CAPÍTULO XI – EN MIL PEDAZOS
Desde que ese encuentro tan pasional había concluido, habían dejado templar sus respiraciones y enfriar sus cuerpos en un silencio tácito. Kagome sentía el aliento caliente del hombre que todavía albergaba en su interior quemándola en la base del cuello, así como su cabello rozándola, acariciándola con su íntima cercanía. Ella seguía teniendo las manos bajo su camisa, en esa zona sobre la que se habían arrastrado para animarle a dejarse ir por completo. Embargada por esos instantes de belleza máxima y por ese amor que desprendían ahora todos y cada uno de los poros de su piel, se animó a volver a hacerlo, disfrutando de ese privilegio tan anhelado. El cariñoso roce de las yemas sobre su lumbar hizo reaccionar a Inuyasha, que abrió poco a poco los ojos y liberó un resoplido que reflejó tanto su agotamiento como su profunda satisfacción.
-Señorita Higurashi, el tratamiento intensivo ha finalizado. ¿Cómo se siente al respecto? – preguntó en cuanto se sintió con fuerzas para bromear, y sonrió traviesamente cuando oyó una risotada en respuesta.
-Eres idiota… - le soltó la muchacha. El único motivo por el que su sonrisa no se amplió fue que eso ya era anatómicamente imposible.
Inuyasha se quitó de encima de ella con cuidado, permaneciendo de rodillas encima del sofá para acomodarse los pantalones, y Kagome se incorporó para quedarse sentada mientras buscaba su ropa interior con la mirada. Se sonrojó cuando la encontró tirada por el suelo como un trapo abandonado. La tela se veía tan mojada que el solo pensamiento de ponérsela otra vez le dio asco, y todavía estaba dándole vueltas a su dilema cuando la voz de Inuyasha rompiendo de nuevo el silencio le llamó la atención.
-Puedes ducharte aquí, si quieres – dijo distraídamente, bajándose del sofá y arreglando ahora su camisa desajustada y arrugada. Recibir en forma de ofrecimiento algo que ella había dado por descontado la descolocó, y sólo atinó a asentir confundida con la cabeza - ¿Vas tú primero o voy yo?
-¿Y si vamos los dos? – propuso sonriendo de costado, tanteándole de forma casi inocente, pero las endorfinas que todavía reinaban en su sistema nervioso se preparaban para otro asalto nada más imaginarse lo que sería vivir esa otra experiencia con él.
Inuyasha le dedicó esta vez una sonrisa cargada de seductora sorna y le guiñó un ojo.
-Más quisieras. Anda, usa el baño de abajo y así nadie tiene que esperar.
Los labios de Kagome se entreabrieron cuando ella se quedó bloqueada por esa respuesta tan inesperada, pero Inuyasha ya estaba desapareciendo escaleras arriba antes de que le hubiese dado tiempo a preguntarle qué problema tenía con su propuesta. Kagome tragó saliva y su ceño se frunció mientras sentía como se le oprimía ligeramente el pecho, pero inspiró hondo y se recordó que era Inuyasha de quien se trataba: su jefe, su amigo, su cómplice. Podía confiar en él, sus motivos tendría para haber puesto distancia ahora. Precisamente porque se trataba de ella, de esa empleada suya con la que se suponía que no debería hacer ciertas cosas, quizá era normal que necesitara espacio para pensar. A decir verdad, ella misma tampoco terminaba de creérselo y le llevaría horas asimilarlo. Se levantó del sofá, dirigiéndose en soledad y a regañadientes a la ducha que se le había asignado, no queriendo sacar las cosas de quicio. Ese era un momento bonito, mágico incluso, y no quería cargárselo comiéndose la cabeza con pensamientos negativos que eran creados por esa insuficiente autoestima, tan dependiente de la actitud masculina desde hacía un par de años.
Cuando terminó de asearse – a la velocidad de la luz para no retrasar esa conversación pendiente - volvió al salón e hizo ademán de volver a sentarse en el sofá, pero tras echarle una ojeada, se lo pensó mejor y lo hizo en un sillón, esbozando una sonrisa tonta y divertida al pensar que el lunes le tocaría llevar al menos uno de esos cojines a la tintorería. Esperó más de diez, quince minutos, y estaba empezando a impacientarse cuando vio a Inuyasha descender hasta el pie de la escalera, vistiendo ropa cómoda ahora. Llevaba el pelo mojado y un halo de refrescante olor a champú de varón le llegó hasta donde ella estaba. Gracias a la puerta amplia y de doble hoja con la que contaba el salón, pudo verle cruzar el vestíbulo e ir a la cocina. Se le oyó trastear un momento y volvió a aparecer con una copa de vino en la mano. Cuando entró en el salón y sus ojos dorados la enfocaron, se detuvo de golpe como si no esperara encontrarla ahí.
-Vaya, no creía que te ducharías tan rápido – observó con una sonrisa desenfadada, pero ésta se borró progresivamente al ver esa cara tan seria frente a él que auguraba algún tipo de inconveniente – ¿Estás bien?
-Pues…eso es lo que iba a preguntarte yo. ¿Todo bien, verdad? - inquirió la joven, con el corazón medio encogido.
-Pues claro, ¿por qué lo preguntas?
Se acercó a ella dando un trago de vino, y Kagome presenció esa acción sintiendo un completo rechazo. ¿Cómo podía seguir bebiendo después de todo el awamori que se habían metido en el cuerpo? Ella estaba empezando a sentir la amenaza de la inminente resaca, le dolía el estómago y estaba ligeramente mareada. Tenía además una sensación de adormecimiento, pero no lo suficientemente potente como para compensar la compulsión que estaba empezando a sentir por aclarar ese panorama tan poco prometedor. Él en cambio parecía bastante relajado, y de hecho le ofreció la copa con total desparpajo como si veinte minutos antes no hubiese estado enterrado entre sus piernas.
-¿Quieres un poco?
-Por supuesto que no - replicó Kagome, haciendo una mueca y alejándola lo más que pudo de su nariz. Luego alzó la mirada hacia él - ¿No vamos a hablar?
-¿Hablar? ¿Quieres hablarlo? – cuestionó, viendo con extrañeza esos ojos castaños llenos de congoja – Kagome, somos adultos y creo que hay la suficiente confianza entre nosotros como para que no sea necesario hablar nada –opinó, aunque cierto era que el tipo de mirada que había en el rostro de ella no le estaba haciendo ninguna gracia. Quizá no era tan mala idea tener esa charla – Pero si te vas a quedar más tranquila…De acuerdo, hablemos.
Se sentó en la mesita de centro, de cara al sillón y a la chica. Dejó la copa a un lado y apoyó los codos en sus rodillas, inclinándose hacia adelante y mostrando su total disposición a comunicarse con ella.
-¿Hay algo que quieras decir? – le preguntó, usando el mismo tono de voz gentil y sincero que siempre empleaba cuando estaba siendo atento.
-Bueno…Hay muchas cosas que decir, creo yo – contestó Kagome, arrastrando la voz como si le diese miedo usarla. Se miró las manos, que se tenía cogidas debido a sus propios nervios. Sus dedos se agarraban entre ellos y se soltaban, canalizando su agitación interna - ¿Qué va a pasar ahora?
Inuyasha arrugó el entrecejo.
-¿Qué quieres decir? ¿Qué va a pasar de qué?
Kagome exhaló con frustración. O se estaba haciendo el imbécil o lo era. Ni una cosa ni la otra eran buenas noticias.
-Pues…¿qué ha significado lo que ha pasado? ¿Ha cambiado algo? - inquirió, empezando a desesperarse por la aparente indiferencia de Inuyasha.
Él parpadeó varias veces al oír esa pregunta. Sus labios se entreabrieron pretendiendo decir algo pero volvieron a cerrarse por no estar convencidos. Inuyasha la miró con cautela como si estuviese intentando adivinar sus pensamientos, como si temiera que aquello se tratara de una típica pregunta trampa de mujer. Pero conociendo a Kagome, a sabiendas de que ella no era retorcida y de que la confianza sobraba entre ellos, se decantó por ser directo.
-Lo que significa, Kagome…Es que somos dos buenos amigos que han bebido de más y que eso les ha llevado a tener sexo. Y respondiendo a tu segunda pregunta…Por mi parte no, no ha cambiado nada.
Kagome sintió que se quedaba sin respiración. Lo siguiente fue una presión que se instauró en su pecho y que creció angustiosamente hasta crearle la sensación de que algo se resquebrajaba dentro de ella. Por primera vez en su vida, entendió el significado de cuando se decía que una emoción se volvía palpable: el dolor más demoledor la golpeó en la boca del estómago y le ardió en la garganta.
Inuyasha se inquietó cuando la vio quedarse lívida. Si ya de un principio no le estaba gustando nada el rumbo que estaba tomando la conversación, la reacción de ella empeoró su mal presentimiento. Vio como le temblaban los dedos y tuvo tiempo de notar que su mirada se había puesto vidriosa, justo antes de que dejara de enfocarla en él para bajarla a la alfombra.
-Kagome – la llamó, temiendo lo peor. Ella no reaccionó. Agobiado, le puso la mano en la rodilla e insistió - Kagome, mírame.
La aludida hizo de tripas corazón, tanto para obedecer como para no rechazar el contacto físico de un manotazo, pues de repente no soportaba la idea de que él la tocara pero sabía que cualquier gesto hostil la delataría. Sacando de su alma herida de muerte una fuerza remanente que no sabía que tenía, consiguió mantener la compostura con un esfuerzo sobrehumano. Tras inspirar hondo con disimulo y armarse de valor, miró al hombre que tenía delante tal y como éste le había pedido, logrando aparentar un grado aceptable de serenidad.
-Es que…¿debería haber cambiado algo para ti? - preguntó Inuyasha, con el cuerpo más rígido que un madero.
Kagome detectó esa tensión y eso le confirmó lo que él estaba deseando oír. Coincidía con lo que ella tenía que decir para conservar su dignidad, de modo que luchó por simular una pequeña sonrisa tranquilizadora - que por motivos obvios no le llegó a los ojos – y le dio la respuesta que se esperaba de ella:
-No, claro que no. Sólo quería asegurarme de que estábamos en la misma onda - respondió con calma, aguantando la respiración para que no se le quebrara la voz. Su ansiedad creció cuando Inuyasha se la quedó mirando con recelo. Ahora sí estaba preocupado, eso era evidente.
-¿Estás segura de que no hay nada que quieras dejar dicho? Ya sabes que puedes contarme cualquier cosa.
"No. Esto no puedo", pensó Kagome con impotencia, cerrando los ojos por un momento.
-No le des tantas vueltas, todo está bien.
-Kagome…
-Se ha hecho tardísimo. Será mejor que vaya tirando – dijo poniéndose en pie y cortando de raíz cualquier intento de alargar ese diálogo tan destructivo.
El actor vaciló pero reflexionó rápidamente. No sabía qué tipo de antecedentes tenía ella en lo que al sexo respectaba, pero por el modo en que casi le había mordido cuando había surgido ese tema durante el juego, ahí había una fibra sensible. Kagome acababa de enfrentarse a algo que quizá no pudiera clasificarse como trauma – o sí, quién lo sabía – pero que fuera lo que fuera, podía requerir tiempo para ser procesado. Quizá necesitara meditarlo a solas, sobretodo ahora que estaban empezando a recuperar la sobriedad y a poner de nuevo los pies en la tierra. Aquello le hizo acordarse de un detalle.
-¿Has venido con el coche de tu madre? – preguntó observándola desde su sitio mientras ella recogía su chaqueta y su bolso. La joven sólo asintió con la cabeza, evitando su mirada– No deberías conducir en este estado… ¿Quieres quedarte?
-Estaré bien, he conducido en peores condiciones – contestó lo más escueta que pudo, teniendo en cuenta que le habían entrado ganas de gritar de sólo pensar en quedarse ahí un solo minuto más de lo estrictamente necesario.
-¿Tú? No me hagas reír, si eres un angelito. Un angelito caído ahora, pero un angelito igual - le regaló una sonrisa picarona, en un intento de bromear para relajar el ambiente. Kagome consiguió devolverle una comprometida sonrisa pero no encontró fuerzas para fingir la risa – Deja que te llame a un taxi por lo menos.
"Igual que haces con todas tus fulanas", quiso gritarle.
-Haz lo que quieras – respondió en cambio, con el único deseo de dejar de hablar con él de una vez por todas.
Por suerte, había varios taxis en la zona en aquel momento, por lo que no pasaron ni dos minutos desde que Inuyasha colgó el teléfono, que ya había uno parándose en la puerta. Nada más ver los faros por la ventana, Kagome masculló un breve "Buenas noches" y cruzó el vestíbulo como si huyera del diablo. El mismo diablo que la interceptó en la puerta tras esa esquiva despedida que le había dejado con mal cuerpo, y la volvió a cerrar cuando ella apenas la había abierto un palmo.
-¿Estás segura de que estás bien? Estás muy rara, Kagome.
La chica cerró los ojos. Sentía ya las lágrimas ardiéndole detrás de los párpados. O salía ipso facto de la casa, o se pondría a llorar delante de él.
-Necesito estar sola, pero no tiene nada que ver contigo.
Inuyasha sonrió con pesar al ver confirmada su teoría. Definitivamente, aquello era algo personal que le pertenecía sólo a ella. Soltando un suspiro de rendición, dejó de sujetar la puerta y él mismo fue quien se la abrió.
-Está bien, como quieras…Pero avísame cuando llegues, ¿vale?
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Era una noche ajetreada en Tokio, como cada viernes. Había mucho tráfico, pero la experimentada taxista manejaba el coche con gracia y completa profesionalidad. Le había costado un poco adaptarse a lo diferentes que eran esas vías y las de su pueblo natal, pero había superado el desafío con éxito. Sin embargo, el tráfico no era la parte que más le costaba de su trabajo, pensó mientras miraba disimuladamente a su clienta desde el espejo retrovisor. Era una chica joven que estaba encogida en el asiento de atrás, pegada a la puerta de la derecha. Cada vez que le echaba una ojeada, algo se le removía por dentro. El rostro desencajado, la cara pálida y las mejillas surcadas por abundantes lágrimas. La mirada perdida.
Era la viva imagen de un corazón roto en mil pedazos.
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El móvil vibró encima del sofá junto a ella, pero lo ignoró. Era pasada la medianoche y sus dedos tecleaban en el ordenador portátil. Los ojos le picaban y le dolían los pómulos, las fosas nasales y la garganta de todo lo que había llorado. La resaca la apretaba con poca compasión y sentía una imperiosa necesidad de dormir, pero la urgencia que sentía por terminar de escribir ese correo era mayor.
Su teléfono volvió a vibrar, esta vez de forma continua, cosa que anunciaba una llamada en vez de un mensaje. Kagome le echó un vistazo de soslayo, sabiendo de antemano quién la estaba reclamando porque ese alguien llevaba haciéndolo un par de horas. Siguió sin la más mínima intención de ceder, aunque saber que él estaba al otro lado de la línea la desconcentró y se detuvo hasta que el aparato dejó de insistir. Luego siguió escribiendo lo que al final sólo habían sido unas pocas frases concisas, y le dio a la opción de enviar tras hacer una respiración profunda. Hecho.
Otra notificación. Se quedó mirando fijamente el móvil durante unos instantes, pero al final terminó cogiéndolo con considerable temor, a falta de más distracciones. Cinco llamadas perdidas, y cuatro mensajes:
"¿Has llegado bien?".
"Dime algo"
"Hace rato que tendrías que haber llegado. Llámame por favor"
"Kagome, estoy preocupado. Dime algo ya".
No, ninguno de esos mensajes contenía un "La he cagado, Kagome. Vuelve, te quiero".
Las lágrimas que creía que se le habían terminado hacía un rato, volvieron a rebosarle en los ojos y a bajar rostro abajo. Su mano se cerró sobre el dispositivo, apretándolo con fuerza fruto de la rabia. Junto con la tremenda desazón, sentía ese profundo sentimiento de humillación que la corroía por dentro. Él siempre un caballero. Su jefe el atento, el detallista, el que se preocupaba por ella. El que había ido con pies de plomo para hacerla sentir cómoda y a la vez satisfacerla hacía unas horas. El que después le había insistido hasta la saciedad para que hablara con él tras ver su reacción, queriendo asegurarse de que todo estaba bien entre ellos. El que ahora posiblemente estaría sin poder dormir en su casa temiendo que a ella le hubiese pasado algo porque no le estaba contestando a los mensajes.
El que a pesar de todo eso, al parecer no tenía interés alguno en que hubiera algo más entre ellos, ni siquiera después de follársela en plan amigos. Sabía que Inuyasha la quería, pero le había quedado claro que no dela forma en que ella lo hacía. Y lo que peor llevaba era que no podía culparle, porque ella tampoco había escogido amarle.
Lo que había pasado había surgido de una borrachera y de un juego, no de una declaración romántica. Inuyasha no le había hecho promesas ni creado expectativas, y ahora no tenía derecho a reclamarle que se había aprovechado de ella porque no era cierto. Y sin embargo, no podía dejar de proyectar toda su ira en él. Querría poder decir que no la había tratado diferente a las otras mujeres florero con las que se acostaba para pasar el rato, que la había convertido en una de ellas y luego la había mandado a casa, porque eso le concedería a ella el papel de víctima y no el de tonta ingenua que se había hecho ilusiones solita sin tener ninguna garantía de nada.
Quería odiarle. Necesitaba hacerlo para poder culparle de ese dolor que le estaba partiendo el alma en dos. Ahora entendía más que nunca el significado de "corazón roto", porque esa era la palabra que elegiría si tuviese que definir el cómo se sentía: rota. Era algo más hondo que sentirse triste, decepcionada o herida, cosa que no significaba que esas tres emociones no la estuviesen atenazando hasta dificultarle la respiración. Algo en su interior estaba quebrado, muerto.
Perdida en su bucle de pensamientos desoladores, se sobresaltó cuando le vibró el móvil en la mano: "Inuyasha llamando". En un arrebato, se levantó y lo lanzó contra la pared con tanta fuerza que varias de las piezas que lo componían salieron rebotadas en todas direcciones. Luego se dejó caer de nuevo en el sofá mientras volvía a sollozar y a perderse en un llanto amargo.
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El timbre la despertó el día siguiente a las diez de la mañana, causándole el mismo dolor que si le hubiese sonado con un altavoz al lado de la oreja. Gimió fastidiada y abrió los ojos poco a poco, dándose cuenta de que se había quedado dormida en el salón, aferrada a ese cojín que todavía estaba humedecido de sus lágrimas. La sensación de mareo y náusea era importante, pero aquello no fue nada comparado con el pinchazo en su corazón nada más tomó conciencia de los recuerdos de la noche anterior, cayendo en la dura realidad por segunda vez. ¿Cómo podía ser que volviera a tener ganas de llorar tan rápido, si apenas estaba despierta?
La persona que estaba en la puerta insistió con el dichoso timbre. Kagome se levantó sobándose la frente con una mano y soltando mil maldiciones. Medio grogui, pero no tanto como para no caer en la cuenta de que quien estaba llamando podría ser justo la persona a la que había ignorado horas antes y que ahora no quería ver bajo ningún concepto, se arrastró hacia la puerta y echó un vistazo cauteloso por la mirilla. Bien, falsa alarma. Abrió la puerta y se encontró de frente con Sango, que le dedicó una sonrisa y una mirada de alivio, pero ambas se esfumaron enseguida cuando le vio la cara.
-Iba a decir que me alegro de ver que estás bien pero…La verdad es que estás horrible.
-Gracias, yo también te quiero - espetó haciéndose a un lado para dejarla entrar, aunque la entrenadora ya había hecho ademán de hacerlo sin esperar invitación. Cerró la puerta y la siguió al salón, donde su invitada sorpresa se quedó inspeccionando con curiosidad los restos de móvil que había en el suelo.
-¿Qué ha pasado aquí? - preguntó, girándose a mirarla con la frente arrugada.
-Nada. Un accidente.
-No parece un accidente.
-Sólo es un móvil, Sango – replicó con simpleza, encogiéndose de hombros como si hablar de eso la agotara - ¿Qué ocurre? Quiero decir, no es que yo no me alegre de verte pero…¿a qué has venido?
Sango volvió a echarle una ojeada a los trozos de plástico, pantalla y chips varios que había junto a sus pies, pero decidió no insistir en el tema porque no veía a Kagome demasiado receptiva al respecto. Apartó sus ojos color avellana de toda esa electrónica destruida para enfocarlos en su amiga y hablarle del motivo por el que estaba ahí.
-Inuyasha me ha llamado esta mañana para preguntarme si sabía algo de ti, porque según él te fuiste tarde de su casa y no le avisaste al llegar. Se ve que te llamó mil veces. Le he visto agobiado y no te voy a mentir, yo también me he preocupado, así que me he acercado para ver si te había pasado algo.
Kagome rodó los ojos, sonriendo con una ironía mordaz.
-¿Te ha dicho él que vinieras? - "Muy agobiado sí, pero te manda a ti". Decidió que era mejor no quejarse ante el universo, porque tampoco hubiera sabido como manejar la situación si el susodicho se hubiese plantado en su puerta.
-No, me he ofrecido yo porque me pillaba más cerca y le ha parecido bien- replicó, arrugando la nariz frente a la actitud cortante que Kagome había manifestado nada más oír el nombre del actor. Sango no era tonta, les conocía bien a ambos y sabía que algo había pasado entre esos dos - ¿Ha ocurrido algo con Inuyasha?
-No le contesté porque se me cayó el móvil y se rompió, ya lo has visto - afirmó señalando con un gesto amplio pero perezoso de la mano el cadáver troceado del mencionado aparato.
-¿Se te cayó contra la pared? - inquirió, levantando una ceja y poniendo los brazos en jarras.
-Pues sí, ya ves qué cosas…¿Quieres tomar algo? - ofreció con actitud de despreocupación total, rezando para que le dijera que no porque no sabía durante cuánto rato más podría mantener el tipo. Se dio la vuelta para dirigirse a la cocina pero una mano en su hombro se lo impidió. Cerró los ojos por acto reflejo ante el contacto humano. Un toque de cariño tan simple había bastado para derruir la mayor parte de su muralla.
-Kagome…
La aludida se quedó estática y Sango suspiró, apoyando esta vez ambas manos, cada una a un lado, acercando su cuerpo al de su amiga e intentando reconfortarla con su proximidad.
- Dime qué te pasa. Compártelo conmigo - pronunció con ternura, apoyando su cabeza contra la de ella, mezclándose el castaño y el negro.
El cuerpo de Kagome empezó a temblar. Sango la rodeó hasta ponerse delante de ella y volver a cogerla por los hombros de la misma forma. Kagome levantó la mirada poco a poco, como si la avergonzara que le viera la cara, y los ojos húmedos y enrojecidos, llenos de lágrimas contenidas, hicieron su aparición. Se desmoronó en sus brazos en cuanto la rodeó con ellos, sollozando sin poder contener más sus emociones.
-Tranquila - susurró Sango con voz dulce mientras le acariciaba el pelo – Cuéntamelo todo, ¿sí?
Cinco minutos después, seguía pasando sus dedos por las hebras oscuras cuando la tuvo acurrucada en el sofá, con la cabeza apoyada en sus piernas y llorando en silencio. Sango contó hasta tres después de haberle concedido esos instantes de desahogo y antes de empezar a hablar, planeando muy bien cómo iba a abordar el frágil estado de su amiga.
-¿Quieres contármelo tú? ¿O prefieres que especule?
Kagome no respondió, sólo cerró los ojos y se acurrucó más contra los muslos cubiertos por pantalones vaqueros. Necesitaba contarle su tormento a alguien y a pesar de su reticencia inicial, ahora deseaba que ese alguien fuera Sango. Lo muy dispuesta que parecía a apoyarla y estar a su lado la hacía sentir tremendamente culpable por haber tomado la decisión de no mencionarle nada acerca de sus sentimientos al principio de todo aquello, por no haber confiado en ella. Estaba dispuesta a enmendar ese error pero le estaba costando arrancar con el relato. Una parte de ella creía que si lo explicaba en voz alta, el dolor sería peor. No quería evocar ese horrible recuerdo narrándolo.
-Bien. Contesta sólo sí o no – se conformó Sango cuando su largo silencio le comunicó que de ella tendría que salir la iniciativa – Quizá es una pregunta tonta, pero…¿es el mismo Inuyasha el motivo de que estés así? - Kagome soltó aire por la nariz y cerró los ojos, asintiendo sutilmente con la cabeza - De acuerdo, lo imaginaba pero quería asegurarme. ¿Qué pasó? ¿Volvisteis a pelearos?
-No precisamente… - murmuró Kagome con voz ronca y apretó más los párpados, sabiendo de sobras lo delatadora que había sido esa respuesta incluso sin haber mencionado los hechos directamente.
Sango alzó las cejas, creyendo captar la indirecta. Los dedos que seguían vertiendo carantoñas en los mechones azabaches se detuvieron impresionados.
-Quieres decir que…¿ha pasado algo entre vosotros? - Kagome volvió a asentir, frunciendo los labios en gesto derrotado - Ay, madre…¿hasta qué punto? Os…¿acostasteis?
Kagome se incorporó y se quedó sentada, desviando la vista a lo lejos. Como más cosas le reconocía a Sango, más estúpida e ingenua se sentía.
-Kagome - le puso una mano en el muslo, estaba intentando ser paciente, pero si realmente había pasado lo que se estaba temiendo, el asunto iba a tener tela - ¿Te acostaste con Inuyasha anoche? - insistió, ahora sin rodeos.
Kagome no se movió ni un milímetro, sólo cerró los ojos de nuevo y tensó la mandíbula. Aquello fue suficiente para Sango, que se llevó las manos a la cara y resopló, desbordada por la noticia.
-Vale, está bien- pronunció lentamente, procesando la información. Inspiró hondo y se destapó el rostro, apretando los puños en su regazo. Luego se arrodilló delante de Kagome, en vistas de que ésta volvía a rehuirle la mirada– ¿Pasó algo malo? Es que acaso…¿te presionó o te sentiste forzada a hacerlo?
Esta vez, la chica reaccionó negando enérgicamente con la cabeza y mirándola molesta como si hubiese dicho una barbaridad.
-Por supuesto que no – pronunció con firmeza y notable malestar. Inuyasha podía tener sus motivos personales para pasar de ella pero no era esa clase de hombre, lo que Sango estaba insinuando eran palabras mayores– En ningún momento me sentí obligada. Todo estuvo…bien. Muy bien, en realidad.
Fue la intervención más larga que había hecho desde que se habían sentado y Sango le sonrió, agradecida por su esfuerzo. Le cogió una mano y le dio unas palmaditas para transmitírselo.
-Vale, me alegro mucho – afirmó sinceramente.
Pero luego su expresión se ensombreció. Después de haber descartado su teoría más turbia pero más improbable, sólo le quedaba otra más. Era algo que llevaba sospechando desde hacía varios meses en base al comportamiento de Kagome, pero no había querido usurpar su intimidad husmeando con preguntas invasivas. Había preferido esperar a que ella se lo contara por propia voluntad, pero dadas las circunstancias, la resolución de esa duda no podía aplazarse más. Tragó saliva antes de completar el interrogatorio.
-Sólo una pregunta más. Kagome…¿estás enamorada de Inuyasha?
Kagome volvió a cerrar los ojos y esta vez un par de lagrimones mojaron la tela del sofá, la misma que fue apretada entre sus dedos. Hizo una inspiración profunda para intentar acallar un sollozo, pero aun así, la voz le salió rota.
-Soy una imbécil, ¿verdad? - preguntó a modo de respuesta.
"¿Y a qué coño estabas esperando para contármelo?". Sango se mordió la lengua a pesar de su orgullo herido, sabiendo que ese no era el mejor momento para sermonearla. Lo que necesitaba Kagome era que se la apoyara y consolara. Ahora que sabía lo que le había pasado, podía imaginarse perfectamente como se sentía y empatizar con su calvario.
-No, no eres una imbécil. Eres humana. Eres una chica muy dulce que se merece que sólo le pasen cosas buenas - le sonrió, limpiándole las lágrimas con ternura – Con el plan que lleva ese tarado últimamente, supongo que para él fue sólo sexo, ¿verdad? Te lo dijo tal cual, y por eso estás así.
Kagome sólo asintió con poca energía, sin pronunciar palabra.
-¿Se lo dijiste? ¿Le dijiste que le quieres?
-Claro que no - contestó enseguida con cara de disgusto, como si acabase de oír una tontería muy grande.
-Pues no tan claro, señorita – reclamó Sango con la frente arrugada y la barbilla apoyada en una mano - Tienes que decírselo.
-¿Estás loca? Ni en broma – negó con la cabeza tan efusivamente como pudo sin que le empeorara la jaqueca - ¿Cómo voy a decirle eso ahora? Sería jugar sucio.
Sango soltó una carcajada incrédula, no pudiendo creer que realmente Kagome fuera a ser capaz de ponerse a justificar al hombre que acababa de caerse del pedestal en el que le tenía.
-Él es el que ha jugado sucio, no me fastidies – espetó de mala gana.
-No, Sango. Por mucho que me joda admitirlo, él no quiere una relación en este momento de su vida, o por lo menos no la quiere conmigo. Y está en su derecho de tomar esa decisión – le dio sus argumentos con la frente hundida en su mano, agotada de esa conversación y necesitando ya mismo una tregua con su amiga que parecía enfadada en su afán de querer protegerla.
-Claro que lo está, pero podría habértelo dicho antes de ponerte la mano encima, joder.
-Yo no se lo pregunté tampoco. Decírselo ahora para que me conteste lo que ya sé solo me haría sentir más perdedora y a él más culpable. Lo último que quiero ahora mismo es que encima me mire con lástima - se levantó, puso las manos en sus caderas, y tras resoplar una vez y dar algunos pasos sin rumbo por el salón, sintiéndose un poco más recompuesta después de haber charlado, prosiguió - De todas formas la semana que viene ya no importará. He aceptado la oferta de mi prima, la que me hizo por teléfono, ¿recuerdas?
Por la forma en la que a Sango se le cayó la quijada, supo que se acordaba perfectamente. La entrenadora se la quedó mirando sin poder creer lo que oía. Le tomó unos segundos recuperar el habla y cuando lo hizo, sonó pasmada y hasta decepcionada.
- Por favor, dime que no has tomado una decisión tan importante como esa por un maldito tío…
-Ese maldito tío se puede ir a la mierda porque yo tengo todo el derecho del mundo a cuidar de mí misma, sin darle explicaciones a nadie ni pretender demostrar nada – replicó herida por esa mirada acusadora que la estaba ofendiendo.
-Estás huyendo, Kagome. Y así no se solucionan las cosas.
Kagome frunció los labios y apretó los puños, haciendo oídos sordos a esas afirmaciones que la estaban llamando cobarde de forma subliminal.
-Está hecho, Sango. No espero que estés de acuerdo, sólo que lo respetes.
Continuará…
En fin, drama inaugurado. Lamento este balde de agua fría justo después del lemon…
Creo que nunca había tardado tanto en actualizar desde que empecé a colgar este fic, y os pido disculpas. He tenido una semana horrible y la que viene será peor. Estoy agobiada y cansada, espero que eso no se haya notado en mi escrito porque lo he revisado sin mucha inspiración ni energía, pero no quería haceros esperar más.
La decisión de Kagome de no contarle nada a Inuyasha acerca de sus sentimientos…decidí hacerlo así, pero ¿qué opináis vosotras? ¿Alguna se lo habría dicho? Tengo curiosidad por saber lo que pensáis al respecto.
¡Gracias por leer y por vuestros bonitos reviews!^^
Dubbhe
