Le podéis agradecer esta actualización a Anyara, que tiene auténtico arte para hacer que una autora desesperada se manifieste ¬¬. Me caes muy bien, pero eres mala, malíiiiiiiisima jajajaja

CAPÍTULO XIII - REENCUENTRO

Inuyasha cruzó el vestíbulo de suelo de mármol, repleto de ventanales al más puro estilo modernista y falto de la muchedumbre habitual. A las cuatro de la tarde, muchas de las empresas ya habían terminado la jornada y todo empezaba a estar bastante solitario. Era consciente de que llegaba tarde, pero como la confianza daba asco, no se estaba esmerando demasiado en caminar deprisa. Saludó al empleado que vigilaba los torniquetes de acceso a los pisos superiores, le dijo a qué planta iba y por qué, y el hombre afable de bigote canoso le dejó pasar sin poner objeción. Una vez en el ascensor, apretó el botón con el número treinta y siete y enseguida empezó a desplazarse hacia el cielo.

Cuando las puertas dobles volvieron a abrirse, cruzó las de cristal que delimitaban la entrada de las oficinas, como ya había hecho muchas otras veces antes. No había nadie en recepción para filtrar las llegadas de gente ajena a la empresa, probablemente la secretaria ya se habría ido, así que se permitió pasar como si estuviera en su casa. Recorrió el pasillo de la derecha y se detuvo delante de un despacho en concreto cuya puerta estaba abierta. Cuando se asomó dentro, el hombre que ocupaba el escritorio levantó la vista de los papeles que estaba revisando y le sonrió de oreja a oreja, como sólo una persona que acababa de volver de unas renovadoras vacaciones de invierno era capaz de hacerlo.

-¡Hola, boss! – saludó un alegre Miroku, levantándose enseguida para darle un abrazo que fue devuelto con afecto sincero - ¿Qué tal las Navidades?

-Hola, Mir – dijo Inuyasha, recibiendo el interés de su amigo sin demasiadas ganas de responder a esa pregunta por lo triste que sabía que sonaría su respuesta – Nada del otro mundo. Nochebuena con mi madre y por Nochevieja no hice nada.

-¿Nada? ¿Cómo que nada? – interrogó el mánager volviendo a ocupar su silla giratoria acolchada mientras su jefe se acomodaba en la que había enfrente, al otro lado de la mesa de roble – Viniendo de ti, no me lo creo. Te sobran los amigos…y las amigas – añadió guiñándole un ojo con su habitual cara de pervertido - ¿No había nadie que pudiera hacerte compañía en fin de año? ¿Aunque fuera al menos para no pasar esa noche solito?

-Eso suena patético – replicó el actor, sin poder contener una mueca por el rechazo que le había generado esa idea, a sus ojos tan rastrera – Ni que fuera un criajo que no sabe estar solo. No me apetecía hacer nada este año, voy muy cansado últimamente y preferí quedarme en casa.

-Normal, estás abarcando demasiado – argumentó Miroku, encogiéndose de hombros como si lo que decía fuese muy obvio, y sin ninguna intención de compadecerse ni de pedir perdón por haberse tomado esas vacaciones a las que tenía todo el derecho del mundo. Inuyasha había cargado con una cantidad de tareas anormal en su ausencia porque él así lo había querido – Ya sé que te lo he dicho más de una vez, ¿pero quieres que retome lo de buscar a otra…?

-No, Miroku, no hace falta que busques porque ya tengo una – masculló, reaccionando tan irascible como siempre que se le hacía esa propuesta de la que al parecer no quería saber nada - Se supone que para eso estoy aquí, ¿tienes el contrato listo?

Contrariado, Miroku frunció los labios, en parte como canalización de su mordedura de lengua. Podría haberle dicho que él no era el único que estaba pagando las consecuencias de su cabezonería, y que si accediera de una santa vez a contar con un nuevo empleado en el equipo, eso les facilitaría la existencia a ambos. Al principio había aceptado sus nuevas responsabilidades porque el aumento de sueldo que Inuyasha le ofreció a cambio de ayudarle siendo su medio asistente le había parecido justo, pero el trabajo de Kagome había resultado ser más demandante de lo que creía. Se lo habían repartido entre Inuyasha que asumía sus tareas más personales, y él que tomaba las más relacionadas con burocracia. Había días en los que pensaba que no le compensaba ese nivel de estrés, y el síndrome postvacacional le estaba pillando con ganas de ponerse a llorar por las esquinas.

Cogió de un clasificador que había a su derecha un documento de varias páginas que ya tenía redactado e impreso de esa misma mañana, y lo puso encima de la mesa.

-¿Quieres que lo leamos?

-No, me da pereza – sentenció Inuyasha, rechazando el ofrecimiento con un gesto cansado de la mano - Me fío de ti. ¿Qué fecha de reincorporación has puesto?

-La que me dijo ella. Veinte de marzo – sonrió con pesar cuando le oyó soltar una palabrota y removerse demostrando su profundo disgusto – Sí, está muy lejos todavía. Sigues a tiempo de cambiar de opinión y buscarte a otra. Pero piénsatelo rápido, porque también tiene que firmar ella y volverá a irse en breves.

Se sintió súbitamente intimidado por la fuerza con la que la mirada dorada se clavó en la suya. La cara de estupefacción de Inuyasha le desconcertó hasta el punto en que le hizo fruncir el ceño y pensar que había metido la pata con algo importante.

-¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? – cuestionó inquieto.

Inuyasha pestañeó un par de veces antes de responder. Entreabrió la boca pero tardó unos segundos en encontrar las palabras, como si pensara que pronunciar lo que le pasaba por la cabeza le haría quedar en ridículo.

-¿Kagome está aquí?

Esta vez fue Miroku quien se le quedó mirando, como si no pudiera creerse esa situación a su parecer tan surrealista. ¿Qué clase de pregunta era esa? Su jefe había terminado por ser uña y carne con su asistente, estaba claro que les unía una firme y bonita amistad de la que en ocasiones se había sentido hasta un poco celoso, ya que ella apenas llevaba trabajando para Inuyasha unos meses y ya parecía su empleada favorita. Por todo ello, ese aparente fallo de comunicación tan gordo entre ellos no cuadraba de ninguna manera.

-Sí, desde hace un par de semanas… - le explicó con cara de póker pero evaluando su pasmada expresión con la precaución de quien pasaba por encima de un estanque de pirañas - Ha venido a pasar las vacaciones de Navidad. ¿Por qué te crees que firmamos ahora? Creía que lo sabías.

El modo en que los orbes de oro se escondieron detrás de unos párpados apretados por el fastidio le dejaron clara la respuesta antes incluso de que el dueño pronunciara palabra.

-No, pero da igual. Lleva tiempo fuera, habrá tenido muchos asuntos que atender.

-Aun así me extraña que no te haya dicho nada…¿es que acaso pasó algo antes de que se fuera?

"Que echamos el mejor polvo de mi vida y luego me dejó tirado". Por supuesto, jamás pronunciaría en voz alta aquello que para él debía mantenerse como un prudente secreto, y menos delante de su considerado pero entrometido amigo. No se lo había contado a Miroku ni pensaba hacerlo, de hecho se ponía a la defensiva de sólo pensar en la posibilidad de que aquél recuerdo tan íntimo que les pertenecía sólo a Kagome y a él, pudiese ser mancillado con burlas estúpidas.

-Admito que no me lo tomé muy bien y tuvimos algo de guerra fría la última semana pero…no acabamos realmente enfadados, que yo sepa.

-Has dado en el clavo…"Que tú sepas" – quiso ilustrarle su colega, en una postura solemne como siempre que se disponía a impartir su sabiduría sobre el sexo femenino - Tú que vas con tantas mujeres…

-No tantas – interrumpió Inuyasha rodando los ojos sin rastro de falsa modestia. Hacía unos meses le había hecho gracia que se le remarcaran esos hábitos de soltero depredador en los que se había descubierto siendo bastante talentoso, pero recientemente esos comentarios le hacían sentir perseguido e incluso culpable, cuando semanas atrás habían sido una importante fuente de autoestima.

-Bueno, de acuerdo, te has calmado bastante pero ese no es el punto – le concedió Miroku, cruzándose de brazos – Lo que quería decir es que ya deberías saber que son más complejas y menos transparentes que nosotros, tú puedes creer que no has hecho nada pero…

-¿Me lo dices o me lo cuentas? Hablas con alguien que perdió dos años saliendo con la viva imagen de lo retorcido – masculló repelido por ese indeseable tema de conversación, zanjándolo con un brusco cambio por otro – Pásame un maldito boli, terminemos con esto.

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Cuando estuvo de vuelta en el ascensor, Inuyasha apoyó la espalda en el espejo mientras descendía de vuelta a la planta cero. Soltó un profundo suspiro de impotencia hacia arriba, que movió sutilmente el cabello de su frente. Se sentía dolido por lo que acababa de enterarse, y molesto porque no entendía nada acerca de esa actitud tan esquiva de su asistente. Kagome había sido la desconsiderada que se había ido de repente y, aunque entendía sus motivos y no le guardaba más rencor del necesario por ello, que encima se comportara como si tuviese algún problema con él era descaradamente injusto. Después de estrujarse el cerebro durante esas ocho semanas de distanciamiento, había dado con sólo dos explicaciones candidatas a definir esa misteriosa conducta.

La primera, que de ser verdad le hubiese hecho sentir profundamente traicionado y decepcionado, era que Kagome hubiese acabado siendo como muchas otras asistentes previas: una interesada con una fantasía sexual a tachar de su lista de cosas que hacer antes de morir, que a la que se había metido a un famoso entre las piernas, había perdido el interés en su persona. Había descartado esa idea casi inmediatamente. Primero, ya podía decir que la conocía bien y sabía que Kagome no era de ésas. Segundo, era él quien se había interesado en reclutarla a ella, la chica no le había buscado. Y tercero, la noche en que estuvieron juntos ella había estado tan cohibida y pasiva, que él se había sentido prácticamente como si la estuviese desvirgando. En definitiva, las intenciones de Kagome no eran añadir una muesca a su cama, el papel de devora-hombres no encajaba en ella.

Aquello sólo le dejaba con una teoría. Algo de lo que sospechó en el mismo instante en que hablaron después de los hechos y que de sólo pensarlo, algo se removía en su interior y el pecho se le oprimía. Salió del ascensor trazando un sutil gesto de negación a ambos lados, disgustado consigo mismo por estar pensando otra vez en cosas que no convenían a nadie.

Volvió a atravesar los torniquetes, cruzó el amplio vestíbulo arrastrando los pies y se dirigió a la puerta giratoria bicompartimental que daba salida a la calle. Fue entonces, cuando ya estaba dentro de uno de los dos espacios, caminando al lento ritmo con que el que los paneles rotaban, que su visión periférica le hizo desviar la atención en un impulso hacia la izquierda, alertado por haber reconocido una silueta que a su inconsciente le era familiar. Cuando reconoció a la persona que al parecer había invocado de tanto pensarla en la última media hora, abrió los ojos por la sorpresa y éstos se encontraron con otros castaños igual de pasmados que también se habían dado cuenta de su presencia.

Tanto Kagome como él detuvieron el paso de golpe al quedarse mirando el uno al otro después de dos meses sin verse. No obstante, la puerta seguía girando y pronto se vieron obligados a seguir avanzando, arrastrados por la pantalla de cristal que les barría desde la espalda. Una vez fue echado a la calle por el mecanismo, Inuyasha enseguida hizo ademán de volver a entrar sin pensárselo dos veces, pero la muchacha le hizo una seña desde dentro, indicándole que salía ella. El actor la esperó en su sitio sin dejar de observarla mientras ella volvía a meterse en uno de los compartimentos. Cambió su peso de una pierna a otra, pues de repente se sentía algo inquieto, olvidando su reciente enfado con ella para dar paso a una entusiasta expectativa. Su relación con Kagome estaba en un punto extraño, y ahora que la tenía delante, se dio cuenta de que a pesar de las ganas que había tenido de volver a verla, a la hora de la verdad no sabía qué le diría.

Cuando ella volvió a estar en el exterior, esta vez ya sin ninguna barrera material interponiéndose entre ellos, se descubrió escrutándola de arriba abajo. Tenía algo de distinto, posiblemente era el hecho de que nunca la había visto con un look tan invernal, pero cuando la tuvo más cerca, se dio cuenta de que había cambiado de peinado. Su pelo era igual de largo que siempre o incluso un poco más y caía por encima de su abrigo negro de paño y de la bufanda morada, pero el corte debía ser distinto porque ahora se le ondulaba más, cosa que enternecía todavía más sus facciones. Kagome siempre había sido una mujer hermosa, pero ese día le veía el atractivo subido. Estaba claro que su estancia en el extranjero le había sentado bien. "Céntrate, Taisho…".

Ajena a sus desvaríos mentales, Kagome se paró a un metro de él y esbozó una de esas dulces sonrisas suyas que aunque no brilló por su espontaneidad - posiblemente por esas vibraciones tan raras que les estaban envolviendo - le envalentonó a permitirse darle un abrazo, incluso aunque ella no había mostrado ninguna atención aparente de tomar esa iniciativa.

-Hola, Kagome – la saludó contento a pesar de todo cuando la estrechó entre sus brazos con intenso afecto. Se sentía aliviado por haberse reencontrado con ella, tanto que pasó por alto lo ofendido que tendría que sentirse por la aparente indiferencia que la joven le estaba devolviendo.

-Hola, boss. ¿Cómo estás?

La notó algo rígida al principio, pero por suerte para su dignidad, Kagome terminó devolviéndole el abrazo. Inuyasha no estaba contando mississipis con tal de decidir lo adecuado de la duración de éste, pero desde el momento en que su nariz había detectado la lavanda y su cuerpo había entrado en contacto con el de ella, un cosquilleo bajo el pantalón le avisó de que si quería ahorrarse un bochorno, no podía permitirse esperar mucho para volver a poner distancia. Lo hizo a regañadientes mentales. ¿En serio había bastado algo tan simple como eso para…? Estaba claro que esa tendencia a desear a su asistente que al principio había sido hasta graciosamente anecdótica, estaba empezando a convertirse en un problema. Era estúpido negar que ese plato que había probado hacía dos meses le había gustado demasiado como para darse por satisfecho y dar la degustación por cerrada.

Cuando se separó de ella, no se le pasó por alto el cómo Kagome echó un vistazo sigiloso a su alrededor. Arrugó la frente extrañado de forma casi inconsciente, pero se centró en la pregunta que ella le había formulado y en tratar que su rodilla dejara de hacer esos desquiciantes y diminutos balanceos rítmicos que delataban su incomprensible nerviosismo.

-Bien – se vio respondiendo en piloto automático – Justo vengo de la oficina de Miroku, acabo de firmar la versión nueva de nuestro contrato.

-¿Todavía sigue arriba? Qué bien – celebró con poca energía cuando le vio asentir en silencio – No lo tenía demasiado claro, he llegado muy tarde.

-Yo también, pero sigue arriba, no te preocupes – hizo una pausa para tomar aire, sintiéndose alterado. Había ensayado mil veces todo lo que querría decirle cuando la viera, pero ahora estaba completamente en blanco. Menuda mierda de profesional estaba hecho. Y encima ella no paraba de echar ojeadas sutiles aquí y allá, como si esos dos meses de separación no hubiesen sido suficientes para motivarla a dedicarle el cien por cien de su atención. Se sintió herido por eso - ¿Qué tal la vuelta?

-Bien. He estado la mayor parte de las vacaciones con mi familia, y con Sango y Ayame. Han hecho buenas migas entre ellas, y las había echado mucho de menos – le explicó Kagome distraídamente, observando ahora las puntas de sus botines negros.

-Ajá – no pudo más que decir Inuyasha, sintiéndose todavía más molesto con ella de lo que interiormente ya estaba. Parecía que había estado dispuesta a ver a medio mundo menos a él - ¿Y cómo está Sota? ¿Recuperado del todo?

-Sí, y muy contento ahora que vuelve a tener pelo – esta vez Kagome sí alzó la mirada y le sonrió al hablarle de la buena salud de su hermano pequeño, y al entrar en un tema inofensivo que nada tenía que ver con ellos dos - A ver cuánto le dura, esperamos que no le caigan más ciclos de quimio. Ya me ha dicho mi madre que vais hablando y que a ti tampoco te han dicho nada.

-No, le van haciendo analíticas pero sin noticias. Es buena señal, supongo.

Inuyasha carraspeó irritado al verla observar con insuficiente disimulo un punto detrás de él, sin llegar a contestarle. Se dio la vuelta por instinto para averiguar qué diablos le estaba robando el interés de la mujer, y su cuerpo se tensó como un madero cuando sus ojos enfocaron en la distancia y se dio cuenta de qué era. O más bien, de quién.

"¿Baby Shark?"

Ese nadador olímpico que había conocido hacía un tiempo y que le había caído tan bien como lo habría hecho una almorrana, se acercaba a paso calmo con las manos en los bolsillos y los labios curvados al haber dado con quien al parecer estaba buscando, pero esa sonrisa despreocupada se perdió, acompañando a un aumento discreto de la velocidad de sus pasos cuando identificó al otro hombre que se erguía junto a Kagome.

-Hola, guapa – dijo Koga cuando hubo llegado junto a ellos, recuperando esa sonrisa luminosa de modelo de pasta de dientes para regalársela a ella. Luego ésta se esfumó cuando miró a su izquierda y se limitó a pronunciar con voz plana - Inuyasha.

-Koga – respondió el aludido con el mismo semblante de piedra, devolviendo la fría deferencia sólo por mera educación.

Kagome saludó también al recién llegado, devolviéndole la sonrisa, y luego se quedó callada unos instantes que fueron bastante tensos, mirándoles a ambos de reojo alternativamente.

-¿He interrumpido algo? – preguntó Koga al darse cuenta de lo callados que se habían quedado los otros dos de repente cuando había aparecido él.

-No, no, para nada. Ha sido sólo…un encuentro casual. Gracias por venir hasta aquí.

-Ya te he dicho que no había ningún problema en recogerte donde me dijeras. ¿Has hecho ya lo que tenías que hacer?

-Pues no, la verdad, he llegado tarde y luego nos hemos entretenido hablando.

-Ah, vaya…¿Quieres que me adelante y vaya a comprar las entradas? La película empieza en veinte minutos.

-No, no te preocupes, da igual. Ha sido un error de organización mío, ya volveré mañana.

-¿Pero ya te dará tiempo antes de irte?

-¿Antes de irte?

Los dos se giraron hacia Inuyasha, que había estado callado siendo testigo de su conversación y perfectamente consciente de que sobraba, pero no le había quedado otra opción que tomar ese rol de imbécil cuando había empezado a ser ignorado. Se le habían tensado las facciones, fruto de toda la retahíla de pensamientos malhumorados que estaban empezando a fluir en su cabeza.

-Sí…Mañana tengo el vuelo de vuelta – le dijo Kagome sin mirarle a la cara.

Inuyasha sintió que la mandíbula se le contraía hasta dolerle los dientes por la fuerza con la que los estaba presionando los unos contra los otros. No podía creerlo. Ella había pasado dos malditas semanas en la ciudad sin decirle ni mu. Se habían visto sólo de pura casualidad pero al parecer eso no entraba en los deseos de Kagome, porque su intención había sido pasar por Tokio sin dedicarle ni un solo minuto, evitándole encima de que había sido ella quien le había dejado tirado como un perro. Eso sí, a ese quiero-y-no-puedo que al parecer era más interesante que él, iba a invertirle una tarde entera.

Nunca se había sentido tan menospreciado. Y el darse cuenta en ese momento de lo más o menos bien arreglados que iban lo empeoró todo. Esos dos tenían una cita esa tarde, justo en la víspera de la marcha de la chica. Aquello apestaba a despedida emotiva. Posiblemente se acostarían después, si es que no lo habían hecho ya. ¿Tan efectiva había sido esa noche que habían pasado juntos en noviembre como para que Kagome se atreviera ya a seguir experimentando con otro? Podría haber interpretado eso como un halago a sus habilidades carnales, pero lo que le corroyó por dentro fue un sentimiento de ofensa tan grande que sus puños se apretaron a ambos lados de su cuerpo.

Kagome frunció los labios al no haber recibido una contestación a su anuncio. No sabía exactamente qué estaba pasando detrás de esos ojos dorados que tenían pinta de estar conteniendo mil emociones. Lo que sí sabía era que había que cortar esa conversación inmediatamente, porque sólo le había visto esa mirada chispeante una vez antes a Inuyasha, y todavía le entraban escalofríos cuando recordaba ese festival de gritos y comentarios mordaces la mañana del día que se quedó soltero.

-Deberíamos irnos ya. Me alegro de haberte visto, hablamos luego – dijo ella con fingida calma y colocándose bien un par de mechones de cabello detrás de las orejas, como excusándose de algo irrelevante.

"¿Luego? ¡Si no me coges el puto teléfono!", quiso gritarle, pero Inuyasha se mordió la lengua como el caballero que era. Preguntarle si iba a tener tiempo de hacerle una llamadita después de abrirse de piernas para el engendro que tenía al lado tampoco iba a ser demasiado adecuado, así que se limitó a asentir con inevitable rigidez.

-Claro. Que os divirtáis.

La voz le salió helada y grave, rallando tanto el sarcasmo que eso llamó la atención de su asistente. Kagome le escrutó como si pretendiera estudiar su lenguaje corporal, pero el dorado le devolvió al castaño otro tipo de mirada tan agresiva que ella no fue capaz de sostener la suya. Justo antes de romper intimidada el contacto visual, Kagome le dedicó una sonrisa ligera que él no llegó a creerse.

Inuyasha les vio alejarse desde su posición. Vio como empezaban una conversación, y luego fue testigo de cómo Koga volteaba discretamente a verle, con cierto desafío al encontrarse con que el actor también les estaba mirando. El nadador eligió ese momento para deslizar su brazo medio doblado entre el de la muchacha, que le sonrió y se lo tomó.

"¡Pero que hostia* tienes…!", pensó colérico, dejando las uñas marcadas en las palmas de sus manos aun siendo cortas. Si hubiesen estado en el videojuego en que se basaba su jornada de lunes a viernes y si él tuviese las agallas de su personaje, posiblemente se habría dado el gusto. Pero aquella era la vida real y no valía la pena tragarse una denuncia por una nariz rota, sólo para poner en su sitio a un niñato inseguro que se creía muy macho por ir cogidito del brazo de una chica bonita a la que, al parecer, le traía todo sin cuidado.

Inuyasha también empezó a alejarse de ahí, con la respiración agitada por la furia. Necesitaba desfogar esa tensión y sabía perfectamente cómo iba a hacerlo. Sacó su teléfono y marcó un número de la agenda de contactos.

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Tsubaki era puro fuego. Y no solo eso, sino que además se entendían de lujo en la cama. Eran dos almas solteras que se habían cruzado en un momento difícil de su vida sentimental, y habían sabido consolarse a la perfección.

Inuyasha cayó de espaldas sobre el colchón después de recibir un sensual empujón, ya habiendo perdido su camisa por el camino. Le devolvió la sonrisa insinuante a su acompañante, que se quitó el vestido y las medias de una forma muy, muy sugerente, justo antes de abalanzarse sobre él. A partir de ahí, los minutos pasaron en forma de manos que acariciaban y provocaban sin censura, y de comentarios subidos de tono que tenían como objetivo encender al otro. Hubo mordidas y lamidas, en el cuello, en la oreja, en el pecho, pero no hubo besos, pues Inuyasha nunca besaba a las mujeres con las que se acostaba esporádicamente. De hecho, sólo había hecho una excepción a esa norma, con una sola persona y Tsubaki no era ella. La tomó de la cintura para hacerles rodar, quedándose encima y quitándole el sujetador con habilidad durante la maniobra. Sonrió triunfal mientras metía la cara entre ambos pechos. Ella suspiró y le agarró del pelo mientras él le hacía lo que quería con boca y manos, recordando lo mucho que tuvo que contenerse en su momento para no ceder a la tentación de saborear el cuerpo de Kagome de la misma forma, con tal de no sobre presionarla.

Gruñó molesto por ese pensamiento tan fuera de lugar. Interpretando ese sonido como fruto de la pasión, ella le obligó a despegarse de su torso sujetándole de la nuca y le impulsó hacia su rostro. Fue directa a sus labios, pues ella sí que no tenía ninguna pega con eso, pero el actor se desvió en el último momento por su mandíbula, arrastró sus labios hacia la oreja y luego hundió ahí la lengua. Lamer el oído era uno de sus fetiches, la reacción que ese gesto solía causar le calentaba tanto que no podía entender cómo había podido no probarlo en Kagome cuando la tuvo para él. ¿Ella se estremecería del modo en que Tsubaki acababa de hacerlo? Posiblemente Koga podría responderle a esa pregunta.

"Maldita sea…"

Su mano acudió en su ayuda por inercia del momento cuando se metió por dentro de la prenda íntima de Tsubaki y palpó ahí, probándola y distrayéndole durante unos instantes con los gemidos que la chica liberaba. Eran sensuales, exagerados y casi fingidos, cosa que normalmente no solía importarle, pues solo contribuía a caldear más el ambiente. Aun así, era curioso cómo no podían resultar ni la mitad de excitantes que otros más inocentes y no intencionados, que viniendo de la expresión vulnerable de su asistente le habían puesto la libido a mil. Arrugó la frente, perdiendo cada vez más la concentración. Cuando Tsubaki puso una mano sobre su virilidad, por dentro del pantalón ya desabrochado y de la ropa interior, su mente se quedó en blanco. Logró entregarse unos minutos a las caricias, obsequiando a su amante con gruñidos que dejaban en evidencia lo bien que lo estaba haciendo. Se imaginó esos dedos delicados que tantas veces había visto teclear en el portátil, escribir sobre papel y mover la palanca de cambios del coche, estimulando ahora esa parte tan sensible de él. No quería ni saber dónde más habría metido Kagome esa mano últimamente.

"¿Le gustará más hacerlo con Koga? ¿Habré dejado de ser el único con quien se corre? ...¡Joder!"

-Para - la palabra brotó gutural de su garganta sin siquiera meditarla, sonando como un reclamo suplicante de rendición a ese bucle de pensamientos destructivos que se le había salido de control como un torbellino - Para... No puedo.

Tsubaki no se resistió cuando sintió que su muñeca era tomada con firmeza para que apartara la mano de la intimidad masculina, sino que le miró extrañada obedeciendo al instante, un tanto alarmada por ese tono de voz tan lastimero. Inuyasha se alejó del cuerpo de la mujer y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda. Apoyó los codos en las rodillas y hundió el rosto en sus manos, soltando un resoplido de frustración. Estaba profundamente airado consigo mismo y con su cuerpo. Nada estaba respondiendo como debería, y su cerebro no estaba haciendo más que fastidiarle. Por no hablar de lo profundamente avergonzado y herido en su ego que se sentía, teniendo en cuenta que nunca jamás había tenido problemas de ese tipo para acostarse con nadie. Y más ni menos que con Tsubaki, que se podría decir que era su amiga con derecho a roce favorita y sabía exactamente como volverle loco.

Tsubaki, la misma que después de salir de su estupefacción por la repentina interrupción de Inuyasha, se quedó mirando el techo. Se puso una mano en la frente intentando serenarse después de aquellos breves pero intensos instantes de lujuria, y pasados un par de minutos en los que el hombre no movió ni un músculo, perdido en sus pensamientos, ella se cubrió el cuerpo con la sábana y se deslizó por la cama hasta quedarse sentada sobre las rodillas. Inuyasha notó el movimiento y luego la presencia femenina a su lado. Exhaló aire por la nariz justo antes de hablar.

-Lo siento.

Ella sonrió conciliadoramente y le puso una mano en la nuca, acariciándole el cabello con ese cariño innato de los amantes con los que ya no había barreras físicas, y en ese caso, tampoco miedo a malinterpretaciones más allá del vínculo de afecto que el sexo ocasional podía crear a su paso.

-Tranquilo, no tienes que pedirme perdón. Hay días de todo – le tranquilizó con esa dulce y melódica voz de ruiseñor que tan famosa la había hecho.

Inuyasha dejó de esconder el rostro y miró a esos ojos de color aguamarina, sintiendo que se lo debía. Él la había llamado, él le había hecho la tentadora propuesta, y ahora también era él quien no solo la dejaba a medias, sino quien quizá le estaba dando una patada en la autoestima cuando Tsubaki no tenía la culpa de nada de lo que fuera que estuviese ocurriendo en su vida.

- Te juro que no eres tú, es que…Yo que sé, todo esto es una mierda - refunfuñó, construyendo de nuevo su postura encogida de autoflagelación y pasándose los dedos por su cabello negro de forma errática, tan agitada como él se sentía.

-Ya sé que no soy yo, qué te crees – alardeó ella exagerando una entonación de creída. Inuyasha notó ese intento de animarle con una broma porque la conocía bien y sus labios se curvaron para agradecérselo aunque sólo un poco, y Tsubaki detectó ese poco entusiasmo– Ahora hablando en serio, ya te he visto raro desde que he entrado por la puerta.

Ahora fueron las cejas de Inuyasha las que adquirieron algo de ondulación, cuando la miró de reojo ahora un poco desconcertado.

-Define "raro".

Tsubaki se encogió de hombros y se peinó con los dedos para recuperar su emperifollado aspecto de antes de los casi fuegos artificiales, con movimientos bastante más delicados que con los que él acababa de premiar a su propia melena.

-Bueno, todo este rato…estabas pero no estabas. No te preocupes Inuyasha, no estás receptivo y punto. No me lo tomo como nada personal, sé que no lo es - se sentó al borde de la cama junto a él y le puso una mano en un muslo, dándole un amistoso apretón - ¿Qué te pasa?

Su pregunta fue planteada con interés sincero de amiga, y es que no era nada habitual ver al actor tan falto de su energía y jovialidad tan características. Lo normal era que rebosara confianza en sí mismo y mostrara esa actitud determinada de saber siempre exactamente lo que quería. Por eso no podía evitar observarle confusa cuando le tenía ahora con los ojos dirigidos hacia el suelo, con una mirada perdida que le hablaba de ensimismamiento completo.

-No lo sé – le reconoció en un murmullo casi ausente.

Tsubaki se cruzó cómodamente de piernas sobre la cama.

-Si algo he aprendido con tantas relaciones fallidas, es que cuando no estamos receptivos para el sexo, es porque alguna preocupación nos tiene bloqueados. ¿Quieres hablar? – ofreció resuelta después de exponer su teoría.

Él soltó una carcajada imprevista en medio de su posado lúgubre, pues eso sí que no se lo esperaba.

-¿Hablar tú y yo? – cuestionó mirándola ahora con burla insinuante. Ella le golpeó en el brazo, acompañándole en la risa y complacida por haberle arrancado al menos esa breve risa que tenía que servir para disipar todo ese desánimo palpable que él desprendía por todos los poros.

-Oye, que también sé hacer eso, ¿eh? No tan bien, pero me defiendo – le guiñó un ojo e intercambiaron una reconfortante sonrisa cómplice para después recuperar la entereza. Inuyasha hizo ademán de volver a mirar hacia el suelo, pero ella se lo impidió tomándole de la barbilla - De verdad, puedo ser tu amiga, Inuyasha.

-Ya lo eres.

-Pues entonces déjame ayudarte. Algo ha pasado en tu vida que te ha desestabilizado, y por eso no estás abierto a compartirte a ti mismo con los demás. Habrás oído mil veces eso de que para estar bien con otra persona, antes tienes que estar bien contigo mismo, ¿no?

-¿Has vuelto a cambiar de terapeuta? – preguntó una sonrisa ladeada, socarrona, esta vez totalmente típica de él - ¿O de pitonisa?

-Deja de preguntar gilipolleces y cuéntamelo.

Una vez consiguió arrancarle del borde de la cama tirando de su muñeca con ambas manos como una niña pequeña, y nada más mencionar distraídamente la pereza que le daba volver a vestirse, le fue ofrecida una bata de seda roja que había sido de Kikyo y que Inuyasha encontró hurgando en el armario, junto con la indicación de prenderle fuego a la que dejara de necesitarla. A él tampoco le apetecía volver a ponerse la misma camisa - ahora arrugada, y ya usada durante todo el día - así que se limitó a volver a abrocharse el pantalón y se dejó el pecho descubierto. Total, se habían visto el uno al otro con bastante menos ropa en varias ocasiones.

Cinco minutos más tarde, sentados junto a la isla de la cocina con una copa de vino para cada uno, aguardaban en silencio a que Inuyasha saliera de su trance taciturno y encontrara las palabras para empezar a hablar. Su expresión reflejaba conflicto y ella lo notó, así que puso los ojos en blanco antes de decidirse a darle un empujoncito.

-No seas tan terco contigo mismo y dispara de una vez, sabes que sea lo que sea no voy a juzgarte. ¿A qué le estabas dando vueltas cuando estábamos en el tema?

Inuyasha inspiró hondo, cerró los ojos con hastío y se frotó un ojo. Tsubaki sí era una persona sensata que sabía cuándo no era momento de hacer chistes inoportunos, era consciente de que podía conversar con ella acerca de lo que le atormentaba y que no sólo sería una tumba, sino que además su punto de vista femenino era justo lo que ese mar de interrogantes que le ahogaban en frustración requería. Suspiró rendido cuando tomó la decisión de lanzarse a la piscina.

-¿Te acuerdas de Kagome? – planteó como introducción al drama que tenía que contarle.

-¿Kagome, tu asistente? Claro, un cielo – ella asintió y sonrió al recordarla de algunas veces que se la había cruzado en la casa durante alguno de sus affaire con el dueño. Incluso cuando en ciertas ocasiones no le saliera muy bien lo de fingir amabilidad con ella, la pobre lo intentaba. No era difícil adivinar el por qué de esa reticencia, la chica era bastante obvia, claro que no iba a meter la nariz en esos asuntos a no ser que la conversación lo requiriera - ¿Cómo le va, por cierto?

-Pues la verdad…se fue a Estados Unidos hace dos meses.

-¿Ya no trabaja para ti, entonces? – interrogó curiosa, dando un sorbo a su vino.

-En realidad sí pero…hicimos una pausa en el contrato porque le salieron unas prácticas muy provechosas en Nueva York.

-Eso está bien, me alegro por ella. ¿Y? ¿Le ha pasado algo allí que te mantenga preocupado?

-En realidad lo que pasó fue aquí, antes de que se fuera.

Hizo una pausa para darse valor antes de seguir hablando, aprovechando para hacer un trago de su copa. Todavía la tenía apoyada en los labios y estaba bebiendo, cuando se dio cuenta de la cara que se le había quedado a su interlocutora. Tsubaki lo miraba inquisitivamente con los ojos muy abiertos y terminó llevándose la mano a la boca y soltando un sonido de exclamación, antes de sentenciar:

-Ay, Dios mío. Te la has tirado.

Inuyasha se puso a toser cuando el vino se le metió por el conducto que no debía, sintiendo arder la garganta y las mejillas al mismo tiempo. De milagro no se le salió el fermentado por la nariz, pues hasta ahí se notó la quemazón del alcohol.

-¿Pero...? ¿Pero qué mierda…? – balbuceó apenas en medio de su atragantamiento, y del esfuerzo por serenar a sus pulmones.

-¡No te hagas el sueco conmigo, Taisho! Te lo he visto en la cara.

Tsubaki le escuchó atentamente mientras le contaba todo lo que había ocurrido aquella noche que había compartido en Kagome. Se lo explicó absolutamente todo: el juego inicial con el awamori, la confesión de ella respecto a su problema con el sexo, los besos, y que habían terminado teniendo relaciones, así como la conversación que tuvieron después y la extraña actitud de la muchacha, justo antes de que le anunciara de golpe que se marchaba. Cuando terminó de hablar, la cantante tenía la barbilla sobre sus dos manos, que había colocado una encima de la otra, apoyada cómodamente con los codos sobre la encimera. Cuando vio que Inuyasha no añadía nada más, levantó una ceja.

-¿Has terminado?

-Sí, supongo…- pronunció él, observando su expresión decidida con cautela.

-¿Puedo emitir ya mi veredicto de mujer?

-Por favor.

Tsubaki cambió de postura, cruzándose de brazos sobre el pecho. Estaba claro que al final la situación sí requeriría la contribución de sus observaciones, y lo que acababa de oír no había hecho más que confirmárselas.

-Inuyasha, esa chica está colada por ti – después de su confiada afirmación, hizo una pausa al ver como su amigo cerraba los ojos derrotado, y esa fue una pista que la animó a indagar más allá - Y no solo creo eso sino que en el fondo, muy en el fondo…Tu también lo sospechas. ¿Me equivoco?

Inuyasha se frotó la frente para después quedarse con el flequillo medio agarrado, sumido en sus reflexiones, para acabar soltando un resoplido que reflejó lo profundamente angustiado que estaba.

-No era lo que necesitabas oír, ¿verdad? – se lamentó Tsubaki, avanzando su mano para apoyarla en el antebrazo que él tenía recostado sobre el mármol. Le jodía estresarle más con su sinceridad, pero lo que no iba a hacer era mentirle - ¿Te sientes culpable?

-Por supuesto que sí – respondió ronco, con la expresión sombría - Siento que me aproveché de la situación.

-No, no lo hiciste. Si ella no te lo dijo, tú no tienes la culpa de no tener una bola de cristal. Pero oye, si se lo calló quizá fue para que no te sintieras precisamente como te estás sintiendo ahora. Tú la conoces mejor que yo, así que…¿te cuadra?

Inuyasha lo consideró, aunque no necesitó hacerlo durante demasiado tiempo. Era muy típico de Kagome sacrificarse a sí misma para proteger al prójimo. Sufrir a escondidas para ser siempre la fuerte, la que cuidaba de las emociones de los demás aun a cuesta de corromper las suyas propias. ¿Que si le cuadraba? Todo tenía sentido al fin, y lo dio a entender con un silencioso asentimiento que despertó la compasión en Tsubaki al verle tan agobiado.

-Ten en cuenta que todo esto es solo una teoría, ¿vale? - se inclinó un poco hacia él y le puso una mano en la pierna, intentando tranquilizarle - Quizá estemos sacando las cosas de quicio, y resulta que hay otra explicación…

En ese momento, se oyeron unas llaves introduciéndose en el cerrojo de la puerta de la cocina que daba al exterior y ésta se abrió, interrumpiendo a Tsubaki. Inuyasha sintió que el corazón se le detenía cuando sus ojos dorados se encontraron con unos castaños que después de esa tarde había creído que no volvería a ver en mucho tiempo. Ojos que lo miraron sorprendidos primero a él y luego a su acompañante, un par de veces alternativamente, estudiando horrorizados el cómo iban vestidos y cómo ella le tenía la mano en la pierna en un contacto casi íntimo, acabando por las dos copas de vino que había encima de la encimera.

Tomando dolorosas conclusiones que le provocaron a Kagome unas terribles ganas de salir corriendo.

Continuará…

*Hostia: guantazo, bofetada. Deriva de la palabra cristiana "ostia", que es el pan sagrado que se toma en misa. ¿Los latinos la usáis?

No he puesto disclaimer al principio del capítulo por dos motivos: 1) No era un lemon InuKag y no quería que os vinierais arriba/ 2) No sé si considerar que lo ocurrido con Tsubaki llega a lemon o no. En todo caso, espero que nadie se haya sentido ofendido por lo explícito de la descripción.

Antes de que malgastéis energías con teorías erróneas, os adelanto desde ya que Tsubaki NO es mala en esta historia. La he escogido porque su personalidad me parecía bastante ajustable al tipo de personaje que necesitaba, pero no por su papel de villana. De hecho, mi intención es incluso que os caiga bien. Lo mismo digo de Kaguya, que ya saldrá más adelante.

Esta vez he tardado más en actualizar, la verdad es que no paro quieta…Pero hago lo que puedo, lo prometo.

¡Besos!

Dubbhe