo más cercano. Su luto por la ruptura con Kikyo le había durado dos telediarios. De hecho, fue tan efímero que la teoría de Kagome era que toda esa repentina promiscuidad que estaba sucediendo delante de sus torturados ojos tenía como objetivo cumplir con el tan cacareado mito de "Un clavo saca otro clavo". Siguiendo esa regla de tres, el actor se había comprado el kit de carpintería entero. Si había creído que querer a Inuyasha sin que afectara a su trabajo iba a ser un reto, lidiar con ese nuevo comportamiento de playboy despechado estaba siendo un suplicio.

Las mariposas en su estómago nacían y revoloteaban por la mañana cuando le veía, y morían fulminadas cuando detrás de él aparecía la amiguita de turno. Los celos y las lágrimas se habían convertido en parte de sus días y sus noches respectivamente. Y se le estaban acabando las excusas que responderle a su jefe cuando encima el muy imbécil le preguntaba qué le pasaba. Esa situación la estaba corroyendo por dentro, cada día lo llevaba peor e iba más apurada intentando ocultarlo.

Ser testigo en primera fila de cuándo Inuyasha se acostaba con otras mujeres era difícil de soportar, pero si había algo peor que eso, era la maldita espinita de estar constantemente preguntándose cuál de ellas sería ella. La que pondría punto final a esa etapa de desmadre del actor. La afortunada final que se llevaría su corazón. Porque después de dos meses soltero y teniéndola pegada a él ocho horas al día sin ningún cambio, cada vez era más evidente que la ganadora no iba a ser Kagome Higurashi. Aún menos cuando se estaba beneficiando a media ciudad sin que le temblara el pulso por hacerlo delante de ella. Le gustaría poder decir que ya había aceptado que Inuyasha no estaba interesado en ella, pero cada día que pasaba se inclinaba más por creer que esa ingenua esperanza no se apagaría nunca.

"Estúpido Cupido".

-No te preocupes, con un café me basta.

Cuando oyó hablar a la víctima más reciente, Kagome dejó de alimentar su remolino de pensamientos catastrofistas para atenderla. Cogió la cafetera que ya tenía preparada y sirvió una taza, pero en cuanto oyó los pasos de otra persona entrando en la cocina, alcanzó otra para llenarla también sin ni siquiera darse la vuelta.

-Buenos días, Kagome – la saludó Inuyasha con poca energía. Ella le echó un vistazo discreto y vio que se había puesto un chándal relativamente nuevo, pero su expresión delataba las pocas ganas que tenía de afrontar ese día. Kagome ya se conocía de sobras su cara de resaca, y puso los ojos en blanco antes de girarse para que él no le viera la suya de desaprobación.

-Hola, boss – le saludó distraídamente con una voz tan neutra que sonó hasta robótica.

Le entregó una taza a cada uno, y ya había vuelto a alejarse antes de que tuviera tiempo siquiera de verles la complacida sonrisa cuando ambos le dieron las gracias. Se puso a limpiar los cachivaches que había usado para cocinar el desayuno, buscando evadirse de esa mierda de panorama. Esa era la peor parte de esas situaciones. El tener a los dos amantes delante de ella, sin saber si tenía que irse para darles intimidad, o quedarse para seguir haciendo su trabajo. Ambas situaciones eran dolorosas, así que no tenía una preferencia. Si se iba la dañaba su imaginación, pero si se quedaba era la vista quien lo hacía.

-¿Cómo te fue el examen de ayer? – le preguntó Inuyasha, acercándose a ella y apoyándose en la encimera desde las caderas cuando estuvo a su lado.

A Kagome no le sorprendió que él se hubiese acordado de lo que le había comentado el día anterior acerca de una prueba importante de la universidad. Inuyasha seguía siendo igual de atento con ella, eso no había cambiado. Ese era el problema, que nada que tuviese que ver con ella había cambiado. Y en cuanto a la pregunta que le había hecho, se habría sentido conmovida por su interés y probablemente ese detalle le hubiese creado ilusiones, si no hubiese otra mujer en la habitación que había recibido un cumplido bastante mayor por parte de él hacía unas horas, en sus propias carnes.

-Bien, no era difícil – contestó Kagome con más sequedad de la que había pretendido, a esas alturas poseída por los celos que estaban ya en su punto máximo - ¿Te vas a saltar otra vez el entreno? Ya verás Sango…

-Le pago para que me planifique, no para que me riña. Para eso parece que ya te tengo a ti – replicó irritado por el tono ácido que había detectado, y por haber recibido esa contestación tan arisca a cambio de lo que para él había sido un interés sincero acerca de sus estudios - ¿Hoy hay grabación?

-Sí, al mediodía y sólo un par de horas. Pero antes tienes la entrevista con la revista que te dije ayer. Es en una hora, así que deberíamos darnos prisa.

-¿Entrevista a las diez de la mañana? Ni de coña, cancélalo – masculló haciendo una mueca, antes de dar un sorbo de su café.

Kagome abrió los ojos como platos y se quedó mirando al hombre que tenía al lado con furiosa incredulidad. ¿Ya estaban otra vez, en serio? Con las facciones tensas por la impotencia y el enfado, cerró los puños que tenía envueltos en los guantes de goma de fregar cuando le dio su indignada réplica:

-¿Que lo cancele? ¡Esa cita está acordada desde hace un mes! ¡Se van a cabrear! – se quejó mostrando su evidente desacuerdo por ese desplante que sabía que le tocaría gestionar a ella, para variar.

-Pues que se cabreen, manéjalo como tan bien se te da – y efectivamente, su jefe ya le había cargado el muerto, acompañando sus palabras con un encogimiento de hombros que le indicó lo poco que le importaba que su decisión no le pareciera bien.

-Una manera muy condescendiente de decir que vuelva a dar la cara por ti – espetó rabiosa, aguantando la tentación de vaciarle en la cara la olla llena de agua y espuma que en esos momentos sujetaban sus manos.

-Para eso te pago, bonita – replicó lanzándole una mirada a esas alturas también molesta por su atrevido sermón. Hastiado de aguantar la actitud intratable que la chica había traído ese día, se alejó como un perro apaleado y fue a sentarse junto a su desayuno, dedicándole a la tal Shima una sonrisa amable y ofreciéndole compartirlo.

La asistente volvió a apretar los puños y esta vez también la mandíbula ante la oleada de cólera que la embargó al oír esa contestación tan directa y de mal gusto a su parecer.

Las discusiones habían sido habituales esos últimos meses. Inuyasha no sólo se estaba desmadrando con su vida social, sino que ese hecho estaba arrastrando también la profesional, y las consecuencias de sus desplantes y de su indiferencia de cara a muchas de sus tareas, las gestionaba y arreglaba ella. Había días en los que había tenido que resistirse al arrebato de pedirle un aumento de sueldo que compensara toda esa mierda. Luego se acordaba del pastón que él se estaba dejando en la salud de su hermano y se reprimía. Pero si bien le había gustado su trabajo al principio, recientemente tenía que admitir que no estaba a gusto en ese ambiente. No lidiaba bien el tener que pasarse el día disculpándose y justificando las irresponsabilidades de su jefe con todo el mundo.

Y aun así, estaba claro que esa no era la peor parte. Vio con un nudo en la garganta y los ojos empezando a arderle como Shima le devolvía la sonrisa al actor e intercambiaban una típica mirada cómplice postcoital, y eligió ese momento para hacer bomba de humo antes de dejarse en evidencia. Con un poco de suerte, una discusión acalorada con ese periodista al que iba a darle plantón la ayudaría a disipar esa presión en el pecho que parecía estar mordiéndole el corazón.

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-¿Jornada completa? ¿Por qué?

-¿Cómo que "por qué"? Me lo pediste tú ayer, cuando te dije que esta tarde tienes un compromiso en Saitama – le explicó por enésima vez, rodando los ojos – No me fastidies, que ya he avisado a Ayame de que tendrá que pasarme los apuntes.

Inuyasha se frotó la frente con los dedos, agobiado por la luz del sol que le estaba dando de lleno en la cara a pesar de llevar gafas oscuras puestas, y por la actitud de Kagome que no había mejorado desde que la había encontrado en su cocina esa mañana. Por un momento se le ocurrió que podrían ser sus temas hormonales los que le tuvieran en modo dragón, pero descartó la teoría cuando se dio cuenta de que entonces Kagome estaría teniendo el período unas tres veces por semana. Hacía dos meses que estaba tan irascible que no parecía ella, y las veces que se había preocupado por su bienestar preguntándole si todo estaba bien en su vida, había recibido el tan temido "No me pasa nada". El día que oyera el también clásico "Tú sabrás", sería cuando se lo haría encima.

-¿Me puedes recordar también por qué había que ir a Saitama? - se quejó, pues en esos momentos todo lo que fuera más trabajo le incordiaba. Se encontraba mal, le dolía la cabeza y el estómago, y el cuerpo le pedía a gritos que se quedara en casa durmiendo la mona. Y ahora resultaba que después de la sesión de grabación que sabía que se le haría eterna, aún tenía que ir a otro sitio y aplazar ese tan anhelado descanso unas condenadas horas más.

Doblaron la esquina y se dirigieron al estudio seis, esquivando antes un vehículo de carga que llevaba varios decorados. Cruzaron la entrada, él detrás de ella, e Inuyasha puso los ojos en blanco cuando su asistente no se molestó en sujetarle la puerta y ésta por poco le dio en las narices.

-Porque Miroku aceptó tu participación en un anuncio de bebida para deportistas. Te lo dije ayer, ¿es que nunca me escuchas? – farfulló, bufando exasperada.

-No empecemos otra vez, Kagome – le pidió con tono hastiado.

La aludida solo se mordió la lengua para no replicar. Reconocía que ese día estaba de peor humor de lo habitual. Tanto, que el periodista que había osado hablarle mal al comunicarle que se cancelaba la entrevista se había sentido intimidado hasta el punto en que había sido él quien había terminado pidiéndole disculpas a ella.

Sabía que si todavía conservara esa bonita relación de confidencia y complicidad con su jefe, se habrían reído juntos de ese hecho. Y en cambio, ni siquiera se lo había contado, porque él había estado ocupado con otra que mujer que al parecer era más interesante que ella.

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Tras un par horas de grabación ininterrumpida, el director dio por terminada la sesión y los actores empezaron a retirarse del plató, conversando animadamente entre ellos. El equipo técnico también se dispuso a recoger todo lo necesario para cerrar la jornada, y Kagome cerró el vano con el que llevaba un buen rato ventilándose. Se levantó de la silla reservada para Inuyasha y lo esperó con una botellita de agua en la mano como era su costumbre habitual. Al ver que tardaba más de lo normal, lo buscó con la mirada desde su sitio entre la multitud que interpretaba a un pueblo medieval, balanceándose un poco a derecha e izquierda intentando divisarle. La sangre le hirvió cuando lo vio hablando con la actriz que interpretaba a una cazadora de demonios, con una sonrisa demasiado ancha para su gusto y una mirada que en esos dos meses había aprendido a distinguir.

Esa era su cara de depredador.

"Cálmate, Kagome, no seas paranoica. Sólo están hablando". Pero como si de una burla del universo se tratara, en ese momento el actor acarició con coquetería la mandíbula de la joven, quien soltó una risita estúpida y jugueteó con un mechón de la peluca plateada que él usaba. "Dios, pero qué asco...".

Hizo un mohín y desvió la mirada hacia otro lado. Empezó a dar toquecitos nerviosos en el suelo con la punta del pie, delatando su cada vez más anulada paciencia y su malestar. En un intento de distraerse de ese espectáculo tan fastidioso que tenía delante, sus ojos encontraron a una pequeña figura que le resultó familiar: Shima, que había llegado al trabajo por su cuenta y aparentemente ya se había duchado y adecentado con el uniforme negro del equipo de sonido, estaba mirando hacia el mismo sitio del que Kagome había apartado sus ojos segundos antes. La asistente sintió que la punzada de la empatía la alcanzaba, cuando vio la expresión de la otra mujer. Estaba claro que Shima tampoco era la elegida. Habría suspirado aliviada si no tuviese ya a la siguiente presa de su amor platónico siendo acechada delante de su cara.

"Otra que va a morder el polvo...". ¿A ella se le vería esa misma cara de desolación que ahora teñía las facciones de Shima? Al parecer, no era la única que tenía el corazón robado por ese caso perdido que estaba ahí delante persiguiendo feromonas. ¿Qué era peor, su caso o el de la otra chica? ¿Sería más doloroso estar pegada a Inuyasha siempre sin poder tenerle, o haberle tenido una sola vez para después ser botada? La verdad era que ella también le había probado, aunque sólo había sido un beso. Si sólo eso la había hecho sentir en las nubes, no quería ni pensar en lo que sería acostarse con él. Su instinto de mujer le decía que ese hombre era talentoso. Inuyasha el soltero tenía pinta de empotrador.

"Joder, necesito dejar de pensar en eso…", se lamentó, hundiendo la cara entre sus manos, agobiada.

Otra vez se le estaban saliendo de control los pensamientos autodestructivos, por lo que resopló, dejó bruscamente la botella de agua sobre la silla y decidió adelantarse. Se despidió de mala gana de un par de cámaras que la saludaron y se metió por el pasillo de los camerinos, dispuesta a esperar ahí a Inuyasha. Ser su asistente no incluía tener que actuar de aguanta-velas, ¿pero qué se había creído? Se acomodó en el pequeño sofá de cuero negro y sacó su móvil con tal de entretenerse en sus redes sociales. La vida de los demás solía importarle un bledo, pero un poco de cotilleo superficial le bastaría para olvidar un poco lo que ese descarado pudiera estar haciendo allí fuera. No habían pasado ni cinco minutos cuando la puerta del camerino se abrió, e Inuyasha entró buscándola con mirada acusadora y la frente arrugada. Su ceño se frunció con disgusto cuando la vio apalancada tranquilamente, ignorándolo.

-¿Estás cómoda? – espetó irónico, de malos modos. Bebió un poco de la botella que había encontrado en su solitaria silla y la dejó sobre el tocador, antes de dejarse caer sobre otro asiento más cómodo que había frente a éste.

-No mucho, la verdad – replicó la chica sin mirarle, mientras su dedo se deslizaba por la pantalla para pasar fotos y más fotos de gente random - Deberías pedir un cambio, este trasto me está clavado una barra en el…

-¿Se puede saber qué bicho te ha picado hoy? – interrumpió el actor, irritado por su tonito desafiante. Sus manos encontraron los brazos de la silla bruscamente, golpeándolos con frustración, antes de que se girara a mirarla disgustado – No sé qué mierda te pasa, pero yo no tengo por qué pagarlo. Tu sueldo se basa en atenderme y no me ha hecho ni puñetera gracia ver que te habías largado como si nada.

-Ya, respecto a eso...Me ha parecido que estabas muy bien atendido ya.

Inuyasha rodó los ojos y resopló. Se dio la vuelta en la silla giratoria para darle la espalda a la chica y se quitó la peluca, para luego secarse el sudor de la nuca con una toalla.

-Que yo quiera quedarme hablando con una compañera después del rodaje no significa que no te necesite - sentenció fríamente. Miró a Kagome a través del reflejo del espejo y la vio arquear una ceja y esbozar una sonrisa torcida, escéptica.

-Que yo sepa, dejarme plantada como una imbécil delante de todos para tirarle la caña a Tsuyu no estaba incluido en ninguna de las cláusulas del contrato.

-No le estaba tirando la caña, sólo conversábamos – empezó a quitarse la parte de arriba del traje con movimientos bruscos orquestados por su mal humor, dejando progresivamente su pecho al descubierto - Y además, no sé ni por qué te estoy dando explicaciones, ni que fueras mi novia.

-No, no lo soy, menos mal – después de la dolorosa punzada que le había causado oír ese comentario tan cierto pero mordaz, y encima teniéndole delante exhibiendo sus entrenados músculos, Kagome se preguntó de dónde había sacado el valor para decir eso.

Touché. Después de soltar un improperio y un resoplido de indignación, Inuyasha se levantó brusca e inesperadamente de la silla, después de lanzar con fuerza y de mala gana el gi que había quedado en su mano contra la base del espejo.

-Haz el favor de levantarte – le ordenó con las facciones muy tensas y los ojos dorados echando chispas.

El tono autoritario de su voz no admitía réplica. Kagome bufó y se levantó. Conocía los límites de confianzas entre jefe y empleada, ya se había arriesgado una vez a cruzarlos y aún no sabía si el resultado había sido bueno o malo. Era un balance que había resultado tener connotaciones negativas. Inuyasha se acercó a ella a menos de medio metro y Kagome tuvo que resistir el impulso de echarle una ojeada a esos fuertes brazos que tantas veces había fantaseado con que la envolvieran. Frunció los labios y levantó la mirada para enfrentarle.

-Escúchame bien, Kagome. Me gusta la relación que tenemos y que te sientas en confianza, pero eso no significa que puedas montarme estos numeritos de niña pequeña cuando te dé la gana porque estés de mal humor por vete-a-saber-qué, porque ese es solo tu problema. Con más o menos libertades, siempre habrá unos límites que tienes que respetar como empleada. Controla tu actitud y esa prepotencia, porque por muy buen rollito que haya, o que había al menos, lo que no voy a tolerar son faltas de respeto. ¿Estamos?

Cada una de las palabras pronunciadas por el hombre fue como una puñalada. Kagome luchó por no bajar la mirada ante la dura advertencia de su jefe, aun cuando le afectó dolorosamente la línea que éste acababa de trazar entre ellos. Aunque no le gustara admitirlo, sabía que Inuyasha tenía razón: eran amigos, pero antes que eso, era su superior. Ahora miraba hacia atrás en el tiempo y reconocía que había actuado demasiado impulsivamente y sin pensar en las consecuencias, pero…¿cómo iba a justificarse? No podía decirle que estaba tan celosa que se moría. En realidad sí podía, pero no creía que confesarse y cargarse la relación fuera algo de gusto para ninguno de los dos. Cedió y bajó la vista, dejando la cabeza gacha y sus puños se apretaron ante la humillante pero necesaria sumisión en esas circunstancias.

-Te pido disculpas. No volverá a suceder, Inuyasha - murmuró, con un hilo de voz.

El aludido soltó un resoplido una vez terminada la reprimenda, y se dio la vuelta dando por zanjada la conversación. Volvió a sentarse en la silla y cogió una toallita húmeda para quitarse el maquillaje de la cara. Su mano se detuvo en el acto cuando vio por el espejo la expresión de Kagome. Algo se retorció en su estómago al verla así. Decaída, con los ojos brillosos. Había tenido que marcar el terreno, pero...la Kagome que él conocía nunca había bajado la cabeza de esa forma tan derrotada. ¿Tenía que interpretar su silencio repentino como una señal de que había sido demasiado severo?

Apoyó la frente en su mano y suspiró, maldiciendo lo rápido que se ablandaba cuando se trataba de Kagome. ¿Cómo lo hacía para hacerle sentir como una mierda cada vez que se mostraba herida con él? Respiró hondo y se giró de nuevo, un poco más calmado y cargando cierto remordimiento, pero antes de que pudiese decir nada para redimirse, ella se le adelantó.

-¿Necesitas algo más? - le preguntó la chica, con una voz gutural que hizo que Inuyasha tragara duro. Si bien había querido ese tipo de disposición hacía un rato, ahora que ella estaba cumpliendo con su reclamo se sintió como un tirano viéndola así de solícita, tanto que su personalidad guerrera parecía haberse anulado. No era eso lo que quería, no de esa forma.

-No. Oye, Kagome...

-Pues con tu permiso, te espero en el coche – dijo rápidamente, con la voz rota y ocultando el rostro por un motivo que a Inuyasha le pareció evidente, y salió por la puerta sin añadir nada más.

Un silencio denso invadió el camerino cuando Inuyasha se encontró a solas con su conciencia. Exhaló aire por la nariz y apoyó la cabeza sobre los codos y el tocador, cerrando los ojos apesadumbrado. Con su último comentario ofensivo, Kagome le había tocado una fibra sensible de la que ella misma no era consciente. No obstante, dos frases bien concisas habrían bastado para ponerla en su lugar, el resto habían sobrado y habían sido tejidas a medias por su orgullo herido, y por esa parte de él que inconscientemente trataba de mantenerla a una distancia emocional prudencial. La única parte buena de que hubiese tantas discusiones últimamente era que mientras estaba enfadado con Kagome, era más fácil no comerse la cabeza con otras cosas que también tenían que ver con ella y que no convenían.

Aun así, solo había una cosa que le doliera más que pelearse con Kagome, y ese algo eran sus lágrimas.

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El trayecto a Saitama había sido, sin duda, incómodo. El comportamiento libertino de Inuyasha de los últimos meses había sido origen de varios conflictos entre actor y asistente, pero pocas veces éstas dejaban tantas secuelas. Él miraba el paisaje distraídamente y ella no quitaba sus ojos de la carretera, concentrada al cien por cien en el volante. Sentado en el asiento del copiloto, Inuyasha trató varias veces de entablar una conversación con la intención de romper el hielo, de recuperar un poco el terreno o cualquier cosa que pudiera ayudarle a reestablecer las buenas vibraciones. Sabía que Kagome no estaba enfadada, pero sí dolida, y eso era peor. Lo primero se solucionaba con un par de gritos, pero lo segundo se quedaba registrado en la lista negra, grabado en piedra. Lo poco que intentó decirle fue contestado con monosílabos, educados pero forzados, destinados sólo a no despertar más hostilidad ni otra bronca. Parecía hasta que le tuviera un poco de miedo, y eso le hizo sentirse un miserable.

Cuando llegaron a Saitama se dirigieron a uno de los pabellones polideportivos de la ciudad, el lugar donde se grabaría el anuncio, y enseguida les recibieron cuando atravesaron las puertas del vestíbulo. Les ofrecieron el almuerzo en el restaurante del edificio, y el patrocinador de la bebida que había que anunciar se sentó con ellos, entablando enseguida una conversación con Inuyasha.

Kagome comió en silencio, demasiado acostumbrada a que los peces gordos de la televisión no le prestaran atención. Maldijo internamente cuando quiso dar un trago a su cerveza y los dedos resbalaron de la copa por unos instantes. Volcó sin querer un poco de líquido dorado sobre su camisa, nueva de hacía una semana. Inuyasha la miró de reojo y pareció darse cuenta, pero siguió hablando con el otro hombre. Su falta de interés la deprimió un poco, pero reconoció que tampoco era como si se hubiera cortado un dedo, sólo se había manchado. Suspiró y se levantó para ir al baño a intentar limpiar ese pequeño accidente.

Se perdió por los pasillos, aquel polideportivo era enorme y la señalización de las instalaciones era pésima. Fue tal su mala suerte que cuando consiguió volver al restaurante ya no había nadie allí, menos los camareros. Uno de ellos la informó amablemente de que la grabación del anuncio estaba a punto de empezar, y que se haría en la piscina interior. Dolida porque Inuyasha no la hubiera esperado, se apresuró en alcanzarle. Tendría que habérselo imaginado, después de una pelea tan potente con ese hombre tan orgulloso y en ocasiones temperamental.

Diez minutos después, y una vez hubo conseguido situarse dentro de ese condenado edificio, entró en el área de aguas y le vio al otro lado de la piscina olímpica entre varias personas más, vestido ahora con un neopreno y leyendo lo que parecía un guion, sentado tranquilamente en uno de los trampolines. Se dirigió a él a paso rápido con tal de preguntarle si necesitaba algo, pensando en que ya había tentado demasiado a la suerte ese día y no podía permitirse el lujo de que pareciera que estaba pasando de él otra vez. Se apresuró de tal modo que no vio un charco de agua a la altura de la escalerilla de mitad de carril y resbaló de una forma muy poco elegante. Hubiera caído de cabeza a la piscina si unos fuertes brazos no la hubieran sujetado por la cintura, rescatándola del espantoso ridículo que habría hecho de no haber sido así.

-¿Estás bien? - preguntó una voz masculina juvenil y desconocida.

Kagome sintió que su salvador la liberaba del agarre y se giró para verle la cara. El pedazo de hombre que tenía delante era muy moreno de piel, tenía el pelo largo recogido en una cola alta y unos ojos azules como el cielo. Asintió medio embobada, y él le dedicó una preciosa sonrisa con la cual mostró unos dientes blancos perfectos y unos caninos bastante puntiagudos que resultaban en un rasgo curiosamente sexy.

-Sí, estoy bien…Gracias – balbuceó, abochornada. Se alejó un poco de él al ver que estaban quizá demasiado cerca y que, para terminar de rematar el incómodo momento, él llevaba puesto un bañador ceñido que se ajustaba a su espectacular cuerpo musculado.

-¿Seguro? Conozco bien estos azulejos y sé que tienen muy mala leche. ¿No te has cortado? – le preguntó preocupado, como todo un caballero.

-No, no – aseguró ella, pero examinó un poco sus tobillos discretamente con una ojeada desde su altura, sin agacharse. Luego volvió a mirarle y le sonrió con timidez - Muchas gracias.

-No hay de qué. No podía permitir que una chica tan guapa se zambullera en un destructor de belleza así como así - le sonrió cuando ella rió, divertida por esa intervención que era a medias un chiste y un cumplido - ¿Cómo te llamas?

-Kagome. ¿Y tú?

-Yo soy Koga. ¿Eres socia de aquí, Kagome? – la interrogó con notorio interés, mientras su amable expresión no se borraba - Ahora vamos a grabar un anuncio y no creo que…

-¡Oh! No, no…Soy la asistente de Inuyasha Taisho – le aclaró y él asintió, comprendiendo - ¿Tú también vas a salir en el anuncio?

-Ajá.

Uno al lado del otro, y habiendo empezado a caminar para acercarse al equipo de grabación, conversaron con la misma fluidez que si se conocieran de toda la vida. Kagome estaba tan inmersa en la conversación con ese joven tan simpático que no se dio cuenta de que unos ojos dorados la vigilaban desde lejos con recelo.

Continuará…

¿Os sigue encantando este Inuyasha? Es lo que pasa cuando a un adonis despechado como él se le quita la correa jejeje lamento hacer sufrir a Kagome de esa forma, aunque bueno…será que no le queda. Y ojo con la actitud de Inu porque… hay muchos matices como en la vida misma, y más de una y más de dos se habrán dado cuenta ya. Contadme vuestras teorías, ¡quiero leerlas todas!

Bss,

Dubbhe

PD: el capítulo anterior tuvo más éxito del que creía, y eso que iba en un plan pesimista y me sentía insegura. Muchísimas gracias por vuestro apoyo, sois geniales :)