CAPÍTULO XII - HUIDA
La puerta del dormitorio se abrió de golpe ese lunes por la mañana, haciendo que Inuyasha diese un bote en la cama y soltara un improperio por el susto. Esa irrupción había roto su estado de relajación zen con la brusquedad y el poderío de un trueno. La misma persona que había entrado sin llamar subió las persianas sin miramientos, permitiendo que la luz deslumbrara al pobre hombre que a duras penas alcanzaba a reaccionar. No era la primera vez que acudían a despertarle porque no le hubiese sonado el despertador o se le hubiesen quedado pegadas las sábanas, pero quien solía hacerlo se caracterizaba por ser más dulce y considerada.
-Kagome, ¿pero qué mierda…? –refunfuñó a ciegas, medio adormecido.
-Levántate, que ya es hora. Tienes mucho que hacer esta mañana – le respondió una voz más contralto que la de su asistente.
Enfocar la vista en la mujer le llevó varios parpadeos, y se esforzó en hacerlo dado el interrogante que le suponía que su entrenadora personal hubiese asumido una tarea que distaba mucho de sus funciones habituales.
-¿Sango? ¿Pero qué haces? ¿Dónde está Kagome? – al no recibir respuesta, procedió a su siguiente queja, que en este caso sí era para la intrusa– ¡Hoy me diste el día libre! - reclamó, incorporándose perezosamente sobre los antebrazos.
-Un error de planificación. Tienes mucho que hacer y si no mueves el culo no te dará tiempo - espetó ella de forma muy poco delicada – En la cocina en cinco minutos.
Una vez pronunciada esa imposición, Sango salió de la habitación dando un portazo. Inuyasha se quedó con una ceja enarcada como siempre que algo le intrigaba, mirando pasmado la puerta por donde la chica se había ido hecha un basilisco. Terminó por encogerse de hombros y dejarse caer otra vez sobre el colchón. Llegó a la conclusión de que Miroku habría vuelto a hacer de las suyas ese fin de semana, pues Sango siempre se transformaba en un demonio airado cuando se enteraba de los ligues de su mánager. Sonrió divertido, preguntándose cuando se atreverían a dar el paso esos dos en vez de seguir fingiendo que la cosa no iba con ellos.
No dispuesto a seguir dándole más vueltas a la rabieta de esa mujer tan temperamental, se levantó de la cama, se puso un chándal y se lavó la cara con agua fría. Se arrastró escaleras abajo y cuando llegó a la cocina, se sorprendió al encontrar a Sango sola, examinando las etiquetas nutricionales de algunos de sus productos de nevera. Se sentó en uno de los taburetes de la isla, donde le aguardaba su desayuno marcado por el plan nutricional diseñado por su actual acompañante. Después de echar un par de ojeadas por el resto de la habitación, como asegurándose de que realmente no había nadie más ahí, cogió el tenedor y lo usó para juguetear con los huevos revueltos, sintiéndose repentinamente desilusionado.
-¿Y Kagome? ¿No ha venido?
-¿Quién te crees que ha cocinado lo que te estás comiendo?
La mala uva en el tono de voz de Sango le hizo arrugar la frente, pero decidió que no quería provocar al cancerbero. Podría haberle reclamado que fuera más respetuosa, pero sabía que no valía la pena desencadenar una pelea de orgullos heridos, y todavía menos a primera hora de la mañana.
-¿A dónde ha ido entonces?
-A la tintorería. Me ha dicho que tenía que llevar un cojín del sofá y que urgía un poco – comentó distraídamente, concentrada en lo que estaba haciendo.
Inuyasha sintió que se le subían los colores al rostro. ¿Sango sabría algo de…? Carraspeó con disimulo y bebió de su zumo de naranja, esperando a serenarse un poco y a que se le volvieran a normalizar las pulsaciones antes de volver a hablar.
-¿A las ocho de la mañana? – inquirió entre sorbo y sorbo como quien no quiere la cosa, pero con una mirada extrañada clavada en su interlocutora.
-Ella sabrá. Es su trabajo, no el mío – replicó sombría. Cerró la nevera, conservando en sus manos dos tarros que había encontrado ahí dentro, y los tiró a la basura cuando iba de camino a la puerta – Si vuelves a comprar estas mierdas, te las volveré a tirar - se detuvo en el marco y apoyó ahí la espalda, cruzándose de brazos y pareciendo que al fin se disponía a ponerle a su cliente el cien por cien de su atención - Esta mañana nadarás diez kilómetros.
Inuyasha casi se atragantó con el zumo.
-¡¿Diez?! ¡Estás loca! – exclamó, sintiendo que de repente se quedaba sin energías por la amenaza de lo que se le venía encima – No me lo he preparado, o lo hago suave o me dará un infarto…
-Hazlo como te dé la gana, pero luego no te quejes si se te hace de noche. Te he reservado un carril en el polideportivo dentro de dos horas, en la piscina olímpica. Ya sabes que en este caso la tuya es demasiado pequeña. Tienes el tiempo justo para digerir esto – le indicó, señalando su plato con un movimiento de cabeza y cara de póker.
-Oye, que no me da tiempo. Tengo que ir a rodar.
-En realidad no, ya lo he hablado con Kagome. Se ve que al director le han ingresado por una piedra en el riñón o algo por el estilo. Me ha dicho que dedicará la mañana a tareas pendientes, pero que si surge cualquier cosa que la llames - se largó sin añadir nada más, llevándose consigo su cara de pocos amigos.
¿Llamarla? ¿Por qué iba a llamarla si iba a estar ocupado con la tortura sorpresa de su entrenadora toda la maldita mañana? Inuyasha chasqueó la lengua y recostó su espalda en el respaldo del taburete, con la frente arrugada. Kagome nunca le había pasado ningún recado a través de nadie. Esa observación se sumó a la extraña actitud que la chica había mostrado antes de irse de la casa el viernes, y a lo imposible que había resultado localizarla desde entonces. Se había sentido aliviado cuando Sango había ido a investigar a su apartamento y le había dicho que Kagome estaba bien, pero eso no hizo que él dejara de interpretar los hechos como una actitud esquiva que no le hacía ni pizca de gracia. Había decidido no presionarla durante el fin de semana para darle ese espacio que tanto había parecido necesitar, pero estaba claro que en cuanto la viera habría que asegurarse de que todo estaba en orden.
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A las dos y media de la tarde, y una vez el Porsche estuvo metido en el garaje, se desplomó sobre el asiento del conductor, agotado. Si bien no era la primera vez que entrenaba esa distancia, Sango siempre se lo anunciaba con mucha antelación y lo iba preparando físicamente las semanas antes. Por no hablar de que no se zampaba media botella de awamori tres días antes si sabía que tenía que hacer eso. Lavarse el pelo después de la sesión había sido una tortura, los brazos le hormigueaban y apenas había podido mantenerlos en suspensión sobre su cabeza más de cinco segundos seguidos. Pero ahora ya estaba todo hecho y podía celebrarlo con máxima satisfacción. No sabía qué mosca le había picado a Sango, pero había superado ese desafío gratuito con éxito.
Y ahora al fin tenía vía libre para hacer aquello que había tenido metido en la cabeza toda la maldita mañana. Salió del coche y mientras andaba hacia la puerta que comunicaba con el resto de la casa, se sacó el móvil del bolsillo para buscar el contacto de Kagome - esta vez el del trabajo - y pulsó el botón de llamada. Estando ya en el vestíbulo, se sorprendió al oír instantáneamente el politono de su empleada en la cocina, pues ya pasaba media hora del final de su jornada y había dado por hecho que ese día ya no se cruzarían. Sintiéndose entusiasmado y agitado a partes iguales por esas ganas de verla que no podía negar, siguió la melodía hasta la estancia correspondiente.
Kagome le estaba esperando sentada en uno de los taburetes de la isla, con los brazos apoyados en el mármol y una de sus manos suspendiendo el teléfono en el aire, dejándolo sonar para que su jefe pudiese encontrarla. En cuanto lo vio aparecer, colgó con el corazón latiendo a mil por hora. Demasiadas cosas habían pasado la última vez que se habían visto.
-Hola – la saludó Inuyasha, acercándose. El aire estuvo enrarecido ya desde un inicio, y el actor observó el rostro de la chica intentando averiguar cualquier pista que delatara qué era lo que le estaba pasando por la cabeza, pero Kagome tenía la vista desviada hacia un lado y su expresión era inescrutable.
-Hola.
-¿Dónde estabas? No te he visto en todo el día.
-Trabajando, que para algo es lunes – contestó Kagome con la misma brevedad que la primera vez - Eres tú el que no ha estado por aquí.
A Inuyasha no le gustó la indiferencia con la que ella le hablaba, cosa que le hizo arrugar el entrecejo. No podía considerar que estuviese siendo borde, pero no era normal en el carácter jovial de Kagome limitarse a ser simplemente correcta. Aquello fue la sentencia final de que algo iba mal y de que al parecer, sus esperanzas de que todo entre ellos siguiese con normalidad habían sido infundadas. Esa certeza le hizo suspirar y se sentó junto a ella en el taburete que hacía esquina, poniéndose cómodo para encarar una conversación que podría ser clave en su relación y que era muy importante conseguir llevar por el buen camino.
-Estás fuera de tu hora, no es necesario que te quedes – comentó, empezando por un tema más banal con tal de romper el hielo.
-¿Otra vez me estás echando?
Inuyasha enmudeció ante ese reproche tan imprevisto. Eso sí que no se lo esperaba. Entreabrió la boca como si fuera a contestar algo, pero como no sabía exactamente el qué, no dijo nada. Kagome puso los ojos en blanco, sonrió con una sorna que de alegre no tenía nada, y al fin se dignó a mirarle.
-Era una broma, boss. Estoy aquí porque tengo que hablar contigo.
Él frunció los labios, molesto. No había parecido una broma, tal y como lo había dicho. Ese comentario tan fuera de lugar no había hecho más que motivarle a poner las cartas sobre la mesa.
-Genial, porque creo que yo también tengo que hablar contigo – replicó, cruzándose de brazos encima de la isla e inclinándose un poco hacia ella - Quiero que me digas exactamente qué te pasa, y qué puedo hacer para remediarlo. Sé que tiene que ver con lo del otro día.
Kagome tragó duro al oírle mencionar ese suceso tan crítico que seguía royéndola por dentro, haciéndole sentir al instante que todo se le revolvía, pero bufó y cuando le dio su respuesta sonó medio hastiada:
-Ya te dije en su momento que no había ningún problema con eso. No te ofendas, pero creo que te estás poniendo un poco paranoico.
-¿Paranoico? – masculló perplejo, con la irritación empezando a tomar posesión de él. ¿Tanta cara de idiota le veía esa mujer? - Bien, supongamos que estoy paranoico. ¿No crees que tengo derecho a estarlo, teniendo en cuenta que el viernes no hubo manera de que me cogieras el teléfono?
-Me dejé el móvil en el taxi.
-¿Te lo dejaste? Curioso, Sango me dijo que se te rompió – inquirió con acusadora sospecha.
-Sango no me escucha cuando le hablo entonces – replicó Kagome con voz casi robótica, encogiéndose de hombros.
-Tampoco pude localizarte en el móvil del trabajo.
-Lo tenía apagado. Estaba fuera de hora.
Se hizo otra vez el silencio. Inuyasha se dio cuenta de cómo ella jugueteaba con el móvil que todavía tenía en la mano, alternando las distintas maneras de cogerlo una y otra vez. Estaba más nerviosa de lo que quería mostrar, cosa que le hizo pensar en que debía intentar indagar un poco más.
-Estaba preocupado. ¿Estuviste bien por lo menos? Quiero decir…Estabas muy cohibida, y luego…muy distante. O sea, me refiero a…
Kagome entendió lo que quería decirle sin necesidad de que él se torturara intentando completar la frase de un modo adecuado, y se apresuró en colaborar. No porque sintiera algún tipo de compasión por ese bochorno que estaba enrojeciendo los pómulos del hombre, sino porque ella misma no estaba dispuesta a alargar ese doloroso tema ni un segundo más de lo necesario.
-Estuve bien, Inuyasha. De verdad que sí. No le des más vueltas.
Inuyasha se removió en el asiento, cambiando de postura para canalizar su inquietud. No había nada de malo en lo que Kagome le había contestado, pero esa entonación condescendiente no le había sonado del todo sincera.
-¿Te arrepientes? – inquirió en un arrebato, antes de poder morderse la lengua. Nada más cerrar la boca, se dio cuenta de que esa cuestión no sólo no llevaría a ningún lado, sino que una parte de él temía la respuesta y un nudo se formó en su estómago durante el corto lapso de tiempo en el que estuvo aguardándola.
Kagome parpadeó varias veces, un poco impactada por la pregunta, pero tras unos segundos de cavilación la voz volvió a ella.
-No, no me arrepiento – contestó con honestidad. Jamás podría arrepentirse de haber hecho el amor con Inuyasha. Por mucho que la otra parte no lo hubiese vivido desde un punto de vista romántico, no podía negar que era lo mejor que le había pasado en la vida – Pero no volvería a hacerlo.
Sintiéndose profundamente aliviado por la primera parte de la respuesta pero herido en su orgullo por la segunda, Inuyasha miró a la joven de reojo pero vio que ella volvía a apartar los ojos, mostrándose de nuevo pasiva y taciturna. Un poco cansado de tener que estar arrancándole las palabras, decidió abordar otro tema que creía pendiente y que también era necesario aclarar.
-Al final, entre una cosa y otra…no tomamos precauciones. ¿Debería preocuparme?
De acuerdo, esa vez sí hubo una notable reacción: Kagome le fulminó con la mirada de una forma que hizo que se le pusiera la piel de gallina en los brazos, y los movió por instinto a su regazo para que no se notara.
-Venga ya, ¿en serio, Inuyasha? – espetó fastidiada - Eres tú el que se está tirando a medio Tokio, ¿y yo soy la que puede haberte pegado algo?
Inuyasha soltó un resoplido de exasperación, apretando los puños para armarse de paciencia ante la actitud irascible que su asistente había traído ese día y lo difícil que le estaba poniendo las cosas.
-Joder, Kagome, no lo digo por eso. Yo te hablo de…lo otro que puede pasar.
-Llevo un implante anticonceptivo así que no, no vas a ser padre. Puedes quedarte tranquilo – le explicó con una hostilidad helada que no le pegaba nada.
-Bien. Gracias por decírmelo.
La verdad era que no había dudado de que Kagome de alguna forma habría garantizado la protección, era demasiado metódica y previsora como para que un detalle tan potencialmente relevante como ese se le hubiese pasado por alto, pero las consecuencias de dar por hecho esas medidas sin corroborarlas podrían haber sido bien gordas. Ahora podía decir que al menos se había quitado un peso de encima. Recuperó su posición de brazos cruzados y volvió a dirigirse a ella:
- ¿Qué era lo que tú querías decirme? – le preguntó a sabiendas de que ya no conseguiría más comunicación por su parte en cuanto al tema de su desliz se refería.
La fachada imperturbable de Kagome se perdió como un globo deshinchándose. La chica cambió la posición de sus piernas, cruzándolas en la otra dirección e hizo de tripas corazón. Había llegado el momento de la verdad, y sabía que la reacción que ésta provocaría no sería precisamente positiva. Lo último que quería después de lo sucedido era pelearse con Inuyasha, y aun menos terminar suplicándole, pero lo haría si era necesario, por su propio bien. Inspiró hondo y se mojó un poco los labios antes de empezar a hablar.
-Antes de todo…quiero que sepas que con lo que voy a decirte no pretendo escaquearme de mis responsabilidades. Soy consciente de que tenemos un trato y no tengo intención de escurrir el bulto.
Levantó un poco la mirada para encontrarse con la de Inuyasha cargada de recelo, observándola con una ceja alzada.
-Vale… - pronunció arrastrando la palabra e instándola a continuar.
Esa actitud defensiva desmoralizó un poco a la muchacha. Inuyasha no era idiota, ya había captado que lo que iba a decirle no le gustaría y no era bueno que ahora fuese a recibir la artillería pesada con la trinchera lista. Eso no jugaba precisamente a su favor. Ante esa perspectiva tan lúgubre, Kagome sólo suspiró y prosiguió.
-Estoy en el último año de carrera, y eso significa que tengo que hacer cinco meses de prácticas en una empresa, que obviamente tiene que estar relacionada con el sector – tomó una amplia bocanada de aire - Una prima mía es directora de una agencia de diseño y me ha ofrecido hacer las prácticas allí. Es un sitio muy prestigioso y haber trabajado con ellos me abriría muchas puertas.
Inuyasha abrió los ojos sorprendido y de inmediato su frente arrugada por la precaución se alisó.
-Eso es fantástico, Kagome – afirmó perdiendo buena parte de la tensión, y creyendo ver por dónde irían esos inofensivos tiros – ¿Estabas preocupada por eso? No pasa nada, si es necesario recortaremos la jornada unas horas, pero nos apañaremos para hacerlo cuadrar…
-Ese es el problema…Que no se puede cuadrar – interrumpió, frunciendo los labios con expresión de consecuencia en cuanto él la cuestionó con la mirada – No se puede cuadrar porque tanto mi prima como su agencia están en…Estados Unidos.
Se hizo un silencio cargante en la habitación, y la expresión de Inuyasha delató que se había quedado estupefacto. Se la quedó observando como si le hubiese dicho que se iba a morir en cinco minutos y abrió la boca como si fuese a decir algo, pero lo único que le salió fue un escaso e incrédulo "¿Qué?". Kagome apretó los puños encima de sus rodillas, dándose valor.
-Es en Nueva York, concretamente. Estos cinco meses…tendría que pasarlos allí. Y si quiero la plaza, tengo que tomar posesión de ella…el lunes que viene.
-¡¿El puto lunes?! – exclamó Inuyasha colérico, poniéndose de pie y apoyando las manos con fuerza sobre el mármol - ¡¿Y a ti parece normal proponerme el dejarme tirado de esa forma, así como si nada?!
Kagome cerró los ojos con fuerza e inspiró hondo. Le dolía la garganta de todo lo que se estaba conteniendo. Como más avanzaban los minutos, más grandes eran las ganas de llorar. Dar el primer paso para separarse de él, manifestar sus intenciones de alejarse y hacerlas realidad estaba siendo mucho más duro de lo que creía. Y verle tan contrariado no estaba ayudando en nada.
-A partir de mañana me centraría en encontrar un sustituto… – rebatió con un hilo de voz, un poco intimidada por esa furia incluso sabiendo que era normal que él se exaltara en ese contexto.
-¡Keh! Buena suerte, a mí me llevó meses dar contigo y eso que ni siquiera te presentaste en candidatura... – farfulló Inuyasha. Se llevó dos dedos al puente de la nariz y cerró los ojos, intentando mantener la calma. Estuvo callado unos segundos, procesando todo lo que ella le había soltado. Seguía en esa misma postura cuando volvió a intervenir – Pero eso es lo de menos, en realidad. Supongamos que te vas, una semana y adiós Kagome por cinco meses. ¿Y luego qué?
- Luego seguiré debiéndote siete meses para cumplir el año que pactamos a cambio del tratamiento de Sota - "y para entonces, rezaré por haberte olvidado" - No te estoy proponiendo una anulación, sólo un aplazamiento.
El actor se volvió a sentar, dejándose caer en el taburete y pasándose una mano por la cara y luego por el pelo, resoplando alterado. A Kagome le dolía la mandíbula de tanto mantenerla apretada. Él estaba disgustado, era evidente, pero eso era previsible y ella tenía que aguantar el tipo.
-Parece que has estado dándole muchas vueltas pero… esto no deja de ser incumplimiento de contrato, Kagome. Sabes que estoy en mi perfecto derecho legal de negarme, ¿verdad?
La joven tragó saliva ante la afirmación ácida pero cierta de su jefe. No es que hubiera obviado ese detalle, pero había creído que él la animaría a perseguir sus sueños aun a cuesta de los potenciales inconvenientes. Es lo que hubiese hecho ella en su lugar, pero…eso era porque le amaba. Él a ella no, y no tenía por qué actuar de la misma forma. Sintió un pinchazo debajo del esternón cuando el universo le refregó por la cara por enésima vez esa desgarradora verdad. Había sido consciente de que Inuyasha tenía todo el derecho del mundo a hacerle ese reclamo, y si bien había tenido la esperanza de que él no sacaría esa baza tan obvia, había sido una ilusa para variar.
- Tienes razón, hay un contrato de por medio y si me lo exiges me quedaré…pero te agradecería que no lo hicieras - se limitó a aceptar y pedir, al mismo tiempo que intentaba que no se le rompiera la voz.
Inuyasha sólo siguió con la vista fija en ella y rígido como los tablones de madera del suelo, con el enfado reflejándose en sus ojos. Pasados unos instantes que a Kagome se le hicieron eternos, él se levantó y caminó lentamente hacia ella. Fue incapaz de mirarle cuando le tuvo a su lado. El aroma de su colonia varonil le disparó los recuerdos y las emociones, sentándole como una patada en el diafragma.
-¿Tan importantes son esas prácticas para ti? – le preguntó con un tono afligido que la pilló desprevenida, casi tanto como cuando sintió sus dedos en la barbilla, obligándola a mirarle después de todo ese rato rehusándose a hacerlo. Kagome creyó que se desmayaría al volver a sentir esa mano sobre su cuerpo y sintió deseos de ponerse a gritar.
-Lo son – afirmó a duras penas, pensando que tendrían que darle un premio Óscar por la actuación increíble que estaba haciendo. Hacía rato que no entendía de dónde estaba sacando las fuerzas para mantener la compostura tan estoicamente.
Inuyasha cerró los ojos y chasqueó la lengua, poniendo fin al suave contacto para empezar a dar pasos erráticos por la cocina como un león enjaulado. Quién estaría siendo más egoísta, ¿ella por irse de esa forma tan repentina, o él por negarle esa gran oportunidad que se le había ofrecido? Uno de los dos tenía que sacrificarse, y aunque se trataba de un dilema considerable, no le costó demasiado tomar una decisión.
-Maldita sea – se llevó la mano a la nuca y soltó un resoplido, deteniendo su deambulación airada – Está bien.
Esas dos palabras conmovieron a la chica que ya estaba empezando a quedarse escasa de fe. Se arrepintió al instante de haberse precipitado al juzgarle como que le importaba un comino su propia suerte. Aun por encima del profundo rencor que le guardaba por las circunstancias actuales, se recordó a sí misma que no todo era blanco y negro. No podía tachar a Inuyasha de ser un ogro sin sentimientos sólo porque éstos no estuvieran a su favor. Al contrario, su altruismo hizo que se sintiera tremendamente culpable.
-Gracias por entenderlo. Y lo siento mucho…
-No me pidas perdón, las palabras se las lleva el viento – sentenció malhumorado pero derrotado, clavando sus ojos en ella – Sólo cumple tu palabra y recupera tu puesto cuando corresponda.
Kagome asintió con la cabeza, rezando para que cuando llegase dicho momento, ese par de gemas doradas hubiesen perdido el superpoder de poner su mundo patas arriba.
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Esa semana fue la más lenta de toda su vida. Cada minuto que pasaba trabajando al lado de Inuyasha se convertía en un suplicio: su voz, su olor, su imagen y todo su maldito ser hacían que el alma se le deshiciera en anhelo. La opresión en su pecho nacía a las ocho de la mañana cuando cruzaba la puerta y se perdía sólo cuando se quedaba dormida por la noche. Dio gracias a una divinidad en la que no creía porque a él no le hubiese picado por beneficiarse a nadie durante esos días. No estaba segura de si habría soportado tener que volver al papelito matutino de la aguanta-velas ni una sola vez más.
Fue una semana ajetreada, en la que tuvo que conseguir un visado en tiempo récord, poner al día su pasaporte y prepararlo todo para estar fuera casi medio año. Y encima en el trabajo tampoco paró quieta, pues además de cerrar otros mil asuntos pendientes antes de su marcha, resultaba que su jefe tenía razón en lo difícil que era encontrar a un asistente competente. Kagome entrevistó a varias personas y no dio con ningún candidato viable, y a medida que se acercaba el viernes, su desesperación empezó a crecer. El gran Miroku terminó por compadecerse de ella y asumir la tarea, diciéndole que era mejor invertir más tiempo con mejores resultados, que elegir a un incompetente que fuese a cabrear todavía más a Inuyasha.
Y es que el susodicho estuvo aplicando la ley del hielo los cinco días, empeorándolo todo. Le hablaba lo justo y necesario, la complicidad había desaparecido por completo y no le vio sonreír en su presencia ni una sola vez. No esperaba que la aplaudiera ni que se quedara tan contento después del desplante que ella estaba a punto de darle, pero tampoco que la castigara con esa tortura emocional. Aunque lo que más la hería era el modo en que evitaba tocarla a toda costa. La última vez que lo había hecho la había subido al cielo con cada caricia, y ahora parecía que no se la jugaba ni a rozarla. Las miradas sombrías de soslayo que él le dirigía cuando creía que ella no le veía le dieron a entender que estaba muy dolido, y que no todo tenía que ver con su partida. Era obvio lo que ambos pensaban y ninguno decía: todo se había ido a la mierda al cruzar la línea acostándose juntos.
El jueves fue el peor día: la víspera de su partida mantuvo a Inuyasha de un humor de perros, y de hecho terminaron discutiendo por una tontería. Pero curiosamente y en contraste, el viernes todo esa muralla de indignación pareció haberse venirse abajo, ya que la actitud de él se ablandó de una forma muy notable. En su último día, Inuyasha estuvo mirándola con más frecuencia y se comportó cien por cien gentil, llegando a ser tan considerado y delicado con ella que, al final de la jornada, Kagome tuvo la sensación de estar abandonando a un cachorrillo desvalido.
Y con esos mismos ojazos cargados de pesar, Inuyasha la observaba ahora con el hombro apoyado en la barandilla de la escalera, mientras ella le daba las últimas indicaciones poniéndose la chaqueta.
-…martes que viene tienes la audición pero es sólo un trámite para que nadie se ofenda, ya me dijeron que el papel es tuyo. Sango te traerá el nuevo plan de entrenamiento el lunes. Recuerda que Enju está enferma y la semana que viene vendrá su prima a limpiar la casa. Y a Renkotsu le darán el alta en nada, por lo que se prevé retomar el rodaje de la película el lunes que viene no, el siguiente.
Una vez terminado su monólogo, ninguno de los dos habló. Inuyasha entendió que su asistente ya no tenía nada más que decir, así que se acercó a ella arrastrando los pies, sabiendo que era imposible intentar aplazar lo inevitable. Kagome bajó la mirada automáticamente ante esa cercanía creciente que pareció un poco forzada, y al percibir la tensión en el rostro del hombre, carraspeó incómoda y eligió ese momento para hurgar en su bolso, sacando de dentro su móvil del trabajo y un manojo de llaves.
-Toma – pronunció con rostro inexpresivo, dejando ambos encima del mueble de entrada – Mi sustituto los necesitará…
-No – dijo Inuyasha con una determinación que se reflejó en la gravedad de su voz, y eso llamó la atención de una descolocada Kagome casi tanto como la mano que interceptó su antebrazo e impidió que consolidara sus intenciones. Era la primera vez que la tocaba en una semana y el contacto le erizó el vello del brazo, incluso habiéndose producido por encima de la chaqueta – Quédatelos. Si es cierto que vas a volver…te van a hacer falta.
Kagome lo miró inquisitivamente a través de sus tupidas pestañas, captando el matiz de desconfianza que había implícita en esa pequeña decisión espontánea que él acababa de tomar.
-Como quieras, los guardaré pues – dijo encogiéndose de hombros, como quien no tenía nada que ocultar – En fin…nos vemos más adelante. Cuídate mucho, Inuyasha – se despidió tratando de ocultar sus ojos vidriosos, después de volver a guardar ambos objetos en el bolso, y se dirigió a la puerta.
Puso una mano en el pomo y lo abrió tirando hacia ella, pero en ese momento todo su cuerpo quedó paralizado al notar una mano primero en su cadera como punto de partida, y luego deslizándose de forma cauta por su abdomen hasta reposar en el centro de éste. Fue presionada sutilmente hacia un pecho cálido que se acercó a su espalda y sus párpados se cerraron apurados a la vez que su corazón se disparaba. Demasiados recuerdos le estaba despertando ese improvisado agarre que Inuyasha acababa de crear en su cintura, aunque fuera con un solo brazo. Porque no era su jefe quien la estaba reteniendo de esa forma: era el hombre a quien se había entregado en cuerpo y alma hacía una semana, el mismo que ahora estaba dejando reposar la barbilla en su coronilla y tomando una profunda inhalación apenas disimulada. Al parecer, despidiéndose de ella de un modo totalmente inesperado con el que Kagome no se hubiese atrevido ni a soñar.
-¿Por qué me siento como si te estuviese perdiendo?
Su voz ronca sonaba tan apagada, y la congoja que él transmitía era tan clara, que Kagome apretó todavía más los párpados para contener las lágrimas que empezaban a amenazar con mojarle las pestañas. No era justo. Toda esa ternura repentina y traicionera no era justa ahora.
-Quizá porque crees que no volverás a verme – contestó intentando no balbucear, luchando por mantenerse entera. Pudo percibir cómo tragaba duro tras ella, y los dedos que él mantenía a la altura de su ombligo se crisparon un poco sobre la piel sintética de su cazadora.
-No…Confío en ti – aclaró poco a poco, tras unos segundos de latencia – Es sólo que…No quiero que te vayas.
Ese arrebato de sinceridad aceleró otro tanto las pulsaciones de Kagome. Frunció los labios y apretó los puños, no podía permitirse el hacerse ilusiones y a esas alturas lo sabía perfectamente. Aun así, siendo como era de estúpida y cabezona, se oyó pronunciar:
-¿Por qué no?
Lo sintió exhalar por la nariz, desordenándole los cabellos más cercanos, mientras que en la cabeza de Kagome todo era caos. ¿Por qué tenía que detenerla así? ¿Por qué esa actitud que estaba adoptando tenía que ser tan cariñosa y confusa? Una parte de ella quería zafarse y pegarle cuatro gritos por marearla de esa manera, pero otra más dominante la tenía a la expectativa de una respuesta a la tan comprometedora pregunta que le había hecho. Aunque pasado un minuto en el que él estuvo callado y sin mover un músculo dentro de ese medio abrazo tan improvisado, a Kagome se le hizo un nudo en la garganta cuando concluyó que no recibiría ninguna contestación.
-Tengo que irme – musitó más para sí misma que para él, que sólo suspiró resignado, conocedor de que se le había agotado el tiempo después de ese lapso en que se había sentido mudo y bloqueado.
Inuyasha cedió cuando ella se removió ligeramente, dando a entender que quería que la soltara. Lo hizo sin rechistar, sintiendo al instante un enorme vacío y no pudo hacer más que observar impotente desde su posición como Kagome volvía a despedirse, esta vez con un insuficiente gesto de la mano, y salía definitivamente por la puerta.
Una vez se quedó solo, Inuyasha se acercó a apoyar brazo y frente en la puerta cerrada y soltó todo el aire contenido. Una desagradable y punzante presión le estaba llenando el pecho y se lo estaba oprimiendo. Quizá sí les convenía pasar un tiempo separados pero... ¿por qué aquello tenía que sonar tan desagradable?
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Corría como un loco por esos espacios tan anchos. Cruzando vestíbulos, recorriendo pasillos, atravesando puertas y alcanzando finalmente el exterior. Todos esos quilómetros y quilómetros de asfalto que divisaban sus ojos y que normalmente estaban repletos de aviones, aterrizando, circulando o despegando, ahora estaban prácticamente vacíos. Sólo había uno bien grande - a todas luces transoceánico - justo delante de él, y empezando a subir en solitario esas escaleras portátiles que la conducirían dentro, ahí estaba…
-¡Kagome! – gritó alarmado, acercándose tan rápido como le permitían sus ejercitadas piernas.
La aludida se dio la vuelta y le sonrió. Relajada, espontánea, así como ella era por naturaleza pero como hacía tiempo que costaba verla. Le desconcertó tanto esa luminosa sonrisa que tanto había extrañado, que se quedó pasmado a dos metros de ella, sin atreverse siquiera a rozarla dado el delicado estado en que se encontraba su relación.
-Hola, boss – le saludó Kagome, permaneciendo sus labios curvados, como si realmente estuviese contenta de verle - ¿Qué haces aquí? Tengo que irme.
Inuyasha meneó la cabeza al oír esas palabras.
-No, no puedes…Por favor, quédate – contestó, mirándola suplicante – No quiero que te vayas.
Kagome se le quedó mirando con curiosidad apenas disimulada, pero su expresión seguía siendo calmada y despreocupada, parecía como si de repente nada de lo que estaba pasando la afectara en lo más mínimo.
-¿Por qué?
No era la primera vez que la oía preguntar eso, sólo que a diferencia de la anterior, ahora su boca sí se abrió para responder pero ningún sonido salió de ésta. Carraspeó y tragó saliva, lubricando las cuerdas vocales y lo intentó de nuevo, con el mismo resultado inexistente. Intentó hablar una y otra vez, pero la voz no le obedecía.
-Inuyasha, estoy esperando. ¿Por qué debería quedarme contigo? – le apremió la muchacha, consultando su reloj de pulsera y empezando a mostrarse impaciente.
Desesperado, forzó las estructuras del interior de su cuello hasta que le escocieron, y sus dedos frotaron medio pellizcando la manzana de Adán como si pretendieran espabilarla con un masaje apresurado. Kagome le había preguntado algo importante y era esencial que le contestara o ella se marcharía. Pero literalmente no podía.
-Si no tienes nada que decir, nos vemos a la vuelta - se giró y empezó a subir las escaleras.
Inuyasha gritó su nombre o por lo menos lo intentó, con tanta fuerza que se hizo daño en la garganta y se llevó ahí su otra mano, gimiendo adolorido. ¿Por qué ese tipo de sonidos sí podía articularlos y las palabras no? Al volver a alzar la vista, el avión tenía la puerta cerrada y sus ruedas se movían cada vez más rápido, alejándose más y más…De él, y finalmente del suelo. De su vida.
Abrió los ojos de golpe, exhalando el aire bruscamente para dar paso a una respiración acelerada que le acompañaría durante varios minutos. Todo lo que vio fue el techo blanco del salón, y en cuanto su cabeza se movió, buscando rápidamente a su alrededor todas las pruebas posibles de que aquello sólo había sido un desagradable sueño, la dejó caer a los pocos segundos encima del cojín, aliviado.
El televisor estaba encendido, porque no lo había apagado antes de quedarse dormido con esa película de acción para machos tan mala. Ya era de noche. Según el reloj que había encima de la chimenea, estaban a punto de tocar las nueve. ¿Cómo había podido dormirse tanto rato? A decir verdad no era de extrañar, teniendo en cuenta lo mucho que le había costado conciliar el sueño en la última semana y lo cansado que iba por eso. Daba vueltas y más vueltas en la cama, su mente siempre estaba activada y eso le exasperaba. Era como si se hubiese olvidado el cómo estar relajado, pero al parecer su cuerpo le había dado un poco de tregua permitiéndole echar una cabezadita ese domingo por la tarde.
Otra cosa que también estaba encendida y haciendo ruido era su móvil, que vibraba encima de la mesita de centro, pero solo atinó a oírlo cuando sus sentidos estuvieron un poco más situados en la realidad. Se frotó un ojo perezosamente y alargó el brazo para coger el cachivache, que se le cayó encima de la cara al resbalarse de sus dedos todavía adormecidos. Sintiéndose ridículo, soltó una palabrota y volvió a cogerlo, esta vez sujetándolo con más firmeza. En cuanto vio quien le llamaba, frunció el ceño extrañado durante dos escasos segundos, antes de taparse los ojos de repente con la mano y farfullar disgustado:
-Mierda. Mierda, mierda, mierda… - se lamentó al caer en algo. Soltó un suspiro de resignación antes de descolgar y llevarse el teléfono a la oreja, sonando tan avergonzado como se sentía - ¿Diga? – preguntó como si no hubiese sabido leer la pantalla, sólo para intentar ganar tiempo.
-Inuyasha, ¿dónde estás? Llevo casi media hora esperando, ¿te ha ocurrido algo?
-Tsuyu… - pronunció el nombre de su cita plantada entre dientes - Maldición, lo siento…
-¿Te habías olvidado? – cuestionó la actriz.
-No, no – se apresuró en decir, mintiendo como un bellaco – Pero me he quedado dormido viendo la tele. Joder, perdona…
La oyó reír de esa forma tan femenina que la caracterizaba. Bien, no parecía molesta, al menos. Él no era el único que fichaba a sus presas, obviamente ellas también le fichaban a él y por eso no solían enfadarse fácilmente, teniendo en cuenta que eso podía hacerles perder la oportunidad de pasárselo por la piedra.
-No te preocupes, cosas así nos pasan a todos. Que se nos queden las sábanas pegadas es un clásico – de inmediato su tono de voz cambió, pasando a ser algo más sensual – Aquí me van a echar antes de que puedas llegar, perderemos la reserva, pero si me dices tu dirección me acerco yo…
Se lo dijo de una forma tan insinuante que el mensaje subliminal fue que en caso de que se encontrara dormido en la cama, no hacía falta que se molestara en salir de ella. Inuyasha se mordió la parte interior de la mejilla, cerrando los ojos y meditando rápidamente. Esa noche tenía muy claro lo que le apetecía y lo que no.
-Tsuyu, lo siento pero…Me he quedado dormido porque creo que tengo fiebre. No me encuentro bien. ¿Podemos dejarlo para la semana que viene?
-Oh…Claro, faltaría más. La salud es lo primero – respondió ella amablemente, disimulando bien su decepción como buena profesional que era – Te tomo la palabra, entonces. Mejórate.
-Gracias, guapa. Un beso.
En cuanto colgó, Inuyasha soltó un largo resoplido y sus ojos dorados se entreabrieron, volviendo a enfocar el techo. Esa cita había sido acordada hacía por lo menos dos semanas y se sintió mal por haber mentido, pero se hubiese sentido todavía peor si se hubiese obligado a hacer ciertas cosas que no se podían forzar. No, estaba claro que no podía meter a nadie en su cama por compromiso, eso no hubiese sido justo para nadie. El cuerpo no le había reaccionado al oír esa propuesta tan sugerente y más le valía hacerle caso. Nunca era un buen día para arriesgarse a tener un gatillazo, aun menos con una compañera de rodaje a la que le tenía que ver la cara todos los días. En esas situaciones era importante escucharse a uno mismo. No era el día, y punto.
Al igual que tampoco lo habían sido los siete anteriores.
La última vez había sido con Kagome y ahí mismo, justo donde estaba estirado bocarriba. El cuerpo se le estremeció y tragó duro cuando su mente se trasladó a ese instante que no había podido arrancarse de la cabeza. Esa situación era del todo irónica. ¿Cómo era posible que se encendiera con un solo recuerdo, cuando acababa de rechazar la posibilidad de tener sexo real en menos de una hora? En cualquier caso, la persona a quien ahora mismo estaba empezando a desear – para variar – ya no estaba y no valía la pena seguir pensando en eso. Incluso si se conformaría con tenerla sentada en su sofá, comiendo ramen y riendo junto a él.
Porque no era el hecho de que hubiesen tenido relaciones íntimas lo que ahora hacía que quisiera tenerla a su lado. No, eso era lo de menos. La compañía de Kagome le serenaba, le llenaba el espíritu de paz. Tenía que reconocer que la echaba de menos. No había vuelto a saber nada de su asistente, y el pensamiento de que ese fin de semana Kagome se estaba yendo había estado metido en su cabeza desde que se había levantado, probablemente siendo el culpable de que se hubiese distraído de sus otros compromisos. En esos momentos estaría a punto de volar, volando, o ya estaría en Nueva York. Realmente…¿tan malo sería llamarla para preguntarle si todo iba bien? Antes de que pudiese responder a su propia pregunta, su dedo ya estaba marcando el número sin su permiso, siguiendo las órdenes de su inconsciente.
"El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos instantes. Inténtelo de nuevo más tarde o deje un mensaje". Se debatió entre ambas opciones que el contestador le sugería, pero en cuanto oyó el pitido, se decidió en un nanosegundo:
-Hola, Kagome – empezó a decir en alto, con un temblor en su voz que respondía a un nerviosismo que no podría explicar - ¿Cómo estás? Te llamaba sólo para saber cómo lo llevabas y, bueno…Dime algo cuando estés ahí, aunque sea sólo para confirmar que has llegado bien. Un abrazo.
Pero ese mensaje nunca fue respondido, y el móvil de la chica siempre estuvo apagado los siguientes días en que volvió a intentar contactarla. Durante ese tiempo cumplió su promesa y se acostó con Tsuyu, cuyos cabellos marrones se tiñeron de negro y se encontró buscando un reflejo castaño en esos orbes cafés, en los momentos más cercanos al éxtasis. Invadido por una sensación agridulce, nada más su invitada salió por la puerta volvió a intentar llamar a Kagome, obedeciendo a esa necesidad de saber de ella que ya se había convertido en una compulsión.
Pero ni una sola vez, en los dos meses que siguieron, oyó siquiera un solo tono de llamada.
Continuará…
Por favor, no me matéis… U.U
No, no os voy a torturar con la separación. Vamos a dar un salto temporal de cara al capítulo siguiente, ¿ok?
Este capítulo me ha costado una barbaridad. Cuando lo he abierto lo he visto fatal, con un montón de errores y matices totalmente inadecuados para este punto de la historia. Llevaba días corrigiéndolo y me ha dejado seca de inspiración, espero que haya valido la pena.
¡Muchas gracias por vuestros comentarios y vuestro apoyo! Me anima y motiva que sigáis ahí a pesar de tanta mierda que os estoy soltando xD
¡Besos a todas!
Dub
