CAPÍTULO IX – UN RESPIRO

El actor hizo repiquetear sus dedos sobre el mostrador, esperando a que la joven administrativa terminara de preparar el papeleo. Inuyasha miró distraídamente a su alrededor, intentando no inspirar demasiado ese olor a estéril y a la vez a enfermedad que reinaba en el pasillo. Los hospitales no eran plato de buen gusto para nadie, pero él los odiaba especialmente desde hacía once años. Cada vez que pisaba uno recordaba el llanto desconsolado de su madre, y también la desolación impresa en las lágrimas que él también había vertido ese día lluvioso de invierno que fue el más duro y triste de su existencia. Siempre intentaba evitar los hospitales a toda costa para evocar lo menos posible ese fatal desenlace que había marcado a su familia. Aunque esta vez, la situación lo requería.

Unas risitas apenas disimuladas le sacaron de sus dolorosos pensamientos. Vio acercarse a hurtadillas a un par de niñas que, cuando se dieron cuenta de que las había visto, se ocultaron rápidamente tras una puerta abierta, blanca como todas. Esperó unos segundos y vio asomarse por el marco de la puerta a una de las cabecitas azabaches, cuyos ojos muy abiertos lo miraban con profunda fascinación. Le sonrió por automático y la reacción de la criatura fue volver a esconderse.

-Ya está todo listo, señor Taisho - la voz de la administrativa llamándole hizo que desviara la atención de su pequeña observadora para centrarla en el formulario que le habían puesto delante - Compruebe que toda la información sea correcta, por favor.

Inuyasha sacó de sus bolsillos el documento de identidad y la cartilla médica que Kagome le había dado varios minutos antes, y verificó que se habían introducido bien los datos de Sota, así como su propio número de cuenta bancaria. Cogió el bolígrafo que le estaban ofreciendo y plasmó su firma en la esquina inferior derecha de la hoja.

"Va por ti, Kagome". Sería estúpido afirmar que estaba haciendo eso sólo por un frío acuerdo. Aunque últimamente peleaban con bastante frecuencia, eso no cambiaba ni un ápice el enorme cariño que le tenía a su asistente. Y gastar una parte del dinero que normalmente recibía por debutar en un taquillazo para ayudar a ese niño con el que estaba compartiendo varias puestas en escena, y que se había ganado la simpatía y el aprecio de todo el equipo incluyéndose a él mismo, no era ningún sacrificio. No si con ello estaba contribuyendo a salvar una vida de manos de esa cruel enfermedad que le había arrebatado a su padre.

-Muchas gracias - la chica le retiró la hoja una vez la hubo firmado y le estampó el sello de la clínica Hakurei. A la familia le había parecido bien esa elección al decirles que era su centro hospitalario de confianza, el que había tratado a muchas generaciones Taisho de todo tipo de dolencias - La intervención está programada para las cuatro de la tarde. Vendrán los camilleros a buscar al paciente cuando llegue la hora.

-Bien, gracias…Suzuna – dijo después de darle un rápido vistazo a la tarjeta de identificación que la muchacha llevaba en el pecho.

La aludida le guiñó un ojo, pretendiendo transmitir amabilidad y cercanía, pero también había un matiz discretamente coqueto en esa sonrisa con la que le obsequió. Inuyasha tuvo que reprimir una también, pues tenía la suficiente confianza en sí mismo como para reconocer cuándo una mujer le ponía ojitos. Se había estado aprovechando de eso los últimos meses, preocupado sólo de explotar su soltería yendo de flor en flor. La tal Suzuna era atractiva y en otras circunstancias le habría pedido el teléfono, pero se recordó que estaba en un hospital por acompañar a un niño con leucemia, no para hacerse una revisión rutinaria sin mayor importancia y luego pedirle una cita a la secretaria como si nada. Era capaz de admitir que estaba pasando por una etapa bastante libertina, pero no había olvidado lo que era el respeto por un enfermo.

-Que tenga un buen día - se despidió, dando por terminada la interacción.

-Igualmente - respondió ella con una sonrisa gentil que no le llegó a los ojos, dada lo evidente que fue su decepción.

Inuyasha apenas había tenido tiempo de alejarse un par de pasos del mostrador cuando sintió una manita tirando de la manga de su camisa. Miró hacia abajo para encontrarse con una de las niñas que instantes antes se había escondido de él, y que probablemente no debería llegar a los seis años. Enseguida le apareció en la cara una tierna sonrisa, inevitable para él siempre que interactuaba con personitas de esas edades.

-Hola - la saludó con simpatía intencionada y se puso en cuclillas delante de ella para estar a su altura, con tal de transmitirle confianza.

-Hola – respondió ella con un hilo de voz, al mismo tiempo que se aferraba más fuerte a la rana de peluche azul que llevaba abrazada contra el pecho.

-¿Cómo te llamas?

-Akane.

-¿Akane? ¡Qué nombre tan bonito! Es casi tan bonito como tú.

Su comentario logró arrancarle a la niña una sonrisa, e Inuyasha se sintió complacido por ello. De algún modo su amigable comentario había servido para romper el hielo, ya que la mirada más confiada que estaba viendo le decía que ella ya no se sentía tan intimidada.

-Inuyasha también es un nombre muy bonito – afirmó Akane con esa vocecita tan dulce que ahora se atrevía a lucir un poco más.

-¿Me conoces, Akane? – le preguntó con picardía, y sin poder evitar ensanchar su sonrisa. "Qué pilla…".

-¡Sí! - soltó con entusiasmo. Se notaba que le estaba apasionando hablar con él, aun a pesar de su timidez inicial – Estaba a punto de terminar el juego antes de venir aquí, y luego vi el anuncio de la película en la tele…¡Tu personaje es mi favorito!

-Me alegra oír eso. ¿Sabes una cosa? No se lo digas a nadie, pero también es mi favorito – le confesó alzando las cejas repetidas veces y ella se rió con aire travieso. Inuyasha echó un vistazo al final del pasillo, y tras dudar unos segundos añadió – Otro día puedo presentarte al niño que interpreta a Shippo. Si aun estás aquí, claro.

-¡Genial! - exclamó Akane, emocionada – Pues claro, yo casi siempre estoy aquí.

La expresión de Inuyasha delató su confusión ante lo que ella le había dicho, pero antes de que pudiera dejarse llevar por el impulso de averiguar qué diantres le pasaba a ese angelito para que según él pasara tanto tiempo ingresado, apareció de la nada una enfermera que se llevó el dedo índice a los labios y reclamó silencio.

-Akane, sabes que no puedes gritar en el pasillo. Además, ¿qué haces aquí fuera? Dentro de nada vendrá el doctor Matsuda a visitarte y se enfadará si no estás metida en la cama.

-¡Pero es que me aburro! – protestó Akane, haciendo un puchero y sacudiendo su peluche para expresar su indignación.

-Haz lo que te dicen, señorita – intervino Inuyasha, al rescate del personal sanitario - Si fuese tu padre ya te estaría llevando colgada bocabajo a tu habitación, por gamberra.

Akane se carcajeó de su chiste.

-Yo ya tengo un papá. Viene mucho a verme y me trae caramelos. ¿Tú tienes hijos?

-¡Akane! No debes hacer esas preguntas al caballero, y te he dicho mil veces que los adultos se tratan de usted - protestó la enfermera por su impulsividad, pero Inuyasha le dio a entender con un gesto que no había problema. Ella fue a coger a la niña de la mano y Akane no se lo impidió, pero se mantuvo firme en su sitio mientras volvía la mirada de nuevo hacia el actor, esperando su respuesta con innata curiosidad infantil.

-No, no tengo hijos. Quizás, algún día…Si encuentro una buena mamá para ellos.

-¡Seguro que la encuentras! ¡Eres muy guapo! – ese comentario tan espontáneo y sincero llevó a los dos mayores a reírse por su inocencia.

-Gracias, pequeñaja. Si tuviese una hija como tú, también le traería caramelos.

-Akane, vámonos ya. Disculpe las molestias…

-No se preocupe – después de dirigirle una mirada tranquilizadora a la abochornada empleada, que en su opinión personal se ahogaba en un vaso de agua, volvió la vista a la niña y le sonrió – Venga, vuelve a la cama. Esta semana iré viniendo a verte.

-¿Si? ¿Me lo prometes? – cuestionó con los ojos abiertos como platos por la ilusión de esa perspectiva.

-Palabra de hanyou – le guiñó un ojo y se puso de pie, mientras la pequeña reía por su broma cómplice y se alejaba por el pasillo junto con su cuidadora.

Inuyasha se las quedó mirando hasta que desaparecieron dentro de una habitación, apesadumbrado al pensar en lo injusta que era la vida por tener un alma tan pura e inocente hospitalizada. Claro que estaba rodeado de por lo menos veinte casos más así. Estaba en un servicio de Pediatría, y había una injusticia detrás de cada puerta. Suspiró y se encaminó hacia una en concreto. Cuando entró en la habitación número quince, Sota ya se había puesto el pijama y metido en la cama. Hablaba con Kagome, que en esos momentos le arropaba. Tras casi cinco meses de quimioterapia, el pelo del niño brillaba por su ausencia y las cejas iban por el mismo camino. Las últimas dos semanas habían sido más potentes y a más altas dosis con tal de preparar su cuerpo para el trasplante, y estaba aún más delgado y pálido que antes, pero aun así sonreía como el chavalín de naturaleza enérgica que era. Inuyasha no podía evitar pensar que era el niño más fuerte que había conocido nunca: no había faltado a ni un solo día de grabación y había conseguido sobreponerse a su intenso malestar físico delante de la cámara. Él mismo era el que insistía siempre en asistir a todos los rodajes, a pesar de que el director no dejaba de proponerle descansos y tomarse las cosas con calma. Su resiliencia era admirable.

La cabeza de familia estaba sentada en el sofá, contemplando en silencio a los dos hermanos con un brillo húmedo en sus ojos, pero en cuanto vio entrar al benefactor de su hijo pequeño se levantó inmediatamente para ir a cogerle las manos, expresando la más profunda de las devociones.

-Señor Taisho, no tengo palabras para agradecerle lo que está haciendo por mi hijo - dijo emocionada, alzando un tanto la voz debido a su entusiasmo y mirándolo a los ojos sin pestañear - No sé qué habríamos hecho sin usted…

Inuyasha sonrió con sinceridad, aunque sintiéndose un tanto abrumado por toda esa motivación que sólo una madre que amaba a su familia era capaz de manifestar. Le dio un cálido apretón a las manos que sostenían las suyas antes de responderle:

-No tiene nada que agradecerme. Estoy encantado de ayudar en lo que pueda. Ah, y por favor, tómese la libertad de tutearme - inclinó la cabeza hacia la derecha, señalando a Kagome con ella - La confianza no escasea precisamente.

La chica sonrió al oír el último comentario y se acercó a ellos, dejando a Sota ocupado y divirtiéndose con el mando automático de la cama, bajando y subiendo el respaldo una y otra vez.

-¿Todo bien? – le preguntó ella cuando estuvo a su lado.

-Todo en orden – corroboró Inuyasha con simpleza, devolviéndole los documentos personales del niño que había recibido hacía un rato para gestionar toda la burocracia. Kagome asintió y sus comisuras se curvaron un poco mientras los tomaba en sus manos, pero su mirada estaba medio ausente.

-Creo que iré a tomar un café. He dormido muy poco esta noche.

-Te acompaño – se apresuró en decir Inuyasha, tanto por ese reflejo sombrío que bañaba el rostro de Kagome y le hacía pensar que quizá necesitaba a un confidente, como por no quedarse a solas con esa mujer que seguía mirándole como si fuera un dios. Comprendía su situación, pero esa veneración tan vistosa le estaba intimidando un poco.

Actor y asistente salieron al pasillo, caminando en un cómodo silencio el uno al lado del otro hacia las máquinas de café que había en una sala de espera cercana. Después de meter las monedas y mientras esperaba su pedido, Kagome apoyó su cuerpo en la máquina, con la mirada perdida en el suelo y abrazándose distraídamente a sí misma, de brazos cruzados.

-¿Estás bien, Kagome? – preguntó Inuyasha con cautela, tratando de no sonar demasiado invasivo en un momento que tenía que estar siendo delicado para ella. Cuando la chica le miró, se aclaró la garganta y añadió – Quiero decir…¿cómo lo estás llevando?

Kagome se encogió de hombros y tras exhalar aire liberando su profundo agotamiento emocional y mental, sus ojos volvieron a las baldosas blancas.

-Bueno…esto no es precisamente un pícnic para mí. Pero todavía menos lo es por Sota, así que no tengo ningún derecho a quejarme – declaró con una amargura y un pesar imposibles de disimular, que de inmediato fueron captados por su acompañante.

-No estoy de acuerdo. Tienes todo el derecho del mundo a quejarte y a sentirte mal por lo que le ha tocado vivir a tu familia. Obviamente tu hermano es el que sale peor parado, pero todos sois víctimas de la situación. Eres libre de desfogarte todo lo que necesites, y a estas alturas espero que tengas claro que puedes contarme lo que quieras y que no voy a juzgarte.

Kagome sí le sonrió esta vez, agradecida por sus palabras. Tenían mucho valor, no sólo porque fuera ese hombre tan especial para ella quien le estaba ofreciendo una válvula de escape de esa forma tan entregada y sincera, sino porque era conocedora desde hacía unas semanas que Inuyasha también había pasado por una situación parecida. Ya sabía de sobras que no la juzgaría sin que él se lo dijera, pero además pondría la mano en el fuego a que podría entenderla si se atrevía a confesarle sus demonios interiores. Tenía tanta fe en eso, que cuando las palabras empezaron a aflorar de sus labios una detrás de otra ya no fue capaz de detenerlas.

-Gracias, boss. Estoy bien, es sólo que…Le veo allí, tan contento con una cosa tan tonta como una cama que se mueve a pesar de lo mal que sé que se encuentra…Y no puedo evitar pensar que no es justo. Es tan inocente, tan alegre, jamás se merecería lo que le ha tocado. Le he visto pasarlo tan mal con la quimio estos meses y yo… Soy su hermana mayor, se supone que debo protegerle y mantenerle a salvo. Él me ve como un ejemplo a seguir, como una superheroína que puede con todo, cuando yo me siento como una inútil…

Su discurso se había ido volviendo más y más lúgubre y su voz cada segundo había sonado más ahogada hasta que se le quebró, interrumpiéndole el habla. Avergonzada por estar dejándose en evidencia, cerró los ojos y se llevó la mano a la boca, murmurando un ahogado "Lo siento" a su acompañante. Eso ocurrió casi al mismo tiempo que los brazos de Inuyasha acudieron a rodearla como un chaleco salvavidas, de un modo instintivo y natural, calcado a como lo había hecho en su coche tantos días atrás. Y con el mismo abandono que entonces, Kagome apoyó la frente en su pecho con gesto derrotado, permitiéndose sollozar un poco. Sus puños aferraron la camisa varonil, dejándose llevar por la sensación de refugio que ese abrazo tan oportuno le proporcionó. De nuevo tuvo la certeza de que Inuyasha no la estaba criticando internamente porque se estuviese permitiendo ser egoísta y desmoronarse por un momento como si la protagonista de esa desgracia fuera ella. Al contrario, había sido él el que la había animado a expresar la pena que llevaba dentro y ella había sido incapaz de negarse a esa invitación, atormentada por todas esas emociones que hasta ahora había estado conteniendo por no querer romperse delante de su familia.

-Lo sé, Kagome – pronunció el hombre con calma. Apoyó una mano en la nuca de la chica, enredando sus dedos entre los cabellos azabaches en una suave caricia de consuelo. Se estaba viendo a sí mismo con diecisiete años y por eso el corazón se le encogió ante la magnitud de su empatía – Pretender mantenerte siempre fuerte por el bien del resto es agotador, y aun así te sientes impotente porque no puedes dejar de pensar que deberías estar haciendo más. Pero deja que te diga…que no eres ninguna inútil. Si estamos aquí con la posibilidad de luchar es sólo porque tú aceptaste un trato que implicaba un sacrificio por tu parte, así que definitivamente sí le estás salvando, aunque ahora no lo veas así.

Kagome tardó unos segundos en contestar, intentando serenarse y procesando lo que acababa de oír. Él respetó esa pausa mientras seguía acunándola con parsimonia, hasta que la oyó volver a intervenir.

-Sacrificio, sacrificio…A veces me lo pones difícil, pero tampoco es tan terrible aguantarte – dijo sin poder contener una pequeña sonrisa.

Inuyasha también sonrió por la pulla, complacido al interpretarla como una señal de que sus palabras habían sido tomadas en consideración y que estaban calando positivamente en el espíritu de la muchacha. Le puso las manos en los brazos para separarla un poco de su cuerpo, queriendo estudiar esos ojos siempre tan vivaces pero que ese día parecían tan carentes de su luz habitual. Se sintió dolido al vérselos enrojecidos y húmedos, y automáticamente llevó sus dedos a secarle las lágrimas contenidas en sus pestañas con delicadeza, mientras su otra mano cogía y retenía una de las que ella todavía mantenía encima de su camisa.

-Sí eres la superheroína que él ve en ti, Kagome. Créeme.

Los orbes castaños que le estaban evitado, acomplejados por el aspecto de su vulnerabilidad de su dueña, se clavaron en los suyos después de haberle escuchado. Y de repente, algo en su pecho se removió cuando volvió a verlo: esa conexión, ese brillo en los ojos de Kagome que le transmitía tanto. No era la primera vez que la veía observarle de esa forma, como si fuera un bien muy preciado. Esa evidente adoración.

Esa mirada que le hacía pensar en cosas que no debía.

-Cielo, ¿tienes tú las analíticas del preoperatorio?

Se separaron automáticamente con el máximo disimulo, pero ambos ruborizados por haber sido sorprendidos en un momento que hubiese podido considerarse, en cierto modo, un poco íntimo. Ujiko parpadeó descolocada nada más asomarse desde el pasillo, observando primero a su hija y luego a Inuyasha, para terminar esbozando una de sus tan características y dulces sonrisas de madraza.

-No, mamá. ¿Por qué iba a tenerlas? – preguntó Kagome sin pensarlo demasiado, fruto de su alteración y por ello un tanto brusca. No era habitual en ella una contestación tan borde, como tampoco lo era que su madre se la dejara pasar y eso le llamó la atención, porque la mujer parecía más divertida por su reacción que otra cosa.

-Las tengo yo, Ujiko – dijo Inuyasha sacando de su bolsillo un papel doblado que le habían entregado en el mostrador. Él no conocía tanto a la mujer como para darse cuenta de la mirada escudriñadora a la que estaba siendo sometido – Aquí tienes.

-Perfecto, gracias señor… - se interrumpió cuando él se la quedó mirando con una ceja alzada y una leve sonrisa de costado que pretendía ser un recordatorio de algo ya previamente hablado – Gracias, Inuyasha.

-No hay de qué.

Cuando volvieron a quedarse solos no se dijeron nada, y Kagome enseguida acudió a rescatar su café olvidado en la máquina para ocultar esa ruborización que todavía le duraba. Tras removerlo un poco con el palito de plástico que se le había servido dentro y dar un sorbo, se dio cuenta de que Inuyasha la estaba mirando con una pequeña sonrisa en los labios, como si estuviese rememorando algo agradable.

- ¿Mejor o peor que el del avión? – inquirió, poniendo de manifiesto sus pensamientos. Kagome puso los ojos en blanco, dándole a entender que le había hecho una pregunta muy difícil - ¿Salimos a la búsqueda de uno de verdad?

-Por favor – y después de esa sentencia tan honesta, rieron juntos mirándose a los ojos con complicidad.

El mensaje entre líneas que había tenido ese despreocupado intercambio de palabras fue correctamente emitido y recibido: "Ahora sí, todo está bien". Y fue así como salieron juntos a respirar aire fresco, buscando un snack más aceptable y de un modo inconsciente, un alargamiento de esa compañía tan preciada, sin terceras personas de por medio. Como cada día de entre semana, como estaban acostumbrados, como ellos eran.

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El postoperatorio fue algo duro para Sota, pero lo soportó estoicamente sin derramar una sola lágrima. Las mil visitas de sus amigos y las tarjetas de ánimo de sus compañeros de colegio le mantuvieron distraído y le ayudaron a conservar la alegría, aun a pesar de toda esa fatiga, fiebre y malas sensaciones que empezaron a aflorar después de la intervención. Le llegaron gominolas, globos y peluches que le arrancaron sonrisas de pura ilusión. Le dieron el alta a los tres días, a la espera de las analíticas que revelarían ya no solo el cómo su cuerpo había tolerado el procedimiento, sino los resultados de seguimiento de los últimos ciclos de quimioterapia intensiva que había realizado antes de pasar por quirófano.

Después de haber asistido al hospital cada día del ingreso para estar al tanto de cada novedad como si Sota hubiese sido su propio hermanito – y de haberse hecho amigo de la pequeña Akane durante sus visitas – Inuyasha fue quien acompañó a los tres miembros de la familia de vuelta a casa, llevándoles gustoso en su coche, y prometiéndole al paciente que le traería un menú especial con juguete incluido del WacDonald la siguiente vez que se verían. Ujiko sólo había sonreído al oír esa propuesta tan tierna y amistosa, encantada por las atenciones del jefe de su hija y alegrándose de que ella compartiera sus jornadas laborales con una persona de corazón tan grande.

Había pasado una semana desde el alta, y ahora Inuyasha cambiaba el canal de televisión con impaciencia, en un enésimo intento de encontrar algo que pudiera distraerle, y volviendo a mirar su reloj de pulsera. Sabía que le habían extraído sangre a Sota esa misma mañana para hacerle el tan esperado primer control postoperatorio, y Kagome le había prometido que le llamaría en cuanto dispusieran de los resultados. Le había dejado bien claro que estaría en casa y que no le importaba la hora, así que no entendía por qué estaba tardando tanto en contactar con él. Exhalando con inquietud, sacó su móvil del bolsillo y comprobó que no tenía mensajes ni llamadas perdidas que hubiese podido no oír, algo complicado puesto que se había asegurado por lo menos cinco veces en toda la tarde de que no lo tenía en modo silencioso. Sospesó sus opciones. ¿Y si la llamaba él? De repente sintió la inseguridad que le inspiró una teoría negativa que pasó por su cabeza. ¿Y si eran malas noticias, y estaban tan sumidos en su decepción y su dolor que por eso Kagome ni siquiera se acordaba de él o no se sentía con fuerzas para contarlo?

Dudó durante cinco minutos, pero terminó murmurando una palabrota y la impaciencia pudo con su vacilación. Marcó el número de su agenda de contactos y se puso el móvil en la oreja. Un tono. Dos tonos. Y luego varios intermitentes y más seguidos. Kagome le había colgado.

"No puede ser...Maldición."

Una sensación opresiva y angustiante empezó a invadirle, la misma con la que había lidiado los últimos días de vida de su padre, pero antes de que pudiera empezar a retroalimentar esa nube negra de conclusiones pesimistas, se oyó el timbre de la casa. Algo en su cabeza ató cabos y casi voló hacia la puerta. Cuando la abrió, se encontró con una mirada castaña que brillaba por sí sola y una sonrisa tan luminosa que al instante todos sus temores se desvanecieron.

-¿Kagome...? ¿Qué...?

Pero no pudo terminar la frase porque la susodicha ya le había echado los brazos al cuello. Soltando un bufido de sorpresa que le quitó de la boca los cabellos de ella que se le habían metido dentro, le devolvió el abrazo en cuanto pudo reaccionar. Kagome le estrechaba sosteniéndose en puntillas, con los ojos cerrados, y tuvo que esforzarse para oírla cuando empezó a hablar, porque estaban tan cerca que la voz femenina quedaba ahogada contra su propio cuerpo.

-Gracias...Mil gracias por todo, nunca podré terminar de agradecértelo...

Ella misma se separó, pero él la mantuvo sujeta de los antebrazos como si temiera que se le escapara y se llevara consigo esas noticias que tanto necesitaba conocer, a esas alturas ya compulsivamente. Aun así su cara y sus acciones ya eran toda una pista de cuáles habían sido los últimos acontecimientos.

-Kagome, ¿qué os han dicho? - le preguntó ansioso.

La chica amplió todavía más su sonrisa aunque aquello hubiese parecido imposible en un inicio, y sus ojos destellearon irradiando felicidad.

-La quimioterapia ha sido más efectiva de lo que creían, los resultados son mejores de lo esperado y muy prometedores. Y teniendo en cuenta que justo ahora se empezarán a notar además los beneficios del trasplante...Nos han dicho que no demos nada por hecho, pero que lo más probable es que Sota se cure.

-Oh, Kagome… ¡Me alegro tanto...!.- ahora fue él quien la abrazó a ella, con una sonrisa igual de esplendorosa en los labios. Después de haber desfogado su profundo alivio en esa muestra de afecto tan impulsiva, volvió a separarla de su cuerpo para empezar a sermonearla - ¿Pero maldita sea, por qué no me has llamado enseguida? Lo he pasado fatal, he estado toda la tarde pendiente del teléfono y…

-Ya, respecto a eso…Lo siento – se disculpó con cara de consecuencia pero mirada de angelito, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja con cierto aire de culpa en el momento en que le dedicó una sonrisita conciliadora – Es sólo que cuando lo he sabido, he preferido venir a decírtelo en persona. Además que tenía que traerte algo, un detallito de parte de mi madre… - se agachó para coger una bolsa de plástico que había dejado en el suelo antes de lanzarse sobre él - Es una tontería, pero...Me ha insistido mucho en que te lo acercara.

Inuyasha abrió los ojos sorprendido y hasta se ruborizó un poco por ese gesto tan inesperado por parte de Ujiko. Si le dijeran que esa mujer que desde el principio había sido tan efusiva con él le estaba construyendo un templo con su nombre, a esas alturas no le parecería descabellado.

-Ah, por favor, no hacía falta... – liberó una sonrisa modesta pero recibió el apreciado obsequio en sus manos. Agarró las asas de la bolsa y las separó para mirar en su interior con curiosidad – Huele que asombra...

-Es ramen casero, lo ha hecho ella – dijo Kagome con timidez, como excusándose. El hombre que tenía delante podía permitirse ir a comer el mejor ramen del mundo fuese cual fuese su precio, y se sentía un poco ridícula dándole algo tan insignificante a cambio de todo lo que él había hecho por su familia – Se pone a cocinar cuando es feliz. Es una tontería pero a ella le hacía mucha ilusión compartirlo contigo.

-No es ninguna tontería, no hay nada mejor que un plato cocinado con amor de madre. Me hace mucha ilusión, y de hecho me lo voy a comer ahora para cenar, que ya son horas. Muchas gracias ¿Quieres compartirlo conmigo? - ella había desviado la vista para ocultar el sonrojo que le había ocasionado tanto entusiasmo por parte de él, pero al oír esa propuesta volvió a mirarle con los ojos muy abiertos - Aunque entiendo que hoy en tu familia estáis de celebración y nosotros nos vemos casi cada día, podemos dejarlo para otro...

-No, no, no te preocupes – se apresuró en aclarar, saliendo de su estupefacción inicial y luchando para no ruborizarse más, pues esta vez la ilusionada era ella y además todavía se acordaba del pequeño incidente que había sucedido la última vez que cenaron juntos - Sota ya se iba a la cama porque estaba rendido de tanto celebrarlo. No me necesitan y me apetece.

-Fantástico, entonces al ataque.

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Ujiko había puesto ramen para alimentar a un ejército dentro de esa bolsa. No sólo pudieron comer los dos, sino que habrían podido repetir. Se sentaron a cenar en el sofá, abrieron un vinito blanco y brindaron por Sota y por las buenas noticias. Charlaron y rieron, compartiendo su alegría y disfrutando de la compañía del otro como hacía meses que no lo lograban después de tantas riñas, tomando conciencia de hasta qué punto habían echado de menos esas buenas vibraciones.

-Estoy llenísimo...Tu madre es una diosa, era el mejor ramen de mi vida - declaró Inuyasha, dejándose recostar hacia atrás con los ojos cerrados.

-Qué mentiroso, seguro que los has comido mejores en los restaurantes pretensiosos que frecuentáis los ricos – le molestó Kagome con mirada falsamente acusadora, apoyando su brazo en el respaldo del sofá y subiendo sus piernas para acomodarse de rodillas sobre los mullidos cojines una vez devorado el manjar.

-Que pueda pagarlos no significa que me encante derrochar el dinero en ellos. No por ser más caro tiene que estar más bueno. No hay nada como la comida casera, es mi favorita sin ninguna duda – replicó el actor sin moverse ni un ápice, soltando sus argumentos bocarriba como si estuviese rendido de tanto engullir.

-Tendré que creerte... – soltó un suspiro disimulado cuando se obligó a dejar de mirarle embelesada ahora que él no se daba cuenta. Una vez dejada atrás la euforia inicial por el asunto de su hermano, estaba empezando a ponerse un poco nerviosa por las circunstancias, de modo que decidió distraerse sacando otro tema, haciendo un mohín y poniendo voz enfurruñada - Pero yo sí le veo una pega a esta cena, y es esta botellita de vino tan pequeña. Te la compré en un intento de que te emborracharas menos, no para que me la pusieras delante precisamente el único día en que sí podría apetecerme desmelenarme un poco.

Inuyasha no cambió de posición pero sus ojos dorados se abrieron y se posaron en ella con sorna. Soltó una sonora risotada incrédula que dejó claro que le hacía mucha gracia lo que acababa de oír.

- ¿Estás intentando decirme que hoy la santa de mi asistente estaría dispuesta a ser una chica mala? - sonrió cuando ella rodó los ojos, sabiendo perfectamente a qué venía esa justa reacción – Con la chapa que me has dado todo este tiempo con el alcohol, podría hacer leña del árbol caído pero no lo haré porque soy un caballero. En vez de eso, te concederé encantado ese respiro que ahora tanto necesitas, pero... – se incorporó, arrugó un poco la frente con deje pensativo, y luego cerró los párpados con fuerza, frustrado - Mierda, me acabo de acordar de que no tengo más vino…

-¿Qué tú no tienes vino? Esto es nuevo – se mofó la muchacha, soltando una carcajada burlona – Si compré el lunes.

-Se ha acabado.

-Eso ya me cuadra más.

-No me chinches, bruja – después de soltarle ese comentario que expresó la sobrante confianza que había entre ellos, sus ojos se abrieron como si una bombilla se hubiese encendido en su cabeza y sonrió triunfal, levantando un dedo como si estuviese a punto de hacer un importante anuncio– No me queda vino pero se me acaba de ocurrir otra cosa ideal para la ocasión.

Kagome levantó una ceja pero no dijo nada cuando lo vio ponerse en pie y desaparecer dentro de la cocina, oyendo a los pocos segundos cómo empezaba a hurgar en los armarios. Estuvo un buen rato esperando, el suficiente como para decidir que se merecía que volvieran a reírse de él, pero justo cuando iba a preguntarle si dependía tanto de ella como para encontrar algo en su propia cocina, Inuyasha ya volvía al salón sujetando una botella de líquido transparente en su mano que le resultó familiar. En la otra llevaba un par de vasos de chupito.

-¿Te acuerdas de cuando hace un mes te puse awamori en la lista de la compra, y tú apareciste con esta mierda? – le preguntó, exhibiendo la bebida a medida que se acercaba.

Su asistente agudizó la mirada para fijarse más, pero enseguida reconoció la adquisición y asintió con la cabeza, cruzándose de brazos como si estuviese ofendida.

-Sí, me acuerdo. También recuerdo que no me pusiste ninguna marca en concreto, así que cogí la primera que vi. Haberlo pensado antes. ¿Qué problema tiene?

-Pues que esto es indigno de considerarse awamori – replicó, volviendo a tomar asiento a su lado y buscando cierta información en la etiqueta roja – Yo quería algo de calidad, original de Okinawa, con lo que quedar bien con un invitado. Pero se nota mucho que esta ridiculez es de supermercado.

-¿Y? ¿No lo has usado desde entonces por esta tontería?

-No es ninguna tontería, me da vergüenza sacarlo delante de un ligue. Ni que fuera un adolescente – argumentó con fingido mal humor mientras abría la botella y servía la bebida en los vasos.

Kagome puso los ojos en blanco, creyendo que así sería más fácil que no se le notara en la cara la desazón que la había atravesado al oír ese comentario. Prefirió no contestar a eso, no fuera caso que se le notaran los celos en la voz, y se decantó por seguir incordiándole con tal de sacar ese tema tan fastidioso de su cabeza.

-¿Desde cuándo se bebe el awamori en forma de chupitos?

Inuyasha se encogió de hombros con despreocupación.

-Ni que estuviese escrito en piedra el cómo tiene que beberse. Me gustan los chupitos, son muy versátiles, pero si quieres un vaso grande…

-No, no, da igual, qué más da – sonrió de forma nostálgica – Creo que la última vez que tomé chupitos fue jugando al "Yo jamás he…" con mis amigos de secundaria. Era muy divertido.

Inuyasha se carcajeó.

-Ah, sí, gran juego, mi hígado también sufrió un buen número de rondas cuando fue su turno. Aunque lo que vale la pena preguntar, cuando eres tan crío todavía no puedes contestarlo. Además que los jovencitos inseguros mienten, en realidad no tiene gracia.

-¿Y los adultos no?

-Este no. No tengo nada que ocultar – después de haber hecho esa afirmación tan calmada y rotunda, sus ojos del color del oro se fijaron en los de la muchacha de forma retadora - ¿Y tú?

Su mirada era burlona y desafiante, y Kagome captó la muda propuesta. Negó con la cabeza para responder a su última pregunta, mirándole exactamente de la misma forma gallita para demostrarle que no estaba dispuesta a dejarse intimidar, aunque todavía no tenía claro si le estaba tomando el pelo.

-¿Me lo estás diciendo en serio? ¿De verdad quieres jugar a eso, boss?

La única respuesta que recibió fue un alzamiento de cejas sugerente, y Kagome dudó para sus adentros. Por un lado le apetecía, y por el otro le daba respeto. Le daba miedo enterarse de detalles dolorosos de la vida personal – y últimamente, sobretodo sexual – de Inuyasha, que no quería conocer por su propio bien. Aunque bien era cierto que en ese caso, bastaba con no preguntárselos. Tenía que reconocer que sí era cierto que le apetecía evadirse un poco de todo lo malo que había atravesado su familia hasta ahora. Y qué diablos, le atraía la idea de compartir una experiencia así con ese hombre que tanto la cautivaba, más aún si podía propiciar algún que otro acercamiento entre ambos. Ya era mayorcita, no tenía por qué darse tantas explicaciones ni siquiera a sí misma. Estaba cansada de sacrificarse por hacer siempre lo correcto y que luego el universo la fastidiara de todas formas como si eso no contara para nada. Por una vez, iba a pasar de hacerlo, en vista de los resultados que el inexistente karma le había ofrecido hasta ahora.

-Suerte que no eras un adolescente...Pero como tampoco se me ocurre nada mejor, acepto el desafío. ¿Con apuesta o sin apuesta?

-Siempre con apuesta, señorita. Si lo vamos a hacer, hagámoslo bien. ¿Cuál es el premio?

-Lo que quieras, menos dinero y sexo.

-Acabas de quitarme las ganas de jugar…

-Muy gracioso – replicó esbozando una mueca irónica ante ese rostro masculino teatralmente disgustado que enseguida dibujó una sonrisa traviesa - En realidad me da igual, como si quieres decidirlo a posteriori. El que gane pide.

Inuyasha alzó ambas cejas y la miró como si le hubiese dicho algo que no le encajara con su forma de ser, con la Kagome que él conocía, la que siempre lo tenía todo controlado y a la que era imposible pillar desprevenida. Curiosamente, sólo se sintió más tentado de seguir adelante con ese experimento. Si resultaba que había más facetas misteriosas en la personalidad de Kagome, se descubrió queriendo conocerlas todas.

-Me parece muy valiente por tu parte, o muy insensato, meterte en un fregado así sin saber dónde te va a llevar, pero como siento un gran respeto por la gente que tiene agallas, acepto – volvió a recostar la espalda en el sofá, acomodándose mientras le dedicaba una mirada vacilona y una sonrisa condescendiente - Las damas primero.

-¿Con o sin calentamiento? – le preguntó con la misma actitud arrogante.

-Sin paños calientes, señorita Higurashi. Sorpréndame.

-Muy bien, tú lo has querido – se inclinó hacia adelante, meditó durante unos instantes, y sonrió cuando le vino la idea de su primer ataque a la cabeza – Yo jamás he hecho un casting para una película porno.

-¿Qué mierda…? Joder, empezamos bien - farfulló más para sí mismo que para ella, chasqueando la lengua. Se ruborizó graciosamente y se incorporó para beberse su vaso con cara de mal perdedor, mientras la oía carcajearse sin piedad. A la que pudo hablar de nuevo, se apresuró en aclarar – Que conste que no llegué a hacerla y que estaba muy desesperado, fue una época muy mala en que no lograba desencasillarme de…

-Ve a llorarle a quien le importe, a mí me basta con que tragues – le interrumpió, observándole con una triunfal suficiencia en cuanto logró dejar de reír.

-¿Es un poco temprano para mirarme con esa cara de chula, no crees? Acabamos de empezar y te recuerdo que quién ríe último, ríe mejor – al ver que ella no cesaba en su sonrisa de listilla, sino que la ensanchaba invitándole a ponerla a prueba, jugó su baza – Yo jamás he tenido sexo en la cama de mis suegros.

Kagome rodó los ojos como si le hubiese preguntado algo muy obvio y soltó una pequeña risa de modosita, mientras se tragaba su chupito ante la observación simuladamente escandalizada de su jefe.

-Siempre he sabido que en el fondo eras una chica mala, Kagome Higurashi – le dijo sacudiendo la cabeza como si estuviera hablando de algo muy turbio - Pero una enferma ya…

-Yo jamás he cometido una infidelidad – le atajó la chica con celeridad, antes de que empezara una conversación bochornosa sobre el tema.

Inuyasha frunció los labios y se la quedó mirando para después servirse otro vaso, cogerlo, y justo cuando se lo acercaba a los labios ante los ojos victoriosos de su contrincante, detenerse en seco y entregárselo a ella.

– Para ti, con todo mi amor – sonrió encantado, aunque ante la expresión incrédula de Kagome, la miró un poco ofendido – Oye, que sepa disfrutar de mi libertad cuando estoy soltero y sin ataduras, no tiene nada que ver con cómo me comporto cuando estoy comprometido. Yo soy hombre de una sola mujer.

Kagome no dijo nada ante sus palabras, pues no podía hacer más que pensar en que realmente era verdad lo que Inuyasha le decía. Ella había sido testigo en primera fila de lo mucho que se entregaba cuando se enamoraba. Se había dejado llevar por su fachada de los últimos meses, no por los recuerdos que tenía de él cuando estaba en una relación, y ese había sido su error. Se encogió de hombros, cogió el chupito que él le tendía y se lo llevó a la boca sin rechistar. De todas formas, ese alcohol le iría bien para ahogar el malestar que le había provocado pensar en eso.

-Muy bien, tienes razón. Fallo mío y punto para ti – reconoció en cuanto hubo tragado y su rostro dejó de estar desencajado por todo ese ardor en su garganta – Te toca.

Inuyasha se quedó pensativo con la mirada perdida el tiempo que le llevó tener otra ocurrencia, y cuando la tuvo lista, sus ojos dorados se posaron regocijados en Kagome como si ya la estuvieran viendo beber otra vez.

-Yo jamás he tenido un orgasmo – pronunció con una sonrisa competitiva.

Sin embargo, sus comisuras perdieron esa curvatura confiada cuando, después de que se hiciera un silencio largo y viera a Kagome ponerse muy seria y el brillo de la diversión desaparecer de sus ojos, ella terminara vertiendo más bebida en el vaso de él en vez de en el suyo.

-Bebe – se limitó a decir, deslizándolo hacia él por encima de la mesa, empujándolo con el dedo índice.

Inuyasha sintió que la sangre se le helaba en las venas. La observó pasmado con insistencia, esperando absorto una aclaración que por fuerza debía de tener trampa.

– No me lo puedo creer…No, me estás mintiendo para no beber.

-No se puede mentir en este juego, son las reglas – replicó la muchacha como toda respuesta. Su lenguaje corporal pareció expresar lo mucho que se había cerrado en banda, pues se cruzó de brazos y piernas y desvió la vista hacia el suelo, incómoda – Traga y punto, deja de mirarme así.

Concretamente, Inuyasha se había quedado mirándola con la boca abierta, totalmente incrédulo. Parpadeó varias veces como si fuera tonto, antes de encontrar algo coherente que contestarle.

- Perdona, es sólo que…No puedo creerlo.

-Ese es tu problema – espetó sin ganas y con un repentino mal humor que fue evidente. Estaba claro que no se estaba sintiendo a gusto hablando de eso e Inuyasha lo notó, pero como era un boca-chancla y un impulsivo, su inconsciente le traicionó.

-No, el problema lo tienes tú – contestó por automático, demasiado impresionado como para tan siquiera pensar en si debería haberse mordido la lengua.

Kagome le fulminó con la mirada de una forma que se le erizó el vello de la nuca y tragó duro, dándose cuenta al instante de que había metido la pata. La voz de la chica sonó glacial y extremadamente herida cuando llegó a sus oídos.

-Gracias por recordarme que soy un puto bicho raro, Inuyasha – siseó con las facciones en máxima tensión - Muy delicado por tu parte.

-Perdona, no debería haber dicho eso…No te estoy juzgando, no tienes nada de lo que avergonzarte – hizo una pausa, como meditando si convenía que siguiera hablando o no, pues ella estaba reaccionando especialmente mal en esa conversación. Al final fue incapaz de retener ese montón de palabras acumuladas que tenía atascado en la garganta - Pero es que me sorprende, joder. Sé que no eres de las que se acuesta con cualquiera, pero aun así…Creía que habías tenido pareja.

-Y la tuve, dos años. Pero una cosa no implica la otra.

-Pues claro que lo implica, joder – se pasó las palmas de las manos por la cara, procesando esa noticia que todavía no terminaba de creerse y luego no pudo reprimir una carcajada - ¿Tan malo era el hijo de puta?

-Deja de decir estupideces, soy yo la que no puede, ¿contento? ¿Está tu curiosidad satisfecha ya? – cuestionó de malos modos, ahora con un turbado sonrojo que rompía un poco con esa muralla de hielo que había alzado a su alrededor.

-Eso dicen los ineptos. Es más fácil llamar frígida a la mujer que admitir que no sabes hacerlo. Me juego lo que quieras a que tú sola no tienes problemas.

Kagome se sonrojó todavía más de lo que ya estaba, pues no podía creerse que realmente estuviese teniendo una conversación con su jefe acerca de ese tema. Si no empezara a llevar una cantidad considerable de alcohol en la sangre, conociéndose ya se habría inventado una excusa para largarse. En cambio, cambió la posición de sus piernas y miró hacia otro lado pero permaneció ahí, aunque sintiéndose muy avergonzada.

-No lo sé, nunca lo he intentado – admitió, con un hilo de voz.

Inuyasha volvió a quedarse petrificado y mirándola como si fuera un gato que había aprendido a usar la taza del váter. Un sonidito incrédulo salió de su garganta, a medio camino entre una risotada desesperada y un lamento.

-¡¿Pero a ti qué te pasa?! – exclamó cuando al fin pudo reaccionar, y lo hizo poniéndose las manos en la cabeza a modo de canalizar lo escandalizado que estaba.

-Pues que yo no hago eso – contestó con voz plana. Podría haberle dicho que no quería que el primero fuese tan artificial, pero decidió que no tenía por qué contarle nada que las normas del juego no le obligaran. Y qué diablos, ni siquiera así tenía que rebajarse a que sus trapos sucios fueran un espectáculo.

-¡Todo el mundo hace eso! – sentenció Inuyasha sin percatarse de que estaba casi gritando, teniendo en cuenta que el awamori también le estaba afectando a él. Esa desinhibición fue evidente cuando pronunció su siguiente afirmación sin pelos en la lengua - ¡La mitad de mis duchas acaban en cinco contra uno!

Kagome ocultó el rostro en sus manos pero eso no reflejó con justicia lo que sintió por dentro, ya que cierta parte de su cuerpo había reaccionado con un excitante estremecimiento de sólo imaginarse esa escena. Pensar en lo que podría pasar si un día de esos se le ocurría meterse en esa ducha para contribuir tampoco la ayudó en nada.

-Gracias por la información, ahora necesito otro de estos… - poniendo cara de disgusto como si la hubiese traumatizado oír su última declaración, se inclinó para servirse otro chupito y antes de beberlo le miró con rígida advertencia – Y otra cosa que necesito es que te calles, porque hace rato que he empezado a sentirme incómoda. O bebes de una puta vez y pasamos a lo siguiente, o dejamos de jugar. ¡Tú eliges!

Se hizo un silencio tenso en el salón, durante el cual Inuyasha la observó habiéndose quedado descolocado y bloqueado por su reacción, y por el modo en que ella había terminado alzando la voz como si estuviese enfadada de verdad. Estaba claro que había metido el dedo en la llaga. Había tocado una fibra sensible. Que una chica como Kagome, a la que tenían que haberle sobrado los pretendientes, tuviera tanto inconveniente con el tema del sexo, hasta el punto en que se sintiera tan sensible al respecto como para casi gritarle que quería dejar de hablar de eso, era desconcertante. Tragó duro, se tomó al fin ese chupito que a esas alturas ya se había creído que realmente era para él, y en cuanto pudo hablar de nuevo, intentó aplacar ese mal rollo que se había instaurado de repente.

-Está bien, tranquila. Lo siento – le dijo regalándole una sonrisa conciliadora y pidiéndole disculpas con la mirada. Hasta ese momento se lo estaba pasando bien y estaba disfrutando mucho de ese momento que estaban compartiendo, y no quería arriesgarse a perderlo por culpa de su bocaza – Cambia tú de tema, entonces. De todos modos, te toca a ti.

Kagome respiró hondo para tranquilizarse y no dijo nada durante medio minuto en el que pareció que fingía que pensaba más que otra cosa, cuando en realidad estaba intentando recuperar la compostura. Cuando finalmente habló, sonó hasta distraída.

-Yo jamás le he mentido a mi exnovia sobre si le quedaba bien lo que llevaba puesto – pronunció con voz tan neutra que sonó robótica.

Inuyasha se sintió decepcionado para sus adentros al oírla. No, eso no tenía ningún morbo y estaba seguro de que Kagome podía hacerlo mucho mejor. Estaba desconcentrada y sabía que era culpa suya por haberla presionado. Mientras se tragaba su chupito sin decir ni mu, pensó que tenía que provocarla con algo lo suficientemente potente como para hacer volver al terreno de juego a su asistente la guerrera, la que siempre le desafiaba, la cabezota que nunca se daba por vencida.

Tenía que hacerla desconectar del desagradable bucle en el que la había metido. Y por eso, cuando se le vino a la cabeza la que podría ser su siguiente bala, no hizo nada para detenerla:

-Yo jamás me he cortado con un cuchillo porque me he puesto nerviosa al tener a mi jefe cerca.

Continuará…

¡Hola chicas!^^

Seguimos añadiendo morbo a este fic para adultos jejeje agarraos que vienen curvas. Es posible que la siguiente vez tarde un poco en actualizar porque suelo hacerlo en fin de semana y el siguiente lo tengo liadillo – aparte que el capítulo en cuestión es…complejo - pero haré lo que pueda.

Aprovecho para comentaros que recién he empezado a seguir un fic de una autora a la que ya leía hace años y que es una auténtica crack: Anyara. Os recomiendo Eteru, su nueva historia OU que me tiene completamente enganchada.

¡Gracias por leer!^^

Dubbhe