CAPÍTULO VIII - DESEO

¿De qué le sonaba ese tipo? Lo vio hablar con Kagome animadamente, como si se conocieran de toda la vida. Inuyasha arrugó la frente, desviando su atención del escueto guion que trataba de aprenderse en cinco minutos. No se dio cuenta de que se los había quedado mirando descaradamente hasta que el joven desconocido desvió la mirada de la sonrisa amigable de su asistente y la clavó en la de su observador. Los ojos azules se encontraron con los suyos mostrando algo de desafío, como respuesta defensiva a la nada disimulada inspección de la que estaba siendo objeto. Cuando los tuvo más cerca y ya fue evidente que estaban dirigiéndose hacia él, Inuyasha apartó la mirada de nuevo hacia el guion, simulando indiferencia. Su intento fue tan patético que rezó porque nadie más se hubiera dado cuenta. Oyó las voces animadas de ambos cada vez más cerca, hasta que se detuvieron frente a él y su conversación cesó.

-Inuyasha – al escuchar el llamado de Kagome, volvió a alzar la vista actuando con su mejor cara de póker, como si acabara de enterarse de que ella estaba ahí - Siento haber tardado, he ido al baño y me he perdido.

-Tranquila, no importa – contestó con voz demasiado despreocupada, algo incoherente teniendo en cuenta que seguían medio enfadados, pero no cayó en eso hasta después de haber abierto el pico. El orgullo le ardió pero ya era tarde, así que de perdidos al río, se limitó a quedarse mirando de reojo al intruso y carraspeó ligeramente.

Kagome captó el mensaje subliminal y al instante se dio cuenta de que estaba siendo una maleducada.

-Ah, perdonad – se apresuró en decir con una pequeña sonrisa tímida de disculpa - Inuyasha, él es Koga, nadador olímpico, le han llamado para hacer el anuncio también. Koga, te presento a Inuyasha Taisho, mi jefe.

Los dos hombres se escudriñaron con sutileza, como si buscaran algo malo en los ojos del otro después de ese primer contacto tan poco prometedor y de las malas vibraciones que se habían transmitido desde el momento en que habían cruzado la mirada. A pesar de eso, extendieron sus manos al mismo tiempo y las encajaron con educación, aunque no sin cierta rigidez. Kagome percibió la tensión en el ambiente y se extrañó, pero no dijo nada al respecto que pudiese incrementarla.

-Un placer.

-Igualmente – respondió Inuyasha, entendiendo gracias a la introducción de Kagome de qué le tenía visto. Era uno de los tantos nadadores que había visto desde el sofá de su casa, en algún domingo sin ningún plan mejor que quedarse viendo el canal de los deportes. Okami era su apellido, si no recordaba mal.

Un silencio incómodo siguió a esas palabras cliché de cortesía. Inuyasha fue el primero en perder el interés y mirar hacia otro lado como si la cosa no fuera con él. Kagome cambió el peso de una pierna a otra, cruzándose de brazos inquieta y empezando a sentir algo de vergüenza ajena. "¿Pero qué le pasa a éste?", se preguntó molesta por la actitud tosca de su superior, y por cómo sentía que la estaba dejando en mal lugar delante de ese nuevo conocido que tan amable había sido con ella.

Afortunadamente, justo en ese momento el director del anuncio llamó a ambos actores. Koga se despidió de Kagome con un entusiasta "Hasta luego" y una de sus resplandecientes sonrisas que ella le devolvió, antes de dirigirse hacia donde estaba siendo convocado. Inuyasha chasqueó la lengua con cara de pocos amigos y se levantó del trampolín para imitarle. Le cedió el guion a Kagome, que lo tomó entre sus manos para custodiarlo sin decirle nada, pero en cuanto él se dio la vuelta, atisbó cierto detalle que la hizo reaccionar.

-Inuyasha, espera.

El aludido se giró, expectante, pero ella le rodeó y terminó de subirle la cremallera del neopreno, con cuidado de que no se quedara enganchada con su cabello.

-Ahora sí. Lo tenías a medio cerrar.

Aun a pesar de todo lo que él la había sacado de quicio ese día, se encontró regalándole su mejor sonrisa como una ingenua, buscando que le correspondiera con el mismo gesto. La sonrisa de Inuyasha era el mejor refuerzo positivo sobre la faz de la tierra, y le serviría para ver si seguía enfadado con ella. Y más teniendo en cuenta que todavía no tenía claro qué acababa de pasar con Koga, y el cómo ahora le veía más ofuscado que antes. ¿Habría considerado que quedarse hablando con alguien también era faltar a sus responsabilidades? Inuyasha nunca había sido tan estricto, ni tan quisquilloso. Posiblemente todavía no se encontraba bien y por eso estaba de mal humor, pero conocer sus razones no implicaba que le pareciera justa esa actitud.

-Gracias, Kagome.

Apenas la miró y no añadió nada más, sino que siguió su camino. La morena suspiró, decepcionada y a la vez irritada, y se alejó del equipo de grabación, sentándose en la primera fila de gradas de la piscina y pensando que llegados a tal punto, ese niño grande podía irse a la mierda.

El anuncio empezó. Inuyasha se metió en la piscina y nadó hacia el otro extremo. Una cámara se situó a su lado y lo fue grabando a medida que volvía hacia los otros, haciendo uso de una técnica perfecta. Kagome apoyó la barbilla en una mano y no pudo evitar que sus labios se curvaran un poco, reconociendo el talento, la paciencia y la dedicación de Sango. Cuando el actor llegó a los trampolines cogió la botella de bebida a anunciar y dio un sorbo sin salir del agua. Koga apareció, sentándose en el trampolín, y bebiendo el mismo producto pero esta vez con sabor a naranja, mientras que el de Inuyasha era de limón. Pudo oír como intercambiaban unas cuantas frases, ambos con expresiones de suficiencia a petición del guion y se giraban a la cámara para decir algo. El director anunció el final de la toma, felicitándoles por su gran interpretación, aunque se acercó a hacerles varias críticas constructivas y pidió cincuenta mil repeticiones más desde varias perspectivas.

Kagome aprovechó parte de ese rato para hacer varias llamadas de trabajo pendientes, pero enseguida terminó con ellas. Después de bufar aburrida cuando ya llevaban una hora y media, atendió su teléfono móvil que acababa de vibrar. Tenía un mensaje de Ayame: "Guapa, no podré venir esta noche, no me acordaba de que ya había quedado :(". La morena se quedó mirando la pantalla, fastidiada por ese imprevisto tan repentino y tecleó su respuesta con una furia influenciada por toda la acumulada que ya llevaba encima: "Pues qué bien cabrona, ya he descongelado el pescado". Ayame le respondió enseguida pidiéndole disculpas, pero estaba de tan mal humor que no se dignó a contestarle. ¿Es que acaso nada le saldría bien hoy? Esos planes que había hecho con su amiga le habrían venido de perlas para desahogar sus penas en una tan necesitada conversación de chicas, teniendo en cuenta que la pelirroja era la única que estaba al tanto de sus sentimientos por Inuyasha. A Sango no se atrevía a contárselo porque la veía cada vez más cercana a Miroku, cosa peligrosa teniendo en cuenta lo amigos que eran con el actor. Su única confidente potencial acababa de dejarla plantada y eso era una prueba de que el universo deseaba que se amargara bien solita.

Se oyeron aplausos a su alrededor, anunciando el final de la grabación. Kagome suspiró resignada y se levantó, llevando consigo una toalla que había conseguido durante ese rato de espera. Se acercó a la zona donde el personal empezaba a recoger y le entregó la toalla a Inuyasha, quien la recibió esta vez con una suave sonrisa, como si el fresquito del agua hubiese apagado las llamas de su rabieta.

-Gracias.

Kagome no pudo evitar devolvérsela, complacida. Al fin un poco de luz al final del túnel… Él se quedó hablando con el director, con quien tenía una larga amistad de años, y la chica se hizo a un lado porque ya desde un principio había notado que a ese pez gordo en concreto le agradaba tan poco como él a ella. Siempre habían llevado una relación laboral correcta, pero parecía que ese hombre la miraba continuamente por encima del hombro. El primer día de conocerle ya había concluido que era un imbécil estirado con el que no tenía por qué perder tiempo ni energías.

Sintió un toquecito en el hombro y se dio la vuelta, topándose con unos ojos añiles que la miraban a conjunto con un sonrisa digna de un anuncio de pasta de dientes.

-¿Qué tal? ¿Te hemos aburrido mucho?

-¡Hey, Koga! No, para nada– le sonrió también y negó con la cabeza para apoyar su mentirijilla piadosa - Me ha encantado el anuncio, lo has hecho muy bien.

-Me alegra que te haya gustado, a decir verdad soy bastante nuevo en esto - se rascó la cabeza con timidez, mostrando una modestia del todo sincera – Soy nadador, no actor, y esto era un favor que me han pedido… Pero para salir del paso, me doy por satisfecho.

-Creo que ha quedado genial, la verdad. En un par de semanitas estarás en la tele y lo comprobarás.

Kagome vio de reojo como Inuyasha abandonaba el lugar sin avisarla, después de atravesarla con una mirada fulminante y con la cara hecha un mohín de irritación. Una visión que la llevó a apretar los labios con disimulo, conteniendo la rabia que la corroyó por dentro. Esa actitud infantiloide que tenía que aguantar últimamente la sacaba de sus casillas de por sí, pero eso ya era el colmo: primero discutía con ella, luego le sonreía, y después se enfurruñaba otra vez. Era como si constantemente se estuviese acordando y olvidando del pleito que habían tenido esa mañana. Tenía que ser eso, porque ella no le había dado ni un estúpido motivo esta vez para picarse.

-Te está sonando el móvil, por cierto – la avisó el nadador. Ella salió de su distracción y sólo entonces oyó que, efectivamente, una melodía salía de uno de los bolsillos de sus vaqueros – Nos vemos, Kagome.

Adelantó su brazo para rozarle la mano y a la chica le extrañó esa forma tan particular de despedirse, pero entonces notó que los dedos de Koga le estaban cediendo algo a los suyos. Él le guiñó un ojo y se alejó, antes de que ella revelara el nuevo contenido de su puño. Era un trozo de papel con un número de teléfono apuntado. Kagome se sonrojó y sonrió abochornada por esa declaración de intenciones tan descarada que acababa de hacerle un chico tan agradable y atractivo. Su testarudo corazón estaba emperrado con ese imbécil bipolar que acababa de dejarla tirada, pero en vista de que eso no estaba llegando a ningún lado…¿sería tan malo intentar conocer a otra persona que le había hecho un mínimo de gracia, y que a todas luces se había interesado por ella?

Fue a atender la llamada que seguía sonando, pero entonces el móvil se calló, haciéndole saber que la había perdido. Cuando fue a devolverla, vio que se trataba de un número muy largo, con el prefijo de Estados Unidos. Frunció el ceño, perdiendo el interés de inmediato. Volvió a quedarse mirando el papelito en su otra mano, y tras unos instantes más de cavilación, lo registró en la lista de contactos del móvil. Justo cuando terminaba de grabarlo, le apareció en pantalla la alerta de que otra vez la estaba llamando el número americano. Le extrañó que estuvieran insistiendo, así que descolgó:

-¿Diga?

Una voz femenina y conocida, que hacía muchos meses e incluso años que no oía, la sorprendió gratamente. La saludó con entusiasmo, se pusieron al día en pocos minutos, y luego escuchó el motivo por el que la otra mujer la había llamado.

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La indignación de Inuyasha no podía expresarse con palabras. Entró en el vestuario de hombres y se quitó el neopreno con movimientos bruscos. La goma mojada se le atascaba en las articulaciones y le dificultaba el poder quitársela, cosa que aumentó más su mala leche. Nada más conseguir alejar ese traje infernal de su cuerpo, lo tiró al suelo sin delicadeza e hizo una mueca de asco por el excesivo olor a cloro que desprendía su piel. Fuera quien fuera el encargado de mantener la piscina limpia, estaba claro que se le iba la mano. Se metió debajo de la ducha murmurando palabrotas por lo bajo y estuvo un buen rato dejando caer el agua, tanto para intentar relajarse un poco como para jorobar a Kagome haciéndola esperar.

Se vistió con toda la parsimonia del mundo y peinó su larga melena del mismo modo. El simple pensamiento de su asistente soltando humo por todos los poros le hizo sonreír malvadamente. Guardó sus cosas en la bolsa de deporte, de nuevo sin prisa, y al fin se dignó a salir del vestuario. Kagome lo esperaba en uno de los sofás de recepción, con los brazos cruzados y un tic en la ceja. Había dejado una revista de lado en cuanto lo había visto venir y bufado, como diciendo "Ya era hora". Inuyasha se acercó como si nada y le hizo una seña con la cabeza, contestándole con un "Nos vamos" también mudo. La chica se levantó, mordiéndose el labio para callarse las preciosas palabras que no se atrevía a tirarle en cara después de la advertencia que él le había hecho esa misma mañana, y se limitó a seguirlo en silencio pero maldiciendo internamente a las condenadas jerarquías.

El actor percibió la tensión en el aire, y la diversión que al principio había sentido por hacerla esperar tanto rato empezó a desvanecerse. Esa mujer siempre conseguía hacerlo sentir culpable después de cada riña. Al fin y al cabo, rara vez le había fallado en su trabajo, sólo cuando estaba enfadada y lo hacía aposta, con intenciones reivindicativas. Inuyasha no tenía por qué tolerar esa clase de informalidad, pero en el fondo era consciente de que recientemente se había buscado todos y cada uno de esos berrinches. La escuchó gruñir y decidió que por ese día su guerra fría ya se había alargado demasiado. Sus pasos se volvieron más lentos con tal de dejar que la muchacha le alcanzara.

-¿Ya se han ido todos? – le preguntó con entonación casual, buscando un tema de conversación neutro.

-Hace bastante rato ya, sí.

La nariz de Inuyasha se arrugó, desaprobando esa contestación tan brusca y escueta. No podía considerar que hubiese sido borde, pero la conocía bien y en Kagome una respuesta seca equivalía a una cuchillada.

-Ese secundario de pocamonta no ha venido al vestuario. Con ese asco de piscina cargada de cloro que tenían, ¿no se ha duchado?

-¿Y a mí que me cuentas?

-Es un poco guarro tu nuevo amigo, ¿no?

Ella chasqueó la lengua pero no contestó, y a pesar de que la intención de Inuyasha había sido romper el hielo, tuvo que contener una carcajada malévola al verla aún más enfurruñada. No intercambiaron palabra mientras cruzaban el aparcamiento, sólo cuando se acercaban al coche y Kagome le pidió las llaves, con una mirada inexpresiva y la palma de la mano extendida hacia arriba.

-¿Qué haces? ¿Compruebas si llueve? – se burló el actor, divertido por su propio chiste. Por cómo la vio fruncir los labios y destellar sus ojos, supo que por su cabeza estaba bailando más de un insulto contenido – Conduzco yo.

Kagome rodó los ojos tras esa aclaración y se limitó a abrir una de las cuatro puertas del Porsche, acomodándose en un asiento trasero en vez de hacerlo en el del copiloto. Inuyasha se sintió herido al captar esa indirecta tan descarada, pero no había ninguna razón por la que pudiera exigirle que se sentara a su lado sin que pareciera que mendigaba compañía como un perdedor, así que no dijo nada. Diez minutos después, entraban en la autopista sumidos en un silencio sepulcral. Una vez pasado el peaje, Inuyasha soltó un disimulado pero hastiado suspiro ante la hostilidad que se respiraba en la cabina. Hacía rato que había dejado de tener gracia el mantenerla enrabietada, así que decidió pasar al siguiente intento de establecer una conversación civilizada.

- Al final la cosa ha durado más de una hora. ¿Te has aburrido mucho?

-No, he aprovechado para gestionar otros temas – contestó seria, de brazos cruzados y expresando una cierta exasperación - ¿Por qué todo el mundo me pregunta eso?

-¿Quién es "todo el mundo"? – saltó el actor automáticamente, volviendo a mirarla a través del espejo - ¿Quién más te lo ha dicho? ¿Ese novatillo wannabe?

-Tiene gracia que describas a un medallista de plata de las olimpiadas de Pekín como un wannabe – replicó ofendida en nombre del aludido.

-En la piscina podrá ser un cojonudo tiburón, pero luego es de los que mira la cámara de reojo cuando empieza la toma. Eso no se lo he visto hacer ni a tu hermano pequeño - se mofó con la arrogancia que sólo un repelente veterano era capaz de adoptar.

Kagome no respondió, e Inuyasha decidió tomarse ese silencio como un desafío. Sabía reconocer cuando una mujer se estaba poniendo dura para obligarle a currárselo, y estaba claro que si no hacía algo para provocarla, estaba condenado a los monosílabos durante el resto del trayecto de vuelta a Tokio. Queriendo aparentar la mayor indiferencia posible para no ceder ante ese burdo intento de manipulación por parte de su asistente, empezó a silbar una canción y durante ese tiempo fue aumentando considerablemente la velocidad del coche. Ciento veinte, ciento treinta, ciento cuarenta. Kagome era una conductora muy cauta y hasta un poco insegura, sin duda tenía que reaccionar ante ese estímulo.

-¿Es necesario que corras tanto? – se oyó desde detrás.

Bingo. Observó de nuevo su reflejo y vio que, a pesar de que con su entonación neutra pretendía no sonar demasiado interesada, Kagome estaba empezando a desviar su atención a la carretera de delante, no en el paisaje de su derecha como llevaba haciendo hasta entonces con tal de aislarse.

-¿Y por qué no? Hay poca gente, y yo no me compré este juguetito para ir pisando huevos – replicó moviendo la palanca de cambios para colocar la marcha más larga. Lo hizo con movimientos fluidos y el cuerpo relajado. A él sí que le encantaba conducir y se sentía confiado al respecto - ¿De qué habéis hablado con Baby Shark*? – cuestionó con desparpajo en el momento en que la aguja del salpicadero marcó los ciento cincuenta quilómetros por hora.

Kagome puso los ojos en blanco, entendiendo al fin de qué le sonaba esa melodía que él había estado silbando. Otra víctima a la que su jefe el malote le ponía un apodo satírico…¿De dónde sacaba esa creatividad? Malditos artistas…Tenía que reconocer que era ingenioso, como todos los motes humillantes que solían ocurrírsele, y se habría reído de no ser porque estaba intentando defender a ese pobre hombre tan gentil que le había caído bien enseguida, de ese otro con el que seguía dolida. No pensaba reírle ni una sola gracia, o al menos no ese día. Y tampoco era como si pudiese apetecerle reír demasiado, dado lo nerviosa que estaba empezando a ponerse por lo rápido que estaban circulando.

-Perdona boss, pero eso no es de tu incumbencia – le espetó con una formalidad sobreactuada que le mandaba a la mierda a la vez que no le faltaba al respeto, cumpliendo sarcásticamente con lo que él le había exigido horas antes. Inuyasha tuvo que reprimir una sonrisa de sorna al captar ese matiz. Esa mujer y su retorcida lengua rápida… - Y más teniendo en cuenta lo mucho que me has abochornado con tu asco de comportamiento. Él sólo ha sido amable, ha impedido que me cayera en la piscina, y tú te has portado como un maleducado, con él y conmigo.

"Parece que la procesión iba por dentro…". Inuyasha estaba tan sumido en los pensamientos reprimidos que la estaba haciendo desembuchar, que apenas se dio cuenta de que la voz de Kagome temblaba. También estaba demasiado ocupado concentrándose en la carretera para que la estrategia no le saliera cara, y aprovechar el momento para interrogarla ya era un plus más que peligroso, teniendo en consideración que estaban ya en ciento sesenta.

-En mi defensa diré que te estaba distrayendo con su flirteo patético – replicó con acidez - Se supone que estás trabajando.

-No estaba flirteando conmigo...¡Frena!

-Venga ya, no me fastidies, si estabas haciéndole ojitos cuando me he ido... – protestó, serrando los dientes y crispando los dedos en el volante al evocar ese recuerdo.

-¡Maldita sea, frena!

El tono histérico que sus oídos captaron lo alarmó lo suficiente como para hacerle reducir la velocidad, automática y notablemente. Miró por el retrovisor a la chica y lo que vio hizo que se le cayera el alma a los pies. Kagome había empalidecido, tenía los ojos húmedos como si estuviera conteniendo estoicamente las ganas de llorar, y temblaba de pies a cabeza.

-¿Kagome? Mierda…

Sintiéndose como un ser despreciable, creyó por un momento en los milagros cuando vio un cartel anunciando un autoservicio a unos quinientos metros que se le hicieron eternos. Cuando al fin tomó el carril de salida correspondiente, lo recorrió tan ágilmente como pudo sin pasarse de rápido con tal de no empeorar el ánimo de su pasajera, y aparcó de cara en el primer sitio disponible que vio. Sólo entonces pudo girarse y sentirse todavía peor.

Kagome se estaba agarrando a la tapicería del asiento con tanta fuerza que los nudillos se le estaban poniendo blancos. Las lágrimas que medio minuto antes estaba conteniendo ahora caían por sus mejillas, y su dueña no dejaba de temblar con la mirada perdida. Murmurando mil maldiciones acerca de sí mismo y de sus estúpidas e impulsivas ideas de bombero, Inuyasha bajó rápidamente del coche y entró por la puerta de justo detrás, ocupando el asiento que había junto a su empleada que ahora lloraba en silencio. A pesar de que creía que era una reacción exagerada por parte de ella, le pasó una mano por detrás del cuello y le acarició la nuca, preocupado.

-¿Kagome? – volvió a pronunciar con inseguridad, tratando de evaluar la gravedad de la situación.

La aludida apenas lo miró, pero fue suficiente para que el miedo pasado se reflejara en sus ojos e Inuyasha supiera al instante lo que tenía que hacer. Obedeciendo un impulso interior, la atrajo a su pecho y la abrazó con ternura, a lo que ella no se opuso.

-Lo siento… - susurró, arrepentido - No sé en lo que estaba pensando, y tampoco sabía que te afectaría tanto. Perdóname…

Como respuesta, Kagome apoyó las manos en su pecho y sollozó ahora libremente, desfogándose. Ese sonido hizo que Inuyasha apretara los párpados con disgusto, no con ella sino consigo mismo. No entendía a qué venía tanto terror, a todo el mundo le daba por correr de vez en cuando en el autopista, no era nada nuevo entre los conductores, pero aun así no veía aquel argumento como una excusa. Se sentía un miserable, odiaba ver llorar a una mujer, y más aún si era por su culpa. Y encima, que esa mujer fuera Kagome lo empeoraba todo.

Ella se había sorprendido un poco por esa iniciativa de abrazarla, pero aun así la agradeció. Por muy enfadada que estuviera, jamás podría negar lo bien que se estaba en esos brazos, sintiéndose tan protegida y segura que sus miedos empezaron a desvanecerse poco a poco. La caricia de la tela de la camisa contra su mejilla era reconfortante, y el adictivo aroma de su propietario, un regalo celestial para sus sentidos. Minutos después, Inuyasha seguía teniéndola acunada en su pecho pero ya sintiéndose bastante más tranquila.

El actor tenía los ojos entrecerrados, envuelto en una sensación que era casi de sosiego. La esencia de flor de lavanda que los lustrosos cabellos azabaches desprendían siempre le había cautivado y relajado, desde el primer día. La suavidad de las hebras era una caricia en su barbilla y le producía un agradable cosquilleo. Para qué engañarse, le gustaba tener a Kagome entre sus brazos. Le encantaba notar su calidez, su cuerpo deliciosamente en contacto con el suyo...

"Oh-oh...". Los ojos dorados se abrieron de par en par en cuanto empezó a notar cierta presión en el pantalón que sólo podía significar que su anatomía estaba empezando a mostrar las consecuencias de haberse permitido alargar demasiado ese momento. Ya tenía aceptado que Kagome le gustaba y no debería haberle pillado desprevenido esa reacción de su cuerpo, pero aun así carraspeó un poco y aflojó el abrazo, rezando para que ella no se hubiese percatado. Cuando se separó, ella se limitó a secarse las mejillas con las palmas de las manos, retirando la humedad de las lágrimas que había liberado. Inuyasha tragó saliva y la examinó con cautela, tanto por el frágil estado emocional de la chica, como por las dudas que le habían quedado acerca de si se habría dado cuenta de su inconveniente.

-¿Estás mejor?

Kagome asintió débilmente, sin verse alterada ni cohibida a simple vista. No parecía avergonzada y aquello era buena señal, por lo que sintiéndose aliviado, la cogió delicadamente por el mentón y la instó a fijar su mirada en la de él.

-Sonríeme, por favor – le pidió suplicante, haciéndolo él primero como si quisiera ponerle un ejemplo. Desarmada por ese contacto visual tan directo, la asistente obedeció sin proponérselo, soltando una pequeña risita después, secretamente encantada por la preocupación de su acompañante. Inuyasha se sintió satisfecho y su dedo pulgar propinó a la suave mejilla con una pequeña caricia cariñosa - Así me gusta. ¿Quieres que entremos y pidamos una infusión, o algo así? - preguntó, señalando el restaurante con un movimiento de cabeza.

Kagome negó, sacudiendo la suya.

-No, estoy bien, no te preocupes. Vámonos.

-¿Estás segura? - ella sólo asintió - ¿Tanto como para sentarte a mi lado?

Kagome se ruborizó un poco pero sonrió de nuevo, esta vez con notoria timidez cuando le fue mencionada la niñería que la había llevado a instalarse sola ahí detrás. Volvió a asentir y salió del coche para cambiarse de asiento sin decir nada. Él la imitó, conteniendo una sonrisa triunfal y recuperando su sitio delante del volante.

Desde el momento en que retomaron el trayecto, Kagome se dio cuenta de que Inuyasha miraba constantemente el marcador de la velocidad, como si estuviera decidido a propinarse un latigazo en la espalda si se atrevía a propasar los cien quilómetros por hora. Esa minuciosa y atenta consideración la regocijó en gran medida. No dijeron nada durante los primeros kilómetros, pero al contrario que el primero que habían compartido al empezar el viaje, no fue un silencio incómodo sino más bien cómplice en cierto modo. No obstante, en algún momento dado y después de haber estado meditabunda durante un rato, Kagome empezó a hablar pausadamente sin quitar la vista de la carretera.

-Cuando tenía catorce años…tuve un accidente de coche.

Inuyasha la miró chocado, pues esa información era toda una novedad, pero era fácil entender a qué venía dadas las circunstancias. No dijo nada y esperó a que ella le diera más detalles, sintiendo un profundo interés por llegar a comprender el por qué de ese arrebato de temor tan imprevisible a las altas velocidades. Si ella había pasado por algún siniestro grave, la cosa empezaba a tener todo el sentido del mundo.

-Mi padre era un buen hombre, pero como todo el mundo, tenía sus defectos. Su trabajo era muy estresante y frustrante a veces. A menudo sus ganas de desfogarse le llevaban a beber más de la cuenta - hizo una pausa, haciendo creer al hombre que no añadiría más explicaciones, pero cuando siguió con el relato, Inuyasha se limitó a seguir escuchándola con plena atención – Al principio sólo eran pequeñas borracheras después de trabajar. Después volvía andando a casa y se ponía a dormir la mona, pero con el tiempo cada vez se sentía más confiado. La última vez que se emborrachó, se puso al volante…conmigo a su lado. Pasó lo inevitable. Yo sobreviví, pero él no.

Kagome no dijo nada más. Se limitó a quedarse mirando un punto en el infinito, sumida en esos duros recuerdos que estaba rememorando pero salió de ellos, turbada, cuando notó la mano de Inuyasha rodeando la que ella tenía apoyada en la pierna. Lo miró y lo encontró con la expresión seria, sujetando el volante con la mano libre y mirando hacia la carretera, pero su cara de consecuencia le decía lo mucho que le había afectado lo que había oído.

-Lo lamento, Kagome. Me siento tan desgraciado ahora…Te juro que de haberlo sabido…

-No te preocupes, no tienes la culpa de no tener una bola de cristal - esta vez fue ella la que apretó un poco el agarre de su mano, como queriendo mostrarle que todo estaba bien respecto a eso – Es sólo que desde ese día le cogí miedo a cualquier juego al volante, y las grandes velocidades me dan mucho respeto.

-Te prometo que no volverá a pasar – soltó un apesadumbrado suspiro y tras una pausa de medio minuto, volvió a interrumpir el silencio – Yo también perdí a mi padre cuando era adolescente.

Kagome parpadeó desconcertada, ya que era la primera noticia que tenía de eso. Le pareció desolador que de todas las cosas que pudieran tener en común, el trágico hecho de ser huérfanos de padre fuera una de ellas.

-¿Qué ocurrió? – se atrevió a indagar, temiendo la posibilidad de estar siendo demasiado invasiva.

-Cáncer– respondió por automático con voz plana, como si se esperara la pregunta. Notó cómo ella le miraba fijamente y enseguida adivinó lo que le estaba pasando por la cabeza – De páncreas – aclaró, no queriendo sembrarle malos pensamientos en lo que se refería a la esperanza de vida de su hermano pequeño– Es un tipo muy agresivo y no se pudo hacer nada pero…esta vez no ganará. No dejaré que lo haga.

Lo último lo dijo clavando sus ojos dorados en los castaños, reforzando la determinación de sus palabras, y Kagome no pudo evitar sonreír enternecida. Él siempre tan preocupado por ella y por sus emociones… Siguió observándole de reojo mientras conducía, sintiendo un calorcito reconfortante en el corazón, y él no tuvo la iniciativa de soltarle la mano hasta que necesitó la suya para cambiar de marcha.

Tal vez, la batalla no estaba tan perdida después de todo.

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Cuando el Porsche se detuvo delante del bloque de pisos de obra vista donde Kagome vivía, e Inuyasha se giró para despedirse de ella, la encontró mirando por la ventana con aire distraído, como si estuviese reflexionando sobre algo. No tuvo que preguntar a qué venía ese posado tan taciturno, porque ella enseguida empezó a hablar por iniciativa propia.

-Oye, Inuyasha, yo...Quería decirte que he estado pensando y… me siento muy mal por cómo me he portado contigo últimamente.

-¿Cómo? ¿A qué viene eso?

La chica meneó la cabeza y él enseguida dejó de hablar, entendiendo que ella tenía alguna aclaración que hacerle.

-Admito que he estado demasiado encima de ti. Te he reñido y machacado acerca de cosas que no son de mi incumbencia. Es tu vida y yo no soy nadie para decirte como vivirla, ni para juzgarte. Supongo que me he estado volcando en mi trabajo tanto, que lo de cuidarte se me ha ido de las manos. Sé que mi actitud tan rígida ha propiciado que no hayamos dejado de discutir, y asumo mi parte de la culpa.

Inuyasha se la quedó mirando pasmado, conmovido por ese arrebato de sinceridad tan inesperado. Y tan injusto a sus ojos, porque aunque a menudo le costaba dejar a un lado su orgullo, en el fondo tenía presente lo mucho que Kagome tragaba por culpa de sus irresponsabilidades y se sentía fatal por ello. Parpadeó un par de veces, al principio sin saber qué contestarle, y al final se descubrió siendo también transparente y honesto con ella.

-Kagome...a mí me gusta que me cuides - reconoció, casi en un murmullo.

Sintió que se ruborizaba cuando ella se giró a mirarle, descolocada por lo que acababa de oír. Carraspeó, consciente de que tenía que encontrar la forma de matizar lo último que había dicho si no quería que ella le malinterpretara, y se apresuró en añadir:

-Quiero decir…Soy consciente de que los hábitos que estoy adoptando no me convienen, y esta es una etapa de mi vida que me estoy permitiendo disfrutar mientras dure pero tampoco quiero que me pase factura. No hace falta que te disculpes porque tienes razón. Soy yo el que debería disculparme por todos los marrones en los que te meto y lo mucho que te estoy complicando el trabajo con mi comportamiento – desvió la mirada e hizo una mueca, un tanto avergonzado ahora que estaba poniendo a corazón abierto y sobre la mesa todo aquello que le provocaba remordimientos - Y siento mucho lo que te he dicho esta mañana. Me he pasado.

Kagome negó con la cabeza suavemente y sus bonitos ojos expresaron también arrepentimiento. Le regaló una dulce sonrisa que al instante rompió con todo el mal rollo que habían arrastrado el día entero.

-No, qué va. Yo también lo siento – le dijo con tono conciliador y un encogimiento de hombros casual que le quitó hierro al asunto. Después exhaló aire como dando el tema por zanjado y pasó al siguiente con algo más de alegría – Y ahora, con tu permiso, una servidora va a hincharse a sushi.

-Lo dudo mucho, teniendo en cuenta que la servidora come como un canario – contestó burlón, siguiéndole de inmediato la corriente con el objetivo compartido de reestablecer esas buenas vibraciones cuya vuelta ambos anhelaban.

-Pues no lo dudes tanto, porque Ayame me ha dejado tirada y yo ya había descongelado el salmón. O me lo como todo, o tendré que tirarlo – después de comentarle su movida con cierta amargura, le miró esperanzada - ¿Lo quieres tú? ¿Te lo bajo?

-Gracias, pero soy un desastre haciendo sushi. Me rebanaría un dedo.

Kagome puso los ojos en blanco y luego le miró con sorna, haciendo un gesto despectivo con la mano.

-Hombre tenías que ser…

-¿Perdona? – la increpó haciéndose el ofendido, aunque los dos sabían que era puro teatro - Me gustaría ver cómo te defiendes tú, ya que tanto alardeas.

-Mis motivos tengo. La gente que prueba mi sushi me pide matrimonio, para que te enteres – le vaciló solemne, levantando la barbilla con altanería.

-Abriré las ventanas, porque aquí huele a chula – y efectivamente lo hizo para dar más dramatismo, su dedo se deslizó sobre el comando general mientras recalcaba cómicamente la última palabra.

-¿Quiere ponerlo a prueba, señor Taisho?

Se quedaron mirando, desafiantes y con sus ojos todavía destellando diversión por la que estaba siendo otra de sus batallitas de pullas. Sólo que esta vez era un poco diferente, porque había una propuesta implícita.

Por un lado, Kagome se estaba preguntando de dónde diablos había sacado el valor para aprovecharse de la situación de esa manera. Se había vuelto loca, estaba claro. No le había insinuado una partidita de parchís en el despacho, sino una cena en su casa, los dos solos, de noche. ¿Qué pensaría él? El modo un poco cauteloso con el que la estaba mirando, alargando el silencio, fue creando dentro de sí misma el deseo progresivo de querer que la tierra se la tragara. Teniendo en cuenta sus sentimientos, y aun sabiendo de antemano que no lo sería, ella se sentía como si acabara de pedirle una cita. Y por ello, si Inuyasha rechazaba esa tregua inofensiva pero indiscreta que le había sugerido...¿podría considerar que estaría dándole calabazas? "Maldita sea, debería haberme mordido la lengua...¿Cómo se supone que voy a mirarle a la cara mañana por la mañana?"

Ajeno a sus pensamientos catastróficos, la mente de Inuyasha trabajaba a toda velocidad. ¿Kagome acababa de pedirle una cita? O quizá era él, que no podía controlar hasta qué punto quería más cercanía con esa muchacha que tanto le cautivaba y eso le hacía ver cosas que no eran. Lo que se le estaba ofreciendo era probablemente un plan de reconciliación, una idea inocente para terminar de reestablecer la paz después de haber estado toda la jornada como el perro y el gato. Aun así, si no quería que se le saliera de las manos esa atracción que empezaba a ser tan desquiciante, lo que convenía era darle una excusa y decirle que no. No creía que Kagome tuviese intenciones ocultas, pues nunca las había mostrado. De quien tenía miedo era de sí mismo. Ya había sobrepasado la línea besándola en una ocasión, y haber estado borracho no era una excusa. Definitivamente, tenía que decirle que no.

-Después de usted, señorita Higurashi.

Genial. Su inconsciente y el mundo en general se podían ir a la mierda.

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-¿Lo de la música clásica es necesario?

-Por supuesto que sí. La cocina es un arte, y con arte tiene que acompañarse. La clásica me concentra y me inspira.

Inuyasha rodó los ojos pero sonrió con cierta mofa. Le dio un trago a la copa de vino blanco que se habían servido para tomar algo mientras cocinaban, y observó a la chica ponerse el delantal y empezar a sacar ingredientes de la nevera, así como la tabla de cortar y un cuchillo grande y afilado que le hizo tragar saliva. Como le había anunciado a su acompañante cuatro pisos más abajo, no tenía muchas confianzas en sus habilidades manejando armas blancas.

No había muchas bombillas encendidas porque no había hecho falta. El pequeño apartamento contaba con una lámpara de techo que flotaba encima de la isla de cocina de madera, de forma que recordaba a una mesa de quirófano. Kagome también había activado las luces de las encimeras, pero nada más. La música suave y esa iluminación discreta hacían que el ambiente fuera algo íntimo, pero ella parecía tan concentrada en el pescado, el arroz, las algas y el resto de parafernalia, que Inuyasha dejó de darle importancia a ese escenario. Estaba claro que él era el único que estaba pensando en cosas raras, y la mejor manera de dejar de hacerlo era distraerse con alguna tarea, por lo que le pidió a la cocinera que le diera una. Ella le encargó poner a hervir agua para que se hiciera el arroz, pero como eso hubiese podido hacerlo hasta un mono, enseguida lo tuvo listo. Aburrido, se acercó a ver cómo Kagome empezaba a cortar el salmón en secciones muy finas con el cuchillo asesino.

-Ten cuidado, no te hagas daño - no pudo evitar decirle con deje protector cuando se asomó por encima de su hombro para mirar lo que hacía. Al instante, sus fosas nasales se impregnaron de ese olor floral tan femenino, gracias a lo próximas que quedaron de los cabellos de la mujer.

-Tranquilo, soy una profesional - contestó con una sonrisa de suficiencia cuyo único objetivo era disimular lo nerviosa que acababa de ponerse. Que Inuyasha se le hubiese acercado por detrás de esa forma, exponiéndola a la electricidad que le suponía su cercanía, había hecho que el cuchillo temblara un poco.

-Aun así, vigila o acabaremos en urgen...Joder, mierda - farfulló cuando ella pronunció un improperio y soltó el cuchillo de golpe sobre la encimera.

Kagome no se había hecho un gran corte, pero aun así era fino y le ardía. Se apresuró en poner el dedo debajo del grifo y el agua enseguida se llevó la sangre, aunque a la que lo alejó del chorro, ésta volvió a salir.

-Te he dicho que tuvieses cuidado, demonios– masculló Inuyasha, tomándola de la muñeca para examinar la herida con el entrecejo fruncido.

-Es culpa tuya, ¿cómo se te ocurre acercarte de sorpresa por detrás a alguien que tiene un cuchillo en las...?

Se le cortó la voz y sus labios quedaron entreabiertos de la impresión cuando Inuyasha se llevó su dedo herido a la boca. La suya se le secó mientras tragaba duro, en silencio. El hombre succionó suavemente la delgada falange para llevarse el exceso de sangre y luego pasó la lengua por el corte, sellándolo con los enzimas de su saliva como su madre le había enseñado a hacer cuando era pequeño.

Claro que esa no era su madre. Era Kagome.

Llevarse su dedo a la boca había sido un impulso promovido en parte por el niño que llevaba dentro. Había sido instintivo los primeros dos segundos y se había dado cuenta cuando había tenido el dedo de la chica rozándole los labios, pero ya era tarde para apartarlo sin quedar como un imbécil, así que no le había quedado otra que consolidar sus intenciones con una actitud despreocupada y hacer la actuación de su vida para que pareciera que aquello era un gesto inocente que no iba a tener relevancia alguna. Kagome le observaba tan pasmada que por un momento temió haberse sobrepasado, aunque también era cierto que ella no se había movido ni un milímetro ni mostrado ninguna señal de rechazo.

A parte de impregnar un poco la herida con sus fluidos, no había mucho más trabajo que hacer, de modo que su boca enseguida la liberó. Y aun así, cuando su mirada conectó con la de ella, se quedó muy quieto, sujetándole la mano. Observando su ruborización. Evaluando la expresión de su rostro. Y por último, fijándose en esos labios entreabiertos que ella acababa de humedecer sin apenas darse cuenta. Ese mar de dulzura que ya había probado una vez, y que ahora le estaba tentando tanto que sintió su cuerpo inclinarse unos milímetros hacia adelante.

"No lo hagas, Inuyasha, por lo que más quieras...". Pero el problema era que lo que más quería precisamente era acorralarla contra la nevera y...

Una musiquita interrumpió el expectante silencio de una forma tan inesperada que ambos dieron un respingo. Kagome se alejó inmediatamente para abalanzarse sobre la comida que antes estaba cocinando, fingiendo que de repente había recuperado su gran interés por seguir elaborando su plato estrella cuando en ese momento le importaba una mierda el condenado sushi. Lo que necesitaba era que él no se diera cuenta de cuán acelerada tenía la respiración y del intenso sonrojo que adornaba sus pómulos. ¿Sería capaz Inuyasha de oír también el bombeo enloquecido de su corazón?

El actor fue enseguida a atender su móvil, reprendiéndose a sí mismo por lo que había estado a punto de hacer, y a la vez maldiciendo al universo por haber interrumpido. ¿Qué parte pesaba más? Prefirió no responder a esa pregunta. Para empezar, ya le estaba costando no pensar en lo que estaría sucediendo en ese preciso momento si el teléfono no le hubiese salvado de su impulso suicida.

-¿Diga? - preguntó. La voz le salió temblorosa, así que carraspeó para aclarársela antes de que Kagome pudiese percatarse de lo alterado que estaba - Sí, soy yo - escuchó durante medio minuto una información que le hizo abrir los ojos, absorbiéndole tanto que por un momento lo que acababa de ocurrir quedó en segundo plano – Eso es increíble. Es genial, doctor – la chica se dio la vuelta nada más oír esa última palabra, movida por la fuerza de su propia curiosidad – Perfecto, mañana estamos ahí para empezar entonces. Gracias.

-¿Qué ocurre? – le interrogó en cuanto le vio colgar.

El actor la miró. Le costó un poco hacerlo porque todavía se sentía turbado en lo que a ella respectaba pero aun así le sonrió, contento de ser él quien le diera la noticia.

-Han encontrado un donante de médula compatible con tu hermano.

Continuará…

*Baby Shark: es una cancioncita para niños que está de moda ahora mismo. Os recomiendo que la busquéis en Youtube, no tiene desperdicio jajaja y así entenderéis mejor el sarcasmo despectivo de Inuyasha.

En fin…CASI CASI, pero no jajaja Tranquilidad… Todo llegará. Falta menos ;)

Dedico este capítulo a Chechy14, que se ha leído TODOS mis fics – desde el más antiguo al más reciente, y enteritos – en sólo una semana, y no ha escatimado en reviews. Decir que me siento halagada es quedarme corta. Muchísimas gracias por tu voto de confianza, y bienvenida a mis universos fanfic :)

¡Muchos besos y abrazos a todas!

Dub